Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.


CAPÍTULO 09

Aquella noche, después de la cena Bella, la mayor parte de la cual se negó a comer una vez más, Edward subió a la habitación de los niños con un bloc de dibujo y un lápiz. Para no asustar a Bella más de lo necesario, le pidió a Esme que estaba presente durante la conversación. Encantada de hacer este favor, el ama de llaves ya estaba sentada en el borde de la cama cuando llegó.

Bella se sentada a la pequeña mesa que estaba cerca de la ventana, con las manos fuertemente apretadas sobre su regazo, los tobillos cruzados y los pies descansando sobre el travesaño de una silla. Al ver a Edward abriendo la puerta, el poco color que le quedaba en las mejillas desapareció por completo. A pesar del evidente miedo que le tenía, la muchacha no intentó, como había hecho la noche anterior, dejar la silla para buscar un rincón oscuro. Puesto que él dudaba de que ella se hubiera vuelto valiente de improviso, sólo podía suponer que su audacia se debía al hecho de que Esme se buscaba cerca. Era evidente que se sintió segura mientras la rolliza mujer estuviese allí para protegerla.

La postura erguida de Bella le a Edward verla mejor que la noche anterior, y lo que vio lo dejó consternado. En los últimos cuatro días, había perdido una cantidad alarmante de peso. Según Esme, no había comido prácticamente nada desde la noche en que él despidió a la señora Perkins; unos pocos bocados en cada comida, y nada más. A juzgar por su flacura, supuso que había comido así de mal los tres primeros días de su estancia; lo cual explicaba, mas no justificaba, los intentos fallidos de la cuidadora por obligarla a comer.

Edward esperaba que después de aquel encuentro Bella colaborara un poco más y dejara de privarse de la comida. De lo contrario, no debería tener más remedio que perfeccionar los métodos de la señora Perkins. Si bien no hay dudaba de su capacidad de dominar a la joven y obligarla a comer, no le gustaría en absoluto tener que recurrir a medidas tan drásticas. La pobre ya había sufrido lo suficiente en aquella casa.

La luz de la lámpara titiló en los rebeldes rizos castaños que enmarcaban su pequeño rostro, haciendo resaltar el color de los ojos, que, en aquel momento, le recordaban lagos azules de aguas cristalinas. Su vestido, prenda de color rosa apagado que sería más apropiada para una niña, le quedaba aún más holgado que antes. Su muy gastada tela se pegaba ligeramente a las sutiles curvas de su cuerpo. La perfección en miniatura, eso era Bella, encantadora de una manera que eclipsaba a las bellezas más voluptuosas que lo he atraído en el pasado.

La sugerencia de Esme de que hiciera de aquél un auténtico matrimonio volvió a cruzar por su cabeza justo en aquel momento. Aunque odiaba admitirlo, incluso para sus adentros, era una idea tentadora. Increíblemente tentadora. El aspecto físico del hecho de casarse con una mujer tan hermosa no sería inconveniente alguno para él; ni para ningún otro hombre, en realidad. Pero más que esto, hacer de aquél un matrimonio verdadero sería mucho menos complicado que el plan original. Infortunadamente, la culpa que sintió por atreverse siquiera a pensar en algo por el estilo constituía una barrera que no parecía poder salvar. Había códigos de decencia que un hombre debía obedecer si quería respetarse a sí mismo, y una mujer con la discapacidad mental de Bella no era un objeto de deseo legítimo.

Después de subir la luz de la lámpara, Edward también se sentó a la mesa. Puso su silla frente a la de Bella, con la esperanza de que pudiera sentirse más tranquila si él guardaba las distancias. Dado que su plan consiste en comunicarse con ella mediante dibujos, supuso que era una buena señal que ella pareciera estar fascinada con el bloc y el lápiz.

—Hola, Bella - dice con voz baja.

Apartando la mirada del bloc de dibujo, la muchacha miró fijamente su boca. La expresión de su rostro revelaba con mayor claridad que las palabras que no había entendido lo que le dijo. No era un comienzo muy alentador. Le tenía que hacer entender de alguna manera que la ingestión de alimentos no tenía nada que ver con el hecho de que su cintura creciera cada vez más.

Cuidadosamente cubierto con un paño, el plato de comida de Bella se encuentra delante de uno de sus codos. Las casi intactas raciones de comida formaban montículos reveladores bajo el lino. Apartando el bloc y el lápiz de un empujón, cogió el plato, destapó la comida y levantó con el tenedor unas cuantas judías verdes. Los expresivos ojos de la joven mujer reflejaban una obstinación que sorprendió a Edward, además de hacer gracia. Bella enseguida apretó la boca con fuerza. Era evidente que no tenía la más mínima intención de rendirse sin oponer resistencia.

