Aviones de papel
Capítulo XII:
"Flashback"
Julio, fiesta de cumpleaños de Ukyo Kuonji.
El verano estaba resultando uno de los más movidos de la vida de Akane. No solo porque ella y sus amigos habían hecho muchas cosas divertidas y diferentes, sino también porque por primera vez en su vida estaba saliendo con un chico.
Tres o cuatro meses atrás, en un juego de Verdad o Reto, uno de los presentes retó al chico nuevo a besar a la chica que más le gustara de todas. Tatewaki Kuno, el chico nuevo, se acercó a Akane para darle un beso. A ella su cerebro le tomó varios segundos procesar lo que estaba ocurriendo y darse cuenta de que Tatewaki la estaba besando porque de todas las chicas que estaban ahí, ella era la que más le gustaba.
Fue una sorpresa porque prácticamente no se conocían de nada, tomando en cuenta que Tatewaki había sido transferido a Furinkan a mediados de ese mismo año, por lo que ella no sabía muchas cosas de él. Solo habían interactuado una que otra vez después de clases, pues a ambos les gustaba correr en la pista de atletismo de la Academia. Sin embargo, nada de eso fue impedimento para que él se fijara en ella y que la besara frente a todo el mundo.
A partir de allí, comenzaron a charlar por WhatsApp, a interactuar por Snapchat, y a darse like, dejarse comentarios y enviarse memes por Instagram. Sus interacciones en el offline también se hicieron mucho más frecuentes: empezaron a compartir durante la hora del recreo y también después de clases.
A ella le sorprendió la naturalidad con la que todo se fue dando entre ellos, como si se conocieran de toda la vida. Congeniaron rápidamente y poco a poco la atracción y el interés fueron creciendo entre ambos al descubrir que tenían varias cosas en común, y que podían mantener la armonía en aquellas en las que no pensaban igual. En general, Tatewaki acaparaba la conversación, pero a Akane no le molestaba porque el chico solía tener cosas interesantes qué decir. Además, recordaba las cosas que Akane le contaba, y le hacía preguntas de seguimiento que demostraban que le prestaba atención y que se interesaba por ella. Tal vez tuviera un sentido del humor un poco extraño, pero era un chico verdaderamente encantador y carismático. Y era guapísimo.
En la tercera cita, Tatewaki besó a Akane por primera vez, que en realidad era la segunda, si se tomaba en cuenta el beso de Verdad o Reto. Fue un beso distinto al primero, porque fue un beso que despertó sensaciones que Akane no había sentido jamás; un beso que despegó sus pies del suelo y la hizo olvidarse de todo a su alrededor; un beso cargado de pasión.
Comenzaron a salir de forma oficial ese día.
Tatewaki se portaba con ella como el chico caballeroso, dulce y atento, por lo que Akane pensó que su relación avanzaría despacio; sin embargo, el chico pronto demostró que él no estaba allí para juegos de niños, así que comenzó a actuar de forma más demandante en cuanto a la intimidad física. Esa parte de su relación se desarrolló de forma trepidante.
Las caricias castas del principio, pronto se convirtieron en magreos y toqueteos por debajo de la ropa. Los dulces besos en la boca pasaron a ser morreos apasionados, que a su vez evolucionaron hasta eventualmente convertirse en sexo oral. Las tiernas y coquetas selfies compartidas después de románticas charlas por WhatsApp evolucionaron a sesiones de sexting con intercambios muy subidos de tono.
No importaba qué tan cauta, tímida o reacia se mostrara Akane ante nuevos avances, Tatewaki siempre conseguía convencerla de hacer lo que él le quería. A veces con palabras dulces y carantoñas para ablandarla y excitarla, pero otras con juegos mentales y manipulación emocional, aunque ella no siempre se daba cuenta, sobre todo al principio. Se sentía muy presionada por ceder y ser la novia perfecta, pensando que Tatewaki merecía una chica entregada, tomando en cuenta que él era un novio abnegado. Pero a medida que el tiempo pasaba y Tatewaki la presionaba más y más, Akane comenzaba a ser consciente de que su novio podía no ser el chico desprendido que aparentaba. ¿Por qué tenía que presionarla e insistirle tanto para que hiciera cosas con las que no necesariamente se sentía cómoda?
Y esos no fueron los únicos red flags de su relación con Tatewaki. Además de volverse cada vez más demandante en cuanto a las relaciones sexuales, Kuno también comenzó a actuar de forma celosa y posesiva, haciendo micro escenas de celos en las que cuestionaba las amistades masculinas de Akane. Ella, en su inexperiencia y enamoramiento, creía que su novio la celaba porque la quería, pero poco a poco fue dándose cuenta de que aquello no estaba bien.
Como primera medida para intentar controlar la situación, Akane empezó a evitar quedarse a solas con él para no tener que discutir, ni dar explicaciones, ni hacer cosas que no quería hacer, pero pronto se dio cuenta de que aquello no arreglaba el problema de raíz. Akane entonces decidió tener una charla con él al respecto, y el chico prometió ser más comprensivo, aunque le aseguró que solo le pedía esas cosas porque la amaba y quería demostrárselo de todas las formas posibles.
Precisamente, se encontraba con él en aquel momento. Acababan de llegar a la casa de Ukyo Kuonji, la prima de Ryoga, quien los había invitado la semana anterior a la fiesta en la piscina que daría por su cumpleaños. Los acompañaban Sayuri, Hiroko, Asami, Yuka y Daisuke.
Como era habitual, tanto Asami como Daisuke habían ido en plan conquista y caza. Los dos tenían intenciones de enrollarse con alguien atractivo en la fiesta. Asami sabía que lo único que tenía que hacer para conquistar a un chico era batir sus pestañas y hacerle ojitos a cualquiera que fuera su objeto de interés; dependiendo de cuanto le gustara el chico, Asami decidiría hasta dónde quería llegar con él. Daisuke, en cambio, sabía que tendría que hacer uso de todos sus encantos: su físico, su carisma y su labia.
Al llegar a la casa de Ukyo, Ryoga los recibió a todos y les explicó que su prima debía estar en algún lugar de la casa, saludando a la gente y fingiendo que no le molestaba que ya hubiera varios borrachos a pesar de que eran las cuatro de la tarde. Pero aquello no era lo único que irritaba a la cumpleañera.
En algún punto de la fiesta, Ukyo se dio cuenta de que había varias caras que ella no conocía. Al parecer, la voz sobre la fiesta se había corrido y llegaron a su casa personas desconocidas pero que conocían a alguno o a varios de los invitados.
Por una parte, le daba igual, pues pensaba que no tenía nada de malo que hubiera más gente, siempre y cuando nadie hiciera un desastre; pero por otro, le molestaba saber que habían sido precisamente sus propios amigos los que invitaron a otras personas sin preguntárselo antes. Sin embargo, la gente ya estaba ahí y ella no iba a hacer una escena para echarlos, así que simplemente lo dejó ir y decidió enfocarse en aquello a lo que verdaderamente quería dedicarle su atención: Hiroko Suyama, la mejor amiga de Ryoga, una chica de pelo muy corto y personalidad interesante.
Pero justo cuando decidió ir a buscarla para charlar un poco con ella y conocerla mejor, Ukyo divisó a su exnovio entre los invitados de la fiesta que se encontraban en el salón familiar. Habían terminado la semana anterior y Ukyo pensó que el chico no se presentaría, pues había quedado muy dolido tras la ruptura. No obstante, allí estaba Mousse, sentado en el sofá con su móvil en las manos y un semblante nervioso que Ukyo conocía muy bien. ¿Habría ido simplemente para estar con ella el día de su cumpleaños, o tendría alguna otra intención? Ukyo esperaba que el chico no le pidiera que volvieran, pues aquella era una posibilidad que estaba totalmente descartada, sobre todo ahora que finalmente había asumido su sexualidad.
Muchas personas admiten sentirse atraídas hacia el sexo opuesto o hacia el mismo sexo desde muy temprana edad: inocentes atracciones en el jardín de infancia, noviazgos tiernos y puritanos en la primaria, crushes especiales y platónicos al principio de la adolescencia... Ukyo no se encontraba entre esas personas. En realidad, durante toda su infancia lo único que le había importado eran sus amigos, su familia, sus clases y también la cocina, pues aprendió a cocinar desde muy pequeña junto a su abuelo. Nunca se sintió atraída hacia nadie, de ningún género, sino hasta después de la pubertad.
A los trece años, comenzó a notar que muchas de sus compañeras y chicas de otros cursos eran realmente bonitas. A los catorce, además de pensar que eran bonitas, empezó a encontrarlas atractivas e incluso sexis. En ningún momento se sintió alarmada ante aquellos pensamientos, ya que ella creía que era normal en todas las chicas. Pero con el pasar del tiempo se dio cuenta de que sus amigas ahora estaban muy pendientes de los chicos. Tenían crushes con famosos y se babeaban por actores y cantantes, comenzaban a salir en citas con chicos, hablaban de ellos, se arreglaban para ellos, y deseaban ser besadas (y otras cosas) por ellos.
A Ukyo no le sucedía. No había ningún chico que le gustara o despertara en ella nada de eso. Por supuesto que apreciaba la belleza masculina; podía ver un chico y encontrarlo guapísimo e incluso sexy, pero… nada más. No se imaginaba besándolo, ni pensaba en cómo se sentirían sus manos tocándola, ni tampoco le interesaba en lo más mínimo salir en una cita con él. Inicialmente, llegó a la conclusión de que ella todavía no estaba en esa etapa, hasta que poco a poco comenzó a notar que esos deseos que no se manifestaban cuando veía o pensaba en chicos, sí aparecían si se trataba de mujeres.
