Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.
-Castigo-
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— ¿Cuánto tiempo más los dejaremos así? —preguntó la señora Hibiki un tanto angustiada por la integridad de su esposo, sin apartar la vista de la escena que tenía enfrente.
—No estoy segura, pero no terminará pronto —aseguró la mujer de cabellos violáceos, vigilando a su marido con la versada agilidad de una noble guerrera amazona.
—Ya han pasado tres horas... —presionó la castaña con voz lastimera, como queriendo ablandar la voluntad de sus dos compañeras.
—Pero esto es mucho menos de lo que en verdad se merecen —habló estoica la propietaria del hogar, madre de una hija atolondrada y esposa de un marido imbécil—. Lo que esos idiotas hicieron raya en lo ridículo, absurdo y vergonzoso. Tienen que entender que actuar como críos ya no les queda. Además, la señora Tamae término con un esguince en la pierna por su culpa — informó seria la peliazul, sin dejar de observar a su altiva presa.
Sentadas sobre sus rodillas, una junto a otra, en el pasillo del comedor, las tres esposas de los mejores peleadores del Japón se encontraban supervisando, con mano de hierro, el cumplimiento de la penitencia impuesta a sus hombres. Aquel trío de idiotas se había sobrepasado con sus infantiles riñas, y un tercero terminó pagando los platos rotos. Peor aún, un tercero ya curtido en años, frágil y delicado como lo era la vieja señora Tamae.
—Quizá están entrando en una crisis de edad —comentó conciliadora la mujer de Ryoga.
—Crisis mi trasero, nuestros hombres sencillamente son unos estúpidos —contradijo Shampoo.
—Pero siguen siendo seres humanos, tal vez se sientan cansados después de todo este tiempo con los...
—Mira bien a esos idiotas —invitó Akane, interrumpiendo el compasivo discurso de Akari—, nos observan con superioridad.
—Sí, como si la reprimenda que les dimos fuese insignificante —concordó Shampoo, hurgando entre el azul intenso de los ojos de su marido para después vagar la mirada hasta los marcados y prominentes pectorales. Las gotas de sudor que irrigaban aquella zona le otorgaban un matiz más apetitoso. Shampoo se regodeó en sus entrañas.
—Exacto, pareciera que ruegan por más. —Simpatizó la peliazul. El gesto petulante en el rostro de su esposo como diciendo: "Ya aprendí mi lección, pero esto me la suda. Te estas volviendo piadosa, Akane", se le antojaba irritante. El hombre no necesitaba decir nada para percatarse de la altivez que pregonaba, bastaba con mirarle el semblante; alardeaba de su resistencia como si sostener sobre su cabeza cuatro costales de arroz, durante tres horas, a suplicio del sol sin más protección que su propio pellejo y los pantalones, fuese algo similar a levantar un cojín de plumas en una noche de pijamas. Idiota presumido—. Opino que debemos complacerlos, a fin de cuentas, pagaron por los daños provocados y ayudaron a la señora Tamae a cruzar la calle. Aunque terminó con un pie bastante hinchado, pero la ayudaron —sugirió con intensiones más despiadadas que indulgentes. En un instante la intención de la represalia pasó del escarmiento a la vanagloria.
—Me agrada esa mentecilla tuya, Tendo...
—Saotome —contradijo Akane, con su atención siempre fija hacia el frente y los brazos cruzados bajo su pecho.
—Además... —continuó la amazona ignorando la corrección y, al igual que sus compañeras, jamás perdiendo el contacto visual con su víctima—. Apreciar el trabajado torso de Mousse mientras disfruto de un delicioso té es más tentador que atender clientes. Supongo que el local permanecerá cerrado por hoy. —Shampoo sonrió maliciosa, imaginando el castigo más íntimo y carnal al que sometería a su esposo por comportarse como un "puberto" inconsciente. Sorbió un poco de té, sería una noche bastante entretenida.
—Pero chicas, Ryoga parece bastante adolorido y no quisiera...
—Se fuerte, Akari. —Nuevamente, Akane frenó las palabras de su amiga. Se sentía un tanto decepcionada por la facilidad con que la esposa de Hibiki cedía ante él—. No debemos flaquear de compasión por los zopencos hombres que amamos, si lo hiciéramos ya no tendríamos poder para controlarlos.