Mucho más nervioso de lo que la situación justificaba, Edward esbozó lo que esperaba que fuera una sonrisa llena de seguridad y tocó el labio inferior de la joven con el puntiagudo extremo de una judía. Ante este contacto, ella se echó hacia atrás sobresaltada, casi de forma refleja, y bajó la vista para mirar los dientes del tenedor bajo su nariz. Cuando se movió, la luz de una lámpara de pared cayó directamente sobre su rostro.

Durante un momento interminablemente largo Edward miró fijamente su boca. Luego, bajó la mano despacio. Olvidando sus buenas intenciones de no decir palabrotas en presencia de Bella, y con la voz áspera por causa de la furia que sintió, estalló.

—¡Esa puta desalmada!

Sobresaltada por el tono y el volumen de su voz, Esme enseguida se levantó de la silla.

—¡Madre de Dios! ¿Qué pasa?

Edward también se levantó de su silla y rodeó la mesa. Al advertir aquel repentino avance, Bella intentó huir. Antes de que lograra hacerlo, él la cogió de un hombro. Aunque la expresión de terror de su rostro le partió el alma, la sujetó para que permaneciera sentada en su lugar y sostuvo su barbilla con una mano. Con los ojos como platos y el rostro tan blanco como la leche, la joven se quedó paralizada al instante, como si temiera incluso respirar.

Desde luego, tenía miedo, pensó él con mordacidad. ¿Qué motivo debería para no sentirlo? Anthony había cometido el más abyecto crimen en su contra, y ahora era la prisionera de un hombre que ella seguramente consideraba un monstruo.

Temblando a causa de sentimientos difíciles de identificar, y más aún de controlar, Edward frotó suavemente el labio inferior de Bella con su dedo pulgar. ¡Marcas de pinchazos! Una ira impotente bulló dentro de él.

—Ay, cariño, lo siento mucho.

Esme andaba alrededor.

—¿Señor?

Edward habló, intentando dominarse.

—Esa mujer le clavó un tenedor en el labio.

«Es culpa mía», susurró una vocecilla dentro de la cabeza. «Todo esto es culpa mía». Nunca en su vida, dispusiese del tiempo que dispusiese, volvería a pasar por alto la verificación de la autenticidad de las referencias de un empleado. No se sentiría tan mal si fuera él quien tuviera que pagar cara su propia desidia, pero era una chica indefensa quien había sufrido las consecuencias. Y él nunca podría perdonárselo.

Con sus ojos verdes llenos de compasión, Esme se inclinó para ver las marcas en el labio de Bella.

—Sí, pobre chiquilla. ¿Hay algo que a esa mujer no se le haya ocurrido hacerte?

—Parece que no está disponible Edward con voz desolada.

—Y nosotros seguimos ocupándonos de nuestras cosas abajo, sin imaginar en ningún momento lo que aquí estaba pasando. —Esme acarició suavemente el pelo de Bella—. Te juro, chiquilla, que si lo hubiera sabido le habría arrancado a esa vieja bruja los pelos de la cabeza, uno por uno, hasta dejarla calva.

Bella no sabía por qué ellos estaban alterados tanto por causa de aquel par de heridas diminutas que ya casi se había curado. Esme tenía lágrimas en los ojos, y Edward parecía estar alarmantemente enfadado. Al principio creyó que estaba furioso con ella.

Pero no ... Al alzar la vista para mirarlo, vio en sus ojos sombras negras de arrepentimiento, y no podía creer, ni por un instante, que él pudiese fingir un sentimiento semejante. Se sumó a esta impresión el hecho de que sujetara la barbilla con increíble suavidad, y acariciase su boca con el dedo pulgar de una manera tan delicada que hacía sentir un hormigueo en la piel. Era evidente que se sintió mal por la manera en que la empleada la había tratado.

Su reacción fue completamente opuesta de la que Bella habría esperado de él. Ella lo había imaginado como un hombre despiadado, la clase de hombre que tomaba todo lo que le apetecía, y que mandaba al infierno a todo aquel que intentaba interponerse en su camino. Sin embargo, allí estaba, con los rasgos de su rostro tensos y su robusto cuerpo temblando de furia; una furia que no era en contra suya, sino de la mujer que le había hecho daño.

Durante aquellos últimos días, había vivido con miedo de Edward. A altas horas de la noche, cuando sabía que todos los de la casa estaban durmiendo, ella permanecía despierta hasta que el agotamiento la vencía. Miraba fijamente la puerta, con miedo de que él entrara en la habitación, convencida de que esto solo era cuestión de tiempo. En aquel momento, echó por tierra la opinión que se había formado de él; no gradualmente, como para acostumbrarse al cambio, sino de un solo golpe.

