Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 16
Durante las dos semanas siguientes, a Edward le pareció increíblemente fácil obedecer las órdenes del doctor y concentrarse en Bella. En realidad, no tenía otro remedio. Desde el momento en que abría los ojos por la mañana hasta que los cerraba por la noche, ella ocupaba todos sus pensamientos. Pensaba en otras cosas que comprarle. En actividades que ella podría disfrutar. En cómo se le iluminaban los ojos cuando sonreía. Contempló incluso la posibilidad de hacer una jaula para sus detestables ratones.
Bella ... Por primera vez en su vida adulta, Edward tenía a alguien que merecía sus atenciones, alguien que le importaba mucho más que su trabajo. No tardó en darse cuenta de lo muy solitaria y carente de sentido que había sido su vida hasta entonces. Empezó a pasar cada vez menos tiempo en la cantera y en las caballerizas. Después de la comida, se encerraba en su estudio con los libros que el doctor Denali le había conseguido. Durante tres horas, sin falta, estudiaba detenidamente sus páginas, intentando memorizar el alfabeto mímico para aprender a comunicarse a través de la lengua de signos. Luego, pasaba media hora hablándole a su imagen en un espejo de mano, para practicar la lectura de los labios. A las tres en punto, abandonaba estas actividades para pasar el resto de la tarde y de la noche con su esposa.
Al principio, Bella no parecía muy contenta de tener la suerte de gozar de su presencia; pero, después de unos pocos días, pareció aceptarla e incluso disfrutar de ella. Si Bella iba al ático, él la seguía hasta allí. Si estaba con Esme en la planta baja, la sacaba de la casa para ir a dar largos paseos. Por las noches, le insistía para que se sentara con él a la mesa y cenaran juntos. Una vez allí, le hacía servir el té y pasar las fuentes, y también le enseñaba cómo comportarse correctamente en la mesa. Cuando terminaban de cenar, pasaban al estudio, donde él le enseñaba juegos sencillos, como la taba y las damas chinas, que requerían muy poca comunicación verbal.
En aquellos días, la modista fue a tomarle las medidas a Bella, y Edward le pidió que le hiciera un variado guardarropa a su esposa. Tras recibir una bonificación considerable, la señora Black accedió a contratar a empleadas adicionales para poder entregar al menos tres vestidos en una semana. Edward apenas podía esperar para ver los ojos de Bella cuando viera la ropa por primera vez. Aunque había tenido que elegir los estilos teniendo presente que el vientre de su mujer seguiría creciendo, estaba seguro de que ella se pondría muy contenta. No más vestidos mohosos sacados de los baúles cubiertos de polvo del ático. A partir de entonces, ella debería tener preciosos vestidos propios.
Pero era una locura ... Edward empezó a preguntarse seriamente si no estaría perdiendo la razón. Se estaba enamorando locamente de una mujer niña que creía que el bebé que estaba creciendo dentro de ella llevaba un gorrito con volantes. La orientación carnal de sus pensamientos era indecente, no le cabía la menor duda; pero cuando miraba a Bella a los ojos se preguntaba cómo algo que parecía tan bueno y puro podría ser malo.
La suerte quiso que Renee Swan finalmente hizo acopio de valor para ir a la casa de Edward la misma tarde en que la señora Black llevó las primeras prendas de ropa del nuevo vestuario de Bella. Edward, que esperaba con impaciencia frente a la puerta de la habitación de los niños, mientras Bella se probaba los vestidos, oyó a Carlisle hablando con alguien en el recibidor y fue al rellano para saber de quién se trataba. Al ver a Renee, estuvo a punto de ordenarle salir de su casa. Pero la angustia que vio en el rostro de la mujer le impidió hacerlo.
—Señora Swan oferta con frialdad—. Me sorprende verla aquí.
Echando la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos, Renee se retorció las manos. Era evidente que temía que le pidiera que se marchase antes de que ella tuviera la oportunidad de decirle unas palabras.
