Capítulo 6


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Dos horas e innumerables tazas después, Naruto estaba completamente recuperado, y su esposa lo contemplaba como si acabara de levantarse de entre los muertos. Estaba de pie junto al fuego, las manos enlazadas frente a ella, la expresión, una cómica mezcla de preocupación y perplejidad, mientras lo veía ponerse la ropa.

—Empiezo a sospechar que te creíste que se me había roto un vaso sanguíneo —le dijo Naruto, mientras se abotonaba el pantalón—. O estaba a punto de sucederme.

Su expresión cómica se desvaneció y dejó paso a la conocida mirada firme.

—No sé qué pensar —le dijo—. Sinceramente estoy confundida. Dos horas, del principio a final. Esto no tiene sentido desde el punto de vista médico.

—Te dije que sentí con toda claridad cómo se aliviaba la presión después de la cuarta taza —dijo—. Como si hubiese liberado mi cabeza de un torno. Tal vez el café liberó a mi organismo de la presión y... — sonrió— ... pasó al orinal.

—Tiene propiedades diuréticas.

—Es obvio.

—Pero no deberías haber reaccionado así. —Se le formaron arrugas en la frente—. Tal vez yo interpreté mal tu relato del informe de la autopsia, pero no sé cómo. El caso de tu madre no era demasiado insólito.

—Me gustaría saber qué es lo que te preocupa —le dijo Naruto—. ¿Estuve parloteando incoherencias sin darme cuenta? ¿Muestro signos de manía? La extraordinaria sensación de bienestar, ¿es una señal de alarma? Hinata, si estoy a las puertas de la muerte, me gustaría ser informado.

Naruto soltó un suspiro trémulo.

—No lo sé. Había pensado que la dilatación de los vasos sanguíneos y el aumento de flujo sanguíneo, tal vez aumentados por el derrame, dispararon el aura y el dolor. Pero para que cesara el dolor los vasos debieron contraerse otra vez y disminuir el flujo sanguíneo... y se supone que tus células y del tejido están demasiado débiles y dañados para hacerlo tan rápida y completamente.

Naruto recordó lo que Hinata le había dicho con respecto a la función del cerebro.

—Entiendo —dijo—. Temes que algo haya cortado el suministro de sangre con demasiada brusquedad, quizá de una forma peligrosa y anormal, y que este sea un alivio ilusorio y temporal.

—No podría decirlo.

La voz de la mujer era un poco trémula.

"Quizá caiga muerto en el próximo minuto", pensó Naruto. Eso no parecía posible. Nunca se había sentido más vivo. De todos modos, no quería correr ningún riesgo.

Se acercó a ella y la atrajo a sus brazos y la besó, con un beso largo y apasionado, hasta que ella se relajó contra él. Siguió besándola, acariciándola y la llevó hasta la cama.

Esto no era lo que pensaba hacer. Sólo quería estar seguro de que ella entendía cómo se sentía con respecto a ella.

Pero, una vez que empezaron, no pudieron detenerse. En poco tiempo, la ropa que poco antes se había puesto quedó desparramada por el suelo junto con la de ella, y Naruto se perdió, se sumergió en ella, en el mar caliente del deseo.

Y después, mientras permanecían acostados juntos, con los miembros entrelazados, descubrió que su corazón aún latía y su cerebro funcionaba y le dijo a ella lo que había hecho por él.

Ayer le había hablado de su pasado libertino, esperando que se horrorizara y disgustase. En cambio, Hinata desechó, impaciente, su preocupación, considerando como un comportamiento masculino normal el beber y salir con mujeres.

Le habló de su madre, de la criatura lamentable y monstruosa en que se había convertido, y a Hinata no se le movió un cabello.

—Es como la consunción —dijo, reduciendo los horrores a una serie lógica de hechos fisiológicos—. No se puede decir que sus infidelidades y secretos la empeorasen o provocasen el derrumbe final. Su matrimonio era insatisfactorio. Por lo que sabemos, las intrigas románticas podrían haber reducido la tensión emocional y demorar lo inevitable en lugar de apresurarlo.