— ¡Exactamente! —Shampoo golpeó su muslo en un acto de aprobación dramática—. ¡Apoyo a Tendo!
—Saotome —gruñó la peliazul por inercia, y un tanto harta de tener que lidiar con la absurda manía de Shampoo por llamarla con su apellido de soltera. Era una especie de broma ácida entre las dos, mas hoy no tenía humor para ello.
Shampoo se aclaró la garganta.
—Como sea, si nos doblegamos...
Por primera vez, la amazona desatendió la condición de su marido para verter la sagacidad de su mirada en el rostro compungido de Akari, quién se encontraba sentada en medio de Akane y ella. La castaña la observaba como la siempre atenta escucha que era.
—Si siquiera dudamos, eso hombres testarudos que tienes en frente —Shampoo señaló con el dedo índice en dirección a ellos—, olerán tu indecisión. Y el respeto por el que te hiciste valer todos estos años de matrimonio desaparecerá. Así de pronto. En un chasquido. —La amazona chasqueó los dedos—. ¡KaBOMM! Se terminó. Y ya no habrá nada en este mundo capaz de controlar su estupidez. ¿Comprendes, cariño?
Sin esperar por una respuesta, y una vez terminado su monólogo, Shampoo redirigió el interés sobre su víctima. E imitando la acción de la amazona, Akari viró el rostro en dirección a su esposo, pero con la mirada gacha y mordiéndose la uña de un dedo pulgar, mientras rumia cada una de las palabras anteriormente dirigidas a ella. Y de pronto, tuvo una epifanía.
—Pero, chicas... —La castaña observó a su marido con la comprensión total del universo en sus ojos—. El hecho de que haya pasado lo que pasó, ¿no significa precisamente que no podemos controlar a nuestros hombres? Quiero decir, si siguen haciendo tantas tonterías, resulta obvio que no ejercemos tanto control en ellos como el que presumimos, ¿cierto?
La iluminación de Buda conmoción el orgullo y entendimiento del resto de las mujeres presentes. Sin embargo, aunque no podían discrepar con semejante verdad revelada, al menos tenían un espacio de consuelo.
—Pero podemos castigarlos —habló impasible la peliazul, disimulando el asombro que aún le calaba en el ego. Akari tenía toda la jodida razón, ¿cómo había sido tan ciega? Aquello le hizo sentirse más molesta con Ranma. No es que quisiera una mascota obediente como esposo, mas lo mínimo que esperaba era que el hombre se comportara como una persona decente, mejor dicho, como el adulto que era; si no fuese por naturaleza de él, al menos por evitarse la reprimenda. ¡Aunque las consecuencias parecían importarle un carajo al idiota! Akane gruñó por lo bajo, irguiendo la espalda tanto como podía hacerlo para mantener su fachada de verdugo inflexible, en sus ojos avellana aumentó la severidad de su cabreo. Si las miradas pudiesen mutilar, Ranma sería bruto molido en estos momentos.
Akari movió su atención hacia la peliazul, el adusto gesto en el bien conservado rostro de su amiga le hizo entender que apostaba indudablemente por continuar con aquella estrategia.
— ¡Exacto!, castigarlos... Sí, ¡eso les enseñará! —congenió Shampoo, en su voz se dilucidaba una especie de placer prohibido. Evidentemente la amazona disfrutaba la actual situación.
Cuando la castaña giró el rostro en dirección a ella, pudo percibir en el perfil de sus ojos violáceos el inconfundible destello del hambre. Tragó saliva, sintiéndose repentinamente más preocupada por la seguridad de su buen amigo Mousse que por la propia condición de su marido.
