Bleach pertenece a Tite Kubo.
Αрuntе: Gris, se le asocia con la independencia, la autosuficiencia, el autocontrol; porque es un color que actúa como escudo de las influencias.
A Rukia, por su cumpleaños.
«[...] La fría lluvia de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejaba al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca». —Tokio Βlues, Haruki Murakami.
Gris
Byakuya miraba por la ventana, mientras la mañana parecía absorberlo de un modo ingrávido pero severo. A su lado, Unohana, con su usual serenidad examinaba la herida en el pecho que le había dejado la estocada de Gin Ichimaru cuando intentó asesinar a Rukia por órdenes de Aizen, y que él terminó recibiendo en su lugar.
Byakuya estaba cubierto de vendas que iban desde el abdomen, seguido a la caja torácica hasta alcanzar el cuello, así que ella comenzó por hacerle a un lado la ropa y luego a retirar el vendaje con manos gráciles.
Si bien la operación que le hubieron realizado los miembros del Cuarto Escuadrón lo dejó fuera de peligro, Unohana en persona fue quien siguió de cerca el proceso de recuperación en los siguientes días. A decir verdad, Byakuya prefería estar sin nadie a su lado revisándolo; dando informes médicos y dictaminando sobre su situación, pero conocía el procedimiento, así que de algún modo se sintió tranquilo al ver que era la capitana misma quien había asumido aquella tarea.
Unohana era una de las pocas personas por las que Byakuya sentía aquella calidad de respeto, incluso recordaba que su abuelo hablaba bastante bien de ella cuando aún era éste el capitán del Sexto Escuadrón. De hecho, la primera vez que la vio fue en una oportunidad donde ella y su abuelo se hallaban en la Mansión Kuchiki reunidos por compromisos laborales, en cambio, luego las visitas (ya fuera en el cuartel de sus respectivos escuadrones u otro sitio) eran por la relación tan cercana que habían construido.
Todavía siendo un niño, le causó mucha intriga por la forma de ser —tan peculiar— que tenía la capitana; esa manera tan aguda que tenía al observar, como si supiese todas las mañas del mundo, pero sin malgastar saliva en palabras: si hablaba, era con claridad y lo suficiente como para no abrumar. Y, aun así, como si no mostrase todo su carácter y personalidad.
Había pocas personas así, o al menos que él hubiese conocido. Era una opinión subjetiva, pero con un concepto ideado a profundidad.
Luego entendió a qué se debía.
Con las vendas ya fuera, Unohana revisó con pericia su tarea, tomándose su tiempo en ciertas partes y depositando algo de kidō para solucionar cualquier daño que por sí solo no alcanzaría sanar tan pronto como en algunas zonas que ya se regeneraban con normalidad.
—Mejoras muy rápido, capitán Kuchiki. —Le dejó saber con una sonrisa amable—. Sin embargo, permanecerás aquí hasta que hayas sanado en su totalidad: el órgano interno que más afectó ese zarpazo fue justamente cerca del corazón, por lo tanto, aunque la cirugía fue hecha con la correcta aplicación, no debemos olvidar la susceptibilidad de éste y el riesgo que corres por cualquier desarreglo o infección, ya que podrían desatar una mala sanación o complicar muchísimo tu situación. —Terminó, dejando el punto focal totalmente claro al igual que su orden como médico.
La verdad era que corrió con mucha suerte, ya que la hoja de la espada no penetró más debido a que él mismo la detuvo con su mano derecha, mientras que con izquierda había tomado a Rukia interponiéndose entre ambas en un intento desenfrenado por salvar a su hermana. Si la punta hubiese ahondado un poco más, a tal punto de rozar las venas y arterias del corazón, la historia habría sido diferente.
Las heridas que sufrió a consecuencia de su batalla con Ichigo eran menores en comparación a la que le proporcionó Gin, no obstante, aunque sanaban con mayor rapidez, le causaban la misma vergüenza por haber fallado no solo como capitán, sino también como el único familiar con el que Rukia contaba en ese momento.
Era el resultado de la sobrecarga que nació debido a la encrucijada en que se halló: las promesas hechas a su esposa fallecida y a sus padres ante una situación tan complicada como ir o no, en contra de las reglas e intentar salvar de la muerte a su hermana adoptiva, simultáneamente.
Unohana fijándose en su expresión preocupada, sabiendo de la naturaleza parca y reservada de éste, alargó su brazo fijando su mano sobre el hombro de él de un modo lleno de empatía: como quien, albergando sus propios problemas, conoce y entiende los de quienes la rodean.
De esa forma lo sacó de sus pensamientos. Byakuya le miró apesadumbrado a pesar de que su rostro no formaba ningún gesto que evidenciara la misma.
