Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 04
Haciendo todo lo posible por ocultar su enfado, Eleazar Denali se sentó con cuidado en el borde de la cama de Bella Swan y la cogió de la mano. El recelo que se reflejaba en sus grandes ojos azules hizo que a él se le encogiera el corazón. Aquella era al menos la vigésima vez, desde que Edward Cullen lo fue a buscar al pueblo, que había tenido que tragarse la ira que sintió contra sus padres. No podía entender cómo dos personas tan buenas y caritativas como Charlie y Renee podía darle un trato tan insensible a su hija menor. Si era verdad que la joven estaba embarazada, su estado no cambiaría de un día para otro. Pero insistido en la necesidad de confirmar sus sospechas aquella misma noche.
Eleazar no era partidario de asustar a sus pacientes, y no había la menor duda de que Bella le tenía miedo. No era de extrañar. No la había atendido más de una docena de veces en toda su vida; sólo en una ocasión desde aquella fiebre que le afectó a su salud mental, y él era prácticamente un desconocido para ella. Ahora se encuentran en su habitación, sacándola de un sueño profundo para examinarla. Renee montaba guardia detrás de él, retorciéndose las manos, gimiendo y llorando. Esto bastaba para aterrorizar a la joven. Para colmo de males, Charlie estaba al otro lado de la habitación, marcando un sendero con sus pisadas en el reluciente suelo de parqué. A pesar de ser dos personas tan inteligentes, no parecían tener ningún sentido común.
—¿Y bien? —Preguntó Charlie con impaciencia—. ¿Está embarazada o no?
Ya era suficiente. Eleazar se levantó de la cama y se irguió cuan alto era, lo que en realidad no era mucho. Lanzándole una mirada hostil a la consternada pareja, espetó:
—¡Salid de la habitación! Aún no la he examinado y no pienso hacerlo en estas condiciones.
Renee se sobresaltó. Charlie se detuvo tras girar sobre sus talones y clavó en él una mirada de asombro.
—Estáis alterando a la chica oferta Eleazar con más delicadeza—. Os ruego que esperéis en el pasillo. Cuando tenga un diagnóstico, os llamaré.
—¡Pues, vaya! —Exclamó Renee indignada.
En aquel momento, a Eleazar no le importó haber ofendido a Renee Swan. La mujer estaba agotando su paciencia, y esto era lo único que podía hacer para no verse obligado a atarla con una cuerda. Retrasada o no, Bella tenía sentimientos, y su madre, más que nadie, debería saberlo. Había sido violada, nada menos, ¿y nadie había llamado a Eleazar para que fuera a examinarla? Renee debió haber sabido en aquel entonces que era posible que la joven presentara una hemorragia interna o, por ejemplo, que hubiera contraído una infección. No obstante, en aquella oportunidad no lo llevaron a la casa. Era casi como si Renée tuviera miedo de que él examinara a Bella, como si temiera su diagnóstico. ¿Por qué? Ésta era precisamente la pregunta que se hacía, y Eleazar no tenía una respuesta.
Después de acompañarlos hasta la puerta, Eleazar suspiró y se volvió hacia Bella. La muchacha lo estaba mirando nerviosa, con los ojos como platos. Haciendo todo lo posible por parecer inofensivo, se dirigió lentamente a la cama. Volvió a sentarse en el borde del colchón, la cogió de la mano de nuevo y le dio una palmadita afectuosa.
—¿Te acuerdas de mí, Bella? —Le preguntó en voz baja.
