Capítulo 5


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Un tiempo después, envuelta en la bala de su esposo, Hinata se sentó al estilo de los sastres, cerca del pie de la cama.

Había apilado un montón de almohadas bajo la espalda de Naruto, y él estaba sentado con las piernas estiradas, bajo las mantas, porque Hinata insistió en que mantuviese los pies abrigados.

La orgía en el baño los había dejado hambrientos. Atacaron la despensa y se escabulleron a hurtadillas hacia el dormitorio de él, con una bandeja de sustanciosos emparedados, de los que desaparecieron en poco tiempo.

Aunque el baño, hacer el amor y la comida mejoraron el ánimo de Naruto de manera drástica, todavía no estaba del todo tranquilo.

Hinata captaba las miradas de soslayo que él le lanzaba bajo las negras pestañas cuando la creía distraída. Quiso saber qué significaban esas miradas afligidas. En ese momento, sólo un aspecto del carácter de su esposo quedaba esclarecido para ella.

Cuando se enfrentaba a una muerte horrenda en las arenas movedizas, trató de alejarla porque tenía miedo de que ella se cayera.

Estuvo dispuesto a soportar el tratamiento médico y un posible encierro en un manicomio con tal de no someterla a ella a casarse con él.

Aunque estaba enterado de los riesgos mortales del consumo de láudano sin supervisión, se había encerrado solo en el dormitorio para no dejar que ella presenciara sus miserias.

En síntesis, el conde de Rasenrengan tenía una veta protectora de casi dos kilómetros de largo y de casi seis de profundidad.

No creía estar sobreestimándolo. Tenía suficiente experiencia con su padre, sus hermanos, tíos y primos como para reconocer ese rasgo.

El estado de alerta no la ayudaba en absoluto para recuperar la distancia clínica, que ya estaba en peligrosa situación de deterioro.

El mero hecho de mirarlo le paralizaba el intelecto. Cuando recordaba lo que le habían hecho esa boca sensual, esas manos fuertes y elegantes y ese cuerpo largo y musculoso, todo el cerebro de Hinata, junto con su corazón y todos los demás órganos y músculos que poseía, se convenía en jalea.

La voz bronca quebró el ensimismamiento.

—Creo que no deberías quedarte aquí —dijo Naruto, con delicadeza.

Hinata, que estaba mirándose las manos, levantó la vista. La expresión aparentemente cortes le provocó un vuelco en el corazón.

Adivinó por qué quería tenerla fuera de la vista. Era muy probable que hubiese pasado la mayor parte del tiempo, desde que salieron del cuarto de baño, pergeñando una forma cortés de decirle que prefería no repetir la experiencia.

Pero Hinata ya había sido rechazada innumerables veces, y todavía estaba viva.

—Entiendo —dijo, en tono frío, con el rostro acalorado—. Sé que me he comportado de manera escandalosa. Ni yo sé qué pensar de mí misma. Nunca, jamás, en toda mi vida, he reaccionado así... ante nadie.

En la mandíbula de Naruto se crispó un músculo.

—No es que haya tenido tantos pretendientes —se apresuró a agregar Hinata—. No soy una coqueta y, aunque lo fuese, no tenía mucho tiempo para novios. No quería hacerme tiempo —farfulló, viendo que la expresión del esposo se ponía más tensa—. Pero las chicas están obligadas a presentarse en sociedad y, por supuesto, los hombres creen que una es igual a las otras, y una no tiene más remedio que fingir que es así.

Y debo admitir que sentía curiosidad por saber cómo era que me cortejaran y me besaran. Pero no tenía nada de especial, y no era ni la mitad de interesante que "Hierbas", del señor Culpeper, digamos. Si contigo hubiese sucedido lo mismo, estoy segura de que me habría comportado de manera mucho más decorosa ahí, abajo, en el cuarto de baño. Me habría concentrado en el tratamiento médico, en lugar de hacer el ridículo. Pero no he podido comportarme como es debido, y realmente lo lamento. Lo último que quería era resultarte desagradable.

Con un suspiro, empezó a moverse para bajar de la cama.

—Hinata.

Tenía la voz estrangulada. Hinata se detuvo y lo miró.

—No me resultas desagradable —dijo, tenso—. En absoluto. Palabra de honor.

Hinata se quedó como estaba, arrodillada cerca del borde del colchón, esforzándose por interpretar la expresión de su esposo.

—¿Cómo se te ocurre que estaba disgustado? — preguntó—. Lo que he hecho contigo ha sido casi una violación.