—Sé que usted me desprecia, y quizás con justa razón, señor Cullen. Pero le ruego que tenga la amabilidad de dejarme ver a mi hija. No me quedaré mucho tiempo. Lo juro. Tampoco haré nada que pueda alterarla. Pero, por favor, déjeme verla.
Edward cerró los puños sobre el pasamano. Quería decirle a aquella mujer que se marchara. Pero, al final, el dolor que se reflejaba en sus ojos le cambiar de opinión. Quizás el doctor Denali tuviese razón. El rencor hacia los Swan, por mucho que se lo mereciesen, sólo lograría empañar el futuro de Bella. Tenía la plena certeza de que ella quería a sus padres, a pesar de sus innumerables defectos, y que le alegraría mucho verlos. No tenía derecho a negarle eso. Renee Swan era, y siempre sería, la madre de la chica, a pesar de que en muchas ocasiones no había conseguido comportarse como tal.
—En este momento se está probando unos vestidos ofrecen finalmente Edward—. Suba. Quizá pueda usted ayudar a elegir los accesorios adecuados. La modista trajo un gran surtido.
Renee se llevó una mano al cuello y cerró los ojos. Era evidente que la embargaba un sentimiento de alivio. Durante un instante, Edward pensó que se desharía en lágrimas en el lugar en que se encontró. Pero finalmente logró recobrar el control. Después de darle su capa a Carlisle, se levantó la falda ligeramente y subió las escaleras. Cuando se acercó a Edward en el rellano, lo miró directamente a los ojos.
—Gracias —le dijo con voz trémula—. Sé muy bien que usted preferiría que yo no volviera a ver a mi hija y, si está en lo cierto respecto a su sordera, supongo que con toda la razón.
—Estoy totalmente en lo cierto —replicó Edward sin poder resistirse—. El doctor Denali la ha examinado y está plenamente de acuerdo con mi diagnóstico.
Los ojos de Renee se llenaron de lágrimas y sus labios empezaron a temblar.
—Sorda —susurró ella—. Después de tantos años de pensar que era una idiota, y sólo estaba sorda. Que Dios me perdone.
Fueron estas últimas palabras, dichas con un arrepentimiento desgarrador, las que ablandaron a Edward. Por motivos totalmente diferentes, en los últimos años él también se había sentido de la misma manera en distintas ocasiones por culpa de Anthony.
—Todos cometemos errores, Renee oferta con voz ronca—. Algunos más que otros, pero, al final, todos hacemos lo que podemos. Dado que Bella sólo puede percibir algunas frecuencias de sonido, estoy dispuesto a reconocer que es posible que usted hubiera pensado que ella podía oír. La ignorancia inspiró sus acciones y la llevó a cometer graves errores. Olvidemos lo sucedido y miremos hacia adelante a partir de este momento. ¿Le parece?
Ella asintió con la cabeza con una expresión llorosa en el rostro y se secó las mejillas con dedos trémulos, haciendo un esfuerzo visible por recobrar la compostura. Edward esperó a que la mujer se calmara un poco, antes de llevarla a la habitación de los niños. La señora Black lo llamó cuando lo vio asomarse a la puerta.
—Entre, señor Cullen, y díganos qué piensa.
Edward abrió la puerta del todo y entró en la habitación seguido de Renee. El espectáculo que se ofreció a su vista hizo que se parara en seco. Allí estaba Bella ... pero no la Bella que él conocía. Esme y la modista han combinado sus talentos apropiados para engalanar su vestido con los accesorios adecuados y peinarla. La niña despeinada había desaparecido. Una joven preciosa ocupaba su lugar.
