Capítulo 2


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Hinata se apeó de un salto, tomó la cuerda que había llevado y bajó por la pendiente, hasta el borde del pantano.

A varios metros de donde ella estaba, el conde de Rasenrengan chapoteaba en una fosa de barro gris. En los escasos minutos que le llevó llegar hasta el borde, el conde se había resbalado hacia el centro, y los esfuerzos que hacía para ponerse de pie donde era imposible hacerlo lo hundían cada vez más.

Pero el lodo sólo le llegaba a las caderas, y con una mirada Hinata comprobó que aquel pedazo de pantano tenía una circunferencia relativamente estrecha.

Al mismo tiempo que observaba alrededor, se acercaba a la yegua, emitiendo sonidos tranquilizadores. Registraba las furiosas maldiciones de Rasenrengan, salpicadas con gritos que la instaban a irse, pero no le hizo el menor caso.

—Trate de mantenerse lo más quieto posible —le dijo, serena—. Lo sacaremos en un minuto.

—¡Aléjase de aquí! —le gritó el conde—, ¡Deje a mi caballo en paz, bruja maldita! ¡Corre, Isis! ¡Vete a casa!

Pero Hinata acariciaba a la yegua bajo la crin, y el animal se calmaba, pese a los gritos y maldiciones de su propio amo. Hinata soltó la correa del estribo, quito el hierro y volvió a cerrar la hebilla de la correa.

Formó un lazo con un extremo de la cuerda pasando por la correa y lo anudó. Después llevó a la yegua más cerca del cenagal.

Rasenrengan había dejado de maldecir y ya no se removía tanto. Pero Hinata no sabía si era porque había recuperado la calma o porque estaba fatigado. Lo que sí veía era que estaba hundido hasta la cintura. Rápidamente formó un lazo en el otro extremo de la cuerda.

—Ahora, preste atención —le dijo, en voz alta—. Voy a lanzárselo.

—Se caerá aquí, pedazo de estúpida...

La muchacha lanzó la cuerda. El hombre estiró la mano... y falló. Y lanzó una sana de maldiciones.

Sin perder tiempo, Hinata retrocedió e hizo otro intento.

Al quinto intento, Naruto la atrapó.

—Trate de agarrarse con las dos manos —le indicó—. Y no se esfuerce por ayudar. Hágase la cuenta de que es un tronco. Manténgase lo más quieto que pueda.

Sabía que era muy difícil, pues el instinto impelía a debatirse cuando uno sentía que estaba hundiéndose. Pero, si luchaba contra el pantano, se hundiría más rápido, y, cuanto más se hundiese, más difícil sería sacarlo.

Incluso en ese sitio, que era seguro, el suelo empapado no era demasiado transitable.

Las botas de Hinata se hundían en el barro hasta los tobillos, y también Isis tenía que forcejear con el barro, además de tirar del peso de su amo, y con el poderío del cenagal que lo chupaba hacia abajo.

Aun así, lo lograrían, se aseguró Hinata. Enrolló las riendas en una mano y tomó la correa y la cuerda en la otra.

Después hizo girar a la yegua de modo que quedara de costado con respecto al pantano, y la hizo dar los primeros pasos cautelosos para iniciar el rescate.

—Despacio Isis —murmuró—. Sé que quieres darle prisa, yo también, pero no podemos correr el riesgo de arrancarle los brazos de las articulaciones.

En cuanto escapó del barro, se derrumbó, pero Hinata tuvo que dejarlo mientras volvía al camino de herradura con Isis. Aunque el animal se había mostrado bueno y paciente durante el rescate, ahora estaba inquieto y nervioso, y Hinata tenía miedo de que se tropezara y resbalase al pantano si no lo calmaba. No se podía atender al amo y caballo al mismo tiempo.

Cuando dejó a Isis con el potro de Obito, sacó un frasco de coñac del bolsillo de la montura y corrió otra vez hacia Rasenrengan, que había recuperado la conciencia, Y, a juzgar por su aspecto y por los sonidos que emitía, de muy mal talante.

La melena dorada del joven chorreaba barro del pantano, y maldecía por lo bajo mientras se lo quitaba del rostro y se incorporaba.

—¡Que el Diablo la lleve y la cocine en el infierno! —dijo, entre dientes—. Podría haberse matado usted misma... y a mi caballo. ¡Le dije que se fuera, maldita sea!

