Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.
-Involución-
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—¡¿Cómo que perdiste a mamá?! —gritó Anko desesperada.
—¡Yo no la perdí!, ¡ella se escapó! —rectificó su padre braceando con exageración.
—¡Tú eres el adulto!, ¡tú la perdiste! —acusó apuntándole con un dedo inquisidor.
—¡Le quité los ojos un maldito segundo, y ella ya no estaba donde la dejé! —defendió.
—¡Entonces la perdiste! —chilló al borde de la locura, arañándose el rostro.
—¡Ella se escapó! —persistió el azabache con su, nada responsable, argumento.
—¡¿Y por qué carajos la descuidaste?!
—¡Le estaba comprando su maldito helado!
—¿Un helado? —inquirió brevemente anonadada, para después explotar en cólera renovada—. ¡¿Qué mierdas hacías comprándole un helado?!, ¡se supone que ibas a donde la abuela Cologne para ver si podía curar a mamá! —ladró Anko zarandeado a su padre por las solapas.
—¡No podía negarme a esa carita! —protestó Ranma al tiempo que se zafaba de los maltratos de su cría.
—¡Eres un idiota, papá! —escupió fuera de sí.
No hacía más de una hora que toda aquella situación demencial había iniciado y su madre ya estaba perdida. ¡Joder!
—Debemos ir a buscarla. —Obvió el ojiazul.
—¡Oh!, ¿tú crees? —respondió Anko con ponzoñosa ironía.
—Mira, mocosa… —murmuró rechinando los dientes—. ¡Aún me debes respeto! —exigió cabreado.
—¡Perdiste a mamá! —recalcó el hecho como respuesta del poco respeto que sentía hacia él, en ese momento, por cometer semejante descuido con una infante.
Y es que, en efecto, su madre se había transformado en una pequeña niña. Así, sin más, frente a sus ojos, a la hora de la comida. Mientras los tres disfrutaban de las viandas, una espontánea nube de humo envolvió el cuerpo de su madre y al sonido de un ¡POOF!, la mujer había desaparecido de su campo visual. Una vez que ella y su padre salieron de su sopor, tras presenciar tan extraño acontecimiento, ambos se precipitaron hacia el lugar que recién ocupara su madre, topándose con el inverosímil suceso de observar a una diminuta criatura de aproximadamente cuatro o cinco años de edad.
A Anko se le fue el corazón a los pies, y juzgando la palidez que su padre presumía en esos momentos, él tampoco estaba en mejores condiciones.
Por si fuera poco, el cambio no fue sólo físico, como la deducción más somera de aquella situación extraordinaria te hubiese llevado a conjeturar.
No.
Su madre era un infante en toda la extensión de la palabra.
¡Infiernos!
Hubo un silencio sepulcral mientras los dos pares de ojos perturbados contemplaban a los inocentes y enormes orbes de color avellana que los miraba, a su vez, con extrañeza y recelo. Y fue el llanto pueril y estridente que los regresó nuevamente a la improbable y crítica realidad.
Akane había rejuvenecido treinta años.
¡Mierdas!
¿Qué se supone debían hacer ahora?, ¿por qué había sucedido aquello? Y el aspecto más importante… ¿el cambio era permanente?
¡Maldición!, ¡maldición!, ¡maldición!
Les tomó un tiempo considerable calmar los ánimos de la niña Akane y ganarse su entera confianza pues, obviamente, los desconocía. En cambio, exigía a gritos las atenciones de su madre. Y aunque cabe aclarar que disponer de la ayuda de la abuela Naoko era prácticamente imposible, mas dadas las circunstancias Anko fácilmente empezaba a creer en la resurrección, tanto ella como su padre engatusaron a su madre con falsas promesas de un encuentro próximo con la progenitora de la niña; alegando que la llevarían con ella y, de paso, le regalarían todos los dulces y juguetes que quisiera. Empezando, por qué no, con prodigarla de las recién horneadas galletas que su padre había dejado preparadas para la merienda.
Después de eso, ni siquiera tuvieron la oportunidad de entrar en pánico y lamentarse rigurosamente por lo sucedido, sino que, una vez la pequeña se sintió segura en su presencia, atinaron en buscar inmediatamente un diagnóstico y opinión más objetiva, más profesional… mínimamente de alguien que tuviese mayor experiencia de vida y no estuviera al borde del colapso nervioso. Así entonces, y en ausencia del abuelo Happosai, ella y su padre decidieron apostar por dos confiables veredictos: el del tío Ono y la vieja Cologne quien, afortunadamente, había regresado a Japón por tiempo indefinido.
El plan que fraguaron no era para nada elaborado, es más, aquello ni siquiera podría catalogarse como un plan en su estricto significado, pero fue lo mejor que se les ocurrió dado el jodido susto y preocupación que toda la embrollada situación les provocaba.
Anko iría a por Tofú para pedir su apoyo médico y científico mientras que Ranma buscaría a la vieja momia para contar con su visión mística y esotérica de todo aquello. Así esperaban obtener un diagnóstico compaginado antes de tener que alarmar a toda la familia, ellos de por sí ya se encontraban traumatizados.