Exhalando una pesarosa bocanada de aliento, Akari se rindió frente a las circunstancias. Sus amigas estaban bastante empecinadas en continuar con todo el asunto del castigo, y ella no podía dimitir de eso. Tiempo atrás, por causa de todos los desastres cometidos durante las campales disputas de aquellos temperamentales hombres, las tres mujeres tuvieron que pactar un frente unido. Si cualquier calamidad involucraba al trío de tontos en el mismo tiempo y espacio, ellas se encargarían de aleccionarlos en equipo antes que los pagos por los daños dejasen a todos en banca rota. Sin embargo, ciertamente a veces no resultaba tan efectivo, tampoco podían vigilarlos a cada segundo. Aunque, más que ejecutar un plan de contingencia, en última instancia sólo eran medidas de escarmiento. Y no ayudaba mucho que sus esposos fueran tan viscerales: lección aprendía, lección que olvidaba ante la más mínima provocación, por honor a su orgullo o cualquier otra banalidad masculina. Eso del control que tanto aireaban sus compañeras, bueno... nunca podría imponerse efectivamente sobre sus hombres. No con tal naturaleza. No con unos tontos.
Resignada a continuar con el acuerdo, Akari miró a su esposo a los ojos y esperó poder transmitirle adecuadamente su completo apoyo para soportar la prolongada reprimenda.
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—Se me están acalambrando los brazos —mencionó Ryoga, con un dejo de punzante dolor en la pronunciación de sus palabras, sin perder de vista el preocupado rostro de su mujer. Se sentía bastante culpable por provocarle tantas angustias a su dulce Akari. Pero, en honor a la verdad, todo el alboroto había sido culpa de los dos idiotas que tenía al lado.
—Yo los dejé de sentir hace un buen rato —confesó Mousse, burlándose claramente de la precaria situación en que se encontraban. La mirada devoradora con la que su esposa lo contemplaba no paraba de provocarle continuos escalofríos por toda su espina dorsal. Si su percepción no lo engañaba, tenía motivos de sentirse entusiasmado porque llegara la noche.
— ¡Oh, por favor! No sean tan quejicas —alardeó el azabache como si sus músculos no estuviesen rugiendo por piedad mientras se desagarraban lentamente bajo su piel. Y, aun así, lo que más le atribulaba era saber que, en algún momento, debía enfrentarse con su esposa... a solas. El destello asesino que refulgía en los ojos de Akane haría que cualquiera, sin distinción de sexo, se orinase en los pantalones. Sólo por su orgullo permanecía altivo.
—Deja de alardear, Ranma —ordenó el castaño—, puedo escuchar a tus brazos hacerse jirones —aseguró con la certeza de la experimentación propia.
Los tres hombres se encontraban en medio del jardín, de la casa de los Saotome, con los brazos rectamente extendidos sobre su cabeza cargando cuatro llenos costales de arroz. Ya hacia buen rato que empezó todo aquello, y sus mujeres parecían no conocer la piedad.
— ¡Vamos, P-chan! Sabes que esto no es nada para mí —mintió. Tenía unas ganas inmensas de hacerse un ovillo y lloriquear del dolor.
Debía admitir que se merecían un escarmiento. No se sentía orgulloso de como terminó la buena y sencilla intención de ayudar a la vieja Tamae a cruzar la calle. Vamos, que no fue su culpa, si no de los ineptos babosos que se decían sus amigos. Él visualizó a la anciana desde su frente -ella de espaldas a él-, para cuando la alcanzó y la tomó de los hombros ya estaban Mousee y Ryoga uno a cada lado de la mujer. Todo se volvió confuso después. Vagamente recuerda haber avanzado con la señora Tamae mientras forcejeaba con los otros dos estúpidos, y justo al llegar a la otra esquina la vieja repentinamente se escurrió de sus manos. Cuando voltearon hacia abajo, la mujer ya presumía un tobillo izquierdo lastimado. En palabras de Tamae, fue por culpa de una inoportuna piedra que desbalanceó su equilibrio. Pero, dicho sea de paso, si ninguno de ellos hubiese estado enfrascado en aquella inútil discusión, al menos alguien pudiese haber atrapado a la señora Tamae antes que azotara el piso y se doblara el pie con su propio peso. La culpa caló hondo en ellos.
