**Este relato contiene escenas con insinuaciones de tipo sexual. Se recomienda discreción.**


Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.

-Un día cualquiera-

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— ¡Maldición, Akane! —profirió en un gruñido gutural, sofocado por la blanquecina suavidad del cuello de su mujer, al tiempo que la estampaba en un golpe seco contra la pared del recibidor.

Sin usar mucha fuerza, Ranma rasgó la escuálida oposición de la tela aguamarina ceñida como segunda piel al cuerpo de Akane. Pese a estar en su tercera década de vida, las formas de Akane permanecían finas y exquisitas, como en sus años de primaveral juventud, en comparación a las de él que se habían embarnecido. Ahora era dos cabezas y pico más alto que ella y el triple de ancho. A veces tenía la sensación que si la abrazaba con fuerza desmedida la partiría en dos, mas no era el caso. Conocía la resistencia de su mujer en la cama. Con un demonio que lo hacía.

— ¡Animal! —chilló, arañando sus fuertes hombros. Ranma ahogó una risotada en la curva de la delicada clavícula, seguro que aquel apelativo dirigido a su persona era más por el daño irreparable hacia la ligera blusa, ya esparcida sobre el piso, que por sus modos para con ella.

Akane estaba enredada a su cintura en un tortuosos y sugestivo agarre de sus largas piernas, impidiéndole separar su dolorosa hinchazón de aquella zona privada que únicamente se abría para él. Gruñó desesperado cuando ella lo empujó impaciente hacia su calor.

—Eres una inconsciente —recriminó sin una pizca de enfado en aquel reclamo, más bien sonó a una promesa de deleites oscuros.

—Y-y t-tú un-una bestia estúpida. —Logró articular a trompicones mientras él saboreaba el inició de sus senos con lentitud, renuente a sucumbir a la abrasadora urgencia de ella. Deliberadamente postergaba la inminente liberación de sus senos, aún protegidos bajo el resguardo de las amenazantes fresitas de su sostén. ¡Infiernos! ¿Sabría ella como lo volvían loco sus particulares gustos en ropa intima? Después de todas las aventuras de alcoba que habían tenido a lo largo de su vida matrimonial, ella siempre parecía ataviarse en inocencia. Eran contadas las ocasiones que la contempló en algún conjunto sensual y provocador, y vaya que lo había disfrutado. Sin embargo, en la mayoría de los encuentros, Ranma descubría variopintas y risueñas indumentarias que rayaban en infantiles. Y, joder, que a él lo enloquecían.

Akane reclamó las atenciones de su boca hacia los sonrosados labios de ella, le estiró el inicio de la trenza haciéndole levantar la barbilla mientras ella se inclinaba a su encuentro. El azabache bufó desde lo más hondo de su pecho y de sus más profanas intenciones. Fue un beso lascivo y hambriento; la besó con pasión, degustándola y explorándola como si su sabor fuese el mismo elixir de vida, disfrutando de la sensación que hacía rugir su sangre. La peliazul atacó los embates de su lengua con ímpetu y determinación, dispuesta a entregar la misma devoción que exigía. Sus pequeñas manos lograron desabotonar la playera china, permitiéndole explorar la morena piel de su pecho y espalda en caricias cadenciosas y avariciosas, rasguñando el inicio bajo de su espalda hasta llegar a los omóplatos. Ranma le mordió el labio inferior en respuesta, amasando sus pechos con igual anhelo. Un torrente de calor lo atravesó cuando Akane prestó devota atención en acariciar sus tetillas. «¡Dioses!», exclamó Ranma para sus adentros. Estaba perdiendo la cordura. Si no se controlaba la tomaría ahí mismo, en la entrada de su casa. Como si sus manos tuviesen voluntad propia, aferró con bravío los glúteos de su esposa para acercarla, aún más, a su latente necesidad; restregándose en ella con acompasamientos sinuosos. Demostrándole la desbordada decadencia a la que lo arrastraba por el simple hecho de besarlo y tocarlo como lo hacía. Pese al impedimento de las ropas, Ranma sabía que Akane ya estaba preparada para recibirlo. Ella siempre se encontraba lista para él. Gimió de antelación. Jamás tendría suficiente de su mujer, el hambre era incluso más insaciable con los años.