Se vio en el centro de la habitación, y era una maravillosa visión en azul zafiro. Su vestido tenía un canesú entallado, tal y como Edward había especificado, con una falda levemente fruncida que caía con elegancia desde debajo de los pechos hasta el suelo. Un encaje de un tono azul oscuro ribeteaba un escote bajo, suficiente como para atraer las miradas hacia la cara, pero no tanto como para distraer la atención de sus rasgos delicados. Los enormes ojos luminosos de la joven se clavaron en los suyos, buscando silenciosamente su aprobación.
—Bella oferta Edward en voz baja—, estás guapísima.
El rubor se adueñó del rostro de la joven, marcando sus mejillas con dos fuertes manchas de color rojo. Edward sonrió. Luego, hizo un ademán con la mano para indicarle que girara sobre sus talones y diera una vuelta completa. Cogiendo la falda para abrirla, ella giró sobre la punta de uno de los dedos de sus pies, y al mismo tiempo estiró el cuello para poder ver su reacción. A Edward le sorprendió y le complació a la vez que a ella le importara tanto lo que él pensaba. Esto le reveló más de lo que Bella sabía, y sin duda mucho más de lo que ella quería, y concretamente que los sentimientos cada vez más profundos que ella despertaba en él eran correspondidos de alguna manera. Se deleitó más con este descubrimiento que con la transformación que la ropa había operado en ella.
Renee, que hasta entonces se había quedado en el pasillo, entró finalmente en la habitación. Al ver a su hija, se detuvo repentinamente y se quedó muda de asombro.
Una expresión de dicha recorrió el rostro de Bella. A todas luces impaciente por abrazar a su madre, quiso acercarse a ella; pero, apenas dio unos pocos pasos, Renee se llevó una mano a la boca para contener un sollozo y luego salió corriendo de la habitación. La expresión de aflicción que se dibujó en el rostro de Bella estuvo a punto de partirle el corazón a Edward.
—Bella, cariño, tu madre está llorando de alegría. —Salvando la distancia que los separaba, Edward sujetó su barbilla con una mano, resuelto a no permitir que nada ni nadie le echara a perder aquel momento. Obligándola a apartar la mirada de la puerta y dirigirla hacia él, clavó los ojos en ella—. No lo sabía, cariño. Ella no sabía que tú estabas sorda. Verte así la hace sentirse triste, porque sabe que debiste tener vestidos bonitos toda tu vida. ¿Entiendes? Se siente culpable. Seguro que volverá en unos pocos minutos y podréis charlar un buen rato.
Sus hermosos ojos se llenaron de lágrimas. Edward le sonrió con confianza.
—Iré a buscarla, ¿de acuerdo? Mientras tanto, ponte otro vestido para que podamos ver lo preciosa que estás cuando volvamos.
Con la barbilla trémula, ella asintió de manera poco entusiasta. Edward lanzó una mirada elocuente a Esme, y enseguida salió de la habitación. Encontró a Renee en el recibidor, aferrada a su capa, que colgaba del perchero, y ocultando la cabeza entre sus negros pliegues.
-¡Maldita sea! —Exclamó Edward frente a su temblorosa espalda—. Sólo por una vez en su vida, sólo una vez, ¿no podría usted intentar anteponer los sentimientos de la chica a los suyos? Es la primera vez en toda su vida que recibe ropa bonita, algo que otras chicas dan por sentado, ¿y tenía usted que echarle a perder el momento?
Renee encorvó los hombros, sollozando frenéticamente. Con voz entrecortada, logró hablar al fin.
-¡Lo siento! ¡Lo siento! Al verla así ... Ay, mío Dios, ¿qué he hecho? Mi hijita ... ¿Qué he hecho?
Edward respiró hondo, tratando de controlar su ira, profundamente agradecido, por una vez, de que Bella no pudiese oír.
—Señora Swan, entiendo que esto debe ser muy difícil para usted, pero éste no es el momento para sacar a relucir sus culpas. La chica está allí arriba probándose el primer vestido bonito que ha tenido en toda su vida, y está llorando a lágrima viva. Contrólese.