Como una banda elástica que hubiera sido tensada hasta el punto máximo y luego soltada, Bella relajó su cuerpo por completo gracias a una irrefrenable sensación de alivio. Las experiencias pasadas le han enseñado a ser cautelosa. Una parte de su ser no podía olvidar tan fácilmente todas las veces en que la búsqueda engañado para que confiara en las personas, sólo para descubrir cuando ya era demasiado tarde que su intención era hacer daño. Pero otra parte de su ser quería desesperadamente confiar en aquel hombre.

Sin lugar a dudas, era el colmo de la insensatez; pero fuera o no un error, no pudo resistirse a hacer esto último. Quizá fue la delicadeza con que él la tocó o el remordimiento que vio reflejado en sus ojos, o quizás simplemente estuviese cansada de tener miedo. En aquel momento, estaba demasiado débil por la falta de comida y demasiado dolida por el abandono de sus padres para analizar las razones de aquellos sentimientos. Sólo sabía que la calidez de los dedos fuertes sobre su piel la hacían sentirse segura. Maravillosamente segura.

Era una locura, una gran locura, pero eso era lo que sintió.

Cuando él finalmente la soltó para volver a sentarse, Bella estaba tan absorta observándolo que apenas le prestó atención a Esme, quien regresó tranquilamente a la cama. Aquella noche Edward llevaba una camisa blanca de cuello vuelto y puños anchos, parecida a aquellas que tanto le gustaban a su padre. Pero hasta allí llegaba toda semejanza entre ellos. Se había remangado la camisa sobre sus musculosos antebrazos y, en lugar de una corbata, llevaba el cuello abierto, dejando ver una parte de su pecho firme y bien formado. La piel dorada brillaba a la luz de la lámpara, y su tono oscuro contrastaba de manera extraordinaria con los ojos color ámbar y los dientes blancos y perfectamente parejos.

A diferencia de su padre y de todos sus arrogantes amigos, Edward Cullen prefería la comodidad a la moda en el vestir, pensó ella, y su estilo reflejaba una indiferencia natural. No obstante, a pesar de esto, lograba proyectar una presencia imponente, elegante.

La parpadeante luz de las lámparas de pared retozaba sobre su cabeza, fundida con las alborotadas ondas de su pelo lleno de reflejos labrados por el sol. Con la cabeza ligeramente inclinada, sus rasgos finamente cincelados parecían delineados en ámbar, y los planos de su rostro sombreados; lo cual hacía resaltar el perfil anguloso de su nariz, la forma cuadrada de la mandíbula y las líneas profundas que rodeaban la boca. Completamente cautivada, miró larga y fijamente sus labios: el superior, grabado con toda nitidez, y el inferior, voluptuoso y húmedo.

—¿Lo intentamos de nuevo? —Preguntó él. Aunque sabía que tenía que ser su imaginación, Bella creyó oír su voz, su timbre grave y profundo. Esto era algo que le pasaba con mucha frecuencia: imaginaba que oía cosas, lo cual sabía que no era posible. Sonidos de mentira, los llamaba; pero, aun así, parecían completamente reales. Esto siempre le había pasado con cosas familiares: la voz de su madre, el ladrido de un perro, un portazo. La única explicación que se le ocurría era que veía cómo se producía el sonido, lo conocía de memoria, y, como su cerebro esperaba oírlo, ella pensaba que en efecto lo percibía.

Pero nunca había oído la voz de Edward Cullen. La de su padre era más débil y menos ronca, de manera que Bella sabía que no estaba recordándola y haciendo una simple sustitución. No. Por inexplicable que pudiera parecer, ella había imaginado oír la voz de aquel hombre. La de aquel hombre, no la de ningún otro.

Sintió un hormigueo recorriendo su espalda.

Después de lo que le había pasado en las cataratas, ella no conseguía entusiasmarse con la idea de trabar amistad con un hombre. A pesar de que anhelaba confiar en Edward, le pareció en aquel momento excesivamente ancho de hombros, una enorme masa de músculos que se interponía entre ella y todo lo que apreciaba de verdad en el mundo: la casa de su niñez, sus padres, los bosques que tanto amaba.

Edward volvió a coger el tenedor, pinchó otras judías con él y lo llevó a su boca. Bella miró a Esme con inquietud, esperando que ella pudiese intervenir.

Tocándole suavemente la boca, él reclamó su atención. La determinación hacía brillar sus ojos.