Akane volvió a estirar sus negros cabellos, rompiendo la húmeda posesión de sus bocas, obligándolo a que la mirase. La visión resultó toda una beldad: su esposa ruborizada y agitada con los ojos ennegrecidos de ansias carnales, mientras sus labios se ofrendaban brillantes e hincados por el apasionado esmero de su hombre; aquello provocarían que cualquier fiero guerrero cayese de rodillas implorando piadosa liberación. Su orgullo se regodeó por saberse el único que llegaría a contemplarla con semejante expresión y el único que podría tocarla de formas tan íntimas. Aquel regocijó culminó en un doloroso estirón en su entrepierna, y Ranma apretó los dientes descargando un siseo febril.

—Cama —habló con voz sofocada, acercando la calidez de sus senos a la dureza de su torso. El ojiazul se estremeció—. Ahora.

Y el infierno se desató en sus entrañas.

Con un aullido de guerra, Ranma esclavizó nuevamente la pecaminosa boca de su mujer, resuelto a absorberle el alma. Utilizó toda su sabiduría y experiencia en las artes marciales para subir las escaleras, hacia el segundo piso, sin interrumpir las atenciones de sus labios. En algún momento del trayecto su camisa y playera interior quedaron desparramadas sobre los escalones gracias a las diestras maniobras de Akane. Ranma estaba endiosado de ella. Casi la deja caer en el último peldaño y la súbita refriega del sedoso vientre, entre la longitud de su apetito, por poco lo lleva al desquicio, y eso que aún conservaba los pantalones. Joder, iba a acabar antes de empezar.

El preámbulo de cómo llegaron a su situación actual no figuraba muy claro en sus remembranzas. Había sido una mañana muy atascada, sólo recordaba el bien conocido ardor de los celos apoderándose de sus venas, aunque no atinaba el por qué. Hubo gritos, reclamos y berrinches en plena calle por parte de ambos esposos, un sentimiento de rabia e impotencia gobernando los nervios de él y luego una cachetada a menester de ella. Ciertamente se combatían en una de sus explosivas peleas pasionales. Sin embargo, aquellas guerrillas campales ya no finalizaban con él surcando el firmamento de Japón. Gracias al cielo, no. Ahora incurrían en conclusiones más placenteras, aunque no por ello menos salvajes. Para cuando recobró algo de raciocinio ya la estaba devorado en la entrada principal de su hogar. No le importó cerciorare si había visitas o no. Sí las había, que se fueran al demonio. Se encontraba regido por un instinto primitivo de reclamar a su mujer cuanto antes. Y, carajo, que también quería ser reclamado por ella. La haría gritar hasta que todo el barrio estuviera enterado, sin margen de duda, de quien era el único hombre en derecho a tomar absolutamente todo el ser que era Akane. Ya estaba cansado de que intentaran flirtear con ella, en sus narices, a costa de la buena voluntad de su esposa y la férrea autoridad con la que detenía sus intenciones homicidas. Si no podía cometer asesinato, de buenas a primeras, por lo menos aplacaría sus ansias en acciones igualmente satisfactorias. Incluso mejores. Torturando a la causante de su desespero en desquite, y como extra dejaría unas cuantas evidencias que expusieran su posesión.

—Voy a encargarme de recordarles, a ti y a todos, quien es tu esposo —murmuró en tono bajo y amenazante al momento que acorralaba a Akane entre la cama y su imponente cuerpo, inmovilizándola por las costillas con el pesado agarre de sus muslos. Apretó con rudeza los cremosos senos que se le ofrecían desvergonzados, los cuales no recordaba haber liberado, y se humedeció los labios ante el preludio de saborear los montículos rosados ya despiertos para él. Como reafirmación de sus palabras, Ranma pellizcó y tironeó los sedosos pezones en un movimiento fugaz y coordinado. Akane gimió—. Y espero la misma retribución. —Sonrió malicioso, sabedor que aquella ordenanza era innecesaria pues la locura se reflejaba supremamente ardiente en los ojos de su mujer.

Cuando Akane el bajó las calzas de un tirón rápido e indómito, Ranma se abandonó a su naturaleza más primaria.

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Había sido una comida deliciosa. La tía Akari cocinaba casi tan exquisito como la tía Kasumi, aunque su madre no lo hacía tan mal, su paladar tendía a regodearse con excesiva pleitesía a favor de la sazón distintiva de la mayor de las Tendo. Mas nunca se lo confesaría a su madre, obviamente no. Le agradaba su vida.

