Capítulo 3


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Naruto fue derecho a la biblioteca, con la bruja de cabellos azules pegada a sus talones.

Abrió de golpe la puerta.

Sennin se paseaba frente a la chimenea. Natsu leía un libro.

Obito construía un castillo de naipes.

Naruto entró y se detuvo a unos pasos del vano de la puerta.

Sennin se detuvo bruscamente y lo miró fijo. Natsu dejó el libro y alzó la vista. Obito saltó de la silla, los naipes volaron alrededor y cayeron revoloteando en la alfombra.

—¡Por los truenos de Júpiter! —exclamó—. ¿Qué te ha sucedido, Kyūbi?

—Tu prima me hizo caer a un pantano —dijo Naruto, en tono normal—. Después me sacó. Luego, acordamos casarnos. Hoy, puedes ser mi padrino de boda, Obito.

Los dos mayores no se inmutaron.

Obito abrió la boca, luego la cerró. Retrocedió un paso, frunciendo el entrecejo. Naruto miró a la señorita Hyūga, que acababa de entrar y se había colocado junto a él.

—¿Alguna objeción, señorita Hyūga? —preguntó—. ¿O reserva?

—Claro que no. Puede realizarse la ceremonia cuando usted quiera.

—Entiendo que todo ha sido preparado para unas nupcias rápidas —dijo Naruto—. Si tienes al sacerdote por ahí, podemos hacerla ahora.

Miró al trío de parientes, preparándose para una explosión de histeria.

Lo creían loco, y sabía que, en ese momento, lo parecía. La lluvia no había hecho más que diluir el barro del pantano, que le chorreaba de la ropa empapada y goteaba sobre la alfombra.

Nadie pronunció una palabra. Nadie se movió.

Excepto la bruja, que no prestó a sus parientes más atención que si hubiesen sido estatuas, de las que constituían una espléndida imitación.

—Se sentirá más cómodo después de un baño —dijo—. Y de haber comido algo. Y de una siesta, sé que está agotado.

En efecto, le dolía cada uno de los músculos. Casi no podía tenerse en pie.

—Puedo ponerme más cómodo luego —dijo, lanzando una mirada desafiante al terceto mudo—.Quiero casarme ya.

—Yo también quisiera lavarme y cambiarme —dijo Hinata, se acercó y tironeó del puño embarrado de la camisa de Naruto—. Me llevará un tiempo mandar a buscar a mi doncella mi ropa, y también el sacerdote, Están todos esperando en la posada, junto con nuestros abogados. Ellos pueden venir también, de modo que pueda usted firmar los arreglos. Estoy segura de que no querrá esperar así, empapado, a que lleguen todos.

Abogados.

Sintió que lo invadía un pánico helado.

Lo examinarían, para cerciorarse de que sabía lo que estaba haciendo. Hacía muy poco tiempo, el matrimonio de catorce años del conde de Portsmouth había sido anulado, teniendo en cuenta que él no estaba en su sano juicio cuando lo contrajo. La señorita Hyūga no querría arriesgarse a sufrir una anulación y a perder así todo derecho sobre su fortuna y el título que necesitaba para tener influencia.

Pero ¿y si descubrían que no estaba en su sano juicio?... Se estremeció.

—Mírese —insistió la muchacha—. Está temblando, milord. Obito, deja de abrir la boca como un pescado y ayuda en algo. Lleva a tu obstinado amigo arriba antes de que se desmaye, y diles a los criados que preparen el baño y le traigan algo de comer. Natsu, tú manda a alguien a la posada a traer lo que necesito, por favor. Sennin, quisiera hablar con usted.

Nadie protestó, ni un poco.

Obito se apresuró a acercarse al amigo aturullado, lo tomó del brazo y lo sacó por la puerta de la biblioteca.

Momentos después, cuando llegaron a la escalera, Naruto vio que Iruka corría entre los sirvientes y se dirigía a la biblioteca.

Se preguntó si la bruja habría lanzado un hechizo sobre todos ellos.

—Yo, en tu lugar, no perdería tiempo —le advirtió Obito—. Si Hinata nos pesca haraganeando, le dará un ataque, y yo preferiría que no, al recordar cómo una vez le dio uno, y a mí todavía me resuenan los oídos. No era que no tenía razón. Nosotros no hemos oído bien, ¿no?

Aferró el brazo de Naruto y tironeó.

