Capítulo 4
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
—¡Esto es culpa suya! —le reprochó el señor Kabuto a Iruka—. Le dije que la frágil salud de mi paciente no podía soportar ningún esfuerzo. Le dije que había que mantenerlo aislado de cualquier fuente de agitación nerviosa. Nada de periódicos, nada de visitas. Ya vio lo que le provocaron las novedades sobre la familia: tres ataques en una semana. Y, sin embargo, permitió usted que tres desconocidos se abatieran sobre él en el momento en que estaba más vulnerable. Y ahora...
—Si un hombre se convierte en Par del reino, tiene que enterarse —repuso Iruka—. Además, ataques o no ataques, para él fue un alivio saber que el anciano caballero ya no podría molestarlo más. Y en cuanto a permitir la entrada de desconocidos, me gustaría verlo a usted cerrándole la puerta en la cara a lady Byakugan... siendo la abuela del único amigo que tiene mi patrón.
Tal vez no fuera correcto que yo le dijese a ella qué le pasaba al señor, pero me pareció mejor advertirle de antemano que no estaba tan fuerte como parecía, y que sus nervios ya no estaban templados como antes.
—Lo cual significa que no tendrían que haberlo sometido a ninguna clase de agitación —replicó Kabuto, —Con todo respeto, señor, usted hace semanas que no lo ve —dijo Iruka—. Tal vez esté capacitado para, juzgar sobre su estado desde el punto de vista médico, pero no conoce usted su carácter ni sus deseos. Yo he tenido más de nueve meses para conocerlo, y le aseguro que lo último que quiere es que lo traten como a una mujer propensa a los desmayos, —Echó una mirada a Hinata—. Espero no se ofenda, señora.
—En absoluto —respondió—. Nunca en mi vida he sufrido un desmayo.
El veterano sonrió. Kabuto la miró, ceñudo.
Tenía esa expresión desde el momento en que ella lo recibió en la sala, después que hubo visitado a su paciente. No habían pasado diez minutos desde el comienzo de la conversación cuando estallaron las hostilidades. Iruka, que esperaba fuera, en el pasillo, corrió adentro y se lanzó a defenderla, sin advertir que Hinata no necesitaba defensa.
No obstante, la actitud resultó útil, pues la discusión del criado con el médico aclaró a Hinata un par de temas, y el cielo era testigo de que necesitaba la mayor claridad que pudiese obtener.
Al parecer, Rasenrengan estaba decidido a mantenerla en la más completa ignorancia con respecto a su enfermedad.
Minutos después que regresaron a la casa, después del episodio en el jardín, Hinata había notado algo raro. En las horas que siguieron, mientras Hinata organizaba todo, había observado el cambio del conde.
Cuando llegó la hora de la ceremonia, la voz de Naruto era monótona y sus movimientos, trabajosos y lentos, como si él hubiese estado hecho de cristal y pudiese romperse en cualquier momento.
Los dedos que deslizaron las sortijas de boda en los suyos estaban mortalmente helados, las uñas blancas como tiza.
Después de celebrada la boda, cuando ya habían estampado sus nombres como esposo y esposa, Rasenrengan le confesó que le dolía la cabeza y que iba a acostarse.
Hinata despacho a sus parientes, como él le pidió, explicando que el conde necesitaba absoluta tranquilidad.
Naruto pasó la noche de bodas en cama, con la botella de láudano. Había cerrado con llave la puerta del dormitorio, sin dejar entrar ni siquiera a Iruka.
Esa mañana, Hinata le llevó el desayuno en persona. Cuando golpeó la puerta del dormitorio y lo llamó con voz suave, él le dijo que interrumpiese ese barullo infernal y que lo dejara en paz.
Como los criados no parecían demasiado alarmados por esa conducta, Hinata esperó con paciencia hasta últimas horas de la tarde, antes de mandar a buscar a Kabuto.
Cuando el doctor salió de la habitación, el dueño cerró otra vez la puerta con llave y Kabuto se negó a comentarle a ella el estado del paciente.
Hinata lo observaba, tranquila, sin hacer caso de la expresión amenazadora del médico. Hacía años que los médicos varones la miraban con ira, coléricos e irritables.
—Quisiera saber qué dosis de láudano ha prescrito —le dijo—. No puedo ir al cuarto de mi marido y decidirlo por mi cuenta, y estoy muy inquieta. Para un paciente con dolor, es fácil perder la noción de la cantidad que ha ingerido y cuándo fue la última vez que lo consumió. La intoxicación con láudano no suele mejorar la capacidad de calcular ni la memoria.
