Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.

-Neko VS Inu-

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—¡Tía Akane!, ¡tenemos código rojo! —gritó histérico el heredero de los Hibiki, azotando la puerta de entrada con fuerza desmedida.

La progenitora Saotome tardó sólo unos segundos en comprender el motivo de su alarma, y sin mayor dilación dejó el quehacer cotidiano para salir de la cocina cual alma atormentada. Sin hacer pregunta alguna siguió a Ryuji en la carrera.

Debían apresurarse o todo acabaría jodidamente mal.

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—¡¿Cómo demonios terminó sucediendo esto?! —cuestionó desconcertada mientras corría junto a Ryuji entre las calles del barrio.

—¡No tengo idea!, cuando los encontré ya estaban cazándose el uno al otro.

—¡Maldita sea! A estas alturas, que esos dos se enfrenten en ese estado puede ser muy peligrosos.

—Yo traté de detenerla, pero cuando el tío Ranma intentó atacarme, ella se volvió más salvaje.

—No te culpes, cariño. Es así como funciona, cuando se empecinan en su presa difícilmente se controlan. Aunque he logrado domar a tu tío, en esta nueva situación no estoy tan segura si podré controlarlo. —Akane externó su preocupación sin tapujos. Si su memoria no le fallaba, en estos momentos su esposo se enfrentaba a un acérrimo enemigo, y él tampoco se quedaría atrás para salir victorioso del encuentro. ¡Maldición!

Que aquel hecho sucediese no era una improbabilidad, pero Akane jamás hubiese imaginado que en efecto ocurriría. Las circunstancias para que tal evento se produjese deberían ser excepcionales, rayando en lo ridículo, como si alguna fuerza mayor hubiese planeado todo macabramente. ¡¿Cómo carajos terminaron así?!

—¡Maldita sea!, ¡¿dónde se habrán metido?! —Con justa razón, Ryuji estaba extremadamente preocupado. Su voz parecía temblar de frustración contenida y la angustia dibujada en su rostro era casi dolorosa.

La peliazul no presumía un estado diferente al de su sobrino, ansiaba encontrarles antes que se matasen mutuamente.

—¡Allí están!, ¡entre los tejados! —Ryuji señaló hacia el oeste.

—¡Apresurémonos! Antes que esos locos terminen destruyendo el barrio entero.

—O hiriéndose de gravedad —masculló el castaño con aprensión.

—¡Andando! —ordenó cual grito de guerra, con la preocupación anudándose en su estómago y garganta.

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—¡Ranma! —Akane gritó con todo el aire que sus pulmones le permitían expulsar, esperando que su marido le prestase atención inmediata—. ¡Ranma, detente! —demandó dándole alcance.

Para alivio de la esposa de Saotome, el azabache detuvo su persecución en ipso facto, buscando su presencia en los alrededores.

—¡Ranma!, ¡aquí! —bramó desesperada.

Ranma la ubicó desde la altura sin mucho esfuerzo, y la expresión asesina de su rostro se dulcificó al momento de verla.

—¡Meawww!

—¡Buen chico, Ranma! Ven a mi. —La peliazul extendió los brazos como usual invitación para que su marido se acurrucase en ella.

No era un secreto para nadie que, cuando Ranma Saotome se encontraba en el transe del gato, la única persona a la que obedecía, y su favorita, era precisamente su esposa. Y aquella situación no fue la excepción. Akane sintió un gran alivio al comprobar que incluso en tal acontecimiento aún podía distraerle.

Olvidando la cacería, el azabache se lanzó desde el tejado en dirección de su mujer, pero el inesperado ataque del Inu-ken interrumpió sus intenciones.

—¡Anko, no! —exclamó Ryuji al borde de la locura.

Anko Saotome, heredera del Musabetsu Kakutō Ryū estilo Saotome, se lanzó hacia su padre alcanzando a morderle el costado izquierdo en pleno salto.