Sin dejar de mirar fijamente su boca, ella metió la barbilla y se frotó la cara contra el hombro de su camisón. Eleazar contempló sus rasgos finamente cincelados, pensando que era una pena que una fiebre la había dejado incapacitada. Si bien las demás Swan estaban casadas y, debido a las largas distancias que tenían que recorrer, rara vez iban a casa de sus padres, Eleazar recordaba con toda claridad sus rostros. Sin lugar a dudas, Bella era la más bonita de las cuatro hermanas. Pero, desde luego, era preciso mirarla detenidamente para darse cuenta de ello. Tenía una melena de pelo azabache extraordinariamente tupida, cuyos sedosos rizos se arremolinaban en desorden alrededor de la cara, prácticamente ocultando un rostro que era casi tan perfecto como un camafeo. Su madre no invertía mucho dinero en ropa para la joven, posiblemente porque estropeaba todas sus prendas corriendo por las montañas. Como consecuencia de esto, Bella andaba por ahí con vestidos humildes y poco favorecedores, hechos con telas de mala calidad. Para colmo, nadie se había tomado la molestia de enseñarle cómo alternar en sociedad. Para ser justos con los Swan, era muy posible que ella fuera incapaz de aprender; pero, aun así, Eleazar pensaba que era una pena que no hubieran intentado al menos pulirla un poco. En aquellas condiciones, sus modales y su comportamiento eran los de una niña de seis años. era muy posible que ella fuera incapaz de aprender; pero, aun así, Eleazar pensaba que era una pena que no hubieran intentado al menos pulirla un poco. En aquellas condiciones, sus modales y su comportamiento eran los de una niña de seis años. era muy posible que ella fuera incapaz de aprender; pero, aun así, Eleazar pensaba que era una pena que no hubieran intentado al menos pulirla un poco. En aquellas condiciones, sus modales y su comportamiento eran los de una niña de seis años.
—Cuando eras muy pequeña, yo solía esconder caramelos en mis bolsillos cuando venía a verte, pero no creo que puedas recordar nada de esto.
Ella enseguida dirigió la mirada hacia el bolsillo superior de su chaqueta. Cogiendo la solapa, Eleazar vació el compartimento interior, contento de llevar siempre consigo manjares que le permitían ganarse a sus pacientes de menor edad. Inclinándose un poco hacia adelante, soltó su pequeña mano.
—Venga, coge todos los que quieras.
Sus cejas finamente arqueadas se juntaron para fruncir el ceño. En lugar de tratar de coger las golosinas, ella se puso una mano sobre el vientre y negó ligeramente con la cabeza.
—¿No te apetecen los caramelos, ¿eh? —Con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco, Eleazar retiró el edredón y puso una mano junto a la de ella sobre su vientre—. ¿Tienes dolor de tripas?
La masajeó suavemente con sus manos expertas. Tal y como sus padres le han advertido, su vientre estaba levemente abultado. Examinó con cuidado la hinchazón. Luego, volvió a cubrir a la joven hasta la cintura con el edredón y le sonrió.
—Todo parece estar bien.
La desconfianza que se reflejaba en sus ojos le apareció a Eleazar que, a menos que se mostrase comedido, sería casi imposible hacer un examen interno. Sin desanimarse, se inclinó para abrir su maletín negro y sacar el estetoscopio. Habiendo trabajado en esta profesión durante más de cuarenta años, se había convertido en todo un experto en tratar a los pacientes tímidos. Después de meter el diafragma del estetoscopio entre sus manos ahuecadas para calentarlo, lo puso un poco más abajo de la clavícula de Bella e hizo gran alarde de lo bonito que era escuchar su corazón. Al mismo tiempo, pegó las palmas de las manos contra el pecho de ella con todo cuidado. Al advertir que no protestaba, bajó el instrumento un poco más, y siguió bajándolo hasta ponerlo sobre uno de sus pequeños senos. Mientras fingía estar escuchando, palpó la zona rápidamente.
Sin hacer un examen meticuloso, no podía estar absolutamente seguro de que la chica estuviese embarazada, pero la distensión de su abdomen y la sensibilidad de sus senos eran dos señales rotundas. Dejó escapar un suspiro mientras guardaba el estetoscopio en el maletín. Dado que ella había dejado de menstruar, estaba casi completamente seguro de que sus padres habían hecho un diagnóstico correcto. No le entusiasmaba la idea de comunicarles la noticia. Sin duda alguna, Renee gritaría y se lamentaría, lo cual sólo lograría asustar aún más a la joven.
Poniéndose derecho, contempló a Bella con una mirada triste. Se preguntó qué sería de ella. En el mejor de los casos, terminaría en una residencia de madres solteras. Probablemente pasaría una temporada de pesadilla en un hospital psiquiátrico, posibilidad que le partía el alma. Ella era una criaturilla salvaje, acostumbrada a correr libremente por el bosque. Sería muy duro que la encerrasen en algún sitio, cualquiera que fuera, sobre todo cuando nadie podría hacer entender que sería sólo por unos pocos meses.
