Aviones de papel
Capítulo 3:

"Darwinismo"

Ranma nunca se había considerado una persona rencorosa ni vengativa. Por el contrario, siempre se había visto a sí mismo como un chico noble y de buen corazón. Tal vez se debiera a que jamás había tenido que enfrentarse a una situación en la que debía defender su honor, hasta ahora.

Luego de que Akane Tendo le empujara a la piscina de Hiroshi el sábado por la tarde, Ranma salió del agua hecho una furia, dispuesto a ponerla en su lugar (empujándola en la piscina, naturalmente), pero tanto Hiroshi como Daisuke se lo impidieron, alegando que Akane no solía actuar así sin razón y que si lo había empujado al agua había sido porque él la había estado picando toda la tarde y probablemente había continuado haciéndole cuando la siguió hasta el jardín. Hiroshi tuvo la amabilidad de ofrecerle un par de toallas y ropa de ejercicio su padre, ya que Ranma era más alto y también más fuerte que él, así que su propia ropa no le quedaba. El pelinegro se marchó a su casa sin poder creer que su sábado se hubiera acabado tan pronto.

Desde el sábado había estado meditando lo que haría para devolverle el "gesto" a Akane. ¿Debía pasar página o debía responderle? Tal vez, si hubieran estado solos, él habría dejado las cosas así; pero Akane lo había empujado a la piscina y todos los presentes se habían enterado, ¡incluso Yuka, Akari y Asami se habían reído! Así que las cosas no podían quedarse así. Esa niñata malcriada debía pagar por lo que le había hecho.

Comenzaba a poner en duda su nobleza, sobre todo porque planeaba llevar a cabo cualquier jugarreta o canallada con tal de recuperar su orgullo. El problema era que a Ranma, aunque quería vengarse, no se le ocurría ninguna manera de hacerlo. Quería molestarla, sí, pero sin pasarse demasiado (no volvería a repetir lo del pelotazo porque sabía podía haberla hecho daño de verdad). Fue por eso que cuando llegó la clase de Biología el martes siguiente, Ranma identificó la oportunidad perfecta para vengarse de ella.

Nada más empezar la clase, la profesora les asignó una lectura y un ensayo para dentro de dos días, referente a los últimos temas conversados en clase, y luego continuó dando sus explicaciones.

—A ver, Gosunkugi. —Dijo la profesora Hastings mirando el libro que tenía en la mano a través de sus gafas—. ¿Qué puede decirme de la teoría de la evolución según Darwin?

Hikaru Gosunkugi era un muchacho peculiar, por decir poco. Incluso físicamente era… distinto. Además de ser muy pálido, tenía unas ojeras permanentes que parecían ser más una obra de la genética que de la falta de sueño. Era muy delgado y de extremidades largas, lo que le daba un aspecto un tanto cadavérico en ocasiones, en especial porque solía vestir de colores oscuros. Solía interesarse por cosas que resultaban tétricas para el resto de sus compañeros, como el contacto con el más allá, tableros de Ouija, fantasmas, muñecos de vudú y cualquier otro tema que le pusiera los pelos de punta a cualquier adolescente normal. Era pésimo para los deportes, algo débil y tenía una condición física que dejaba mucho que desear (Gosunkugi prefería la oscuridad de las bibliotecas a la iluminación de los gimnasios). Contrastaba con sus gustos lúgubres su afición por las manualidades; junto con Hiroko Suyama y Asami Kobayashi era de los más destacados en todo lo que tuviera que ver con arte y diseño.

Casualmente, había estado dibujando en su bloc de páginas blancas cuando la profesora se dirigió a él con aquella pregunta. El chico abrió los ojos de forma exagerada y miró a los lados, dándose cuenta de que varios de sus compañeros lo miraban.

—De… de la teoría de... ¿Darwin?

La profesora Hastings, a la que pocas cosas se le escapaban y que se había dado cuenta de lo que el chico había estado haciendo durante la clase, lo miró impasible.

—De Charles Darwin, Gosunkugi, de quien hemos estado hablando las últimas clases.

Él asintió con la cabeza apresuradamente y buscó sus apuntes de forma nerviosa.

—Sí, sí, ¡claro! Bueno, creo que… Darwin era un hombre mentalmente adelantado a sus tiempos. Y, ¿sabía usted que se casó con su prima? —Dijo el chico con mucho interés—. Y que además tuvieron diez hijos, ¡diez! Espero que la biología haya pagado bien en aquellos tiempos, ¡jajajaja! —Gosunkugi fue el único en reírse de su chiste, así que pronto recuperó la seriedad—. Y bueno, ehm, Darwin estaba preocupado por la endogamia, porque como su mujer era su prima, sus hijos podían tener enfermedades genéticas. La endogamia es…

La profesora Hastings lo interrumpió.

—Sé lo que es la endogamia, Gosunkugi. —Cerró los ojos durante algunos segundos y se acarició el puente de la nariz, en un gesto habitual en una mujer que llevaba más de treinta años dando clases a jovenzuelos distraídos—. Lo que no sé es por qué me está contando los pormenores de la vida personal del señor Darwin, cuando yo le he pedido que me hable sobre la teoría de la evolución.

Algunos de los estudiantes se rieron. La profesora Hastings, a pesar de tener poco más de sesenta años, tenía mucha energía y un sentido del humor implacable. Al ver que el chico permanecía en silencio, volvió a hablar.

—Dos cosas. —Insistió—. Dígame solo dos cosas.

Él volvió a asentir con la cabeza de forma apresurada y ojeó sus apuntes.

—Bueno… Darwin estableció en sus teorías que toda vida en la Tierra ha evolucionado a partir de una o de pocas formas simples de organismos... y… y... las... especies evolucionan a partir de variedades preexistentes por medio de la... selección natural.

La profesora Hastings asintió con la cabeza, complacida ante la atinada respuesta de su alumno. El chico era distraído, pero aprendía. Eso le bastaba.

—¡Muy bien, señor Gosunkugi! Me complace saber que es usted capaz de apuntar, aprender y recordar al mismo tiempo que hace dibujos durante mi clase. —Esta vez, le envió una mirada un tanto reprobadora, aunque con un deje permisivo—. Aproveche esas notitas amarillas que tiene allí en su escritorio y apúntese esas dos cosas que acaba de decirme, que seguro vendrán en el examen. —Eso último lo dijo mirando al resto de la clase.

Gosunkugi volvió a asentir apresuradamente y apuntó en sus post-its lo que había dicho en voz alta segundos atrás. El resto de los estudiantes también tomó apuntes. Siempre era bueno saber qué vendría en el examen.

Minutos más tarde, una estudiante de último año entró al salón de clases y se excusó con la profesora Hastings por interrumpir la clase. Necesitaba llevarse a tres estudiantes del equipo de voleibol, ya que la entrenadora necesitaba compartirles una información muy importante con respecto a un cambio en los días de entrenamiento, y debía hacerlo en ese momento porque estaba apunto de salir de la ciudad por una emergencia.

—Tan importante que no puede esperar diez minutos para hablar con ellas en el receso, me imagino. —Dijo sarcástica mientras la chica de último año la miraba sin saber qué decir. Suspiró—. Tendo y compañía, pueden retirarse.

En el momento en que Akane salía de la clase junto a otras dos compañeras, el bombillo se encendió sobre la cabeza de Ranma. ¡Claro, claro, claro! ¡Ya lo tenía! ¡Ya sabía cómo iba a vengarse de ella! Tuvo que reprimir una sonrisa al darse cuenta de que aquello sería todavía más fácil de lo que había pensado. Gracias Gosunkugi, gracias entrenadora, gracias profe Hastings.

Diez minutos después, sonó el timbre del receso.

—Oye, ¿no vienes? —Le preguntó Daisuke al ver que su amigo seguía sentado. Normalmente, era de los primeros en salir, pues su apetito no le daba tregua.

—Ahora los alcanzo.

Daisuke asintió con la cabeza y salió del aula. Ranma esperó que la profesora y el resto de sus compañeros salieran al recreo, para comenzar con su travesura. Se puso de pie y caminó con sigilo hacia el pupitre de Hikaru Gosunkugi. Rápidamente, y mirando hacia la puerta de vez en cuando, Ranma rebuscó entre sus cosas hasta que dio con lo que buscaba. Una sonrisa maquiavélica se dibujó en su rostro mientras cogía el pack de notitas adhesivas y el bolígrafo plateado con el que Gosunkugi solía escribir en los post-its que le dejaba a Akane de vez en cuando.

A pesar de que ése era apenas su segundo año en la Academia Furinkan, Ranma había aprendido a identificar la conducta, actitudes y rasgos de personalidad más destacados de muchos de sus compañeros. Sabía que a Gosunkugi le gustaba Akane, y que la chica, aunque estaba lejos de corresponderle, lo trataba muy bien. En realidad, Akane trataba muy bien a todos; era una de esas personas que solía llevarse bien con todo el mundo y que no tenía problemas con nadie, salvo que la buscaran… entonces, era de temer.

Como Akane se sentaba junto a él, Ranma había sido testigo en numerosas ocasiones de las notitas que Gosunkugi le dejaba a su compañera de clases. Por esa razón, a Akane no le parecería raro si un nuevo post-it aparecía dentro de su libreta.

Utilizando el bolígrafo de gel color plata de Gosunkugi, Ranma escribió una breve indicación en una notita, agradecido mentalmente de que la caligrafía de su compañero fuera fácil de imitar, y luego lo firmó con sus iniciales: HG.

Se dirigió al puesto de Akane, buscó su libreta y colocó el post-it en la página en la que la chica había estado apuntando sobre la clase. Luego cerró el cuaderno y lo dejó como lo había encontrado. Cogió lo que había llevado para merendar ese día y salió del salón de clases muerto de risa, adelantándose a su victoria sobre Akane, sabiendo que ni siquiera lo vería venir.

Pero cómo le ardería.


La paciencia es la virtud de los sabios.

Ranma había aprendido esa valiosa lección durante los dos días que tuvo que esperar hasta la siguiente clase de Biología. De hecho, creyó que tendría que esperar mucho más, hasta después de que la profesora corrigiera y entregara los ensayos ya calificados, pero la suerte estuvo de su lado aquel jueves.

Faltando alrededor de quince minutos para que se acabara la clase, la profesora Hastings dijo que quería conversar un poco sobre la lectura y lo que cada uno había escrito en sus ensayos. No había tiempo para leerlos todos, así que aquellos estudiantes que voluntariamente quisieran leer algún párrafo o comentar con el resto de la clase algún punto interesante sobre la lectura asignada, podrían hacerlo.

Akane siempre había sido una estudiante activa a la que le entusiasmaba participar en clase. Aquella vez no fue la excepción. La chica levantó la mano para pedir la palabra, haciendo que la profesora se la concediera. Varios estudiantes suspiraron aliviados (sabían que si no había voluntarios, la profe llamaría estudiantes al azar). Ranma tuvo que aguantarse la risa para no delatarse antes de tiempo.

Procedió entonces la menor de las Tendo a exponer el punto que más le llamó la atención de los capítulos leídos: la lucha por la existencia y las relaciones que existen entre distintas especies para poder subsistir.

Los estudiantes que habían leído y hecho su ensayo a consciencia y que además prestaban atención, parecieron confundidos ante las explicaciones de su compañera. La profesora Hastings también se mostró desconcertada.