Aquello la hizo sentirse alarmada y muy rara, consciente de que era diferente a los demás. ¿Sería posible que ella fuera…?
Fue entonces cuando Mousse Seki entró en escena. Ukyo lo conocía porque los dos jugaban tenis en el mismo club. Construyeron una relación basada en un deporte que ambos amaban, y desde hacía un par de años quedaban para jugar juntos una vez a la semana. Ukyo notó que con Mousse tenía una conexión muy especial que jamás había logrado con ningún otro hombre. Él era todo un caballero, respetuoso, dulce, expresivo, y muy maduro para su edad. Incluso cuando el chico era un año mayor (ella tenía quince y él dieciséis), Ukyo sabía que la madurez de Mousse no era habitual a esa edad. No se parecía a ningún otro hombre que ella hubiera conocido antes. Y además, tenía unos ojos azules súper bonitos que a ella le encantaba mirar.
Varios meses antes del cumpleaños número dieciséis de Ukyo, Mousse se le declaró tras un partido de tenis. Le confesó que le gustaba desde hacía algo de tiempo y le dijo que quería salir con ella, pero que entendía perfectamente si ella no lo veía de esa forma, y que de ser así, esperaba que pudieran mantener su amistad. A ella le sorprendió un poco la confesión, pero no se sintió incómoda ni molesta. En realidad, se sentía tan en confianza con Mousse que no dudó en decirle que sí. Se hicieron novios y pronto iniciaron una bonita relación que duró alrededor de un año.
Durante los primeros meses, su relación fue bastante casta, y la parte física se basó principalmente en besos, abrazos y caricias superficiales; Mousse se moría de ganas por seguir avanzando, pero sabía que Ukyo no tenía experiencia, y quería que ella se sintiera cómoda en todo momento. Siendo el caballero que era, jamás intentó propasarse ni presionarla para que hicieran nada más, convencido de que lo mejor era esperar a que fuera ella la que decidiera avanzar de «fase». Y así fue.
A pesar de que Ukyo no estaba precisamente entusiasmada ante la idea de acostarse con Mousse (o de hacer con él cualquier otra cosa que fuera considerada «relaciones sexuales»), sí sentía mucha curiosidad por descubrir qué sensaciones le traería hacer ese tipo de cosas; después de todo, nada perdía con probar.
Poco a poco, fueron avanzando hasta hacer todas las cosas que hacían las parejas normales. Mousse expresaba lo mucho que disfrutaba hacer esas cosas con Ukyo, ya que estaba muy enamorado de ella y adoraba poder demostrárselo de todas las formas posibles, además de que babeaba por ella porque Ukyo era guapa y sexy). El caso de Ukyo, naturalmente, fue el opuesto. Y no era personal; el problema no era que no le gustara Mousse, sino los hombres en general.
Durante el año en el que fue novia de Mousse, con todo lo que aquello implicaba (desde intimidad emocional hasta física), Ukyo no solo no dejó de sentirse atraída hacia las mujeres, sino que además terminó de confirmar que los hombres no le gustaban. No era hétero ni bi, era lesbiana.
Ukyo sopesó dos escenarios: podía seguir con Mousse como hasta ahora, o podía terminar con él, decirle la verdad y asumir su sexualidad abiertamente. Ninguna de las dos opciones era fácil: la primera implicaba vivir una mentira en la se hacía daño a sí misma y además engañaba a una persona a la que quería, para poder encajar en la heteronormatividad; la segunda implicaba la posibilidad de ser juzgada y rechazada por sus amigos y familiares por algo que ella no había elegido. Pero como ninguna de las dos decisiones era fácil y las dos implicaban riesgos y sacrificios, Ukyo al menos elegiría aquella en la que pudiera ser ella misma, aquella en la que tuviera la oportunidad de ser feliz.
Así que una semana antes de su fiesta de cumpleaños número diecisiete, citó a Mousse en el club y le dijo la verdad:
—Nunca he querido a nadie como te quiero a ti, pero no puedo seguir siendo tu novia. —A pesar de estar siendo directa, Ukyo sentía que el corazón iba a salírsele del pecho en cualquier momento—. Me gustan las mujeres, Mousse, y me ha tomado mucho tiempo asumirlo.
Mousse no se lo esperó, por supuesto, así que se lo tomó bastante mal al principio. A medida que avanzó la conversación, que Ukyo se explicó un poco más y que él le hizo todas las preguntas que en ese momento se le vinieron a la mente, cayó en cuenta de que aunque al que le estaban rompiendo el corazón era a él, Ukyo no estaba viviendo una situación fácil en lo absoluto. Él era la primera persona con la que ella salía del armario. La chica podía haberle mentido o inventado cualquier excusa para dejarle y guardarse el secreto; y sin embargo, allí estaba, siendo honesta con él.
Aquel día, Mousse se fue a su casa llorando y con el corazón estrujado ante la ruptura. La chica a la que amaba había decidido terminar su relación porque no era heterosexual. Y no había nada que él pudiera hacer al respecto. Nada, salvo que se sometiera a un procedimiento de cambio de sexo, algo que él no deseaba hacer en lo absoluto porque era un hombre heterosexual cisgénero.
Una semana después, el chico estaba ahí en su casa, dispuesto a ofrecerle su amistad.
A diferencia de su prima Ukyo, Ryoga supo desde muy temprano que era gay.
Si bien en el jardín de infantes no necesariamente se identificaba con esa palabra (a esa edad quién sabe nada), nunca tuvo dudas sobre qué era lo que le gustaba, pero siempre acorde con la mentalidad y deseos de su edad. Por ejemplo, a los seis y siete años, los niños les regalaban flores a las niñas, les daban besos en la mejilla y les decían que querían ser sus novios. A Ryoga nunca le gustó ninguna niña; las veía como veía a su prima Ukyo: una buena amiga con quien jugar. En cambio, los niños sí que le llamaban la atención y le apetecía cogerles de la mano. Pero pronto se dio cuenta de que los chicos no enviaban cartas a otros chicos, ni tampoco les daban besos en las mejillas; en realidad, cualquier conducta que pudiera ir por ahí era duramente rechazada.
A los doce y trece años, los chicos comenzaban autodescubrirse y ya no veían a las chicas como niñas lindas a quienes dar una flor; ahora les parecían atractivas y deseaban darles un beso ya no en la mejilla, sino en la boca. A medida que el tiempo pasaba, los chicos notaban que las partes del cuerpo de tal o cual chica estaban creciendo, y aquello les gustaba. También les gustaba ver los anuncios de mujeres en ropa interior y las películas donde había escenas de sexo y alguno que otro desnudo. A Ryoga no le importaba si sus amigas tenían pecho o no, porque lo que le parecía interesante era ver que los varones comenzaban a crecer también y sus cuerpos cambiaban, haciéndolos ver más atractivos. Tampoco le interesaban las modelos de Victoria's Secret ni las mujeres desnudas en las películas; lo que lo hacía sonrojarse y empezar a sentir los primeros «síntomas» de deseo, eran los modelos de Calvin Klein, y los actores que salían sin camisa que le sonreían a la protagonista de forma coqueta y carismática.
A los quince y dieciséis era más evidente que las mujeres jamás iban a gustarle, porque no despertaban en él nada más que ternura y cariño. Era gay, le gustaban los hombres y no había nada que pudiera hacer al respecto. Y mientras sus amigos y compañeros salían con chicas, él intentaba drenar todas sus energías y hormonas a través del deporte. Por suerte, era un chico talentoso y atlético, y aquello hacía que nadie sospechara sobre su sexualidad porque la gente no solía sospechar de los chicos a quienes les gustaba el fútbol. Sus compañeros hablaban de chicas en los vestuarios, comentaban cuáles eran las más guapas y las que estaban más buenas, y de vez en cuando contaban las travesuras que hacían con ellas. Aunque había chicos más discretos y respetuosos que otros, en general existía una camaradería que los unía no solo por el deporte, sino por su atracción y deseo hacia el sexo opuesto.
Pero en los vestuarios también había otro tipo de comentarios. Unos que hacían que Ryoga se convenciera cada vez más de que nunca podría decir lo que era en voz alta. No eran todos, pero algunos de los chicos del equipo hacían comentarios machistas y homofóbicos, se burlaban de aquellas actitudes que no eran tradicionalmente masculinas, y podían ser incluso denigrantes cuando hablaban sobre algún «maricón de mierda», como decían de Picolet Chardin, un chico francés que estudió dos años en la Academia Furinkan, y que era abiertamente gay.
Más de una vez sus compañeros le preguntaron a Ryoga porque no le hacía caso a tal chica que estaba tras sus huesos, o por qué no salía con nadie, o por qué no solía hablar de chicas. También les extrañaba que él no se inmutara cuando alguno mostraba algo de porno o contaba sus anécdotas sexuales. Ryoga sabía que no le duraría mucho el cuento de que era un chico tímido al que le daba vergüenza admitir y confesar si le gustaban más las tetas o los culos, así que si quería que su secreto no saliera a la luz, debía hacer algo al respecto.
Él tenía clarísimo que las mujeres no despertaban en él ningún sentimiento romántico ni sexual, pero aun así decidió que tal vez lo mejor sería salir en citas con chicas para disipar dudas y tener algo que contar. Por supuesto, aquello también comenzó a resultar extraño cuando sus compañeros se dieron cuenta de que él solo salía una o dos veces con la chica y luego ya nada de nada. Nunca nada más que un beso o algo así.
