Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 12
Pasmado, Edward vio a Bella llevarse una mano al cuello y mirar seductora y tímidamente al muñeco relleno. Luego, para su gran asombro, ella rodeó la improvisada mesa, cogió a su caballero del brazo y comenzó a dar pasos de vals perfectamente ejecutados. Su falda giraba mientras ella se movía majestuosamente por la habitación.
Una hermosa joven, bailando al compás de una música que nadie más podía oír, en los brazos de un hombre que ella había creado con sus manos creativas y su rica imaginación. Junto a aquel muñeco ella podía ser alguien; privilegio que el resto del mundo, incluyendo a Edward, le había negado.
Inconscientemente, Edward trasladó el peso de su cuerpo de una pierna a otra y una tabla del suelo cedió levemente bajo su pie. Con los agudos de una persona sorda, Bella sintió que la tabla cedía y enseguida se quedó inmóvil. Sus ojos enormes y recelosos lo buscaron en la oscuridad.
Edward vio que estaba asustada. Después de lo que había pasado entre ellos en las caballerizas, y sabiendo que ella esperaba que él le pegase si volvía a escabullirse, le sorprendió que hubiera tenido el valor de subir al ático de nuevo. Aunque entendía perfectamente que corriera ese riesgo. En aquel salón imaginario ella podía ser quien le diera la gana y hacer lo que quisiera. En comparación, el mundo que la esperaba abajo probablemente pareciese una cárcel. Bella, la idiota, encerrada dentro de una casa para protegerla. Bella, la idiota, que tenía que comer lo que se le sirviese, bañarse cuando se le ordenara, vestirse como una golfilla. No era más que una muñeca de carne y hueso de la que ellos se ocupaban, que casi todo el tiempo dejaban en una habitación cuya ventana tenía barrotes y que vigilaban como si fuera una niña pequeña el resto del tiempo. El en su lugar, también habría corrido el riesgo de que le dieran una paliza para subir al ático.
Una paliza ... Por la expresión de angustia que vio en su rostro, Edward supuso que el castigo físico no era lo único que Bella temía. Al ir a aquel lugar, él había descubierto su secreto. El mundo que ella había creado era sacrosanto, y sin duda lo veía a él como un intruso que podría destruirlo. Simplemente haciendo girar una llave, él podía cerrar la puerta e impedirle regresar al ático. O, peor aún, con sólo hacer girar una llave, podía encerrarla en una habitación que tuviese una ventana con barrotes y no permitirle salir nunca. El poder. La autoridad suprema. Si él así lo decidía, podía hacer que su vida fuera un infierno peor de lo que ya era.
Pero jamás haría algo semejante. Por nada del mundo.
Edward se sintió sobrecogido al verla de aquella manera. Y también quedó fascinado. Todo lo que quería era pasar de su realidad, que de repente le pareció que tenía muy pocas cosas elogiables, a la de ella. No para destruirla, sino para encontrar un espacio en el que los dos tuvieran algunos puntos en común, aunque sólo fue durante unos pocos segundos.
Moviéndose con cautela, con mucha cautela, salvó la distancia que los separaba. Era arriesgado, y lo sabía. Al fin y al cabo, era su mundo —un mundo secreto—, y nadie le había invitado a entrar en él. Pero esto fue lo único que se le ocurrió para tratar de ganársela.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, dio un golpecito en el hombro a su exánime pareja de baile de trapo. Tras hacer una cortés reverencia, le dijo:
—¿Me conceder este baile?
Como un modelo de movimiento, Bella permaneció inmóvil, con un pie extendido para dar un paso, su delgado cuerpo a punto de perder el equilibrio y el muñeco apretado contra el pecho. Bañada por una luz plateada procedente de las ventanas que se encontraban detrás de ella, parecía una escultura de hielo, frágil y delicada para demasiado soportar siquiera que la mano de un hombre la tocara. Edward notó un latido en el cuello de la muchacha y, por su frenético ritmo, se dio cuenta de la dimensión de su miedo. Sabía que ella podía tratar de huir. Y con toda la razón. Después del trato que Anthony la había dispensado, él no había llegado a su vida con muy buenas recomendaciones; y, en el tiempo que había transcurrido desde entonces, no había hecho gran cosa para rectificar ese error.