—Tendo, disculpe. —Dijo interrumpiéndola—. Estoy un poco confundida. ¿Por qué me habla de ese tema?

Akane abrió la boca para contestar, pero se dio cuenta de que no sabía qué decir. Normalmente, no solía ser cuestionada por sus elecciones ni sus planteamientos. Sintió que todos los ojos dentro del aula de clases estaban posados en ella. Miró su ensayo y luego a la profesora.

—Me pareció uno de los temas relevantes de los capítulos que leímos del libro.

La profesora frunció el ceño y bajó la mirada a sus notas.

—¿Qué…? —Suspiró—. ¿Qué capítulos?

—Los que había que leer. —Respondió ella, consciente de que varios de sus compañeros habían comenzado a murmurar, además de mirarla—. Los capítulos tres y cuatro…

Los murmullos se acrecentaron y la profesora Hastings se acarició el puente de la nariz, preguntándose mentalmente si llegaría el día en el que no tuviera que lidiar con este tipo de situaciones.

—Tendo, ¿a qué libro u obra corresponden esos capítulos de los que me habla? De los que basó su ensayo.

Akane creyó comprender lo que podía estar ocurriendo. Le parecía casi imposible haberse equivocado de libro, pero a juzgar por el semblante desconcertado de la profesora y los rostros sorprendidos y curiosos de sus compañeros, aquello resultaba probable. Sintió las manos frías.

—Ehm… El Origen de las Especies, de Charles Darwin.

Los estudiantes que prestaban atención se miraron entre sí con el ceño fruncido, para luego revisar sus propios ensayos y comentar entre ellos. La profesora Hastings soltó un largo suspiro pero se mantuvo en silencio varios segundos antes de hablar. Paciencia, por favor.

—¿Por qué hizo su ensayo sobre El Origen de las Especies? —Parecía cansada pero no sorprendida, como si no fuera la primera vez en su carrera profesional que tenía una situación en la que un estudiante no seguía las instrucciones. Lo que sí era inusual era que Tendo, una de sus estudiantes más aplicadas, cometiera este tipo de errores.

Sintiendo como toda la sangre de su cuerpo se acumulaba en su rostro, Akane titubeó antes de contestar. Escuchó una pequeña risa a su lado derecho, pero estaba demasiado ocupada sintiéndose humillada como para girar la cabeza.

—Bueno, porque… la asignación decía… había que leer ese libro, ¿no? El Origen de las Especies, y luego… y luego hacer… —Miró a Asami, que se sentaba a su derecha, y su amiga negó con la cabeza.

La profesora Hastings se preguntó, por enésima vez en su carrera, si ella de verdad necesitaba ese trabajo. Y como siempre, se respondió a sí misma que no, no lo necesitaba, pero los estudiantes sí que necesitaban aprender.

—¿Alguien más hizo su ensayo sobre ese tema?

Ningún estudiante levantó la mano.

Esther Hastings se puso de pie y caminó hacia Akane con una hoja de papel en la mano. Cuando estuvo frente al pupitre de la estudiante, le extendió la hoja.

—La asignación consistía en leer los capítulos cuatro y cinco de El Origen del Hombre, de Charles Darwin, y luego hacer un ensayo que contuviera un análisis de lo leído. —Luego habló un tono lo suficientemente bajo como para que solo Akane y quienes se sentaban a sus alrededores inmediatos pudieran escucharla—. Creí haber sido clara en la explicación la clase pasada, Tendo. Acérquese a mi puesto cuando suene el timbre.

Akane asintió con la cabeza y se hundió en su asiento, sintiendo el peso de la vergüenza mientras leía el papel que la profesora le había entregado. Ella… ella jamás cometía estos errores. ¿Cómo era po…? De pronto, creyó saber lo que podía haber ocurrido. Pasó las páginas de su cuaderno y se fijó en que efectivamente, ella sí había apuntado de forma correcta la asignación: «capítulos cuatro y cinco, Origen del Hombre, Darwin. Ensayo/análisis, jueves». Pero luego había recibido una notita adhesiva de Gosunkugi, la cual seguía pegada en esa misma página, que ponía: «Mientras no estabas, la profe cambió la lectura del ensayo: capis 2 y 3, El Origen de las Especies. HG».

Akane se dio la vuelta y buscó a Gosunkugi con la mirada. El rostro del muchacho se iluminó cuando se dio cuenta de que su chica favorita en todo el mundo lo miraba. Esbozó una tímida sonrisa y la saludó. Ella arrancó el post-it del cuaderno y escribió una pregunta en la parte de atrás, lo dobló y le pidió a uno de sus compañeros que se lo pasara a Gosunkugi, luego volvió a mirar al frente, por si acaso la profesora decidía volver a mirarlos (ahora estaba apuntando algunas cosas en su libreta mientras uno de los chicos leía un párrafo de su ensayo).

Gosunkugi mostraba la expresión emocionada de quien acaba de recibir una notita de la persona que le gusta. Primero, leyó la parte frontal, la que tenía la indicación sobre la tarea de biología. Frunció el ceño y miró a Akane. Ella se volteó en ese momento y le indicó con señas que girara el papel. El chico lo hizo y leyó su pregunta: «¿Esto me lo escribiste tú?» Gosunkugi volvió a girar el papel para leer nuevamente lo que decía. Miró a Akane y negó con la cabeza, extrañado. Akane asintió y le dio las gracias.

Casi por casualidad, giró el rostro ligeramente y se topó lo que siempre veía cuando miraba hacia esa dirección: Ranma Saotome. Pero a diferencia del resto de las veces, esta vez el pelinegro no estaba mirando al frente con expresión seria mientras prestaba atención a la clase, no; esta vez, el chico sí que miraba al frente, pero lo hacía con una sonrisa burlona y una mirada distraída, como si realmente no estuviera atendiendo a la clase, como si su mente estuviera en otro lado.

Sintiéndose observado, Ranma miró hacia su izquierda y se encontró con la penetrante mirada de Akane. La chica parecía estar tratando de descifrar un importante teorema, o tal vez algún misterio. Era el momento de cerrar con broche de oro su venganza. Disimulando y sin dejar de mirar al frente, metió la mano en la chaqueta de su uniforme y sacó un diminuto avión de papel. Sin dejar de mirar a la profesora Hastings, que ahora comentaba con la clase sobre lo que su compañero les había leído, Ranma extendió su brazo izquierdo en dirección de Akane y colocó el avión sobre su mesa. Luego recogió su brazo y aquí no ha pasado nada.

Akane posó sus ojos sobre el pequeño avión de papel amarillo pálido que Ranma había dejado sobre su pupitre. Lo desdobló y comprobó que era un post-it. Un post-it exactamente igual a los que le dejaba Gosunkugi. Sintió que los vellos de su cuerpo se ponían en punta cuando vio que el estúpido avión tenía dibujada, en bolígrafo de gel plateado, una carita feliz en todo el centro.

Y entonces todo tuvo sentido.

Sintió que un cólera recalcitrante comenzaba a inundar las venas de su cuerpo con cada apresurado latido de su corazón. Arrugó el post-it con su mano y mantuvo el puño cerrado, mientras intentaba controlar su respiración para no girarse y rodear el cuello de Ranma con ambas manos, con el único objetivo de estrangularlo. ¿Cómo…? ¿Cómo había sido capaz…? ¿Y por qué? ¿Por lo de la piscina en casa de Hiroshi?

Sin poder controlar su impulso, se giró para mirarlo. Comprobó con furia que el muy cabrón tenía una divertida sonrisita dibujada en su estúpida cara. Akane quiso borrársela de un tortazo.

—¿Por qué? —Le preguntó en un susurro, mientras apretaba los puños—. ¿Por qué lo hiciste?

El chico se inclinó hacia ella, acercándose lo mayormente posible para que la escuchara bien.

—Para que te lo pienses dos veces antes de volver a empujarme a una piscina, marimacho.

Y tan campante y seguro de sí mismo como solía mostrarse habitualmente, volvió a sentarse recto en su asiento, entrelazando sus dedos y colocando sus manos sobre su escritorio, dejando a Akane con una mirada atónita y con el pulso acelerado, sintiendo su sangre hervir. ¡La había llamado marimacho! ¡Esto era el colmo! ¡Y ella no iba a permitir que ese idiota le faltara el respeto de esa forma! ¡Iba a…!

El timbre que anunciaba el final de las clases sonó, haciendo que la profesora les recordara a los alumnos que dejaran su ensayo en su escritorio antes de marcharse. Ranma guardó sus cosas en su mochila, menos la carpeta verde en la que había llevado el trabajo, y se la echó al hombro, junto con la bolsa de deporte que había llevado ese día para el entrenamiento. Dejó su trabajo en el escritorio de la profesora Hastings y luego salió del salón de clases sin mirar atrás, caminando con la tranquilidad de quien tiene todas las guerras ganadas.

Asami e Hiroko se acercaron a Akane, un tanto consternadas por lo que había ocurrido durante la clase. La pelinegra les pidió que la dejaran sola. Estaba histérica y además todavía tenía que hablar con la profesora Hastings para resolver el tema de su ensayo.

Cuando no quedó nadie en la clase, Akane fue hasta el escritorio de la profesora.

—Voy a darle hasta mañana para que me entregue el ensayo corregido, Tendo. —Le dijo mientras la miraba como un padre miraría a un niño al que debe reprender—. No sé a qué se ha debido la confusión, pero es usted una de las mejores alumnas de esta clase, así que no veo por qué no darle la oportunidad para rehacer el trabajo.

Akane se sintió completamente aliviada al saber que todavía tenía la oportunidad de sacarse una buena calificación. Eso hizo que su enojo disminuyera parcialmente.

—¡Muchísimas gracias, profesora! —Le agradeció con emoción—. Le aseguro que no se volverá a repetir y que...

—Lo único, Tendo —la profesora le cortó la inspiración—, es que comprenderá que no voy a calificarla igual que al resto de sus compañeros, tomando en cuenta que fue usted la única que no entregó hoy su ensayo.

Akane sintió el peso de la derrota ceñirse sobre sus hombros. Sabía que no había nada que pudiera decir para hacer que Esther cambiara de opinión, ya era suficiente con que estuviera dándole un día para resarcir su error. Asintió con la cabeza.

—Está bien.

La profesora asintió con la cabeza y se puso de pie.

—Búsqueme mañana en el salón de profesores. Si no me encuentra, puede dejar con alguien el trabajo. —Tras decir eso, salió del aula.

Tenía que leerse los dos capítulos y hacer el ensayo en una sola tarde… y encima ese día tenía práctica de voleibol. Sintió que la frustración se apoderaba de ella, hasta que vio el avioncito de papel arrugado sobre su escritorio. Entonces recordó al causante de toda su ira, su sonrisita petulante apareciendo ante ella.

Caminó con paso firme hasta su pupitre y con su mano deslizó todas las cosas dentro de su mochila, excepto por el avioncito de papel, el cual se guardó en el bolsillo de la falda. Recogió su mochila y su bolso de deporte y salió pitando para el gimnasio, dispuesta a llevarse por delante a cualquiera que se pusiera en su camino.