Una máscara de limo gris verdoso se le pegaba al rostro. Sin embargo, aun bajo esa cubierta, las facciones parecían más fuertes y acusadas que en la miniatura. Este era un rostro de vigoroso modelado, y el de la pintura, en cambio, tenía un aspecto enfermizo e hinchado.

El resto de su persona tampoco parecía muy enfermizo. Las ropas del conde, empapadas de barro, se le adherían a los hombros y la espalda anchos, la cintura estrecha, las piernas largas... toda su figura hecha de sólida musculatura.

La realidad era tan diferente del retrato que, por un momento, Hinata se pregunto si alguien le había gastado una broma y aquel no era Rasenrengan.

El hombre se quitó los guantes pegoteados de barro, se limpió los ojos con ellos y la miró... y la muchacha quedó paralizada, con el aliento retenido en la garganta, al tiempo que su corazón se saltaba un latido.

Obito le contó que lo llamaba Kyūbi porque así le decían los compañeros de la escuela, y ahora Hinata comprendía por qué.

Los ojos del conde de Rasenrengan eran tan azules y con una mirada que te hacía sentir escalofríos. Más bien eran los ojos de un depredador de la selva, que ardían, brillantes... y peligrosos.

Por fortuna, Hinata no era de las que se dejan intimidar fácilmente. La impresión pasó tan rápido como había llegado, y se arrodilló junto a él para ofrecerle el frasco con mano firme.

También su voz fue firme cuando respondió:

—Ninguna bruja que se respete acataría las órdenes de un simple mortal. Si lo hiciera, sería expulsada ignominiosamente de la reunión de brujas.

Naruto le arrebató el frasco y bebió, sin apartar su mirada del rostro de la joven.

—Tal vez usted ignore que las mejores brujas vienen a Konohagakure en busca de sus familiares — continuó—. Es de rigor contar con un gato negro o algún animal que sirva como acompañante puede ser un zorro. Y como usted es el único disponible...

—¡No estoy disponible, y no soy ningún maldito gato o zorro, pequeño engendro del infierno! Y ya sé quién es usted. La aborrecida prima, ¿no es verdad? Sólo una pariente de Obito sería capaz de venir galopando al pantano de esa manera loca, y vagar por ahí, arriesgando a un caballo, y también su propio pescuezo flaco, para salvar a un hombre del lío en que ella misma lo metió. Y yo no pedí ser salvado, ¡que el Diablo la confunda! A mí me da lo mismo: ya tengo un pie en la tumba... ¿o acaso no se lo han dicho?

—Sí, me lo han dicho —respondió con calma—. Pero no he venido hasta aquí para darme por vencida ante el primer obstáculo. Ya sé que a usted le da lo mismo. Comprendo que el pantano podría haberle evitado colocarse una pistola en la cabeza o colgarse, o cualquier otro método que se le ocurriese. Pero también podrá hacer eso después, cuando ya estemos casados. Lamento el inconveniente, mi lord, pero no puedo permitir que muera antes de la ceremonia, pues, si así fuese, yo jamás tendría mi hospital.

Ya antes Hinata había obtenido buenos resultados lanzando afirmaciones temerarias.

Esta vez también dio resultado.

Naruto se echó un poco atrás, y la expresión furiosa se tornó más bien perpleja.

—Es bastante simple —continuó—. Yo lo necesito a usted, y usted me necesita a mí... aunque sé que no tiene por qué creerlo, pues no sabe casi nada sobre mí.

Levantó la vista.

—Estamos a punto de empaparnos. Tendríamos que buscar refugio... por los caballos, digo, pues a usted tampoco le molestaría morirse de una pulmonía. Eso no es un inconveniente. Esperar que pase la tormenta nos dará ocasión de conversar a solas.

—Oh, no, está equivocada —dijo Naruto.

La voz le salió como un graznido. Tenía la garganta inflamada de tanto gritarle objeciones, a las que la muchacha no había prestado oídos.

Ignorando la mano tendida, se puso de pie con dificultad. Al hacerlo, descubrió que era más difícil mantenerse en pie que incorporarse.

Al parecer, los pantanos no sólo lo tragaban a uno. Lo que su madre no le había explicado era que, primero, lo masticaban. Intentaban arrancar la piel de encima de los huesos y reducir músculos y órganos a una jalea. Cada milímetro de su cuerpo le latía dolorosamente. No le hizo caso.

—No habrá conversaciones privadas —dijo, aferrándole el brazo y subiendo con ella la pendiente—.No tenemos nada que decimos. Yo la llevaré de vuelta a la casa, y usted se irá luego por donde vino.