—Por favor, Bella. Sólo una pieza - dijo con voz ronca—. No creo que tengas todos los bailes comprometidos.
Allí estaba de nuevo aquella expresión de confusión y perplejidad en sus ojos. Ya la había visto varias veces y hasta entonces creyó erróneamente que era un reflejo de su idiotez, de su deficiencia. Estaba equivocado. El único idiota era él. Mientras hablaba, inclinó la cabeza para hacer la reverencia. La razón por la que ella parecía estar tan desconcertada era que no había podido entender una parte de lo que él dijo. Este era el motivo por el cual ella siempre miraba tan atentamente su cara cuando él le hablaba, y también el motivo por el cual algunas veces parecía confundida. Puesto que no sabía que ella era sorda, era muy posible que en innumerables ocasiones hubieran vuelto la cabeza en medio de una frase. O que hablado de manera ininteligible. ¡Dios santo! Aquella chica no era ninguna idiota.
Hablando más despacio y formando en los labios cada palabra con precisión, para que pudiera entenderle más fácilmente, Edward repitió lo que le había dicho. Ella siguió mirándolo fijamente durante interminables minutos, o así le parecieron a él, con sus ojos enormes y luminosos. Cada uno de estos minutos que pasaba le partía el corazón un poco más. Moviéndose con cautela para no asustarla, Edward extendió una mano.
—Por favor, Bella.
Edward dudaba de que ella tuviera el valor de rechazarlo. Intentaba ponerse en su lugar. ¿Lo iba a evitar? ¿A él, el poseedor del asentador de navajas? Él se prácticamente prácticamente encima de ella en aquel momento y le estaba bloqueando la ruta de escape. O bien bailaba con él o sufría las consecuencias. Se sintió mal por sacar provecho de su miedo. Era una mala manera de empezar una relación. Pero, por otro lado, era mejor que no hacer ningún progreso. Más adelante habría tiempo de hacer cambiar de respecto a él.
Bella finalmente cedió, con mucha renuencia, y dejó a un lado a su otra pareja de baile. El pobre hombre se cayó y fue a parar a un montón inerte, que era exactamente donde Edward esperaba que se quedara. Era su baile. Ella era su esposa. Un hada silenciosa.
O, más que un hada, una hermosa mariposa saliendo de la crisálida, casi como por arte de magia. En aquel momento, así veía a Bella. No le dio muchas vueltas. Había descubierto algo increíblemente valioso, extraordinariamente precioso y totalmente inesperado. Cuando Dios se dignaba hacer un obsequio semejante, ningún hombre medianamente sensato hacía pregunta alguna.
Temiendo asustarla más de lo que lo estaba, Edward puso una palma alrededor de su cintura, le tomó la mano y con delicadeza comenzó a moverse al compás de un silencioso vals. Acostumbrada a llevar a su pareja, ella tropezó levemente y le pisó los dedos del pie, pero pesaba tan poco que Edward apenas se dio cuenta. Como si pudiera sentir los dedos de los pies o cualquier otra cosa que tenga una mujer que le quitaba el sentido entre sus brazos. Aquella primera mañana en el carruaje, había tenido una sensación muy placentera, pero, horrorizado por sus sentimientos, la había rehuido. Ahora entendía que debía confiar en su instinto.
Miró hacia atrás, recordó los acontecimientos que han estado acercado y creyó de todo corazón que una mano invisible los había movido como piezas en un tablero de ajedrez: dispuso las posiciones que debían ocupar, manipuló los incidentes y los llevó de modo inexorable a un punto de encuentro. ¿Fue el destino? ¿El Todopoderoso? Edward no lo sabía. Tampoco le importaba. Todo lo que importaba era aquel momento, y la sensación de que aquello era maravillosa y absolutamente perfecto.
Después de unos cuantos giros en la pista de baile imaginaria, Bella se relajó y comenzó a permitir que él la llevara, flotando con la música con tanta gracia como una mariposa empujada por la brisa. La música ... Era una locura. Él sabía que lo era. Pero, al mirar su pequeño rostro, casi podía oír a la orquesta tocando.