Tardíamente hicieron tregua, él llevó a la vieja Tame sobre su espalda –en dirección donde Tofú- y Ryoga y Mousse se repartieron las pocas y ligeras bolsas de despensa que la anciana había comprado. Para el infortunio de los tres, antes de llegar al consultorio, sus esposas se materializaron de la nada al doblar la esquina. La tensión fue instantánea; mudos y nerviosos, sudando como nunca en sus vidas por el peso de sus conciencias, aquel encuentro estaba destinado a la fatalidad. Para cuando logró calmar sus ansias y formular un discurso ecuánime que exponerle a su esposa, Mousse y Ryoga rompieron en lloriqueos echándole la culpa a él. ¡A él!, ¡como si los dos idiotas en verdad hubiesen prestado atención a lo que pasó! Mínimo fue suya la idea de acudir a Tofú. ¿Y en qué ayudaron ellos?, ¿eh? ¡Absolutamente en nada!
Sin embargo, para su regocijo y discrepancia, el regaño fue equitativo para los tres. No sin antes asegurar a la señora Tamae con Tofú, y pagar todos los gastos médicos y prometer hacer lo mismo con los subsecuentes. Pero después, cuando llegaron a casa, bueno... aún seguían pagando penitencia.
—Ni se les ocurra empezar otra pelea, o estaremos parados aquí una semana —advirtió Mousse, al tiempo que acomodaba sus piernas para equilibrar el peso de los costales.
El súbito silencio dio fe y legalidad de que, por lo menos, en eso estaban de acuerdo los tres.
—Las hicimos enojar bastante esta vez, ¿verdad? —evidenció Ryoga.
— ¿Y apenas te das cuenta? —inquirió desdeñoso el pelinegro—. En verdad que tienes la inteligencia de un cerdo, Ryoga.
—Para tu información, está comprobando científicamente que los cerdos son más listos que los patos, Mousse. Y eso automáticamente te hace más teto que yo—finiquitó vanagloriado de su contraataque. Aunque, pensándolo mejor, igual terminó insultándose a sí mismo.
—Mira tú, maldito puerco...
— ¡Basta! —Fue el turno de Ranma para intervenir, antes que sus esposas decidieran que se veían lo suficientemente enérgicos como para levantar juntos un tractor—. Ni piensen en moverse un milímetro de sus posiciones o nos agregarán más costales a esta maldita tortura.
Ryoga y Mousse refunfuñaron a la par.
— ¿Y por qué tenemos que estar desnudos de la cintura para arriba de todos modos? —preguntó el castaño un tanto extrañado por el detalle. Con el sol en su punto más alto, comenzaría a "cocinarse" en poco tiempo.
— ¿No es obvio?, así nos deshidrataremos más rápido —dedujo Ranma—. Estoy seguro que nos quieren confusos y desorientados para encerrarnos en un calabozo o algo parecido.
—Yo creo que sólo desean atascarse un "taco de ojo" —manifestó Mousse, regodeándose ante esa posible verdad.
— ¡¿En verdad crees eso?! —cuestionó Ryoga, sorprendiéndose al punto de casi dejar caer los cuatro costales. La idea le hizo sentirse pudoroso más que resuelto a pavonearse ante su mujer bajo la especulación de más espectadoras.
—Fue idea de Shampoo, quizás esa verdad —concordó el ojiazul.
— ¡Oye!, ¿qué quieres decir con eso? —refunfuñó Mousse indignado.
—Que tu esposa siempre ha sido una descarada, Mousse. Eso es lo que quise decir. —Cuando se trataba de Shampoo, le era inevitable comportarse como un patán. Pese a todos los años transcurridos, Ranma siempre guardaría un tanto de desconfianza y rencor, hacia la amazona, por lo que le hizo a Akane después de que finalmente lograran casarse. Que ellas arreglaran sus diferencias no significaba que él tuviera que perdonarla. ¿La toleraba?, sí. ¿Respetaba su extraña amistad?, también. Pero, ¿otorgarle indulgencia? Jamás.
— ¡Eso fue todo!, ¡voy a...!
— ¡Tranquilícense, imbéciles! —bramó Ryoga con voz contenida— ¡Ranma!, ¡deja de insultar a las esposas de otros! ¡Mousse!, ¡sólo sopórtalo! ¡Nuestra vida está en juego aquí! —presionó histérico.
— ¡Maldición!, ¡ya no puedo más! Al diablo todo, me arrodillaré y le pediré clemencia a mi amada Shampoo. ¡Y luego patearé tu trasero!
—Se escucha razonable para mí.
