Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 17
El tiempo, al menos tal y como los demás lo interpretaban, era un concepto que Bella no entendía. Para ella no existían los relojes, los horarios ni los calendarios para marcar los días, las semanas y los meses. Ella sólo sabía que los largos y lentos días de la época de las mariposas se han vuelto más cortos, que las hojas de los árboles empezaban a teñirse de color y que el aire era cada vez más frío.
La estación lluviosa se aproximaba y ella podía sentirlo en sus huesos. Pero por primera vez en su vida este pensamiento no la deprimió. La casa de Edward, a diferencia de la de sus padres, era un lugar lleno de emociones y descubrimientos. Pasaba horas todos los días sentada en su cama, tocando la flauta. Cuando se aburría de esto, podía ponerse a dibujar todo lo que quisiera, pues Edward se había enterado de que le gustaba hacerlo y le había regalado carboncillos y blocs de dibujo. Por otra parte, su madre la visitaba con mucha frecuencia, por lo general por las tardes. Su madre estaba aprendiendo a leer sistemáticamente los labios y, por primera vez en muchos años, Bella había logrado establecer cierta comunicación con ella. Ocupada con todas estas actividades, ya no temía verso obligado a permanecer en la casa.
Pero en realidad no tenía por qué hacerlo. Además de los materiales de dibujo, Edward le había regalado un artilugio de look bastante extraño que él llamaba paraguas, y que Bella comparaba con un techo con mango. Según él, cuando llovía, uno abría el paraguas y lo situaba sobre la cabeza. El resultado era que llovía en torno a la persona, pero no sobre ella. Con el paraguas, ella podría salir a pasear en medio de la lluvia cada vez que quisiera, sin mojarse.
Si es que aún podía caminar cuando llegara la estación lluviosa. Su vientre estaba creciendo tanto, que a ella misma le parecía que andaba como un pato. Bajar las escaleras era lo que más le angustiaba. Con aquella panza tan prominente, tenía que inclinarse ligeramente hacia atrás para no perder el equilibrio en los escalones. Era muy difícil.
También se estaba volviendo preocupante. Gracias a lo que Edward le había dicho —que los bebés nacían de una forma completamente diferente de los pollitos—, ya no creía que podría poner un huevo. No obstante, no le cabía la menor duda de que había un bebé creciendo dentro de ella. Algunas veces podía incluso sentirlo moviéndose, como si estaba ansioso por salir. Dado su tamaño, Bella estaba empezando a preguntarse cómo lo lograría. No a través de su ombligo, con toda seguridad.
Quería preguntarle a alguien cómo nacían los bebés humanos, pero no sabía cómo hacerlo. Su madre apenas estaba empezando a leer los labios. Edward lo hacía mucho mejor, pero no tanto como para entender todo lo que ella decía. Las pocas veces en que había intentado hacer preguntas acerca de los bebés, él no parecía entenderla. De hecho, Bella a veces tenía la sensación de que él no quería entenderla. Esto le preocupaba y le hacía preguntarse si tener un bebé no sería una experiencia horrible para la madre. Aunque esto no le importaba. Quería un bebé y, así tuviera que pasar un momento desagradable para tener uno, estaba dispuesta a hacer todo lo que era necesario.
Un día, a última hora de la tarde, momento que Bella normalmente pasaba junto a Edward, él recibió un recado solicitando su inmediata presencia en las caballerizas. Poco después de que él saliera de la casa, Bella comenzó a sentirse aburrida y, puesto que últimamente le he dado más libertad de acción y le permitían salir sola, decidió dar un paseo por la propiedad. Su vagabundeo la llevó justamente a las caballerizas.
Inmediatamente después de entrar, se paró en seco e inclinó la cabeza, subyugada por un sonido apenas perceptible que rompió el silencio que siempre la rodeaba. Puesto que eran muy raras las ocasiones en que ella podía percibir algún ruido, esto no era sólo un hecho novedoso, sino también insólito. Era un sonido agudo, muy distinto de todo lo que ella recordaba haber oído en su vida. Sintiéndose atraída por él, atravesó, vacilante, las caballerizas. Aceleró el paso ligeramente cuando se hizo más fuerte y fácil de seguir.