Si Naruto se hubiese quedado con su madre, podría haberla agitado más, porque Kushina tenía un lazo emocional más fuerte con él que con el padre. Esa era la teoría de Hinata.

Más aún, le dijo que era preciso poner en la debida perspectiva las condiciones del manicomio. En esos casos, era frecuente que quedaran destruidas las facultades morales.

Los pacientes podían parecer calmos y racionales sin tener más conciencia o control de sus pensamientos y de sus actos que si fuesen marionetas a las que las células cerebrales dañadas tiraban de los hilos.

Y, conscientes o no, a menudo olvidaban por qué estaban enfadados o tristes, igual que olvidaban los principios básicos de la higiene, e incluso quiénes eran o dónde imaginaban que habían estado unos minutos antes.

Eso le hizo comprender que tal vez su madre no había tenido que soportar continuas humillaciones y dolores, porque la mayor parte del tiempo estaba viviendo en su mundo propio, donde casi nada podía alcanzarla.

—Realmente has aliviado mi mente —le dijo Naruto a su esposa—, Ni mi abuelo me parece ya tan monstruoso. Más bien lamentable, con su ignorancia, su temor de lo que no comprendía, y su dependencia de los especialistas.

Pero tú no eres como él ni sus preciosos especialistas. Tienes talento para hacer que lo incomprensible tenga sentido. Lo reduces a proporciones manejables. Hasta este último ataque parece poco más que una maldita molestia.

Hinata se incorporó sobre el codo y le observó el rostro.

—Tal vez, porque has estado menos agitado y tu cerebro no ha trabajado con tanta intensidad —le dijo—. Dijiste que necesitabas pensar, y parece que tus reflexiones han sido positivas. Es posible que el tratamiento más beneficioso consistiera en estimular esos pensamientos en lugar de adormecerte.

—Hacer el amor me sugiere gran cantidad de pensamientos positivos —le dijo—. Quizá tengamos que considerarlo también como un tratamiento benéfico.

Hinata arqueó una ceja.

—No recuerdo nada en la literatura médica que recomiende el coito como tratamiento.

Naruto metió los dedos entre el cabello revuelto de Hinata y la atrajo hacia sí.

—Quizá no hayas leído suficientes libros.


Tres semanas después, Naruto estaba en la puerta de la sala de su esposa, observándola leer, ceñuda, un folleto.

Los libros habían llegado hacía dos semanas, él y Iruka la ayudaron a convertir la sala en estudio.

Los libros médicos formaban pulcras filas en el anaquel.

El escritorio ya no estaba tan ordenado. Folletos, cuadernos de apuntes y hojas de tamaño oficio se amontonaban al azar.

Naruto se apoyó en el marco de la puerta y, cruzando los brazos, observó a su preocupada esposa.

Sabía lo que estaba buscando. No una cura, porque no la había, sino las claves de la "respuesta positiva" al tratamiento. Si bien jamás lo admitiría, Naruto sabía que tenía esperanzas de prolongarle la cordura, si no la vida.

Tenía los mejores motivos para cooperar con ella. Estaría agradecido de disfrutar de un mes más, hasta de un día más. Y, sin embargo, esa búsqueda tenaz le oprimía el corazón por ella.

No era tan "práctica y egoísta" como afirmaba. Le importaban mucho sus pacientes. Hasta le importó el señor Sasori, cuya demencia hacía que los ataques de la madre de Naruto, por comparación, parecieran meros enfurruñamientos.

Pero, en el presente, no era simple cuestión de que le importase. Naruto temía que la dedicación de Hinata fuese exagerada, que pasara de la necesidad de esclarecimiento a la obsesión.

La noche anterior había murmurado en sueños algo acerca de "inconstancia idiopática", "lesiones" y "síntomas prodrómicos".