Llevado por un impulso, Eleazar le apartó el pelo de la cara afectuosamente. La belleza de sus rasgos delicados lo dejó sin aliento. Sacó un caramelo del bolsillo superior de su chaqueta y se lo metió en la mano.
—Quizá te apetezca un caramelo por la mañana, ¿verdad?
Mucho después de que el doctor apagara la lámpara y saliera de su dormitorio, Bella permanecía inmóvil sobre su cama, mirando fijamente las sombras proyectadas en el techo. El caramelo ya empezaba a derretirse en su mano, y estaba bastante pegajoso. Recordaba vagamente las ocasiones en que el médico había ido a verla cuando era pequeña. Su pelo era negro en aquel entonces, no gris como ahora, y su cara no estaba tan arrugada. Pero por más que lo intentaba, no podía recordar que le llevara caramelos. No entendía por qué lo había hecho aquella noche. Había advertido la expresión de inquietud en su rostro al palparle el vientre. Si todo el mundo estaba tan preocupado por su gordura, ¿por qué le llevaba él una golosina que la haría engordar aún más?
Se respiraba algo extraño en el ambiente aquella noche, como suele suceder justo antes de una tormenta eléctrica. De vez en cuando sintió vibraciones que emanaban del suelo y se preguntaba qué las estarías ocasionando. ¿Puertas que se abrían y cerraban? ¿Pasos? Quería salir a hurtadillas de su habitación y asomarse al barandal para ver qué estaba pasando abajo, pero tenía miedo de que su madre la pillara. A veces, Bella podía ver lo que estaba sucediendo sin meterse en líos, pero intuía que aquella noche no era como las demás.
Se puso de lado y dejó el caramelo en la mesita de noche. Luego, se lamió la palma de la mano para limpiarla, deleitándose con el sabor dulce y esperando que una cantidad tan pequeña de azúcar no la hiciese engordar aún más. Nunca había visto a sus padres tan alterados, ni siquiera la vez aquella en que se dirigió corriendo al altar de la iglesia para tocar el órgano.
Somnolienta, Bella se cubrió con el edredón hasta la barbilla y cerró los ojos. Juró que al día siguiente sólo comería algo ligero en el desayuno y en la cena. En un abrir y cerrar de ojos, estaría delgada de nuevo y sus padres dejarían de mirarla con tanta tristeza.
Edward tenía un fuerte dolor de cabeza, y la voz chillona de Renee Swan hacía que el dolor se agudizara detrás de sus ojos. Se sentó frente a la chimenea del despacho del juez, deseando encontrarse muy lejos de allí. Las lágrimas de una mujer lo ponían siempre muy nervioso, posiblemente debido a que había convivido con muy pocas a lo largo de su vida. Esme, su ama de llaves, una empleada incondicional de cincuenta y tres años de age, no era muy dada a lloriquear delante de otras personas; y no tenía más que un vago recuerdo de su madrastra, Carmen.
—Por favor, Charlie —suplicó Renee—, déjame cuidar de ella aquí. No entenderá por qué la enviamos a un lugar extraño para vivir con gente que no conoce.
El juez se pasó la mano por su escaso pelo y lanzó una mirada nerviosa al doctor Denali.
—Eleazar, di algo.
El médico se encogió de hombros.
—¿Qué puedo decir? Renee tiene toda la razón. La chica no lo entenderá, y seguro que le va a afectar mucho, y para mal, que unos desconocidos cuiden de ella.
El juez se echó las manos a la cabeza en un gesto de impaciencia evidente.
—¿Qué más puedo hacer?
Eleazar se frotó la barbilla.
—¿No es posible dejarla en casa?
—¿Y el escándalo? —Gritó el juez.
—Ah, sí, el escándalo.
El tono de voz del médico revelaba con toda claridad que no veía con simpatía la obsesión del juez por su carrera política. Edward compartía este sentimiento. Si Bella era su hija, su bienestar sería lo más importante para él; su carrera profesional sólo ocuparía un segundo lugar.
—Yo podría intentar encontrar un hogar adecuado para Bella no muy lejos de aquí —propuso Edward.
Renee se volvió hacia él con los ojos hinchados de tanto llorar. Edward se levantó de su silla y apoyó un brazo en la repisa de la chimenea.