A mitad de camino del oscuro pasillo, Bella llegó a la intersección de dos corredores. A su izquierda, vio el brillante círculo formado por la luz de una linterna, y unos hombres dando vueltas alrededor del disco luminoso. Fascinada, se dirigió hacia ellos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para ver lo que ocurrió, se dio cuenta de que estaban reunidos frente al cubículo de un caballo. Estirando el cuello para poder ver un poco mejor, vio a Edward arrodillado junto a una yegua que estaba tumbada dentro del recinto.
El sonido agudo y desgarrador salía de la yegua. La pobre bestia estaba chillando, sacudiendo la cabeza e intentando desesperadamente levantarse. Edward, con el rostro crispado y las venas del cuello hinchadas, estaba haciendo un gran esfuerzo para ayudar a la yegua a levantarse. Durante los intervalos en que el animal se tendía en el suelo, cansado y sin fuerzas, él acariciaba su vientre abultado y le decía una y otra vez:
—Todo va a salir bien, chiquilla. Todo va a ir bien.
Bella advirtió que sus brazos estaban manchados de sangre hasta las mangas de la camisa, que él se había remangado a la altura de los codos. Tenía la preocupación grabada en las cinceladas líneas de su rostro moreno, y cuando la joven embarazada pudo ver brevemente sus ojos, advirtió que estaban llenos de dolor. Luego, dirigió la mirada hacia la yegua. Algo terrible le había pasado a la pobre criaturilla, comprendió Bella. A juzgar por la sangre, era posible que la yegua se had herido de alguna manera.
—Tranquila, chiquilla. Tranquila.
Detrás de Edward, Deiter, el jefe de cuadra, estaba batallando con una especie de artilugio con polea que había sido atado a las vigas. Bella supuso, por el diseño del mecanismo, que los hombres pondrían las correas de lona alrededor del cuerpo de la yegua para poder levantarla.
Con muchísima pena por la pobre yegua, Bella se acercó para ver mejor. La bestia escogió aquel momento preciso para lanzarse con todas sus fuerzas hacia arriba, haciendo que Edward se apartara mientras ella lograba ponerse de rodillas. Cuando Edward gritó —Bella supo que estaba gritando por la manera en que se hincharon los músculos de su cuello—, Deiter dejó lo que estaba haciendo y corrió a su lado. Con la ayuda de los dos hombres, la bestia se levantó tambaleándose.
Desesperada, probablemente a causa del dolor, la yegua no pareció agradecer la ayuda de los hombres y comenzó a dar vueltas en círculo, sacudiendo la cabeza y arremetiendo contra Edward con uno de sus cascos delanteros. El jefe de cuadra, intentando esquivar las coces, trató de coger el arnés, pero no lo consiguió. El animal, en su desesperación por escapar, cambió de dirección una vez más, ahora volviendo sus cuartos traseros hacia la puerta abierta del cubículo.
Bella estuvo a punto de desmayarse. El trasero de la yegua estaba dilatado y salía mucha sangre. Las diminutas patas de un caballo se dejaban entrever por él. Sus cascos estaban cubiertos de una sustancia blanca que parecía grumos de leche cuajada. Un bebé ... la yegua estaba dando a luz.
Bella se quedó paralizada, con los ojos clavados en la escena. Los ijares de la yegua se movían agitadamente y estaban cubiertos de sudor. Edward cogió una de las correas que colgaban del techo y rápidamente la pasó alrededor de la cincha. Cuando logró atar la tira, corrió hacia la pared, desenganchó una polea y, saltando tan alto como pudo, tiró de ella con todo su peso.
Mientras ataba la polea, miró a Deiter por encima del hombro.
—¡Haz que el potrillo se dé la vuelta! Date prisa, Deiter, o lo perderemos, ¡maldición!