—Ahora estás tratando conmigo, Bella, y yo digo que debes comerte toda la cena.

Prefería tratar con Esme, muchas gracias. Deseó poder decirle esas palabras, entre otras cosas. ¿Acaso creía él que ella quería quedarse allí, encerrada en aquella lúgubre habitación, un día interminable tras otro? Quería irse a su casa. Para conseguir esta meta, tenía que estar delgada la próxima vez que su madre fuera de la verla.

Al recordar la fuerza de sus manos, ella tragó saliva con nerviosa consternación. Si él decidía obligarla ... Una terrible sensación de dolor se concentró en su pecho, recordándole la ocasión en que tragó sin querer un bocado de manzana sin masticar. Se le llenaron los ojos de lágrimas que le hicieron escocer los ojos y parpadeó con furia para ahuyentarlas.

El rostro de Edward se puso rígido. Un músculo de su mandíbula se tensaba y relajaba alternativamente mientras apretaba los dientes. Rehuyendo sus ojos de manera deliberada, insistió.

—Nada de tonterías, jovencita. No soy la clase de hombre que se conmueve con facilidad al ver lágrimas. Vas a comer. Podemos hacerlo de la manera fácil o de la manera difícil. Eso depende totalmente de ti.

Con la vana esperanza de hacer cambiar de opinión, tal y como lo había hecho con Esme, Bella comenzó a hinchar las mejillas. En el instante mismo en que ella hizo esto, él negó con la cabeza y tiró el tenedor en el plato. Ante este brusco movimiento, la chica se levantó sobresaltada y enseguida se agachó, por si Edward tuviera la intención de darle un sopapo, como su madre solía hacer. Inmóvil y con la mano suspendida en el aire, él la miró fijamente durante un instante. Luego, apenas moviendo los labios, de una manera que indicaba que quizás estuviese susurrando, creyó ver que decía una palabra que ella nunca antes había visto ni oído a nadie. Frunció el ceño en señal de perplejidad.

Al ver la expresión de su rostro, él gruñó. Luego, se pasó una mano por la cara y parpadeó para volver a fijar la vista en ella. Bella tenía la desagradable sensación de que él la veía como un problema sumamente engorroso y que deseaba de todo corazón que desapareciese milagrosamente. Querría poder complacerlo y, cuando él dejase de parpadear, ya no estar allí.

Después de respirar hondo, él dijo muy despacio y de manera sucinta:

—Bella, cariño, tú no estás gorda.

Si no estaba gorda, entonces, ¿cómo llamaba él a aquel estado? Su vientre aún no estaba extraordinariamente grande, pero, al ritmo que estaba creciendo, no tardaría en estarlo. Al comienzo de la época de las mariposas, al bajar la vista entre sus pechos, ella podía verse los dedos del pie. Ahora todo lo que veía era su vientre. Y lo que era aún peor, sus vestidos parecían ensuciarse siempre en ese lugar. No era de extrañar que sus padres ya no la quisieran.

—Tienes que comer, cariño. —Le había cambiado la expresión del rostro: dejó a un lado la severidad para volverse zalamero—. ¿No lo harías por mí? No quiero obligar a comer, y estoy seguro de que tú tampoco quieres que yo haga eso.

Se inclinó para acercarse aún más a ella y, para sorpresa de Bella, puso una mano sobre su mejilla. Su mano era tan grande y tan maravillosamente cálida que la muchacha sintió una fuerte tentación de ocultar la cabeza allí para que él no la viera llorar. A aquel paso, él iba a pensar que no era más que una niña grande y llorona, y, por razones que ella no alcanzaba a entender en aquel momento, no quería que aquel hombre pensara eso.

—Escúchame bien. Tú no estás gorda. —Sonriendo ligeramente, él repitió las últimas palabras—: ¡No estás gorda! —Tras decir esto, apartó el plato de un empujón y alargó la mano para coger el bloque de dibujo—. Quería evitar esto, pero al parecer no me queda más remedio. Préstame mucha atención, ¿vale? Sólo tardaré un instante.

Cuando él empezó a dibujar, una profunda arruga surcó su frente. Curiosa, a su pesar, Bella se secó las húmedas mejillas y se puso derecha en su asiento para poder ver. Aunque siempre lo había hecho en secreto, le encantaba dibujar. Edward parecía estar haciendo la figura de cuerpo entero de una mujer vista de perfil.

Mientras lo veía dibujar, Bella percibió con el rabillo del ojo un movimiento de sus labios. Alzó la vista a tiempo para verlo terminar la frase con estas palabras:

—Me temo que no lo hago muy bien.