El idiota de Ryuji le había mencionado que el tío Ryoga y su esposa deseaban invitarla a comer después de clases, ella por supuesto aceptó encantada. Sin embargo, durante la salida el susodicho fue secuestrado, frente a sus narices, por el presidente de la clase de Ryuji para que hiciese los deberes que hoy le correspondían, vanagloriándose de paso por lograr atraparlo. Anko sabía que Ryuji se dejó hacer porque le agradaba su compañero, además según boca del imbécil le ayudaba con algunas tareas. Se podía decir que eran buenos amigos. El estúpido Hibiki era un año mayor que ella, pero siempre se las ingeniaba para importunarla en cualquier momento del día, hasta se escapaba para dormitar en el salón de ella en lugar de estar en su propia clase. Pero qué tarado. A ese punto los maestros se rindieron limitándose a ignora sus incordios. Incluso, cuando no tenía el bendecido fortunio de evitarlo, la acompañaba hasta su casa. Eso si su club de babosas seguidoras no lograba amordazarlo o raptarlo de alguna u otra forma para tratar de robarle un beso al terminar las clases. O antes, eso ya dependía de la estrategia en turno. En verdad que las niñas de hoy son muy descaradas. Anko suspiró frustrada ante las remembranzas.

Aquel desquicio del beso fue culpa de Xiao Yin, maldita arpía. Según los cotilleos, cuando Xiyin regresó de su año de entrenamiento en China, con la bisabuela de la tía Shampoo, declamó en la ceremonia de iniciación que sólo aquella que pudiera robar a Ryuji un beso sería digna de ser su novia. A menos que quisieran enfrentarla, en un duelo, por el amor de Hibiki. Aquello fue como abrir la caja de Pandora, y toda la población femenina se deshacía por ganarse los labios de Ryuji antes que batirse a golpes con Xiyin. Xiao Yin era una rival a tener en cuenta, la sucesora de la dinastía amazona después de su madre; entrenada por ella, su padre Mousse y la abuela Cologne, fungía como una meritoria adversaria para Anko. También era un año mayor que ella, pero debido a esa estancia en China se atrasó un periodo y terminaron en la misma clase. ¡Estúpida mala suerte! Gracias al cosmos, que ese fatídico día Anko no asistió a clases, inteligentemente sobornó a su padre para que pasaran todo el día jugando videojuegos en el centro comercial. Aunque eso no cambiaba su precaria situación actual. ¡Argh! ¡Maldita Xiyin! ¡Bruja resvalosa!

Le daba igual qué tipo de estratagema quisiese utilizar -la descerebrada- para reclamar a Hibiki en sus garras, de verdad que a ella no le importaba, mas no le perdonaba que a causa de ello Ryuji la arrastrase a aquella locura para salvarle el trasero, mejor dicho, los labios. Todo porque el muy idiota bajaba la guardia algunas veces y las astutas de sus acosadoras lograban atraparle el pescuezo; escudándose de paso con la premisa de que nunca podría golpear a una mujer. Por si no fuera poco, alguna que otra loca suicida, osaba amenazarla o gastarle una mala broma. Contaba con una considerable cantidad de enemigas, Xiao Yin aparte, y si se contenía era por su férrea resolución de no aprovecharse del más débil. Además, pagarla con el bastardo Hibiki resultaba más liberador que amedrentar a féminas hormonales de secundaria.

El cómo Ryuji logró involucrarla fue un insulto para ella, la más vil treta que pudo haberle hecho jamás. Miserable malnacido. Llegó a su salón -aprovechando la ausencia de Xiyin- hablando del honor, la valía y voluntad del guerrero, como quien pasea por su casa, vomitando frente a todo el grupo que sí quería ser reconocida cual digna representante del Musabetsu Kakutō Ryū debería ser capaz de enfrentar y vencer cualquier peripecia que obstaculizara su camino de competente peleadora, así también aceptar, indiscriminadamente, los duelos que pudiesen poner en tela de juicio el honor de su apellido. Y que si no lo hacía sería una gallina miedosa, indigna de considerarse artemarcialista. Apeló a su orgullo, por su puesto, y ella cayó completita en la trampa. Antes de saber que artimaña se traía Hibiki entre manos, consintió afrontar cualesquier prueba que quisiese anteponerle, todo en nombre de la escuela Saotome. ¡Por mil demonios que se arrepentía! Pero ya no podía dar marcha atrás, había dado su palabra. ¡Carajo! Y ahí estaba ella, rescatándolo cual princeso cada que el insufrible metía la pata. Además, la saña de Xiyin para con ella se estaba volviendo insoportable. Anko bufó. La vida de instituto era cruel y despiadada, aunque había hecho buenos amigos y, al igual que Ryuji, también tenía su club de seguidores. Seguidoras, incluso.