—¡Anko! —gritó Akane afligida. Su hija lucía bastante enfurecida con su padre. Aunque lamentablemente en ese estado ninguno se reconocía como tal, sencillamente eran dos animales enemistados.

Ranma forcejeó entre arañazos para librarse del feroz agarre, logrando que Anko lo soltara sólo tras realizar un giro brusco de su cuerpo para caer de en cuatro patas. La pelinegra gruñó al soltar la carne y de igual manera maniobró para amortiguar el aterrizaje.

El patriarca Saotome emitió un maullido gutural al tiempo que erizaba la espalda y Anko lanzó violentos ladridos manteniendo su cuerpo completamente rígido, dispuesta a atacar ante la más mínima perturbación. En un parpadeo, y sin darle tregua a los alterados nervios de sus espectadores, se lanzaron a la caza.

Los corazones de Akane y Ryuji se detuvieron por un segundo.

—¡No! ¡Ryuji, atrápala! —ordenó Akane mientras ella hacía lo propio para detener a su marido.

Haciendo gala de su agilidad en combate, Ryuji se arrojó para atrapar a Anko en el momento justo que dio un salto hacia su padre. La aferró por la cintura y saltó con ella en brazos hacia el tejado que anteriormente fuera acaparado por el azabache, sin embargo, la chica se oponía con ímpetu desmedido a ser alejada de su presa.

Por su parte, Akane alcanzó a entorpecer el ataque de Ranma tomándolo por el cuello para obligarlo a olfatear una pequeña bolsa de hierba gatuna que había tomado antes de salir de la cocina y seguir a Ryuji; lo jaló para que se sentase en su regazo mientras ella tomaba lugar en el suelo.

Aquella treta hizo inmediato efecto en su esposo, perdiendo rápidamente el interés en Anko y concentrándose únicamente en restregar su cara en el artilugio. Sin embargo, a sus espaldas, los ladridos de Anko permanecían incontrolables.

—¡Ryuji!, ¡llévatela de aquí! —exigió mirándolos de reojo—. ¡Sí la alejas de Ranma te será más fácil calmarla! ¡Y no olvides las golosinas!

—¡Entendido!

A pesar de los bruscos movimientos que ventilaba Anko en su afán por liberarse de su captor, el heredero Hibiki logró evitar que escapase de sus brazos y con pulida técnica inició la retirada, cargando a la pelinegra por los tejados.

Akane regresó la atención hacia su esposo quien seguía entretenido con el catnip. Suspiró sonoramente casi dejando los pulmones en ello y masajeó su entrecejo con cansancio.

—Ustedes dos van a acabar conmigo antes de que sea lo suficientemente vieja para morir —se quejó haciendo un mohín.

—¡Meww! —Ranma la miró con ojos soñadores y se restregó en sus piernas.

—¡Oh, cállate!

Habían tenido suerte de que Ryuji los encontrase antes de que todo se tornara más crítico. Akane no quería ni imaginar que hubiese pasado si Ranma y Anko se enfrentaban hasta el agotamiento o talvez hasta que uno de los dos quedase satisfecho de lastimar a su víctima. O, pero aún, hasta que ambos quedasen lo suficientemente heridos para salir del trance.

Para el infortunio de la familia, Ranma en estado Neko-ken, por alguna extraña razón, jamás fue dócil con su propia hija.

Akane pensó que sería algo natural el que Anko pudiese calmar a su padre cuando entrara en trance. También creía que su esposo detectaría su propio olor en la niña y todo sería pan comido en el caso que, por circunstancias del destino, Anko se encontrase con su padre en estado gatuno.

Sin embargo, cuando aquel suceso ocurrió por primera vez, resultó todo lo contrario: Ranma mostró aversión y agresividad contra su propia hija, y nadie entendió por qué.

Para colmo, Anko desarrolló un trastorno similar, durante lo que pintaba una tranquila mañana de juego en el parque.