Ella estaba de acuerdo. Definitivamente, el hombretón no tenía dotes artísticas. La mujer que estaba dibujando tenía una cabeza que más bien parecía una bola deforme, y su pelo, un puñado de gusanos retorcidos. Y la cosa no hacía más que empeorar. Su nariz era como el pico de un pájaro y los brazos parecían cuerdas muy gruesas, con extremos deshilachados en lugar de dedos. No era solamente un dibujo muy malo, era un dibujo horrible.

Dado que su madre no le permitía emitir sonido alguno desde hacía muchos años, a Bella rara vez le daban ganas de reír. Pero éste era uno de esos raros momentos. Edward parecía muy serio haciendo aquel dibujo, con el ceño fruncido y los dientes clavados en su labio inferior en señal de concentración. Era evidente que estaba haciendo un gran esfuerzo para que le saliera bien. Pero, a pesar de que intentó mejorar el dibujo, éste no dejó de ser el peor que ella jamás hubiera visto.

Tuvo que contener la respiración para reprimir la risita de cómico espanto que intentaba subir por su garganta. El alzó la vista en aquel momento preciso, y por un momento pareció olvidar todo lo relacionado con el dibujo. Llenos de preguntas, sus ojos buscaron los de la chica. Bella tuvo la sensación de que él se había dado cuenta de que ella estaba a punto de soltar una carcajada. Esto no pareció molestarlo, sólo confundirlo. Y preocuparle.

En aquel momento, Bella tuvo una sensación muy extraña. Era como si él, en lugar de mirarla simplemente, le estuviese viendo el alma; como si pudiera ver en sus ojos cosas que otros nunca han descubierto y que probablemente nunca percibiesen. Se intensificó la sensación de opresión en su pecho. No pudo apartar la vista de los ojos del hombre, no pudo moverse para romper la tensión.

Finalmente, él pareció lograr deshacerse de aquello que le estaba preocupando, fue lo que fue, y empezó a dibujar de nuevo. Esta vez le puso un enorme vientre a la mujer. Bajo la mesa, Bella se tocó la cintura con una mano. ¿La estaba dibujando a ella? Como si había advertido su reacción, él volvió a alzar la vista. Las comisuras de la boca le temblaban levemente.

—Ya sé que no es un dibujo muy logrado, pero espera un momento.

¿Logrado? Ésta era una palabra que ella no conocía. Desconcertada, volvió a dirigir su mirada hacia el dibujo.

Edward le dio los últimos toques. Luego, se puso cómodo para observar su obra. Aparentemente satisfecho, le enseñó el bloc para que ella también pudiera verla. Para su total sorpresa, advirtió que dentro del sobresaliente abdomen de la mujer él había dibujado un bebé, reconocible como tal sólo por su gorrito de volantes, su traje y sus patucos. Ella se quedó mirándolo durante unos interminables segundos.

—Bebé- habla edward excesivamente despacio, dándole golpecitos al dibujo mientras hablaba. Señalando el plato de comida, y luego la línea que representaba la boca del niño, agregó—: Tienes que comer. Para alimentar al bebé. ¿Entiendes, Bella? No estás engordando. Hay un bebé creciendo dentro de ti.

Mirándolo fijamente, con una expresión de aturdido asombro, Bella rodeó su cintura con los brazos. La incredulidad debió de reflejarse en sus ojos. Como si se sintiera intolerablemente frustrado, él tiró el lápiz sobre la mesa.

—Esme, inténtalo tú. Ella no me entiende.

Esme se levantó de la cama y se acercó a la mesa. Fingiendo sostener a un bebé en sus brazos, comenzó a mecerlo con una sonrisa de oreja a oreja. Luego, dijo la cintura de Bella.

—Un pequeñín, chiquilla. ¿No te parece todo un milagro? Tu propio bebé. Pero debes comer para que crezca sano y fuerte como un roble.

Bella entendía todo eso. El problema era que no podía creerlo. ¿Un bebé? ¿Le estaban diciendo en serio que tenía un bebé dentro de su cuerpo? Bajó la vista para mirarse el vientre.

Mientras Bella se miraba la cintura, Edward aprovechó la ocasión para observarla detenidamente. En un momento determinado, mientras estaba pintando estuvo, habría podido jurar que ella a punto de soltar una carcajada y, de vez en cuando, la expresión de su rostro daba a entender que podía comprender lo que sucedía.

No obstante, sus capacidades mentales o la falta de ellos no eran el problema en ese instante. Lo que importaba era que ella finalmente entendiera qué le estaba haciendo crecer la cintura. Edward supo que ella había entendido el mensaje al ver la expresión de terror que aparecía ahora en sus ojos azules y la manera en que se reclinó en la silla para dejar descansar las manos sobre el abdomen.