Estaba perturbado, pero consigo mismo, no con ella. Y la causa era esa veta protectora.

La muchacha trató de recordar lo que le había contado Natsu acerca de los hombres y de la primera vez, pero su mente era un embrollo.

—Oh, no, no ha sido así, para nada —le aseguró—. Eres tan tierno, y yo valoro eso, realmente. Sé que no debí actuar como un general: "Un rápido", "Haz aquello". "Date prisa". Pero no pude evitarlo. Algo... —Hizo un gesto de perplejidad— ...algo me dominó.

—Eso que te dominó fue tu lascivo esposo —repuso Naruto, torvo—.Y no debí permitirme semejante actitud.

—Pero estamos casados —arguyó Hinata—. Era tu derecho, y para mí ha sido un placer, y... —Con el rostro ardiendo, añadió con audacia—: Me alegra de que hayas sido lascivo, milord. Me habría sentido muy decepcionada si no lo hubieses sido, porque quería que me poseyeras desde... —-Frunció el entrecejo—. Bueno, no estoy segura de cuándo empezó, pero sé que lo deseaba después que me besaste.—Reptó hacia él—. Quisiera que no te preocupes por mí.

—Se suponía que esto iba a ser un arreglo de negocios —dijo Naruto, y le aparecieron sombras en los ojos—. Nadie se habría enterado si el matrimonio no se consumaba. Tu posición era bien segura. No tendría que haberte tocado. No tienes experiencia. No sabes cómo preservar tus sentimientos. Tu corazón es demasiado blando.

Hinata se apoyó sobre los talones.

—Entiendo. Te aflige que quede comprometida sentimentalmente,

—Lo estás—afirmó—-. Acabas de decírmelo, aunque yo mismo lo noté. Me gustaría que pudieras ver el modo en que me miras.

¡Por Dios!, ¿acaso era tan evidente?

Por supuesto que sí. Ella no era como Natsu, ni como la prima Naori. Hinata sabía que carecía de sutileza. Pero tenía tanto sentido del humor como sentido común, y esos fueron los que la salvaron.

—¿Como una colegiala enamorada, quieres decir?

—Sí.

—Bueno, ¿qué esperabas? Eres terriblemente apuesto. Naruto se inclinó hacia adelante, con los ojos entrecerrados.

—Tengo una enfermedad cerebral. Mi mente está desintegrándose en pedazos. ¡Y dentro de pocos meses seré un cadáver que se pudre!

—Ya lo sé —repuso Hinata—, Pero no estás loco aún y, cuando lo estés, no serás mi primer lunático... como tampoco serías mi primer cadáver.

—¡No te casaste con los otros! ¡No te acostaste con ellos! —Echó atrás las mantas y se puso a caminar a zancadas, en espléndida desnudez, hasta la ventana—. Ni quiero ser tu paciente—dijo, mirando hacia la oscuridad de fuera—. Y ahora soy tu amante. Y tú estás embelesada. Es algo macabro.

No le habría parecido macabra si hubiese podido verse como lo veía ella, alto y fuerte, tan hernioso a la luz de las velas.

—Tú mismo dijiste la Providencia no brinda a todas sus criaturas una muerte bella —dijo—. No, da a cada uno de nosotros lo que queremos. No me convierte a mí en hombre, para que pueda ser médico.

Salió de la cama y se acercó a él.

—Pero ahora no lamento en absoluto ser mujer —le dijo—. Me hiciste celebrarlo, y soy lo bastante práctica y egoísta como para querer disfrutar de esa alegría lodo el tiempo que pueda.

Naruto se dio la vuelta, con semblante sombrío.

—Oh, Hina.

Entonces ella comprendió que no lo tendría mucho tiempo. La expresión lúgubre, la desesperación en la voz de Naruto le dijeron que las cosas eran peores de lo que parecían.

"Pero ese es el futuro", se dijo.

Le apoyó una mano en el pecho:

—Tenemos esta noche —dijo con suavidad. La hizo alegrarse de ser mujer.


Tenemos esta noche, había dicho.

Ni el mismísimo San Pedro, respaldado por una hueste de mártires y ángeles, habría podido resistirse a ella. Habría dejado que las puertas del Cielo se cerrasen a sus espaldas, la habría estrechado entre sus brazos, y se habría dedicado en cuerpo y alma a hacerla feliz, aunque se condenase por toda la eternidad.