Al llegar, entró al vestuario de las chicas a dejar sus cosas y luego salió para dirigirse al de los chicos. No le importó estar rompiendo las reglas al entrar, ni tampoco que varios de los chicos que se cambiaban de ropa en ese momento exclamaran que ella no podía estar ahí. Otros simplemente se mostraron sorprendidos y hasta emocionados de tener una chica allí.

—¡Tú!

Ranma, que había estado dándole la espalda a la entrada del vestuario mientras conversaba con Daisuke sobre su próxima sesión de Fortnite, se dio la vuelta al reconocer la voz detrás de él. Akane Tendo estaba de pie en medio del vestuario masculino, mirándolo con lo que parecía ser una mezcla de odio y resolución.

—Sal ya. —Aquello no era una petición, sino una orden.

Ranma alzó una ceja.

—¿Por qué?

Ella dio varios pasos hasta quedar frente a él y le habló en un tono más bajo.

—Porque a no ser que prefieras que te las cante todas frente a tus colegas, creo que es mejor que salgas.

Sin decir nada más y sin esperar a que él le respondiese, Akane se dio la vuelta y salió del vestidor tan rápido como había entrado. Ranma notó que los chicos lo miraban con interés, esperando una explicación de su parte. No queriendo que Akane volviera entrar al vestidor para buscarlo de las orejas (la creía completamente capaz de hacerlo), salió con la camiseta de deporte todavía en la mano.

Siguió a Akane a través del pasillo que daba a las oficinas de los profesores y entrenadores de educación física y demás deportes. Cuando estuvieron solos, la chica habló.

—¿Por qué hiciste eso? —Preguntó furiosa—. ¿Fue porque te empujé a la piscina el sábado en casa de Hiroshi? ¡Eres un inmaduro!

Ranma esbozó una sonrisa mientras se ponía la camiseta gris de hacer ejercicio. Debía admitir que estaba disfrutando mucho de ver a Akane perder el control.

—La inmadura eres tú, que me empujaste a una piscina sin venir a cuenta.

—¡Me diste un pelotazo! —Exclamó—. ¿O es que tantas patadas jugando al fútbol te han reducido el cerebro?

—Te dije que fue un accidente, ¡no fue con mala intención! —Fingió inocencia—. Pero claro, tenías que venir tú a desquitarte así… como una salvaje. Y si a cerebros reducidos vamos, fuiste tú la que hizo el trabajo de Biología de un tema que no era.

Akane quiso abalanzarse sobre él y tirarle del pelo, pero no lo hizo.

—Me dejaste un puto post-it que…

—Podías haber preguntado, ¿no? —Volvió a sonreír de forma arrogante y suficiente, como si tuviera las respuestas a todas las preguntas del mundo—. ¿O es que vas a creer cualquier cosa que alguien te ponga en una nota?

—¡La firmaste con las iniciales de Gosunkugi!

—¿Qué dices? —Preguntó Ranma fingiendo demencia—. Yo no he firmado nada...

Akane introdujo su mano en el bolsillo de su falda y sacó el post-it arrugado. Se lo mostró a Ranma y señaló H y la G del final.

—¿Y eso qué es?

Ranma cogió la notita con su mano y fingió examinarla con interés y curiosidad.

—Mmmm pues eso podría significar cualquier cosa. Hola guapa, por ejemplo. —La miró y se llevó la mano al mentón—. Aunque, pensándolo bien, no creo. Lo de guapa no te va, no creo que haya chico en el mundo que vaya a decírtelo alguna vez.

Akane lo miró indignada ante lo que acaba de decirle, sin poder creer que Ranma Saotome, el chico divertido y carismático que se sentaba a su lado y con quien hasta hacía días se había llevado bien, se estuviera comportando de aquella forma con ella. ¡Quién se creía que era! De pronto, recordó todo el tema de la lista, y cómo Hiroko le había contado que el mismo Ranma había escrito su nombre en el avión de papel. Akane se enderezó, lista para contraatacar.

—Pues, que yo sepa tú fuiste uno de los que escribió mi nombre en la lista del avión de papel, ¿o me equivoco?

El rostro de Ranma fue de tener un color normal a la palidez y luego al sonrojo en cuestión de segundos. ¿Cómo mierda esa niñata se había enterado de eso? Sabía que Shampoo era demasiado egocéntrica como para contárselo a alguien, pero… su cerebro conectó.

Hiroko. Hiroko Suyama. Ranma recordó que la chica había visto la lista cuando él había estado a punto de lanzarla. Hiroko era amiga de Akane. Ella se lo había contado.

Piensa rápido. Soltó una risita burlona.

—Sí, es verdad, yo escribí tu nombre. —Se encogió de hombros—. Pero de forma irónica. —Amplió su sonrisa socarrona—. ¿En serio crees que yo te encuentro guapa? ¿Que una chica como tú podría despertar algo en mí? —Se rió—. ¡Por favor! ¿Te has visto en un espejo? ¿Me has visto a mí?

Akane enrojeció ante la rabia, perdiendo la calma una vez más. Sintió las manos y el rostro calientes, y unas terribles ganas de golpear a ese imbécil. Pero todavía le quedaba algo de gasolina para responder con palabras y no con golpes.

—Pues entonces fuiste el único que escribió un nombre de forma irónica, porque hubo otros que…

—Yo no recuerdo haber visto tu nombre escrito ni una sola vez, ¿eh? —Aquello no era cierto. Ranma sí que había visto el nombre de Akane escrito varias veces en la lista.

—¡Mira, la verdad es que me da igual! —Exclamó furiosa—. Has sacado todo de proporción. Por tu culpa voy a tener que hacer el puto trabajo otra vez. —Frunció el ceño—. Voy a tener que salir pitando de la práctica de voleibol para llegar a casa, leerme un montón de páginas y después hacer el estúpido ensayo. —Negó con la cabeza mientras apretaba los dientes—. ¡Y encima me van a bajar puntos por no haberlo entregado hoy!

Ranma alzó ambas cejas y abrió los ojos sorprendido pero a la vez complacido. Su intención nunca había sido que Akane perdiera la nota, sino que pasara un mal rato. Sabía que los profesores la apreciaban y que Esther, aunque exigente, tenía un gran corazón y solía negociar con los estudiantes. Había estado convencido de que la dejaría presentar el trabajo nuevamente. Su plan había salido como él había querido.

estás sacando todo de proporción ahora. —Le dijo con suficiencia—. No entiendo por qué estás tan molesta, ¡si no te ha ido mal! Podrás rehacer el ensayo y tendrás tu calificación, yo no veo el problema allí. —Explicó como si aquello fuera lo más obvio del mundo—. Aunque, pensándolo bien, es… es una pena que vayas a tener que pasarte toda la tarde leyendo más de cuarenta páginas, tomando apuntes y luego desarrollando un ensayo sabiendo que por más que te esfuerces, ni siquiera tendrás la calificación más alta, porque la profesora te va a descontar puntos por tu torpeza. —Se acarició el mentón—. Me da muchísima pena…

Su paciencia tenía un límite y Ranma acababa de sobrepasarlo por varios metros. Akane dio un paso adelante y con un movimiento rápido, cogió a Ranma de la camiseta gris y lo empujó hasta que su espalda chocó contra la pared, sorprendiendo al chico completamente, pues no se había esperado una reacción tan violenta por parte de ella. Tampoco había esperado que la chica tuviera tanta fuerza.

—Si crees que esto se va a quedar así, estás muy equivocado, imbécil. —Le dijo de puntillas mientras lo miraba furiosa sin soltarle el uniforme, su aliento rozando el rostro de Ranma—. Te vas a arrepentir.

Él, que al principio se había sorprendido ante la fuerza y el ímpetu de Akane, esbozó una sonrisa, lo cual hizo que los ojos marrones de su compañera destellaran todavía más. Así que te brillan los ojos cuando te enojas, marimacho, pensó, mientras el agradable perfume de su compañera de clases inundaba sus fosas nasales. Aquella era la primera vez que la tenía tan cerca, pero no era la primera vez que sentía su atrayente aroma.

—Vaya, ya decía yo que estabas tardando en ponerte agresiva. —Le dijo Ranma. Agachó la cabeza para que su rostro quedara todavía más cerca del de ella—. No te tengo miedo, marimacho. —Sin ser brusco, rodeó las muñecas de Akane con sus manos y consiguió que soltara su agarre, después la soltó, haciendo que ella bajara las manos—. Y, solo para que lo sepas, no suelo arrepentirme de nada.

Akane se sentía bullir. Aquel mote había terminado de hacerle perder todo el autocontrol que alguna vez había tenido.

—Eso lo veremos. —Le dijo antes de marcharse por el pasillo, echando humo por los oídos.

Ranma observó el vaivén de su falda mientras la chica se alejaba por el pasillo, sin poder creer que le hubiera jodido tanto algo como eso. ¡Ni siquiera le había ido mal! La profe Hastings había sido flexible y bondadosa y le había dado hasta el día siguiente para entregar el trabajo. Pero mejor así, que se mosqueara, que perdiera el control, que se sintiera incluso peor de lo que se había sentido él el sábado pasado. De esa forma, sabría que nadie podía meterse con él y salir impune. Solo hubo una cosa con la que no se sintió del todo a gusto.

Aquella explosión por parte de Akane, y que le hubiera cogido de la camiseta para empujarlo contra la pared y hablarle de cerca, le había excitado mucho. Pero ella no tenía porqué enterarse, aunque lo mejor sería no volver a hacerla enojar.

Ahora sí que estaban a mano.

Tendo 1, Saotome 1.


Aquel mismo día por la noche, Akane contó a sus amigas, a través del grupo de WhatsApp, la sucia jugarreta de Ranma que le había costado pasarse el resto de la tarde después de la práctica de voleibol leyendo los capítulos tres y cuatro del puto Origen del Hombre de Darwin. Les explicó que Gosunkugi solía dejarle notitas adhesivas con dibujos, frases, mensajes, e incluso en más de una ocasión con ayudas para los exámenes y tareas. Aquello no fue una sorpresa para ninguna de sus amigas, ya que todas sabían que Gosunkugi se babeaba por Akane. Adicionalmente, narró su encontronazo con Ranma en el gimnasio y les dijo que estaba deseando darle un guantazo o una patada en los huevos.

«Ojalá Shampoo le deje, para que deje de creerse la última Coca-Cola del desierto».

A sus amigas les sorprendió que Ranma hubiera sido lo suficientemente astuto (y canalla) para aprovecharse de las notitas que le dejaba Gosunkugi a Akane para jugarle una broma tan pesada.

Sayuri: «Yo es que no me lo creo, jamás pensé que Saotome fuera ese tipo de chico...»

Hiroko: «La verdad es que se ha pasado. ¿Piensas hacer algo?»

Todavía no lo sabía, o mejor dicho, sí que sabía que iba a vengarse, pero aún no tenía idea de cómo. Debía admitir que Ranma había sido astuto y muy estratégico, incluso diría que lo que le había hecho había sido brillante. No solo la había sorprendido por completo, sino que además no había dejado evidencia alguna de que había sido él, por lo que si Akane hubiera querido acusarle, no había tenido pruebas en su contra.