—Le agradecería que no me diga lo que tengo que hacer, señora -replicó el médico, rígido—. He comentado los beneficios y los riesgos de mi paciente aunque no creo que pueda hacerle ningún bien, después de haber pasado por lo que ha pasado. Una impresión fuerte tras otra, coronada por un casamiento apresurado con una mujer a la que no conoce en absoluto. Es como si lo hubiesen asesinado. Sería lo mismo que le hubiera dado un martillazo en la cabeza.
—Yo no he observado síntomas de shock —dijo Hinata—. Lo que sí he observado...
—Ah. Sí, durante su larga relación con Su Señoría —la cortó Kabuto, lanzando a Iruka una mirada fría—. La señora lo conoce desde hace... ¿treinta y seis horas? ¡O menos!
Hinata contuvo un suspiro. Con este sujeto, no llegaría a nada, acornó casi todos los demás médicos que había conocido, con la bendita excepción del señor Hatake. ¡Cómo les fastidiaba que los interrogaran! cómo les encantaba hacerse los misteriosos, y los que todo lo sabían. Muy bien: ella también conocía ese juego.
—He observado que las alucinaciones son de poca duración —dijo. Kabuto se sobresaltó, pero se recuperó de inmediato y adoptó una expresión cautelosa.
Hinata podría haberle aclarado que había recibido entrenamiento para observar, pero no dijo nada de sus propios antecedentes, ni de las conclusiones que sacó al ver que Rasenrengan parpadeaba irritado y agitaba las manos en el aire ante su rostro, como tratando de quitar telarañas. Si Kabuto decidía dejarla en la ignorancia, le cabía esperar el mismo tipo de trato. Le dirigió una levísima sonrisa.
—¿Acaso Su Señoría no se lo ha dicho, señor? Soy bruja. Pero no puedo hacerle perder su valioso tiempo. Tiene otros enfermos que atender, y yo tengo que ir a poner mi caldero sobre el fuego y salir a buscar otra tanda de ojos de salamandra.
La boca de Kabuto formó una línea severa y, sin añadir palabra, salió a grandes zancadas.
La mirada de Hinata se cruzó con la de Iruka, tan apacible. —No conozco la dosis — le dijo el criado—. Lo único que conozco es el aspecto de la botella y que hay más de una.
Después de un sueño plagado de pesadillas, Naruto despertó, inquieto, con terribles dolores.
La cabeza le pulsaba sin cesar. Por dentro, sentía un ardor como de bilis.
Lentamente, con cuidado, se incorporó hasta quedar sentado y tomando la botella de la mesilla de noche, se la llevó a los labios.
Vacía.
"¿Ya?", se preguntó, aturdido. ¿Se la había terminado en una sola noche? ¿O había pasado varias noches en medio de la niebla opresiva del dolor y los opiáceos?
No importaba.
Había visto otra vez apariciones plateadas, desde ese día, levitaron lentamente desde la periferia y parpadeaban desde cada lugar a donde miraba. Había visto los preparativos para la boda en medio de ondulaciones chispeantes que se mecían en el aire como las olas de un mar fantasmal.
Después, por último, las chispas plateadas se habían desvanecido y tuvo la impresión de que penetraban en su cráneo como cuchillos al rojo vivo.
Ahora comprendía por qué su madre afirmaba que los 'fantasmas" tenían crueles garras, y por qué gritaba y se arrancaba los cabellos. Intentaba arrancarse esas garras que la martirizaban.
Hasta a él le costaba esfuerzo recordar que no existían fantasmas ni garras, que no eran más que fantasías de enfermo.
Se preguntó cuánto tiempo más estaría en condiciones de distinguir entre la fantasía y la realidad: cuánto tiempo, hasta que empezara a confundir a los que lo rodeaban con fantasmas y demonios o atacarlos, en ataques de furia inconsciente.
Pero se prometió a sí mismo que no lo liaría. Kabuto le había prometido que el láudano lo tranquilizaría, que, junto con el dolor, se llevaría las fantasías.
Naruto se acercó más a la mesilla de noche y abrió la puerta. Metió la mano y encontró el cilindro de porcelana.
Se lo apoyó en el regazo y sacó el tapón.
La botella estrecha, metida dentro de un paño de lana, estaba dentro. El elixir de la paz... quizá de la paz eterna.
La sacó y, con mano temblorosa, apoyó el cilindro sobre la mesa de noche.
Después vaciló, pero no por la perspectiva de la eternidad. No, era un ser demasiado bajo y superficial para eso. En lo que pensó fue en la bruja, en su boca blanda y su cuerpo esbelto y curvilíneo.