—Lo ideal sería dar con una mujer que fuera como una especie de abuela y que estuviese dispuesta a cuidar de ella durante todo el embarazo. Estoy seguro de que podemos encontrar a alguien así si nos empeñamos en ello. —Para hacer hincapié en su argumento, levantó las manos—. La chica sólo lleva cuatro meses de embarazo. Disponemos aún de un poco de tiempo. —Miró intensamente a Renee—. En cuanto al hecho de que el cambio de residencia la afecte y confunda aún más, no hay ningún motivo para que tú no puedas acompañarla o quedarte con ella hasta que se haya adaptado a la nueva casa.
Renee se llevó una mano al cuello. Miró al juez en busca de su aprobación.
—¿Podríamos hacer eso, querido?
Swan asintió con la cabeza.
—No veo por qué no. Lo difícil será encontrar una mujer así. —Dirigió una mirada esperanzadora a Edward—. Si lo logramos, sería ideal: la mejor solución a todos nuestros problemas.
Sintiéndose inmensamente culpable, pues su hermano había causado todos aquellos trastornos, Edward respondió.
—Déjamelo a mí. Como me dedico al comercio de caballos, conozco a gente en otros pueblos. Empezaré mañana mismo a escribir cartas haciendo averiguaciones al respecto y las echaré al correo el lunes. Es posible que cueste un poco de tiempo, pero encontraremos a alguien que acoja a Bella.
Renee se lanzó a los brazos de su esposo y se deshizo en lágrimas una vez más. Aunque compadecía a la mujer, Edward estaba ansioso por salir de allí. Aseguró una vez más a los Swan que empezaría a hacer averiguaciones a la mañana siguiente, salió al pasillo y se fue derecho al recibidor. Sólo cuando estaba en el porche se dio cuenta de que el Doctor le estaba pisando los talones.
—¡Qué situación tan terrible! —Observó Eleazar Denali.
Para Edward, decir que era una situación terrible era quedarse corto. No podía olvidar ni por un instante que Anthony era el responsable de todo aquello.
—Sí, así es. Sólo Dios sabe cuánto desearía poder enmendar el daño causado, pero no puedo hacerlo.
Mientras bajaban las escaleras de la entrada principal, el doctor se quitó la chaqueta, la enganchó en su dedo pulgar y la echó encima de uno de sus hombros.
—Hace mucho calor esta noche, ¿no es verdad? Estaba a punto de asfixiarme allí dentro.
Acostumbrado a trabajar al aire libre, soportando el calor del día, Edward no había advertido cuan cargado estaba el ambiente. Alzó la vista para mirar el cielo iluminado por la luz de las estrellas.
—Nos vendría bien que lloviera un poco.
—¡Cómo son las cosas! Durante todo el invierno no hacemos más que quejarnos de las lluvias, ya mediados de agosto empezamos a rezar para que caiga un aguacero.
Edward se detuvo junto a su caballo al llegar a la baranda para atar las bestias.
—La naturaleza humana es contradictoria.
Denali dirigió la mirada hacia la casa.
—No me estás diciendo nada que ya no sepa. Esa familia es todo un enigma, es la pura realidad.
Edward creyó que el doctor se estaba refiriendo a la obsesión del juez con su carrera política.
No siempre es posible entender las prioridades de las demás personas.
—Es verdad. —El médico entornó los ojos para observar a Edward con la escasa luz proveniente de la luna—. Tú eres un buen ejemplo. Te consideraba un hombre listo, siempre al acecho de las oportunidades. Ahora se te presenta una, y la estás dejando pasar.
—¿Cómo se corta en dados?
—La pequeña Bella es una chica de buena cuna y todo eso —aclaró el doctor—. Tú, por otra parte, ya estás a punto de cumplir treinta años, aún no te has casado y estás convencido de que no puedes tener hijos. Pensé que no dejarías pasar la oportunidad de casarte con esa muchacha y que reivindicarías como tuyo al hijo de Anthony. Después de todo, ese niño llevará tu sangre, pues es el hijo de tu hermano.
Edward apartó la mirada, porque en el fondo entendía perfectamente el punto de vista del doctor. No podía darle a conocer el motivo de su decisión, pues le había prometido a Swan que no le contaría a nadie lo que le había revelado.
—Pues así son las cosas, doctor. Aunque es verdad que deseo ardientemente un hijo, tengo mis motivos para vacilar.
