**Este relato contiene escenas de tipo sexual. Se recomienda discreción.**


Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.

-Demonios-

.

.

.

Como cualquier hombre que ha atravesado etapas difíciles y desesperadas en su vida, Ranma tenía demonios.

Ciertamente, eran una familia feliz. Disfrutaban agradecidos sus días pacíficos, sin mayor peligro que las travesuras de su inquieta hija o las regulares amenazas de la abuela Nodoka para cobrar seppuku. Pero a veces, en las noches, el pasado volvía a atormentarlo. Cuando los lejanos recuerdos decidían resurgir inmisericordiosos como crueles pesadillas castigadoras, las emociones de su marido naufragaban torvas, ansiosas, intranquilas.

Su cordura era seducida por las ásperas garras de la demencia, y pasaba las tardes en muda melancolía. Silencioso, abstraído. Sin brindarle mayor atención que fugaces miradas para comprobar la permanencia a su lado, como si temiese que ella fuera a desaparecer en un parpadeo. Como si aún dudase de la veracidad de la hermosa vida que habían construido juntos, como si creyese que todo aquello era una retorcida broma del destino esperando para arrebatárselo y regodearse en su dolor. Como si la felicidad fuera a desvanecerse con un suave soplo del viento, demasiado frágil e inestable para poder aferrarse a ella.

Y aunque se resistía a liberar sus demonios con el desahogo de su voz o el diálogo mutuo, Akane compartía su dolor, entendía sus miedos, sufría su tristeza. Porque era durante las noches, justo cuando le atacaba el desespero, que ella lo contemplaba vulnerable, sangrado de heridas, indefenso del alma, apuñalado en su corazón.

Habían pasado por tantas cosas en su vida juntos, tantas pruebas y tormentas, miedos y angustias, que en variadas necesidades el clamor del llanto reprimido se retorcía por desbordarse. Y lo hacía, en la intimidad de sus aposentos, con la luna como eterna protectora de esas lágrimas dolosas que como hombre se negaba a mostrar bajo el calor del sol. Sólo ella, su amante esposa, y la fiel gobernadora de la noche conocían al ser fracturado escondido tras la imponente careta de padre protector e idóneo esposo.

Era con ellas que intentaba subsanar su desolación; esa herida mortal que jamás cicatriza -oculta y profunda-, por mucho amor que profeses o mucho amor que recibas. Esa herida que no puede ser alcanzada por nadie más salvo tu propio ser menesteroso de salvación, por efímera que sea. Esa herida que permanece abierta, a perpetuidad, en tus más secretas tristezas y sangra morosa durante tus momentos de repentina fragilidad.

Y cuando la fragilidad lo alcanzaba, él la buscaba.

Bajo la cómplice oscuridad, con impaciencia, la buscaba.

Buscaba su cuerpo, sus caricias, su sabor; absorbía su olor y provocaba su respuesta cual náufrago urgido de hambre y sed.

A veces la tomaba con fuerza, salvaje y necesitado, hasta alcanzar la liberación que acallase las torturadoras voces en su cabeza, para después implorar clemencia por imponer su placer antes que el de ella. Como si aquel acto primario fuese un ultraje a su persona, como si ella no hubiese tenido elección mas que entregarse a sus apetencias. Y, por supuesto, era otra manera de autocastigarse por sucumbir a su imperfecta humanidad. Porque Ranma era humano, aunque él mismo lo olvidase. Sin embargo, ella siempre elegía. Claro que sí, lo elegía a él. En cualquiera de sus caretas. Inclusive, su mismo cuerpo parecía percibir las hambrientas intenciones de su marido, sin mayor pista que su masculina compañía, y como leal adepto de su maestro, siempre estaba listo. Ansioso que le enseñase y le mostrase el seductor mundo de sus caricias, e incluso que lo castigase.

Otras ocasiones, justo como ahora, Ranma la devoraba con caprichosa y lenta lascividad. Le dictaba salto y seña de lo que quería hiciera a su cuerpo o lo que deseaba hacerle a ella. Dispuesto a colmarla de placeres carnales que siempre terminaban estrujándoles el alama, como si el mañana fuese a separarlos.

Una y otra vez, gradual y cadenciosa...

Y otra más, hasta la tardía saciedad.

Porque Ranma jamás quedaba satisfecho con una sola acometida, al menos no de ella. Necesitaba reafirmarla suya hasta lograr asimilar la presente realidad en la que vivían. La realidad donde se pertenecían, en la que eran marido y mujer. Donde tenían una familia... en la que eran felices.

—Tómame con tu boca —le ordenó con la voz enronquecida.

Ranma se posicionó sobre ella arrastrando su virilidad por el suave estómago y los senos aún más suaves, hasta dejar el miembro suspendido debajo de su barbilla. La mirada de Akane voló hacia él antes de cumplir la enmienda delicadamente, y Ranma se movió la medida justa para que su pene le diera un golpecito en los labios. Él se quedó quieto mientras el aliento de ella le soplaba la sensible cabeza con jadeos abrazadores, tratando de recuperar la cordura. Era tan erótico, tenerlo allí, pidiendo por ella con calma desesperada.