—Usted no ... No entiende. Yo pensé ... Ay, Dios. Yo pensé que ella había heredado la locura del tío Maxwell. ¡Todos estos años! ¡Todos estos años per ... perdidos!
Edward suspiró. En parte estaba exasperado, y en parte sintió compasión. Cogiendo a la mujer del brazo, la llevó a su estudio, donde al menos podría llorar en privado. Renee se dejó caer débilmente en una silla y apretó la cara contra sus rodillas. Después de llorar hasta quedarse sin lágrimas, la mujer comenzó a hablar en voz muy baja y trémula.
—Yo de verdad creía que estaba loca —le dijo.
—Lo sé. —Edward, se sentó en el brazo de la silla para poder poner una mano sobre su hombro—. Me di cuenta desde el primer momento. No sé por qué pensó algo semejante, pero sé que de verdad creía eso.
—Tenía millas de razones para pensarlo ella con voz chillona—. Los horribles sonidos que emitía. Mi tío hacía ruidos muy parecidos, gruñidos y chillidos semejantes a los que hacen los animales. Mi tía se veía obligada a atarlo a un árbol hasta que los enfermeros del manicomio serán a buscarlo. —Se llevó las manos a la cara—. Y los gatitos. ¡Ay, Dios, los gatitos!
—¿Qué gatitos?
—Estranguló y aplastó a dos gatitos oferta Renee con voz entrecortada.
Después de haber presenciado la dulzura con la que Bella trataba a los ratones del ático, a Edward le pareció difícil creer esa historia, pero no interrumpió a la mujer.
—Fue horrible. ¡Horrible! La dejé un rato con el más pequeño, sin imaginar siquiera que ella podría hacerles daño. Parecía quererlos mucho. Y, cuando regresé, había matado a los dos animalitos. ¡Los mató!
La señora alzó la vista, clavando en Edward una mirada de angustia.
—Tenía pánico de que Charlie se enterara de lo que ella había hecho. ¡Muchísimo miedo! Mentí. Le dije que un gato había entrado a hurtadillas en la casa. Después de lo sucedido, empecé a animar a Bella a que saliera a jugar en el bosque, como tenía por costumbre; pues pensé que cuanto menos tiempo pasara en la casa, donde él podría presenciar sin querer su crueldad, tanto mejor. Él la habría internado en un hospital psiquiátrico. ¿Entiende usted? ¡En uno de esos lugares infernales! Comprendí que, si yo no restringía sus actividades, que, si no era sumamente severa, ella posiblemente terminase viviendo en una celda el resto de su vida. No podía permitir que esto le pasara a mi niñita. Por eso no permitía que ningún médico la examinara. Por eso era tan reservada en lo que se refería a sus actividades en el ático y hacía tanto hincapié en que nadie podía enterarse. ¿Entiende usted? Ella tiene un talento increíble para el dibujo. Y también estaban sus mundos imaginarios y el hecho de que fingiera hablar. ¡No era el comportamiento de una retrasada! Y, puesto que parecía oír cuando yo la llamaba, no pensé que estaba sorda. ¿Qué otra explicación había para sus rarezas, además de que estaba tan loca como mi tío?
Por primera vez, Edward empezó a ver las cosas desde el punto de vista de Renee. Una joven hermosa que se comportaba de modo anormal, que no parecía poder comprender los conceptos más elementales y cuya capacidad de habla se había deteriorado a ritmo constante ... Sin embargo, en el ático, en su mundo imaginario, esa misma joven daba señales de una aguda inteligencia.
—Ahora comprendo que mi miedo me volvió ciega, que, si tan sólo hubiera escuchado al doctor Denali, desde hace muchos años sabríamos la verdad. Pero no podía correr ese riesgo. Estaba persuadida de que ella había heredado la enfermedad de mi tío y que con el tiempo esta progresaría hasta un punto en el que yo no podría seguir ocultándoselo a Charlie. A mi modo de ver, lo único que yo podía hacer era retrasar ese momento tanto como fuera posible.