Era evidente que se estaba preguntando cómo habría podido instalar dentro de ella un bebé. ¿Cómo podría él explicárselo? Bella metió la yema de uno de sus dedos en su ombligo a través de las delgadas capas de su ropa, y la movió en círculos.

Edward lanzó una mirada a Esme. Arqueando con expectación sus cejas rojas entrecanas, el ama de llaves lo miró a los ojos.

—Ni se te ocurra —le dijo él.

—Pero ella cree que ...

—No me importa si cree que se tragó una semilla y ésta germinó dentro de ella. Yo no voy a hacer un dibujo. Repito, no lo voy a hacer.

—¡Pobre chiquilla!

Edward estaba completamente de acuerdo con estas últimas palabras. Sin lugar a dudas, Bella era una pobre chiquilla, y era verdaderamente vergonzoso que la hubieran puesto en semejante trance.

Al mirarla en aquel momento, casi pudo verla llevando a un bebé en brazos, con su aterciopelada cabeza recostada en el pecho de ella. Aunque fue una idiota, esto no significaba que fuera incapaz de sentir amor. ¿Quién era él para decir lo que ella pensaba o sintió respecto de algo?

Mientras estas preguntas asaltaban la mente de Edward, otras muchas empezaban a asediarlo, y no tenían respuestas para ninguna de ellas. Sólo sabía, con una repentina y casi cegadora claridad, que Esme tenía toda la razón: nadie tenía derecho a arrebatar a un bebé de los brazos de su madre. Nadie. Debió de estar loco para considerar siquiera esta posibilidad.

Antes de casarse con Bella, se había convencido a sí mismo de que esta era la única cosa decente que podía hacerse. Lo había considerado un deber, no sólo para con ella, sino también para con el hijo de su hermano. En aquel instante ninguno de aquellos motivos se tenía en pie.

Una sensación abrasadora invadió los ojos de Edward mientras veía que Bella seguía escrutando su ombligo con un dedo. Con un fuerte chirrido de la silla, se puso de pie. Aunque lo hubiera prometido a sus padres, ¿cómo podría ser capaz de separarla del bebé después de que éste naciera?

La respuesta era sencilla: de ninguna manera, no podría hacerlo.

Poco más de una hora después, Bella se quedó al fin a solas. La luz de la luna se vertía en su dormitorio, dividida en franjas anchas por los barrotes de la ventana. Pintados de plata, los muebles y los juguetes de los niños, olvidados desde hacía ya mucho tiempo, parecieron cobrar vida. Crudamente delineados por las sombras, los relieves tallados de la puerta del armario parecían formar el rostro de una persona. El caballito balancín que se observaron en un rincón parecía moverse ligeramente. Sus crines y su cola se ondulaban como si una suave brisa los acariciase. Bella imaginó que incluso podía oír voces y risas infantiles, apenas perceptibles, terriblemente lejanas, provenientes de un pasado ya remoto.

Una sensación maravillosa se adueñó de ella. Si Edward Cullen y Esme no estaban mintiendo, tendría un hijo en muy poco tiempo. Su propio bebé. Esta idea hizo que se le formara un nudo de felicidad en la garganta. A veces se siente muy sola viviendo en medio del silencio. Las únicas mascotas que podían tener eran las criaturas salvajes que ella domesticaba: los animales del bosque y algunos ratones del ático de sus padres. No tenía ningún amigo humano, ni esperanza alguna de poder tenerlo.

Un bebé ... Bella se rodeó la cintura con los brazos. Estaba tan feliz que le costaba contenerse. Tendría alguien a quien amar. Aquello era lo mejor que le había pasado en la vida. Tanto, que casi tenía miedo de creer que era verdad.

Después de sentarse con las piernas cruzadas en el centro de la cama, posó las manos de forma reverencial sobre su vientre. Edward parecía estar convencido de que allí dentro había un bebé. Por más que lo intentaba, Bella no podía imaginar cómo se las había apañado para entrar en ella. Y lo que era más importante, ¿cómo lograría salir de allí?

Quitándose el camisón de un tirón para explorar mejor su cuerpo, se metió de nuevo la yema del dedo en el ombligo. Se preguntó si ese agujero conduciría directamente a su estómago. No parecía ser así. Frunciendo el ceño, presionó con tanta fuerza como pudo hasta que comenzó a sentir dolor. No, definitivamente el bebé no había entrado por aquel lugar, y tampoco era muy probable que pudiese salir por allí.

