Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.

-Padre e hija-

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— ¿Va a estar bien? —preguntó angustiada, por treintava vez, su primogénita.

—Por supuesto, cielo —reafirmó, por treintava vez, la progenitora Saotome.

Amabas féminas se encontraban en la cocina, Akane se disponía a vaciar el agua tibia de la palangana para abastecerse nuevamente de cubitos de hielo mientras Anko se limitaba a ir de aquí para allá, pisándole los talones, demasiado ansiosa y preocupada como para servir de ayuda. Hacia tiempo que no la veía tan desesperada y, a pesar del cansancio y el fastidio, a la peliazul se le encogió el corazón.

— ¿Segura? —inquirió dudosa, deteniendo su andar intranquilo para mirar a su madre con recelo en los ojos.

La peliazul suspiró implorando paciencia, tratando de ignorar el hecho de haber tenido aquella conversación, precisamente, treinta veces.
Desvió la atención del quehacer inmediato para encarar a su hija, plantada al lado suyo como perpetua alma en pena. La mirada ambarina se exhibía cristalina.

—Sí, cariño. —Sonrió conciliadora, siendo conmovida por las lágrimas contenidas de su hija.

La prueba irrefutable que Anko naufragaba en un profundo desequilibrio en sus emociones, era el hecho de no reaccionar como de costumbre ante el continuo llamado de apelativos cariñosos que lanzaba, de tanto en tanto, para tratar de regresarla a su estado de balance. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces la llamó linda, cariño o cielo; la pelinegra en lugar de explotar irracional, como su padre, se limitaba a seguir vagando en sus escabrosas imaginaciones y exponenciales preocupaciones, sin percatarse absolutamente de nada, para después regresar al trote con las mismas preguntas. Una y otra vez, como si no existiese consuelo para ella. Sin embargo, Akane entendía. Comprendía a la perfección ese gran amor que aquel travieso ser indomable profesaba hacia su padre, pues de igual manera, él se rendía ante ella. Eran una misma alma, y sí uno sufría, el dolor hacía eco en el otro. Tan compenetrados y sintonizados, tan inseparables. Padre e hija.

Ranma había pescado un resfriado, de los mil demonios, la noche anterior. Al principio figuraba ser algo de tan poca relevancia que sencillamente se resolvería con administrarse una buena dosis de ese remedio chino, en forma de perlas oscuras de sabor amargo, al que su marido era tan devoto. Ranma fue a lo suyo y se tragó aquello, sin mayor desvelo que esperar a que los efectos trabajasen. Ella tampoco se preocupó, pese al horrible sabor, aquella medicina tradicional china era bastante efectiva, sin embargo, la ya no tan grave dolencia transmutó en algo aparentemente más severo.

Durante la madrugada, la temperatura de Ranma subió de manera súbita. Akane sólo se percató de ello cuando su esposo la despertó con un grito bastante angustioso provocado por los delirios, el hombre balbucea incoherencias mientras se agitaba con brusquedad entre las sábanas; la peliazul lo sostuvo por los hombros en un intento de calmarlo y descubrió que ardía como el infierno. Antes de poder hacer nada, como tomarle adecuadamente la temperatura a su esposo, Anko entró al cuarto marital con la fuerza de un vendaval, pálida cual marfil y asustada como un ratón, evaluó el recinto y al comprender la situación de su padre se abalanzó sobre él para tratar de sosegarlo y despertarlo. Pero la fiebre era demasiado alta.

—Pa-papá luce bastante mal —habló ansiosa, estrujándose el pijama.

—Es sólo un resfriado, Anko —mencionó estoica. Alguien debía guardar la cordura.

— ¡Estaba delirando, mamá! —gritó—, la fiebre no cedía. Y cuando soñaba, parecía que sufría mucho. —La voz de Anko se ahogó unos instantes tras inhalaciones erráticas, su cara estaba roja y el llanto amenazaba con desbordarse en la próxima réplica.

Era la primera ocasión que Anko experimentaba ese lado tan vulnerable y atormentado de su padre. La niña estaba acostumbrada a ver la careta más cínica, despreocupada y fuerte del ojiazul, y encontrarlo en tal estado seguro fue un golpe de realidad bastante duro de asimilar. Ranma era una hombre después de todo. Por muy todo poderoso que se empecinara en lucir frente a su hija.

Por otro lado, Akane supuso que la fiebre potenció el furor de los horribles sueños que martirizaban a su esposo en ocasiones. Y la ocasión fue precisamente esa noche de irregular inestabilidad en la salud de Ranma. Quizá por eso aquel episodio fue más brusco de lo "normal", llegando el bramido de su lamento hasta los abstraídos oídos de su hija, quién dormida en la habitación que antes perteneciera a ella.

Hubiese preferido que Anko no presenciara aquello. No todavía.

—Tu tío Ono ya viene en camino. —La única persona a la que su esposo y obstinada hija confiarían su salud e integridad ciegamente era Tofú, y como Akane lo sabía mejor que nadie no perdió oportunidad de contactarse con el hombre para pedirle que los visitase lo antes posible—. No te preocupes, por lo pronto no podemos hacer más que mantener la temperatura a raya y esperar. ¿Entiendes, linda?

