Disclaimer: Los personajes de Chainsaw man pertenecen a Tatsuki Fujimoto.
Tokyo esta insoportable. Por culpa del calor lo es. Está seguro que la temperatura superó la máxima que había predicho la mujer del clima hace tiempo. El cielo totalmente despejado, sin un solo borrón blanco, sólo facilita el trabajo del astro rey que hoy parece especialmente caliente.
El uniforme del servicio público, su traje negro, no ayuda con la situación. Limpia de su frente algunas gotas de sudor con el dorso de su mano. Casi que se siente derretir. Aparta incluso algunos cabellos largos que obstruyen su vista. El calor es bastante.
Una ligera brisa corre, aunque un poco densa. Agradece estar sentado en el banco que se encuentra bajo un árbol. Ve a algunos humanos del otro lado de la acera caminando de un lado a otro, y no estar entre toda esa multitud es un alivio. Levanta la vista entonces, entre aburrido y hastiado. Las hojas de un verde brillante se ciernen justo sobre él. No le provee toda la sombra que desearía, pero peor es nada. Pestañea, un poco perdido. Siente que el calor es tan insoportable que en cualquier momento podría ponerse a alucinar. Sin embargo no alucina nada y, en cambio, ese verde brillante de las hojas veraniegas le recuerda a los ojos de Aki. Aki.
Siente un poco de pena por Aki, que se ha ido a exterminar a un demonio que persiguió por un callejón cercano. ¿Quién quiere cazar demonios con un día tan caluroso? Él en definitiva no. Se estira en su asiento, preguntándose sí su compañero tardará mucho más.
Traga en seco. Tiene la garganta deshidratada. Cierra sus ojos con pereza, y con las palmas abiertas tantea sus bolsillos. Los del saco. Los del pantalón. Y los encuentra vacíos. Ahoga un suspiro cansino, porque realmente quiere un helado. Podía no agradarle del todo los humanos, pero era capaz de admitir sin tapujos que una de las pocas cosas buenas que tenían, era la comida.
No cargaba ni un sólo billete. Ni una mísera moneda había llevado consigo. Para sus adentros reserva otros tantos suspiros exasperados. Su rostro se mantiene impasible de no ser por un ligero fruncir en sus cejas. Aún reposa la cabeza por completo en el respaldar de la banca. No piensa abrir los ojos, porque es probable que del otro lado de la calle lo único que vea sea esa heladería a la que suele frecuentar con Aki en algún descanso después de patrullar por la zona.
¿Cómo es que olvidó su cartera? Lo piensa, puede que tal vez sea porque apenas y se despertó. Casi en automático se fue con su compañero, no reparo en su dinero olvidado en la mesita de noche. Un simple descuido que le pasaba factura. Por la mañana no creyó que sería un día tan caliente. Distraído, recuerda el ventilador viejo de techo en su habitación. Empezaba a ansiar además de un helado, estar en su cuarto, y que el ventilador al menos lo refrescara un poco más de lo que lo hacía el árbol.
—Ángel. —Escucha que lo llaman. No lo había sentido llegar de tan encimado que estaba en sus propios pensamientos. Con un desgano que no se molestó en disimular, abrió los ojos.
Frente a él, Aki envainaba con tranquilidad su espada tras su espalda. Su rostro se veía sereno, pese a que ello discrepaba con su amplio pecho, que subía y bajaba agitado bajo la camisa blanca. Lo nota porqué hace tiempo se había sacado el saco, dejándolo a su cargo sabiendo que lo más probable era que no hiciese nada en el día. Sube más la mirada, quiere verlo a sus ojos aceituna pero no puede. Se ve más concentrado en las gotas perlinas —brillantes como las hojas y sus ojos— que caen desde su definida mandíbula, pasando por su blanco cuello hasta perderse dentro del uniforme. Traga de nuevo, inconsciente de ello. Quizás sea el calor haciendo estragos en él, pero no puede dejar pasar el pensamiento de que Hayakawa es demasiado atractivo para ser un simple humano. ¿En verdad hace tanto calor?
—Oye. —Le vuelve a llamar y esta vez si lo ve a sus ojos bonitos. Pestañea en su dirección como única señal de que lo escucha. —Debemos seguir cazando.
Ángel se pregunta por qué siquiera malgasta energía en decirle algo de lo que ya sabe su respuesta. Piensa que quizás sea para que al menos su propia conciencia quede tranquila; Aki lo intentó, pero el demonio no quiso.
—Hace mucho calor. —Es lo único que le responde a lo anterior. Sabe que comprenderá que eso significa que no se moverá de su lugar. Sólo atina a cerrar un poco las piernas y hacerse a un lado. Ahora cabe uno más. —Tomémonos un descanso, o mejor no trabajemos más por hoy.
—Pero sí tu no hiciste nada... —Lo oye farfullar con un tono resignado. Ángel sabe también que se sentará. Tras un suspiro que le parece casi exagerado, así lo hace. Se sienta a su lado.