Necesitaba joderle de una forma similar. Quizás incluso dejar pasar los días, para que el chico se relajara y bajara la guardia. Aunque, ahora que lo pensaba, Ranma parecía muy seguro de que Akane no le devolvería la jugada, demostrando ser un completo engreído. Ya el año pasado Akane había notado que el chico tenía un ego importante, pero jamás le había chocado porque nunca lo había visto en una actitud demasiado pedante. Pero claro, como era guapo y buen jugador, seguramente creía que tenía el mundo a sus pies.

Akane estaba harta de los chicos así, los que creían que por tener una cara y un cuerpo bonitos podían hacer lo que les viniera en gana. Por suerte, Ranma no venía de una familia adinerada, ¡eso hubiera sido la cereza en el helado! Guapo, rico y talentoso. Al menos en este caso el universo había sido sabio.

Por suerte, sus amigas la distrajeron por el grupo de WhatsApp, y luego su atención se dirigió a su familia durante la cena, así que Ranma Saotome no ocupó sus pensamientos mucho más.

El viernes fue otra cosa. Era imposible no recordar lo que Ranma le había hecho, teniéndolo sentado al lado. Cuando fue a llevarle el trabajo a la profesora Hastings al salón de profesores, Akane fue consciente de que se había pasado la mayor parte del día amargada por lo que Ranma le había hecho. Aquel era un sentimiento ajeno a ella, pero había notado que lo alimentaba el estar pensando constantemente en mil formas distintas para vengarse. Decidió que lo mejor sería simplemente dejarlo ir. Ya la vida se encargaría de darle a Ranma una lección de humildad y realidad. En el fondo, Akane deseaba que esa lección tuviera el nombre de Shampoo Sakuma.

La chica peliazul tenía un modus operandi conocido por todos. Se encaprichaba con algún chico, salía con él algunos meses y luego le dejaba cuando se cansaba o cuando se conseguía a otro con quien salía otros meses y a quien también terminaba dejando, para luego pasarse un período más largo sin salir con nadie… hasta que otro chico despertara su interés.

Akane intuía que Ranma seguramente creía que tenía a Shampoo comiendo de la palma de su mano. Aquel pensamiento la hacía reír, ¡qué tonto era si creía eso! Por ese motivo decidió olvidarse, al menos por lo que quedaba de día, de una venganza. Le consolaba saber que Shampoo en cualquier momento le daría una patada en el culo.

Como hacía con todos.


El viernes después de clases, el equipo de animadoras se dirigió al gimnasio para cambiarse de ropa antes de su habitual práctica. Asami Kobayashi disfrutaba especialmente los entrenamientos de los viernes, pues coincidía con las prácticas del equipo de fútbol, y pocas cosas le gustaban más que ver a un grupo de atléticos hombres usando pantaloncillos cortos y camisetas ajustadas.

Aquella tarde había intentado que el objeto de su deseo no notara que lo estaba mirando (desgraciadamente para ella, estaba muy bueno y era muy agradable a la vista), tomando en cuenta que la semana anterior se había portado muy mal con ella con todo el tema de la lista. Había sido un estúpido, como solía serlo muchas veces (para pesar de Asami). Y también como muchas veces después de comportarse así, se había intentado disculpar con ella… si es que a eso se le podía llamar una disculpa. Le había enviado memes por Instagram y mensajes por WhatsApp, y además había intentado seducirla enviándole alguna foto suya subida de tono. Pero esta vez, Asami se había mantenido firme. No pensaba volver a enrollarse con él, y si el chico quería que ella volviera a dirigirle la palabra siquiera, tendría que disculparse. En persona.

Ya en el vestuario tras la práctica de las animadoras, Asami se encontraba cambiándose de ropa mientras escuchaba los cotilleos de sus compañeras. Como era habitual, la conversación fue a parar en temas de chicos. Las animadoras solían contar anécdotas divertidas o hablar sobre las peleas con sus novios, así como también charlaban de los chicos que les gustaban y de sus ligues ocasionales. Aika, una chica de último año que era la capitana de las porristas y una de las mejores amigas de Nabiki Tendo, interrogaba a Shampoo sobre su última conquista.

—¿Y entonces? —Insistió Aika con los brazos cruzados—. ¿No nos vas a contar nada de ese bomboncito becado al que le has robado el corazón?

Shampoo, que adoraba ser el centro de atención, solo esbozó una sonrisa para alargar el suspenso y la expectativa. Continuó peinando su largo pelo teñido antes de comenzar a hacerse una de sus habituales coletas en la parte alta de la cabeza.

—¿Qué quieren que les diga? —Preguntó, haciéndose la sueca.

Kira, otra de las animadoras de último año, se dirigió a Shampoo.

—Pues no sé. Cuéntanos si te gusta en serio. Si es un chico atrevido o tímido, si besa bien. Y… —Sonrió de forma traviesa y alzó ambas cejas, insinuando lo que ya todas sabían sin necesidad de decirlo—. Si ha pasado algo más entre ustedes, también nos puedes contar qué tal ha estado.

Shampoo se rió y negó con la cabeza.

—No ha pasado éso, si es lo que tanto quieren saber.

La mayoría de las chicas hicieron gestos y sonidos de desaprobación, ya un tanto acostumbradas a recibir esa respuesta por parte de Shampoo. Pero por más que le insistieron para que les contara algún detalle picante, la chica peliazul les aseguró que ella y Ranma Saotome no se habían acostado.

—Ni siquiera somos novios, chicas. Vamos. —Las miró a todas con la confianza de las personas que se conocen bien y que pertenecen al mismo equipo—. Ustedes saben que hasta que no conozca a un chico que me guste lo suficiente para ser su novia, no voy a hacerlo.

Eso pareció convencerlas a todas, sabiendo que Shampoo solía decir la verdad.

—Okay, vale. —Aika, que ya se había terminado de vestir pero seguía allí sentada en uno de los bancos para continuar con los cotilleos, cruzó las piernas y alzó una ceja—. Pero supongo que al menos algún magreo interesante habrá habido, ¿no? Porque no te creo que estés con ese bombón y no le hayas hincado el diente.

Asami terminó de vestirse y miró a Shampoo con interés. Aquí venía la parte que más le gustaba escuchar de este tipo de historias.

Shampoo las miró a todas con una sonrisa pícara.

—Bueno, sí, claro, eso sí. —Se encogió de hombros.

—¿Y qué tal? —Preguntó Kira.

Esta vez, la chica peliazul respondió de inmediato. Aunque no pensaba decirles cuáles eran esas cosas interesantes que había hecho con Ranma.

—Digamos que es un chico que en ese aspecto se muestra un poco tímido al principio, es algo inexperto. —Explicó Shampoo mirándose al espejo tras terminar de peinarse—. Pero es muy apasionado. Y besa increíble.

Asami sonrió para sí misma. Había estado en lo cierto. Su radar, que jamás fallaba, le había indicado que Ranma Saotome era un pardillo en temas de faldas. Con razón no había intentado ligarse a ninguna chica durante todo el año pasado.

Aika frunció el ceño a la vez que sonreía con interés.

—¿Tímido e inexperto? —Se puso de pie y caminó hasta donde estaba Shampoo—. Perdona, pero a juzgar por ese cuerpo y por esa cara, ese chico tiene pinta de haberse comido varias roscas…

Las chicas que todavía quedaban en el vestidor se rieron, incluida la misma Shampoo.

—Sí, lo sé. Pero… las apariencias engañan. No voy a contarles demasiado. —Sentenció, ignorando las quejas de sus compañeras—. Conformense con saber lo que les he dicho: besa riquísimo, es apasionado, un poco tímido. Le falta algo de experiencia para soltarse más. Pero…

—¿Pero?

Una sonrisa traviesa llena de picardía y sensualidad cruzó el bonito rostro de Shampoo.

—Aprende rápido.

Las chicas estallaron en carcajadas y vítores ante el comentario de Shampoo, que dejaba la puerta abierta para cualquier interpretación. Aika alzó su mano y chocó los cinco con la peliazul.

—Oye, cuando quieras me lo prestas un rato, ¿eh? —Le dijo en broma y en serio, sabiendo que Shampoo no compartía jamás a su chico de turno, aunque después de dejarle le daba igual si alguna de las animadoras quería enrollarse con él—. Que seguro yo que le puedo enseñar un par de cositas.

—¡Es verdad, Shampi! —Exclamó Kira—. ¡Seguro que si se lo dejas unos días a Aika o a Asami, te lo devuelven hecho un experto!

Las chicas se rieron, incluyendo a las aludidas, demostrando la confianza y complicidad que había entre ellas,

—No, gracias. —Contestó Asami, poniéndose de pie para recoger sus cosas y marcharse—. Saotome no es mi tipo.

—Es verdad. —Dijo Shampoo mirándola—. Ranma es un chico bueno, y a ti te van los chicos malos.

—¡Muy malos! —Exclamó Aika mientras le lanzaba la cinta que solía llevar en el pelo durante los entrenamientos—. ¡Malísimos!

Asami la esquivó con éxito y les sacó la lengua a las chicas antes de salir del vestidor. No es que a ella solo le gustaran los chicos malos, pero eran normalmente esos los que reunían las características que a ella más le atraían en un chico. La experiencia, por ejemplo.

Y hablando de chicos malos…

—Hola, bombón. ¿Saliendo ya de la práctica?

Asami ignoró al chico que se le había acercado para saludarla, y siguió caminando en dirección a la salida del gimnasio, consciente de que aquel chico malo la seguía.

—Oye, ¿viste los memes que te envié? —Le preguntó cuando se puso a la par de ella para caminar a su lado—. El de Cardi B estuvo buenísimo, ¿no? Me reí mucho.

Con el rabillo del ojo, Asami vio que sonreía. Como se había acercado para caminar junto a ella, también sintió ese masculino perfume que tanto le gustaba. Aqva de Bvlgari.

—Sí, los vi. —Respondió de forma escueta.

—¿Y no te dieron risa?

—Sí.

—Ya, es que como no me respondiste a ninguno, pensé que no. —Esta vez cambió el tono de su voz—. Y tampoco a las fotitos que te envié… ¿no te gustaron?

Asami se giró para verle y comprobó que el chico la miraba con coquetería y deseo. Llevaba el pelo revuelto y húmedo después de la ducha que había tomado tras la práctica de fútbol. Como era usual, no parecía haberse peinado. Tampoco le hacía falta para verse bien.

—Te estaba ignorando deliberadamente. —Le dijo y esbozó una sonrisa hipócrita que solo le duró en los labios unos segundos—. ¿Todavía no lo pillas?

El chico de cabello castaño se rió y se pasó una mano por el pelo húmedo y despeinado. Al ver que Asami seguía caminando sin decirle nada, se plantó delante de ella para impedirle seguir avanzando.

—Sí, lo noté. —Le dijo y trató de acariciarle la mejilla, pero Asami apartó su cara—. Tienes una semana tratándome con indiferencia, 'Sami, y eso cuando me diriges la palabra. ¿Por qué estás así?

Asami no sabía si los tíos eran unos cínicos o simplemente eran idiotas. Tal vez fueran ambas. Seguro que este tío en particular lo era.

—¿En serio necesitas que te lo diga? —El chico la miró con inocencia, como si no tuviera idea—. ¿Te parece que estuvo bien como me hablaste el otro día después del receso?

—¿El otro día?