Desde donde se encuentran, Bella tenía una panorámica perfecta del trasero de la yegua, y vio horrorizada cómo Deiter metió el brazo, hasta el codo, dentro de la bestia. ¡Dentro de ella! Unos puntos negros empezaron a dar vueltas frente a los ojos de Bella. Una terrible sensación de debilidad se adueñó de sus piernas. Un bebé, la yegua estaba teniendo un bebé. Un bebé que había estado creciendo en un lugar especial dentro de ella. Sólo que no era maravilloso, como Edward le había dicho. Era horroroso. Más horroroso que todo lo que Bella hubiera podido imaginarse. La yegua estaba sufriendo, y mucho. Y era evidente que, si Edward y Deiter no lograban hacer nada para ayudarla, la yegua iba a morir.
Una mano fuerte apretó el codo de Bella. Parpadeando para intentar ver a través de los puntos que daban vueltas en sus ojos, la pobre chica alzó la vista hacia el rostro lleno de inquietud de un hombre que no conocía.
Él le dijo algo, pero ella estaba tan nerviosa, que no pudo prestar atención a su boca.
Todo lo que quería era marcharse de allí. Alejarse de aquel hombre. De las caballerizas, de Edward, que le había mentido. Ir a algún lugar seguro ... un lugar donde pudiera esconderse, donde pudiese soltar los gritos que la estaban invadiendo por dentro sin que nadie los oyera.
Se dio media vuelta rápidamente y empezó a correr, a ciegas y presa del pánico, pensando que, si corría lo suficientemente rápido, quizás logren escapar del destino que la naturaleza tenía reservado para ella. No obstante, al salir de las caballerizas, este pensamiento se alejó de su mente. Sus piernas eran como caucho derretido: le temblaban y no podía sostener su peso. El mundo en torno a ella parecía estar dando una lenta vuelta ondulante, en unos momentos verticalmente y, en otros, moviéndose alrededor de su eje. Se sintió como si la estuvieran lanzando boca abajo y luego de lado. Se sintió mareada, terriblemente mareada. En medio de su visión borrosa, logró distinguir la casa y corrió hacia ella tambaleándose. Allí había un escondrijo. Un lugar seguro.
Edward acababa de terminar de lavarse y se estaba secando los brazos cuando Esme irrumpió en las caballerizas. Sus ojos verdes se le han salido de las órbitas y tenía el rostro lívido. Se detuvo junto a él tras dar un resbalón y comenzó a mover la boca, pero pasaron varios segundos antes de que de ella saliera algún sonido coherente.
—Bella —logró decir finalmente—. ¡Está arriba, en el ático! Está gritando y quejándose de una manera espantosa. Venga, señor. ¡Venga rápido!
Uno de los peones, que se había lavado justo antes de que Edward y se encontraron allí cerca abotonándose la camisa, lanzó una exclamación.
—¡Maldición!
Esme y Edward se volvieron hacia él. El hombre se encogió de hombros al ver sus miradas inquisidoras.
—La señora estuvo aquí hace un rato —explicó con aire avergonzado—. Parecía estar muy alterada cuando se marchó corriendo.
—¿Estuvo aquí? —Edward estaba conmocionado—. ¿Qué quieres decir con eso, Parkins? ¿Acaso vio a la yegua? —Cuando el hombre asintió con un movimiento de cabeza, Edward estuvo a punto de soltar un gruñido—. ¿Por qué demonios no me lo dijiste?
—Bueno, pues porque usted estaba ocupado. Con la yegua y todo lo demás. Si yo lo hubiera molestado, con seguridad la habríamos perdido.
Edward sintió unas ganas enormes de dar un puñetazo en la boca a aquel hombre y de hacer que se tragara los dientes.
—Mi esposa es mucho más importante para mí que una maldita yegua, Parkins. Ella no debió entrar aquí. Apenas la viste, tenías que haber ...
Edward se interrumpió. Comprendió que era inútil echarle la culpa de todo aquello al peón. El daño ya estaba hecho. Tirando al suelo la toalla que estaba usando, apartó a Esme de un empujón y corrió hacia la casa.