—No creo que eso sea buena idea —repuso la joven.

Su voz se mantuvo serena, y no hizo el menor esfuerzo por soltarse el brazo.

Naruto la soltó de repente y deseó no haber sujetado ese brazo delgado de una manera tan torpe, pues, así, ella no tenía más alternativa que seguirlo, a menos que pensara quedarse a vivir en Hagsmire.

Empezó a subir la cuesta solo.

Tras un instante, la muchacha lo siguió.

—¿Por qué escapó? —le preguntó.

—Tuve un ataque de locura.

Siguió avanzando trabajosamente.

—Eso suele sucederles a los que conversan durante cualquier período de tiempo con Obito —dijo Hinata—. A veces, tengo que sacudirlo, pues, de lo contrarío, seguiría sin cesar, y uno perdería por completo la ilación de lo que está diciendo y se aturdiría tratando de seguirlo.

—Yo le tengo mucho cariño a Obito —repuso Naruto, en tono frío.

—Yo también —dijo ella—. Pero es increíblemente estúpido, ¿no es cierto? La prima Naori dice que nació con un pie en la boca, y que, desde entonces, no ha podido sacárselo. Tengo la impresión de que le ha jurado a usted devoción eterna. Cuando salió a decirme que usted había huido, lloraba copiosamente, y no hubo modo de extraerle una explicación inteligible. Y Sennin sólo dijo que él había cometido un terrible error y que Natsu debía llevarme de regreso a la posada.

—Es evidente que le hizo tanto caso a Sennin como a mí —respondió Naruto, irritado—. Al parecer, la palabra "váyase" no tiene significado para usted.

—Si siempre hiciera lo que me dicen, nunca lograría nada —repuso Hinata—. Por fortuna, Sennin sabe que yo no obedezco órdenes a ciegas. Por eso, cuando afirmé que debía venir a buscarlo a usted, y mi abuela estuvo de acuerdo, él se llevó a Obito otra vez a la biblioteca, y fueron directamente a apoderarse del coñac.

Habían llegado al camino de herradura. Naruto quería subirse al caballo y marcharse para no tener que oírla, pero los músculos de sus piernas ya no le obedecían.

Tenía el cabello pegoteado con cieno del pantano y ese barro frío le goteaba por el cuello. Debido a eso, apestaba como un zorrino, pero estaba tan cansado y estremecido que no le importó.

Tambaleándose llegó hasta un peñasco y se sentó, contemplando sus pantalones empapados mientras esperaba que se le normalizara la respiración y se le aquietase el cerebro.

—Parece que hubo un malentendido —dijo la muchacha.

Naruto no entendía por qué no se mantenía alejada de él, si debía de ser obvio que estaba trastornado. Para Naruto, al menos, era obvio.

Se apartó un mechón de pelo pegoteado de los ojos y la miró. Aunque ya no le parecía tan demoníaca como antes, cuando galopara tras él, seguía viéndola como a una bruja.

Una bruja joven, con su pequeña nariz y su barbilla afiladas, sus grandes ojos plateados... y ese cabello, esa masa salvaje de cabellos ¿oscuros? No era siquiera un negro normal, sino un extraño azul con matices de oscuros, incluso bajo la luz tenue de la tormenta que se avecinaba.

Aun así, por más que fuese poco común, a Naruto le costaba creer que hubiese confundido a esta joven inglesa con una de las doncellas de Satán.

Se reprochó haberse sobreexcitado. Si se hubiese quedado con los dos hombres y argumentado con ellos de manera paciente y racional, pero no lo había hecho. En cambio, había huido de la tentación, sí, pero ellos estarían persuadidos de que había huido de una simple muchacha y ya no tendrían dudas de que estaba loco. Seguramente Abonville lo liaría examinar, y lo declararían non campos mentís (Mentalmente Incapaz).

—¡Que me condenen al infierno! —musitó.

—No quisiera importunarlo —dijo la muchacha—, pero no puedo entender bien lo que ha sucedido. ¿Qué le dijeron de mí que lo hizo huir? Estuve exprimiéndome el cerebro, pero lo único que se me ocurrió fue que Obito...

—¡No sabía qué hacer con él! —exclamó—. El muy estúpido quiere quedarse conmigo hasta el trágico final, y jamás me libraré de él sin recurrir a la violencia.

"Y entonces me encerrarán", añadió para sí.