—Vamos, Kyūbi. Hina dijo baño caliente, y en eso también tiene razón, por Dios. Pareces esa porquería que trajo el gato, y, no te ofendas, pero hueles a no sé qué.

—Ya te he dicho que me tiró en e] pantano —dijo Naruto—. ¿A qué quieres que huela, después de haberme dado un chapuzón en un lodazal pestilente?

Naruto se sacudió y comenzó a subir solo, pues no quería que su amigo, demasiado ansioso, lo arrastrara por las escaleras.

Obito los siguió.

—Bueno, si tú no hubieses huido, ella no tendría que haber salido a buscarte —dijo—. No entiendo porqué lo hiciste. Te dije que ella no era como Naori, ¿no le lo dije? Te dije que Hina era una buena chica.

¿Acaso crees que te dejaría atarte a cualquier mujer abominable? ¿Acaso no somos amigos? ¿No nos cuidamos uno a otro? Bueno, yo creo que sí; al menos yo lo hice, pero tú estuviste lejos mucho tiempo y nunca me dijiste dónde estabas. Pero nunca fuiste de mandar cartas, y yo nunca fui de responderlas, de todos modos, y supongo que no te habrías enterado de que yo había vuelto de París.

Habían llegado al rellano. Obito miró, preocupado, a Naruto.

—Pero ahora está todo bien, ¿no? Quiero decir, si tuvieras que mirarla al otro lado de la mesa, en el desayuno, no te equivocarías en las lejanías, ¿no es cierto?

"Si la contemplara ante la mesa del desayuno, lo más probable sería que saltase encima de ella y la devorase", pensó Naruto. Todavía se maravillaba de haber podido limitarse a ponerle las manos en la cintura, después de haberle visto la expresión tierna y embelesada de los ojos cuando la ayudara a desmontar.

Ninguna mujer lo había mirado así. Bajo esa mirada, la razón, la conciencia y la voluntad se habían derretido, y lo habían dejado indefenso, casi temblando de anhelo. Incluso en ese momento, de sólo recordarlo, no podía reunir un ápice de sentido común.

—Me gustan sus... ojos—le dijo a Obito—. Y su voz no es desagradable. No me parece tonta ni remilgada. Da la impresión de ser una muchacha capaz y sensata —agregó, evocando la aterradora eficiencia con que lo había sacado del pantano.

La expresión afligida de Obito se disipó y fue reemplazada por la sonrisa estúpida y afable que le había ganado el corazón hacía años.

—¿Ves?, ya sabía que lo comprenderías, Kyūbi. Sensata, ese es el término. Te dice lo que hay que hacer, y te lo dice con sencillez, de modo que sepas cómo hacerlo. Y, cuando Hina dice que lo hará, va y lo hace. Dijo que iría tras de ti, y nosotros tuvimos que quedarnos quietos, con la boca cerrada, y apartarnos de su camino. Y ella lo hizo, y tú has vuelto, y has dicho que la aceptas, y ahora todo está bien, ¿no?

"Ya tengo toda la vida en orden otra vez", pensó Naruto, "todo al alcance de la mano, mi breve futuro tan cuidadosamente planeado." Kabuto se lo había prometido, y podía confiar en que cumpliría su parte del trato: láudano, todo el que Naruto necesitara para mantenerse tranquilo, para dejarlo morir en paz.

Pero ahora no podía preverse lo que sucedería. Podría decirle a su novia lo que quería, pero no obligarla a hacerlo. Podía hacerla formular promesas, pero no obligarla a cumplirlas. En poco tiempo más, no tendría poder sobre ella.

Pero no podía apartar el futuro de su mente, porque no podía disipar el recuerdo de la tierna expresión de aquellos ojos. No podía pensar en otra cosa que en la noche inminente y en la pequeña bruja entre sus brazos.

Oh, Señor, ¿y si le fallaba la mente y la lastimaba, entonces, qué? Forzó una sonrisa para tranquilidad de Obito.

—Es como tú dices, Obito —respondió con ligereza—. Todo en orden, y todos felices.


Unas horas después, Hinata estaba sentada en un banco de piedra en el jardín del conde de Rasenrengan, contemplando el sol sanguíneo que descendía tras una colina cercana. Hacía mucho que la tormenta había ido a fastidiar a otra parte de Konohagakure, dejando el aire fresco y limpio.