Una gota de líquido seminal se escabullo fuera del control de Ranma esparciéndose por los carnosos labios de ella. Hambrienta, la lengua de Akane salió lentamente para tocarlo, recolectar su esencia y luego retirarse. Por otro lado, tras contemplar su osadía, el miembro de Ranma se sacudió, y goteó otra vez cuando las mejillas y los labios de ella se movieron alrededor de su semilla, saboreándola. Cegada por su propia necesidad y el deseo de él, Akane levantó las manos para tocar la longitud de su virilidad, casi socavando las hilachas que quedaban del autocontrol de Ranma, con caricias cortas y delicadas. Era un absurdo de la naturaleza que algo tan duro y potente fuse suave y aterciopelado al tacto. Y le gustaba.

Los dedos de Akane robaron la gota siguiente de semen y se lo llevaron a la boca, el gemido del azabache hizo erupción desde los pies. Él se derrumbó sobre sus codos, casi aplastándola.

— ¿Te gusta, Akane? —le preguntó jadeante, su pecho subía y bajaba con la potencia embravecida de un toro; Akane sabía que peleaba contra la necesidad de correrse con cada fibra de su ser—. ¿Te gusta mi sabor?

Era una pregunta retórica porque, tras tantos años de matrimonio, amos sabían que le encantaba.

Akane tragó el resto del semen; el sabor salado se diluyó en su saliva hasta convertirse en un recuerdo solamente, pero su pene, ese falo enorme, todavía estaba frente a sus labios, cargado hasta el tope. Listo para darle lo que deseaba. Arriba de ella, el cuerpo de Ranma se arqueó, rígido por la tensión y el deseo de tener la boca de ella. Akane también quería. Deseaba regalarle el alivio temporal a aquel dolor que ella era incapaz de sanar por tantas veces le entregara su cuerpo, pero que podía adormilar por tantas veces se corriera en ella.

Akane abrió la boca y arqueó el cuello para capturar la gruesa cabeza con los labios, estirando su cavidad para adaptarse al grosor de él. Su masculinidad la llenó hasta el punto en que le comenzó a doler la quijada, pero permaneció en su afán echando un vistazo a la expresión de su esposo mientras él aumentaba con firmeza la profundidad y la potencia de sus embates.

— ¡Maldición, Akane! —gruñó exitado.

Ranma la observaba.

La miraba mientras ella lo devoraba, y disfrutaba tanto la imagen como la sensación. El saberlo le provocó explosiones de urgencia en el vientre. Abrió la mandíbula un poco más y movió la cabeza para tomarlo con mayor profundidad.

Ranma retiró el pene de su boca, para después frotarlo sobre los labios de ella; una sonrisa complacida le arrugó el rabillo de los ojos mientras Akane le lamía y mordisqueaba la cabeza engrosada.

— ¿Te gusta tenerme dentro de tu boca? —Su voz se entrecortó en el medio de la pregunta, por lo que Akane supo que Ranma estaba perdiendo la buena cordura. La peliazul le chupó la carne que estaba justo debajo de la cabeza hinchada. Él cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, quemaron los de ella con el deseo que lo invadía.

—Contéstame —exigió con infantil impaciencia. Como era de esperarse, oculto tras la ordenanza, Akane entendió que le pedía permiso para tomarla, así como ella lo tomaría a él.

—Sí —contestó lujuriosa, con la confirmación de su respuesta saliendo líquida de entre sus muslos, que aún seguían llenos de su semen tras el primer encuentro.

—Entonces trágame, Akane. Trágame por completo.

Le reclamó la boca como un salvaje, haciendo jirones la calma y autocontrol. Cuando ella se habría alejado para respirar, él la acercó con más fuerza, metiéndosela más profundamente, empujando sus límites.

Más fuerte, más rápido, más hondo, le metió el miembro hasta chocarse con la parte posterior de la garganta. Akane tragó y la cabeza del pene se abrió camino y luego se retiró tan rápido que ella no pudo respirar. Entonces, volvió y no tuvo clemencia cuando se lo metió más profundo que antes.

—Tómalo. —La alentó—. Cada pulgada que puedas, cariño.

Y Akane se entregó a él. Ranma presionó más allá de su garganta, y siguió avanzando.

Una y otra vez. Más fuerte... más.

— ¡Akane! ¡Akane! —El bramido de placer retumbó en la habitación mientras el pene expulsaba su contenido. La peliazul tragó varias veces clavando la vista en la de él, mientras Ranma se retorcía e insultaba arriba de ella: indefenso y vulnerable, con el clímax robándole sus fuerzas y la consciencia de sus actos.

Él sabía que ella veía adentro de su alma.

Ranma se retiró antes de dejarla sin aire y su miembro, que todavía chorreaba, le esparció su semilla por la lengua. Ella la juntó en su boca al mismo tiempo que respiró profundo dos veces. Él tenía gusto a sal y misterio. A vida y esperanza. Ella tragó su semilla, su fuerza. Las rodillas del azabache titubearon, liberó le pene de sus labios y se deslizó sobre su cuerpo, derrumbándose lánguido encima de ella.