Así, Naruto la alzó en brazos a la tonta enamorada de su esposa, la llevó hasta la cama y le hizo el amor otra vez. Y gozó otra vez del embeleso de que le hicieran el amor, de ser deseado, de que confiaran en él.

Y después, con la condesa dormida entre sus brazos, se quedó despierto, dudando de si estaría vivo o muerto, porque no podía recordar cuándo había sentido el corazón tan dulcemente colmado de paz como en ese momento.

Sólo cuando el primer rayo débil del día que comenzaba se metió en la habitación, se le ocurrió algo parecido a una explicación.

Nunca, en toda su vida, había hecho nada bueno por nadie. No había hecho otra cosa que fantasear con rescatar a su madre de un mundo al que no pertenecía y llevársela al continente, donde ella ya no tendría que fingir ni mentir.

Cuando al fin fue a visitarla, dejó pasar todas las pistas que su madre dejó caer, y siguió adelante, sin preocuparse. Si, en cambio, hubiese prestado atención y se hubiese quedado para ayudar a su padre a cuidarla, podrían haberse adelantado al abuelo y a los "especialistas".

Incluso en el manicomio, cuando pareció que era demasiado tarde, no tendría por qué haberlo sido si Naruto hubiese usado el cerebro inteligente que heredó. Tendría que haber presionado sobre el orgullo arrógame y el sentido del deber de su abuelo y convencerlo de manera paulatina. Su madre había pasado años engañando al viejo tiránico. Si hubiese sido necesario, Naruto podría haberlo hecho también.

Y tendría que haberlo hecho luego, cuando cayó el hacha, en lugar de huir de Rasenrengan Hall como un niño caprichoso. Así tal vez hubiese logrado algo.

Podría haber usado el dinero y la influencia del conde con buenos fines, en proyectos de enseñanza, por ejemplo, para investigación, o tal vez en algún cometido político.

Todos morían, algunos antes, otros después. No era motivo para gimotear. Pero morir sin otra cosa que lamentos y arrepentimientos era patético.

Naruto comprendió que era eso lo que venía inquietándolo los últimos meses.

Pero ahora su alma estaba tranquila. Por ella.

Hundió la nariz en la melena revuelta de su esposa. La había hecho feliz. La hizo perdonar al Todopoderoso por haberla hecho mujer. Sonrió: comprendió que no era poco.

Hinata quería ser médico. Y lo que era tan importante como eso era que quería usar el dinero y la influencia del conde de Rasenrengan con buenos fines.

"Muy bien", dijo para sí. "No podré darle un título académico, pero te daré lo que pueda."

Y esa debió de ser la conclusión correcta, porque su mente se aquietó y, poco después, se dormía.


Después del desayuno, Naruto la llevó a los páramos, al sitio donde su madre lo había llevado a él ocho años antes.

Ayudó a Hinata a apearse, aprovechando para darle un breve beso, y la llevó a un peñasco que estaba a un lado del sendero. Se quitó la chaqueta, la tendió sobre la piedra fría y la invitó a sentarse encima, cosa que Hinata hizo con sonrisa absorta.

—Anoche dijiste que yo no era tu primer lunático —comenzó diciendo.

—Oh, claro que no —le aseguró—. El señor Hatake, que se hizo cargo de la práctica del señor Knighily, estaba muy interesado por las dolencias neurológicas y me dejó ayudarlo en varios casos. No todos los pacientes eran irracionales. Pero la señorita Haruno tenía seis personalidades diferentes, según el último cálculo, y el señor Sasori tenía propensión a la demencia violenta, y la señora Shizune, que su alma atribulada descanse en paz...

—Después podrás contarme esos detalles —la interrumpió Naruto—. Sólo quería estar seguro de que anoche te entendí bien. No sé si te prestaba suficiente atención, lamento decirlo. No he prestado atención desde que tú llegaste.

—¿Cómo puedes decir semejante cosa? —exclamó—. Tú eres el único hombre, además de Hatake, que me ha tomado en serio. No te reíste de la idea del hospital y no le horrorizaste por lo de las disecciones. —Vaciló un instante—. Si bien es cierto que eres sobre-protector sé que eso forma parte de tu naturaleza, y que es una inclinación muy noble y caballeresca.

—¿Sobre-protector? —repitió—, ¿Es así como lo consideras, Hinata? Asintió.

—Quieres protegerme de todo lo desagradable. Por un lado, es encantador sentirse cuidada. Pero, por el otro, es un poco frustrante.