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Ese día, Anko, Ryuji y Blanquinegro, uno de los últimos descendientes de Blanquinegra, salieron a pasar el rato en el parque como era costumbre en aquellos días feriados. Según lo que Ryuji contó, una vez que todo el jaleo finalizó, fue que cuatro perros se liberaron de su paseador para atacar a Blanquinegro, pero todo desencadenó cuando Anko se precipitó abruptamente hacia uno de ellos para acariciarlos, mas éste intentó morderle. Quizá la forma temeraria en que la heredera Saotome se acercó a él con intención de tocarlo significó una amenaza para el canino, aunque el paseador aseguró después que eran animales bastante dóciles y estaban acostumbrados a ser abordados por la gente, pero fueran las razones que fueran las que propiciaron tal inusitada actitud del animal, eso no evitó que Blanquinegro se lanzara a proteger a la niña de nueve años que tanto adoraba. Se posó frente a ella y ladró y gruñó amenazadoramente a los otros canes.

Aparentemente esa fue una declaración de guerra para toda la manada y el caos se desató. Con movimientos violentos y ladridos descontrolados los cuatro animales se liberaron del hombre que trabajosamente intentaba apartarlos, y en un santiamén se lanzaron contra Blanquinegro.

Por instinto, Ryuji tomó a Anko y trató de alejarla de la pelea, pero ella gritaba con dolorosa desesperación que debían salvarlo. Los gritos de la pelinegra se volvieron más desgarradores entre mayor distancia los separaba de Blanquinegro, y aunque le fue difícil controlar a una Anko desquiciada por lanzarse a rescatar a su mascota, logró mantenerla fuera de peligro… hasta que la transformación sucedió. Entre sus brazos, Anko empezó a gruñir como animal, cual canino específicamente y, presumiendo una fuerza mayor que la de Ryuji, se zafó de su agarré para correr hacia la lucha. Entonces la terrible escena se dividió en dos, por un lado, entre mordiscos y ladridos, Ryuji intentaba detener el avance de Anko hacia el resto de los perros, y por otro, Blanquinegro y el hombre desconocido lidiaban con cuatro canes enfurecidos.

En algún momento la pelea se transformó en una persecución entre las calles del barrio, con Anko y Blanquinegro dando alcance a los cuatro perros alborotadores mientras Ryuji y el hombre trataban de detenerlos a ellos.

Akane y Ranma se enteraron de la situación cuando uno de los vecinos reconoció a Anko corriendo en las calles a cuatro patas y les llamó inmediatamente bastante alarmado por lo suscitado. Para cuando ella y su marido dieron alcance a la torva de problemáticos, Ryoga y Akari justo entraban en acción. Akari junto con su fiel "cerdo sumo" Katsunishiki lograron contener a los cuatro perros y Ryoga aprisionaba a Blanquinegro para calmarle. Akane y Ranma se dirigieron entonces a apoyar a Ryuji quien trataba de tranquilizar a una Anko tan alterada como lo estaba su mascota, pero fueron repelidos por fuertes mordiscos y gruñidos por parte de la niña.

Para desconcierto y sorpresa de todos, Anko sólo permitía que Ryuji la tocase.

Fue gracias al paseador que el joven Hibiki por fin logró "apagar" el modo cazador de Anko, cuando éste le lanzó una golosina para perros a Ryuji, la pelinegra casi de inmediato se distrajo por el olor. Con extrema mansedumbre y gimoteos, Anko le pedía al castaño por el alimento.

Tómala y vayan dónde tu tío Ono, cariño —pidió Akane—. Los adultos nos encargaremos del resto.

Ryuji asintió en respuesta, se echó a Anko al hombro mientras la niña estaba distraída comiendo la golosina, y si titubeos se encaminó al objetivo. Akane se sintió agradecía por la valentía y resolución del muchacho.