No dice nada cuando siente la pierna ajena chocar con la suya. Él mira al frente. Aki también. Aprieta un poco los labios. Ese toque, que cree que fue sin querer, se siente muy personal para alguien como él; que no puede tocar a nadie sin matarlo. ¿Cómo podría estar tan tranquilo a su lado? Sentarse de esa manera tan relajada, como si su más mínimo toque no fuese mortal. Claro, a través de la tela no había problemas. Sin embargo, ¿dónde estaba la precaución usual?
Debió haberse esperado acciones despreocupadas como esas desde el momento en el que le ofreció ese pañuelo blanco sin titubear.
Quiere mirar el gran cartel de la heladería. Intentar desde la distancia leer lo que dice el cartel, una promoción, algo. Pero por más que mire la grigantografria del helado de crema de tres bolas apilada una sobre otra, no puede dejar de pensar en el toque casual de sus piernas. Cree que lo es, aunque comienza a dudarlo, había dejado espacio de sobra para que se acomodase a gusto. Esa fue su pequeña consideración por haberse ido él solo a cazar al demonio. Relame sus labios, de repente siente que están más secos y su garganta está peor, necesita un buen helado frío. Necesita refrescarse.
El espacio no estaba silencioso, los ruidos mundandos de las calles de Tokyo llenaban el ambiente, junto con el ruido que hacian las hojas del color de los ojos de Aki al chocar entre ellas cuando algún viento leve llegaba. Casi se siente sobrepasado por la situación que considera tonta. Pero no puede ignorar el calor que parece ponerse peor.
—Tengo mucho calor. —Atina a decir azorado, como si no fuese ya bastante notable la alta temperatura. Se siente estúpido por las palabras que salieron de su boca en el apuro. Agradece en silencio que Aki se haya reservado el comentario burlista, que está seguro, pensó.
—¿Por qué no te compras un helado? —Le pregunta curioso. Era común verlo con uno en la mano de vez en cuándo. Le extrañó que con las condiciones no tuviese uno.
Ángel puede sentir los orbes de su compañero sobre él. Pero no lo quiere mirar de vuelta. Con pudor, teme que el calor repentino que está sintiendo venga de sus mejillas.
—Olvidé mi cartera.
Percibe que vuelve a mirar al frente y vuelven al pacífico silencio que no era tan silencio. Regresa a verlo cuando después de unos minutos siente que se pone de pie, rompiendo el contacto indirecto entre ambos.
—¿A dónde vas? —Le pregunta. Sus ojos aburridos ocultan bien su interés. —Oye.
Llama una vez más pero Aki lo ignora. Es testigo de como su coleta se pierde entre otras tantas personas que van y vienen. Suelta un suspiro derrotado al verse ignorado, y vuelve a recargarse por completo en el banco, indiferente. Hace mucho calor para discutir. Se queda con la cabeza recostanda en el respaldar. Ver las hojas mecerse con delicadeza lo distrae unos segundos, hasta que sus párpados se cierran por sí mismos, cansados. No tiene conciencia sobre cuánto tiempo pasó, que lo vuelve a oír.
—Ángel. —No quiere abrir los ojos, la voz de Aki se escucha como un arrullo lejano, acogedor. Pero tiene que hacerlo.
Levanta la mirada, y no puede evitar que sus ojos se abran de más por la sorpresa. Frente a él, Aki está de pie, con un cono de helado en su mano.
—Ten. Debes tener mucho calor. —Ángel no está del todo seguro sí lo que vió en las mejillas blancas de Aki es un atisbo de color. Puede que ya haya comenzado a alucinar con un Aki con las mejillas espolvoreadas de rosa. Se lo dijo con tanta facilidad que se niega a creer que ello sea posible. Debió haber sido una alucinación de verano.
Le extiende el helado. Él, con mucho cuidado en no tocarlo y lento para aún más precisión, toma el cono. Aprieta los labios, de nuevo siente caliente el rostro. No puede obviar el hecho de que las bolas de helado son de las que pide siempre. Puede sentir su corazón acelerarse un poco por pensar en la atención que ello conlleva. Suspira por lo bajo intentando apaciguar su latir.
—Gracias... —Y otra vez se sienta a su lado, pero no tan cerca como antes. Solo siente sus rodillas chocar. Repara en que quizá le hubiese gustado estar como antes. El árbol mece sus ramas por sobre los dos.
Ángel no resiste voltear lo suficiente para verlo; tiene la vista al frente con esa expresión tranquila común en él. Con la suficiente atención, ve lo brillante de su piel. Aki debe tener tanto o más calor que él. Vuelve a ver su helado y se pregunta por qué no se compró uno para sí mismo. Se lo pregunta a él también, porque es directo como siempre. Aki lo mira unos segundos.
—Porque no quería. —Le responde tan simple que no puede evitar hacer una mueca.
—¿Y ahora quieres? —Extiende el helado casi a medio terminar para que lo tome. Las hojas brillantes que son los ojos de Aki lo miran un momento, en silencio. El demonio no desiste de su propuesta, y su brazo no baja, esperando a que lo tome.