Naruto pudo entender de qué modo la había frustrado: Hinata no quería ignorar lo que se refería a su enfermedad. La había tratado como a una mujer tonta, como hicieran otros hombres.

—Eso imaginé. —Para evitar estrecharla entre sus brazos "sobre-protectores", cosa que mucho deseaba, unió las manos tras la espalda—. Tienes una mentalidad médica. No ves las cosas como nosotros, los legos. Para ti, la enfermedad es objeto de estudio, y los enfermos, fuentes de conocimiento. Sus padecimientos no te resultan nauseabundos, lo mismo que a mí no me lo resultaría una obra de Cicerón. —Hizo una pausa, y comenzó a acalorarse—. En otros tiempos, me consideré un estudioso. Los clásicos.

—Lo sé. —Sus ojos plateados tenían una tierna expresión de admiración—. Obito dice que obtuviste una distinción.

—Sí, no sólo soy un tipo apuesto —dijo, con una breve carcajada—. Tengo... tenía cerebro. —- Incómodo, apartó la vista, hacia los páramos—. En otra época, yo también tenía planes, como tú. Pero no los había... pensado bien, y todo terminó en... un lío.

Se le oprimió la garganta.

Se dijo que era absurdo sentirse inquieto. Se había preparado para decírselo todo. Sabía que era lo correcto. Hinata necesitaba conocer los hechos, todos, para tomar decisiones sensatas con respecto a su propio futuro.

En la actualidad, su vínculo con él no era mucho más que el enamoramiento de una esposa flamante y una respuesta a la pasión física que compartieron.

Después que él le contara todo lo concerniente a su pasado y lo que le deparaba el futuro, si Hinata decidía irse, pronto recobraría el equilibrio. Si prefería quedarse, al menos lo haría con los ojos abiertos, preparada para lo peor.

Si quería demostrar respeto por la mente y la personalidad de su esposa y convicción en las metas de ella, tenía que darle la alternativa de elegir, y aceptar la decisión que adoptase, y vivir —y morir— con las consecuencias.

—¿Naruto?

Naruto cerró los ojos: qué dulce sonaba su nombre en labios de ella. Eso tampoco lo olvidaría, sucediera lo que sucediese... o por lo menos lo recordaría mientras su cerebro funcionara.

Se volvió hacia ella sonriendo, mientras se quitaba de la cara el cabello que el viento agitaba.

—Sé que quieres oír los fascinantes detalles de mi enfermedad —dijo—. Estaba tratando de decidir por dónde empezar.

Hinata se sentó más erguida, y la expresión suave y amorosa fue reemplazada por aquella mirada perla firme que tanto lo intrigara la primera vez que se vieron.

—Gracias, querido mío —dijo, ya en tono profesional—. Si no te importa, me gustaría que empezaras por tu madre.


Esa noche, después de la cena, Hinata se sentó a la mesa de la biblioteca e hizo una lista de textos médicos que quería que le enviasen. Naruto se sentó junto al fuego, hojeando un volumen de poesía.

Sabía que no había sido fácil para él hablarle del pasado, pero estaba segura de que le haría bien. "Tenía demasiadas cosas encerradas dentro", pensó Hinata, volviendo la mirada a él.

Las personas que hacían eso solían exagerar las situaciones de manera desproporcionada, y lo que empeoraba las cosas era la ignorancia de Naruto en materia de ciencia médica.

Por ejemplo, tras quimeras visuales que describió eran fenómenos fisiológicos comunes a muchas enfermedades neurológicas, y no aberraciones, como él creía.

Más aún, Naruto no había comprendido bien el caso de su madre, ni lo difícil que era el tratamiento de los dementes. Tampoco comprendió que, a menudo, los médicos no tenían modo de saber, hasta después de la muerte, si el cerebro estaba físicamente dañado. Aun ella misma no estaba segura de si el señor Momochi habría manejado el caso con prudencia.

Naruto alzó la vista y la sorprendió contemplándolo.

—Tienes tu ceño de médica —le dijo—. ¿Por casualidad estaré echando espuma por la boca sin saberlo?

—Estaba pensando en tu madre —respondió Hinata—. En el cabello, por ejemplo. No sé si cortarlo era la única solución.

El semblante de Naruto se puso rígido, pero sólo un momento. —No sé qué otra cosa podrían haber hecho —dijo, lentamente—. Se lo arrancaba en mechones ensangrentados, según decían mi padre y mi tío. Creo que no sabía que era su propio cabello. Debía de creer que eran garras. Las garras imaginarias de las Furias.