Una sensación abrasadora subió por la garganta de Edward.
—Ésta es la razón por la cual usted insistió en que yo hiciera cumplir sus normas mientras Bella está aquí disponible Edward en voz baja—. Pensó que, si no lo hacía, yo no tardaría en enterarme de la verdad y le diría a Charlie que la chica estaba loca.
—Recordará que en un principio yo no quería que ella viniera a esta casa.
Edward lo recordaba con toda claridad.
—No tenía nada contra usted. Desde el principio pude ver que tenía un carácter bondadoso y que compadecía a Bella. Temía que, en un torpe intento por compensar lo que Anthony había hecho, usted la consintiera demasiado.
Edward sonrió levemente.
—Que la malcriara, en otras palabras.
—Sí —reconoció ella—. Pensé que era más probable que una persona de otro pueblo, que no conociera las circunstancias en absoluto, hiciera mi voluntad y fuera estricta con ella —cerró los ojos—. Sólo pensaba en evitar a toda costa que Charlie se enterase de la verdad y la internase en un manicomio. En un lugar horroroso, donde ella se sentiría muy confundida y sola, y donde posiblemente la maltratasen.
Edward apretó su hombro con fuerza. Ahora entendía perfectamente los motivos que llevan a la mujer a hacer las cosas que han hecho. Después de varios minutos de silencio, durante los cuales ella logró calmarse un poco, él habló de nuevo.
—Usted hizo lo que pensó que era lo mejor para su hija, Renee. Es espantoso que las cosas hayan sucedido de esta manera, sí. Pero, a pesar de todo, creo que ella fue bastante feliz a su manera. Esa parte de su vida ya ha terminado. Tenemos que dejar el pasado atrás y concentrarnos en su futuro. Bella puede tener una vida maravillosa y casi normal a partir de ahora, si todos trabajamos juntos para que esto sea así. Hace un momento expresó usted el temor de que yo la consintiera demasiado. Estoy haciendo todo lo posible por estar a la altura de sus peores temores. ¿Querría usted echarme una mano?
Ella clavó sus ojos llenos de esperanza en los de Edward.
—Ay, Edward, ¿me lo permitiría usted? ¿Me permitiría formar parte de todo esto? He cometido muchos errores que debo tratar de enmendar. Muchísimos errores.
Libre ya de los últimos rastros de su vieja ira, Edward dejó escapar un suspiro.
—Renee, su hija la quiere. Estoy seguro de que le gustaría verla. Creo que ya es hora de que todos empecemos a prestar atención a los deseos de Bella, para variar. ¿No le parece?
—Claro que sí. Claro que sí.
Tras sacar un pañuelo del bolsillo de su pantalón, Edward emprendió la tarea de secarle el rostro, servicio que últimamente parecía estar prestándole con mucha frecuencia al sexo femenino. Hasta aquel momento no se había dado cuenta de que aquella mujer usaba maquillaje. Una cantidad muy sutil, por cierto, pero en sus mejillas había rastros evidentes de los polvillos negros usados para dar sombra a los ojos.
—¿Puedo tomarme la libertad de darle un bien intencionado consejo, señora?
—¿Que no vuelva a llorar frente a mi hija?
—Bueno, eso también estaría bien con oferta con media sonrisa—. Pero en realidad estaba pensando en un consejo relacionado con su matrimonio. Cuando se marche de aquí, debería ir a casa y hablar seriamente con su marido. Él es tan responsable de esta tragedia como usted, si no lo, es más.
—¡Ay, pero no puedo hacerlo! —Hablaba en un sollozo—. Charlie ... ¡no lo sabe! Lo de mi tío, quiero decir. Cuando me pidió que me casara con él, omití mencionárselo. Y, después de eso, no logré reunir el valor suficiente para decírselo. —Negó resueltamente con la cabeza—. Usted no conoce a Charlie. Si hubiera sospechado siquiera que había un caso de locura en mi familia, se habría divorciado de mí. ¡Y yo no sabría qué hacer si él hiciera tal cosa! ¿Dónde viviría? ¿Cómo me ganaría la vida?