Hinata estaba limpia y vestida con pulcritud, con el vestido de seda lavanda que Natsu le trajo desde París, y el rebelde cabello domesticado por un tiempo, en un montículo relativamente ordenado de bucles, en la coronilla. Ojalá se mantuviese así para cuando Rasenrengan saliera de la reunión con los abogados.

El cabello de Hinata era la desgracia de su vida. Las Autoridades Establecidas, con su perverso sentido del humor, le habían concedido el cabello de mamá, en lugar del de papá.

No le molestaba mucho el color, que, por lo menos, era interesante, pero tenía demasiado, una mezcolanza de rizos, tirabuzones y curvas, cada uno con voluntad propia, y todos locos.

El cabello, que era la antítesis de su personalidad equilibrada, firme y ordenada, hacía difícil que las personas la lomaran en serio... como si ser mujer no lo hiciera ya bastante difícil. Gracias a esa masa enloquecida de rizos azul oscuro y tirabuzones, cada persona que la conocía representaba otra ardua batalla para demostrar quién era ella en realidad.

Ojalá las tocas volviesen a estar de moda.

Trató de imaginar cómo sería la melena dorada de Rasenrengan cuando estaba limpia y peinada. No lo había vuelto a ver desde que Obito se hiciera cargo de él.

Se preguntó por qué llevaría el cabello tan largo, si sería un simple acto de vanidad masculina o de desafío contra las convenciones en general, o, más probablemente, contra su estricto abuelo, en particular. Hinata podía entenderlo.

Sin embargo, la rebeldía no explicaba por qué el conde se parecía tan poco a su retrato en miniatura. El rostro hinchado de la pintura daba la impresión de pertenecer a un hombre corpulento.

El que Hinata acababa de conocer no tenía un gramo de carne demás en toda su figura de más de un metro ochenta. La camisa y los pantalones empapados que se le pegaban al cuerpo como una segunda piel no revelaban grasas o gordura, sino músculos esbeltos y tensos.

Cualquiera fuese el mal que lo aquejaba, sin duda estaba confinado a los límites de la mente.

Hinata vio que la luz del sol crepuscular extendía una mancha roja sobre las sombras de los páramos que iban profundizándose, mientras buscaba en su memoria el índice de enfermedades mentales. Se preguntó qué enfermedad correspondería al "derrumbe" al que Naruto se había referido.

Estaba pensando en aneurismas cuando oyó pasos que crujían sobre la grava del sendero.

Al darse la vuelta, vio a su prometido que avanzaba hacia ella, el rostro serio, aferrando una hoja de papel en la mano derecha.

En ese momento, las hipótesis médicas, junto con otras cuestiones intelectuales, se hundieron en los rincones más remotos de la mente de Hinata. Cuando se detuvo ante ella, no pudo hacer otra cosa que contemplarlo, sintiendo que el corazón adoptaba un ritmo errático, que le hacía canturrear la sangre en las venas.

Llevaba una chaqueta de fina lana negra, cuyo elegante corte realzaba su figura fuerte y atlética. La mirada de la joven resbaló por los pantalones, también ajustados, hasta las puntas resplandecientes de los zapatos, y luego subió como una flecha, otra vez al rostro.

Limpio de todo vestigio del pantano, su pálido rostro parecía cincelado en mármol. El largo cabello rubio relucía como seda, rizándose sobre los hombros anchos. Una ardiente mirada topacio atrapó la de Hinata.

Si hubiese sido una mujer como todas, se habría desvanecido. Pero nunca había sido una mujer como todas.

—¡Por Dios, eres terriblemente apuesto! —exclamó, casi sin aliento—. Te aseguro que nunca he visto nada igual. Por un instante, el cerebro se me paralizó. Milord, debo decirte que estás muy bien limpio. Pero, la próxima vez, preferiría que me avises antes de aparecer, así me das ocasión de prepararme para la embestida.

Algo oscuro chisporroteó en aquellos ojos azules. Luego una comisura de la dura boca se curvó.

—Señorita Hyūga, tiene usted un modo interesante, único, de hacer cumplidos.

El rastro de una sonrisa la desorientó aún más.

—Es una experiencia única —repuso—. Nunca me había pasado, hasta ahora, que se me obnubilase el cerebro, estando completamente despierta. Me pregunto si el fenómeno habrá sido científicamente documentado y qué explicación fisiológica se propuso.