Hinata se levantó de la silla, se acercó a su esposo y le apartó el cabello de la cara.

Naruto le sonrió.

—Te doy permiso para cortarme el cabello. Hinata. Tendría que haberlo hecho yo, hace semanas... o por lo menos, para mi boda.

—Pero esa es la cuestión. No quiero que te cortes el cabello.

—No lo llevo así por ningún capricho loco que tú debes consentir—le dijo—. He tenido motivos prácticos que ya no tienen importancia.

—Yo creí que lo hacías por despecho a tu abuelo—dijo Hinata—. Si hubiese sido mi abuelo, estoy segura de que yo habría hecho algo para fastidiarlo. —Pensó un instante—. Pantalones. Habría llevado pantalones. Naruto rió.

—Ah, no, yo no era tan audaz. Cuando fui a Londres, me preocupaba que alguien pudiese reconocerme y le dijera a mi abuelo dónde estaba. En ese caso, hubiesen castigado a mi casera y a mis empleadores por dar ayuda y comodidad al enemigo.

Le había hablado de su estancia en Londres, cuando trabajaba como un esclavo, noche y día del trabajo en los muelles explicaba la existencia de esos músculos, que la habían intrigado sobremanera. Era raro ver ese desarrollo de la parle superior del cuerpo entre la nobleza, pero no entre los trabajadores y los pugilistas.

—Con apariencia de excéntrico, y tal vez algo peligroso, el recluso mantiene a raya a los curiosos —prosiguió—. Los hace desistir de entrometerse en los asuntos personales de uno. Es obvio que tales preocupaciones se extendieron aquí, a Konohagakure por lo menos mientras vivió mi abuelo.

—Bueno, me alegra de que no fueses práctico y no te cortaras el pelo para la boda —dijo Hinata—. Va muy bien con tus rasgos exóticos. No tienes mucho aspecto de inglés. Al menos, no del modo común. Hizo una pausa, impresionada por una idea. Se echó atrás para observarlo... y sonrió.

Naruto le atrapó la mano, la arrastró hacia él y la hizo sentarse en su regazo.

—Será mejor que no te rías de mí, doctora Hinata —dijo con severidad—. Los locos no tomamos muy bien esas actitudes.

—Estaba pensando en la prima Naori y en su esposo —dijo Hinata—. Gaara tampoco tiene una apariencia común. Al parecer, ella y yo tenemos gustos similares en materia de hombres.

—Ciertamente. A ella le gustan los monstruos, y a ti los lunáticos.

—Tú me gustas —dijo, acurrucándose contra él.

—¿Cómo puedo no gustarte? Ayer pasé horas hablando de poco más que síntomas médicos y asilos para locos. Y tú me escuchaste como si fuera poesía y casi te desmayaste a mis pies. Es una lástima que no tenga ningún tratado médico. Estoy seguro de que no tendré que leer más que un par de párrafos, y te volverás lujuriosa y comenzarás a desgarrar mi ropa.

"Lo único que tienes que hacer para que me vuelva lujuriosa es estar ahí de pie o sentado", pensó Hinata. Se echó atrás.

—¿Te gustaría?

—¿Que me desgarres la ropa? Claro que me gustaría. —Inclinó la cabeza y le murmuró en el oído—: Recuerda que estoy mentalmente desequilibrado.

Hinata echó una mirada hacia la puerta.

—¿Y si entra Iruka?

Naruto deslizó la mano de ella por la abertura de su camisa.

—Le diremos que es un tratamiento.

Hinata se volvió hacia él. Entre el chisporroteo de risas, en los ojos de Naruto emergió el deseo, feroz y cálido.

Un día, muy pronto, esa fiera calidez se tornaría peligrosa...quizá fatal.

Pero Hinata afrontaría ese momento cuando llegara. Entretanto se sentía feliz de arder entre sus fuertes brazos.

Levantó la mano de él y la llevó a su pecho.

—Tócame —susurró—.enloquéceme a mí también, Naruto.

Al día siguiente, tuvo un ataque.

Acababan de terminar el desayuno cuando Hinata vio que parpadeaba, impaciente, y agitaba las manos en el aire cerca de su cara.

Naruto se sorprendió haciéndolo y rió.

—Sé que es inútil —dijo—. Supongo que se trata de un reflejo. Hinata se levantó de la silla y se acercó a él.

—Si vas a la cama ahora y tomas una dosis de láudano, apenas te darás cuenta cuando empiece el dolor de cabeza.