Edward se puso de pie.
—Renee, si ese hombre la echa de casa, puede quedarse aquí. Es usted la madre de mi esposa. Yo me encargaría de que tuviera los fondos necesarios para arreglárselas en la vida.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Haría usted algo así?
Edward soltó una carcajada que casi parecía de asombro.
—Sí, señora, lo haría. Pero le aseguro que no se llegará a eso. A pesar de todos sus defectos, y podría enumerar muchísimos, Charlie la quiere. Dice usted que yo no lo conozco. Creo que sería mejor decir que es usted quien no lo conoce. Y ya es hora de que lo haga. Hable con él. Dígale todo lo que me ha dicho a mí. Creo que se quedará muy sorprendida al oír lo que él tiene que decirle.
—Usted sabe algo que yo ignoro.
—Sólo digamos que, a pesar de haberle tomado antipatía, entiendo su manera de pensar. —Tras decir estas palabras, Edward la ayudó a levantarse de la silla—. Ahora subamos y participemos del momento tan especial que está viviendo Bella, ¿de acuerdo?
Ella asintió con la cabeza.
—¿No más histrionismo?
—No, se lo aseguro.
A Edward sólo le quedaba esperar que eso fuera cierto.
Después de que Renee y la modista se marcharan, la curiosidad indujo a Edward a llevar a la casa a uno de los gatos del establo. Encontró a su esposa en la cocina con Esme, que estaba supervisando la preparación de la cena. Bella estaba preciosa, con su vestido rosa de talle alto y su pelo recogido en la coronilla, desde la que caía cual cascada de rizos negros. Se está sentada en el borde de uno de los bancos que rodeaban la mesa. Tenía un tazón verde de loza del que sacaba pedazos de masa para galletas con una cuchara de mango largo. Al ver a Edward, se quedó paralizada, con la cuchara suspendida en el aire y los ojos fijos en el gato.
Ante la evidente fascinación que se reflejó en su rostro, Edward no pudo menos que sonreír. A la chica no sólo le gustaban los animales, los adoraba. Después de haberla visto con los ratones, no podía creer, ni siquiera por un instante, que pudo hacer daño a una criatura indefensa, por lo menos deliberadamente.
—Ésta es Mamá Kitty , la reina de los gatos del corral —le dijo Edward—. Si no fue por ella, deberíamos una invasión de ... —Se interrumpió justo a tiempo— saltamontes.
Esme le lanzó una mirada sesgada y luego negó con la cabeza. Menos mal que Bella no pareció advertir el repentino cambio de palabras. Estaba mirando fascinada a la gata atigrada y se había olvidado por completo de la masa para galletas. Edward le hizo un movimiento de cabeza.
—Siéntate a la mesa, Bella, cariño, y te dejaré tocar a la gata.
No fue necesario que se lo dijera dos veces. Tras dejar el tazón de loza en la encimera con un retumbante pum, que provocó que todos los que estaban en la cocina hicieran una mueca de dolor, se bajó del taburete y corrió a la mesa, donde se entronizó en una silla de respaldo recto. Rascando a Mamá Kitty detrás de una oreja, para tranquilizarla, Edward cruzó la habitación a grandes zancadas. Bella alargó sus acogedores brazos para recibir a la gata. Con una sonrisa, él le entregó su carga y se sentó cerca de ella para poder observar su comportamiento con el animal.
Con su pequeño resplandeciente de alegría, Bella enseguida rostro empezó a acariciar el sedoso pelo de la gata. Mamá Kitty , que no estaba acostumbrada a tales muestras de cariño, arqueó el lomo y restregó su peluda mejilla contra el canesú de Bella. Luego la gata atigrada comenzó a ronronear tan fuerte que Edward podía oírla. Al sentir sus vibraciones, Bella acarició con mayor firmeza el cuerpo del animal. Una expresión de asombro se reflejó en sus ojos, y alzó la vista para mirar a Edward.