Al llegar al consultorio de Tofú, y habiendo dejado a Blanquinegro donde el veterinario, encontraron a Ryuji postrado en el suelo, con Anko pacíficamente dormida en su regazo, mientras el pobre lloraba en silencio. También había sido una situación extremadamente difícil para él. Akari y ella se dirigieron a su lado para consolarle, tomando la precaución de no despertar a Anko. Ranma y Ryoga pidieron a Tofú las novedades, pero resultó que Anko impidió que él se acercase a ninguno de los dos. Fue sólo cuando Anko se quedó profundamente dormida que Tofú pudo curar las heridas visibles del heredero Hibiki. Pero tendría que esperar a que Anko saliera del trance para poder examinarla y atenderla con asertividad sin que la situación se tornase peligrosa y todos acabasen mordidos, con una Anko lo suficientemente alterada como para resistirse a salir del aquel estado.

Cuando Ryuji terminó de relatar lo sucedido, y con Anko aún sobre sus piernas, hizo una pregunta respecto a lo que nunca nadie se imaginó pudiese suceder.

Tía Akane, ¿qué pasaría si algún día Anko se enfrentase al tío Ranma mientras ambos están en trance?

Todos los presentes quedaron pasmados ante tal planteamiento. Las circunstancias para que aquello se diese tendrían que ser tan precisas como si fuesen preparadas adrede. Sin embargo, aunque la idea parecía absurda e improbable a pesar de lo sucedido hasta el momento, Akane prefirió no ignorar la posibilidad.

Entonces tendremos un código rojo, Ryuji. Y deberemos estar preparados.

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Akane casi se olvidó de aquella posibilidad, y ciertamente la tomó desprevenida; lo que había hecho para librar ese momento fue pura improvisación y buena fortuna brindada por alguna deidad benevolente. Sin dejar de lado, por supuesto, lo conveniente que era que Ryuji tuviese cierta influencia sobre Anko cuando ella estaba en ese estado tan caótico.

Como su hija jamás volvió a internarse en ese trance incluso cuando se veía rodeada de perros, todos demeritaron rápidamente del asunto. Quedó como una anécdota curiosa para rememorar. Aunque el tío Genma se jactaba que Anko había desarrollado una nueva técnica de ataque, bien avenida para el estilo Saotome. Tofú, por otro lado, informó que las circunstancias para que Anko lograse entrar nuevamente en ese trance deberían ser muy específicas, ya que ella no mostró temor alguno, después de lo ocurrido, hacia ningún perro o cualquier otro animal; pronosticó que deberían ser situaciones donde ella se sintiese en verdadero peligro o sobrepasada de frustración durante una ocurrencia en particular. Pero no se podía determinar con exactitud cuáles serían, probablemente el suceso conllevaría interacciones con los perros, mas era muy impreciso establecer un patrón. Y a pesar que, con ayuda de otros médicos especialistas, Tofú llevó el caso por más tiempo, Anko jamás volvió a mostrar tal inestabilidad mental. Todo parecía normal, al menos en lo que a esa característica situación se refería. Tal vez por eso Akane y el resto de la familia, y allegados, pasaron de ello por tanto tiempo.

¡Qué ingenua!

Los sonoros maullidos de su marido sacaron a Akane de sus remembranzas. Sabía que Ranma permanecería un rato más encandilado con esa hierba, pero no tenía tiempo para verlo juguetear despreocupadamente.

—Vamos, Ranma. —Akane se levantó del suelo quitándole a su esposo la bolsita de catnip, incitándolo a que la siguiera—. Debemos sacarte del trance lo antes posible para poder regañarte. Una zambullida en el estanque será más que suficiente —dijo con malicia. Tomaría aquello de como su pequeña venganza por haberle provocado el susto de la vida.

Y más tarde, cuando Ryuji lograse calmar a su hija, convocaría una reunión de emergencia con los Hibiki para formular un verdadero plan de contingencia en caso que el Neko-ken e Inu-ken volviesen a enfrentarse.

La improbabilidad se había convertido en posibilidad, y como tal podría ocurrir una segunda vez. Además, probablemente no contarían con tanta suerte.

Debían tomar cartas en el asunto cuanto antes.