Fue por eso que tras cumplir dieciséis años decidió echarse una novia con la que estuvo varios meses y con quien llegó más lejos que con cualquier otra chica (primera y segunda base), pero a quien terminó dejando al darse cuenta de que no era justo para ella estar con un chico que no la deseaba como mujer ni la quería como novia. Y aunque no se sentía listo para salir del armario, decidió que no tendría relaciones con chicas para aparentar una heterosexualidad que no era real. No solo porque no se sentía bien al hacerlo, sino porque sabía que las chicas se ilusionaban y no estaba bien engañarlas y utilizarlas.
Así que empezó a salir con chicos. Se había pasado dieciséis años de su vida sin siquiera coger de la mano a alguien del sexo por el que se sentía atraído, pero ya no más. Eso sí, tenía que ser muy discreto y cuidadoso para que nadie se diera cuenta.
Ahora estaba esperando que llegara Kinnosuke Kashao, un chico al que había conocido por Tinder, con quien llevaba charlando varias semanas y a quien había visto solo dos veces. La única persona que sabía de la sexualidad de Ryoga era su prima Ukyo (tanto Hiroko como Sayuri tenían sospechas, pero ninguna decía nada), así que Ryoga le había comentado que invitaría a un chico a su fiesta, con la esperanza de que pasara algo entre ellos.
Pronto recibió un mensaje de Kinnosuke, indicándole que ya había llegado. Ryoga sonrió como un tonto y se dirigió a la entrada de la casa, pensando en que seguro sería un día inolvidable.
No tenía idea de cuánto.
Daisuke salió al enorme jardín con un vaso de cerveza en la mano, sin dar crédito a su mala suerte aquel día. Él no solía necesitar a nadie que lo ayudara a ligar, pero pensó que aquel día un wingman era todo lo que necesitaba. El problema es que las dos personas que solían fungir como sus wingman no estaban disponibles: Sentaro Daimonji, porque no estaba en la fiesta; y Asami, porque estaba muy ocupada ligando por su lado.
Ninguna de las chicas a las que se les había acercado para entablar una conversación o coquetear había mostrado interés más allá del social o amistoso. Tampoco ayudaba que la mayoría se conocieran y fueran amigas, porque Daisuke tenía códigos de decencia y sabía que no estaba bien intentar ligárselas a todas. Así que simplemente decidió rendirse por el día. Se sentó en el borde de una de las tumbonas que estaban cerca de la piscina y se dedicó a al menos disfrutar del eye candy que había por ahí.
De pronto, un balón salido de la nada se dirigió hacia él a gran velocidad. Daisuke hizo uso de sus rápidos reflejos y se puso de pie para pegarle una patada y devolverlo al lugar de donde habían salido. Como todo ocurrió tan rápido, no se dio cuenta de que era una pelota de voleibol sino hasta que la hubo despachado. Solo esperaba que no se tomaran a mal que la hubiera pateado.
—¿Haces mucho ejercicio?
Se giró a su izquierda y se dio cuenta de que una chica se había acostado en la tumbona junto a la suya. Su pelo oscuro y largo estaba amarrado en una coleta alta. Sus ojos felinos eran del color de las olivas y sus labios estaban pintados de rojo. Tenía una bonita figura que se apreciaba incluso aunque tuviera puesto un bañador verde de una sola pieza. Daisuke no pudo evitar mirar sus piernas con disimulo; a juzgar por lo bonitas y torneadas que eran, podía deducir que la chica practicaba gimnasia o ballet. Su veredicto fue claro: era guapa y estaba buena.
Esbozó una sonrisa simpática pero no demasiado coqueta y asintió con la cabeza, girándose hasta sentarse de lado en la tumbona, quedando frente a ella.
—Sí, juego fútbol. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, es que parece que tienes mucha fuerza —le dijo ella desde la comodidad de la tumbona—, y además tus piernas son súper musculosas.
A pesar de que lo estaba halagando, su tono no era zalamero ni tampoco demasiado coqueto. Era como si estuviera tanteando el terreno antes de lanzarse al agua, como solía hacer él cuando ligaba. Sin ganas de desaprovechar lo que creía podía ser una buena oportunidad, Daisuke se deslizó hacia atrás, se recostó de la tumbona y miró a la chica.
—Me llamo Daisuke, ¿y tú? —Le ofreció la mejor sonrisa de su repertorio.
—Kodachi —ella correspondió a su sonrisa y le ofreció su mano—, mucho gusto.
—El gusto es mío, Kodachi.
Se miraron mientras se sonreían durante un momento, en el que Daisuke anticipó lo que podía ocurrir más adelante.
—¿De qué conoces a Ukyo? —Preguntó con interés. La clave era no permitir que los silencios incómodos se apoderaran del momento.
—Somos compañeras de clase —contestó ella.
Una señorita de St. Hebereke School for Girls, pensó Daisuke mientras sonreía mentalmente. Interesante.
—¿Y tú?
—Ukyo es prima de un amigo, Ryoga Hibiki, no sé si lo conoces. —Explicó y decidió presumir un poco—. Somos compañeros en el equipo de fútbol de Furinkan.
Aquello solía gustar a las chicas, saber que tenían la oportunidad de ligar con un jugador de uno de los mejores equipos escolares, pero en Kodachi tuvo el efecto contrario. La chica intentó disimular su reacción, pero no se le dio bien. Arrugó un poco la nariz, alzó ambas cejas y apartó la mirada.
—Ah.
—¿No te gusta el fútbol?
Ella se encogió de hombros.
—Me da igual.
En realidad, lo que había desagradado a Kodachi no era que Daisuke jugara fútbol, sino la mención de su exnovio. Kodachi Kuno no era una chica que olvidaba con facilidad o que dejaba ir los rencores para seguir adelante; de hecho, era todo lo contrario. Y su ruptura con Ryoga Hibiki todavía la sentía muy fresca, tanto en su ego como en su corazón.
Kodachi conoció a Ryoga en el cumpleaños de un conocido en común. Aquel día, ella se había peleado con su hermano y sus padres por un motivo que hoy ya no recordaba, pero que en aquel momento le había afectado mucho. Tanto, que un jovenzuelo castaño y de complexión fuerte se acercó a ella en aquella celebración para preguntarle si le ocurría algo. Kodachi, que no era dada a la discreción, decidió contarle todos los problemas de su vida. El chico no solo la escuchó de forma paciente y comprensiva, sino que además la aconsejó y le ofreció palabras de ánimo. Hablaron durante horas hasta que cada uno se marchó a casa, no sin antes intercambiar números de teléfono.
Se hicieron amigos y al poco tiempo, Kodachi se le declaró y le dijo que le gustaba mucho y que quería ser su novia. Al principio, Ryoga pareció muy sorprendido, pero luego le dijo que él también sentía lo mismo. Ella se quedó esperando que Ryoga le diera un beso que sellara el inicio de su relación, pero al ver que el chico no se animaba, decidió tomar la iniciativa.
En los seis meses que fueron novios, Ryoga siempre la trató de forma amable, cariñosa y dulce. Pero había algo en su trato que no dejaba de ser… amistoso, casi fraternal. Poco a poco, Kodachi comenzó a notar ciertos detalles que al principio pasaron desapercibidos: los halagos de Ryoga sobre su físico siempre eran del mismo estilo: «estás muy bonita, te ves muy bien, estás guapísima»; jamás le dijo que se veía sexy o deseable o alguna otra cosa por esa línea. Por otro lado, sus muestras de cariño físico eran abrazos, besos en la mejilla, tomarse de la mano y cariñitos en el pelo o el brazo. No había besos apasionados ni morreos intensos, no había magreos ni toqueteos indebidos, no había roces de ningún tipo, nada. Tampoco había insinuaciones por WhatsApp, ni sexting, ni nada.
Lo más raro de todo no era que Ryoga no intentara ninguna de esas cosas, ya que tal vez era un chico conservador y tímido; lo verdaderamente extraño y peculiar era que cuando Kodachi las hacía o insinuaba, se ponía nervioso y no parecía demasiado entusiasmado al respecto.
Un día en el que se quedaron solos en casa de los Kuno y Kodachi intentó seducirlo, recibiendo evasivas por parte de su novio, decidió confrontarlo.
—¿Es que acaso no te gusto? —Le preguntó entre lágrimas y reclamos dramáticos.
Palabras más, palabras menos, Ryoga terminó diciéndole que estaba confundido y que lo mejor sería que rompieran. Ella, por supuesto, se tomó aquello de la peor forma posible y le exigió que se largara de su casa, gritándole a los cuatro vientos que no quería volver a verlo en su vida, de la forma más teatral posible.
Al día siguiente lo llamó por teléfono para decirle que lo perdonaba, pero Ryoga se mantuvo firme: «te quiero, Koda, pero no creo que debamos volver. Lo siento». Y tan rápido como inició su breve y prácticamente casto noviazgo, se terminó.
La menor de los Kuno lloró por los rincones de su casa y se juró a sí misma jamás volver a confiar en ningún chico. Su hermano, cansado de escuchar las mismas canciones de despecho que Kodachi ponía en bucle (compartían la pared que dividía sus habitaciones), decidió preguntarle qué le pasaba, a lo que la chica le dijo, nuevamente entre lágrimas y gestos teatrales, que su novio la había dejado. Por supuesto, no escatimó en detalles y le confesó a su hermano que su ex era asexual o un eunuco, porque nunca quería besarla ni nada parecido.
De vuelta en la fiesta de Ukyo, Kodachi decidió averiguar un poco sobre la relación que había entre Daisuke y Ryoga, pero sin revelar de qué lo conocía ella.