—Está ronroneando —le explicado él—. Los gatos normalmente lo hacen cuando los acarician.
Una criada pasó afanosamente cerca de ellos con una bandeja de pan sin hornear. Su destino era precisamente el horno.
—Por lo general, también mudan de pelo —comentó la criada—. Si pelos en su sopa esta encuentra noche, no me eche la culpa a mí.
Edward se rio. Luego, volvió a fijar su atención en Bella. Lo que vio hizo que se le partiera el alma. Estaba abrazando a la gata cerca de su pecho, con una mejilla apretada contra sus costillas y expresión de deslumbramiento en el rostro. Edward enseguida comprendió que su mujer estaba embelesada con el ronroneo de la gata, sound que ella podía sentir a pesar de no poder oírlo.
El misterio de Bella y los gatitos asfixiados había quedado resuelto. Edward prácticamente pudo ver lo sucedido: una niña pequeña, sorda y completamente embelesada con las vibraciones que sintió al tocar a los gatos, sus manitas y bracitos apretándolos con demasiada fuerza, su curiosidad y euforia haciéndole olvidar que debe tener cuidado. Los gatitos no han sido asesinados con premeditación y alevosía, sino por causa del cariño desenfrenado de una niña sorda. Ahora que era una mujer adulta y tenía mayor dominio de sí misma, estaba siendo increíblemente delicada con aquella gata. Trataba de no abrazarla con demasiada fuerza ni de acariciarla bruscamente.
Al verla con la gata, Edward cayó en la cuenta de la facilidad con que aquella chica se dejaba seducir por cualquier sonido que pudiera oír, aunque fue levemente, o las vibraciones lograse percibir. Y esto le explicado muchas cosas. Su amor por el bosque, donde sintió el viento acariciando su piel. Su gran fascinación por la cascada, donde sin duda podía sentir las vibraciones causadas por el agua al golpear contra las rocas. Bella y los gatitos. Bella y el órgano de la iglesia. Desde siempre hubo innumerables indicios de su sordera.
La emoción hizo que se le hiciera un nudo en la garganta. Tragó saliva y apartó la mirada por un momento. ¡Qué curioso! Antes de conocer a Bella, no había sentido tales ganas de llorar. En realidad, desde que era un niño. Ahora le parecía que tenía que parpadear para intentar contener las lágrimas o tragar saliva para deshacer un nudo en la garganta con demasiada frecuencia. Al mirarla ... al entender cómo había sido su vida ... Edward pensó que se necesitaría tener un corazón de piedra para no dejarse conmover y, cuando de esa chica se trataba, era evidente que su corazón no estaba hecho de piedra.
En aquel momento, Edward pudo aceptar con la inteligencia lo que su corazón le había estado diciendo hacía ya más de dos semanas. Estaba enamorado de ella. Increíble y perdidamente enamorado. Bella le parecía demasiado dulce y preciosa como para poder resistirse. Si esto era libidinoso ... si era un pecado imperdonable ... bueno, pues entonces él estaba perdido.
En contra de lo que decía el viejo refrán, no estaba completamente seguro de que se iría al infierno con una sonrisa en los labios. Dados los sentimientos que ella suscitaba en él, había muchas posibilidades de que tuviera lágrimas en los ojos cuando llegara el momento del Juicio Final. Su único consuelo era que sin lugar a dudas encontró lágrimas de alegría, no de dolor.
Hola, aqui les traigo una segunda entrega como pago a mi demora por subir los capítulos ...
Renee se da cuenta de lo que hizo con su hija, Bella disfruta por primera vez de usar vestidos nuevos y acorde a su edad, además que Edward ha estado más tiempo con ella y además... aceptó que está enamorado de Bella.
Nos leemos pronto.