Bella, bailando al compás de una música imaginaria, en un mundo imaginario, pero, ahora, no en los brazos de un hombre imaginario. Aquel universo de fantasía que él había invadido era todo lo que ella tenía. Tildada de idiota, rechazada durante casi toda su vida, sin educación, sin amigos. No era una mujer, sino un secreto inquietante que sus padres mantuvieron oculto. Una tremenda furia se desató dentro de él, pero pudo contenerla. Más adelante se permitiría pensar en el cómo y el porqué. Ya encontraría a los culpables.
Por el momento, sólo existían el vals y la mujer que estrechaba entre sus brazos.
Hacía muchos años que Edward no creaba mundos imaginarios. Demasiados años, quizá. Él se lo había perdido, pensó, pues soñando de aquella forma siempre existía una sensación de que cualquier cosa podría pasar ... Dios ... No quería destruir aquel instante eterno ...
El solo hecho de tenerla tan cerca, aunque sólo era para bailar, hacía que lo invadiera una sensación mágica. Aunque pequeña y de complexión delicada, ella encajaba en su cuerpo como si hubiera sido creado especialmente para él. Podía sentir sus caderas moviéndose bajo la palma de su mano. Delicadamente, captó con el tacto la hinchazón producida por el embarazo. Deseó poder apretarla contra su cuerpo, sentir en sus mejillas los rizos de la muchacha, oler el fresco aroma del jabón de glicerina y rosas que Esme usaba para bañarla.
Incapaz de resistirse, eso fue precisamente lo que hizo.
Momentáneamente sorprendida por la inesperada proximidad, Bella se puso tensa. Pero cuando él siguió bailando, ella se vio obligada a rendirse ante la fuerza de su brazo y dejó que su cuerpo se amoldara al del hombre. Edward apretó su cara contra el pelo de ella y cerró los ojos. Preciosa. Esta era la única palabra que se le ocurrió para describirla. Con la ayuda de Dios, nunca permitiría que ella se marchase.
Temeroso de que la delicada mujer se cansara, Edward tuvo que poner fin al vals. Cuando dejó de bailar y se alejó de Bella, ella se quedó levemente desorientada, con la mirada perdida, las mejillas coloradas y la boca abierta por la falta de aire.
—Gracias, Bella —se inclinó lentamente—. Ha sido un placer.
Un hoyuelo apareció en su mejilla cuando le devolvió la sonrisa.
—Un verdadero placer.
Estas palabras, articuladas por sus maravillosos y silenciosos labios, le parecieron a Edward casi tan audibles como si las hubiera dicho en voz alta, a lo mejor porque eran la respuesta esperada. Tenía que aprender a leer los labios, pensó, con una sensación de temor. Necesitaba aprender enseguida. Tenía que comunicarse con ella sin traba alguna.
Reacio a abandonar el ático y dejar desesperadamente aquella versión mágica de Bella, recorrió el salón imaginario con la mirada, buscando un pretexto, cualquier pretexto, para prolongar aquel rato irrepetible. Se le ocurrió una idea genial al ver la vajilla rota sobre la mesa. Fingiendo aceptar una invitación de su dama, se envió en la silla del muñeco, levantó la taza vacía y la extensión hacia ella para pedirle que le sirviera más té. A pesar de la penumbra, pudo ver el recelo que volvía a adueñarse de la mirada de la joven.
La magia del vals había llegado a su fin. Y ahora, aunque no les gustase, vuelto a la realidad. Pero Edward ya no sabía muy bien qué era la realidad. Dónde empezaba, ni dónde terminaba. Sólo sabía que la vida había sido injusta con aquella hermosa mujer y que, de alguna manera, tenía que compensarla por ello.
Para ayudarla, lo primero que tenía que hacer era ganarse su confianza.