—Yo puedo hacer que se vaya —dijo Hinata—. Soy una de las pocas personas que, realmente, pueden comunicarse con él. ¿Eso es todo?

—¿Todo? —Repitió.- No. eso no es todo. Quiero que todos ustedes se vayan. No necesito a Obito cerca, sollozando cuando aparezca el menor atisbo de mi estado. No necesito a Sennin, para que me diga lo que es bueno para mí y lo que debo hacer. He sufrido eso toda mi vida. ¡Y, sobre todo, no necesito una esposa, maldita sea!

Los demonios que moraban en su pecho gritaron que era una esposa, precisamente, lo que más necesitaba, y evocaron imágenes eróticas que Naruto se apresuró a disipar.

En la frente de la muchacha aparecieron arrugas.

—Es extraño. No creo que Sennin haya entendido mal. Entiende perfectamente el idioma, ¿o acaso usted ha cambiado de idea con respecto al matrimonio? Quisiera que me lo explique, milord, por favor. Es muy difícil responder con sensatez en una situación, cuando se está por completo a oscuras de...

—No he cambiado de opinión —la interrumpió, conteniendo una loca ansiedad por alisar aquella frente joven... demasiado joven—. Recuerdo vagamente la visita de Sennin y de la abuela de usted, aunque no cuándo se produjo, y que él me explicó por qué éramos primos, mil veces lejanos. Eso es lo único que recuerdo, y es asombroso que recuerde tanto, teniendo en cuenta que había bebido casi cuatro litros de láudano poco antes de que él llegase.

La expresión de la muchacha se aclaró.

—Ah, ahora entiendo. Hay individuos que se toman muy dóciles bajo la influencia de los opiáceos. Debe de haber estado de acuerdo con cada palabra que pronunció él, aunque no tenía usted idea de lo que estaba diciendo.

A lo lejos retumbó el trueno y en el cielo se amontonaron nubes negras. Daba la impresión de que a Hinata no le afectaba el mal tiempo en absoluto. Se limitaba a mirar a Naruto con tranquila concentración Aquella firme mirada perla comenzaba a despertar un peligroso anhelo en su pecho, y también luchó contra él.

—Traté de explicárselo -—dijo, rígido—, pero se negó a escucharme.

—No me sorprende —repuso la muchacha—. Estaba convencido de que el Rasenrengan que encontró la primera vez estaba en sus cabales, porque aceptó con sensatez todo lo que Sennin decía. Hoy, cuando usted lo negó, se inclinó por atribuirle la negativa a un ataque pasajero de locura.

—Esa idea cruzó por mi cabeza —musitó Naruto.

—Muchos reaccionan del mismo modo ante un comportamiento aparentemente irracional. En lugar de escuchar lo que usted decía, tal vez haya querido hacerlo razonar, repitiendo una y otra vez su propio punto de vista, del mismo modo que uno hace repetir a los niños las tablas de multiplicar. Hasta los médicos expertos, que deberían saber cómo son las cosas en realidad, creen que ese es un modo "esclarecido" de tratar a los individuos en estado de agitación.

Frunció la nariz puntiaguda:

—Es muy irritante. No me extraña que usted haya perdido la paciencia y huyó.

—De todos modos, ese ha sido un error —dijo Naruto—. Tendría que haberme quedado y razonado con él.

—Habría sido una pérdida de aliento —repuso Hinata con vivacidad—. Lo que está en duda es el equilibro mental de usted. La explicación debe provenir de alguien cuya salud mental no esté en entredicho. Yo se lo explicaré, y me prestará atención.

Hizo una pausa y miró alrededor.

—La tormenta no se acerca con tanta urgencia como yo esperaba. Por una vez, la Providencia nos demuestra cierta consideración. Me fastidiaría mucho tener que regresar sin tener la menor idea de qué es lo que había pasado. Pero no se puede obligar a un hombre a cumplir una promesa que formuló no estando en sus cabales.

Obito le había dicho que ella no era de las que se dejaban abatir. Aun así, el ligero matiz de resignación en la voz de la muchacha lo hizo sentirse culpable. Hinata le había salvado la vida. Si bien no estaba seguro de que quería salvarse, apreciaba el coraje y la eficiencia con que había actuado la muchacha. También lo había tranquilizado. Y lo escuchó, y lo entendió.

Apartó la vista y se preguntó hasta qué punto le debía una explicación y hasta dónde podía confiar en sí mismo.

Una desgarrada línea de fuego apareció sobre una loma lejana. Los cielos retumbaron.

