Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.

-Traición-

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— ¡Mocosa! —Ranma invadió el cuarto de su primogénita con tal furor que ladeó la puerta por el empuje.

— ¡¿Qué demonios te pasa, papá?! —chilló histérica, más por el susto que por el homicidio de su puerta.

— ¡Mueve esas piernas!, ¡debemos largarnos! —Detenido en el umbral de la habitación, el azabache lucía completamente aterrorizado, bufaba como si hubiese atravesado el planeta entero en una carrera y su moreno rostro había palidecido.

— ¿De qué rayos habl..?

— ¡Apresurate!, o no viviremos demasiado. —Entrando de lleno en el recinto, Ranma la jaloneó del brazo derecho, forzandola a que se levantase, parecía dispuesto a salir por la ventana.

— ¡Detente! —Anko se safó del férreo agarre y encaró a su padre—. No iré a ningún lado hasta saber de qué va todo esto. Además, estoy ocupada.

Previo a la interrupción de su padre, la heredera Saotome se encontraba sumamente absorta en su regular lectura de historietas. Por fin había logrado que Ryuji le prestara ese ejemplar que oficialmente aún no salía a la venta en el país, así que debía terminarlo antes que el bastando cambiará de opinión.

—Lo ha descubierto, mocosa —murmuró horrorizado, abrazándose a sí mismo para contener los escalofríos—. ¡No tenemos tiempo! —explotó enloquecido, tirándola ahora por la muñeca.

— ¡No sé que quieres deci...!

— ¡El vestido! —La interrumpió con un grito—. Ha descubierto lo del vestido.

Le llevó sólo una fracción de segundo entender el causal del soberano terror que atosigaba a un guerrero del calibre de su padre. Anko extendió los ojos hasta su límite natural y empezó a sentir el cosquilleo de la desesperación en la boca de su estómago. Uno de los mayores secretos de su corta vida había sido revelado. ¡Joder!

Su madre había descubierto todo aquel asunto del vestido rojo.

El bendito vestido rojo.

Aquella elegante indumentaria que Akane comprara especialmente para celebrar su treceavo año de matrimonio. La maldita vestimenta que ella y su padre quemaron por accidente, durante una de sus regulares peleas, horas antes que su madre tuviese que alistarse para la cena de aniversario, en un lujoso restaurante, que el tonto viejo llevaba planeando por seis meses.

¡Mierda!

¿Cómo fue eso posible?

¡No!

¡Eso no podía ser posible!

A menos que...

— ¡¿Cómo pudiste traicionarme?! —espetó rencorosa. Anko se soltó nuevamente de la mano de su progenitor.

—Traicionarte, ¿yo? —cuestionó ofendido—. ¡Pero si vengo a salvarte el trasero!

— ¡¿Y cuál es el punto si ya le soltaste a mamá toda la sopa?! —chilló, con las lágrimas pujando por salir de sus ojos—. ¡Quedamos en que nos llevaríamos el secreto a la tumba! —recriminó.

Era el fin de sus días. No existía nada más que hacer. Habían mancillado la preciada adquisición de su madre y le mintieron deliberadamente para salvar el pellejo. Tal osadía debía ser castigada. Y al parecer, los cielos reclamaban el pago de su pecado.

— ¡¿Por qué demonios crees que he sido yo quien ha abierto la boca?! —preguntó histérico.

— ¡Pues porque no he sido yo!

— iTampoco yo, niña!

— ¡Pues sólo tú, yo y la Tía Nabiki sabíamos de...!

Anko enmudeció de súbito. La inesperada revelación figuró asestarle un doloroso "gancho al hígado". No quería creerlo.

—Bromeas, ¿no? —comentó anonadada, sabiendo que su padre entendería la naturaleza de su asombro.

—Créelo, mocosa. Es hora de que conozcas la verdadera naturaleza de esa arpía —declaró con los dientes apretados y el rostro ensombrecido. Las manos que descansaban a los costados del fornido cuerpo del azabache se tensaron en puños, y sus ojos revelaban el fulgor del resentimiento.

Sólo quedaba un cabo suelto que no tenía nada que perder ni temer ante tal verdad llevada a la luz. Un testigo ocular, de aquel crimen involuntario, que recibió el pago de su silencio y la retribución por su ayuda. Fuera de ella y su padre, el único ser humano conocedor del fatal accidente era la mediana de las Tendo.

La tía Nabiki.