Permaneció con la taza extendida, esperando, invitándola con la mirada. Algo rozó la pernera de su pantalón. Él lo ignoró. Sólo Bella le importaba en aquel instante. Luego, sintió una especie de cosquilleo a través del calcetín. Pequeños pinchazos. No pudiendo ahuyentar esta sensación, movió el pie ligeramente y se inclinó para rascarse el tobillo. En este momento, las yemas de sus dedos rozaron un cuerpecito peludo.
—Hijo de ... ¡Por Dios!
La taza de té y él se separaron. La primera salió disparada hacia arriba. Edward se abalanzó sobre sus pantalones para atacarlos a manotazos. Oyó en segundo plano el sonido de la porcelana haciéndose añicos.
—¡Hijo de puta! —Se levantó de un salto—. Está subiendo por la ... ¡Será posible!
Un ratón estaba subiendo por la pernera de su pantalón. El terror se adueñó de él. Empezó a bailar de nuevo, esta vez solo y al compás de una melodía mucho más rápida y caótica. Un condenado ratón. Y el pequeño demonio buscaba la manera de seguir avanzando, derechito a la entrepierna. Pero aquel bicho asqueroso no llegaría allí mientras él viviese.
Edward se daba palmadas en la pierna. Fuertes palmadas para aplastar al ratón. Su intención era matarlo. Hasta tal punto había centrado su atención en el roedor que tardó un momento en caer en la cuenta de que tenía una Bella colgada de su brazo.
—¡Noooo! —Gritó ella.
¿No? Edward quedó tan impactado de oírla producir un sonido que se olvidó del condenado ratón.
—¡Noooo! —Gritó la chica de nuevo.
La palabra salía distorsionada de su boca. Era un sonido horrible y no del todo humano. Pero para Edward era la cosa más maravillosa que había oído en toda su vida. No. Una palabra tan sencilla como ésta, que los niños aprendían a una edad temprana y que nunca olvidaban, pues los adultos se la decían con mucha frecuencia. Una palabra que Bella conocía porque ella también la había oído decir infinitas veces.
Puesto que ella parecía tan desesperada por salvar al ratón, Edward se abstuvo de seguir dándose palmadas en la pierna. Lo que menos quería era partirle el corazón al matar a ese repugnante bicho. Eso sólo serviría para abrir otra brecha entre ellos. Aterrorizado por causa de los golpes, el ratón siguió ascendiendo. Edward apretó los dientes.
Temía que el roedor estuviese escarbando más arriba de sus rodillas. Luego lo notó en el muslo.
Lo soportó durante un segundo —sin duda el más largo de su vida—, luego soltó una palabrota y sus manos se abalanzaron sobre la bragueta. Si el ratón llegaba a subir unos centímetros más ... le daba miedo sólo pensarlo. Casi podía sentir los horribles dientecillos clavándose en sus testículos.
Olvidándose de todo —Bella, el decoro, la decencia—, se bajó los pantalones. El ratón se aferraba con todas sus fuerzas a los calzones con sus diminutas garras. Lo cogió por la cola, hizo que soltara la tela de un tirón y lo sujetó con el brazo extendido para mantenerlo alejado de él. El animal retorcía su cuerpecito y soltaba agudos chillidos. ¡Dios santo! Aquélla era su peor pesadilla. Sin saber muy bien qué hacer con la criatura, miró a Bella, y descubrió que ella se había tapado la boca con una mano y parecía estar a punto de echarse a reír.
Edward cayó en la cuenta al fin de lo muy ridículo que debía parecer. Un hombre adulto saltando de un lado para otro como una mujer histérica. Los pantalones alrededor de sus rodillas. La tela de los calzones agitándose. Un ratón colgando de su mano. Se rio entre dientes, a pesar de que no era esta su intención. Inclinándose para liberar a su pequeño prisionero, negó con la cabeza.
—Tú vas a acabar conmigo, jovencita.
Bella emitió un sonido detrás de su mano que no podía ser más que una risita ahogada. Edward volvió a abrocharse los pantalones y el cinturón.
—Crees que es gracioso, ¿verdad? —Luego, haciendo un gesto con sus dedos pulgar e índice, como si estuviese midiendo algo con ellos, sonrió y dijo—: Tu amiguito estuvo así de cerca de reunirse con su creador. —Empujó ligeramente un fragmento de porcelana con la punta de su bota—. Por su culpa, creo que nuestro té ha terminado.