Naruto miró otra vez a la joven.

—¿No le parece un tanto... morboso? —le preguntó—. Me refiero a que busque una esposa en este preciso momento.

La joven se encogió de hombros.

—Puedo entender lo que significa para usted. Pero no es muy diferente del hombre decrépito que se casa con una mujer joven, cosa que sucede bastante a menudo.

Naruto sabía que sucedía. Semejante matrimonio equivalía a unos meses, quizás algunos años, de cuidar a un inválido babeante. Sin duda, la perspectiva de una viudez, rica e independiente debía de ser suficiente compensación.

Pero él no era de los que reprocharían a una mujer el actuar por codicia, pues él mismo nunca había sido ningún santo.

Más aún, sabía que ciertas mujeres tenían un grado notable de tolerancia. ¿Habría, acaso, demasiada diferencia entre acostarse con un hombre que parecía un cadáver y acostarse con otro que era un patán borracho, insaciable mientras sintiera la necesidad y arisco y estúpido después?

Esa era la clase de hombre que él había sido hacía poco tiempo.

Se estremeció... por el recuerdo del pasado y por lo que le depararía el futuro si se sometiera a su parte más rastrera y aceptase lo que ella le ofrecía.

—Sería conveniente que emprendiéramos el regreso —-dijo la joven—. Usted está cansado, mojado y helado.

Dándose la vuelta, fue a donde estaba su caballo.

Naruto se levantó y la siguió, aliviado de que no le hubiese pedido más explicaciones. Y, aunque ya había dicho más de lo que quería decir, deseaba contarle más, explicarle. Pero eso significaría describirle la vida sórdida que había llevado y la indefensa imbecilidad que lo esperaba. "Es mejor dejar las cosas como están", se dijo.

Al parecer, la muchacha aceptaba la situación.

Llegaron hasta donde estaba el potro bayo, y Naruto estaba tan concentrado diciéndose a sí mismo que le convenía morderse la lengua que no se detuvo a pensar, sino que alzó a la muchacha y la acomodó sobre la montura.

Recordó demasiado tarde que era una montura de hombre.

Pero la joven pasó la pierna por encima y se instaló cómodamente a horcajadas, exhibiendo con ingenuidad ante la vista de Naruto varios centímetros de ropa interior femenina.

Entre las enaguas sucias de barro y las botas incrustadas de cieno, las medias sucias encerraban una pantorrilla esbelta y curvilínea.

Naruto se apartó, maldiciéndose para sus adentros.

La muchacha no necesitaba ayuda. Naruto podría haber montado su propio caballo y emprendido el regreso a casa, dejando que ella se las arreglase sola. Acababa de escapar del pantano, y nadie esperaría que se mostrase caballeresco en semejantes circunstancias, y, sin duda, esta no era una mujer indefensa.

No debió permitirle a su mente que vagase por el pasado. No tendría que haberla tocado, ni acercarse lo suficiente para ver cómo eran las piernas de Hinata. Ya percibía cómo se debilitaba su resistencia, era consciente de las excusas que elaboraba su mente traicionera, las falsas excusas en las que no debía confiar.

Si cedía a la tentación, no habría alivio ni liberación para él. Hasta entonces, nunca lo había habido: sólo un olvido temporal que después lo dejaba lleno de desprecio por sí mismo. Se apresuró a acercarse a Isis y montó rápidamente.

No por nada Hinata Hyūga era nieta de una famosa femme fatale. Si bien no había heredado el cabello negro de Natsu, ni el rostro impactante o los modales sutilmente seductores, sí había heredado ciertos instintos.

No tuvo demasiadas dificultades en interpretar la expresión del conde de Rasenrengan cuando su mirada azulina se le posó en la pierna.

Tampoco tuvo demasiada dificultad en interpretar su propia reacción, cuando esa misma mirada se entretuvo un par de fracciones de segundo más de lo que permitía la delicadeza.

Tuvo la impresión de que de los ojos del hombre saltaba una cálida chispa hacia su pierna y que encendía un pequeño fuego que ascendió por debajo de sus enaguas como una hecha hasta más allá de la rodilla y le cosquilleaba los muslos con su maliciosa tibieza antes de formarle un remolino en la boca del estómago.

Agitó en ella sensaciones de las que había oído hablar, pero que jamás experimentara en sí misma.

Nunca soñó que el conde loco de Rasenrengan despertara en ella tales sensaciones, pero, a decir verdad, nada era como ella había esperado.