Y esa imagen bastó para decidirlo a pensar en las más nobles razones para evitar los riesgos del láudano: si moría antes de consumar el matrimonio, este podría resultar anulado y ella no tendría su hospital... y, además, tenía el deber de concebir un heredero.
"¿Y a mí qué me importarán el hospital de Hinata y el fin de los Namikaze, cuando esté muerto?", pensó. Tampoco ella. Se habría ido, y bien estaría, y que Dios no permitiese que dejara un hijo. Con la suerte que tenía, el hijo heredaría la misma enfermedad del cerebro, viviría poco tiempo y moriría de la misma manera humillante,
Destapó la botella.
—En tu lugar, yo tendría cuidado —le llegó desde la oscuridad una voz conocida—. Estás casado con una bruja. ¿Y si lo he convertido en una poción de amor?
El cuarto estaba negro como el Hades. No podía verla, no podía enfocar nada, con ese dolor pulsante, pero la olía. El aroma exótico y extraño lo arrancó do ese retumbante mar de dolor como una mano fantasmal y lo trajo a la conciencia.
—También podría ser una poción que te convierta en zorro —agregó.
No la oía aproximarse, a pesar del martilleo incesante de su cabeza, pero percibía la tenue fragancia, que se volvía cada vez más rica, más intensa. ¿Jazmín?
Dedos delgados y tibios encerraron los suyos, helados.
Trató de hablar. Movió los labios pero no emitió sonido alguno. El dolor le golpeó el cráneo.
Se le contrajo el estómago. La botella se le cayó de las manos.
—Me siento mal —boqueó—. Cristo, yo...
Se interrumpió cuando otra cosa, fría, redonda y tersa se le apoyó en las manos: una palangana.
El cuerpo se le estremeció con violencia. Luego lo único que atinó a hacer fue sostener la palangana, inclinar la cabeza y entregarse a una serie de espasmos incontrolables.
Náuseas, lo sacudieron sin cesar, lo dejaron indefenso.
Y todo el tiempo, sintió las manos tibias sobre él, sosteniéndolo. Oyó sobre él los tiernos murmullos.
—Sí, eso es. No se puede evitar. Es un dolor de cabeza con náuseas. Una porquería, ¿verdad? Dura horas y horas. Después no se va tranquilamente, ¿no es así? Al contrario, sale de ti desgarrándote, y parece que se llevara tus entrañas consigo. Estoy segura de que eso es lo que parece, pero dentro de un momento le sentirás mejor. Eso, ya está.
No fue un momento sino una eternidad, y Naruto no supo si ya había terminado o estaba muerto. Los espasmos ya no le sacudían el cuerpo, pero no podía alzar la cabeza.
Hinata lo sujetó antes de que cayera en el asqueroso revoltijo de la palangana. Le levantó la cabeza y le apoyó una taza en los labios. Olió menta... y algo más. No supo qué era.
—Enjuágate la boca —le ordenó, serena.
Demasiado débil para protestar, obedeció. El preparado de sabor penetrante le quitó el sabor desagradable de la boca.
Cuando terminó, Hinata lo ayudó suavemente a recostarse sobre las almohadas.
Se tendió allí, exhausto, y percibió cierto movimiento. La palangana había desaparecido, y con ella la pestilencia.
Poco después, un paño fresco y húmedo se le posó en la cara. Suave, rápida, eficiente, limpiándolo y refrescándolo, estaba seguro de que debía protestar... él no era un niño de pecho. Pero no logró reunir energías suficientes.
Luego ella se fue otra vez, por un tiempo infinito y, durante la ausencia de Hinata, el dolor lo penetró otra vez. Y, si bien no era tan feroz como antes, ahí estaba, aplastándolo.
Esta vez, cuando la fragancia volvió, con ella llegó una luz: una sola vela. Vio acercarse la silueta en sombras. La luz lo obligó a hacer una mueca. Hinata se alejó y dejó la vela sobre la repisa de la chimenea.
Regresó junto a la cama.
—Al parecer, todavía no te sientes bien —dijo, con suma suavidad—. No sé si es el dolor de cabeza original o los efectos residuales del láudano.
Entonces Naruto recordó la botella que le había quitado:
—Láudano —dijo, ahogándose—. Dame la botella, bruja.
—Después, quizá —le respondió—. Ahora tengo que ejercer mi hechizo. ¿Crees que podrás meterte solo en el caldero o debo llamar a Iruka para que te ayude?