Sin embargo, cuando ella regresaba a casa para informar que el tío Ono llegaría en un lapso de una a dos horas, ya que estaba en una consulta domiciliaria, se encontró a su padre en medio camino preguntando desesperadamente por el paradero de su madre. Al parecer, el hombre decidió desviarse un poco del objetivo y ahora la niña se encontraba desaparecida. ¡Pero qué descuidado!
—¡Ya te dije que se escapó! —objetó con suficiencia—. Además, ¡¿cómo iba yo a saber que tu madre era del tipo de mocosa escurridiza?!
—¡¿Y eso qué importa?! ¡El adulto aquí eres tú!, ¡se supone que ya tienes experiencia cuidando niños!
—Bueno… —contestó el ojiazul entrelazando sus manos tras la nuca—, no es como si no te hubiese perdido una o dos veces —murmuró desviando la atención hacia su flanco derecho.
—¿Me perdiste? —cuestionó la pelinegra poco más que perpleja. Aquellos eran sucesos que desconocía, y ciertamente no era algo que se hubiese imaginado escuchar de su receloso y atosigante padre.
—¡Oye, eras bastante escurridiza e hiperactiva! —defendió poniendo los brazos en jarra.
—¡Me perdiste! —chilló en la octava.
—¡Oh, vamos! ¡Ya supéralo! ¿A caso crees que tu madre no me dio mi merecido? ¡Creí que moriría!
—¡Pero qué maldi…!
—¡Mírala, allá está! ¡Akane! —interrumpió Ranma señalando algún punto tras ella e iniciando de inmediato la persecución—. ¡Akane, vuele acá!
Anko giró sobre sus talones logrando visualizar a su infantil madre doblar la esquina mientras perseguía una enorme pelota roja.
—Maldición, mamá —susurró Anko para sí, infinitamente aliviada por observar a su madre sana y salva. Al menos nadie la había secuestrado o algo por el estilo, ni había sufrido accidente alguno mientras vagaba por el barrio.
Antes de que su padre pudiese llegar a la saliente izquierda de la calle, el hombre se vio empapado por la descuidada acción de una anciana que justamente aseaba la vía.
—¡Oiga!, pero ¡¿qué le pasa?! —La forma femenina del azabache se hizo presente y de inmediato le buscó bronca a la arrugada mujer.
Anko suspiró apesadumbrada.
—Este va a ser un largo día —se quejó masajeando su cuello.
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Muy cerca de ahí, justo arriba de una luminaria, Xiao Yin presenciaba la escena con una serie de sentimientos encontrados atormentado sus ansias.
No conciliaba el por qué su plan contra Anko fracasó tan estrepitosamente si se había asegurado de echar los polvos de involución en el platillo correcto antes de entregar las ordenes: Chow mein con gambas y setas, el favorito de su némesis. Quizás, en algún momento durante la comida, la tía Akane y Anko debieron cambiarse los platillos.
¡Maldición!
No contó con aquella inusual y poco probable decisión.
Lo único que deseaba era convertir a la estúpida "tabla" en una infante para poder nalguearla y extinguirle su arrogante careta de presunción.
Nuevamente había perdido la oportunidad de besar a Ryuji por culpa de esa desgarbada. ¡Y la muy presumida no paraba de restregárselo en todo momento!
¡Argh! ¡Idiota!
Y aunque ciertamente lamentaba que la tía Akane se hubiese involucrado en el asunto, lo que más temía era el regaño y la reprimenda de su madre y la abuela Cologne cuando descubrieran el origen de aquel embrujo.
—Creo que esta es una buena oportunidad para entrenar en las montañas —habló la heredera amazona para sí misma, poco dispuesta a enfrentar las consecuencias de su travesura. Además, por fortuna, aquella transformación sólo duraba doce horas.
O eso creía.
N/A: Adorados lectores, espero se encuentren bien a pesar de esta crísis que se vive en la mayor parte del mundo, les suplico me hagan saber en los comentarios de su paradero. Sé que pedirles esto no resolverá absolutamente nada, pero les servirá a ustedes para desahogarse (o eso espero) y a mí para calmar la preocupación. Sinceramente ruego porque se encuentren lo mejor posible dadas las circunstancias.
Sigan atentamente las indicaciones de higiene y no se desanímen. Siento que es un poco frívolo de mi parte apelar al buen ánimo, ya que sólo ustedes conocen la verdadera situación que ocurre dentro de sus países, muy aparte de que lo acontecido ciertamente generará importantes repercuciónes en la economía familiar y mundial que -a fin de cuentas- siempre golpea a nuestros bolsillos, pero también es necesario ser más fuertes que nunca. Por nuestra propia salud, la de nuestros familiares y la del futuro incierto que nos espera después de esta crisis. Sé que muchos de ustedes tiene pequeños en casa, y el temor y preocupación por ellos es mucho mayor que por la propia salud, ni siquiera puedo llegar a entender completamente su angustia pues no soy madre. Aún así, deseo ferviemtemente que sus pequeños se encuentren seguros y resguardados, de igual manera sus adultos mayores. No los olvidemos.
Y si estan leyendo esta pequeña historia, espero les haya hecho reír un poco.
Cuídense mucho.
ºPenBaguº