Denali dejó escapar un suspiro.
—¿Te refieres al tío loco de Renee? —El médico rodeó la baranda para atar a los animales con el fin de acercarse a su caballo. Después de ajustar la cincha, miró a Edward por encima de la silla de montar—. Sí, desde luego, no puedes referirte a otra cosa. Yo también he oído esa historia. Pero te digo una cosa, Edward, esa chica no está loca. Yo estuve con Renee cuando Bella nació, y también atendí a la niña en sus primeros años de vida. Ella estaba perfectamente bien hasta que le dio esa fiebre. Esa chica no tiene nada que pueda transmitir a sus hijos. Yo te lo garantizo.
Edward agarró con tal fuerza la baranda que le dolieron los nudillos.
—Podrías estar equivocado.
Eleazar se rio entre dientes.
—Hay tantas posibilidades de que me equivoque como de que el agua empiece a correr cuesta arriba. No estoy hablando a la ligera, Edward. Sé perfectamente ejecutará las consecuencias en caso de equivocarme. Pero te aseguro que no es así. Esa chica era sumamente inteligente antes de padecer esa enfermedad.
—¿Estás seguro de que no es hereditaria?
—Completamente seguro.
Edward dirigió la mirada hacia la casa. Miles de ideas Y posibilidades se agolparon en su cabeza.
-Nariz. Dada su condición, si me casara con ella empezarían a correr un montón de rumores. La gente pensaría que soy un hombre libidinoso, Y no les faltarían motivos para ello.
—Tal vez tengas razón. Si te molestan las habladurías, supongo que será mejor que no te involucres en esta situación.
Edward respiró hondo.
—Por no hablar de la responsabilidad que estaría asumiendo. Una chica como Bella debe de dar mucho trabajo. El médico sonrió.
—Es una criaturilla tremendamente dócil, y es feliz cuando la dejan disfrutar de los placeres sencillos de su existencia. Con tu dinero, podrías contratar a una mujer que se quedase en casa para cuidar de ella, Y ni siquiera te darías cuenta de que está viviendo contigo. Es preciso pensar también en el bienestar de Bella. Es posible que le afecte un poco el hecho de mudarse a tu casa, pero eso sería mucho menos traumático para ella que si la mandaran a saber Dios dónde. Viviendo contigo, al menos podría seguir paseando por el bosque que conoce tan bien, Y cuando le apetezca, podría ir a casa a ver a su madre. Tú no eres el responsable de la desgracia que está a punto de sobrevenirle a esa pobre chiquilla, pero, si te casases con ella, podrías facilitarle mucho las cosas.
Edward clavó la mirada en el oscuro bosque que lindaba con el jardín de los Swan.
—No sé qué decirte, mi querido doctor. —Respiró hondo—. Si llegaras a estar equivocado respecto a la chica ... —Se interrumpió, encogiéndose de hombros—. ¿Un niño con problemas mentales? No supe criar bien a Anthony, bien lo sabes. Mira en lo que se ha convertido. La sola idea de educar a un niño con algún tipo de enfermedad ... bueno, lo cierto es que me aterroriza.
El doctor inclinó la cabeza para manifestar que estaba de acuerdo con esto. Pero, acto seguido, dio el golpe mortal.
—¿Y si no me equivoco y el niño resulta ser normal? Tendrá que pasar toda su vida en un orfanato, sin ninguna esperanza de que una familia lo adoptase algún día. —El médico se montó en su caballo, poniendo su abrigo sobre la parte delantera de la silla—. Sólo piensa en eso, hombre. Si puedes volverle la espalda, mostrarás lo fuerte que eres, desde luego. Pero espero que puedas dormir bien por las noches.
Tras decir estas palabras, el médico espoleó a su caballo y tomó el camino de salida para dirigirse a la calle.
Con la sensación de que le habíamos arrancado parte de su alma, Edward fue a sentarse al porche. Los grillos cantaban en la oscuridad. La luna flotaba sobre las montañas como una gigantesca moneda de plata, bañando con su resplandor las copas de los árboles lejanos. Del interior de la casa salía el ruido apagado del llanto de Renee Swan.