Había leído lo relacionado con las arenas movedizas y la tremenda presión que ejercían. Estaba segura de que Naruto debía de sentirse como si le hubiese pasado por encima una estampida de toros.

Sin embargo, la había levantado con tanta facilidad como si hubiese recogido una margarita de la fina capa de tierra de Konohagakure. En ese momento, lo observaba acomodar su cuerpo largo y poderoso en la montura con un solo movimiento fluido, como si no hubiese estado haciendo nada más agotador que recoger flores silvestres.

Perpleja, siguió al conde en silencio por el estrecho y ondeante sendero de herradura. Llovía, pero sin convicción. Al parecer, la tormenta se había desviado hacia el sudeste.

Rasenrengan iba al trote firme de su caballo, sin echar una sola mirada atrás, hacia su compañera. Hinata no tenía dudas de que habría salido al galope de Hagsmire, del mismo modo desesperado en que había entrado, si el caballo no hubiera estado cansado.

Sin duda con la mejor intención, Sennin lo había puesto en un estado de extrema agitación. Existía la posibilidad de que volviese a suceder, y era muy probable que el duque tomase la peor de las decisiones por el mejor de los motivos. Hinata lo vio suceder muchas veces: médicos codiciosos, ansiosos de hacer montañas de dinero, probaban sus absurdas teorías en casos perdidos, y las familias, por cariño, accedían ciegamente, impulsadas por la desesperación.

Pero los médicos no eran más que hombres, y con los hombres todo era siempre cuestión de suerte. En ciertas circunstancias, los doctores eran proclives a combatir las enfermedades como si las víctimas y las enfermedades fuesen, ambas, sus enemigos mortales. Y después los médicos se asombraban de que los pacientes se volvieran hostiles.

Lo que necesitaba Rasenrengan era una amiga. Pero, en ese momento, gracias a Sennin y el pobre estúpido de Obito, consideraba a Hinata como una enemiga.

—Malditos sean —musitó—, Para embrollar las cosas, nada como los hombres.

Estaba pasando lista a la larga letanía de ofensas cometidas por los varones de la especie, cuando Rasenrengan detuvo a su yegua.

Hinata advirtió que el sendero se había ensanchado y había espacio suficiente para cabalgar el uno al lado del otro.

Rasenrengan estaba esperando que se le pusiera a la par; lo comprendió con asombro. Se reanimó un poco. La experiencia le había enseñado a no arribar a conclusiones apresuradas y menos, optimistas.

Cuando ella llegó a su lado, Naruto dijo, volviendo a avanzar:

—Usted se refirió a un hospital.

La voz era ronca e insegura, y no era difícil diagnosticarle agotamiento y perturbación interior. Este último era más difícil de analizar. El hombre no la miraba a ella, más bien fijaba la vista al frente, y el largo cabello mojado le caía sobre la cara, ocultándole la expresión.

—He estado intentando adivinar por qué usted ha venido a casarse con un loco moribundo -— continuó—. Ha dicho que me necesitaba. Deduzco que es el dinero lo que necesita. —Lanzó una breve carcajada—. Evidentemente ¿qué otro motivo habría?

Era un modo bastante brutal de decirlo. De todos modos, era bastante cierto, y Hinata había decidido ser franca con él desde el principio.

—En efecto, necesito el dinero para construir un hospital —dijo—. Tengo ideas bastante definidas acerca del modo en que debe hacerse, y también de los principios que tienen que guiar su funcionamiento. Para lograr mis objetivos, sin negociación ni compromiso, necesito no sólo fondos considerables, sino también influencia. Como condesa de Rasenrengan, tendría ambas cosas. Como viuda de usted, estaría en condiciones de actuar con independencia. Y, como es el último varón de su familia, yo no tendría que responder ante nadie.

Le echó una mirada:

—Ya ve que he tenido en cuenta todos los detalles de su situación actual, milord.

Naruto miraba adelante. Se había apartado la melena empapada de la cara pero, aun así, Hinata no podía interpretar su expresión, aunque no vio en ella señales de indignación ni de enfado.

—Mi abuelo se revolvería en su tumba —dijo Naruto, después de unos momentos—. Una mujer, la condesa de Rasenrengan, nada menos, construyendo un hospital con la fortuna de la familia. Tanto dinero desperdiciado en campesinos.

—Los ricos no necesitan hospitales —repuso—. Pueden pagar médicos que se queden junto a ellos y los atiendan ante el menor malestar.