—Pe… pero... Él no..., ¡no tiene permiso para enfermarse! ¡No! ¡¿A qué espera para curarse?! —exclamó inundada de histeria, con las lágrimas fluyendo como salvajes ríos rápidos por sus mejillas. La orgullosa heredera de la escuela Saotome–Tendo partía en llanto mudo, sin hipos o quejidos, y sin la conciencia del dolor líquido expuesto a los espectadores. Lucía tan rota.

—Anko, cariño, mírame. —Sobrecogida por las emociones de Anko, Akane se arrodilló ante ella y tomó el húmedo rostro entre sus manos, obligándola a que le prestase atención—. ¿Sabes quién es tu padre, verdad? —inquirió conocedora de la fortaleza de su marido, a pesar de la enfermedad y por sobre sus propios demonios.

— ¿Q-qué… qué quieres… decir…? —preguntó sorbiendo por la nariz.

—Es Ranma Saotome, campeón invicto de Japón. Si el infiero abriera sus puertas, tu padre vagaría dentro sólo para provocar problemas por mera diversión. —Finalizó absolutamente segura que, sí aquellas insólitas circunstancias fuesen posibles, sin duda Ranma actuaría tal y como profesaba.

Tras aquellas palabras, los ojos de su hija se convirtieron en perfectos círculos, en ellos se vislumbraba el asombro, la esperanza y el consuelo de una verdad olvidada; la errática respiración se contuvo breves segundos para después mostrarse acompasada, aunque no por eso más lenta. Sin embargo, la lengua de Anko pareció perder su funcionalidad.

— ¿Me escuchaste? —preguntó severa, sacando a la pelinegra de su sopor.

Anko parpadeó repetidamente.

—S-sí —respondió insegura.

— ¿Me crees?

Tras la pregunta, Akane y su hija quedaron sumergidas nuevamente en el silencio, con tan solo el diálogo mutuo de sus miradas, y la fiereza de los ojos avellana transmitieron a los ambarinos luceros, sin ninguna duda, la promesa de una culminación favorecedora.

La pelinegra cuadró los hombros y tomó las finas manos de su madre entre las suyas, tras un ligero apretón contestó resoluta:

—Sí.

Akane sonrió orgullosa.

—Entonces, anda y adelántate. —La peliazul se irguió y entregó a su hija la palangana abastecida, colocándole sobre el hombro la toalla húmeda para envolver los hielos—. Mantén a tu padre fresco. Te alcanzó en un instante, prepararé algo de suero.

— ¡De acuerdo! —Con mejores ánimos y renovada resolución, Anko desapareció al traspasar el umbral de la cocina.

Akane se dio un instante para contemplar el lugar vació que dejó su hija tras la apresurada carrera, le fue imposible contener una sonrisa. Aquella situación le trajo recuerdos. Recuerdos tan similares a los acontecimientos presentes que, en medio de tal precariedad, logró hallarle la gracia.

Fue hace bastantes años atrás, cuando Anko apenas tenía tres años, en la primera ocasión que la chiquilla cogió fiebre. Ese día, su primogénita amaneció con su temperatura corporal rayando en los cuarenta grados centígrados; precisamente fueron despertados por un llanto desgarrador que les congeló el alma. Cuando llegaron a auxiliarla, descubrieron que ardía en fiebre. Tofú les diagnosticó que Anko había pescado un resfriado. Las posibles causas que detonaran aquella afección presumían cualquier origen, sin embargo, Ranma recién salía de un persistente catarro. Y entonces, como era de imaginarse, su marido terminó culpándose a sí mismo de la delicada condición de la niña.

Cual león enjaulado se paseaba por el pasillo frente a la habitación de su hija, tragándose las ganas de entrar a mimarla y acurrucarla entre sus brazos para consolar su llanto. Cada vez que Akane salía de la habitación de la pequeña para cualquier necesidad, Ranma le preguntaba:

¿Va a estar bien? —Con voz angustiosa y desesperada, deteniendo su andar intranquilo para mirarla con recelo en los ojos.

Y ella respondía.

Por supuesto, cielo —Tan calmada y serena como le permitía la sensatez.

No es que fuera una madre despreocupada, pero alguien de los dos debía permanecer enfocado en las atenciones de la niña. Estando Ranma tan perturbado, que ni siquiera se escandalizaba por los motes cariñosos con los que llevaba todo el día llamándolo, sólo quedaba ella.

¿Segura? —inquiría dudoso.

La peliazul suspiraba implorando paciencia, tratando de ignorar el hecho de haber tenido aquella conversación mínimo una centena de veces.

Sí, cariño. —Sonreía conciliadora.

An-Anko luce bastante mal —comentaba vacilante.

Es sólo un resfriado, Ranma —contestaba impermutable.