Edward cerró los ojos e intentó ordenar sus pensamientos, pero las últimas palabras del doctor resonaban con fuerza en su cabeza. ¿Cómo podría volverle la espalda al hijo de su hermano y dormir tranquilamente por las noches? Tenía los recursos suficientes para contratar a una cuidadora que se quedara en casa con Bella, y el doctor posiblemente tenía razón cuando decía que, en su enorme mansión, quizás ni se diese cuenta de que la joven estaba viviendo con él. El niño podría nacer dentro del matrimonio. Llevaría el apellido Cullen, que le correspondía por derecho propio, y disfrutaría de todas las ventajas que éste implicaba. Aunque Bella podría tardar unos cuantos días en adaptarse a su nuevo hogar, con el tiempo lograría sentirse a gusto,
Después de darle vueltas al asunto durante varios minutos, Edward se puso de pie y subió resueltamente las escaleras. Sin siquiera tomarse la molestia de llamar a la puerta, entró en la casa y atravesó el corredor poco iluminado que conducía al estudio del juez. Los Swan alzaron la vista sorprendidos cuando vio entrar de nuevo en aquella habitación. Renee lo miró con los ojos llorosos e hinchados, y su esposo con perplejidad.
—Pensé que ya te habías marchado oferta el juez.
Sintiéndose inexplicablemente nervioso, Edward se pasó una mano por la cabeza.
—Lo cierto es que tuvo una larga conversación con el doctor Denali, y ahora pienso que hay otra solución para este problema. —Edward miró al juez a la cara—. A pesar de lo que me dijiste anteriormente, he decidido que lo mejor para todas las personas involucradas en este asunto es que yo me case con tu hija.
Antes de que alguno de los Swan pudiera protestar, Edward siguió hablando.
—Contrataré a una cuidadora competente para que cuide de ella. De vez en cuando, podrá venir aquí a veros, y vosotros siempre seréis bienvenidos en mi casa. El niño llevará mi apellido. —Edward agitó la mano en el aire—. Si lo pensáis bien, veréis que es la solución perfecta.
Renee se puso lívida y se levantó de modo vacilante. Edward creía que la mujer estaba completamente de acuerdo con él. Sin embargo, sorprendentemente exclamó:
-¡No!
No esperaba que la señora respondiese de aquella manera.
—Pero ¿por qué no?
—¡Porque no! No lo permitiré, Charlie. Después de que nazca el bebé, quiero que Bella regrese a casa, donde debe estar. No quiero que ningún desconocido cuide de ella el resto de su vida. Ella es mi hija y está bajo mi responsabilidad, y de nadie más.
Edward estaba demasiado cansado para discutir.
—Poco después de que el niño naciera, Bella y yo podríamos separarnos. Podríamos decir que tuvieron problemas en el matrimonio, inconvenientes que no pudimos resolver. Entonces ella regresaría a casa, y yo criaría al niño.
Renee se llevó el dorso de la mano a la frente y comenzó a dar vueltas por la habitación. Su desasosiego era evidente en cada una de las rígidas líneas de su cuerpo. El juez se quedó mirándola durante unos segundos. Luego, se volvió hacia Edward con una mirada llena de preguntas. Sabiendo muy bien lo que debía estar pensando, Edward habló en voz baja.
—Conozco los riesgos, juez. Estoy dispuesto a tentar la suerte. Si el niño llega a tener algún tipo de problema mental, yo me ocuparé de que nadie diga nada y lo internaré en un hospital psiquiátrico, tal y como planeabas hacerlo en un principio. No habrá rumores ni escándalos. Diremos que el niño murió o que yo lo mandé a casa de unos parientes.
El juez le lanzó una mirada de advertencia, y enseguida se volvió hacia su esposa, quien no dejaba de andar de un lado a otro de la habitación. A todas luces temía que ella había oído estas palabras. Se tranquilizó ligeramente al ver que la mujer seguía dando vueltas alrededor del estudio, aparentemente ajena a la conversación.
"No sé qué decirte" en voz baja. Si llega a correr la voz de lo sucedido, mi carrera política estaría arruinada. Realmente creo que lo mejor sería que ...
—No te estoy dando la posibilidad de elegir —añadió Edward.
Al juez se le dilataron las pupilas, y pareció que los iris estaban a punto de volverse completamente negros.
—¿Eso es una amenaza?
—Una promesa —le corrigió Edward—. Si te opones, puedes despedirte para siempre de la posibilidad de tener un cargo público.