Cuando Bella era una niña, su madre le dijo que las hadas traían a los bebés y que los dejaban en los umbrales de las casas durante la noche. Esta siempre le pareció una explicación perfectamente lógica, pues, si no los traían las hadas, ¿de qué otro lugar podría venir los bebés? Incluso las criaturas del bosque recién nacidas parecían aparecer junto a sus madres como por arte de magia. A excepción de los pájaros, desde luego. Bella sabía que ellos salían de los huevos. Las mamas pájaros, igual que las gallinas domésticas, ponían los huevos y luego se sentaban sobre ellos hasta que sus polluelos salían del cascarón.

¿Sería posible que los bebés humanos también salieran de huevos? A lo mejor su madre le había mentido y las hadas no traían a los bebés, después de todo. Esta simple idea hizo que se le acelerara el corazón. Volviendo a llevarse las manos a la cintura, palpó la ligera protuberancia. Si había un huevo allí dentro, éste ya era mucho más grande que la mayoría. Seguramente saldría en muy poco tiempo.

Y luego, ¿qué? Ella pesaba demasiado para sentarse sobre un huevo sin romperlo. Entonces, ¿qué se suponía que debía hacer con él? Si los huevos se enfriaban, los polluelos que se encontraban dentro nunca salían del cascarón. Bella supuso que morían allí.

A pesar de que era una calurosa noche de verano, se estremeció ante la idea de que el bebé pudiese morir dentro de su huevo por falta de calor. Se acostó y se cubrió hasta la barbilla con el edredón. No podía permitir que su bebé muriese. Sencillamente, no podía permitirlo. Tenía que pensar en una manera de mantenerlo abrigado. Pero ¿cómo?

El calor del edredón comenzó a envolverla y Bella encontró la respuesta a esta pregunta. Cuando su huevo saliera, podía acostarse junto a él bajo el edredón. El calor de su cuerpo mantendría a su bebé calentito hasta que saliera del cascarón.

Edward se sirvió otro vaso de whisky, intentó recordarntos que había bebido hasta entonces y luego cuánta decidió mandar al diablo todo cálculo. No quería pensar. No quería sentir. Su único objetivo era emborracharse hasta caer de bruces.

Por Bella, pensó, alzando el vaso. Después de tomar dos tragos, el whisky estaba camino de su estómago, quemando cada palmo del recorrido. Apretó los dientes y se secó la boca con el dorso de la mano.

—¡Señor!

El escandalizado susurro rasgó el silencio. Edward se inclinó hacia adelante en su asiento, se volvió y, con un esfuerzo pertinaz, finalmente logró centrar su atención en el ama de llaves.

—Hola, Esme. ¿Te gustaría acompañarme? Llevándose las manos a sus amplias caderas, ella atravesó con paso firme la alfombrilla persa. Lanzó una furiosa mirada a la botella de whisky y chasqueó la lengua en señal de desaprobación.

—¿Qué se propone usted? ¿Por qué ha estado bebiendo tanto últimamente? Esta mañana temprano ya estaba empinando el codo, y ahora sigue en las mismas. Esto es muy raro en usted, si no le importa que se lo diga. ¡Y whisky! Pensé que le gustaba el coñac.

—De vez en cuando, Esme, un hombre necesita algo un poco más fuerte que el coñac.

—¿Piensa que eso solucionará sus problemas? Cogió completamente desprevenido a Edward con esta pregunta.

—No espero solucionar mis problemas. Sólo quiero olvidarlos. —Inclinó el vaso hacia ella—. Te deseo la mejor suerte del mundo.

-¡Jum! ¿Y qué problemas está tratando de olvidar?

Edward consideró la pregunta detenidamente.

—No tengo ni idea.

—Que Dios nos ampare.

Ella se sentó en el borde del brazo de la silla que estaba en posición diagonal a la de Edward. Después de observarlo cuidadosamente durante varios minutos, tiempo durante el cual Edward volvió a llenar su vaso de whisky y una vez más lo vació, habló.

—Es la chiquilla, ¿no es verdad? Eso es lo que le preocupa. Se siente usted obligado a cumplir la promesa de devolvérsela a su madre, pero su corazón le dice que eso sería un error, un gravísimo error.

Esme siempre daba en el clavo. Edward se sirvió otro vaso de whisky y una vez más se inclinó hacia adelante en su asiento, para apoyar los codos sobre las rodillas. Pero encontrarse las rodillas resultó ser un tanto difícil. Cuando finalmente lo consiguió, descubrió que temblaban más que una silla de tres patas.

—¿Qué diablos voy a hacer, Esme? —Preguntó finalmente.

