Prompt de este capítulo: frío.

Palabras: 486.


VIII

Comité de bienvenida

La nieve le impresionó los primeros minutos, antes de que el viento gélido se le colase hasta los huesos. Hacía tanto frío, que creía posible que se le congelasen los pensamientos. «¿Cómo pueden vivir así? ―pensó―. Si este es el verano del Norte, no quiero ni imaginarme cómo será el invierno.»

La travesía hasta Invernalia había sido dura. Un barco lo había dejado en Puerto Blanco, pero tuvo que hacer por tierra el resto del camino. Le gustó su caballo de inmediato: mucho más robusto que las monturas sureñas, preparado para soportar las bajas temperaturas y para caminar sobre la nieve.

Descubrió que los norteños eran, por lo general, algo huraños; aunque no carecían de cortesía. Siguiendo el Cuchillo Blanco, consiguió no perderse. Le habían indicado que, en algún momento, el río se cruzaba con el camino real en Castillo Cerwyn, y así fue.

Frente a la fortaleza divisó a un reducido grupo de hombres a caballo.

―¿Vorian Arena?

Un chico pelirrojo desmontó y lo miró de arriba abajo.

―No vas muy bien equipado ―le dijo―. ¿No tienes frío?

―No sabía que se podía sentir tanto frío ―respondió.

Otro chico, de ojos grises y cabello oscuro, se acercó a ellos y le tendió una gruesa capa.

―Si quieres llegar hasta Invernalia sin perder ningún miembro, póntela.

―¿Quiénes sois vosotros? ―preguntó, obedeciendo.

Los dos muchachos, que debían tener su edad, sonrieron.

―Tu familia ―respondió el pelirrojo, como si fuese una obviedad―. Soy Robb. ―Le tendió la mano―. Él es Jon.

―¿Y cómo sabíais que estaría aquí? ―Vorian trató de no sonar demasiado ansioso, algo difícil con todos observándole.

―Allyria Dayne envió un cuervo.

―Deberíamos ponernos en marcha ya si no queremos llegar de noche ―sugirió el hombre que parecía estar al mando.

―Tienes razón, Jory.

Pusieron los caballos al trote y el resto del camino se le pasó en un suspiro. Cuando llegaron a Invernalia, Vorian contuvo la respiración. Era incluso más grande que la Fortaleza Roja y, nada más entrar, supo que se perdería muy pronto. Las torres, puentes y túneles se enmarañaban sin ton ni son y había gente por doquier. En su imaginación, había pensado que Invernalia sería un lugar inhóspito y gris, pero bullía de vida.

―¿Habéis llegado bien? ―Un hombre alto, de rostro alargado y barba salpicada de blanco les había interceptado. No sonreía con la boca, pero sí con los ojos―. Me alegra volver a verte, aunque sea en estas circunstancias ―le dijo. Entonces reparó en el broche que le prendía la capa―. Era de Brandon. Pensé que tu madre lo habría arrojado al Torrentino, no la hubiese culpado. Ven a conocer al resto de la familia.

Las presentaciones se alargaron. Era como si todos quisieran conocerle. Los pequeños se le engancharon a las piernas, una niña pelirroja lo interrogaba sobre cómo era el sur y, finalmente, un hombre que parecía un gigante, lo abrazó tan fuerte que escuchó un crack.