El atribulado padre se sofocó aún más. Después de mirar detenidamente a Edward durante largo rato, dirigió la mirada hacia su esposa.
—Renee, es la mejor solución que ha surgido hasta el momento. Bella no se quedaría con Edward para siempre, sólo durante unos pocos meses.
La señora Swan negó con la cabeza con vehemencia.
-No. Preferiría que hiciéramos lo que habíamos planeado antes: busquemos a alguien que viva fuera del pueblo para que cuide de ella hasta que tenga ese bebé.
Esto no tenía ningún sentido. A punto de perder la paciencia, Edward se sentó en una silla y clavó su implacable mirada en el juez.
—Hay muchas más cosas que tener en cuenta aquí; no sólo los deseos de la señora Swan. Sin duda alguna, mi plan sería mucho mejor para Bella. Y el niño no será internado en un orfanato.
Iracunda, Renee se volvió hacia Edward. Sus ojos echaban chispas.
—¡Ese niño no es asunto suyo, señor Cullen! Nada de esto lo es.
A Edward le costó mucho trabajo no perder los estribos.
—No estoy de acuerdo. ¡Desde luego que ese niño es asunto mío! Y si encontramos la manera de evitar que sea criado en una institución, eso es exactamente lo que vamos a hacer.
—Renee —el juez habló en voz baja—, ¿por qué no vas a la cocina a preparar un poco de té?
La mujer tomó aire y apretó los puños.
—¿Me hablas de té? ¿Estás a punto de decidir cuál será el futuro de mi hija ¿y quieres que vaya a preparar té?
-Si. —Aunque dicha con delicadeza, la respuesta del juez era una orden inequívoca—. Aún soy el hombre de la casa. En última instancia, yo debo tomar la decisión, y tú tienes que acatarla.
La señora Swan lanzó una mirada asesina a Edward y salió majestuosamente de la habitación. Sus mejillas tenían manchas de intenso color carmesí y sus labios formaban una rígida línea.
Inmediatamente después de su salida, se disipó gran parte de la tensión que reinaba en el estudio. Edward aprovechó la momentánea calma para referirle al juez lo que había dicho el doctor Denali; concretamente, que él aseguraba que una fiebre muy alta había sido la causa del mal de Bella.
—¿Y si está equivocado?
—¿Y si no lo está? —Edward volvió a pasarse la mano por la cabeza—. ¿Meteremos en un orfanato a un niño perfectamente normal y lo declararemos inadoptable? Tal y como yo veo las cosas, tengo que correr ese riesgo. Y aunque no quieras, tú lo vas a correr conmigo. Después de todo, estamos hablando de tu nieto y de mi sobrino, o mi sobrina. Le debemos al menos esa oportunidad.
Swan reflexionó un momento acerca de estas palabras. Un instante después, asintió con la cabeza.
—Sólo espero que sepas muy bien lo que estás haciendo. Denali tiene buenas intenciones, y estoy seguro de que cree en lo que dice, pero esto no significa que no esté equivocado.
—Recemos para que no lo esté.
Una vez resuelto este punto, los dos hombres pasaron a discutir los detalles, y cinco minutos después de haber decidido que el matrimonio de Edward y Bella debía celebrarse tan pronto como fuera posible. Cuando Renee regresó a la habitación, el juez le informó con delicadeza sobre la decisión que ellos tomaron respecto al matrimonio, y que los dos esperaban que pudiera celebrarse en una semana. El único requisito esencial era que Edward encontrara una cuidadora competente que se quedase con ellos en casa.
Cuando su esposa comenzó a protestar, el juez la interrumpió con palabras tajantes.
—Ya basta, Renee. Esto es lo mejor. Confía en mí.
Derrotada, la señora Swan se dejó caer en el sofá contiguo a su esposo y cruzó las manos sobre su regazo, estrechándolas con fuerza.
—Pero, Charlie, él no tiene ni idea de cómo debe tratarla.
—Una mujer de otro pueblo tampoco sabría hacerlo —señaló Edward.
—¡Pero al menos yo podría aconsejarla y supervisar su trabajo! —Gritó ella—. Dejar a nuestra hija en manos inexpertas podría echar por la borda todo lo que me he esforzado tanto por inculcarle a lo largo de todos estos años.