Pero hasta donde Anko sabía, su tía sentía cariño por ella, ¿no? Mínimamente le caía bien, ¿verdad?

¿Por qué infiernos provocaría deliberadamente que su madre le rajara el pescuezo?

Por otro lado, el estúpido viejo se había asegurado de tenerla de su lado. O eso le dijo él, al menos eso suponía.

—Papá, dime que no intentaste engañar a la Tía Nabiki —preguntó inquisidora, tratando de dilucidar el motivo por el cual, su tía favorita, la había sentenciado a muerte junto a su padre.

Ranma palideció aún más y apretó los labios.

—Lo hecho hecho está, mocosa. Sólo nos queda fugarnos. Regresaremos dentro de diez años —acordó con calma engañosa, cruzándose de brazos.

— ¡Lo sabía! —gritó enfurecida—. ¡Todo ha sido tu culpa!

— ¡Óyeme!, ¡yo le di lo que quería!

— ¡Por supuesto que sí!, ¡por eso nos traicionó! —ironizó.

— ¡Bájale "dos rayas" a tu sarcasmo! Sólo edité las fotos un poquito. ¡A estas alturas de mi vida, no iba a permitir que tu tía vendiese fotos mías por toda América, en mi forma femenina y portando lencería!

— ¡¿Eres estúpido, papá?! —Guiada por la desesperación y la incredulidad, Anko tomó al ojiazul por el cuello de su camiseta—. ¡Tercera regla de supervivencia Saotome: no te metas con Nabiki! O lo que es lo mismo, ¡no intentes tomarle el pelo!

— ¡Discúlpame por tratar de proteger mi dignidad! —Ranma agarró a su primogénita de las muñecas, liberándose de tajo—. Además, fue tan buen trabajo que tardó un año en darse cuenta —presumió.

— ¡No entiendo de qué presumes! Un año más, un año menos... ¡igual nos jodimos!

— ¡Cuida esa boca!

— ¡Cállate! —bramó irritada.

No comprendía cómo es que a su padre le costaba aprender ciertas lecciones en su vida. ¿Acaso nunca imaginó el mortal cabrero que se cargaría la tía Nabiki al descubrirse engañada por tanto tiempo?, ¿que no había sido él quien le instruyó de las terribles consecuencias de tratar de burlarse de la mediana de las Tendo? ¡Pues al parecer mandó todo al carajo! ¡Viejo tonto!

¿Y cuándo es que aprendió a intervenir fotografías?, mejor dicho, ¿desde cuándo tenía ideas tan efectivas? Suicidas, sí, pero efectivas. Bueno, más o menos efectivas. Es decir, el hecho que la tía Nabiki tardase en darse cuenta de la trampa, ya era mucho que admirar. ¡Joder!, ni siquiera ella se enteró de la artimaña de su padre para no pagar el chantaje apropiadamente. ¡Las fotos se veían bastante reales!, ¡carajo! Hubiese apostado la vida por afirmar que la mujer, en pose sugerente y atrevida lencería, era su padre, sin ninguna duda razonable que tuviese cabida. Aquella falacia estaba muy bien hecha.

¡No!, aquello definitivamente no fue ocurrencia de su padre.

— ¿Quién te apoyó en esto?, ¡eh! Estoy segura que no fue idea tuya, ¡¿quién fue el idiota que te ayudo a cavar nuestra tumba?!

—El mocoso de Ryoga —confesó despreocupado.

— ¿Ryuji? —jadeó anonadada.

—Sí, sí, como se llame.

— ¡Oh!, ¡hijo de pu...!

— ¡Anko Saotome!

Desde la planta baja, la siniestra voz que evocó sus nombre con intenciones siniestras, logró despertar en Anko la más profunda ansiedad que jamás había sentido. La premonición de la muerte inminente pesaba sobre sus hombros, mas en lugar de reaccionar para el acto de escape, la pelinegra permaneció anclada en su sitio, con los demonios del miedo sujetando sus piernas.

— ¡Ranma Saotome!

Un segundo aullido letal, reveló la prontitud de su final.

De manera inconsciente, el azabache viró el rostro en dirección al llamado, sus ojos por poco salen de las cuencas y dejó de respirar al instante. El formidable patriarca Saotome, guerrero invencible del Japón, maestro del Musabetsu Kakutō Ryū, tembló desde las entrañas hasta la última extremidad de sus huesos. Y sólo gracias a su agudizado instinto de autopreservación, logró iniciar la huida.