El "caldero" de la bruja era un baño humeante, y el hechizo era lo que ejercía sosteniendo una bolsa de hielo sobre la cabeza de su flamante esposo, mientras hervía el resto de su persona.
Al menos eso fue lo que interpretó Naruto de la explicación que le dio.
No tuvo inconvenientes en decidir que lo que menos quería en la vida era salir de la cama y tambalearse hasta el piso de abajo, hasta el cuarto de baño.
Pero, cuando supo que los criados estaban preparados para llevarlo en brazos, cambió de idea. No soportaba que nadie lo cargase para llevarlo a ningún lado.
—Tus extremidades están heladas —le dijo su esposa, entregándole una bata. Apartó la vista mientras él se la ponía, enfadado—. Por encima del cuello, estás demasiado caliente. Tu organismo está desequilibrado, ¿entiendes? Debemos corregir eso.
A Naruto no le importaba estar desequilibrado. Por otra parte, no podía soportar que ella lo viese tendido, impotente y temblando como un niño pequeño.
Por eso, se arrastró desde la cama, cruzó a tumbos la habitación y salió por la puerta.
Rechazando la mano que Hinata le tendía para ayudarlo, salió del cuarto y bajó las escaleras.
Encontró el pequeño recinto embaldosado lleno de vapor perfumado de lavanda. En los pequeños nichos de la pared titilaban velas.
La niebla perfumada, la tibieza, la luz suave lo envolvieron y lo atrajeron. Extasiado, caminó hasta el borde de la bañera. Habían colocado toallas en el fondo y colgadas de los costados.
Su furia impotente se disipó en medio de esa dulce tibieza y calma.
Se quitó de un tirón la bata y se metió, gimiendo mientras se deslizaba en el agua humeante y el calor penetraba en sus músculos doloridos.
Un momento después, una pequeña almohada apareció bajo su cuello. Abrió los ojos.
Embelesado por la deliciosa tibieza y el agua tentadora, olvidó la existencia de la bruja... y que estaba completa y totalmente desnudo.
—Lo único que tienes que hacer es remojarte —le dijo—. Apóyate en la almohada. Yo haré lo demás.
No pudo recordar lo que era el descanso y se crispó cuando la suave bolsa de hielo se apoyó sobre su cabeza.
—Yo la sostendré —dijo Hinata—. No tienes que preocuparte de que se resbale.
La bolsa de hielo era la menor de sus preocupaciones.
Miró dentro del agua. La bañera no era la más honda del mundo. Podía ver sus posesiones masculinas con toda claridad.
Y aunque era tarde para decoros, colocó una parte de la toalla sobre la zona y puso la mano encima para que no notase.
Oyó un sonido ahogado, sospechosamente parecido a una risa, pero se negó a levantar la vista.
—No es nada que no haya visto antes —dijo la bruja—, Si bien admito que los otros eran recién nacidos o cadáveres de adultos, pienso que el equipo es en lo esencial, el mismo en todos los varones.
Algo se removió en la mente perezosa de Naruto. Apoyó la cabeza y cerró los ojos, tratando de reunir fragmentos y piezas dispersos. El hospital... ideas definidas y... principios. Los parientes de ella confundidos, obedeciéndola. La falta de temor. La palangana en sus manos, en el instante mismo en que la necesitó... la tranquila eficiencia.
Empezó a entender, aunque no del lodo. Muchas mujeres tenían experiencia en el cuidado de enfermos, y sin embargo...
Volvió a pensaren la última novedad. Podía entender que viera a los recién nacidos. Muchísimas mujeres veían niños desnudos... pero ¿cadáveres... de adultos varones?
—¿A cuántos lechos de muerte ha asistido, señorita Hyūga?
No abrió los ojos. Era más fácil pensar sin tratar de mirar al mismo tiempo. Todavía le dolían los ojos. A pesar de que el dolor estaba menguando, seguía presente.
—Ya no soy la señorita Hyūga —repuso—, Estamos casados. No me digas que lo has olvidado.
—Ah, sí. Por un momento, se me escapó de la cabeza. Por eso de los cadáveres. Estoy muy interesado en sus cadáveres, lady Rasenrengan.
—Yo también lo estaba. Pero no creerías las dificultades con que me topé. Admito que los cadáveres frescos no son fáciles de conseguir. Pero esa no es excusa para que los médicos varones sean tan egoístas al respecto. Te pregunto: ¿cómo va una a aprender si no le permiten ni siquiera presenciar una disección?
—No tengo la menor idea.