—Y… ¿son muy amigos? Tú y… Hibiki.
Daisuke creyó entender a qué se debía el cambio en el semblante de Kodachi. Al parecer, no le caía bien Ryoga. Intuyendo que una afirmación podría ser motivo de rechazo, decidió dar vuelta a la conversación:
—En realidad vine porque me dijeron que las chicas de St. Hebereke son muy guapas. —Sonrisa coqueta y encantadora.
El semblante de Kodachi cambió por completo, e incluso su lenguaje corporal se volvió mucho más receptivo. La chica, que hasta ese momento había estado recostada de la tumbona, acomodó su espalda hasta quedar sentada, su pierna rozando la de Daisuke.
—¿Ah, sí? —Kodachi estaba intentando reprimir una sonrisa mientras se enrollaba en el dedo uno de los mechones de su coleta—. Y… ¿qué te parecen hasta ahora?
Bingo. Una vez pasada la barrera inicial de los saludos, no había chica que se resistiera al encanto Koyasu. Kodachi le estaba coqueteando, lo que significa que estaba interesada en él y le daba luz verde para continuar.
—Pues —le dedicó una rápida pero seductora mirada a todo su cuerpo—, puedo decir que los rumores son muy ciertos. —Otra sonrisa picaresca y un guiño de ojos—. Aunque —se inclinó hacia adelante para quedar un poco más cerca de ella—, he de decir que unas más que otras.
Esta vez, Kodachi dejó salir su sonrisa mientras mantenía el contacto visual con él, intercambiando miradas de deseo que le dejaban muy claro a cada uno lo que pensaban del otro.
—Los chicos de Furinkan tampoco están nada mal —comentó ella y también se inclinó hacia adelante para acortar un poco más la distancia entre ellos—, sobre todo los que juegan fútbol. —Posó su mano en la rodilla de Daisuke, haciendo que él bajara la cabeza para mirar el punto de unión.
Que ella fuera quien iniciara el contacto físico solo mejoraba las cosas.
—Y dime, Kodachi —Daisuke sabía que una de las claves del éxito en cuanto a ligar era aprovechar el momentum—, ¿practicas algún deporte? Te lo pregunto porque tienes un cuerpazo, supongo que sí.
—Gimnasia. —Contestó ella con una sonrisa picaresca bailando en sus labios. Le gustaba que Daisuke fuera tan directo y coqueto, pues era algo que ella siempre había deseado en un chico.
—Interesante.
—¿Por qué? —Preguntó curiosa—. ¿Te gustan las mujeres atléticas?
Momento de lanzar un órdago. Apuesta máxima, todo o nada. Daisuke posó su mano sobre la rodilla de Kodachi y le miró los labios.
—Me gustan las mujeres flexibles.
Ryu Kumon observaba la escena a varios metros, sonriendo ampliamente al ver cómo Daisuke se ligaba a una chica bastante sexy, sintiéndose orgulloso de su compañero de equipo. Él, por su parte, también estaba ligando con una chica súper sensual y hermosa a quien le tenía ganas desde hacía un tiempo.
El día anterior charlando con Daisuke, Ryu se enteró que la prima de Ryoga daría una fiesta en su casa, una pool party. El portero del equipo de fútbol no estaba invitado porque ni siquiera conocía a Ukyo, pero aun así consideró ir. ¿Por qué? Porque Daisuke le comentó que iría con varias de sus amigas a la fiesta, entre ellas Asami Kobayashi.
Asami y él se llevaban bien y congeniaban en las prácticas y en los partidos. Habían coqueteado muchas veces y en más de una ocasión estuvieron a punto de besarse, pero como a Asami le gustaba mantener la tensión, siempre lo dejaba con las ganas. Ryu debía admitir que a él también le gustaba ese jueguito, y aquello no era lo único que le ponía de ella. Le excitaba su cuerpazo de sirena: pechos grandes, cintura estrecha, piernas torneadas y trasero firme y redondo; también lo enloquecían su forma sensual de bailar y su carita preciosa. En fin, la chica lo tenía todo. Y lo sabía. Joder, sí que lo sabía.
Asami le sacaba provecho a su físico a través de su forma de vestir, de maquillarse y de arreglarse, y también a través de las fotos que subía a Instagram. Ryu había disfrutado de varias sesiones de autocomplacencia fantaseando con ella, pero también viendo algunas de las Stories y fotos que subía a Instagram desde su piscina o jacuzzi. Y ahora que sabía que la chica iría a la fiesta (una fiesta en la piscina), él no desperdiciaría la oportunidad de ver en persona ese cuerpo de vicio ataviado en un sensual bikini. Por supuesto, verlo era solo una pequeña parte de lo que quería hacer.
Cuando llegó a la fiesta, ella pareció sorprendida de verlo, pero pronto congeniaron como siempre. Una cosa llevó a la otra, un trago a una charla, una charla a otro trago, luego a un juego de voleibol, a charla grupal, a muchos coqueteos, más tragos… en fin, los ingredientes perfectos para que las cosas se fueran dando con naturalidad y fluidez entre ellos.
Charlando muy de cerca sentados en el borde de la piscina, Asami no pudo evitar pensar que aquel era su día de suerte. Ella había acudido a la fiesta con ganas de ligarse a alguien, y quién mejor que Ryu Kumon, un chico que le gustaba desde hacía tiempo.
—No me había dado cuenta de que tienes muchas pecas. —Comentó ella fijándose en las pecas que Ryu tenía en el rostro y en los hombros.
El chico estaba sin camisa y usando solo su bañador verde. Asami llevaba puesto un bikini blanco. Sus piernas se mecían hacia adelante en el agua, mientras Ryu acariciaba la piel de su muslo y su mirada iba de sus ojos a su boca, y de su boca hacia sus pechos. A ella no le molestaba que Ryu prácticamente se la estuviera comiendo con la mirada, sino todo lo contrario. Ella misma estaba admirando el cuerpazo musculoso y trabajado de su interlocutor.
—¿Eso te gusta? —Le preguntó él subiendo su mano para poner un mechón de pelo detrás de su oreja.
—Sí…
No pudiendo resistirse más a los numerosos encantos de Asami, Ryu acercó su rostro al de ella para besarla, cerrando los ojos en el proceso. No se dio cuenta de que ella esbozaba una sonrisa traviesa, ni tampoco que se echaba para atrás para coger un poquito de impulso y poder empujarlo a la piscina. Ryu ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar para impedirlo; cayó al agua, mojándose hasta los hombros, causando la risa de Asami.
—Así que quieres jugar rudo… —le dijo él desde la piscina, mirándola con una mezcla de diversión, sorpresa y picardía.
Ella negó con la cabeza sin dejar de reír.
—No, en realidad solo quería que te mojaras.
Ryu no pasó por alto el doble sentido de aquel comentario. Como ella seguía sentada en el borde de la piscina, él aprovechó para acariciar sus piernas desde sus pantorrillas hasta la mitad de sus muslos. Sin despegar sus ojos de aquel cuerpo de sirena que se moría por tocar y besar, se imaginó metiendo su lengua en su ombligo y luego bajando… pero primero quería besarla en la boca.
—¿No te quieres bañar conmigo? —Deslizó sus manos hasta las caderas de Asami y ella lo miró desde su posición de altura—. El agua está perfecta.
Asami se inclinó un poco hacia abajo, para acercar su rostro ligeramente al de Ryu.
—¿Quieres que me moje?
Ryu asintió con la cabeza mientras sonreía y se mordía el labio inferior. Le encantaba el sentido del humor y la forma de coquetear de Asami. Ella, sin querer alargar más lo inevitable, se deslizó hacia adelante hasta dejarse caer en la piscina, quedando a menos de un centímetro del cuerpo de Ryu. Rodeó su cuello con sus brazos y él hizo lo propio con su cintura, deleitándose ante la sensación de esas curvas bajo sus brazos.
—¿Satisfecho? —Le preguntó ella mirándole la boca, disfrutando de la tensión sexual acumulada.
—No —Ryu repartió varios besos en la mejilla y oreja izquierda de Akane—, pero es un buen inicio.
Asami se rió. Llevó sus manos a las mejillas de Ryu para hacer que el chico dejara de mordisquearle el lóbulo de la oreja y la besara en la boca. Sus labios se unieron en un beso anhelado y ardiente, en el que sus lenguas se reconocieron como si se hubieran besado en vidas pasadas. Asami se sintió complacida al comprobar que el chico besaba como los dioses, y que estar entre sus brazos era todavía mejor de lo que había imaginado.
Las grandes manos de Ryu pronto dejaron de acariciar la cintura y la espalda de Asami para dirigirse a sus caderas, nalgas y piernas. Su boca también buscó nuevos rumbos, encontrando el destino perfecto en su cuello. No había demasiada gente en la piscina, y los que estaban ahí no les prestaban atención; sin embargo, Asami pronto fue consciente de que seguían estando en un sitio público.
—Espera, espera —sin romper el abrazo, se separó ligeramente de él.
—¿Quieres parar? —Ryu la miró—. ¿No te gusta esto?
—Me encanta, pero hay mucha gente alrededor.
Asami no conocía a la mayoría de los presentes, pero igual prefería no dar un espectáculo. Ryu asintió con la cabeza y su cerebro comenzó a pensar rápido. Su primera idea fue la de decirle a Asami que entraran a la casa y buscaran algún lugar para continuar, pero pronto pensó que aquello podía resultar inapropiado tomando en cuenta que él ni siquiera conocía a la anfitriona; además, no quería que Asami pensara que él solo quería echar un polvete en un armario y hasta luego. Sus intenciones con ella eran otras: quería que los dos disfrutaran al máximo de su primer encuentro juntos, para luego proponerle volver a repetirlo.