— ¡Viene por las escaleras, mocosa! ¡Debemos correr! —Ranma se giró hacia la joven heredera y, sin perder valiosos segundos de tiempo, la tomó del brazo obligándola a seguirle. Sin miramientos, ambos saltaron desde el balcón.

Anko se movió más por inercia que por consciencia; justo cuando sus pies tocaron el suelo, la pelinegra expresó su inquietud.

—Viejo, tengo miedo —murmuró con la voz en hilo. Tanto padre como hija comenzaron la carrera.

—Lo sé. mocosa. Siendo sinceros, no me encuentro en mejores condiciones que tú. ¡Joder!, ¡tu madre es aterradora! —exclamó mientras alcanzaban el portón.

Tras ellos, un furioso grito de guerra oficialmente evaporó cada gramo de su calor corporal.

¡Van a tener que regresar! ¡Y los estaré esperando!

Sin devolverse para mirar, corrieron como si el mundo tras ellos se estuviese desintegrando, pidiéndole a los cielos que alargasen un poco más su tiempo de vida. Aunque a este punto ya no sabían para qué.

— ¿Viejo?

— ¿Q-qué? —contestó entre jadeos.

Anko y su padre llevaban ya un buen rato desplazándose por el barrio. Ni siquiera habían disminuido el ritmo, sus cuerpos no querían detenerse.

— ¿En... en serio nos iremos po-por diez años? —inquirió preocupada al recordar la drástica decisión del azabache para evadir el, seguramente, homicida castigo de su mujer.

—No lo sé —respondió cortante.

La pelinegra se giró unos segundos para contemplar el rostro de su padre, y lejos de mostrar el supremo terror que minutos antes expresara, los ojos del hombre revelaban total angustia. Y Anko comprendía la razón, a ella tampoco le agradaba esa idea.

La heredera Saotome regresó la atención al camino y con voz ahogada dijo:

—No quiero estar alejada de mamá. —El sencillo hecho de imaginarlo le provocaba ganas de llorar.

—Puedes estar segura que yo tampoco, mocosa —concordó.

— ¿Y qué haremos? —preguntó angustiada.

Ranma permaneció enmudecido unos segundos, para luego ser azotado por una epifanía.

—Entrenaremos —resolvió satisfecho consigo mismo.

— ¡¿Cómo?!

— ¡Sí!, volveremos a nuestros cuerpos más fuertes. Soportaremos las más infames condiciones físicas, y cuando nuestra resistencia se haya curtido, regresaremos para afrontar nuestro castigo honorablemente —habló orgulloso.

Pese a lo épico de aquellas palabras, ambos sabían que hacerlo sería como cometer suicido. Y sin embargo, era preferible a alejarse por tanto tiempo de los más valioso de sus vidas.

—De acuerdo —concretó valerosa.

— ¿Con dos días será suficiente? —inquirió inseguro, y evidentemente poco deseoso de estar siquiera un minuto más lejos de su esposa.

—Veinticuatro horas. Entrenaremos como si no hubiese un mañana.

— ¡Bien! —pactó complacido.

— ¡Bien!

Completamente ansioso de que el tiempo de la forzada tregua acabase, extrañando ya a la furiosa mujer que los esperaba con paciencia letal en casa, ajustaron el rumbo hacia las montañas.

Y si a pesar de todo morían, bueno... por lo menos sería en brazos de su Akane.


N/A: Este corto y extraño capítulo está inspirado en uno de los episodios de una de mis series favoritas Malcom in the middle. Espero que lo recuerden, es cuando Hal le quema el vestido rojo a Lois, y los chicos terminan pagando los platos rotos.

Eeeeen fin espero les haya gustado.

Agradecimientos especiales a:

Llek BM, Sailordancer7, oOo Dark-yuki oOo, Hatsuhana, SARITANIMELOVE, AyameNH, Kris de Andromeda, Belldandi17, Revontuli Amin, Maritza559, Haruri Saotome, GabyCo, nancyricoleon. Todas y cada una de sus palabras me dan el aliento para no abandonar la escritura. Vengo a las prisas y les debo apropiadamente sus contestaciones, porque obviamente se merecen eso y más. Gracias por seguir al pendiente pese a las esporádicas publicaciones. Aunque sólo fuese una persona, si a esa una le hace feliz... pues aquí andaremos.

Un agradecimiento también a todas las almas anónimas que se toman el tiempo de leer estas historias.

Buena vida.

ºPenBaguº