Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es MrsK81, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is MrsK81, I'm just translating her amazing words.
Thank you MrsK81 for giving me the chance to share your story in another language!
Capítulo 9
—Entonces, la comida —anunció Edward cuando salimos del edificio y nos detuvimos en la banqueta—. ¿La cafetería está abierta en sábados?
Asentí.
—Sí, pero no conseguirás uno de esos sándwiches con los que tanto insistes.
—Supongo que tendré que probar algo diferente. —Se encogió de hombros.
Al acercarnos al mostrador, fue evidente que la chica me reconoció y de inmediato señaló el reloj.
—Es demasiado tarde. Ni siquiera intentes convencerme hoy, no me importa la paliza de culo que te vaya a dar tu jefe.
—No iba a pedírtelo. —Sonreí con vergüenza—. Parece que mi jefe quiere probar algo diferente. Sólo danos un minuto.
Edward sonrió y susurró.
—Entonces, ¿este es el chico que te dio el refresco gratis y quería invitarte a salir?
Naturalmente me sonrojé y me encogí de hombros.
—Sólo estaba siguiendo tu táctica.
—¿Qué se supone que significa eso?
—¿Bree Tanner? Vamos, prácticamente admitiste que sólo le pedías que llamara a la oficina para que yo tuviera la impresión equivocada de ustedes. —Le di un codazo y luego guiñé—. Funcionó.
—Lo sé —dijo engreído—. Por mucho que intentaste ocultarlo podía ver que te molestaba y eso me gustaba.
—Ustedes, ¿van a ordenar algo? —el hombre detrás de nosotros tocó el hombro de Edward y gesticuló hacia la fila de gente esperando.
—Lo siento —dijo Edward con amabilidad y le mostró su sonrisa más encantadora.
Pedí mi orden y esperé otros minutos mientras el Sr. Indeciso elegía la suya. El hombre detrás de nosotros se puso cada vez más impaciente y tuve que preguntarme si Edward lo estaba haciendo a propósito. Cuando finalmente se decidió, pagó por los dos y tomamos asiento en una de las mesas vacías.
—¿Puedo confesarte algo? —dijo con un bocado de comida en la boca.
—¿Tal vez luego de que termines de masticar? —hice una mueca—. Pan mezclado con queso no me facilita el disfrutar de mi propia comida.
Esperó hasta después de haber tragado y luego hizo una mueca.
—Creo que estos sándwiches son asquerosos.
—¿Qué? —pregunté con incredulidad y asintió—. ¿Todos los sándwiches o sólo este?
—Todos. Apenas puedo comer más de un bocado de cualquiera de ellos. —Envolvió en papel su baguette que casi ni tocó y lo hizo a un lado—. Una vez olvidé de verdad mi comida y la Sra. Goff se ofreció a llevarme un sándwich. Le dije que estaba delicioso por ser amable y luego insistió en llevarme uno todos los días. Era la única persona que parecía tolerarme de verdad, así que no me gustaba molestarla.
Me solté riendo.
—¿Y cuando yo comencé a trabajar?
—Quería que arruinaras las cosas —admitió suavemente y se inclinó hacia enfrente—. Trabajar contigo era imposible, Bella. No tienes ni puta idea de lo difícil que era para mí verte todos los días y no querer besarte.
—Pero en tu oficina ese primer día… —comencé, pero me detuvo.
—Era en serio lo que dije; sí siento un desagrado particular por la gente que creció en una situación similar a la tuya y asumí que eras como ellos en todas las desesperantes maneras. Por supuesto que eso no detuvo la atracción física, pero rápidamente comencé a darme cuenta que me había equivocado al pensar que eras igual a ellos. —Suspiró—. Fue entonces cuando se volvió todavía más difícil trabajar contigo porque ya no tenía excusas más que una sola. Una razón muy importante e influyente.
—Phil —dije y asintió—. Eso no ha cambiado, entonces ¿por qué tú sí cambiaste?
—Hubo tres cosas que hiciste que me hicieron imposible el seguir manteniéndome lejos de ti —dijo con un brillo descarado en la mirada—. Cuando me pegaste ese susto de muerte ayer en mi oficina me ayudó a tener una perspectiva diferente, luego cuando te vi mojada y desnuda en tu departamento. Eso me tiró por el precipicio.