Afortunadamente, hoy no fue uno de esos días y todo transcurrió con calma. Xiyin se fugó temprano de clases, para hacer Dios sabe qué cosas, y las retrasadas acosadoras parecieron estar en tregua. Así pues, el presidente pudo "capturar" a Ryuji para obligarlo a cumplir con los deberes. Antes de desaparecer en la esquina del pasillo, idiota Hibiki le gritó que le esperaba para ir a su casa, pero la tripa de Anko gruñía desesperada de sólo imaginarse las delicias que la tía Akari hubiese cocinado y decidió que podía ir por su cuenta. Al fin y al cabo, ella era la invitada. Así entonces, pasó una linda tarde en casa del tío Ryoga. Anko sonrió inconscientemente mientras cruzaba el umbral de su casa. Sí, nada podía entorpecer la felicidad de su estómago y su apacible día.

— ¡Ya lleg...! —Anko interrumpió, en abrupto, el anuncio de su llegada. Lo primero que visualizaron sus ojos al correr la puerta principal fueron los jirones de tela color cían esparcidos en el recibidor. Extendió los párpados con sorpresa y sin perder tiempo se aproximó a inspeccionar la evidencia. Era la blusa que vistiera su madre en la mañana, o lo que quedaba de ella. Pareciera como... como si la hubiesen arrancado por la fuerza. Anko ahogó un chillido. ¡Mierda!

«¡Mamá!», gritó histérica en sus pensamientos ante la idea que hubiesen atacado a su madre dentro de su propia casa. Dio tres pasos apresurados hasta llegar al corredor, pero se detuvo al avizorar -por el rabillo del ojo- un bulto rojo tirado en las escaleras. Con extrema cautela se acercó al objetivo.

Resultó ser la playera de su padre, mas esta no estaba desgarrada, y su camisa interior -escalones más arriba- yacía arrugada, los grandes zapatos se desparramaban en cualquier ángulo y en el último escalón permanecía tirado lo que figuraba ser un sostén... ¡Un sostén!

Entonces cayó en cuenta.

Aquello significaba que... que sus padres estaban... qu-que ellos...

Los labios de Anko temblaron por la asquerosa, casi segura, suposición; las orejas comenzaron a arderle y su visión se tornó borrosa. No, tenía que ser otra cosa. Por favor, dioses, que fuera otra cosa. Un intento de asesinato, un asalto a mano armada, una posesión demoníaca. ¡Lo que sea! Menos la abominación que se estaba imaginando.

Un trastazo seco, un aullido gutural y un grito desgarrador confirmaron sus temores.

¡Por todas las deidades del Shinto!

La primogénita Saotome se estremeció en repugnancia. Se apretó la panza y con la otra mano retuvo una arcada, tragándose el sabor amargo de su bilis estomacal mezclada con el pescado tempura de la comida.

Suficiente.

— ¡A estas horas! —gritó rabiosa, aún petrificada al inicio de las escaleras— ¡¿Cómo se les ocurre?! ¡Degenerados! ¡Iré a servicios infantiles para implorar porque les arrebaten la patria potestad! ¡No me volverán a ver nunca en la vida! ¡Cerdos!

De alguna manera, Anko reunió el seso suficiente para huir del recinto antes que su, ya perjudicada, salud mental se viese más afectada. ¡Por todo lo sagrado!, por qué sus padres tenían que ser tan... tan... ¿voraces? ¿Es que no conocían la decencia?, ¿qué no recordaban que tenían una hija que arribaba de la escuela? ¿Acaso no comprendían que estar consciente de aquello la empujaba a sufrir un severo, y probablemente irreparable, trauma? ¿Siquiera les importaba? ¡Pues, no! Les importaba un rábano partido por la mitad. Menos aún. ¡Les importaba absolutamente nada! Hasta pareciera que entre mayormente entendiera ella de qué iba la cosa, lo hacían más adrede. ¡Argh! ¡¿En qué estaban pensando?! ¡Maldición!

