Thunderclouds —LSD.


«Estos visitantes suelen estar tomando las aguas en otro balneario cercano y aprovechan estos días lluviosos para cumplir la promesa hecha a su paisana de que la iban a visitar». —Εl Balneario, Carmen Martín Gaite.


Sustantivos & Verbos

Rukia nunca tuvo algo en contra de Byakuya a pesar de la indiferencia con la que éste la trataba, al contrario; consciente o no, mucho de lo que hacía era de alguna forma para buscar su aprobación. Y Rukia no era de las que necesitase el buen visto de la gente para sentirse satisfecha en su proceder, pero en este caso había sido como para saldar su deuda con él por dejarla entrar en su familia y también porque de algún modo que no sabía explicar o entender (porque éste nunca hizo nada bueno o cariñoso hacia ella, aparte de adoptarla y de acuerdo a la mentira de ese entonces: por el parecido hacia su esposa fallecida), Byakuya le caía bien. Sentía que tenían un poco de carácter en común y debió ser ello una de las razones por las que lo aceptó.

Debido a su habitual vacuidad para relacionarse con ella, fue frustrante no poder encontrar el modo de entablar una relación enteramente definida. Y lo odió por ello, aunque nunca se lo dijese a nadie, por mucho que no quisiese hacerlo, lo odió con fuerza.

Pero no por siempre y, de algún modo, también —tal vez al mismo tiempo o poco después— lo quiso. No tenía manera de saber con exactitud en qué momento y bajo qué condiciones comenzó este sentimiento que, en cierta manera estaba teñido de ironía y contrariedad, debido a las circunstancias en que se habían dado los hechos; la promesa y el compromiso entre Byakuya y Hisana: de hallarla y darle un hogar digno junto él, y por consiguiente para que tuviese a quien llamar «hermano» con orgullo y cariño. Un principio ideado a aplicarse para matar toda la culpa que Hisana siempre sintió por haberla abandonado, pero también por la profundidad de su amor hacia su hermana menor, a quien de algún modo sintió que mató aun estando, ya muerta. Una idea que se volvió un tormento en un choque de juramentos y emociones, volcando la entereza de Byakuya y destrozando su sosiego mental junto a la apatía que estaba dispuesto aparentar frente al resto. Al fin y al cabo, terminó queriéndolo y admirándolo como si fuera su propio hermano, era un hecho que ningún lazo consanguíneo podía refutar, ya fuese con pruebas de ADN o no. Como representado en aquel irónico parecido físico y matizado en las diferencias de su carácter.

Rukia empuñó la mano derecha, pensando en unos pocos segundos en vacilar, pero finalmente recobró la firmeza y tocó la puerta unas dos veces: el sonido fue lo suficientemente sólido para escucharse del otro lado.

—Adelante —respondió la voz monótona, estable y sin adornos. Así era Byakuya, por muy paradójico que sonara.

Rukia abrió y dio un paso manteniéndose en el dintel, al ver a Byakuya mirando por la ventana, con las vendas hasta el cuello y cierta aura depresiva, no pudo evitar sentir un poco de culpa al estar implicada en ello. Siguió su paso hasta la silla frente a la cama, a un lado, cuando éste le dio la cara, que estaba llena retazos de un desprecio autoimpuesto, encubierto por la máscara de la tranquilidad.

Al ver que en realidad había más una atmósfera apesadumbrada que un verdadero atolladero, decidió darle tranquilidad por el medio verbal para dejarle en claro que ya no tenía por qué sentirse mal y detestarse a sí mismo. Que lo hecho, hecho estaba.

—Buenos días, hermano —le saludó formal, pero con un aire de empatía y cariño perceptible.

—Buenos días, Rukia —Byakuya respondió el saludo un poco cohibido, como sin saber, desde hacía algún tiempo, cómo actuar.

—Veo que ya han cambiado su vendaje, ¿qué le han dicho sobre su estado? —Inquirió de verdad inquieta sobre su salud.

—No te preocupes; estoy bien. Solo me tienen aquí bajo observación por seguridad: para que no se complique nada.