—Sí, el otro día. La semana pasada, el jueves. El día que estabas con Tatewaki en nuestra clase, subido al escritorio de los profesores, divirtiéndote de lo lindo con la lista esa. —Lo miró molesta—. No solo no quisiste dármela cuando te la pedí, sino que encima me dijiste algo súper inapropiado, Ryu.

Él soltó una risita divertida, haciendo que su nariz y las comisuras de sus ojos se arrugaran, algo que a Asami le encantaba de él, además de las pecas de su rostro, hombros y espalda.

Ryu Kumon era un chico altísimo, de pelo castaño oscuro desordenado y de ojos marrones, que fungía como portero titular del equipo de fútbol de la Academia Furinkan, por lo que tenía grandes habilidades con sus manos, las cuales sabía usar muy bien para el fútbol y otras cosas. Su padre era Shinji Kumon, leyenda del fútbol japonés, antigua estrella de los Kashima Antlers que brillaron del 96 al 2001, y uno de los jugadores más destacados de la selección japonesa que conquistó la Copa Asia en el 2000 y en el 2004.

Ryu era divertido, gracioso y sexy. Lo malo era que podía comportarse como un idiota si quería, algunas veces incluso después de haberse acostado con ella. Pero luego aparecía arrepentido para resarcir el daño que había hecho, y se comportaba de forma encantadora nuevamente.

Intentó abrazar a Asami, pero la chica le apartó con sus manos.

—¡Eso fue una broma, 'Sami! —Ella intentó seguir caminando, pero Ryu fue más rápido y volvió a bloquearle el paso, esta vez consiguiendo rodearla con sus fuertes brazos—. Tampoco te dije nada malo…

La chica lo miró indignada, sin poder creer que Ryu no fuera capaz de darse cuenta de que su comentario había estado muy fuera de lugar. Intentó zafarse de su agarre, pero no lo consiguió.

—¿En serio no te parece mal lo que me dijiste? —Frunció el ceño—. ¿Quieres que te lo recuerde?

—Vale, vale, tienes razón. —Le dijo y le dio varios besos en las mejillas—. Fui un estúpido. Y lo que te dije… te lo dije para picarte, sabes que me pone mucho verte enojada…

Ella dejó salir una risa irónica y apartó su mirada de él.

—Vaya, entonces la debes tener muy dura en este momento.

Ryu dejó salir una carcajada y la apretó un poco más contra él. Le encantaba que Asami no se censurara jamás.

—No todavía, bombón —pegó su boca a la oreja de Asami—, pero seguro que si me das uno de esos besos tuyos que tanto me gustan…

Aprovechando que el chico había bajado la guardia, Asami llevó sus manos a sus brazos y los apartó de ella.

—No. Ni siquiera te has disculpado conmigo.

Ryu la observó durante unos segundos, sin perder su buen humor, y asintió con la cabeza. Adoptó un semblante casi solemne, como si por primera vez se estuviera tomando algo en serio.

—Lo siento, 'Sami. Lo siento de verdad. —Pero ella no estaba haciéndole caso—. Hey, mírame. —Colocó su mano en el mentón de la chica para hacer que la mirara—. ¿No me crees? ¿Quieres que me arrodille, bombón? ¿Es eso? Yo me arrodillo.

Ryu se hincó ante ella y colocó sus manos frente a su pecho, en señal de perdón. Asami lo miró sorprendida, sin poder creerse que estuviera actuando de esa manera.

—Perdóname, por favor. —Le hizo ojitos—. No soporto que no me hables, sabes que no puedo estar lejos de ti.

—Ryu, no seas ridículo. —Miró a todos lados, deseando que no hubiera nadie cerca que pudiera presenciar esa vergonzosa escena—. Levántate, por favor. Alguien nos puede ver.

El chico se abrazó a las piernas de Asami y apoyó su mejilla de uno de sus muslos. Ella sintió sus grandes manos por encima de la tela los leggings que llevaba puestos.

—Solo si me perdonas. —La miró desde su posición sin soltarla, como un niño pequeño abrazado a la falda de su madre mientras le ruega que no le deje en el jardín de infantes—. ¿Me perdonas, plis? No lo volveré a hacer.

Asami soltó un largo suspiro y asintió con la cabeza, haciendo que Ryu sonriera ampliamente, como un crío al que acaban de darle permiso para ir al parque. Se incorporó y agachó la cabeza para besarla, pero Asami dio un paso atrás.

—Pero ni creas que te voy a dar un beso. —Le dijo con firmeza—. Me están esperando y por tu culpa voy a llegar tarde.

El chico seguía sonriente y feliz.

—Vale, vale. Te dejo ir, bombón. —Le pasó varios mechones de pelo por detrás de las orejas—. Pero que sepas que esta noche voy a soñar contigo y con lo que hicimos el otro día en mi casa. ¿Te acuerdas? —Alzó ambas cejas y se lamió los labios—. En la cocina, con el sirope del helado…

Los labios de Asami casi la traicionan al comenzar a curvarse en una sonrisa traviesa, ante el recuerdo de esa divertida y húmeda tarde en casa de Ryu. Pero su parte racional pronto entró en escena. ¡No, Asami, no! Se dio un toque mental. Es un fuckboy, déjalo ir.

—Adiós, Ryu.

Se alejó de él y continuó con su camino, dejando al chico atrás, sin dejar de pensar en esa deliciosa sesión de besos y sexo oral en la cocina de Ryu. Sí que lo recordaba. Y muy bien.

—¡Te escribo después, ten un lindo viernes! —Exclamó él en voz alta, para que ella lo escuchara—. ¡Preciosa, guapa!

Pero Asami no se dio la vuelta en ningún momento, sintiéndose orgullosa de sí misma por resistirse a las carantoñas de Ryu. El muy granuja sabía bien cómo seducirla y meterse en su mente… y otras partes. Era un fuckboy a toda regla, como del que Dua Lipa cantaba en New Rules, canción que Asami estaba empezando a tomar como himno. Si quería resistirse a caer en la tentación de volver a enrollarse con Ryu, debía seguir las tres reglas de Dua. Suspiró.

Lástima que ese fuckboy supiera usar tan bien sus manos… y otras partes.


El domingo por la tarde, Akane se dirigió a la farmacia más cercana a su casa para comprar medicamentos para el dolor menstrual que la aquejaba desde el día anterior, y de paso comprar algunos chocolates y golosinas, que nunca venían mal para esos momentos del mes.

Además de las aspirinas para el dolor, cogió helado y chuches para ella, Nabiki y Kasumi. Mientras hacía la fila para pagar, algo en uno de los estantes cercanos a la caja le dio una idea. De repente, el bombillo de la maldad se encendió sobre su cabeza, y una amplia y traviesa sonrisa surcó su rostro.

Había puesto su alma en paz con todo lo que respectaba al tema Ranma Saotome, y de hecho hasta ese momento ni siquiera había vuelto a pensar en él, pero aquella idea se le hizo demasiado irresistible y fácil de ejecutar.

Al llegar a la caja, cogió eso que le había llamado la atención y con lo que se vengaría de Ranma. Tuvo que ahogar una risa en su garganta al imaginar la escena. El muy estúpido no tenía idea de la que le esperaba.

Tras pagar, salió de la farmacia y emprendió su camino de vuelta a casa, mientras pulía en su cabeza los detalles de aquel plan que ya consideraba maestro por muchas razones. Le había salido muy barato, y era una idea ingeniosa y fácil de ejecutar. Y si Ranma decidía acusarla, no tendría forma alguna de probar nada. Además, ningún profesor le creería que ella habría tenido algo que ver con un asunto como ése. Akane era una chica intachable, lo había sido siempre, y los profesores la conocían de toda la vida. Él, en cambio, solo tenía un año y unos meses en la Academia Furinkan.

Aquella gamberrada serviría para hacerlo pasar vergüenza para desquitarse por lo del trabajo de Biología.

Solo necesitaba encontrar la ocasión perfecta.


Aquella mañana se había pasado relativamente lenta para Akane, que había estado esperando el momento indicado para ejecutar su plan maestro, sabiendo que si se apresuraba no funcionaría.

Habían pasado ya varios días desde el incidente de Darwin, por lo que Ranma había bajado la guardia completamente. Akane incluso le había hablado en clases como si nada, para pedirle un borrador, preguntarle si había escuchado bien la fecha del examen de Matemáticas y reírse de un chiste que había contado para todos.

Al principio, el chico pareció un tanto extrañado, pero al ver que los días pasaban y que Akane parecía tratarle de forma normal (ya no era amistosa con él como antes, pero tampoco estaba siendo odiosa), se relajó y pensó en que los problemas entre ellos estaban más que zanjados. Incluso le tranquilizó notar que aunque la chica no parecía guardarle rencor, tampoco se mostraba tan amable con él como lo había sido antes; a Ranma le convenía mantener su distancia con ella para que Shampoo no volviera a sacar a colación el tema de la lista, pero también para que Akane no volviera a acercarse a él demasiado, tomando en cuenta lo que le había hecho sentir (excitación y deseo) la vez en la que lo había empujado contra la pared.

Pero Akane, lejos de haberse olvidado de la bromita de Ranma, la tenía muy presente. Ese día esperó el momento indicado, que llegó cuando sonó el timbre del primer receso. La chica esperó que sus compañeros salieran al recreo y fingió estar terminando de anotar en su cuaderno las cosas que la profesora de Inglés había escrito en la pizarra.

Cuando ya no quedó nadie más que ella en el salón de clases, buscó en su mochila lo que tenía preparado para vengarse de Ranma. Al encontrarlo, se puso de pie y se dirigió hasta el puesto de Ranma. Abrió su mochila gris y no tardó en encontrar lo que buscaba; sabía que Ranma solía traer los trabajos en las mismas carpetas verdes, pero para asegurarse de no meter la pata, se aseguró de revisar el contenido para verificar que se tratara de la tarea de Japonés. Eureka.

Mientras ejecutaba su plan, dejó salir varias risas y se sorprendió al encontrar su venganza tan graciosa. ¿Quién hubiera dicho que ser malo era tan emocionante y divertido? En ese caso, no podía culpar a Ranma por haber disfrutado tanto de la bromita de Biología. Igual era un estúpido por haberle hecho eso.

Guardó la carpeta en la mochila de Ranma, se acomodó la falda del uniforme al incorporarse y se dirigió a la salida, como si nada hubiera sucedido.


Hiroshi entró al baño de los chicos para lavarse las manos minutos antes de que sonara el timbre. Cuando estuvo frente al lavamanos, una risa femenina dentro del baño lo hizo levantar la cabeza y mirar hacia atrás. La risa venía de dentro de uno de los cubículos y estaba acompañada de murmullos y de una risa masculina que reconoció casi de inmediato.

La puerta del cubículo se abrió y Ranma asomó la mitad del cuerpo. Pareció sorprendido de ver a Hiroshi de pie frente a los lavamanos. El chico de pelo castaño lo miró confundido, a lo que el pelinegro le indicó con un gesto que se metiera en uno de los cubículos. Hiroshi no hizo preguntas, entendiendo el motivo de la solicitud de su amigo. Entró a un cubículo vacío y empujó la puerta hasta que quedó casi cerrada. Escuchó la voz de Ranma hablarle a su acompañante. Sonaba muy divertido.

—No hay nadie, puedes salir.

Se escucharon pasos y luego una voz femenina.