Tenía la tentación de mandar de vuelta los libros y de ordenarle que dejara, que desistiera, antes de que la atacase una fiebre cerebral. Pero no podía privarla de lo que era una oportunidad de aprender por primera vez en su vida, ni demostrar falta de respeto por su madurez, intelecto y competencia.

Por fortuna, estaba en condiciones de pergeñar algo así como una solución, porque su mente, pese a dos ataques más, aún funcionaba. El último, la semana anterior, había durado veinticuatro horas, hasta que Naruto hizo que Hinata le diese una dosis de jarabe de ipecacuana, para hacerlo vomitar. Después durmió como un tronco otro medio día.

Pero se recobró con la misma sensación de bienestar y de lucidez que experimentaron en las dos ocasiones anteriores.

Estaba seguro de que eso se debía a que su esposa había exorcizado los demonios del miedo, la vergüenza y la ignorancia, reduciendo así la presión emocional sobre el cerebro dañado.

Sabía que el alivio era temporal, y no pensaba desperdiciarlo. No tenía futuro, pero Hinata sí, y Naruto había pasado la última semana ocupándose del futuro de ella.

—¿Es mal momento para interrumpir? —le preguntó.

Hinata alzó la cabeza, su expresión preocupada se desvaneció y pareció salir el sol en esa sonrisa infinita que todavía le provocaba un vuelco en el corazón.

—Nunca es mal momento para ti —le dijo—. Eres la más bienvenida de las interrupciones del mundo.

Naruto se apartó del marco de la puerta, fue hasta el escritorio y se encaramó en el borde. Posó la vista en el folleto que ella había dejado cuando él se acercó: "Una descripción de la Manía Idiopática Aguda tal como se manifiesta..."

—Es uno de los estudios de Hatake —le explicó—. Pero tu comportamiento no coincide con el modelo.

Naruto levantó el trabajo y lo hojeó.

—Me pregunto cómo haces para entender algo de este galimatías. —Dejó el folleto y levantó un libro delgado—. Este es peor aún. Si yo intentase leer la primera frase, me pondría a aullar... y sólo son tres cuartos de página.

—Son médicos, no escritores —dijo Hinata—. Tendrías que ver cómo escriben a mano. Es un milagro que los impresores no estén ya en el manicomio.

—Tu letra no es como para presumir—le dijo, con una mirada significativa a la desordenada pila de hojas de tamaño oficio cubiertas con la escritura imposible de Hinata.

La muchacha frunció la nariz.

—Sí, mi escritura es muy fea. No como la tuya. Estoy segura de que eras el mejor copista que tuvieron jamás los abogados londinenses.

—Me encantaría copiar tus notas de manera legible —le dijo—. De hecho, yo...

Se interrumpió, con la mente perdida en los recuerdos. Era algo que le había dicho. Algo relacionado con un "malentendido".

Al sorprender la expresión afligida de Hinata, se encogió de hombros.

.

—Estoy bien. Mi mente ha divagado, eso es todo. Te he interrumpido por un motivo concreto, y la jerga médica y tu escritura horrorosa me han distraído.—Le revolvió el cabello—. He venido a pedirte que me acompañes a visitar Athcourt.

—¿Athcourt? —repitió, sin entender.

—Le escribí a Gaara hace unos días —le explicó—. Necesito consejo sobre ciertas cuestiones de negocios. Ahora él es miembro de la familia, su propiedad está a unos pocos kilómetros al sudeste de aquí y, por lo que he oído, es un excelente administrador.

—Athcourt tiene fama de ser una de las propiedades más prósperas y mejor administradas del reino —dijo Hinata, asintiendo—. Estoy segura de que su pericia para los negocios es sólida.

—De cualquier modo, me invitó con cordialidad.

Naruto sacó una carta del bolsillo y se la dio. Mientras Hinata la leía, empezó a temblarle la boca.