Los ojos de Hinata estaban algo fuera de foco, y su mirada resbalaba otra vez hacia abajo... hasta que se detuvo en el papel. El documento la devolvió bruscamente a la realidad.

—Parece un documento oficial —dijo—. Supongo que se trata de esas bobadas legales. ¿Tengo que firmarlo?

Naruto miró hacia la casa.

Cuando volvió la atención a ella, su media sonrisa se había disipado y su expresión era otra vez dura.

—¿Quieres pasear conmigo?

La mirada atrás dio a Hinata una idea bastante aproximada de cuál podría ser el problema. Pero se reservó los comentarios y caminó junto a él en silencio por un sendero bordeado de rosas. Cuando llegaron a un sitio rodeado de matas que los ocultaban a la vista de la casa, Naruto habló:

—Se me dice que, en vista de mi prognosis, es necesario nombrar un guardián que vigile mis asuntos —dijo, con voz no demasiado firme—. Sennin propone desempeñar ese papel, por ser mi pariente masculino más cercano. Es una propuesta razonable, con la que mi propio abogado está de acuerdo. He heredado muchas propiedades que deben ser protegidas cuando yo esté incapacitado para actuar con responsabilidad.

Hinata se sintió invadida por una oleada de indignación. No entendía por qué tenían que molestarlo con cuestiones de semejante índole en una ocasión como esta. Lo único que tenía que firmar eran los acuerdos matrimoniales. No debían pedirle que estampase su firma en documentos que pusieran su vida entera en juego.

—¿Protegidas contra quién? —preguntó—. ¿Parientes codiciosos? Según Sennin, no quedan más Namikaze que unas pocas ancianas marchitas.

—No se trata sólo de las propiedades —dijo.

La voz era tensa; el semblante, una máscara blanca.

Hinata quiso estirar la mano y aliviar su torbellino interior y la tensión, pero temió que le pareciera compasión. Arrancó una hoja de rododendro y recorrió el contorno con el dedo.

—La guardia legal incluye custodia de mi persona—dijo Naruto—. Como no puedo ser responsable de mí mismo, debo ser considerado como un niño.

Naruto no era todavía irresponsable, ni remotamente infantil. Hinata se lo había dicho a Sennin. Sabía que su regañina había calmado al duque, pero era demasiado esperar que sus discursos lograran, por fin, apaciguar su instinto sobre-protector. Recordó que tenía buenas intenciones. Suponía que para ella el matrimonio sería una dura prueba, y deseaba compartir la carga.

Hinata no podía esperar que su futuro abuelo entendiera realmente sus capacidades, teniendo en cuenta que ninguno de los hombres de su propia familia las entendía. Ninguno de ellos tomaba en serio los estudios médicos de la muchacha. Sus esfuerzos y dedicación seguían siendo, en lo que a los varones se refería, "la pequeña afición de Hinata".

—Es muy difícil pensar con claridad —prosiguió Rasenrengan, con la misma ferocidad controlada— con un par de abogados y un futuro abuelo tan ansioso merodeando a mi alrededor. Y no me sirvió de nada que Obito se callara, pues tuvo que meterse el pañuelo para lograrlo y, aun así, no podía dejar de sollozar.

Salí para aclararme la cabeza porque... maldición. —Se apartó el cabello de la cara—. De hecho, no me siento razonable con respecto a esto. Tuve ganas de mandarlos al diablo. Pero mi propio abogado estuvo de acuerdo con ellos. Si yo me hubiese opuesto, me habrían creído irracional.

Hinata lo entendió: tenía miedo de terminar encerrado en un manicomio.

Le pareció buena señal que hubiese acudido a ella con el problema. Pero sabía que no tenía sentido aferrarse a lo que podía ser.

Se paró frente a él. Naruto no la miró.

—Mi lord, espero que estés enterado de que la ley de 1774 que regula los manicomios protege a las personas cuerdas de ser encerradas sin causa—dijo—. En la actualidad, sólo un grupo compuesto por imbéciles y lunáticos criminales podría considerarte non compás mentís. No es preciso que firmes ningún papel estúpido que esos sujetos odiosos agiten ante tu cara para demostrar que estás cuerdo.

—Debo demostrárselo a Sennin —dijo, tenso—. Si llega a la conclusión de que estoy loco, te llevará.

Hinata dudaba de que la perspectiva fuese intolerable para él. Sabía que había aceptado casarse con ella por lo que creía que eran los motivos equivocados. Dudaba que hubiese contraído un enamoramiento fulminante en las últimas horas.