—Asómate también al pasillo, nadie puede verme saliendo de aquí.

Hubo un silencio que duró lo que a Ranma le demoró ir hasta la entrada del baño y asomarse al pasillo. Esta vez, su voz se escuchó un poco más lejana.

—No hay nadie, puedes salir.

Hiroshi esperó paciente a que la chica saliera del cubículo y se despidiera de su amigo.

—¿Nos vemos en el segundo receso? —Preguntó Ranma.

—Puede ser…

Silencio. Probablemente un morreo de despedida. Y entonces la voz de Ranma, dirigiéndose a él:

—Ya puedes salir.

Hiroshi salió del cubículo y se fijó en que su amigo se había sentado en el suelo, con las piernas flexionadas. Tenía el pelo completamente revuelto, la corbata del uniforme mal colocada y una expresión en el rostro que bien podía ser de embriaguez o de sopor.

—Veo que Shampoo y tú se lo han pasado muy bien allí dentro. —Dijo el chico de pelo castaño mientras se acercaba al lavamanos—. ¿Sí sabes que si los pillan los pueden suspender, no? A ti incluso podrían expulsarte...

Ranma soltó una risita traviesa. Eso mismo era lo que él le había dicho a Shampoo, pero la chica le había asegurado que a esos baños no entraba casi nadie, y con que estuvieran muy callados no tendrían por qué pillarlos. Al principio, el pelinegro se había mostrado tenso y un tanto reacio a los besos y las caricias de su ligue, pero si había una mujer en el mundo que podía hacer a un hombre cambiar de opinión, esa era Shampoo.

—Es la primera vez que nos besamos escondidos en un baño, así que no te preocupes por eso, Hiro. —Explicó Ranma para tranquilizar a su amigo.

Hiroshi lo miró a través del espejo, mientras cerraba el grifo del agua.

—Ya, pero una vez es todo lo que hace falta para meterse en problemas.

Hiroshi Tsujitani era un chico bueno. No solía romper las reglas (salvo unas pocas excepciones), era un estudiante aplicado y no buscaba problemas con nadie. Le iba el rollo intelectual mucho más que los deportes, por lo que prefería un libro a un balón. No había salido con ninguna chica pero no porque no le gustaran, sino porque su despertar hormonal había ocurrido mucho después que el del resto de sus compañeros. Todavía conservaba su cara de niño, lo que tampoco ayudaba demasiado, ya que a las chicas les parecía más tierno que sexy. Aunque había escuchado y leído que a las mujeres les encantan las baby faces, en su caso no había tenido demasiada suerte. Pero debía reconocer que él tampoco se había mostrado demasiado disponible para ninguna chica, a diferencia de Daisuke (que si pudiera, correspondería a todas). El caso de Ranma era distinto; las chicas le buscaban y manifestaban su atracción hacia él de la misma forma en la que le ocurría a Daisuke, pero el pelinegro solo había correspondido a una: Shampoo Sakuma.

A pesar de haberse pasado tanto tiempo viviendo casi como un eunuco por falta de ganas, las hormonas de Hiroshi habían despertado con todo y ahora el chico también tenía ganas de ligar con alguna chica guapa.

Ranma se puso de pie cuando su amigo se hubo secado las manos con una toalla de papel. Ambos chicos salieron del baño justo en el momento que el timbre sonó.

—Oye, una pregunta. El día de la lista del avión de papel tú no escribiste ningún nombre, ¿verdad?

Hiroshi negó con la cabeza.

—¿Es porque no te gusta ninguna chica de nuestra clase o porque no querías meterte en problemas?

—Ninguna de las dos. —Respondió Hiroshi—. No escribí ningún nombre porque esa lista me parece de mal gusto. Es… es sexista, como dice Hiroko. Denigrante para las chicas.

—Entonces sí te gusta alguna…

Hiroshi miró a Ranma, que sonreía y lo miraba con curiosidad. No pudo evitar sonreír él mismo.

—Define gustar.

—Sabes a lo que me refiero. —Contestó Ranma—. Tiene que haber alguna a la que encuentres bonita, atractiva… ya sabes. Una chica en la que hayas pensado por la noche… antes de dormir.

Hiroshi se rió ante la ocurrencia de su amigo.

—Puede ser. —Le respondió a Ranma en el momento en el que cruzaban la puerta del salón de clases.

Sí, había alguna... pero era completamente inalcanzable para él, así que no se hacía ilusiones.

Minutos después, la profesora Suzuki de Japonés entró para comenzar con la clase. Aquel día los estudiantes debían entregar una investigación sobre autores japoneses destacados durante la primera mitad del siglo XX. Pero antes de pedir los trabajos, la profesora les habló sobre un taller de gramática que debían realizar en grupos de tres aquel día durante la clase. Por suerte, los grupos eran de libre elección. Akane se juntó con Hiroko y Sayuri, mientras que Ranma hizo grupo con Hiroshi y Daisuke.

Luego de que los chicos armaran sus equipos de trabajo, la profesora dio las instrucciones les entregó la hoja del taller. Les indicó que conversaran en voz baja mientras ella corregía los trabajos. Acto seguido, pidió que un voluntario la ayudara a recogerlos para evitar el desorden. Akane, en un gesto altruista y totalmente desinteresado que no escondía ninguna agenda personal, se ofreció para pasar puesto por puesto recogiendo los trabajos. Cuando ya los tuvo todos en su mano, se encargó de dejar el de Ranma de segundo, para que la profesora no demorara en llamarle la atención. «Llamarle la atención» era un eufemismo, claro.

La chica volvió a su pupitre y comenzó a trabajar en el taller de gramática con Hiroko y Sayuri, quienes destacaban especialmente en esta asignatura, sobre todo la última, quien incluso era la favorita de la profesora Suzuki.

La clase estaba tranquila y solo se oía el suave murmullo general de las conversaciones entre los estudiantes. Fue por eso que cuando la profesora Suzuki golpeó el escritorio con la palma abierta y alzó la voz, todos los alumnos dieron un respingo y se giraron para mirarla.

—¡SEÑOR SAOTOME!

La clase al completo dejó de hablar al ver la expresión iracunda de la profesora. Su rostro jovial, normalmente níveo, estaba completamente rojo. Era una mujer severa, sí, pero no solía alzar la voz.

El aludido pareció tan sorprendido con el resto de la clase.

—¿Sí, señorita Suzuki? —Preguntó en un tono respetuoso y calmado.

Akane tuvo que hacer un gran esfuerzo por no reírse.

—¡Está usted muy equivocado si cree que su bromita me ha parecido graciosa! —Exclamó la profesora completamente roja—. ¡Esto es una falta de respeto!

Soltó la carpeta verde sobre el escritorio, mirándolo enojada, haciendo que los ojos de todos los presentes fueran de ella a Ranma y de Ranma a ella en segundos. El chico se sintió observado y muy nervioso, aunque sin entender qué era lo que había hecho enojar a la profesora Suzuki. Miró a Hiroshi y a Daisuke, como pidiéndoles un consejo. Pero ambos chicos estaban tan confundidos como él.

—Disculpe, señorita Suzuki, ¿a qué bromita se refiere? No sé de…

—¡Y encima se atreve a negarlo! ¡Es el colmo! —Miró a Sayuri—. Hiramatsu, por favor vaya a buscar a la directora Miyakoji y al profesor Taro. Dígales que es un asunto urgente.

Los ojos de Sayuri se abrieron de forma exagerada, al igual de que los de Ranma. El chico tenía que haber hecho algo muy grave para que la profesora Suzuki estuviera solicitando la presencia de la directora de la Academia Furinkan y al profesor John Taro, quien además de impartir clases de Historia, fungía como el maestro consejero de su clase.

Ranma palideció al escuchar aquello. Para su suerte, Sayuri permaneció inmóvil en su pupitre, sintiéndose entre la espada y la pared. La señorita Suzuki solía pedirle algunos favores, pero jamás algo como eso.

—Pero…

Rumiko Suzuki se puso de pie y cogió la carpeta de la mesa.

—No se preocupe, Hiramatsu, ya voy yo. —La miró con amabilidad antes de salir del salón y luego dirigió una severa mirada a Ranma—. Y usted viene conmigo.

Sin esperar que Ranma se pusiera de pie, la mujer salió del aula de clases, haciendo que todos los estudiantes miraran a Ranma y que algunos incluso le preguntaran qué había hecho.

—¿Qué ha pasado, tío?

—¿De qué broma habla la profe?

El chico se encogió de hombros, sin encontrar respuesta alguna a la explosión de la profesora.

—Pero hay que reconocer que está muy sexy cuando se enoja, ¿no? —Comentó Daisuke con una sonrisa socarrona, ganándose una mirada reprobadora por parte de Hiroshi.

—Ranma, será mejor que vayas. —Le dijo el castaño a su amigo, colocándole una mano en el hombro—. Debe ser una confusión, estoy seguro que se trata de eso. Ve antes de que vuelva a buscarte y espera a que las cosas se aclaren. No va a pasarte nada.

Las palabras de Hiroshi lograron tranquilizar a Ranma. El chico de pelo marrón claro sabía que su amigo evitaba a toda costa meterse en problemas para no poner en riesgo su beca, así que comprendía por qué estaba tan nervioso. Ranma asintió con la cabeza y agradeció las palabras de aliento que Hiroshi le había dado. Se puso de pie y caminó con pesadumbre hacia la puerta, preguntándose qué habría pasado. ¿Qué sería eso que…?

Como si alguien le hubiera cogido de la chaqueta del uniforme, Ranma se detuvo abruptamente cuando ya estaba en el umbral de la puerta. Se dio la vuelta y buscó a Akane Tendo entre sus compañeros… y comprobó que la chica estaba mirándolo. Tenía el codo apoyado en su mesa y su mentón reposaba sobre su mano derecha. Alzó la izquierda y se despidió de él con la mano.

—Buena suerte. —Le dijo desde su lugar, esbozando una pequeña e inocente sonrisa.

El rostro de Ranma se transformó en una mueca de horror y miedo. ¡Ella! ¡Había sido ella, joder!

Salió del salón de clases como alma que lleva el diablo y casi trotó hasta el edificio en el que se encontraba la oficina de la directora Miyakoji. Cuando faltaba poco para llegar, aminoró la marcha. No debía agitarse, necesitaba mantener la calma y la tranquilidad. Comenzó a trabajar en su respiración con cada paso, sin dejar de elucubrar sobre qué podía haber hecho Akane con su trabajo de Japonés para enfurecer tanto a la profesora. ¡Y en qué momento! No importa eso ahora, Ranma, después lo averiguarás.

Al llegar a la antesala de la oficina de la directora, Ranma se acomodó el uniforme y se peinó el pelo un poco. La secretaria de Satsuki Miyakoji le indicó que le estaban esperando. El chico asintió con la cabeza y dio una profunda respiración antes de abrir la puerta.