Akane notó entonces las lágrimas de su esposo esparciéndose cálidas en su piel, Ranma ocultaba el llanto entre la cavidad de sus senos. La abrazó de la cintura con fuerza desmedida, como querido convertirlos en un solo cuerpo.

—Nunca me dejes —susurró con la voz rota—, nunca me dejes... no puedes morir sin mí. No puedes, Akane. ¿Me escuchas?, no te lo permito... —El último decreto de su marido murió constreñido por el hipo del sollozo refrenado.

Ranma comenzó a estremecerse, pero en esta ocasión no era por causa de un orgasmo. Tras aquellas palabras, la peliazul tuvo conocimiento de qué "demonios" habían decidido turbar la paz de su esposo aquella noche de lluvia.

—Estoy aquí, cariño. Ya todo ha pasado... todo ha pasado —Akane lo acunó en su pecho, permitiendo que desahogara sus lágrimas a libertad.

—No te atrevas... no te atrevas a dejarme —reprochó con la mente perdida entre las remembranzas y el presente—. Aún nos queda Anko, ¿recuerdas? Aún tenemos a nuestra hija. —El temblor de Ranma intensificó sus espasmos.

Y el corazón de Akane se estrujó en sus adentros al recordar el día en que decidió abandonarse a la oscuridad por la muerte su hijo nonato, tras seis meses de gestación; cuando despertó del coma, cuando logró escabullirse de la muerte por tercera vez. Cuando Ranma la rescató de sus propios demonios.

—No te vayas, no te vayas... —El abrazo de Ranma apremió su agarre, pero lejos de sentir molestias por la falta de aire y el crujir de su espalaba, Akane se aferró a él con igual anhelo.

—Te tengo, cariño. No te soltaré... te tengo —susurró conciliadora, acariciándole el pelo con la ternura que sólo él conocía de ella. Con la adoración que sólo dos amantes podían brindarse el uno al otro.

Ranma llenó sus pulmones con una larga inspiración, exhalando el aire en un último gimoteo pesaroso. Y de un momento a otro pareció calmarse, el pesado cuerpo perdió su rigidez y la presión de su abrazo se evaporó en un parpadeo. El ojiazul volvió a dormir. Akane quedó echada de espaldas con su marido a cuestas, sin muchas ganas de usar lo que quedaba de sus energías para liberarse de la corporal prisión de Ranma, pero sí tentada a perderse en el mundo onírico de los sueños al igual que él. Y aunque decidió que ya era tiempo de dormir, sabía que el menester le duraría poco, al menos esa noche, pues aquella precisa batalla era la que más insoldable había marcado a Ranma. Y él necesitaba un ancla, un motivo para librar las adversidades, porque él también era humano; entonces ella estaría lista siempre que él lo necesitase, en guardia y dispuesta a luchar contra sus demonios, así como él pelaba contra los de ella. Codo con codo, espalda contra espalda.

Con el juramento renovado en su corazón, la peliazul cerró los ojos, abandonando su lucidez en el basto mundo de las quimeras, cansada y llena de Ranma.

Sí, pelearían, juntos.

En menos de lo que hubiese pronosticado, su esposo regreso de la inconsciencia para menguar sus tormentos y saciarse de ella. Con un largo y húmedo lengüetazo en sus hinchados labios externos, Akane supo que era el turno de ella para ser devorada.

Otra vez.


N/A: De no ser por una novela que leí hace unas semanas, no me hubiera atrevido a escribir esto, de hecho la escena que aquí les presento está basada en un capítulo del libro. Ya saben que yo no tengo vena para este tipo de escenarios, jejeje. Pero le echo ganas. Por cierto, a historia es interesante y logras enamorarte de los personajes, recomendable para despejar la mente un poco.

Muy aparte de eso, esté capítulo también está inspirado en algo muy personal, hace dos semanas se me adelantó el sobrino Pen por el camino de la vida. Y un día, de la nada, decidió partir antes de cumplir sus tres añitos. Es difícil entenderlo, pero esas cosas pasan, y te atormentan de maneras muy profundas. Les mando gran fortaleza a los que han pasado por eso.

Eeeen fin, basta de dramas, que la historia ya tiene mucho... o lo tendrá, más adelante. Je.

Agradecimientos especiales a:

Shojoranko, Llek BM, Revontuli Amin, Kris de Andromeda, Haruri Saotome , Megumitasama, SARITANIMELOVE, Ranma84, akane-kun19, GabyCo, Lily Tendo89. Son las 4:00 am. por acá, y mi cerebro sólo procesa la necesidad de dormir. Les debo sus respectivas contestaciones, tengo tanto que decirles. ¡Gracias!

Un agradecimiento también a todas las almas anónimas que se toman el tiempo de leer estas historias.

Buena vida.

ºPenBaguº