—Dijiste que había hecho tres cosas —le recordé.
—Desliz verbal, hablé mucho. —Sonrió tímidamente—. Me gustaría guardarme para mí la tercera razón; al menos por ahora.
—Qué malo. —Lo miré feo, pero él sólo meneó la cabeza—. ¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora nos deshacemos de estos desagradables sándwiches y me dejas llevarte a cenar a un restaurante que venda comida que valga la pena comer.
—Esto podría complicarse —dije, insegura.
—Sólo si lo permitimos. —Se veía imperturbable—. Ambos estábamos ahí esa primera noche, Bella. Esa atracción, no la pude controlar y no se ha desvanecido, al menos para mí.
—Ni para mí —admití y me acerqué a él para susurrar—, pero supongo que pudiste notarlo por ti mismo cuando estuve sentada en tu escritorio.
Sonreí cuando cerró los ojos y se frotó la nuca.
—Mierda, Bella —murmuró.
—Estás pensando en eso, en mí sentada en tu escritorio. Supongo que ahora estamos en una situación algo similar. —Palmeé la mesa, manteniendo la voz baja, pero audible—. Se ve muy resistente, ¿no crees?
—Bella —me advirtió, pero lo ignoré.
—Podríamos esperar hasta que cierre este lugar y ver qué pasa. Tengo un artículo menos de ropa que me debas quitar… mis bragas siguen en tu oficina, ¿recuerdas? —guiñé y me recargué en mi silla—. ¿Estás bien?
—Es un juego peligroso el que está jugando, Srta. Swan —gruñó—. Un juego muy peligroso.
—Pero aun así está jugando, Sr. Cullen. —Me paré y caminé hacia la puerta—. ¿Supongo que te veré en la cena?
—¿Qué? —balbuceó, prácticamente salió corriendo del restaurante tras de mí—. ¿No vamos a pasar el día juntos?
—Nop. —Me puse de puntillas y le besé la mejilla—. Yo iré a casa y tú puedes pasar por mí a las siete y media.
—Bella —se quejó, pero negué con la cabeza.
—Puedes pasar todo el día pensando en mí y en lo que pasó hace rato, y lo que podría pasar después de la cena si juegas bien tus cartas. —Retrocedí por la calle—. Lo veré más tarde, Sr. Cullen.
Se quedó boquiabierto viéndome y en cuanto estuvo fuera de mi campo de visión, me reí en voz alta para mí. Fue tan malditamente difícil dejarlo ahí parado porque la mayor parte de mí quería pasar todo el día con él. Sin embargo, una pequeña parte de mí sabía que lo había dejado conseguir lo que quería en su oficina con mucha facilidad y quería molestarlo sólo un poco.
Mientras caminaba a casa me sentía eufórica, tan eufórica que casi iba dando brinquitos por la calle. Al parecer se me olvidó que no llevaba bragas, estaba sonrojada y sonriendo como idiota. Pasé junto a una boutique y admiré un lindo vestido colgando de un maniquí en el exhibidor. Habría sido perfecto para esta noche – si es que él de verdad cumplía lo que dijo y me llevaba a cenar.
Como si supiera que empezaba a dudar de él, mi teléfono vibró.
7.15pm. Te voy a llevar a Vasqualia x
Intenté no obsesionarme demasiado con el beso al final del mensaje y sólo me encontré viendo boquiabierta mi teléfono a causa de la sorpresa. Conocía Vasqualia, era increíblemente difícil conseguir una reservación ahí y de ninguna manera podrías conseguir una mesa un sábado por la noche a menos de que la reservaras con meses de anticipación. Parecería que el Sr. Cullen tenía incluso más conexiones que Phil.
Todavía parada afuera de la boutique contemplé la idea de entrar. Iría a un restaurante muy elegante así que un vestido nuevo sería la cereza del pastel. Me acababan de pagar así que tenía suficiente dinero en el banco. Incluso podría pedirle prestado dinero a Amber si me quedaba corta durante el mes – algo que sabía que ella estaría más que feliz de hacer. Estiré la mano hacia la puerta, pero me detuve, sintiendo esa misma sensación de aversión por hacer la única cosa que mi padre me había pedido específicamente que no hiciera. Él quería que yo viviera de forma independiente, que administrara mi dinero y lo hiciera sin las tarjetas de crédito de Phil o la generosidad de mis amigas.