—¿Te gustaría ir a mi casa? —Le preguntó mientras repartía besitos en todo su rostro—. Mis papás están en Kashima y vuelven pasado mañana.
Ella lo miró sin decir nada, pensando si aquello era una buena idea.
—No tenemos que hacer nada que no quieras —Ryu llevó su mano al mentón de Asami y lo alzó para que la chica lo mirara fijamente—, aunque no te voy a mentir, Asami, me muero de ganas de hacértelo por horas. Estás buenísima…
Acercó su boca a la de ella y volvió a besarla con ímpetu, esta vez haciendo que Asami lo rodeara con sus piernas. Ella se dejó llevar por un momento, hasta que recordó dónde estaban y separó sus labios de los de él.
—Pero no tenemos que hacerlo si no quieres, llegaremos hasta donde tú quieras. —Ryu quería que Asami se sintiera segura y cómoda. Sabía que si lo conseguía, las cosas entre ellos fluirían naturalmente y no habría arrepentimientos posteriores—. ¿Qué dices?
La idea no sonaba mal. Estando en casa de Ryu podían hacer cualquier cosa que se les antojara sin miedo a ser interrumpidos ni molestados, así que por esa parte era una buena idea. También le gustaba que el chico fuera directo y sincero con ella, pero guardando las formas: a pesar de haberle dejado muy claro que quería acostarse con ella, le estaba dando la tranquilidad de dejarla decidir hasta dónde llegarían.
—Vale —esbozó una pequeña sonrisa—, voy a decirles a mis amigas que me voy contigo.
Ryu asintió con la cabeza y los dos salieron de la piscina. Asami no tardó en encontrar a Yuka y a Hiroko en la parte techada del jardín, que era una especie de terraza similar a la que ella tenía en su casa. Hiroko compartía un porro con un chico delgado que tenía el pelo teñido de morado, mientras que Yuka, sentada junto a ella, hablaba animadamente sobre BTS con otras personas.
—Chicas —Asami se acercó a las dos y se arrodilló en el suelo frente a ellas, para poder hablarles en voz baja—, me voy con Ryu, ¿vale?
Yuka miró por detrás del hombro de Asami y divisó al portero del equipo de fútbol de la Academia Furinkan de pie a unos metros de ellos, secándose el cuerpo con una toalla.
—¿A su casa? —Preguntó con una sonrisa traviesa bailándole en los labios—. ¿Y qué van a hacer allí que no puedan hacer aquí?
—Jugar Monopolio. —Respondió Hiroko con ironía y se rio—. ¿Nos mandas el location? Y el número de Ryu, porfa.
Asami asintió con la cabeza y le dio un beso a cada una.
—¿Akane y Sayu dónde están? ¿Me despiden de ellas?
—Sayuri justo acaba de entrar a la casa porque tenía sed y sueño —explicó Yuka—, y a Akane no la veo desde hace un rato, pero debe estar con Kuno.
—Jugando Monopolio —Hiroko repitió su chiste y volvió a reírse.
Asami también se rió, más porque a su amiga ya se le notaba que había estado fumando que porque el chiste fuera verdaderamente gracioso. Volvió a despedirse de sus amigas y se incorporó para marcharse con Ryu.
Agotada por el sol y por la deshidratación parcial que sentía, Sayuri se sentó en uno de los sofás del amplio salón para descansar y esperar que se le pasara el dolor de cabeza que la asaltaba. Acababa de dejar a Yuka y a Hiroko en la terraza del jardín, donde charlaban animadamente con varias chicas de St. Hebereke y con algunos amigos de Ukyo.
Mientras se acomodaba en el sofá, a su lado se sentó un chico que ella no había visto jamás, pero que tenía pinta de ser deportista. Tenía un vaso de vidrio en la mano lleno de lo que parecía ser sake o algún otro licor transparente (Sayuri dudaba que fuera agua), y las mejillas rojas, acaso por el alcohol o por el sol.
—¿Qué haces aquí tan sola?
Sayuri lo miró sin expresión alguna en el rostro. No le interesaba en lo más mínimo hablar con él ni tampoco responder a sus coqueteos, pues no lo conocía de nada y además era evidente que el chico no estaba sobrio.
—No estoy interesada, gracias.
El chico la miró sorprendido ante aquella respuesta tan directa y cortante. Permaneció sentado junto a ella mirándola unos segundos más, hasta que asintió con la cabeza y se puso de pie para marcharse. Sayuri suspiró. Mejor así.
Cerró los ojos para descansar sus ojos y tratar de pensar en otra cosa que fuera las ganas que tenía de irse de ahí; no es que la estuviera pasando mal, pero tampoco estaba siendo su fiesta favorita en todo el mundo, y además estaba cansada porque se había acostado muy tarde el día anterior.
El sonido del ambiente era el habitual en cualquier fiesta: música moderna y movida lo suficientemente alta como para que se escuchara en toda la planta baja, el murmullo general de voces, risas y uno que otro grito divertido. Eran sonidos de fondo que no le molestaban y estaban tan diluidos y mezclados los unos con los otros que prácticamente se perdían y hacían casi imposible poder concentrarse en uno solo.
Sayuri comenzó a caer en un letargo soporoso que se antojaba como la antesala a un sueño profundo, hasta que unas risas familiares la hicieron abrir los ojos. Miró a su alrededor y observó que Akane y Kuno acababan de entrar al salón. El chico le susurraba cosas al oído a su amiga haciéndola reír, también intentaba besarla, pero Akane no se dejaba más allá de unos cortos besos. Kuno entonces la cogió de la mano y la guió escaleras arriba, perdiéndose con ella en la segunda planta de la casa.
Sayuri sabía que la gente que subía al segundo piso en cualquier fiesta lo hacía por motivos muy específicos: para vomitar, para meterse alguna droga más fuerte que la marihuana, para discutir y pelear, para acostarse a dormir, o para buscar intimidad sexual. Tomando en cuenta que ni Kuno ni Akane se veían ebrios, molestos o cansados, y que ella sabía que su amiga jamás usaría drogas, la última opción era la más probable.
Ella no estaba del todo segura sobre qué tan lejos habían llegado su amiga y su chico, pero esperaba que Akane supiera lo que estaba haciendo, pues no dejaba de pensar en las cosas que Asami y Hiroko le habían dicho a su amiga cuando ésta decidió empezar a salir con Kuno. Después de hacer varias averiguaciones y de conocerlo un poco, Asami alegó que Tatewaki Kuno le parecía un machista que disfrazaba su misoginia de falso encanto y caballerosidad, y sugirió que no era lo que parecía, según las cosas que había escuchado de él. Hiroko le comentó que Kuno le daba la impresión de ser el tipo de hombre al que le gustaba poseer a las mujeres como si fueran objetos y no personas.
Al principio, Akane pareció alarmada por lo que le decían sus amigas, así que se mostró cauta e incluso reticente a los acercamientos de Tatewaki. Pero pronto le fue imposible resistirse a sus encantos, piropos y atenciones: el chico era muy caballeroso y atento con ella, la trataba de forma dulce y cariñosa, e incluso se esforzaba por conocer a sus amigas y ser amable con ellas. Akane, siendo la chica bondadosa y de gran corazón que era, pensó que Kuno merecía una oportunidad, como todo el mundo, y que tal vez sus amigas estuvieran siendo injustas con él, así que decidió embarcarse en una relación con él. Le parecía extraño que tuvieran esa percepción de un chico que era tan carismático.
Todos los sociópatas son carismáticos, pensó Sayuri. Pronto se alarmó ante aquel pensamiento, intentando alejar la idea de que el chico con el que salía su amiga fuera un sociópata.
Suspiró y volvió a cerrar los ojos, pensando en que no estaría demás descansar un poco la vista. Todos sus amigos estaban muy ocupados y entretenidos, así que qué más daba si ella se echaba una siesta en el salón familiar. Además, dudaba que alguien fuera a necesitarla, y de hacerlo, podrían simplemente buscarla y ya. Pero pronto pensó que aquello era poco probable tomando en cuenta que cada uno estaba en lo suyo, y después de todo, ¿qué podía ocurrir?
En una de las habitaciones de la segunda planta de la casa, Tatewaki y Akane se besaban apasionadamente en una cama.
Además de ser muy bueno besando, Tatewaki Kuno era realmente habilidoso con las palabras, así que no le había costado nada endulzarle el oído a Akane y convencerla de subir a una de las habitaciones de la planta alta.
Cuando era un niño, el doctor Tago, su psicólogo, le dijo que debía empezar a ser más paciente y empático con los demás, tomando en cuenta que él era mucho más inteligente que la persona promedio, por lo que tenía que entender que la mente de los demás no funcionaba como la suya. Ese día, Tatewaki se dio cuenta de dos cosas: 1) las demás personas eran empáticas y sensibles, 2) él era muy inteligente. Eso significaba que podía usar su astucia e inteligencia y la empatía de los demás a su favor, para aprovecharse de cualquier situación y obtener lo que quería en todo momento.
Desarrolló varias técnicas que pronto se convirtieron en una estrategia para manipular a sus padres y a su hermana Kodachi. Pronto se dio cuenta de que podía hacerlo también con sus compañeros de clase y profesores y comenzó a hacer lo que le daba la gana con todo el mundo. Por supuesto, cuando el doctor Tago se percató de todo esto, advirtió al matrimonio Kuno sobre la situación y el estado de su hijo, haciendo que los padres de Tatewaki decidieran sacarlo de terapia, siendo incapaces de creer que su hijo podía la persona calculadora y fría que ese psicólogo alegaba. Una vez más, su hijo mayor se salió con la suya.