— ¡No se atrevan a moverse! —ordenó Ranma al ver, por el rabillo del ojo, que Mousse se disponía a arrojar los costales—. Debemos resistir esto. Por nuestro orgullo y honor como peleadores. Somos maestros del arte, ¡por todos los cielos! Si flaqueamos en nuestra resolución, ¡estas mujeres pensarán que pueden controlarnos! —¡Ah!, qué bonito había sonado aquello. Fue inspirador, excelso... lástima que no creía en ninguna de esas palabras. Sencillamente trataba de prolongar el momento de quedarse a solas con Akane. Si fuese por él, que lo dejaran ahí parado durante toda la noche. Así tendría mayor oportunidad para fraguar un digno discurso que le permitiese atenuar la brutalidad de la paliza que, seguramente, Akane guardaba para él.
—Pero ya lo hacen, Ranma. Incluso desde antes de casarnos, y lo sabes.
—El cerdo tiene razón.
¡Maldita sea!, ¡no tenía argumentos contra eso!
—Hagan lo que quieran, señoritas. Yo enfrentaré esto como un hombre —Vaya, en qué hipócrita se había convertido. Casi podía jurar que era el que estaba más aterrado de los tres. ¡Oh!, pero no le daría le gusto a Akane de verlo temblar como una niñita, no todavía.
—Por favor, Ranma...
—Yo me quedaré a apoyar tu causa, sólo con una condición —interrumpió Mousse.
—No me interesa tu lástima, Mousse.
—Vamos, Saotome —insistió—. Si es nuestra fortuna sufrir por ahora, tratemos de divertirnos un poco cuando el castigo termine.
— ¿Cuántos años tienes, Mousse? ¿Doce?, tal vez... ¿diez? —ironizó Ryoga.
— ¿Cuánto crees que podamos resistir? —prosiguió el pelinegro sin prestarle atención a las intenciones de sus compañeros—. ¿Dos horas más?, ¿tres? O quizá, ¿toda la noche?
—Bueno eso depende de las chicas...
— ¡Cierra la boca, Ryoga! —exigió Mousse —¡Trato de llegar a un punto aquí!
— ¿El cuál es...? —presionó Ranma.
—El que se rinda primero tendrá que hacer todo lo que los otros dos le ordenen, por una semana —concluyó estratosféricamente orgulloso de su ocurrencia.
—Eso es absurdo, Mousse. Ya no somos adolescentes. Además, suena bastante riesgoso —se quejó Ryoga.
— ¿Tienes miedo, Hibiki? —preguntó ponzoñoso el patriarca Saotome.
— ¡¿En serio estás de acuerdo con él, Ranma?!
—Suena divertido —resolvió despreocupado. Y sonaba a más tiempo de vida y confabulación mientras el reto durase.
— ¡¿Divertido?! —chilló—. La parte de "todo lo que los otros dos ordenen", ¿no se escucha como una alarma para ti?
—Yo sólo escucho cobardía e incompetencia de tu boca, P-chan. —Ranma había aprendido con los años, y por propia naturaleza, que la mejor manera de incitar a un hombre precavido y metódico, como en el que Ryoga se convirtió, era devastando todas y cada una de sus honorables virtudes. Ya saben, antes de la caída viene el orgullo.
—Concuerdo con el travestido.
— ¡Corta con eso, Mousse! —regañó Ranma.
— ¡Te estoy apoyando en esto, Saotome! Sobre todo, en la parte donde dices que Ryoga es un eunuco.
— Pero yo nunca dije que...
— ¡Bien!, ¡bien! ¡Suficiente!
Afortunadamente, con Ryoga no se necesitaba picar mucho.
— ¡Le entro!, pero debemos poner reglas.
—Sí, sí, como sea... —murmuró Mousse sin interés.
—Como, por ejemplo, NO intercambiar esposas —sugirió un resuelto Hibiki.
— ¡Agh!, ¡qué asco! —Las arcadas que soltó Mousse no fueron anda agradables de escuchar.
— ¡Por todos los dioses, Ryoga!, ¿en qué estás pensando? —se quejó Ranma.