Es entonces que Hayakawa se inclina, sin vergüenza alguna. No toma el helado con su mano como esperaba. Tan sólo toma con su boca de el, como si estuviese dándole de comer. En esta ocasión Ángel no puede frenar el palpitar de su corazón acelerado, ni esconder su rostro rojo. Se crispa entero. Esa cercanía es mucha. Está seguro que Aki lo notó, pero no se detuvo.
Después de unos segundos —que a Ángel le parecen eternos, demasiado— Aki se endereza y con un asentimiento de cabeza agradece sin palabras de por medio. Punto en el cuál el demonio ya se siente un desastre. Un manojo de color carmín que lo único que es capaz de hacer es mirar al frente y casi pegar el helado a su pecho.
Le es imposible no sentirse vulnerable, quiere bufar de pura frustración. ¿Qué fue eso? Tiene la mirada en sus zapatos de trabajo, pensando sí es que solamente él siente extraño el ambiente. Traga, e intenta bromear vagamente con ello. Busca aliviar, al menos para sí mismo, el ambiente.
—Eso fue como un beso indirecto, sabes. —Sus gestos son los aburridos de siempre, pero no puede ocultar sus mejillas tintadas de rosa. Apenas oírlo, Aki voltea.
—¿Ah si? —Sus miradas chocan, y lo que menos desea Ángel es bajar la vista ahora. De fondo puede oír las ramas crujir por la brisa.
—Si. —Responde. Observa atento su rostro, buscando algún indicio que pueda decirle qué es lo que piensa Aki Hayakawa. Pero tan sólo hace una mueca, como si estuviese pensando lo dicho. No dice nada.
Es en ese momento que Ángel cae en cuenta de que su intento por aligerar el ambiente se fue por el caño. Hasta lo siente más extraño, no sabe describirlo.
Cree que no le responderá más, cuándo los orbes aceituna regresan a él.
—Estuvo bien. —Se tensa en el lugar, se siente crispar nuevamente pero esta vez no es capaz de mantener quietas sus alas, que se remueven cómo sí se tratase de un espasmo. No hay manera que pueda ocultar o aparentar su rostro avergonzado ahora. Mira a Aki directo a los ojos porque ya no tiene sentido esquivarlos, cae en cuenta que no es el calor, él también lleva sobre su rostro un tono tenuemente rosaceo. Pese a que es claro que es más devergonzado de lo que aparenta.
Espera unos segundos, casi que paralizado, por alguna otra palabra u oración de Hayakawa que le dijera que había sido una broma tonta. Ese indicador nunca llega.
Un poco más y está seguro que soltará humo por las orejas. Se hunde en sus hombros y termina lo poco que le queda de helado con falsa calma. Lo delatan sus cejas curvadas. Siente que él aún lo observa, cómo esperando con paciencia una respuesta.
Al final traga, y contesta sincero.
—Tienes una manera rara de odiar a los demonios.
De reojo puede ver a Aki sonreír con gracia por lo que dijo; niega con la cabeza, y resopla divertido. Se le escapa una sonrisa también. A Ángel le gusta apreciar esos gestos en él.
—Deberíamos comprar un helado para ambos de ahora en adelante. —Ignora deliberadamente lo que dijo antes, sin embargo el demonio no quita la sonrisa de su cara. Todavía se siente avergonzado, y con el rostro caliente. Pero de alguna forma el ambiente ha tomado un color más suave, más ameno. Ha tomado el color de sus mejillas. Se percata entonces que no pensó en el horrible calor en bastante tiempo.
—No te compartiré del mío de nuevo. —Dice con el mentón en alto, su sonrisa suave no se ha ido. Se siente más alegre que sudoroso. Tal vez ese helado si lo refrescó.
—Lo compré yo. —Le sigue con un tono casi de juego. Todo encaja con comodidad.
—No me importa, te lo devolveré. —Hace referencia al dinero. Ve como el de cabello negro pone una mano bajo su mentón con la vista al frente, decidiendo ignorarlo una vez más.
—Mmh... Si, deberíamos comprar sólo uno de ahora en más. —Y aunque sonríe de sólo escuchar su voz, mira a otro lado.
—Los humanos son tan caprichosos... —Suelta aire con falso cansancio, y cede. Con él suele ser más ángel que demonio. —Está bien.
Ángel no está seguro si Hayakawa dijo algo entre líneas. No esta seguro sí hay algo más tras ese helado de tres bolas, o sí va en serio sobre empezar a comprar uno solo. A pesar que las preguntas comienzan a cosecharse en el fondo de su ser, decide ser él quién ignore ahora. Por el momento, todo está bien. Inhala y exhala, relajado. Con una tranquilidad verdadera, se da la libertad de apoyarse sobre el brazo de Aki y cerrar sus ojos. Ninguno dice nada, es un acuerdo silencioso por preservar un momento sereno.
Si, hace mucho calor. Pero el calor que irradia Aki no le molesta ni un poco.