—Ese hombre es un malicioso incorregible. ¿Y esto qué es? —Empezó a leer en voz alta—: "Si ese papanatas de Uchiha todavía anda por ahí, podrías traerlo también, pues sólo resultaría un desastre si lo dejáramos a su propio arbitrio. Pero tú ya sabes lo que se espera de ti en tal caso". —Alzó la vista—. Parece que se conocen mejor de lo que yo suponía.

Naruto rió.

—Gaara todavía estaba en Eton cuando llegó Obito —explicó—. Más ó menos una vez cada quince días, Obito se caía por las escaleras o tropezaba con algo, o, de algún modo, se las ingeniaba para cruzarse en el camino de Su Señoría.

Por fortuna, yo estaba cerca la primera vez y aparté a Obito antes de que Gaara se ocupara de él con métodos más violentos. Después de eso, cada vez que tu primo aparecía ante la presencia satánica, Su Señoría me llamaba: "Namikaze", decía, de lo más frío. "Ha vuelto. Hágalo irse." Y entonces yo me ocupaba de hacer desaparecer a Obito.

—Puedo imaginarme a Gaara haciéndolo. Y a ti también. —Le palmeó el brazo—. Es tu veta protectora.

—Era mi instinto de conservación —la corrigió Naruto, indignado—. Yo tenía apenas doce años y Gaara, ya a los dieciséis, era grande como una casa. No tenía más que posar una de sus manazas en mi cabeza para aplastarme como a un insecto. —Rió—. Sin embargo, yo lo admiraba mucho. Habría dado cualquier cosa por poder salir impune como él de las cosas que hacía.

La risa de Hinata fue un sonido delicioso.

—Yo también —dijo—. No es difícil imaginar porqué tiene a Naori cautivada. O por qué eso la ofende tanto.

—Se me ocurrió que te gustaría mucho visitarla, mientras Gaara y yo hablamos de negocios.

—Me encantará. —Le devolvió la carta—. Me alegra que hayas pensado en Gaara como asesor comercial. Es mejor que Sennin. El duque es extranjero y pertenece a otra generación.

—Sabía que tenías reservas con respecto a él.

—Es un hombre maravilloso, pero puede llegar a ser demasiado paternal.

Naruto vaciló. No quería inquietarla, pero, por otro lado, tampoco podían pasar el tiempo que quedaba evitando toda mención de lo que les esperaba.

—Entonces espero que no te moleste si termino por hacer que mi guardián legal sea Gaara, en vez de él —dijo, con calma.

Hubo una pausa insignificante, y luego dijo:

—Si yo tuviera dificultades y tú no estuvieras en condiciones de ayudarme, no habría nadie a quien preferiría tener a mi lado.

Cruzó la mirada clara y firme con la de su esposo.

Naruto imaginaba cuánto le costaba tanta compostura y firmeza, y eso lo perturbaba. Pero no podían fingir que siempre se tendrían el uno al otro, porque no era así.

Se inclinó y la besó.

—Así es como me siento —dijo. Se echó atrás y rió—. Si tenemos que elegir un aliado, es mejor que elijamos el más grande que podamos encontrar.


Unos días después, fueron a Athcourt, con la intención de quedarse dos días. Terminaron quedándose una semana.

Gaara resultó estar bien informado —y obstinado para expresar su opinión— en una variedad de asuntos, y muy pronto los dos hombres discutían felices, como viejos amigos o como hermanos.

Se persiguieron el uno al otro por el vasto parque de Athcourt y por los páramos circundantes, Practicaron esgrima y tiro. Un día Gaara se encargó de enseñar a Naruto ciertos detalles finos del pugilismo, y se pegaron en una esquina del corral, mientras las esposas los animaban.

El hijo ilegítimo de Gaara también vivía en Athcourt. Era un demonio de travieso, de ocho años, al que Gaara se refería orgulloso llamándolo Semilla del Demonio.

Al principio, el pequeño Shinki miraba con cautela a Naruto, pero al cabo de dos días estaba invitando al conde de Rasenrengan a visitar su casa del árbol. Naruto supo que esto significaba un honor. Hasta el momento, sólo su padre adorado tenía acceso al refugio y era iniciado en sus misterios.