— ¡¿Cómo crees que yo podría disfrutar de otro cuerpo que no fuese el de mi exuberante Shampoo?! —escandalizó Mousse. Si tan sólo pudiera moverse, ya le había arrancado la lengua a Hibiki.
— ¡Eres un depravado, Ryoga!
— ¡Es sólo por precaución! —defendió el castaño.
— ¿Sí?, ¡pues no es necesario! —dictaminó el pelinegro.
— ¡Oh, maldita sea! Pasemos a la otra regla —suplicó el ojiazul, tragándose forzadamente sus jugos estomacales. El simple hecho de imaginar a Akane besándose con cualquier otro tipo le provocaba vomitar todos los intestinos y unas incontrolables ansias asesinas. ¿De dónde rayos sacó Ryoga aquel insano pensamiento? ¡Qué cerdo!
— ¿Cuál otra? —curioseo Ryoga.
— ¿Por qué me preguntas a mí?, ¡eres tú quien empezó con esto de poner reglas!
— ¡Bueno, pues ya no se me ocurre otra! —admitió.
— ¡Ya!, ¡como sea! —Mousse se escuchaba fastidiado—. Tenemos tiempo para pensar en otras. Entonces... ¿es un trato? El que caiga primero será esclavo de los otros por una semana.
— ¡Hecho! —acordó Ranma.
— ¡Trato! —convino Ryoga.
Y así, los tres mejores peleadores del Japón, centraron todas sus habilidades en forzar su resistencia hasta límites insospechados. Ninguno estaba dispuesto a quedarse con el título de perdedor. Aquello era un reto titánico y sólo los mejores quedarían en pie.
— ¿Oigan? —demandó Ryoga con voz alarmada—. ¿Y si las chicas nos quitan el castigo antes que alguien se rinda?, ¿quién ganaría entonces?
— ¡Oh!, ¡joder! —chilló Ranma.
— ¡Mierda!, no había pensado en eso —reconoció Mousse.
A fin de cuentas, lo único seguro es que sus cuerpos y espíritus estaban subyugados a voluntad de sus esposas.
¡Carajo!
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Cuando llegó a casa, Anko Saotome no se sorprendió en absoluto al encontrar a su padre y sus tíos, Ryoga y Mousse, cargando pesados costales de, Dios sabe qué cosa, sobre sus cabezas. Y a juzgar por cómo sus esposas parecían vigilarlos, seguramente se trataba de algún tipo de reprimenda a causa de alguna estupidez que debieron haber cometido. Sí, le parecía lo más obvio.
Al menos ahora conocía otra de las cosas en las que los adultos gastaban su tiempo mientras los adolescentes sufrían en la escuela. Que las clases finalizaran mucho antes ese día le concedió una retribución bastante divertida de observar. Y hablando de terminaciones tempranas...
— ¡Rayos!, ¿es que todos se olvidaron de la junta de padres? —cuestionó para sí.
Por eso salió temprano del colegio en primer lugar. ¡Y mírenlos!, jugando a criminales y verdugos. ¿No se supone que eran adultos responsables? ¡Argh!
¡Esto era el colmo!
N/A: Ciertamente esto no se desarrollo ni terminó como lo había planeado, mas igualmente me divertí a lo lindo. Ryoga resultó muy ocurrente, ¿no les parece?
Confieso que la "continuidad" de las historias se está alargando más de lo que imaginé, ¡todo se complica y profundiza! ¡Rayos!, yo y mi obsesiva afición por el drama. ¡Alguien sacudame las ideas por favor!
Agradecimientos especiales a:
Ranma84: ¡Muchas gracias por estar al pendiente de cada actualización!. Siempre me he imaginado que la debilidad más grande de Ranma es precisamente lo que le impulsa a ser más fuerte cada día. Su lugar de paz... su familia.
Astron: ¡Qué alegría leerte de nuevo! Es una alivio que te haya gustado el capítulo. A veces creo que me dejo llevar demasiado por la cursilería, y me provoca pendiente sonar excesivamente empalagosa.
Aimi Tendo: Gracias por pasarte a este pequeño espacio, me alegra que un Ranma "amo de casa" no te resulte tan descabellado.
SARITANIMELOVE: Y apuesto que Ranma tampoco olvida lo afortunado que es, ni un segundo.