Así que me alejé de la puerta y seguí caminando por la calle. En lugar de desperdiciar $500 en un vestido, pensé en los cientos de conjuntos colgando dentro de mi armario en este mismo segundo e intenté elegir uno de esos mejor.
Para cuando llegué a casa ya sabía que era lo que me iba a poner, así que lo saqué y lo colgué en la puerta de mi habitación. Era otro de mis favoritos y sabía que las chicas lo habrían aprobado. Era un vestido de encaje de un profundo color vino, tenía solo una manga y caía hasta medio muslo. El encaje era abierto, así que tenía un forro de seda que iba desde mis pechos hasta poco antes del dobladillo, lo cual lo volvía más elegante que de golfa y lo hacía más apropiado para Vasqualia. Abrí una botella de vino y tomé un largo baño de burbujas caliente, intentando relajarme y permitirme disfrutar las siguientes horas.
Me encantaba lo que venía antes de una cita; la emoción, los nervios, las horas que pasaba arreglando y puliendo cada centímetro de mi cuerpo para asegurar que me veía de lo mejor. Por supuesto, el que esta fuera una cita con Edward lo volvía todo más emocionante.
Intenté organizar bien mi tiempo, pero se me estaba haciendo tarde sin Amber y Carmen para ayudarme a controlar mi maldito cabello – muy tarde. Ni siquiera estaba vestida cuando el portero llamó al apartamento para anunciar la llegada de Edward.
—Mierda —murmuré—. Envíalo arriba.
Dejé la puerta entreabierta y corrí de regreso a mi habitación para intentar terminar antes de que él subiera. Lo escuché gritar mi nombre en la puerta y mi estómago hizo volteretas.
—Lo siento mucho —dije con timidez, asomando la cabeza por la puerta—. Tuve un mini desastre con mi cabello. Dame unos dos minutos y juro que estaré lista.
—Dos minutos, Bella, luego entraré ahí por ti y no llegaremos a la cena.
Cerré mi puerta y gemí.
—Oh carajo. —De repente, vestirme parecía ser la segunda mejor idea.
No. Hazlo esperar. Sé fuerte, ¿recuerdas?
Mantuvo su promesa y dos minutos después tocó en la puerta de mi habitación para después abrirla.
—Bella, en serio necesitamos irnos.
—Ya terminé. —Salí de mi baño ya lista y sonreí con presunción—. Vamos.
—Tal vez me precipité mucho —susurró, acercándose a mí—. En serio creo que no quiero llevarte a ningún lado cuando te ves así.
—¿Por qué? —pregunté nerviosa—. ¿No está bien esto?
Se agachó y me besó, sus manos se posaron justo sobre mi culo.
—Está más que bien, te ves deslumbrante, Bella. Sólo que no tengo ganas de compartirte.
—Edward —exhalé, extremadamente distraída por su boca que ahora bajaba suavemente por mi cuello.
—¿Mm? —dijo sobre mi piel.
—De verdad tengo hambre —le dije.
—Yo también.
—Me refiero a hambre de comida y um… tienes que dejar de hacer eso o…
—¿O…? —se apartó para verme y mi vestido casi se arranca por si solo de mi cuerpo.
¿Cómo puede un hombre seducir de esta manera?
—De verdad quiero ir a cenar contigo, Edward. Si nos comportamos ahora y vamos a cenar, prometo que tendrás toda la noche para hacer lo que se te dé la gana conmigo.
—No debiste decir eso. —Una sonrisa perversa se formó en su rostro.
—Lo sé —admití, preguntándome cómo demonios siempre se las arreglaba para manipular mi plan de juego.
—Vamos entonces, Srta. Swan. —Me dio un último beso en los labios y luego me ofreció su mano—. Espera, lo olvidé.
Lo miré meter la mano en el bolsillo de su saco y sacó una caja larga de terciopelo.
—Te traje alto.
—No debiste molestarte. —Acepté la caja y la abrí. Adentro había un brazalete hecho de pequeñas piedras de cristal, todas en diferentes tonalidades de bronce—. Es muy bonito. Gracias.
—Había una chica vendiéndolas para la caridad. No es mucho, pero-
Puse mis dedos sobre su boca.
—Es perfecto, Edward. Gracias.