Ella se agachó para dar palmaditas en el dobladillo de su larga falda, encontró al ratón, que se había refugiado junto a sus pies, y lo levantó sobre sus manos ahuecadas. A Edward se le revolvió el estómago cuando ella besó la cabecita del roedor y luego lo llevó a su mejilla. Como si supiese que había estado a punto de morir, la trémula criatura se hizo un ovillo. Bella lo besó de nuevo, lo acarició con la yema de un dedo y luego lo dejó en el suelo, dándole una palmadita para que corriera a ponerse a salvo.
Cuando se levantó y su mirada se cruzó con la de Edward, se le borró la sonrisa de la cara. Se puso a juguetear nerviosamente con los botones de su canesú. Luego, entrelazó los dedos de ambas manos e hizo crujir los nudillos. Él se preguntó si la sensación sería igual de relajante cuando se pudiera oír los huecos chasquidos. A juzgar por el nerviosismo de Bella, supuso que no.
Tras dejar escapar un suspiro, concluyó que una vuelta alrededor de la pista de baile no era suficiente para infundir confianza a una joven recelosa tan especial. No esperaba que se produjese un milagro, pero habría deseado ver un poco menos de temor en sus ojos.
Terminó de meterse la camisa en los pantalones y se agachó para recoger los fragmentos rotos de la porcelana. Guardando una distancia prudente, Bella se arrodilló para ayudar. Cuando por casualidad los dos intentaron coger el mismo pedazo de porcelana, ella apartó la mano de un tirón, como si temiera que él tratase de agarrarla. Edward hizo todo lo posible para no ofenderse. Ganarse su confianza iba a llevar bastante tiempo.
Plenamente consciente de que la atmósfera de magia se había destruido tan irreparablemente como la taza, se adueñó de él una profunda tristeza, pero enseguida la ahuyentó. No había ningún motivo para sentirse triste. Ninguno en absoluto. El vals había terminado, pero la vida de Bella acababa de empezar. Él se encargaría de ello, aunque fuera la última cosa que hiciera en su vida.
Consciente de que Edward la estaba mirando y poniéndose cada vez más nerviosa, Bella fingió sentirse ajena a todo aquello que no tuviera que ver con los diminutos fragmentos de porcelana que estaba recogiendo y añadiendo a la pila que tenía sobre la palma de la mano. Tonta, mil veces tonta. Nunca debió subir a aquel ático a hurtadillas. Desde el principio supo que sus desapariciones disgustaban a Esme y al hombre. Si hubiera tenido algo de seso, habría imaginado que finalmente descubriría dónde se estaba escondiendo.
Ahora conocía la verdad respecto a ella, y probablemente la mandase a aquel horrible lugar del que su madre siempre le hablaba: el lugar donde los jóvenes como ella eran encerradas en cuartitos y comían gachas con gusanos. Su madre le había dicho que no sólo le prohibirían a salir, sino que además eran muy crueles, terriblemente crueles con la gente que estaba allí recluida.
A Bella se le hizo un nudo en la garganta y las lágrimas empezaron a quemarle los ojos. Rehuyendo la mirada de Edward, dejó caer los fragmentos sobre la mesa y se limpió las manos frotándolas. Deseaba que él saliera de allí para poder ponerse su propia ropa y soltarse el pelo. A lo mejor, si ella se portaba muy, muy bien y nunca volvía a subir allí, el hombre podría olvidar todo lo que había visto y no le contaría nada a su padre.
Él le dio un pequeño susto al cogerla de la barbilla de repente y obligarla a mirarlo a la cara. Bella parpadeó, pero fue en vano. Sus lágrimas no tenían otro lugar donde ir: sólo al exterior; y se desbordaron de sus ojos para correr por las mejillas.
—Eh ...
Ella imaginó su voz, grave y con un tono de dulce reprensión. Por alguna razón, esto hizo que deseara llorar con más fuerza. Con sus dedos ásperos, él secó las lágrimas de sus mejillas. Esbozó una sonrisa algo forzada.