En Seijo School for Boys, el exclusivo colegio para chicos al cual asistía Tatewaki, los profesores lo respetaban y apreciaban, y la mayoría de sus compañeros quería ser como él: popular, inteligente, atlético, atractivo; en fin, una persona que lo tenía todo. Pero había otro grupo que le temía y lo despreciaba, pues el mayor de los Kuno reinaba en Seijo a diestra y siniestra. Sometía a los más débiles, a los que eran diferentes, a los que se negaban a obedecerle y a hacer lo que él quería, y a los que daban pistas de tener una orientación sexual a la «normal». Y Tatewaki odiaba a los homosexuales.
Le parecían personas anormales y degeneradas que actuaban contra natura, cuyo código genético estaba corrompido y contaminado. Eran seres sin capacidad de redención alguna que debían ser erradicados de la sociedad. La causaban repulsión y rechazo absoluto, pero lo que más lo llenaba de ira era que fueran capaces de admitirlo en voz alta. Que vivieran su enfermedad en público, que pretendieran que la sociedad normalizara tal aberración. No bajo sus ojos, no bajo su tutela, no bajo su reinado.
Fue por eso que cuando Kinnosuke Kashao, un chico de su curso, decidió salir del armario a través de una publicación en Instagram, Tatewaki decidió sentar un precedente. Si las autoridades de Seijo no iban a castigar o penalizar aquel hecho vergonzoso, permitiendo que ese aberrado se mantuviera estudiando allí, entonces sería él quien se encargaría de demostrarle a sus compañeros que la homosexualidad no estaba bien vista en Seijo.
Así que armó un plan en el que se encargó de engatusar a Kinnosuke y hacerle creer que estaba interesado en él. Después de varias semanas, le dejó una nota en su taquilla citándolo a las seis de la tarde del viernes en los vestuarios del gimnasio. Había elegido un día y una hora en la que sabía que nadie los interrumpiría.
El chico llegó puntual. Tatewaki ya tenía todo preparado. En el momento en el que Kinnosuke se adentró a los vestuarios, las luces se apagaron. Ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta de que le habían tendido una trampa. El primer golpe llegó por la espalda, haciendo que el chico cayera de rodillas al suelo por el impacto y emitiera un grito de dolor, pero no pudo hacer nada, pues pronto el sable de kendo volvió a golpearlo. La acción se repitió hasta que ya no quedó voz alguna que expresara dolor, solo un estertor que se perdía entre las paredes de los vestuarios, y un charco de sangre sobre el que yacía Kinnosuke.
Cuando Tatewaki llegó a clases el lunes, tras un fin de semana en el que ni siquiera se detuvo a pensar en lo que había hecho ni una sola vez, el director de Seijo lo llamó a su oficina. Varias personas acusaban a Tatewaki de ser la persona que había golpeado al joven Kashao hasta prácticamente matarlo; quienes lo acusaban no tenían pruebas, pero tampoco dudas. No era un secreto para nadie que el mayor de los Kuno odiaba a los homosexuales, y el ataque había ocurrido tan solo un par de semanas después de que Kinnosuke Kashao hiciera pública su orientación sexual.
Ante la falta de pruebas y la sobra de acusaciones, la familia Kuno pudo negociar con la dirección de Seijo para que dejaran salir a su hijo sin ser expulsado (una expulsión hubiera truncado las opciones de transferirlo a otro prestigioso colegio privado) y sin asumir consecuencias legales.
Fue así como Tatewaki Kuno entró a la Academia Furinkan a mitad del año escolar, teniendo que incorporarse a un nuevo instituto con el año escolar iniciado y prácticamente sin conocer a nadie. Pero Tatewaki sabía que no debía quejarse, sino todo lo contrario. No solo había conseguido salirse con la suya en su colegio anterior sin haber enfrentado mayores consecuencias, sino que además había obtenido cupo en un colegio de alcurnia. Siendo el chico inteligente y astuto que era, supo adaptarse y encajar con rapidez entre sus nuevos compañeros, haciendo que el misterio de por qué había sido transferido a mitad de año dejara de ser un tema de conversación en Furinkan.
Pero más pronto que tarde, se encontró aburrido como un hongo. Acostumbrado a reinar en Seijo, donde básicamente sometía a sus compañeros a un régimen de terror, Tatewaki pronto se dio cuenta de que en Furinkan las cosas eran diferentes. No solo porque era un colegio mixto, sino porque los chicos eran bastante más espabilados que sus excompañeros (el colegio daba más libertades, así que los chicos eran menos sumisos), pero también porque las chicas eran muy diferentes a las que él había conocido hasta ese momento; estaba acostumbrado a las mujeres conservadoras, tradicionales y dóciles, que pensaban las cosas antes de decirlas y se esforzaban por agradar y complacer a los hombres.
Pronto llegó a la conclusión de que la mayoría de sus compañeras eran unas putas que no se tenían un mínimo de respeto, iban por ahí en plan feminista demostrando liderazgo e independencia, poniendo en su lugar a cualquier chico que osara propasarse de la forma que fuera, imponiendo su estúpida ideología de mierda que estaba jodiendo a la sociedad. Tatewaki odiaba el feminismo con todo su ser, pues le parecía un cáncer que atentaba contra el statu quo. Odiaba que las mujeres exigieran derechos y libertades, detestaba que lucharan para estar en igualdad de condiciones que los hombres, aborrecía que no supieran cuál era su maldito lugar. No eran los hombres quienes complicaban las cosas, ni tampoco quienes hacían que todo fuera difícil como alegaban las feministas; no, eran ellas, que no entendían que cada persona tenía un lugar en el mundo. Era un mundo de hombres y ellas debían aceptarlo.
Un día decidió quedarse después de clases para dar unas vueltas en la pista de atletismo del colegio. Luego de un rato corriendo, una persona apareció para hacer uso de la pista. Tatewaki pronto se dio cuenta de que se trataba de una chica a la que había visto en los pasillos y en los eventos escolares. Era de su curso pero estaba en la otra clase. La recordaba porque parecía un ángel. Tenía el pelo oscuro y los ojos cafés, y una sonrisa que parecía iluminar el mundo entero. Aquel día, mientras la veía correr con agilidad por la pista, Tatewaki comprobó que además de tener una carita preciosa, tenía un cuerpo muy atractivo y deseable.
Aquel día no hablaron, pero luego de la tercera vez de coincidir en la pista de atletismo, Tatewaki se obsesionó con ella. Descubrió que se llamaba Akane Tendo, que estaba en el equipo de voleibol y que era una excelente deportista. Tenía una hermana que también iba Furinkan, una tal Nabiki, y su padre era Soun Tendo, el magnate de los Dojos Tendo. Según pudo averiguar sacándole información a sus compañeros, Akane no tenía novio y no había salido jamás con ningún chico, lo que hizo que Tatewaki se sintiera aún más atraído hacia ella. Que la chica no hubiera pasado por las manos de nadie la hacía muy especial para él.
Así que comenzó a interactuar con ella en esas tardes en las que coincidían, para conocerla un poco más y que la chica se familiarizara con él antes de invitarla a salir. Akane resultó ser muy amable y simpática, lo que facilitó todo. La oportunidad perfecta de mostrarle lo que sentía por ella llegó en el cumpleaños de un conocido en común, en el juego de Verdad o Reto. El resto era historia.
Una de las cosas que a Tatewaki más le ponía de su relación con Akane era esa inocencia e inexperiencia característica de las señoritas decentes. Akane, a diferencia de muchas chicas de Furinkan, no estaba corrompida por ideas de liberalismo sexual ni nada parecido. Era una chica buena y dulce que poco a poco se había ido soltando con él. El problema era que mientras más lejos llegaban, Akane se mostraba más reticente. Tatewaki se sentía frustrado y molesto, pues no entendía por qué ella se negaba a darle todo lo que él le pedía. Él era el novio que cualquiera chica podía desear: era alto, exageradamente guapo, de buena familia, tenía dinero, era culto e inteligente, atento, detallista, cariñoso… y por si fuera poco, no veía a Akane como un pasatiempo. En realidad, para él, ella era todo lo que siempre había soñado y deseado en una chica. Se veía con ella a largo plazo, casados incluso. ¿Qué más quería Akane? ¿Qué más necesitaba? Él estaba dispuesto a dárselo todo y lo justo es que ella hiciera lo mismo.
Ahora que estaban besándose en la intimidad de una habitación, Tatewaki volvió a repetirle a Akane que ella era tenía todo lo que él siempre había deseado en una chica, y que soñaba con compartir su vida con ella. Los dos habían bebido un poco, aunque no demasiado, así que aquello estaba ayudando a que estuvieran más desinhibidos.
Pronto Kuno estuvo sin camisa solo con el bañador y Akane en bikini, su vestido quedando a los pies de la cama. Mientras la besaba, Tatewaki llevó sus manos al nudo de la parte de arriba del bikini de Akane. Akane abrió los ojos cuando sintió que los dedos de su chico intentaban deshacer el nudo de su traje de baño.
—Alguien podría entrar —cogió la mano de Tatewaki para apartarla de su nuca—, no quiero desnudarme aquí.
—No seas así, quiero verte… —repartió besos en su cuello y clavícula—, sabes que me encanta verte. —Esta vez llevó sus manos a la espalda de Akane para buscar el broche de su sujetador.