— ¡Pervertidos!, ¡asquerosos! —exclamó fuera de sus cabales, asustando a uno que otro inofensivo transeúnte. La fuerza de sus zancadas era tal que bien podía fisurar las placas tectónicas del Japón—. ¡Sinvergüenzas!

Una cosa era aprender aquello del acto íntimo de forma apropiada en la escuela o por murmuraciones entre sus alborotados compañeros de clase, pero otra muy distinta saber que pasaba en vivo y directo, en horario familiar, dentro de la propia casa. ¡Qué asco! ¡Debería ser ilegal que sus padres siquiera engendraran hijos! ¡Diantres! Anko espabiló, con vehemencia, los pensamientos sobre embarazos y esas cosas. Más le valía al viejo no dejar a su madre embarazada. No volvería a soportar aquel infierno, carajo que no, primero le reventaría las pelotas.

Sin tener muy bien establecida su ruta de huida, la pelinegra supo que llegó a su destino cuando visualizó en el horizonte al receptor favorito de su furia. Sonrió trastornada, incapaz de ver más allá de la desprevenida presa.

— ¡Ryuji-estúpido-Hibiki!

El bramido enloquecido descuartizó el sosiego del cálido y tranquilo atardecer, y en las pupilas del incauto hombrecillo que recién llegaba a su casa, falto de energía, se reflejó el terror más profundo.


N/A: Algo me poseyó, ¡lo prometo! O_O!

No me decidía qué tan sugerente pudiese tomarse la primera escena, así que cambié el Rating del Fic a M (no sé si aplique para el MA) Sí hay alguien por aquí experta(o) en escribir de esos temas, les agradecería enormemente que me ayudaran a clarificarlo. Gracias de antemano.

Bueno, esta cosa extraña, surgió en mis horas de espera en la clínica. No tengo más que decir al respecto, supongo que el estrés me jugó una mala pasada. La salud de la progenitora PenBagu (osease mi madre) no ha sido muy óptima, aunado a otros asuntillos de la dura realidad adulta, me veré obligada a ser más irregular y esporádica en las actualizaciones. Los extrañaré con ansias.

Siento pena por Anko, pero es que es tan divertido meterla en aprietos, sólo espero que pueda crecer saludablemente en todos los sentidos y superar los traumas que le han provocados sus impulsivos padres. (Tuve un déjà vu con esta aclaración, tal vez ya había escrito algo parecido en alguna otra nota)

Por cierto Xiao Yin, por si no logré aclararlo debidamente, es la hija de Shampoo y Mousse. Mejor amiga y rival de Anko, espero más adelante poder seguir desarrollando su difícil relación. Como apodo "cariñoso" me gustó que Anko la llamase Xiyin, aunque a la amazona no le guste. Tampoco quise ponerle los típicos nombres de Mei Ling, Xia Lin o denominantes parecidos. Y llamarla con algún nombre japonés igualmente no me convencía. Y pues ya, quedó este.

Es la primera vez que mi imaginación me permite escribir tal encuentro picante, por breve que haya sido, entre Ranma y Akane. Sé que no es un lemmon a toda regla peeero mi mente no dio para cosas más atrevidas. Ojalá no haya levantado expectativas muy altas. Me disculpo si quedaron insatisfechos, pero no es mi fuerte. Ni siquiera entiendo cómo es que surgió esto. Supongo que son cosas que pueden pasar en un día cualquiera, jijiji. Eeeen fin, que lo disfruten.

Agradecimientos especiales a:

SHOJORANKO, Revontuli Amin, Ranma84, Carol FVargas, Ana Maria Vazquez Gomez, nancyricoleon, Haruri Saotome, Flepplop, Sailordancer7, Kris de Andromeda, Caro, akane-kun19, SARITANIMELOVE, ivarodsan. ¡Yo me muero sin ustedes!, ojalá las lea pronto.

Gracias también a todas las almas anónimas que se toman el tiempo de leer estas historias.

Buena vida.

ºPenBaguº