—No tengas miedo, Bella, cariño. Todo irá bien. Te lo prometo.
Era fácil para él decir estas palabras. No era él quien debería que comer gusanos. Desconcertada por la penetrante mirada de Edward, la joven bajó la vista. A manera de respuesta, él apretó con más fuerza su barbilla y le sacudió ligeramente la cabeza. Sorprendida, Bella lo miró de nuevo.
—Confía en mí — dijo él muy despacio—. ¿Conoces la palabra confiar? Significa que quiero que creas que soy tu amigo. ¿Puedes intentarlo?
Bella lo miró con la expresión de perplejidad que había perfeccionado a lo largo de catorce años de práctica. Su sonrisa se hizo más profunda.
—No puedes engañarme. Sé muy bien que entiendes lo que te estoy diciendo.
Tras decir estas palabras, la soltó y se levantó. Sin saber qué hacer, Bella permaneció agachada a sus pies. Cuando finalmente encontró el valor necesario para alzar la vista y mirarlo a los ojos, descubrió que el hombre estaba sonriendo y le tendía una mano.
—Venga, bajemos ya. Esme no va a poder dar crédito a sus ojos.
El corazón de Bella empezó a latir con fuerza. Lanzó una mirada desesperada a su ropa, que había dejado doblada sobre la mecedora. El siguió su mirada, luego sonrió y negó con la cabeza.
—Así estás maravillosa. Vamos.
Cuando vio que ella no hacía movimiento alguno para obedecerlo, se inclinó para cogerla del brazo y acercarla a él.
—Le pediré a una de las criadas que venga a buscar tus cosas. Menos el ratón, desde luego. Me temo que él tendrá que quedarse aquí arriba.
La joven miró con preocupación hacia las sombras. Cuando volvió a dirigir su mirada hacia él, Edward le dijo:
—Daré órdenes estrictas para que nadie le haga daño a ninguno de tus amiguitos, te lo prometo. Deja ya de preocuparte. Sin embargo, no puedo asegurar lo mismo respecto a las arañas. —Siguiendo su ejemplo, él miró detenidamente la oscuridad que los rodeaba—. Mañana o pasado mañana, voy a mandar a todo un equipo de criadas que venga aquí arriba. Si vas a pasar tiempo aquí, quiero que limpien hasta el último rincón de este ático. No creo que sea seguro venir a este lugar en el estado en que se encuentra.
El repentino nerviosismo de Bella hizo que volviera a mirarla.
—No te preocupes, Bella. Lo dejarán todo tal y como está. Pero quitarán el polvo y las telarañas.
Nada volvería a ser igual. Bella tiró de su brazo para intentar liberarlo. Él no sólo quería que bajara vestida de aquella manera, sino que además tenía la intención de mandar a todo un equipo de criadas allí arriba. Todas ellas verían su rincón secreto. ¡Absolutamente todas!
—Vamos, Bella.
Dispuesto a no conformarse con un no, la obligó a seguirlo. Cuando la luz de las buhardillas comenzó a desvanecerse y la oscuridad se hizo más densa en torno a ellos, el miedo de Bella también se volvió más intenso. No podía bajar vestida de aquella manera. Y también tenía que impedir como fuera que enviara a las criadas allí arriba. Los juegos a los que se entregaba en el ático eran un secreto.
Su madre le decía que así debía mantenerlos. Si la gente los descubría, la enviarían a un internado.
Cuando llegaron a la puerta del ático, el miedo de Bella se había convertido en verdadero pánico. Estaba temblando de tal forma que tenía la certeza de que Edward podía sentir su terror. Con todo, él abrió la puerta y la llevó a la estrecha escalera.
Hola a todos... Disculpen la demora... pero aquí les traigo un nuevo capítulo...
Les gustó como Edward intenta interactuar con Bella, lo único malo es que Bella ya tiene tantos traumas que le es imposible confiar y mostrarse como es... Pobrecilla ahora va muerta de miedo porque no quiere que nadie conozca su secreto...
Pero que hará Edward con esta nueva información...
Nos leeremos en un próximo capitulo de esta historia.