Edward se frotó la sien, maldiciendo en silencio el punzante dolor de cabeza que sintió detrás de los ojos. Aunque no podía entender a aquella mujer, era necesario mitigar sus preocupaciones.
—Señora Swan, con mucho gusto le permitiré hablar con la cuidadora que contrate, si eso es lo que le preocupa. Puede usted indicarle cómo debe tratar a Bella, puede supervisar todo lo que ella haga.
El delgado cuerpo de la señora Swan empezó a perder su rigidez.
—¿De verdad que no le molestaría?
No sin esfuerzo, Edward sacó a relucir una sonrisa, aunque tenue.
—Por supuesto que no. El nuestro no será un matrimonio verdadero. Sólo un acuerdo conveniente para ambas partes, eso es todo. Agradecería incluso todas sus aportaciones y su experiencia, pues eso nos ayudará a cuidar mejor de Bella.
Ella le escrutó la mirada durante largo rato. Luego, finalmente sonrió también.
—Quizás ésta sea una solución factible, después de todo.
—Así lo espero, desde luego. De lo contrario, no la habría sugerido. —Edward empezaba a sentirse algo aliviado.
—Bella es una chica bastante difícil —se apresuró a decir la madre—. Es preciso hacer seguir reglas muy estrictas, ¿usted entiende ?, o de lo contrario se vuelve intratable. Tal vez se ría usted de mis inquietudes, pero el hecho es que si Bella se vuelve una chica incontrolable, será necesario internarla en un hospital psiquiátrico y, puesto que soy su madre, quiero evitar a toda costa que esto suceda.
Finalmente, Edward empezaba a entender los motivos que había tenido la mujer para comportarse de la manera en que lo había hecho. Aunque le disgustaba enormemente que se llevaran a Bella lejos de casa, al menos de esa manera ella habría podido tener algún tipo de control sobre la manera en que se cuidaría de ella. Las objeciones que ponía al matrimonio de Edward con Bella nacían del miedo, nada más.
—Le doy mi palabra de que adoptaré todas las reglas que usted le impone a Bella y que las haré cumplir rigurosamente. Y usted puede tomarse todo el tiempo que necesite para enseñarle a la mujer que contrate cómo ocuparse de Bella, es decir, a exactamente como lo haría si estuviera usted allí para supervisarla.
La madre dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias, señor Cullen. Esto me hace sentirme mucho más tranquila con toda esta situación.
Edward se levantó de la silla, esperando que ya no hubiera nada más que decir, pero se vio obligado a sentarse de nuevo cuando Renee Swan se puso a recitar una larga lista de instrucciones relacionadas con el cuidado de su hija. No debían llevar a cabo una Bella al pueblo; las multitudes la ponían nerviosa. Los lápices y las plumas estilográficas estaban prohibidos; la niña podía hacerse daño. Nunca, bajo ninguna circunstancia, se debería permitir que Bella emitiera sonido alguno; una vez que empezaba, era imposible hacerla callar, y la bulla que podía organizar era ensordecedora.
Cuando la mujer se quedó al fin sin cuerda, a Edward le daba vueltas la cabeza y dudaba seriamente de que pudiera recordar algo de lo que ella le había dicho. Aun así, prometió cumplir al pie de la letra cada una de aquellas reglas. Cualquier cosa, con tal de salir de allí.
Antes de despedirse, Edward cerró el acuerdo con el juez con un apretón de manos y prometió empezar a buscar de inmediato una cuidadora. Cuando salía de la casa, se detuvo un instante en el recibidor, para mirar fijamente el rellano del primer piso, preguntándose cuál de todas esas puertas del pasillo de arriba conducía al dormitorio de Bella. Aunque le avergonzaba mucho reconocerlo, hasta aquel momento Edward no había pensado en cuál sería la reacción de la joven ante todo aquello. Recordó el terror que ella sintió al verlo hacía cuatro meses y se dijo que sólo le quedaba rezar para que había olvidado todo lo relacionado con Anthony y lo que éste le había hecho. Si no ... Bueno, le daba miedo simplemente pensarlo.
Hola, regresé con un nuevo capítulo donde todavía prima el escándalo de la familia sobre la salud de Bella...
Qué les pareció el Dr. Eleazar y como dió un pequeño empujón para que Edward decidiera tomar otro camino.
Que opinan de Renee?
Nos leemos pronto.