Naruto se levantó y fue arriba con ella, con expresión preocupada. Hinata lo ayudó a desvestirse y notó que su visión no estaba tan dañada como para no poder encontrar los pechos de ella. Los acarició, mientras ella luchaba con el cuello de la camisa.

—Estás de muy buen humor —le dijo, cuando al fin logró acostarlo y taparlo—. Si no supiera la verdad, sospecharía que mi señor me ha engañado, para atraerme a sus aposentos.

—Ojalá fuese una treta —repuso, parpadeando—. Pero ahí están esas malditas, guiñando y parpadeando. Y tú tenías razón, Hinata: no son como fantasmas. Tú las has descrito mejor. "Como chocar contra un poste de alumbrado", dijiste. "Primero ves estrellas, después sientes el dolor." Me gustaría saber qué fue lo que convenció a mi cerebro de que sufrí un golpe en la cabeza.

Ella lo sabía bien.

—Le dije que había que aislarlo de cualquier fuente de agitación nerviosa —había dicho Kabuto.

El era un médico de verdad, con décadas de experiencia. Entendía la enfermedad, había estudiado durante meses a la madre de Naruto.

—Ya ha vista lo que le han provocado las novedades sobre la familia: tres ataques en una semana.

Recordó la conversación del día anterior, y le remordió la conciencia.

—Ya entiendo qué ha sido —dijo, tensa—. Ayer te obligué a revivir las experiencias más dolorosas de tu vida. Y no me conformé con un panorama general, no. Te presioné para sacarte los detalles, incluso del informe post-morten de tu madre. Debería haber comprendido que era mucho esfuerzo para hacerlo de una sola vez. No puedo creer que no fui capaz de preverlo. Me pregunto dónde dejé mi sensatez.

Empezó a moverse para ir a buscar la botella de láudano, pero Naruto le aferró la mano.

—Yo me pregunto dónde la has dejado ahora —le dijo—. Hinata, me hiciste revisar el pasado. La conversación de ayer no me hizo más que bien. Aliviaste mi mente en cien sentidos diferentes.

Le tironeó de la mano.

—Siéntate.

—Tengo que ir a buscar el láudano.

—No lo quiero. Por lo menos, hasta que se vuelva insoportable. Ese es el único motivo que me llevó a tomarlo hasta ahora. No estaba seguro de poder confiar en mí mismo. Pero puedo confiar en ti. No soy tu primer loco. Tú sabes cuándo necesito recibir estupefacientes.

—También sé que el dolor es terrible —dijo Hinata—. No puedo permitir que estés ahí tendido, soportándolo. Tengo que hacer algo, Naruto.

Naruto cerró los ojos y relajó el semblante.

—Ha empezado, ¿no es así?

Luchó para mantener la voz baja y regular.

—No quiero ingerir estupefacientes—dijo, en tono sereno—. Quiero tenerla mente clara. Si debo estar incapacitado físicamente, me gustaría aprovechar para pensar, mientras aún pueda.

Hinata ahogó con firmeza su conciencia, que gritaba. La culpa no lo ayudaría.

Se recordó que había llegado ahí con expectativas modestas. Esperaba aprender, al mismo tiempo que aliviaba el sufrimiento del enfermo, hasta donde le fuera posible. Nunca se había hecho ilusiones de curar lo que la ciencia médica casi no podía entender, y mucho menos tratar.

No esperaba enamorarse de él casi al instante. Pero eso sólo cambiaba sus sentimientos, y no tendría más remedio que vivir con ellos. Aun así, no permitiría que la gobernasen, ni se dejaría tentar para rogar un milagro, cuando lo que en realidad tenía que hacer era escucharlo, brindarle lo que necesitaba y encontrar el mejor modo de suministrárselo.

—Quieres pensar—dijo, frunciendo el entrecejo.

—Sí. Sobre mi madre, y lo que dijiste sobre ella. Sobre mi abuelo. Los especialistas. El loquero. —Se apoyó un pulgar en la sien—. No creo que se me haya roto un vaso sanguíneo, y sin embargo veo desfilar mi pasado ante mí. —Con sonrisa torcida, añadió—: Y empieza a tener sentido.

Hinata sintió una oleada de alarma, pero la contuvo sin piedad.

—Muy bien —dijo con calma—. Nada de soporíferos. Más bien probaremos con estimulantes.

Hinata le dio café. Muy fuerte y en grandes cantidades.