—Y tiene la intención de dirigirlo según sus principios —le dijo—. Mi abuelo tenía una pésima opinión de la inteligencia femenina. Una mujer con ideas propias, según su punto de vista, era una peligrosa aberración de la Naturaleza. —La miró, y se apresuró a apartar la vista—. Me ofrece usted una tentación casi irresistible.

—Eso espero. No existe en Inglaterra otro hombre que reúna las circunstancias más apropiadas a mis aspiraciones. Lo entendí casi de inmediato, y estaba desesperada por llegar aquí antes de que usted se matara. Como ve estoy mucho más desesperada por casarme con usted de lo que usted pueda estar de casarse con cualquiera.

—Desesperada —repitió, con otra breve carcajada—. Yo soy la respuesta a sus plegarias, ¿verdad?

La llovizna estaba convirtiéndose en una franca lluvia, y los relámpagos estallaban en los bordes de la tierra pantanosa. Pero ya no estaban lejos de la casa y marchaban por tierra más baja que antes.

Naruto parecía estar pensando en el lema.

Hinata esperaba en silencio, conteniendo los deseos de orar. No quería tentar al Destino a que jugase otra de sus bromas prácticas: ya lo había arrojado a él a un pantano.

Se conformó con unas miradas de soslayo al hombre con el que había venido a casarse. A medida que la lluvia iba lavando parte del barro, aunque el rostro todavía estaba sucio, la nobleza del perfil era indiscutible.

Era extremadamente apuesto.

Eso era algo que Hinata no esperaba. Es que estaba acostumbrada a esperar siempre lo peor. Pero la posibilidad de que fuese atractivo no había entrado en sus cálculos. Cuando el hombre volvió a hablar, estaba ajustando esos cálculos.

—He venido aquí a terminar mi vida en paz—dijo—. Esperaba que, si me quedaba solo en este sitio aislado y no molestaba a nadie, nadie me molestaría a mí.

—Pero vinimos nosotros y pusimos lodo patas arriba —dijo la muchacha—. Entiendo lo frustrado que debe de .sentirse.

Naruto se volvió hacia ella.

—Sennin no me dejará en paz, ¿no es así?

—Haré todo lo que pueda para persuadirlo con respecto a los deseos de usted —repuso Hinata, cautelosa.

No podía prometerle que Sennin se mantendría apartado por siempre, pero tampoco quería usar al duque como amenaza. No quería que Rasenrengan sintiera la necesidad de esconderse tras las faldas de una mujer. Uno de los aspectos más desagradables de estar enfermo era sentirse impotente y depender en grado sumo de los demás.

—Si yo hago lo que él pide y me caso con usted, es probable que me deje tranquilo, al menos por un tiempo—dijo Rasenrengan —-. El problema es que la tendría a usted cerca y, sin embargo...

La mirada se posó en la pierna de la muchacha y luego ascendió. Se detuvo, pensativa, en su rostro y volvió su atención al camino.

—Hace casi un año que no estoy con una mujer —continuó, tenso—. Había resuelto dejar atrás ese tipo de cuestiones. Pero, al parecer, esa clase de santidad no está en mi naturaleza, y un año no es suficiente para cultivar semejante virtud. Creo que necesitaría décadas —concluyó, con amargura.

Hinata no llegó allí esperando esa clase de "santidad" a la que se refería. Estaba dispuesta a acostarse con él y tratar de tener un hijo, sin importarle la apariencia que tuviese o cómo se comportara.

Si, al pensarlo, no le había parecido un castigo desusadamente cruel, mal podría alarmarla o disgustarla en este momento. Si un largo celibato —y, sin duda, para un hombre un año debía de parecer una eternidad— y un vistazo a su pierna inclinaban la decisión en su propio favor, ella no tenía objeciones.

—Si lo que quiere decir es que no me encuentra horrenda, me alegro.

—Usted no tiene idea de lo que podría eximírsele —refunfuñó—. No tiene idea de la clase de hombre que soy.

—Considerando lo que llegaría a ganar con este matrimonio, sería absurdo, por no decir ingrato, de mi parte fastidiarme por sus defectos personales —repuso—. Yo tampoco soy perfecta. Dejé bien en claro que mis motivos son mercenarios. Usted ha podido comprobar que soy desobediente y de lengua afilada. Y yo sé que no soy una gran beldad. También soy obstinada: es un rasgo de familia, sobre todo en las mujeres de mi generación. De hecho, podría llegar un momento en que la pérdida de la razón le parezca un alivio.