—Puedes usarlo otro día —dijo con firmeza y tiró de mi mano—. Necesitamos irnos.
—¿Por qué la prisa? —gruñí.
—Entre más pronto nos vayamos, más pronto puedo traerte de regreso aquí para sacarte de ese vestido.
—Esa es una buena razón para apresurarnos —me mostré de acuerdo con una risita y lo dejé que me jalara tras de él con felicidad.
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—¿Puedo ofrecerles algo más?
Miré al mesero y me golpeteé el mentón con un dedo.
—Mm, sí. Creo que me gustaría otro de esos increíbles cócteles. ¿Podrías decírmelos de nuevo?
—Bella. —Edward me fulminó con la mirada—. Yo podría decirte los cócteles, ya nos los ha dicho muchas veces.
—Pero tengo sed —me quejé de forma inocente mientras que dejaba que los dedos de mi pie subieran y bajaran por la parte interna de su pierna.
Ignoró mi ruego y le dijo al mesero:
—Sólo la cuenta, por favor. Necesitamos irnos ya.
—Por supuesto, Sr. Cullen —dijo y nos dejó en paz.
—Toda la jodida noche —gimió cuando volví a poner mi pie en el piso—. Me has estado torturando toda la jodida noche.
—No tengo idea de qué estás diciendo —dije, fingiendo un bostezo—. Sabes, me estoy sintiendo muy cansada. Es algo bueno que hayas pedido la cuenta.
Meneó la cabeza.
—De ninguna forma, Bella. Eres toda mía esta noche, ¿recuerdas? Puedo hacerte lo que se me dé la gana.
—¿Y qué tienes planeado exactamente? —intenté sonar tranquila e inmune, pero fallé miserablemente.
—Muchas cosas —susurró y, naturalmente, justo cuando estaba a punto de elaborar más, el mesero regresó.
—Aquí la tiene, Sir.
Edward ni siquiera le dio tiempo de terminar antes de entregarle su tarjeta y decirle de forma muy contundente que teníamos un poco de prisa. El mesero lo miró, luego me miró a mí, y sonrió.
—Vuelvo en un momento.
—Qué discreto —gruñí—. Bien pudiste haberme empinado sobre la mesa justo aquí.
Edward se encogió de hombros.
—Es algo que podría considerar si nos mantiene esperando por mucho tiempo.
Por suerte, el mesero regresó rápidamente y Edward me sacó de la silla y me llevó marchando hacia la salida. El restaurante estaba al otro lado de la ciudad, así que Edward nos trajo aquí en su muy sexy y elegante Aston Martin negro. Incluso el valet lo comentó cuando lo trajo hacia la entrada del restaurante.
—Es un carro increíble —dijo maravillado—. ¿Vanquish?
—Edición especial, sólo se fabricaron cinco —respondió Edward como papá orgulloso—. Decidí darme un gusto.
—Un gusto muy bueno. —El valet silbó y luego se acercó para abrirme la puerta, pero Edward intervino.
—Yo me encargo. Gracias. —Le dio una propina muy generosa y luego me ayudó a subirme al carro.
—Sólo quería abrir la puerta —dije divertida.
—¿Dije sí o no que no te iba a compartir con nadie?
Aceleró rápidamente cuando se subió al carro.
—Tienes prisa por llevarme a casa —dije, mirando por la ventana.
—Ya lo sabías —dijo toscamente.
—Pues —me removí en mi asiento—, siempre podríamos divertirnos un poco de camino a casa.
—Eso nunca pasará. —Se rio entre dientes—. Uno, divertirnos un poco nunca será suficiente y dos, no en este carro.
—¿Es en serio? —bufé.
—Nunca he hablado más en serio —dijo, sin disculparse.
—Apuesto a que podría hacerte cambiar de opinión.
—No va a pasar.
—¿Estás seguro de eso, Edward? —susurré y lo vi mirarme con nerviosismo.
Estiré una mano sobre la consola y subí mi dedo por la parte interna de su muslo, mi toque se fue haciendo más suave conforme iba subiendo más.
Tensó la mandíbula y su agarre en el volante se apretó cuando comencé a acariciar la tela sobre su polla, que parecía estar más de acuerdo con mi idea.
—Parece que a él le gusta —dije con presunción, intentando abrir el cierre de sus pantalones—. ¿Tal vez deberíamos dejarlo tomar algo de aire?