Rukia se sentó y acercó con ella, la silla hacia la cama en pos de cerrar el espacio entre ambos. Tomó una mano de Byakuya entre las suyas y dijo:

—Debo preocuparme, si no lo hago yo que soy su hermana, ¿quién más lo hará? —Al decirlo, Byakuya, de un modo casi imperceptible, abrió sus orbes. Rukia prosiguió impertérrita ante Byakuya—. Esas heridas ceden con normalidad, ¿pero y las de adentro? No estoy aquí para dar una proterva sobre el poder del perdón y lo que ello conlleva. Estoy aquí para decirle que no me arrepiento de haber aceptado ser una Kuchiki; no porque me haya dicho la verdad, aunque en cierta medida eso me hizo comprenderlo mejor y las razones que tuvo para actuar como lo hizo, no obstante, es más una cuestión de confianza. Algunas cosas no borran otras, pero lo que hemos vivido nos sirve de experiencia, hermano, y eso es suficiente para seguir llamándolo por ese sustantivo.

Cuando él cayó en cuenta del grado de sus palabras, bajó un poco la cabeza y sonrió; no de forma ancha, pero con una sutil calidez permisiva. Aquellas palabras le dieron empuje para volver en sí, dándole a perseguir algo por lo que vivir. Quizá nunca podría perdonarse del todo por lo que hizo o debió haber hecho en su lugar, pero de qué diablos le servía entonces derramarse en un pozo trasiego que solo lo hundía en el patetismo. Ya era hora de ponerse los pantalones y enfrentar lo ocurrido. Tenía la ventaja de haberlo hecho antes, así que podría hacerlo nuevamente.

No pudo evitar recordar las palabras que le ofreció más temprano la capitana Unohana.

Alzó el rostro para darle cara a la sensatez de sus palabras y la verdad que le brindaba mediante ellas.

—Gracias, Rukia.


La primera carta que Rukia recibió de Byakuya esa semana, llegó en términos sencillos, las siguientes fueron dándose de acuerdo a los temas que alguno de los dos quisiera tocar; él le confesó en aquella epístola lo difícil que se le hacía aún hablarle frente a frente sobre lo ocurrido y por ello el mejor medio para expresarse era ese. Lo que, por un lado, a ella le parecía muy bueno, para que así Byakuya se vaciara de todo aquello que se guardaba dentro, por el otro era estupendo. De alguna forma Rukia admiraba tanto a Byakuya que ni siquiera era consciente del grado de ello, así que le parecía fabuloso escribirle y contarle sus dudas en cuanto a su trabajo; sobre cómo podía mejorar, qué técnicas debía emplear, entre otras cosas más. Hablaban de banalidades o de cuestiones muy relevantes, en fin; su relación se había estrechado bastante y todo a través de unas palabras escritas.

Byakuya le instaba de un modo implícito a hablarle sobre las situaciones que vivió en su pasado, de cuando era niña, era más como una forma de conocerla más allá de la Rukia que conoció en la época de la adopción y la actual, más allá de la segadora y la hermana. Probablemente por la natural curiosidad que debía albergar sobre aquellos días en los que ella tenía que valerse de las cientos de tretas necesarias para llevar a cabo sus ansias por sobrevivir. Realmente a Rukia no le daban vergüenza sus raíces, si bien las mantenía en una especie de misterio por no mencionar nunca el tema, era más una cuestión de carácter: Rukia era bastante reservada, debían ganarse su confianza para que ella pudiera ofrecer un trozo de aquellas experiencias. Parecía irónico, pero él también era de ese modo, así que la instó a abrirse contándole algo de su propia vida, de aquellos días antes de que de la nada los juegos y las tareas pasaron a ser obligaciones urgentes.

Rukia recibió tácitamente el mensaje, así que prestó suma atención a cada oración escrita y lo que ello representaba. Supo, sobre todo, que Byakuya le tenía un gran cariño y respeto a su abuelo, era tal que lo consideraba casi un padre, más después de perder al propio. Que extrañó por mucho tiempo a su madre; en los días en que le daba un consejo y lo arrullaba en su pecho pese a sus protestas, porque no era tan expresivo ni dado a las demostraciones de afecto de modo tan físico. Las noches en que se sintió perdido y los terrores nocturnos parecían querer tragárselo. Que, aunque nunca entendió porque su padre era tan diferente a su abuelo, era ese el rasgo por el que más lo admiraba; la capacidad de llevar a cabo la vida a su propia manera.

Ante esas pequeñas grandes confidencias, Rukia pasó a permutar las suyas impávidamente, pero quiso hacerlo frente a frente. Sin pensarlo dos veces se fue a verlo en persona, ya lo habían autorizado a irse a su casa, por lo que se hallaba desde hacía varios días en la Mansión Kuchiki.