Era mucho más probable que hubiese ido a probarla. Y, si fracasaba, tendría la prudencia de dejarla ir.

Hinata ya había sido probada, entre otros, por dementes certificados, y este hombre no estaba más enfermo que ella, en ese momento. Sin embargo, no cometió el error de imaginar que esa prueba sería más fácil... o menos peligrosa.

Lo había juzgado peligroso desde el momento en que volvió hacia ella sus ojos topacios. Estaba segura de que tendría plena conciencia del efecto que causaban y de que sabía cómo usarlo.

Sus sospechas resultaron confirmadas cuando su mirada azulina se clavó en la de ella.

—Señorita Hyūga, lo que queda de mi razón me dice que usted representa para mí una complicación infernal y que me convendría librarme de usted. Pero la voz de la razón no es la única que escucho... y pocas veces le prestó atención —agregó.

La mirada bajó se detuvo en la boca de la muchacha y siguió bajando hasta el corpiño.

Bajo las capas de seda y las enaguas, la carne de Hinata se erizó bajo el lento escrutinio y las sensaciones se le extendieron hasta los dedos.

Naruto intentaba inquietarla.

Estaba lográndolo maravillosamente.

Pero le esperaba la locura y la muerte, y, junto a ello sus propias preocupaciones parecían insignificantes.

Cuando la poderosa mirada azul volvió al rostro, Hinata ya había logrado recobrar parte de su compostura.

—No estoy segura de que haya identificado correctamente la voz de la razón —dijo—. Pero estoy muy segura de que, si Sennin intenta alejarme, a mí me dará un ataque. He pasado por buena cantidad de molestias para prepararme para la boda.

Mi cabeza está llena de hebillas y mi doncella me ha apretado tanto el corsé que es un milagro que mis labios no se hayan puesto morados. Le llevó casi una hora planchar y enganchar este vestido, y, seguramente, yo estaré tres horas tratando de quitármelo.

—Yo puedo quitártelo en un minuto —repuso él con voz muy queda—. Y será un placer librarte del corsé. No te conviene meter esas ideas en mi cabeza.

"Como si no estuviesen ya en ella", pensó Hinata. Como si no se lo hubiese advertido: hacía un año que no estaba con una mujer.

Y si bien sabía que estaba poniendo a prueba su fortaleza de doncella, el tono de la voz de Naruto le estremeció los nervios.

Era más alto que ella, más pesado y más fuerte. Una parte de Hinata quiso huir.

"Pero no está a punto de sufrir un ataque de locura violenta", se reprochó a sí misma. Estaba fingiendo, poniéndola a prueba, y dejarse intimidar no era el modo de ganarse su confianza.

—No sé por qué me convendría —dijo—. No quiero serte indiferente.

—Sería mejor para ti que lo fueses.

No se había acercado un milímetro, pero la voz baja y los ojos relucientes ejercían una presión sofocante.

Hinata recordó que el Todopoderoso le había puesto obstáculos en el camino casi desde el día en que nació, y la había enfrentado muchas veces con hombres decididos a vencerla o asustarla.

Eso le daba la suficiente práctica para lidiar con este hombre.

—Sé que represento una complicación infernal —dijo—. Comprendo que te sientes presionado, y también entiendo tu resentimiento hacia tus... tus urgencias masculinas que te impulsan a actuar en contra de tu mejor opinión. Pero no tienes en cuenta el lado bueno. Una falta de tales apetitos indicaría carencia de salud y de fuerza.

Hinata vio la chispa de sorpresa en los ojos de él, un instante antes de que la ocultase.

—Deberías considerar como un signo positivo tus urgencias animales—insistió—. No estás tan alienado como crees.

—Al contrario —dijo Naruto—. Me veo mucho peor de lo que había imaginado.

Dirigió la vista de sus ojos azules aun punto del hombro izquierdo de Hinata, donde terminaba el escote del vestido y empezaba la piel, al instante, la muchacha cobró aguda conciencia de cada centímetro cuadrado de su propia piel.

Oyó un crujido y, al mirar hacia abajo, vio que el papel quedaba estrujado en el puño apretado del hombre.

Naruto también lo miró.

—Casi no importa qué es lo que he firmado —dijo—. Nada de lo que debería importar importa.

El corazón de Hinata marcaba un ritmo doble, acelerando el curso de la sangre por sus venas, preparándose para volar.