La oficina de la directora parecía más sacada de una revista de decoración que de un colegio privado. Era un rectángulo amplísimo, con grandes ventanales que iban de izquierda a derecha y ofrecían una vista a los jardines frontales, los estacionamientos y a la entrada de la Academia Furinkan. Debajo de los ventanales, también recorriendo toda la oficina de izquierda a derecha, había una estantería de diseño con libros, premios, fotografías, y otros artículos de decoración. Del lado izquierdo de la oficina rectangular había una sala con sillones italianos y una mesa de vidrio. Del lado derecho estaba el el escritorio de la directora, quien estaba de pie junto a su enorme silla de cuello. La profesora Suzuki estaba sentada en una cómoda y elegante silla frente al escritorio, con la carpeta todavía en la mano. El profesor John Taro estaba de pie junto al escritorio, con los brazos cruzados. Al ver a Ranma, descruzó sus brazos y miró al chico de forma reprobadora aunque paternal, como si quisiera darle un toque por lo que había hecho, pero sin mostrarse molesto con él.

—Saotome, por favor tome asiento. —Indicó la directora.

Él lo hizo sin decir palabra. Justo en ese momento, la puerta de la oficina volvió a abrirse, dejando ver a Kenji Mihara, el entrenador del equipo de fútbol. Ranma palideció mientras sentía que su futuro y su beca pendían de un hilo. Ni siquiera fue capaz de sostenerle la mirada al entrenador. Se limitó a mirar las palmas de sus manos hasta que la directora habló.

—Profesor Taro, entrenador Mihara, gracias por venir, entiendo que he interrumpido sus labores, así que seré breve. —Explicó con la formalidad y la elegancia que la caracterizaba—. La señorita Suzuki me ha indicado que el señor Saotome le ha jugado una broma pesada el día de hoy, con un trabajo que debía entregar. —Añadió—. Rumiko, por favor.

Rumiko asintió con la cabeza y colocó la carpeta verde sobre el escritorio.

—El día de hoy los estudiantes de penúltimo año debían entregar un trabajo de investigación sobre autores japoneses destacados durante la primera mitad del siglo XX. —Explicó, visiblemente más calmada que hacía unos minutos—. Una alumna se encargó de recogerlos y dejarlos en mi escritorio, así que procedí a leerlos y corregirlos mientras los estudiantes realizaban un taller en clase. Fue entonces cuando me encontré con… —Hizo una pausa y sus mejillas volvieron a adquirir una tonalidad rojiza—. Con esto.

Abrió la carpeta, dejando ver el trabajo de Ranma, que consistía en varias hojas blancas tamaño carta engrapadas. El profesor Taro, el entrenador Mihara y la directora Miyakoji parecieron no entender a qué se debía tanto alboroto; Ranma pareció tan confundido como ellos. Los tres adultos se inclinaron hacia el escritorio para leer la portada del trabajo. No fue sino hasta que el profesor Taro deslizó hacia arriba las hojas engrapadas para sacarlas del bolsillo de la carpeta cuando los vieron.

Los ojos de Ranma se abrieron ante la sorpresa y la humillación de verse en una situación como esa. Su mente lo llevó a la sonrisita inocente y casi tierna que Akane le había mostrado justo antes de que él saliera del aula de clases.

Tanto el profesor Taro como el entrenador Mihara comprendieron entonces a qué se debía el enojo y la vergüenza de Rumiko Suzuki, pues no todos los días una profesora joven se encontraba con tres condones dentro de una carpeta que solamente debía incluir un trabajo escrito. Ambos miraron a Ranma, cada uno con una expresión distinta en el rostro.

—Eso no es todo. —Dijo Rumiko, visiblemente alterada por lo ocurrido.

Ranma se sintió desfallecer, ¿¡es que había más!?

—También estaba esto.

Levantó las hojas engrapadas, haciendo que los condones cayeran sobre el escritorio, dejando ver un avión de papel aplastado. Lo cogió y se lo entregó a la directora. Satsuki cogió el papel y lo desdobló, sus ojos marrones abriéndose ante lo que veía. Bajó la hoja y miró a Ranma, con una mezcla de ironía y reprobación.

—Estas cosas me superan. Es que… no lo entiendo. No entiendo la fijación que tienen los chicos con dibujar este tipo de cosas. —Sin dejar de mirar a Ranma, le extendió el papel a John y a Kenji—. Tal vez ustedes que son hombres puedan explicármelo, a ver si lo entiendo.

Ranma pudo ver que en la hoja de papel había un pene dibujado. Con la misma tinta plateada que él había usado...

Hija de puta, pensó. Me has jodido.

—Satsuki, disculpe. —El profesor Taro decidió intervenir—. ¿Podríamos el entrenador Mihara y yo conversar un momento con Saotome? Antes de… proceder.

En el poco tiempo que llevaba de conocer a Ranma Saotome, John Taro podía decir con propiedad que era un buen chico. No era el mejor de los alumnos, pero tampoco le iba mal. Además, era un deportista destacado y un chico avispado y simpático. El profesor Taro había conocido a muchos alumnos con un perfil similar al de Ranma (deportistas, agraciados físicamente y con un futuro prometedor) durante su época como profesor en la Academia Furinkan, y podía decir con seguridad que Saotome era uno de los buenos.

Satsuki Miyakoji no pareció convencida, pero los dejó ir. Necesitaba conversar con la profesora Suzuki para calmarla. Si bien lo ocurrido le parecía completamente inapropiado y de muy mal gusto, no consideraba que fuera una falta gravísima, como había indicado Rumiko al llegar a su oficina. No había por qué tomar decisiones drásticas.

—Sí, está bien. —Miró la puerta, indicándoles que podían salir.

Los tres salieron de la oficina. El primero en hablar fue el entrenador Mihara, con el dedo índice levantado.

—Escúchame bien, porque esto no te lo voy a volver a decir. —Era un hombre altísimo y muy grande, con una fisionomía similar a la del padre de Ranma (aunque con un carácter muy distinto)—. No me importa lo que hagas cuando salgas de la Academia. Si tienes una vida sexual activa, si tonteas con chicas o te acuestas con ellas… eso no me interesa. —Lo miró fijamente—. Pero, ¡por favor, Saotome! ¿Cómo coño vas a dejar tus condones dentro de la carpeta de Japonés? —Alzó ambos brazos, como si no pudiera entender que uno de sus jugadores fuera tan estúpido.

Ranma sintió que se sonrojaba completamente. Estaban a escasos metros del escritorio de la secretaria, una mujer bastante joven, y aunque ella hiciera como que no los escuchaba, era imposible que no estuviera haciéndolo.

—Porque... supongo que no los pusiste allí intencionalmente, ¿o sí?

—¡No, por supuesto que no! —Exclamó el chico, completamente sonrojado por estar teniendo aquella conversación con dos profesores, y con una mujer joven oyendolos.

Si Akane hubiera sido un tío, Ranma no dudaría ni por un segundo en ir a partirle la cara. ¡Lo había metido en un lío de cojones por algo que él jamás había hecho! Joder, no había tenido sexo en su vida y ahora tenía que dar explicaciones a cuatro adultos que pensaban que era un gamberro y un pervertido, probablemente.

—¿Y el dibujo? —Preguntó el profesor Taro en un tono más condescendiente—. ¿Tampoco lo pusiste allí a propósito?

—No. —Ranma sintió que no tenía sentido decir que no había sido él y que le habían jugado una broma, porque estaba convencido de que las dos mujeres jamás le creerían. Pero si había dos personas en Furinkan que podían salvarle el pellejo, esas eran Taro y Mihara. Así que al menos a ellos debía convencerlos—. El avión lo estuvimos lanzando en clase y luego yo lo metí en la carpeta rápidamente cuando llegó la profesora Suzuki al salón, no quería que ella lo viera. Se me olvidó sacarlo antes de entregar el trabajo…

Mihara se llevó una mano el puente de la nariz, mientras murmuraba que no podía creer que Ranma fuera tan tonto.

—Eso puedo entenderlo. —Comentó el profesor Taro—. Puede que a Suzuki y a Miyakoji no les parezca una excusa válida, pero es algo con lo que podemos trabajar. Pero, ¿y los preservativos? ¿Cómo llegaron ahí?

Por culpa de una niñata odiosa y vengativa.

—¡No lo sé, ni siquiera son míos! —Ranma sintió el rostro encendido por la vergüenza.

—¿Cómo que no son tuyos? —Mihara frunció el ceño y volvió a mirarlo—. ¿Qué eres, el utilero sexual de tus compañeros? ¿Les guardas los condones y se los entregas cuando los vayan a usar?

Al profesor Taro le parecía completamente inapropiada la forma en la que el entrenador Mihara se dirigía a Saotome, pero no intervino. Sabía que sería en vano, que aquello era habitual para los chicos del equipo de fútbol; Mihara les hablaba a rajatabla y sin sutilezas.

Ranma se sintió estúpido por haber dicho eso en un impulso, viendo que quedaba como un tontolaba frente al entrenador. Piensa rápido, joder.

—Quiero decir… son míos ahora, yo… yo no los compré. Un compañero me… me hizo el favor de dármelos. —Mentir era algo que no le gustaba, pero si tenía que hacerlo para salvarse el pellejo, lo haría—. Cuando, cuando me los di… los eché en la mochila sin ver. Supongo que habrán caído en la carpeta.

A juzgar por la vergüenza y la incomodidad en el rostro del alumno, Taro intuyó que el chico decía la verdad y que además nada de eso había sido intencionado. Sabía que convencer a Miyakoji de dejarle irse de rositas no sería demasiado complicado; después de todo, Satsuki era una mujer racional que evitaba tomar decisiones demasiado drásticas salvo que fuera estrictamente necesario. Suzuki, en cambio, era harina de otro costal; era una mujer joven y atractiva de treinta años, algo que no siempre le jugaba a favor a ninguna profesora que tuviera que enseñar a un grupo de adolescentes hormonales nacidos en cuna de oro y acostumbrados a que el mundo estuviera a sus pies, por lo que era mucho más exigente y severa que otros profesores; los alumnos habían aprendido a respetarla por su carácter fuerte. Aún así, el profesor Taro, que era joven también (aunque le sacaba diez años a Rumiko) la conocía bien y sabía que podría convencerla de que no pidiera la cabeza del chico en un pico. A Ranma le tocaba un castigo seguro, pero él haría todo lo posible por minimizar los daños.

Mihara también le creyó. En realidad, lo que le molestaba de la situación era, además de que hubieran interrumpido lo que estaba haciendo, que la profesora Suzuki sacara las cosas de proporción. Sí, el chico tenía condones, ¿y qué? ¿Cuál era el problema? ¿No era eso lo que ellos habían querido con las charlas de educación sexual, que los chavales fueran responsables y se protegieran? Había que ser demasiado ingenuo o desconectado de la realidad para creer o desear que los jóvenes no tuvieran sexo. Él mismo había encontrado en más de una ocasión a alguno de sus jugadores en una situación comprometedora con alguna chica en los vestuarios y las duchas. Y jamás había dicho palabra alguna a nadie. ¿Para qué? Bastaba con un buen jalón de orejas al chico en cuestión para que no repitiera aquello.

—John, ¿qué propones? —Le preguntó al profesor Taro. Él tenía más tacto y sabía cómo lidiar mejor con las mujeres.

—Esto es lo que vamos a hacer. —Miró a Ranma—. Vas a entrar y te vas a disculpar con la profesora Suzuki por el incidente. Le dirás lo que nos has contado a nosotros, pero sin tantos detalles en la parte de los preservativos, por favor. —Explicó el profesor Taro y luego miró al entrenador Mihara—. Nosotros haremos todo lo posible para que el castigo no sea demasiado severo.