Fue y preparó té antes de irse a la habitación de Byakuya, llamó y luego de la autorización de éste, corrió el shōji y dio paso al aposento con la bandeja en la que traía consigo té. Tenía un espacio amplio y cómodo, completamente limpio, con los muebles necesarios, no había adornos o parafernalias, más bien objetos que Byakuya guardaba con mucho recelo por el valor de ciertos hechos y a los que le evocaban diferentes recuerdos. El futón estaba preparado, pero Byakuya estaba sentado a un lado, frente una mesa baja donde solía escribir y organizar su trabajo, cuando no lo hacía en su oficina. Tenía varios documentos y libros, junto a un pincel y la pequeña vasija llena tinta.

El armario con la fotografía de Hisana era lo que más atesoraba con ímpetu. Un verbo de categoría elevada que justificaba con lo que pudiese, cuánto la amaba y echaba de menos.

—Perdón, no sabía que estaba ocupado —se disculpó Rukia, viéndolo en aquel momento.

—No estaba trabajando ya, me puse al día con los asuntos del escuadrón que se fueron acumulando estos días, pero acabé mucho antes de lo que pretendía —le hizo saber, aclarando la situación.

Rukia asintió y acomodó la bandeja sobre la mesa, luego colocó las tazas de forma apropiada y agarró la tetera con ademanes resueltos, de modo que empezó a servir el té. Le ofreció a Byakuya y se quedó con el suyo.

—Debe sentirse satisfecho al poder retomar sus labores, demasiado ocio no es su fuerte —expuso con detalle aquel pensamiento

Byakuya asintió en un franco gesto.

—Así es. Quería recuperarme lo más pronto posible, pero el alta de la capitana Unohana tiene sus particularidades —confirmó con tranquilidad y ofreciéndole con ambigüedad aquel dato.

—Me lo figuro, muestra una pasión y devotería por el trabajo que hace, imposible de pasar por alto. —Cerró aquello con esa frase y pasó a lo que había ido a decir—. Hermano, leí su carta; aprecié el gesto y cada palabra de su historia, por lo que he venido a contarle la mía.

Byakuya tomó un sorbo de té y con un gesto de entendimiento le hizo seña a Rukia para que empezase.

Así comenzó la muestra del verdadero alcance de los cambios en su relación; ya no sería necesario recurrir siempre a las cartas, aunque si bien era agradable, el acto había servido más que para solo adaptarse.

Byakuya anteriormente había estado diciéndole a Unohana que el volver al trabajo y a su casa le darían una mejor manera de sanar, para no agarrotar su cuerpo y no sentirse negativamente anímico, ella lo pensó con raciocinio y estuvo de acuerdo, pero le hizo saber que nada de tareas físicas que pudieran alterar su condición, por lo que Unohana en la última semana de ofrecerle a Byakuya un examen médico, lo encontró con un nuevo semblante que iba más allá de las circunstancias corporales.

Supo entonces que su tiempo grisáceo poco a poco iba desapareciendo, dando cabida al fortalecimiento de una camaradería y el afecto que necesitaba para salir completamente de sus pesares, la razón que necesitaba para volver a darle sentido a su vida.

Paulatinamente sus ojos azules empezaron a adquirir un brillo etéreo que la melancolía había empañado.


«Cuando deja de llover antes de la noche, las tardes, recién el sol, se quedan melancólicas y despejadas, y es mayor el silencio de los montes. Se oyen las voces de alguno que trepa, allí lejos, a buscar manzanas, y se tiende sobre la tertulia de los sillones de mimbre, vueltos a sacar al paseo, un cielo de perla, como de agua, con algún pájaro perdido muy alto, un pájaro olvidadizo y solo que parece el primero del mundo». —Εl Balneario, Carmen Martín Gaite.


NOTA

Estos son personajes a los que siento inherentes debido a sus experiencias. He de confesar que desde siempre he sentido una fuerte inclinación por shippearlos; evocan una pasión similar, aunque en diferentes ideales. Pero desde el punto romántico no era la historia que buscaba contar, sin embargo, he amado escribir este último capítulo con LSD de fondo, y el tema, aunque se refiere a una pareja como tal, me parece que en cierto modo también sirve como un paralelismo para la trama de este fanfic si leemos entre líneas.

Gracias por leer.