Desde el instante mismo en que entró en el recibidor, oyó los gritos de su mujer. Nunca en su vida había oído algo semejante. Eran horribles alaridos de demente, que retumbaban de manera extraña e inquietante en el rellano y las escaleras. Agarrando con fuerza el pasamanos, subió los escalones de dos en dos. El corazón le golpeaba el pecho con la fuerza de un mazo. Al llegar al segundo tramo de escaleras, los gritos parecieron hacerse más fuertes, más aterradores. En ocasiones eran alaridos y, en otros momentos, gemidos guturales. Los intermitentes sollozos eran tan profundos y desgarradores que comenzaron a temer que Bella se hiciera daño.
Atravesó corriendo el pasillo del segundo piso, para dirigirse al ala occidental de la casa. Llegó a las peligrosamente estrechas y empinadas escaleras. Se cayó sobre una rodilla. Se levantó con gran esfuerzo. Siguió subiendo los escalones en medio de la penumbra, consciente de los gritos y de la desesperada necesidad de llegar al lugar donde estaba su esposa.
Alcanzó la puerta cerrada del ático como si la barrera de madera no estuviese allí. Oscuridad. Objetos en medio del camino. Si no podía saltar por encima de los obstáculos, se abría camino a través de ellos, apenas sintiendo dolor cuando un anguloso saliente golpeaba sus espinillas o los muslos. Bella ... ¡Santo Dios! El pánico y el dolor que percibía en sus gritos era un punto de hacer que se cayera de bruces. La yegua, pensó con furia. Había visto a la yegua dando a luz. Que entrase en las caballerizas y presenciara algo tan terrible le hacía sentirse muy mal. Físicamente mal. Ninguna mujer embarazada debería ver algo semejante, y menos alguien como Bella.
Edward llegó finalmente a la pared que separaba el pequeño salón de Bella del resto del ático. Rodeó el tabique tambaleándose, cuando Bella dejó de gritar de repente. Siguió un silencio tan absoluto que le pareció ensordecedor, como si retumbase en sus oídos. Entonces, fue vagamente consciente del ruido áspero que hacía su propia respiración.
La débil luz de aquella tarde de finales de otoño entraba de forma anodina a través de las buhardillas, sin lograr iluminar la. Edward escrutó la penumbra con su mirada, intentando desesperadamente encontrar a Bella. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio al fin su pálido rostro ovalado. Acercándose un poco más, y forzando la vista, empezó a distinguir sus rasgos.
Dispuesto a consolarla a todo trance, dio tres grandes zancadas hacia el rincón en el que se encontraron acurrucada.
—Bella, cariño. —La cogió de los hombros, que temblaban violentamente—. Amor ...
Entonces Edward cayó en la cuenta de algo. El silencio. El repentino y terrible silencio. Dios santo, estaba conteniendo la respiración. Para no gritar. Tenía miedo. Le tenía miedo a él. Había infringido la norma del silencio, y ahora pensaba que él podría castigarla.
—No, Bella. Cariño, sigue gritando. A mí no me importa.
Edward no creía que, tan aterrorizada como estaba, pudiese entender lo que él le estaba diciendo. Su delgado cuerpo se estremecía violentamente a causa de los sollozos contenidos. Él se quedó mirándola fijamente, incapaz de salvar el abismo que se extendía entre ellos. La sordera. Toda una vida obedeciendo normas y siendo reprendida con severidad cuando las infringía. Incluso en medio de la oscuridad, Edward pudo ver su pequeño rostro transido de dolor, que iba adquiriendo un aterrador y apagado tono rojo. Las venas de sus mejillas y su cuello sobresalían, moradas bajo la piel, latiendo con fuerza e hinchándose a causa de la creciente presión.
Una furia impotente estalló dentro de Edward. Se puso de pie de manera tan repentina que la cabeza empezó a darle vueltas. Charlie Swan. El maldito asentador de navajas de afeitar.
Se volvió y salió corriendo del ático. Bajó las estrechas y empinadas escaleras como si no estuviesen allí. Casi inmediatamente después de que saliera del desván, Bella comenzó a gritar de nuevo. La pobrecita no tenía manera de saber lo fuertes que eran sus gritos.