—Es ridículo —-dijo Hinata—. Finalmente tuve que echar mano del recurso de desafiar a uno de los alumnos del señor Knighily. Ese fanfarrón condescendiente afirmó que yo perdería mi desayuno, me desmayaría y caería al suelo de piedra, sufriendo una severa concusión. Le aposté diez libras a que no.—Hizo una pausa—. Al fin, fue él el que se derrumbó. —En la voz de la muchacha vibró un tranquilo matiz de triunfo—. Saque a rastras al desmayado, pues no quería tropezarme con él por casualidad, y continué yo misma con la disección. Fue muy esclarecedora. No se puedo aprender ni una fracción de todo eso de una persona viva. No puedes ver nada.
—Qué frustrante —murmuró el esposo.
—Así es. Imaginé que sería suficiente con demostrar una vez que podía hacerlo, pero no. Fue la única vez que tuve los instrumentos en mis manos y un cadáver todo para mí. Lo único que obtuve fue permiso para observar, y debió quedar en el más absoluto secreto, para que mi familia no se enterase.
Incluso con los pacientes, los vivos, no bastó con que demostrase mi competencia ante nadie. Mientras el señor Knighily estuvo a cargo, sólo podía estar presente si era discreta. El debía dirigir todo y las simples mujeres debíamos obedecer órdenes, aunque estuviesen basadas en las teorías más antiguas.
Tras los ojos cerrados, Naruto podía ver ahora la respuesta con absoluta claridad.
Un día antes, esa revelación lo hubiese impulsado a saltar fuera del baño, correr como si se lo llevaran los demonios y llegar hasta el lodazal más cercano.
En el presente, una parte de su mente le sugirió que huir no era una mala idea.
Pero estaba tan cómodo, con los músculos relajados en el agua humeante, la cabeza torturada agradablemente fresca...
Y dijo con mucha calma:
—Siendo así, no me extraña que te abalanzaras sobre la posibilidad de tener tu propio paciente.
"Y, antes de que pase mucho tiempo tu propio cadáver", añadió, para sus adentros. Aunque, en verdad, no importaba. Si ella quería diseccionar sus restos, Naruto no estaría en condiciones de objetárselo.
Hinata no respondió de inmediato. Naruto mantuvo los ojos cerrados, disfrutando de la niebla perfumada que flotaba a su alrededor. También se percibía la fragancia de la mujer, rica y profunda, entrelazándose con la venda. No sabía si era ese perfume o la curación lo que lo hacía sentirse tan ligero.
—No quiero dar la impresión de que todos los miembros de la profesión médica son unos imbéciles - dijo al fin Hinata—. Pero no puedo confiar en que Sennin sepa distinguirlos. Y con Obito sería peor. Se empeñaría en mandar especialistas de Londres y de Edimburgo, y hay que ver el tálenlo que tiene para meter la pata.
—Entiendo: has venido... a salvarme.
—Del manicomio médico —se apresuró a aclararle Hinata—. No soy una hacedora de milagros, y sé que son poquísimas las enfermedades mentales que se curan. Además, no sé mucho de la tuya —agregó, con un rastro de irritación—. El señor Kabuto calla con tanta obstinación como lo hacía el señor Knighily. Sabía que era inútil discutir con él. Pocas veces sirve de algo hablar. Como siempre, tendré que demostrar mi capacidad.
Naruto recordó la manera ágil, tranquila, con que ella lo había sacado del pantano. Recordó la fría firmeza con que hizo frente a sus esfuerzos por asustarla para que huyese. Recordó los cuidados serenos y eficientes de unos momentos atrás, cuando él tuviera aquellas náuseas tan desagradables.
Pensó en lo cómodo que se sentía en ese momento. Hacía meses que no se sentía tan tranquilo. No podía recordar con exactitud cuántos. De hecho, no recordaba cuánto hacía que se había sentido tan en paz. ¿Alguna vez lo había estado?
No podía evocar ningún momento en que no estuviese irritado consigo mismo por su debilidad, y bullendo de resentimiento hacia su abuelo, quien, como los médicos de los que Hinata hablaba, se empecinaba en dirigirlo todo.
Abrió los ojos y giró lentamente la cabeza para mirarla. Sostenía la bolsa de hielo, al tiempo que cambiaba de foco los ojos platas para encontrarse con la mirada de él.
Se preguntó si ese frío desapego sería propio de ella o si se habría preparado para suprimir las emociones y así poder sobrevivir en un mundo que no confiaba en ella ni la aceptaba, Naruto sabía lo que era eso y cuánto costaba esa preparación.
—La humedad causa efectos extraños en tu pelo —dijo, gruñón.