—Señorita... señorita... Diablos, no recuerdo —dijo Naruto—. Sé que no es Uchiha, pero...

—Mi apellido es Hyūga. Hinata Hyūga. Naruto frunció el entrecejo.

—Señorita Hyūga, me gustaría saber si está tratando de convencerme de que me case con usted o de que me suicide.

—Simplemente quería señalarle lo vano que resulta, en las presentes circunstancias, hablar de nuestros respectivos defectos de carácter. Y quisiera ser sincera con usted.

La parte maliciosa de Hinata no deseaba ser sincera con él. Comprendía que a Naruto le preocupaba la posibilidad de que sus urgencias masculinas le nublasen el entendimiento. La parte maliciosa no sólo esperaba que esas urgencias ganaran, sino que también la instaban a provocarlas con las tácticas femeninas que empleaban otras chicas.

Pero eso no era justo.

Habían girado por el estrecho sendero que llevaba a los establos. Y aunque ahora la lluvia golpeaba con más fuerza, Hinata escuchaba, sobre todo, el latir de su propio corazón.

No quería marcharse derrotada, pero tampoco quería ganar con recursos sucios.

Dedujo que mostrar las piernas constituía un recurso sucio, por más que su poca decorosa manera de montar hubiese sido impulsada por la prisa y por el hecho de que no hubiese una montura para damas.

Por eso, cuando entraron en el corral, se dirigió hacia el bloque para desmontar.

Pero Rasenrengan se había apeado antes de que ella llegara y, casi en el mismo momento, estaba junto al caballo que montaba Hinata.

Un instante después, alzaba los brazos y la sujetaba de la cintura.

Las manos eran tibias, el apretón, firme y seguro. Sentía la tibieza que emitían y que contagiaban a su propio cuerpo, al tiempo que observaba cómo los músculos de los brazos se abultaban bajo las mangas mojadas de la camisa.

La alzó con la misma facilidad que si hubiese sido un espíritu. Y aunque no tenía ningún temor de que la dejara caer, se apoyó en los poderosos hombros. Fue un reflejo, fue instintivo.

La bajó lentamente, y no la soltó hasta que los pies de la muchacha tocaron el suelo.

La miró, y la intensa mirada topacio atrapó la de Hinata haciéndole latir más fuerte aún el corazón.

—Llegará el momento en que ya no tendré poder sobre ti —dijo, en tonos bajos que le cosquillearon los nervios—. Cuando mi mente se derrumbe, pequeña bruja, quedaré a tu merced. Créeme, que he pensado en eso. Me he preguntado qué harás conmigo, entonces, qué será de mí.

En ese momento, una de las preguntas que la inquietaban quedó respondida.

Naruto era consciente del peligro en que se hallaba. Sus temores eran los mismos que ella sentía por él. Todavía, la mente del hombre funcionaba bien.

Pero siguió hablando, antes de que pudiese tranquilizarlo.

—Puedo imaginar lo que pasará, pero no importa, porque soy el hombre que siempre he sido. La sentencia de muerte no ha cambiado nada. —Apretó con más fuerza las manos en la cintura de la muchacha—. Tendrías que haberme dejado en el pantano —le dijo, los ojos quemándole el rostro—. No hubiese sido agradable... pero la Providencia no garantiza a todas las criaturas una muerte agradable y sin dolor. Y yo estoy bien preparado para la mía. Pero viniste tú, me rescataste, y ahora...

La soltó de repente y retrocedió.

—Es demasiado tarde.

Hinata comprendió que no estaba en condiciones de escuchar frases tranquilizadoras. Estaba enfadado consigo mismo y, si no confiaba en sí mismo, no debía de estar dispuesto a confiar en lo que ella dijera. Creería que estaba siguiéndole la corriente, como si fuese un niño.

Por eso, hizo un gesto de asentimiento vivaz y práctico.

—Eso me suena como un sí—dijo—. Aunque en contra de su mejor opinión, pero, de todos modos, parece un sí.

—Sí, maldita sea... malditos todos ustedes... Lo haré —refunfuño.

—Me alegra saberlo —dijo.

—Claro que te alegras. Estás desesperada por tener tu hospital, y yo soy la respuesta a tus plegarias de soltera. —Se dio la vuelta—. Al parecer, yo también estoy desesperado, después de un año de celibato, es probable que aceptara casarme con tu abuela, que el Diablo me confunda.

Se alejó a zancadas por el camino que iba hasta la casa.