—Maldita sea —dijo el hombre. Avanzó.

Ella contuvo el aliento.

La tomó de los hombros.

—Yo sí que soy un buen sujeto, ¿eh? Acepta un ataque, por favor. Yo te mostraré un ataque.

Antes de que pudiese exhalar, él le aferró la nuca con una mano, le echó la cabeza atrás y posó su boca en la de Hinata.

Naruto se reprochó a sí mismo que la culpa había sido de ella: no tendría que haberlo mirado de ese modo que lo derretía. No tendría que haber estado tan cerca y atraparlo con su fragancia, tan rica y embriagadora como el opio para sus sentidos hambrientos. Más bien, tendría que haber huido, en lugar de quedarse tan cerca y obligarlo a tomar conciencia de la pureza de porcelana de su piel.

No pudo menos que anhelar esa pureza, esa suavidad, como no pudo impedir apoderarse de ella.

Estampó su boca apremiante sobre la de Hinata, suave, temblorosa, y ese sabor dulce, limpio lo hizo estremecerse... no supo si de placer o de desesperación. En lo que a él se refería, el estremecimiento era un vacío dentro de él, un vacío eterno, imposible de colmar.

Aunque sólo hubiese sido por su cordura, tendría que haberse detenido ahí. Sabía que no tenía remedio. Que esta inocente no podría saciarlo.

Ninguna mujer, por experta y habilidosa que fuese, lo había logrado hasta el momento.

Pero los labios de Hinata eran tan suaves, tibios y dóciles a la presión de los de Naruto que tuvo que acercarla más a sí, buscando la calidez de aquel cuerpo joven, mientras gozaba de la ingenua rendición de su boca inocente.

La apretó contra sí, codiciando su calor y suavidad. La apretó contra su cuerpo hambriento, ahondando el beso, buscando desesperadamente más... como siempre.

La sintió temblar, pero no pudo detenerse... aún no. No pudo evitar que su lengua explorase los misterios de la boca de Hinata... secretos femeninos que lo prometían todo.

Atraído por el aroma, el gusto, el contacto, se deslizó hacia la oscuridad. Le acarició la espalda, oyó el susurro de la seda bajo sus dedos y la sintió moverse respondiendo a sus caricias. Esa fue su perdición, porque Hinata se entregó a la caricia como si lo hubiese hecho muchas veces antes, como si perteneciera a los brazos de Naruto, como si siempre hubiese pertenecido.

Calidez... suavidad... curvas sinuosas bajo seda susurrante... un cuerpo que se derretía contra el suyo... perfume femenino que lo envolvía... y la piel...

Recorrió con los labios la mejilla satinada, y Hinata suspiró. El suave sonido encendió la presta llama interior del deseo. Los dedos de Naruto encontraron un cierre...

—Si estás tratando de asustarme —oyó la voz difusa, mientras el aliento de Hinata le cosquilleaba la oreja—, no te sale bien.

Las manos se inmovilizaron.

Alzó la cabeza y la miró. Hinata abrió los ojos, y la embelesada mirada perla se puso en foco. De inmediato, la de Naruto se disipó, bajo ese escrutinio penetrante.

—Estaba sufriendo un ataque de locura —dijo, consciente de que su voz algo ronca expresaba otra cosa.

Apartó la vista de la mirada de la muchacha, que lo atrapaba, y retrocedió.

Mechones de rizos azules habían escapado de las hebillas y le caían, salvajes, alrededor del rostro sonrosado y del cuello. El vestido estaba un poco torcido.

Retrocedió y se miró las manos, temeroso de recordar dónde había estado y lo que podían haberle hecho a una inocente, por pertenecer a un patán lascivo como él.

—¿Qué es lo que pasa contigo? —le preguntó—. ¿Por qué no me has detenido? ¿Tienes una idea de lo que podría haberte hecho?

Hinata tironeo del vestido para acomodarlo.

—Tengo una idea bastante aproximada —respondió—. Conozco los mecanismos de la reproducción humana, como le dije a mi madre. Pero ella creyó su deber maternal explicármelos por sí misma.

Se alisó el corpiño.