Todos sus rizos y tirabuzones minúsculos parecían brotar en todas direcciones, formando una especie de nube de combustión completa. Incluso en el aire seco parecían vivos y tratando de hacer lo que se les antojase.
—"¿Qué diablos hace su cabello?", debían de preguntarse los médicos. Y no es de extrañar que no pudieran prestar mucha atención a lo que decías.
—No tendrían que haberse distraído —repuso la muchacha—. No es una actitud profesional.
—Como grupo, los hombres no son demasiado inteligentes —dijo—, Al menos no de manera constante. Tenemos momentos de lucidez, pero nos distraemos con facilidad.
Ah, él sí que se distraía con facilidad.
La niebla vaporosa se había instalado sobre ella. Sobre su piel de porcelana brillaba un fino rocío. Rizos húmedos se le pegaban alrededor de las orejas. A Naruto se le ocurrió apartarlos y seguir su delicado contorno con la lengua.
Imaginó a dónde irían su boca y su lengua si él se lo permitía... a la carne húmeda del cuello de Hinata, bajando hasta el hueco de la garganta.
Dejó resbalar la mirada por el escote, luego más abajo, a donde la tela humedecida se pegaba a la curva de los pechos.
Mía, pensó. Y después ya no pudo pensaren el futuro. Casi no pudo pensaren nada.
—Ciertos hombres se pueden distraer —dijo Hinata—. A veces, sobre todo tú.
Si Naruto no hubiese tenido conciencia tan aguda y anhelante de la presencia de Hinata, no habría captado el leve temblor de su voz.
—Ah, bueno, pero yo estoy loco.
Lo que sentía bien podía ser locura. Bajo la punta de la toalla, la parte de Naruto que jamás atendía a razones despertaba de su sopor.
—Se supone que este tratamiento tiene efecto de somnífero —dijo Hinata, escrutándole el rostro.
No parecía inquieta sino perpleja, cosa que lo habría divertido si hubiese estado en condiciones de hacer observaciones objetivas. Imposible.
Estaba sentada cerca de su hombro, en el borde de la bañera las piernas recogidas bajo el vestido, y la mente rastrera de Naruto estaba concentrada en lo que había debajo. Sacó la mano del agua y la apoyó en el borde curvo de la bañera, a milímetros del borde del vestido.
—¿Tratamiento? —dijo—. Creía que era un hechizo.
—Sí, bueno, no debo de haber puesto suficiente ojo de salamandra. Tendría que inducir un adormecimiento placentero.
—Mi cerebro está poniéndose soñoliento.
Tocó con los dedos la muselina fruncida... y la aferró. Ceñuda, ella fijó la vista a la mano.
—Tienes dolor de cabeza —le dijo. Naruto jugueteó con el volante.
—En este momento, eso no me parece demasiado importante.
Si bien el dolor perduraba, ya no le importaba. Lo que sí le importaba era el recuerdo traicionero de lo que había debajo de la muselina. Retiró la mano.
Suaves sandalias de cuero... unos centímetros de tobillo de bellas curvas... y nada de medias.
—No llevas medias —dijo, en tono tan neblinoso como su mente—. ¿Dónde están sus medias, lady Rasenrengan?
—Me las he quitado —respondió—. Son muy caras, de París, y me daba mucha rabia correr el riesgo de que se engancharan en una astilla cuando entré por tu ventana.
Le atrapó el tobillo.
—Entraste por la ventana.
No miró la pierna atrapada.
—Para entrar en tu cuarto. Me preocupaba que consumieras demasiado láudano. Y resultó que no era una preocupación exagerada. La mezcla de esa botella que tenías no estaba correctamente diluida.
Hinata había dicho que no podía dejarlo morir antes de la ceremonia. Aparentemente, tampoco quería dejarlo morirse antes de consumar el matrimonio.
Y su alma negra y podrida, tampoco quería morir antes de hacerlo.
—Tuviste que salvarme.
—Tenía que hacer algo. No sé nada de abrir cerraduras, y echar abajo la puerta hubiese armado demasiado escándalo, por eso elegí el camino de la ventana. Milord, ¿tu mano no está enfriándose otra vez?
—No. —Le acarició el tobillo—. ¿Tú la sientes fría?
—No sabía si eras tú o yo. —Tragó saliva—. Estoy bastante... caldeada.
Naruto levantó más el vestido y deslizó la mano por la pierna de curvas perfectas que había descubierto. "Ella quiere su hospital", se dijo, "y está dispuesta a pagar el precio."
Y él quería recorrer con la boca esas piernas adorables, hacia arriba, hasta...