Así, Naruto volvió de Athcourt con las rodillas y los codos raspados, la afirmación de Gaara de que atendería con celo los asuntos de Hinata... y el loco anhelo de tener un hijo.

Se dijo que era ridículo ansiar un hijo al que no vería nacer y concentró sus energías en concretar el soñado hospital de Hinata.

Gaara estuvo de acuerdo con él en que ni el título ni las riquezas compensarían el hecho de que era una mujer, y, además, joven. Tendría que enfrentarse a muchos hombres, y pocos de ellos debían de tener una visión realista de las capacidades femeninas.

—Puedo enfrentarme a los hombres —había dicho Gaara—, pero tal vez necesite instrucciones precisas. No sé nada de hospitales, ni aun de los de día, y creo que tu señora tiene en mente algo novedoso.

—No sé si será tan precisa como sería de desear cuando llegue el momento —respondió Naruto—. Yo ya detecto señales de tensión emocional. Se me ocurrió que, si comenzáramos ahora con el proyecto, sería una distracción saludable. Más aún, si yo estoy directamente comprometido en su fundación, los demás lo considerarán con más seriedad.

Si el conde de Rasenrengan dice que la construcción debe ser un perfecto hexágono, por ejemplo, otro tipo no se atreverá a decir que, en realidad, debe ser un cubo perfecto, y comenzará a pelear con otro que opina que debe ser un octógono, según las más altas autoridades. Más bien todos murmurarán: "Sí, milord. Un hexágono, por supuesto", y tomarán nota de cada una de mis palabras con el mayor de los cuidados, como si vinieran directamente desde el trono del Altísimo.

Gaara rió, pero algo en su mirada oscura puso nervioso a Naruto.

—¿Soy demasiado optimista? —le preguntó—. Si tú dudas de mi capacidad, Gaara, yo quisiera...

—Sólo me preguntaba por qué diablos no te cortas el cabello —dijo Gaara—. Si bien yo dudo de que un cambio de peinado no afectará tu credibilidad, a fin de cuentas eres un Namikaze, a mí me resultaría un fastidio si tuviese que cuidarlo, como si no hubiese bastantes líos para organizar el proyecto.

Naruto sonrió, sumiso.

—A mi esposa le gusta.

—Y tú, pobre tonto, estás deslumbrado. —Gaara le lanzó una mirada compasiva y rió—. Bueno, entonces supongo que más racional que ahora no serás nunca. Yo diría que hagamos lo mejor que se pueda.

Naruto estaba decidido a hacer lo mejor que pudiera.

Por eso, la segunda noche después del regreso al hogar, le explicó a Hinata la idea que tenía respecto de empezar con el hospital.

Hinata le dijo que era una idea excelente, y pareció muy entusiasta, pero Naruto no pudo desembarazarse de la sensación de que la mente de su esposa estaba en otro lado: en su maldita enfermedad y sus rebeldes misterios. Estaba muy tentado de regañarla. Pero, en cambio, contuvo la tentación y le hizo el amor.

La tarde siguiente, se instalaron en la biblioteca para hablar en detalle de la cuestión, y estaba igual. Habló con entusiasmo de sus ideas y aceptó hacer un esbozo de plano para el edificio en sí, describiendo las funciones de las diferentes áreas. Y, sin embargo, Naruto tuvo la sensación de que su mente no estaba por entero en la cuestión.

Los días que siguieron, Hinata continuó trabajando alegremente con él, transformando sus sueños en hechos ordenados y especificaciones, pero el matiz de distracción persistía.

Naruto lo sobrellevó con paciencia. De ella había aprendido que, a menudo, era posible combinar varios tratamientos para atacar el conjunto de síntomas de una dolencia. Un remedio para ese tipo de dolores de cabeza, por ejemplo, era combinar láudano con ipecacuana: el primero para amortiguar el dolor y el segundo para aliviar la náusea induciendo el vómito.