Ranma se desinfló como un globo al que le clavan un alfiler.

—¿Me van a… castigar?

Mihara le colocó una mano en el hombro.

—Eso seguro, chaval. Has elegido la peor clase para que se te colaran unos condones en un trabajo. —Le habló en tono paternal—. La profesora Suzuki es una mojigata…

—Kenji, por favor. —El profesor Taro lo miró con severidad, sin poder creerse que le hubiera dicho aquello al alumno.

El entrenador Mihara alzó ambas manos en señal de inocencia. Los tres volvieron a entrar a la oficina de la directora y ocuparon los mismos lugares en los que habían estado antes de salir. Rumiko Suzuki parecía más tranquila, aunque todavía tenía una expresión molesta, mientras que la directora Miyakoji parecía querer que todo se terminara ya.

—¿Y bien? —Preguntó mirándolos a los tres.

Ranma procedió a hacer lo que el profesor Taro le había indicado. Explicó sin muchos detalles y con cara de yo no fui lo que había ocurrido. Luego miró a la profesora Suzuki y se disculpó con ella, diciéndole que estaba muy avergonzado por lo ocurrido y que lamentaba enormemente haber interrumpido la clase y también haberle causado tal disgusto. Finalmente, y recordando el consejo que Daisuke le había dado una vez («a las chicas les gusta que asumas tus errores sin excusas, que reconozcas que eres un idiota y que aceptes las consecuencias»), se ofreció a los lobos.

—Estoy… estoy dispuesto a asumir las consecuencias de mis acciones.

La directora Miyakoji lo miró sorprendida, sin poder creer que el alumno no hubiera tratado de justificarse en ningún momento. Debía reconocer que le gustaba tener a Ranma Saotome en el cuerpo estudiantil, ya que el año pasado había demostrado que el programa de becas deportivas había sido una gran idea. El chico no solo era un prodigio deportivo, sino que además no se metía en problemas y aprobaba todas sus asignaturas. Aquella era la primera vez que lo tenía sentado en su oficina.

—Profesora Suzuki, ¿hay algo que quiera comentar?

Rumiko asintió con la cabeza y miró a Ranma.

—Aprecio sus palabras, Saotome. Y entiendo que lo que no lo hizo con mala intención. Sin embargo, ese tipo de descuidos, sin mencionar siquiera todo el tema de un avión de papel con… —Calló, no siendo capaz de completar la frase—, ese tipo de cosas no pasan desapercibidas en Furinkan.

Volvió a callar y miró a la directora Miyakoji, con la esperanza de que fuera ella quien le dijera el castigo al alumno en plan good cop, bad cop. Satsuki Miyakoji suspiró.

—Entiendo que tiene usted programada una visita al Museo Edo-Tokyo con los alumnos de penúltimo año el día viernes, ¿cierto, profesor Taro? —Inquirió mirando a John, y el profesor supo lo que se venía antes de asentir con la cabeza—. Bien. Saotome no asistirá con sus compañeros. —Dijo en un tono que no aceptaba réplicas—. Se quedará en la biblioteca adelantando cualquier tarea que tenga pendiente o estudiando para alguna materia en la que necesite mejorar sus calificaciones.

—Satsuki…

—Entiendo que estos viajes de campo son excelentes oportunidades de aprendizaje para los alumnos, pero son parte de los privilegios que la Academia Furinkan ofrece a sus estudiantes. Y aquellos con conductas poco apropiadas pierden esos privilegios. —Esta vez, la directora miró al entrenador Mihara—. Tanto la profesora Suzuki como yo consideramos que es lo justo. ¿Tiene usted alguna idea mejor?

Kenji no supo exactamente por qué estaban siendo tan generosas con el chico, pero no le importó. No iba a correr el riesgo de perder a su centrocampista estrella simplemente porque John Taro fuera un tío blando.

—El castigo es justo. Ranma se quedará en la biblioteca estudiando y yo mismo iré a supervisar que así sea. Gracias por la comprensión y el tiempo. Profesora Suzuki, directora Miyakoji, nosotros nos retiramos.

Le dio dos palmadas al chico en el hombro para que se despidiera y se pusiera de pie.

Una vez fuera de la dirección, Mihara le repitió a Ranma que aquello había sido muy estúpido y que no le importaba si tenía una vida sexual activa, siempre y cuando eso no le metiera en líos y no afectara su rendimiento durante los entrenamientos o partidos. Si sus atletas se masturbaban demasiado o tenían mucho sexo y eso influía negativamente en los resultados de los partidos, entonces Mihara sí que tenía un problema.

Mientras caminaba de regreso al edificio en el que se encontraba su salón de clases, Ranma pensó en que aunque no le había ido tan mal, odiaba tener que perderse la visita al Museo Edo-Tokyo para pasarse dos horas metido en una biblioteca. Y todo por culpa de la estúpida de Akane Tendo.

En cuanto llegara la hora del receso iba a buscarla para ponerla en su lugar. Nadie se burlaba de él y salía indemne. Nadie.


Después de comerse el desayuno que había llevado aquel día, Akane, que había estado sentada en una de las mesas de la cafetería junto a sus amigas, se puso de pie para dirigirse a la máquina dispensadora de golosinas. Decían que la venganza era muy dulce, y a ella le apetecía un chocolate para celebrar que su plan había salido perfecto.

La profe Suzuki había exhibido a Ranma frente a la clase, lo había hecho ir a la dirección, y encima lo habían castigando sacándolo de la visita al Museo Edo-Tokyo. De esta última parte Akane se había enterado al escuchar que Ranma les explicaba a Hiroshi y Daisuke lo que había ocurrido en la dirección.

Akane esperaba que aquello fuera suficiente para que Ranma entendiera que no debía volver a meterse con ella, y para dejar zanjado el tema. No creía que el chico tuviera las agallas de volver a hacerle algo, no sabiendo que ella era capaz de vengarse y de meterle en problemas.

Al llegar a la máquina dispensadora, no demoró en elegir lo que iba a comprar. Buscó dinero en su monedero y comprobó que todos los billetes que tenía eran de denominaciones más altas de lo que costaba el chocolate. No importaba, la máquina daba vuelto. En el momento en el que introdujo el billete en la máquina, una voz habló a su espalda.

—Eres una impertinente.

Akane esbozó una sonrisa al reconocerla. Marcó el código del producto que quería comprar y se dio la vuelta. Todo el semblante y el lenguaje corporal de Ranma Saotome era una clara provocación: tenía los puños y la mandíbula apretados, la cara roja, la respiración agitada y una mirada que mataba. Estaba cabreado y no pensaba dejarla ir sin antes decirle un par de cosas.

—Tú también. —Dijo Akane sin perder la calma—. Mira que dejar condones en la carpeta de Japonés…

—¡Tu bromita pudo haberme costado la beca! Eres, ¡eres una imprudente!

Akane lo ignoró y se agachó para coger el chocolate de la máquina dispensadora.

—No, no soy una imprudente. —Le dijo mirándolo—. Pero tampoco soy una tonta a la que puedes joder y salir impune. ¿O necesitas que te recuerde lo que me hiciste en Biología?

Ranma sabía que no tenía caso reclamarle nada. Él mismo se había ganado aquello. ¿Cómo era el dicho? ¿Ojo por ojo…? Pero tampoco iba a dejarla ir tan fácilmente.

—Pues mi broma no hizo que te castigaran. Ni tampoco que te perdieras un viaje de campo fuera del colegio.

Akane se permitió sonreír ampliamente. Eso, eso era lo que quería. Verle molesto, irritado, dolido. Verle sufrir. Que reconociera que le había jodido que le hiciera eso.

—Ay, ¿estás triste porque no vas a venir al field trip de Mr. Taro con nosotros? —Abrió el envoltorio del chocolate y miró a Ranma de forma condescendiente—. Mira el lado positivo. Ahora ya tienes condones para la próxima vez que quieras tener sexo, sin tener que pagar por ellos. —Esbozó una sonrisa alegre, como le estuviera dando la mejor de las noticias—. Solo no vayas a decirle a Shampoo que invité yo, claro.

Ranma la miró y apretó los dientes. En aquel momento, le hubiera gustado que Akane fuera un chico para arreglar aquello a puñetazo limpio.

—Te divierte mucho todo esto, ¿no? —Dio un paso adelante para quedar más cerca de ella—. Te crees muy lista porque me jodiste y porque tu plan salió bien, ¿verdad?

—No me creo muy lista, soy muy lista.

—Tú lo que eres es una estú...

—Oye, que yo también estaría cabreada como tú. —Dijo mientras masticaba el chocolate, sin importarle parecer una maleducada frente a Ranma. Cualquier cosa que lo hiciera enojar le venía bien—. Los viajes de campo con el profe Taro son geniales. Y mis hermanas me han contado que la visita al Edo-Tokyo es una de las mejores. —Suspiró largamente mientras se encogía de hombros—. Una lástima que vayas a perdértela…

Luego esbozó una sonrisa burlona y le pasó por al lado, sintiéndose vencedora por haberle causado un mal momento y también por haberle jodido la visita al museo. Aquello sería suficiente para hacerle escarmentar.

Ranma apretó los puños e inmediatamente notó que Akane no había recogido su vuelto de la máquina dispensadora. Sin pensar en que ella no se merecía ningún gesto amable, la parte decente y sensata en él se lo recordó.

—Se te queda tu vuelto en la máquina.

Akane miró hacia atrás sin dejar de caminar y se encogió de hombros.

—Quédatelo. Cómprate algo dulce a ver si te cambia la cara. Yo invito… otra vez. —Le guiñó un ojo y volvió a mirar hacia adelante.

Ranma sintió que echaba humo por las orejas. ¡Él no necesitaba nada dulce! ¡Y mucho menos el dinero de esa princesita malcriada! Le dio un golpe a la máquina mientras pensaba en que Akane se había burlado de él otra vez, dejándole un sabor muy amargo en la boca.

Bien. Quizás si necesitaba ese dulce...

Tendo 2, Saotome 1.


Este capítulo va dedicado a Cassio, quien cumplió años recientemente, ¡felicidades! Si aún no se han leído Una Cosa Llevó a la Otra, los exhorto a que lo hagan. ¡Es buenísima!

En este capítulo el marcador ha cambiado (dos veces) y Akane ha recuperado la delantera. ¿Qué broma les pareció más ingeniosa? Yo tengo muy claro cuál me hubiera enfurecido más si me la hubieran hecho jajaja.

Parece que el único que no sabe que Shampoo no suele conservar durante mucho tiempo a sus ligues es Ranma. Va a tener que cuidarse de que no le rompan el corazón. No quisiera adelantarme y decir si habrá chubascos o no, pero me gustaría saber si alguien tiene algún pronóstico.

Hay dos canciones que describen perfectamente la relación de Asami y Ryu (de la que tendremos más detalles en próximos capítulos), pero por ahora les compartiré una, que es la que ella misma mencionó: New Rules.

Muchas gracias a todas las personas que están leyendo la historia, agregándola a alertas y favoritos, y especialmente a quienes dejan sus reviews y comentarios. Los que no lo hayan hecho, ¡no sean tímidos! Siempre es bueno saber qué les gusta, qué teorías o dudas tienen y otras cosas que tengan en la mente.

¡Nos leemos!