—Tate, no —Akane lo hizo a un lado y se sentó en la cama—, alguien puede entrar, no quiero que me vean desnuda.
Tatewaki apretó la mandíbula y suspiró. Se incorporó quedando sentado en la cama y se pasó una mano por el pelo.
—No lo entiendo. —Dijo arrastrando las palabras—. No entiendo cuál es el problema, no entiendo por qué siempre me pones las cosas tan difíciles, no entiendo por qué nunca quieres hacer nada conmigo…
Akane frunció el ceño.
—Eso no es verdad. —Su voz sonaba entre dolida y molesta—. Hasta ahora hemos hecho todo lo que has querido, Tate, pero no siempre te voy a decir que sí. —Al ver que él abría la boca para discutir, Akane se apresuró a hablar—. Y no es porque siempre te ponga las cosas difíciles, es porque no me siento cómoda… no aquí.
—¿Y entonces por qué subiste hasta aquí conmigo? —Le preguntó muy de cerca, en un tono que dejaba muy claro lo molesto que estaba con ella. No entendía por qué había decidido entrar a una habitación con él si no se sentía cómoda sabiendo lo que iba a pasar—. ¿O me vas a decir que tampoco querías subir?
—Bueno, sí, sí quería. Subí porque… —Akane no estaba segura de su respuesta—, no sé, porque… porque tenía ganas de besarte, de estar contigo, pero… pero tampoco de ir tan lejos. Sé que tú quieres hacerlo, pero sabes que no estoy lista...
En un gesto violento y rápido, Tatewaki cogió a Akane de los brazos y la zarandeó fuertemente.
—¡¿Y CUÁNDO VAS A ESTAR LISTA?!
Akane dio un sobresalto y sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban al ser las grandes manos de Tatewaki cerrarse con fuerza sobre sus brazos, a la vez que su mirada la penetraba furiosamente. Era la primera vez que le gritaba y que la maltrataba físicamente. En el pasado la había presionado e incluso manipulado para que cediera a sus deseos, pero nunca se había puesto así.
—Tatewaki —le dijo nerviosa—, me estás haciendo daño...
Lejos de soltarla, el mayor de los Kuno apretó su agarre y volvió a zarandearla.
—¡¿CUÁNDO?! —Soltó uno de sus brazos y con el otro todavía agarrado la obligó a ponerse de pie para poder mirarla desde una posición de superioridad, aprovechándose de la diferencia de altura—. ¡He hecho TODO por ti! He salido con tus amigas, te he llevado a mi casa para que conozcas a mi familia, he conocido a tu padre y a tu hermana Nabiki, te he demostrado que no estoy jugando, que te quiero en serio. —La miró con el ceño fruncido y los dientes apretados sin soltar su agarre—. ¿Qué más tiene que pasar, Akane? Te he demostrado que quiero estar contigo y que soy un buen chico. Te trato bien, te hago reír, te quiero… ¡¿qué más quieres de mí?!
Akane sintió que las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Aquel estaba siendo un punto de no retorno en su relación con Tatewaki.
—Si me quisieras no me estarías presionando para que me acostara contigo —le dijo en un hilo de voz—, si me quisieras y fueras un chico bueno de verdad no me estarías manipulando emocionalmente para que me acueste contigo.
—¿Mani… manipulando…? —Tatewaki soltó a Akane de un brazo y llevó su mano hasta su rostro, cerrándola con fuerza sobre la mandíbula y mentón de Akane—. ¿Crees que te estoy manipulando?
—Suéltame —Akane intentó liberarse del agarre, pero el chico era demasiado fuerte—, me estás lastimando.
—¿Sabes quiénes te manipulan? —La miraba casi fuera de sí, como si no pudiera creer lo que le estaba diciendo—. Tus amigas… ellas sí que son unas verdaderas manipuladoras.
—¿De qué hablas?
—De Asami, que quiere convertirte en una puta igual que ella…
Akane abrió los ojos de forma exagerada y volvió a forcejear con él, sintiendo que la furia se apoderaba de ella.
—¡No vuelvas a decir eso de ella!
Tatewaki soltó la cara de Akane y volvió a cogerla de los brazos.
—¡Es la verdad, Akane! ¿Acaso no te das cuenta? ¡Asami te tiene envidia porque tú eres una chica decente! ¡Porque tienes un novio que te quiere y te respeta y a ella ningún chico la toma en serio!
—¡Eres un mentiroso! —Lo miró desafiante—. ¡Y además eres un salvaje! ¿Te das cuenta de cómo me estás tratando? ¿Crees que me estás respetando?
Sintiendo que había perdido por completo el control de la situación, Tatewaki no pudo controlar el impulso de coger a Akane del cuello y pegarla contra la pared. Al sentir el frágil cuello de Akane bajo su mano y ver cómo el terror inundaba sus ojos, volvió a sentirse en control. Volvió a sentir que era él quien tenía el poder.
—¿Entonces quieres ser como ella? ¿Quieres que otros chicos te toquen y te besen? —Apretó su agarre, haciendo que Akane subiera sus manos y las pusiera en sus muñecas para intentar que la soltara—. ¿Quieres dejarme para convertirte en una puta como ella? ¿Eso es lo que quieres? —Podía sentir bajo su mano cómo Akane luchaba por respirar.
De repente, se escucharon golpes en la puerta.
—Akane —Era la voz de Ryoga—, ¿va todo bien?
Tatewaki, lejos de soltar a Akane, la ahorcó un poco más para impedir que hablara.
—¿Akane?
Del otro lado de la puerta, Ryoga supo que algo andaba mal. Sayuri le había dicho que su amiga había subido con Tatewaki a una de las habitaciones, por lo que el chico decidió ir a supervisar que las cosas estuvieran yendo bien. Desconfiaba de Tatewaki y sentía que Akane se dejaba manipular por él, así que lo mejor sería asegurarse de que todo estuviera en orden. Pero al no recibir respuesta por su parte, decidió abrir la puerta. Tal vez la habitación estuviera vacía. Y entonces vio lo que estaba ocurriendo.
—Suéltala —su voz fue amenazante.
—Fuera de aquí, Hibiki. —Tatewaki sonaba histérico.
Ryoga dio un paso adelante y no abandonó su semblante serio y decidido.
—Te he dicho que la sueltes.
Como si disfrutara de infringirle dolor a Akane, Kuno apretó su agarre un poco más, haciendo que ella dejara salir un gemido de dolor. Aquello fue más de lo que Ryoga pudo aguantar. En un movimiento rápido y ágil y tras dar dos grandes pasos, Ryoga se acercó a Kuno y lo cogió por el cuello con una sola mano, haciendo que el chico trastabillara hacia atrás, finalmente soltando y alejándose de Akane.
—Akane, sal —la voz de Ryoga se suavizó un poco al dirigirse a su amiga, pero seguía siendo fría y amenazante.
Ella titubeó. No quería que Ryoga se quedara solo con Tatewaki, pero al mismo tiempo, podía ver que su amigo tenía todo bajo control. Además, no veía la hora de irse de ahí y alejarse de Kuno lo más rápido posible. Asintió con la cabeza, cogió su vestido y salió de la habitación.
A pesar de que Tatewaki era más alto que Ryoga, el joven Hibiki gozaba de muchísima más fuerza física.
—Si llego a enterarme de que vuelves a hacerle algo parecido a Akane, te voy a destrozar. —Apretó su agarre—. Ahora lárgate de la casa de mi prima si no quieres que llame ya a la policía.
Sin esperar que el mayor de los Kuno dijera algo, Ryoga lo soltó bruscamente y esperó que saliera de la habitación. Tatewaki lo hizo, no sin antes enviarle una mirada amenazadora al joven Hibiki, que finalmente dejó salir una bocanada de aire cuando el imbécil desapareció de su campo de visión.
Ryoga salió del cuarto dispuesto a buscar a Akane para charlar con ella y preguntarle cómo estaba. Le había sentado fatal encontrarse a su adorada amiga en una situación como esa. Akane siempre había sido una chica fuerte, decidida, con mucho carácter, una chica a la que no le temblaban ni las manos ni la voz para poner en su sitio a los hombres desubicados. Por eso a Ryoga le había chocado y afectado la escena que había presenciado cuando entró a la habitación. Ella se veía tan indefensa y vulnerable bajo el agarre de Tatewaki; una chica delgada como ella no tenía nada que hacer al lado de un tipo alto y grande como Kuno. Si él no hubiera intervenido, ¿quién sabe qué habría ocurrido?
Tras bajar las escaleras, buscó a Kinnosuke y le comentó que una amiga suya se había peleado con su novio y él quería ver que estuviera bien. Kinnosuke asintió con la cabeza y le dijo que lo esperaría en la sala de juegos, para retarlo a una partida de billar.
—El que gane, puede pedirle lo que quiera al otro —le dijo con coquetería.
Ryoga correspondió al flirteo con una sonrisa y asintió con la cabeza. Luego se dedicó a buscar a Akane por toda la casa. La encontró en la terraza con Sayuri, Hiroko y Yuka. Parecía muy nerviosa y alterada, le temblaban las manos y los labios, estaba pálida y tenía los ojos llorosos. Ryoga sintió odio por dentro al ver a su amiga en ese estado.
—¡Ryoga!
Akane se abalanzó sobre él nada más verlo y el chico correspondió a su abrazo estrechándola con cariño. Sin soltarla, miró su rostro afligido.
—¿Estás bien? —Acarició la suave mejilla de Akane con su mano—. ¿Te hizo algo más ese estúpido?