Del mismo modo, ideó un tratamiento combinado para ella. Uno de los "remedios" llegó una semana después del regreso de Athcourt.

Naruto se escabulló en el estudio de Hinata y dejó el paquete sobre el escritorio, mientras la esposa acordaba con el cocinero el menú del día siguiente. Después salió de la casa, para ocuparse de la segunda parte del remedio.


Una hora después, Hinata, de pie en el estudio, miraba a Iruka, perpleja.

—Se ha ido a Kirigakure —le dijo el criado por segunda vez—. Tenía una cita. Algo relacionado con el hospital.

—Ah. Ah, sí, con el señor Nara. —Hinata se dio la vuelta— Me lo recordó durante el desayuno, y yo, como una tonta, lo olvidé. Debo de tener la mente en cualquier lado. Gracias, Iruka.

Hinata se quedó en la entrada, con la vista fija en el grueso sobre que había sobre el escritorio, mientras los pasos de Iruka se alejaban.

Cerró la puerta, volvió al escritorio y recuperó la carta, con manos temblorosas.

Era del señor Momochi, el médico que había cuidado a Kushina Namikaze. Era en respuesta a un ruego de Naruto. Le había escrito a Momochi quince días atrás, sin decírselo a ella.

Naruto había adosado una nota a la carta de Momochi: "Hela aquí, doctora Hinata... con todos los deliciosos detalles escabrosos. Espero encontrarte retorciéndote en un ataque de lujuria incontrolable cuando regrese".

Hinata leyó la nota por décima vez y ya no pudo controlarse. Se tapó la cara con las manos y lloró, pero no por la respuesta de Momochi sino por lo que le había costado obtenerla a su esposo, escribirle para pedirle un favor a un hombre al que consideraba como el torturador de su propia madre, si no el asesino.

Naruto lo había hecho por el bien de Hinata, y eso era lo que le estrujaba dolorosamente el corazón, y por eso lloró como una esposa y no como la doctora que pretendía ser.

O que creyó poder ser.

O se imaginó capaz de ser.

Se reprochó no estar comportándose de manera muy capaz.

Se enjugó las lágrimas y se le ocurrió que después habría tiempo de sobra para llorar. Toda una vida, si optaba por dedicarse a la pena y echar por la borda los dones que Dios le había dado y todo lo que su esposo intentaba dejarle. Naruto sabía que ella trataba de aprender e intentaba ayudarla de todos los modos que podía.

No tenía por qué llorar. Sabía que a Naruto lo hacía feliz ayudarla. Más aún, en la carta de Momochi había información harto valiosa. Lo comprendió al primer vistazo. Y hasta había incluido una copia del informe post-mortem, que resolvería varios enigmas persistentes en cuanto Hinata pudiese concentrarse como era debido. Y continuar concentrada, cosa que, últimamente, le costaba.

Se le olvidaban cosas, perdía cosas. Pasó una semana entera con Naori, hasta que se dio cuenta de que su prima estaba embarazada.

Hinata no fue capaz de conciliar los síntomas más simples: pruebas físicas que ningún estudiante de medicina habría visto, por no hablar ya del estado de ánimo característico. Mientras Hinata estuvo allí, Naori, que nunca lloraba, había estallado en lágrimas sin razón aparente, y varias veces perdió la paciencia por asuntos de lo más triviales.

Naori no dijo nada al respecto, y Hinata, por discreción se abstuvo de preguntárselo. A fin de cuentas, todavía estaba en los primeros días, y el primer trimestre era un período muy incierto...

Trimestre... doce semanas... síntomas...

Hinata miró sin ver el informe de la autopsia. Hacía más de seis semanas que estaba casada, su última menstruación había ocurrido dos semanas antes de la boda.

El informe se le cayó de los dedos inertes, y dejó caer la mirada sobre su vientre.

—Oh, Dios mío —murmuró.