Su mirada voló hasta el cabello, a los salvajes rizos azules. Evocó una imagen de lo que hallaría al final del recorrido, en la unión de los muslos.
Después su mirada atrapó la de ella, suave y dulce. Entonces estuvo perdido. Salió del agua, estiró el brazo hacia ella, le enlazó la estrecha cintura con un brazo, la atrajo hacia él. Sintió el aire en la espalda, en contraste con lo caliente del agua, pero lo que a era la calidez de ella.
—Pescarás un resfriado —le advirtió Hinata, sin aliento—. Quieres que te traiga una toalla seca.
-No, ven a mí —dijo, con voz ronca.
No esperó a que lo hiciera, sino que la alzó en sus brazos mojados y gozó estrechamente largo rato. Luego se sumergió con ella en el caldero fragante, y, cuando el agua los envolvió, su boca encontró la de ella y se hundió más, más allá de la salvación, en un mar de libias promesas.
"Esto no es nada profesional", se reprochó Hinata, al tiempo que rodeaba con los brazos el cuello de su esposo.
Era bien sabido que la excitación de las pasiones exacerbaba los dolores de cabeza patológicos.
Lamentablemente en ninguna parte de la bibliografía médica había encontrado remedio para casos en los que se excitaban las pasiones del médico. No sabía qué antídoto aplicar cuando la más leve caricia del paciente disparaba tumultuosas palpitaciones del corazón y un brusco ascenso de temperatura, hasta llegar al punto de la fiebre.
No sabía qué paliativo aliviaría la presión de una boca perversamente sensual sobre la suya o que elixir podría contrarrestar esa poción endemoniada que saboreó cuando la lengua del paciente se enlazó a la suya.
Percibió que el agua le lamía los hombros y que su vestido ondulaba la superficie del modo más audaz, pero no pudo reunir la suficiente objetividad clínica para hacer algo al respecto.
Estaba preocupada por cada centímetro de aquel hombre, duro y tibio bajo sus manos, y no podía impedirles que se movieran sobre los hombros fuertes y los planos tirantes y tersos del ancho pecho. No le bastaba.
No lograba resistir el deseo de saborear la piel suave, bañada por el agua. Se apartó de la boca tirana y recorrió la mandíbula y el cuello mojados con los labios, mientras seguía explorando con las manos la espléndida anatomía.
—Oh, el músculo deltoide... y el pectoral mayor.- murmuró, aturdida.-Tan... bien... desarrollado.
Percibió el anhelo cada vez mayor y la audacia de las caricias de Naruto y comprendió que su propia reacción lo incitaba. Pero las caricias del hombre también la incitaban a ella.
Sintió el peso de las manos de él sobre sus pechos, una presión cálida: la hacía sentir dolor y, a la vez, empujar contra sus manos, buscando más…la boca sensual sobre su cuello hacía llover besos que le burbujeaban bajo la piel y la hacían estremecerse de impaciencia. La lengua malvada le cosquillaba la oreja…. La enloquecía….
Por encima de las salpicaduras, oyó el gruñido animal que emitió Naruto cuando ella tembló sin poder controlarse y se zambulló en él, como si pudiese nadar sobre su piel. Era lo que quería….
No le bastaba ninguna cercanía. El agua, las ropas, tantas cosas entre los dos….obstáculos…
-Haz algo -boqueó, forcejando con el vestido. Tiró del corpiño, pero la tela empapada no se desgarraba.- Sácalo le dijo…No puedo soportarlo.
Sintió que los dedos del hombre luchaban en su espalda con las cintas.
-Está demasiado empapadas-dijo Hinata, febril-. No podrás desatarlas…rómpelas.
-Espera. Cálmate.
La voz era ronca.
La mano de la mujer bajó hasta el vientre del hombre. Naruto contuvo el aliento.
-Hinata, por el amor de Dios…
-Date prisa.
-Espera.
Cerró su boca sobre la de ella y disipó la loca prisa de la muchacha con un beso interminable, agotador.
Hinata se aferró a él, su boca pegada al del hombre, mientras él la alzaba en sus brazos, la sacaba del agua y la colocaba sobre las toallas mojadas.
Cuando, al fin, cortó el beso embriagador, Hinata abrió los ojos y vio una cegadora mirada azulina. Naruto se arrodilló sobre ella, a horcajadas de sus caderas. Su piel resbalosa, relucía a la luz de las velas. El agua chorreaba del largo cabello dorado.
Lo contempló, hechizada. Mientras Naruto llevaba la mano al escote del vestido y, con un solo tirón, lo desgarró hasta la cintura.