—Debo decir que señaló un par de sutilezas que yo desconocía. Y, como era de esperar, Natsu me instruyó más allá, todavía. Llegué a la conclusión de que no es tan simple como creía. —Se colocó otra vez un par de hebillas en el pelo—. Con esto no quiero decir que no haya experimentado considerables aclaraciones bajo tu tutelaje, milord —se apresuró a agregar Hinata—. Una cosa es que a una le cuenten cómo son los besos íntimos, y otra muy distinta experimentarlos en carne propia. ¿Qué es lo que miras así? —Se observó a sí misma—. ¿Me he olvidado de algo? ¿Tengo algo suelto? —Giró, presentándole la esbelta espalda—. ¿Necesito abrocharme algo?

—No.

"'Gracias a Dios", agregó Naruto para sí. Hinata se dio la vuelta otra vez y le sonrió.

Su boca era muy ancha. Naruto lo notó antes... y sintió, saboreó cada átomo de esa boca.

No recordaba haberla visto sonreír antes. Si la vio, lo había olvidado, pues era una curva larga y dulce que lo enlazaba como un encantamiento.

No sabía cómo resistir su cálida promesa. No sabía cómo luchar contra ella y contra sí mismo, simultáneamente. Ignoraba cómo alejarla, tal como debería hacerlo, pues Hinata le provocaba deseos desesperados de abrazarla.

Le pareció que no sabía cómo hacer nada.

El documento que le pidieron que firmara, los motivos que le dieron para hacerlo, lo obligaron a enfrentarse a lo que había intentado ignorar. Y se acercó a ella tratando de asustarla, por la seguridad de la propia Hinata... y la paz de su conciencia.

Y sin embargo, Naruto, el que en otra época había sido capaz de hacer temblar a rameras endurecidas, no podía provocar la menor ansiedad en esta muchacha, como tampoco lograba despertar su propia conciencia endeble.

En otra época había sido capaz. Tiempo pasado.

Antes de los dolores de cabeza. Antes de que la enfermedad comenzara su insidioso trabajo de zapa.

Entonces llegó la respuesta, congelándolo: el hilo débil que unía voluntad y acción, mente y cuerpo, y estaba rompiéndose. Según Hinata, Naruto estaba sano y fuerte, pero era sólo la apariencia externa. La mente en degeneración ya estaba minando su voluntad.

Se dio la vuelta, para que Hinata no le adivinara la desesperación en el rostro. La controlaría. Sólo necesitaba un momento, lo había sorprendido, eso era todo.

—Lord Rasenrengan.

Sintió la mano de ella en la manga.

Quiso sacudírsela, pero no pudo, como tampoco hubiese podido sacudirse la percepción de la presencia de Hinata. El sabor de ella duraba en su boca y su perfume lo rodeaba. Recordó la tierna mirada de esos ojos tan bellos, y la sonrisa, tibias promesas. Y él estaba helado, congelado hasta el tuétano.

"Y soy demasiado egoísta, demasiado débil para renunciar a ella", pensó con resignada amargura.

Levantó la mano y cubrió la de ella.

—No quiero volver a esa maldita biblioteca y escuchar sus discursos solemnes ni leer sus podridos documentos —dijo, con sencillez—. He firmado los acuerdos. Tú tendrás tu hospital. Suficiente. Quiero casarme ya.

Hinata le apretó el brazo.

—Estoy lista —dijo—. Hace horas que lo estoy. Naruto la miró, y ella le sonrió.

Tibias promesas.

Pasó el brazo de ella bajo el suyo, y fueron juntos de regreso a la casa. Tuvo que apelar a toda su voluntad para no correr. El sol se ponía, la tarde cerraba y los envolvía en su bendita oscuridad. Pronto, esa noche, estarían casados. Pronto, subirían al cuarto de Naruto, a la cama. Y entonces... Que Dios los ayudara a los dos.

Entraron y cruzaron de prisa el vestíbulo. Vio que la puerta de la biblioteca estaba abierta y la luz se derramaba sobre el corredor penumbroso.

Se volvió para hablarle a la mujer... y entonces los vio: tenues pero inconfundibles, en la periferia de su campo de visión.

Diminutos relámpagos de luz.

Parpadeó, pero no se esfumaron. Revolotearon, chispeando con maldad, en los límites de su visión.

Cerró los ojos, pero siguió viéndolos emitiendo su aviso de muerte. Abrió los ojos, y ahí estaban, fatales, inexorables.

No, todavía no. Tan pronto no. Trató de alejarlos, aunque sabía que era inútil.

Sólo le respondieron, chispeando, imperturbables: pronto, muy pronto.