Carol FVargas: Creo que, muy en el fondo, a Ranma siempre le resultará difícil sentirse merecedor de la familia tan amorosa que ha formado con Akane. No lo sé, de esas inseguridades que nunca se superan.
Diluanma: ¡Hola, linda! Antes que nada, me alegra mucho que te haya gustado el capítulo. Siempre es bueno tener noticias tuyas. Gracias por estar constantemente al tanto de las historias. Ojalá te sigan entreteniendo.
Kris de Andromeda: ¡Cristy!, ¡qué te puedo decir! Pensar en la familia Saotome me inunda el corazón de cosas melosas y dulces, y graciosas de tanto en tanto. ¡Quiero que estén siempre felices!, ¡se lo merecen! ¡Caray! Yo también siento que después de un rato cursi, el karma o el universo, necesita quedar balanceado con una pequeña riña entre los integrantes de esta familia. Atraer o generar problemas está en su naturaleza, son como un imán para ello. Es lindo saber que Anko te resulta agradable, a veces siento que es un poco desesperante, pero de igual manera le he tomado cariño. Es una chiquilla bastante entregada con sus padres, algo atolondrada y vengativa, sí, pero enamorada de su familia. Sobre lo del bebé, concuerdo que es triste. Sin embargo, como le comento a GabyCo, a veces los milagros pasan. Y quién sabe lo que pueda deparar el futuro. También aprovecho para agradecerte el haber comentado la historia de: "Y nosotros, ¿qué tenemos?", como no tiene continuación, lo hago en este espacio. Gracias por siempre estar ahí.
Lily Tendo89: Me gusta pensar que la pasión de Ranma por Akane nunca se enfriará, con celos incluidos por supuesto. Es decir, tanto sufrir para poder tenerla, que se me hace inconcebible que siquiera se permita descuidarla un rato.
azul- tendo: Es bueno saber que puedo transmitirte todas esas emociones. Gracias por permanecer en este espacio.
Revontuli Amin: ¡El fluff y los piojitos son vida! Se me llena el corazón de ternura el poder imaginar que después de todos los sinsabores que Ranma y Akane tuvieron que superar, la vida les permita disfrutar momentos melosos y pacíficos con la pequeña familia que lograron formar. Te agradezco por aquí el que hayas comentado el relato de: "Y nosotros, ¿qué tenemos?", como es un one-shot no quería perder la oportunidad de darte las gracias, apropiadamente, por siempre comentar cada relato que esta servidora te presenta. Espero seguir robándote una que otra sonrisa por mucho tiempo.
Haruri Saotome: ¡Querida, Haruri! En efecto, Ranma y Akane, perdieron un bebé. Y sí, es el mismo que se menciona en el capítulo ocho. Más adelante, y poco a poco, se desvelará toda la historia de esa parte de su pasado.
GabyCo: ¡Linda, Gaby! Me hiciste sonrojar con tu anterior comentario. Es inmensamente motivador que logren cautivarte estas fugaces historias. Me gusta pensar que Ranma y Akane, a pesar del pasar de los años, continúen mantenido una esencia juguetona casi inmadura en su matrimonio. Como si fueran mejores amigos antes que esposos, siempre saliendo de la rutina. Lo que mencionas sobre la incapacidad de Akane para poder embarazarse tras la pérdida de su segundo hijo es completamente verdad. Pero, uno nuca sabe, a veces los milagros existen. ¡Saludos!
Hadelqui: Es un deleite tenerte en este espacio. Gracias por comentar el capítulo anterior. Respecto al bebé perdido de Ranma y Akane, más adelante se ira revelando cómo y por qué sucedió, así también la delicada gestación de Anko. Llamo a Anko primogénita porque, a pesar del segundo embarazo infructífero, ella fue la primera en nacer. Y también lo utilicé para darle a los lectores una pista de la efímera existencia de un segundo hijo. ten por seguro que todos los temas sobre los que me comentas, te gustaría leer, sí llegarán a retomarse en capítulos más avanzados. No os preocupéis. Un gran saludo y espero leerte nuevamente.
Un agradecimiento también a todas las almas anónimas que se toman el tiempo de leer estas historias.
Buena vida.
ºPenBaguº