¡Está ardiendo, Akane! —gritaba—. ¡La fiebre no cede y no para de llorar! ¡Y tú pareces bastante desentendida de todo el asunto! —recriminaba más por angustia que por desear acusarla. Bien sabía que no era su esposo el que le hostigaba, sino la culpa que sentía hacia él mismo.

Con la mayor reserva de templanza que jamás creyó poseer, Akane se tragaba sus reprimendas, concentrando sus esfuerzos en mantener cuerdos los sesos de su marido.

Ranma, cariño, mírame. —Sobrecogida por las emociones del hombre, Akane se plantó ante él y tomó el compungido rostro entre sus manos, obligándolo a que le prestase atención—. ¿Sabes quién es tu hija, verdad? —inquirió conocedora de la fortaleza de la pequeña.

¿A… a qué te refieres…? —preguntó con voz en hilo.

Es Anko Saotome, victoriosa sobreviviente de un nacimiento prematuro de veintiún semanas. Si el ángel de la muerte viniera a reclamarla ahora, esa chiquilla le patearía el trasero del puro berrinche. —Finiquitó resoluta, fiel creyente de la férrea voluntad de su hija para vivir. Incluso Shampoo se lo dijo una vez, esa chiquilla entró luchando a este mundo, y luchando es como saldría. Y desde que la niña fue dada de alta de los cuidados intensivos, Akane se había aferrado a esas premonitorias palabras con toda la fuerza de su ser. Después de haber superado tantas cosas para llegar a la tierna edad que tenía, un simple resfriado no mermaría a su hija. Además, confiaba en las indicaciones de Tofú para su cuidado y medicación.

Tras escucharla, los ojos de su Ranma reflejaron la esperanza y el consuelo impregnados en aquella verdad. La niña había librado peores condiciones.

¿Me escuchaste? —preguntó severa, sacando al azabache de su sopor.

El ojiazul parpadeó repetidamente.

S-sí —respondió inseguro.

¿Me crees?

Algo en su marido pareció haber hecho clic y todo su lenguaje corporal mutó en bríos de orgullo.

—contestó rotundo.

Akane sonrió satisfecha.

Entonces entra. —La peliazul tomó a su esposo de la mano—. Ven y consuela a tu hija antes que te vuelvas loco y hagas un hoyo en el piso. Tofú dijo que estaría bien si te cubres la boca.

Sin darle oportunidad de objeciones, Akane arrastró a Ranma al interior de su antigua habitación. Después de eso, lo difícil fue sacarlo de ahí.

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Para cuando Akane dejó de lado las remembranzas y alcanzó la habitación marital, el sonido de unos murmullos le hizo saber que su marido había recuperado la consciencia. Con sigilo, mirujeó desde la rejilla de la puerta entre cerrada.

— ¿Cómo te sientes? —cuestionó la pelinegra con timbre alarmado y el rostro constreñido de preocupación.

Pese a la somnolencia y la evidente dificultad de enfocar bien su rango de visión, Ranma se las arregló para sonreír con arrogancia y emitir un gruñido de burla.

—Sí que estas arrasando, mocosa. Mírate nomás, qué puchero tan conmovedor. Ahora sí me estoy convenciendo que engendré a una niña —comentó zumbón y la voz enronquecida, haciendo un esfuerzo descomunal para levantar el brazo y palmear la cabeza de su hija.

Anko, en respuesta, sólo atinó a soltar lágrimas de alivio; tras unos segundos dijo:

— ¡Viejo tonto! —Sin medir la fuerza del impacto, Anko se arrojó al pecho de su padre y lo abrazó con posesión—. ¡No tienes permiso de volver a enfermarte! ¡No tienes! —ordenaba entre hipos.

Recuperado del choque repentino, Ranma respondió de igual manera al abrazo de su hija.

—Eres más exagerada que tu madre —mencionó conmovido.

— ¡Cállate! —Sorbió por la nariz, acurrucándose en el torso de su padre como si jamás quisiera despegarse de ahí—. Cállate…

A punto de soltar en llanto también, al ver tan idílica y enternecedora escena entre esos dos locos, Akane prefirió regalarles unos minutos más de privacidad. Entendía que Anko necesitaba calmar sus nervios, y asimilar la careta vulnerable de su padre, además, Ranma lucía bastante complacido de tener a su hija tan cariñosa con él. Quizá hasta estuviera ya reuniendo material para atosigarla y echarle en cara ese mimoso lado suyo, en su imperecedera manía de molestarla. Pero, en honor a la verdad, Anko también parecía disfrutar aquello.

Esos dos eran tal para cual.

Satisfecha por la resolución de los acontecimientos, Akane bajó a preparar el desayuno.

Aquellos tontos necesitaban un momento a solas. Un momento entre padre e hija.


N/A: Es el mes del padre y estoy inspirada. En en la siguiente historia contestaré apropiadamente sus comentarios, ando de carrera. Gracias por sus reviews. Los atesoro como no tienen una idea.

Un agradecimiento también a todas las almas anónimas que se toman el tiempo de leer estas historias.

Buena vida.

ºPenBaguº