Antes de haber bajado tan siquiera un centímetro del cierre, una de las manos de Edward agarró la mía con fuerza.
—Por favor, Bella.
Le fruncí el ceño.
—Eres muy raro cuando se trata de tu carro.
Se rio entre dientes y negó con la cabeza.
—Bella, mi voluntad se fue en el segundo en que me tocaste la pierna y definitivamente te tomaré en este carro en algún momento. Sólo que no esta noche.
—¿No esta noche? —repetí y negó.
—No esta noche. —Entrelazó sus dedos con los míos y los apoyó en su muslo—. Esta noche haremos las cosas a mi manera.
En realidad, no le presté atención a lo que estaba diciendo, estaba algo preocupada con nuestras manos y la adolescente dentro de mí estaba gritando porque me estaba agarrando la mano. El Sr. Cabrón Cara de Pito que no había hecho nada más que enfurecerme durante las últimas seis semanas estaba agarrándome la mano como si-
Detente.
Cierto, sí. Necesitaba centrarme. Sólo me estaba agarrando la mano para evitar que le sacara la masculinidad en el carro. Era todo.
—Entonces, ¿cuándo compraste el carro? —le pregunté.
—El último contrato que gané para Felix Green vino con un bono muy sustancial y siempre había querido un Aston, así que dije qué demonios. —Palmeó el volante con cariño—. No puedo manejarlo tanto como quisiera. Cuando me vine de Chicago me tardé unos días extra sólo para poder manejarlo.
—¿Manejaste? —me reí—. Vaya, estás muy encariñado. ¿A dónde vamos?
—¿A tu apartamento? —sugirió.
—¿Debería preocuparme por eso? —sonreí.
—¿Por qué?
—Tu rara obsesión con mi apartamento.
—No es una obsesión con tu apartamento, es sólo una lista mental que tengo. —Me miró con un pícaro movimiento de cejas.
—¿Qué tipo de lista? —pregunté, pensando si lo que yo esperaba que él sugiriera era en realidad lo que estaba sugiriendo.
—De todos los lugares donde pueda verte desnuda. —Oh, esa es una lista que sí me gusta. Nos detuvimos en un semáforo en rojo y se inclinó sobre la consola para besarme—. Debería advertirte, Bella. Es una lista jodidamente larga.
—Oh. —Me sentía más caliente y excitada de lo normal—. ¿Qué tan larga?
—Muy jodidamente larga. —Me besó de nuevo y el carro detrás de nosotros pitó cuando las luces se cambiaron a verde y nosotros no nos movimos.
—Aunque técnicamente —dije lo más seductora que pude—, ya me has visto desnuda; anoche cuando entraste a mi habitación. Estaba desnuda… mojada…
—No cuenta —gruñó—. A menos que estuviera ahí cuando te desnudaste y te mojaste, no cuenta.
Me reí.
—Se ve un poco frustrado, Sr. Cullen. ¿Estás seguro que estás bien?
Me ignoró y pareció acelerar más el carro mientras manejábamos las últimas millas. En cuanto apareció mi edificio le dije:
—Gira en la siguiente esquina y usa el estacionamiento subterráneo. Tenemos cuatro espacios para estacionar.
—Gracias —dijo al detenerse frente a la barra y lo vi suspirar aliviado—. No sabía si podría dormir sabiendo que mi carro estaba aquí afuera.
Me incliné sobre él para pasar mi tarjeta y me detuve para verlo – nuestras caras estaban a un centímetro de distancia.
—Creí que dijiste que de todas formas no dormiría nada esta noche.
—Desliza la maldita tarjeta, Bella.
—¿Tienes prisa? —bromeé y la mirada que me dedicó envió estremecimientos por mi espalda.
¡Desliza la maldita tarjeta, Bella!
Edward…
¿Dije que planeaba follarla en mi carro? ¿Qué me ha hecho? Carajo.
Me encanta que a pesar de todo Bella no se deja mangonear por Edward. Habrá cedido en la oficina, pero no va a ceder ante todos sus deseos. Y Edward, ese pobre hombre ya no sabe ni qué pasa por su cabeza.
Espero que les haya gustado el capítulo, como siempre no olviden dejarme sus comentarios y decirme qué les pareció el capítulo ;)