—Rukia te ha perdonado, es hora de que te perdones tú. —Dijo, sin ninguna índole de condescendencia. La única razón era brindarle un poco paz a aquel sujeto con pensamientos trasiegos y depresivos, que se dejaba ver como un hombre de hielo y que, sin embargo, en ese momento no era más que un niño atormentado.
Byakuya amplió el tamaño de sus orbes abruptamente y no supo qué decir, se limitó a cerrar los ojos y relajar los hombros. Unohana por su parte, se dedicó colocarle nuevas vendas y luego a acomodarle la ropa.
—He tenido varias pesadillas —dijo de pronto el capitán—. Las tengo desde que la sentencia de Rukia saliera a la luz, y luego de lo que pasó se han tornado peores —hizo una pausa, procurando precisar lo que iba a revelar; el tipo no era de palabrear inútilmente, mucho menos era conocido por dejar al descubierto sus más íntimos pensamientos—: son sobre muerte. Constantemente me perturban —confesó lúgubre—. Y es irónico, porque siendo segador de almas, un dios de la muerte personificado, ¿y mi mayor miedo es la muerte? —inquirió con desdén. Unohana lo escuchó con atención, finalmente le ató con poca presión el nudo del kimono y luego dijo:
—No estamos exentos de albergar temores y perturbaciones con relación a la muerte: podemos tener las mismas sensaciones y sufrir tantas desgracias como los vivos. Después de todo, así es nuestra naturaleza, a pesar del exangüe en que nos desenvolvemos y convivimos. Si ese es tu temor, entonces lucha por disolverlo o sobrellevarlo. Es el péndulo de la existencia: a veces estamos a punto de caer y por una u otra razón encontramos las fuerzas para mantenernos en pie, porque si no, no nos queda nada más que desaparecer.
Byakuya comprendió perfectamente a qué se refería la capitana por el peso de sus propias experiencias; había afrontado cara a cara la muerte desde muy joven y no le quedó de otra, sino convertirse en hombre cuando apenas y era un niño. Su vida pasó a estar llena de tareas y responsabilidades, quitando toda pureza de sí, transformándose en algo lúgubre y soberbio. Solo Hisana había hecho reaparecer la llama del cariño y afecto como solo la fuerza del amor podía, cuando había perdido toda esperanza por volver a querer a alguien luego de la muerte de sus padres y finalmente la de su abuelo.
Pero nuevamente le tocó lidiar contra el peso de ver morir a alguien, esa vez, a la mujer que le hizo romper toda regla y esquema a la que se había aferrado para existir. Y desde entonces el volver a querer se transformó una debilidad, en una ilusión que podría someterlo a cualquier ocurrencia que lo llevara a contrariar sus convicciones y despedazarlo cual esquela, como estigma de su propia flaqueza.
Y así resurgió el gris, adueñándose de cada poro de su ser.
Estaba lleno de remordimientos ante lo que consideraba fallo hacia sus padres y su memoria, hacia las enseñanzas de su abuelo, hacia Hisana. Porque había roto ambas promesas y golpeado el símbolo de éstas.
Y las palabras de aquel mocoso resonaban en su cabeza: que si hubiese estado él en su lugar habría luchado contra las reglas. Tan sencillo. ¿Entonces por qué se le hizo así de complejo?
—No podemos regresar hacia atrás y estancarnos en el pasado. Hemos de seguir hacia adelante, como lo que somos. Caíste, sí. Pero ahora levántate y camina: afronta el pasado y utilízalo a tu favor —dijo Unohana, sacándolo nuevamente de sus pensamientos.
Byakuya solo asintió y ella se propuso a salir de la habitación, sabiendo que éste lo que necesitaba era un poco de tiempo, y que quizás, tal como ella; quien había hallado una forma de relevar sus pecados y llevar el peso de que cada muerte sobre su espalda, lograría reencontrarse.
«Clare Bayes me acarició la nuca con una mano, y yo me di la vuelta y nos miramos como si fuéramos los ojos vigilantes y compasivos uno del otro, los ojos que vienen desde el pasado y que ya no importan porque ya saben cómo están obligados a vernos, desde hace mucho: tal vez nos miramos como si fuéramos hermanos mayores ambos y lamentáramos no querernos más». —Todas las almas, Javier Marías.
ΝΟΤΑ
Me pareció muy bueno explorar todo el proceso de sanación de Byakuya: cómo logró salir de la depresión, su acercamiento en cuanto Rukia y todo lo que en su momento pudo haber pasado y que Tite no nos mostró en ese entonces.
Además, curiosamente noté que Ginrei al igual que Byakuya, quienes permanecían siempre callados, serenos y acatando cualquier orden que se daba en las reuniones de capitanes, tienen en ello esa similitud con Unohana. Un rasgo que contradice mucho la verdadera naturaleza de la primera Kenpachi, pero que pudo haber dado lugar a una relación más cercana con éstos, sobre todo por su sentido del deber.
Hasta la próxima.