—Lo que siempre hace —replicó ella con dulzura.

—¿Y qué es lo que siempre hago? —Lo preguntó bruscamente, irritado por lo que interpretaba como una evasiva.

—Lo correcto.

Edward dejó escapar un gruñido.

—¿Y qué es lo correcto? Le di mi palabra a sus padres, ¡maldita sea! Nunca en mi vida he faltado a mi palabra.

Hubo un largo silencio. Finalmente, Esme lo rompió.

—Usted también le dio su palabra a Dios, ¿no es verdad? Me parece que a la hora de elegir entre cumplir una promesa hecha a Dios y otra hecha a un hombre, siempre se debe optar por Dios.

Edward se rio amargamente.

—Dicho de esa manera, suena muy sencillo, pero no lo es. Probablemente vayas a buscar la escopeta si te digo esto, pero te lo diré de todos modos. Desde que traje a Bella a casa, he descubierto que mi irreprochable comportamiento no carece de mácula. Me da un poco de miedo quedarme a solas con ella.

—¿Y por qué?

Edward alzó la vista, sintiéndose sobrio de repente.

—¡Dios santo, Esme! ¿También es necesario que te haga un dibujo? La chica podrá tener una discapacidad mental, pero, aparte de eso, es preciosa.

Al ver la expresión de desconcierto que había aparecido en el rostro del ama de llaves, él maldijo en voz baja.

—Para decirlo en palabras que puedas entender, soy un cabrón libidinoso. ¿Te queda lo suficientemente claro?

Los ojos verdes de Esme empezaron a brillar.

—¡Ah!

—¿Ah? ¿Eso es todo lo que puedes decir? Por Dios, Esme. No estoy bromeando. La mañana en que el traje a casa ... —Se interrumpió, agitó el licor dentro del vaso hasta salpicar, y luego dejó escapar un suspiro de cansancio—. Si permito que se quede aquí, estará demasiado cerca en todo momento. Me preocupa que después de un tiempo los pocos escrúpulos que me quedan puedan desaparecer para siempre.

—Usted nunca tocaría a esa chica, a menos que ella así lo quisiera, y lo sabe muy bien. E incluso me atrevería a decir que mataría a cualquier hombre que lo intentase. Me asombra que haya dejado que Anthony se marchase sano y salvo de aquí.

—Casi no lo logra —reconoció Edward—. Hubo un momento en el que estuve a punto de estrangularlo. Ahora me pregunto si no me pareceré a él más de lo que yo creía.

—No mar ridículo. Ustedes no se parecen en nada. Nunca se han parecido, ni siquiera cuando eran pequeños. Él abatía a los pajarillos de los árboles. Usted los curaba y cuidaba de ellos hasta que se reponían. Él le daba patadas al perro. Usted pedía comida en la cocina para ir a dársela y hacer que se sintiera mejor. Con el tiempo, él se volvió aún más cruel, y usted no hizo más que seguirlo a todas partes, tratando de enmendar sus errores. —La mujer se inclinó hacia adelante para poner su afectuosa mano sobre uno de los hombros de su jefe—. Edward, hijo mío, usted se parece a Anthony tanto como el día a la noche.

Él cerró los ojos, apretándolos con fuerza.

—Lo que le hizo a Bella no se puede enmendar, Esme. Y tengo terror de herirla más al obligarla a quedarse aquí.

—El amor no tiene bordes afilados —le recordó ella—. Y mucho amor es lo que usted le dará a Bella si le permite quedarse aquí. Tal vez no la clase de amor que un hombre generalmente le da su esposa, pero amor en todo caso, y esto es mucho más de lo que ella podrá recibir de otra manera. Y en cuanto a sus temores, tal y como yo veo las cosas, usted ya ha desplumado el ganso al casarse con la chica. Ahora todo lo que puede hacer es esperar a ver qué se hace con las plumas.

Después de decir estas sabias palabras, Esme salió del estudio. Tras cerrarse la puerta, Edward permaneció largo tiempo en aquella habitación, mirando fijamente el intrincado diseño de la alfombrilla. Cuando les comunicara a los Swan la decisión que había tomado con respecto a Bella, seguro que iban a salir volando plumas por el aire. Una verdadera tormenta de plumas.


Hola a todos... ya le dijeron a Bella que estaba embarazada, lo entendió... si... pero no tiene conocimiento sobre el proceso de la concepción... como se lo explicarán...

Pobre Edward, reconoció que le gusta Bella... le hará caso a Esme... Que opinan del ama de llaves, salió más inteligente que la mamá de Bella.

Nos leeremos en un próximo capítulo.