-¿Ya estás contenta, bruja?-murmuró.
-Sí.-Se tendió hacia él y lo atrajo hacia sí, desesperada por sentir la piel de su esposo contra la suya.
Besos calientes, apresurados, en la frente de Hinata, en la nariz, en las mejillas….y más, bajando por la garganta, hasta evaporarse sobre los pechos. Esos besos ardientes consumieron el hechizo, y la locura volvió.
Hinata entrelazó los dedos en el cabello de Naruto para impedirle que se alejara. Necesitaba más, aunque no sabía bien qué. Sintió la boca de su esposo cerca del capullo enhiesto del pecho, y el primer contacto le provocó descargas eléctricas bajo la piel, hacia... algún lado... un inundo interior que ella ignoraba que existiese.
Era salvaje y oscura, una selva palpitante de sensaciones. Naruto la llevó a la oscuridad, arrastrándola más al fondo con las manos, la boca, la voz baja y entrecortada.
Cayeron los restos del vestido y, con ellos, los últimos vestigios de la razón. Quedó perdida en el perfume masculino y en su sabor pecaminoso, en el asombroso poder de aquellos músculos bajo la piel tensa y suave.
Quería que se metiera dentro de ella, bajo su piel. Quería que formara parte de ella. Tampoco fue suficiente cuando él puso la mano entre sus piernas, en el más íntimo de los refugios, y Hinata se arqueó contra la caricia, exigiendo más.
Naruto la acarició de formas secretas que la hicieron gemir y retorcerse bajo su mano, pero no fue suficiente. Las provocativas caricias se deslizaron más al fondo, más adentro. Los espasmos la sacudieron calientes, deliciosos, pero no le bastó.
Tembló al borde de un precipicio, atrapada entre el placer salvaje y un anhelo irracional, inevitable, de más, de algo más.
—Dios querido —jadeó, retorciéndose como la demente que era—. Hazlo. Por favor.
—Pronto. —Fue un susurro áspero—. No estás lista. Es tu primera...
—Date prisa. —Sentía el miembro latiendo contra su muslo. Le clavó las uñas en los brazos—. Date prisa.
Maldiciendo Naruto le apartó los dedos. Hinata no podía quitarle las manos de encima. Deslizó las manos por el vientre de él, hacia el lugar donde la llevaba el instinto. Halló el miembro grueso, caliente. Inmenso. Su mano no podía abarcarlo.
—Oh, Dios mío—murmuró.
—Detente. Por Cristo, Hinata, no me apresures. Podría hacerte daño y.,.
—Oh, Dios. Lo siento... tan fuerte... y vivo.
Casi no sabía lo que estaba diciendo. Acarició la carne aterciopelada, perdida en un tórrido asombro.
Oyó un extraño sonido estrangulado.
El comenzó a acariciarla otra vez, llevándola a esa frustrante locura. Apartó la mano de él, mientras el feroz, placer la arrastraba hacia el precipicio.
Luego llegó, en un veloz impulso... y una sensación punzante que la devolvió bruscamente a la realidad.
Tragó aire y parpadeó.
—Dios del cielo.
Era enorme. No se sentía a gusto. Pero tampoco se sentía del todo mal. No del todo.
—Te dije que te dolería.
Ella percibió el dolor que expresaba su voz. "Es mi culpa", se reprochó. No tendría que haberse dejado sorprender. Ahora Naruto pensaría que le había causado un daño permanente.
—Sólo al principio —dijo, trémula—. Es normal. No tienes que detenerte por mí.
—No va a ser mucho mejor.
Hinata se miró en los ojos resplandecientes y vio la tristeza que asomaba a ellos.
—Entonces, bésame —murmuró—. Me concentraré en eso e ignoraré lo demás.
Estiró la mano, metió los dedos en la espesa melena húmeda y lo acercó a ella.
El la besó con ferocidad, el deseo caliente que sintió en él encendió el de ella. Ese elixir del diablo la embriagó, y el dolor y la tensión se disolvieron en la nada.
Naruto comenzó a moverse dentro de ella, al principio en lentos impulsos, que pronto fueron acelerándose.
Hinata se movió con él, dejando que su cuerpo respondiera de manera instintiva, con regocijo. En el ritmo íntimo del deseo, la pasión volvió, más ardiente que antes. Quedó unida a él, y eso era lo que necesitaba: que fueran uno, llevarlo con ella al borde del abismo... y más allá, a la última explosión de embeleso ardiente... y después hundirse con él en la dulce oscuridad de la liberación.