—No, no —respondió Akane y volvió a abrazar a Ryoga—, gracias.
Ryoga miró a Hiroko, Sayuri y Yuka, que parecían nerviosas y sorprendidas. Entendió que Akane todavía no les contaba lo que había ocurrido.
—Estás temblando —dijo el chico sin dejar de mirar a sus tres amigas—, voy a buscar algo de agua en la cocina, quédense con ella, ¿sí?
—Te acompaño. —Comentó Sayuri y cogió a Ryoga de la muñeca para emprender la marcha hacia la cocina.
—No sé si Akane se los va a contar, pero… Tatewaki la estaba ahorcando.
Los ojos de Sayuri se abrieron de forma exagerada y su rostro palideció. Cuando entraron a la cocina, Ryoga decidió contarle todo lo que había visto.
Tatewaki se marchó de casa de la casa de Ukyo sin decir nada a nadie, sin siquiera buscar a Kodachi para pedirle que lo acompañara o avisarle que él ya se iba.
Pero a medida que pensaba y pensaba, la ira se apoderaba de él cada vez más. ¿Quién cojones se creía que era Hibiki para meterse entre él y Akane? ¿Qué coño le daba derecho a amenazarlo de esa forma? ¡Y encima a echarlo de la fiesta! Nadie le hablaba así a un Kuno y salía indemne. Se devolvió cuando ya había caminado una cuadra, dispuesto a poner en su sitio al payaso de Hibiki.
Entró a la casa y se dedicó a buscar a Ryoga, pero detuvo su búsqueda cuando se topó con una persona a quien no esperaba ver. En lo que parecía ser un salón de juegos, Kinnosuke Kashao alistaba una mesa de billar. Sin levantar la vista de la mesa, y mientras acomodaba las bolas de billar dentro del triángulo, el chico sonrió.
—Ryoga, espero que estés listo para pagarme —expresó con diversión al creer que quien había entrado era su cita—, porque me aseguraré de que pierdas.
El tono no había sido fraternal, ni burlón, ni amistoso. Había sido… coqueto. Y entonces Tatewaki recordó las cosas que su hermana Kodachi le había contado sobre Ryoga. «Yo creo que tiene otra, porque nunca me besa ni me toca. O tal vez no le gusto lo suficiente, ¡siempre me pone excusas para que no hagamos nada». Por supuesto que su excuñado no había querido besar a Kodachi, porque era gay. Ryoga Hibiki era gay.
Kinnosuke, al no obtener respuesta, alzó la mirada. Su rostro abandonó todo color y una palidez casi sepulcral se plantó en sus mejillas al ver a Tatewaki Kuno de pie a unos metros de él.
—Kashao —el tono de Tatewaki era neutral y no expresaba ninguna emoción—, cuánto tiempo.
Sin decir nada más, se dirigió a la pared donde estaban colgados los palos de billar y cogió uno. Luego le quitó la bola blanca a Kinnosuke y la puso sobre la mesa. Justo en ese momento, Ryoga entró al salón. Su semblante y lenguaje corporal cambiaron al toparse a Kuno inclinado sobre la mesa de billar con un palo en la mano, a punto de golpear la bola blanca.
—¿Qué mierda haces tú aquí? —Apretó los puños y frunció el ceño—. Te he dicho que te largaras.
Tatewaki sonrió y golpeó la bola blanca, haciendo que ésta saliera disparada e impactara con el resto de las bolas, dispersándolas por toda la mesa.
—Sabes, Hibiki —se incorporó y rodeó la mesa para buscar un mejor ángulo de tiro—, cuando interrumpiste mi conversación con Akane para luego amenazarme, por un momento creí que lo hacías porque ella te gustaba.
Kuno volvió a inclinarse sobre la mesa y con un movimiento habilidoso golpeó la bola blanca, consiguiendo que esta empujara la número cinco a uno de los hoyos. Solo entonces Ryoga fue consciente de que Kinnosuke estaba completamente pálido y con una cara de terror imposible de disimular, como si Tatewaki fuera el mismísimo demonio.
—Pero entonces recordé lo que me dijo mi hermana una vez sobre ti, que nunca querías besarla y que siempre la trataste como una amiga —se incorporó y puso el palo en el suelo—, siempre me pareció muy sospechoso eso, pero ahora que te veo con Kashao, todo tiene sentido.
Ryoga alzó las cejas en señal de sorpresa, sin esperarse que Kuno conociera a Kinnosuke. En cuestión de segundos, su cerebro ató cabos. Kinnosuke estudiaba en Seijo School for Boys y Tatewaki había sido transferido a mitad de año de otro colegio, ¿podría ser que fuera de ése?
—¿Qué crees que digan tus compañeros del equipo de fútbol cuando se enteren de que eres un maricón de mierda? —Esbozó una sonrisa macabra—. Lo digo porque a mí no me gustaría tener a un tipo como tú en el vestuario mientras me cambio de ropa. Y tampoco querría abrazarlo para celebrar un gol. Puedes preguntarle a tu noviecito qué les pasa a las mariquitas como ustedes cuando deciden hablar públicamente de su maldita enfermedad. Te aseguro que no va a gustarte. —Se giró para mirar a Kinnosuke, que permanecía inmóvil pegado a la pared con los ojos llorosos—. ¿O me equivoco, Kashao?
Aquello fue más de lo que Kinnosuke pudo aguantar. El chico se despegó de la pared y caminó con paso rápido hasta la puerta.
—Lo siento, Ryoga —su voz se cortó al hablar—, pero no podemos volver a vernos.
Sin agregar nada más, salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí, dejando a Ryoga totalmente confundido. El joven Hibiki miró a Tatewaki con desprecio, mientras su mente maquinaba mil escenarios distintos.
Cuando Sayuri vio a Kinnosuke Kashao salir entre lágrimas de la sala de juegos, en un claro estado de estrés emocional, supo que algo andaba mal. Se dirigió a la puerta y la abrió, encontrándose con una escena que no se esperaba.
—Es la última vez que te digo que te largues de aquí. —Ryoga hablaba con voz furiosa.
—¿Y quién me va a sacar? ¿Tú y tu amiguita?
Ryoga se dio cuenta de que Sayuri había entrado al salón.
—¿Qué hace él aquí todavía? —Preguntó molesta al verlo—. Voy a buscar ayuda.
Salió de allí sin decir nada más y Ryoga sacó su móvil para llamar a la policía. Tatewaki cogió el palo de billar y golpeó a Ryoga en el estómago, haciendo que perdiera el aire. Aprovechando el aturdimiento del chico, Kuno volvió a golpearlo, esta vez logrando que Ryoga se cayera al suelo.
Mientras caminaba en busca de Daisuke, Sayuri divisó a Ukyo en uno de los pasillos de la casa. Le pareció apropiado comentarle que algo había ocurrido antes con Tatewaki, para que ella lo sacara a patadas de su casa. Cuando se le acercó, atropelló las palabras y le contó rápidamente y sin muchos detalles lo que había ocurrido minutos antes en el piso de arriba.
Las dos chicas se dirigieron a la sala de juegos y se encontraron con una tétrica escena: Ryoga estaba tirado en el suelo con el rostro y el pecho cubiertos de sangre, mientras Tatewaki lo golpeaba con un palo de billar. Sayuri se quedó completamente en shock al ver la escena, sin ser capaz de hacer o decir nada. Ni siquiera podía escuchar los gritos de Ukyo ni las palabras que salían de su boca mientras la miraba y señalaba la puerta.
Lo siguiente ocurrió todo muy rápido.
Ukyo cogió una de las bolas de billar y golpeó a Tatewaki en la cabeza, logrando que dejara de atacar a Ryoga y que se cayera al suelo por el aturdimiento. Y luego salió de la habitación. Sayuri no supo cuánto tiempo pasó, pero la puerta volvió a abrirse y esta vez Ukyo venía acompañada de Daisuke, Hiroko, Mousse Seki, y una chica de pelo oscuro que Sayuri no conocía de nada. Mousse cogió a Tatewaki por el cuello de la camisa para levantarlo del suelo; la chica de pelo oscuro empujó a Mousse y zarandeó a Tatewaki cogiéndolo por la camisa; Hiroko y Daisuke se agacharon para atender a Ryoga y Ukyo vociferó unas cuantas cosas que Sayuri no entendió, pero que iban dirigidas a Tatewaki y a la chica de pelo corto. Pronto Mousse posó su mano sobre la espalda de Tatewaki y lo empujó para que comenzara a caminar hacia la salida, la chica de pelo oscuro acompañándolos.
El resto de la noche se convirtió en un recuerdo borroso.
Finalmente conocen a profundidad cómo inició la relación de Akane y Tatewaki, cuál era la dinámica que tenían, y por qué terminaron. Por supuesto, no podía simplemente describir su relación sin ahondar en la personalidad de Tatewaki y darle su propio contexto. Que cada quien saque sus conclusiones.
Ahora saben qué pintaba Ryoga en todo eso, pero además de dónde vienen sus inseguridades y miedos con respecto a aceptar su sexualidad, o al menos asumirla de forma pública. Del otro lado de la moneda está Ukyo, quien vivió un proceso de asimilación y aceptación con respecto a sus gustos.
Les comento que durante estos últimos meses he tenido mucho tiempo libre para escribir, pero ahora que todo está volviendo a la normalidad, mis tiempos de escritura se han visto considerablemente reducidos. Es altamente probable que las actualizaciones comiencen a ser menos fluidas, pero intentaré hacer todo lo posible para que sigan siendo frecuentes.
Miss SF