Prácticamente cegado por las lágrimas, Edward atravesó la casa. Le parecía estar caminando trabajosamente sobre un lecho de melaza que le llegara hasta la cintura. Cada paso representaba un enorme esfuerzo, cada movimiento era exasperantemente lento. Edward llegó a su estudio convertido en un demente. El asentador. El maldito asentador. No podía recordar dónde lo había dejado.
Cuando llegó a su escritorio, comenzó a open los cajones con tal fuerza que los sacó de sus rieles, volcando sus contenidos en el suelo. Edward se dio cuenta vagamente de que Esme había entrado en el estudio. La oyó hablar como si estuviese muy lejos de allí y no logró distinguir las palabras que pronunciaba. No le importaba lo que ella estaba diciendo. En aquel momento sólo le importaba la joven del ático.
Finalmente encontró el asentador de navajas de afeitar en el último cajón del escritorio. Cerró el puño en torno a él y pasó corriendo junto a Esme, sin siquiera dedicarle una mirada. Volviendo sobre sus pasos, regresó al ático. Ya sabía que Bella se callaría en cuanto lo viera. Esa era la regla.
Pues bien, ya se había hartado de las estúpidas normas de los Swan y se lo iba a demostrar una Bella de una vez por todas.
Cuando entró en el salón de nuevo, ella reaccionó tal y como lo había hecho antes: dio un grito ahogado y luego contuvo la respiración para sofocar todo sonido que quisiera salir de lo más hondo de su ser. Edward se dirigió directamente a la tambaleante mesa de tres patas. Con un amplio y violento movimiento del brazo, hizo volar su heterogénea colección de tazas y platillos de porcelana, que chocaron contra la pared, haciéndose añicos. Las partículas y fragmentos de porcelana rebotaron. No le importaba. Podía comprarle más tazas de porcelana, todas las que quisiera, con tal de hacerla feliz. ¡Pero no podía comprarle otra oportunidad de vivir!
Temblando de furia, Edward tiró el asentador sobre la superficie de la mesa. Luego, sacó la navaja del bolsillo de su pantalón. Con movimientos trémulos, desplegó la navaja y la emprendió con la tira de piel, haciéndola trizas.
—¡Grita! —Rugió—. ¡Grita, chilla, llora! ¡A mí no me importa, Bella! ¿Me entiendes? No te castigaré por hacer ruido. Nunca te castigaré. ¡Nunca!
Ras, ras, ras. En medio de su ataque de histeria, Edward cortó la tira de piel hasta verla convertida en minúsculos pedazos. Entonces, y sólo entonces, se detuvo. Tirando la navaja al suelo, puso las manos sobre la mesa y dejó caer la cabeza, respirando como si hubiera corrido más de diez kilómetros. Cuando finalmente alzó la vista, vio que Bella aún se encontró acurrucada en el rincón, apretándose las rodillas con los delgados brazos. Contra su cara asombrosamente roja, sus enormes ojos llenos de lágrimas eran como manchones de color azul oscuro.
Edward la miró.
—Te amo, Bella —susurró con voz ronca, y luego le abrió los brazos.
Edward esperó durante un momento que le pareció eterno, rogando en silencio que ocurrió un milagro. Era algo que no hacía desde que era un niño. Sólo un pequeño milagro.
—Por favor ... —susurró con voz entrecortada—. Ven aquí, Bella, cariño.
La joven se levantó del suelo con un gemido, de manera tan repentina que pareció moverse medio a ciegas. Luego, se lanzó a sus brazos, estrellándose contra él con la parte más sobresaliente de su pequeño cuerpo, que en aquel momento de su embarazo era el vientre. Temiendo que la joven pudiera hacerse daño, Edward cedió levemente bajo su peso para aminorar el impacto y estuvo a punto de perder el equilibrio en el intento. Sosteniéndola contra su cuerpo, dio un tambaleante paso hacia atrás, pero luego logró recobrar el equilibrio.
Bella le rodeaba el cuello con sus delgados brazos, aferrándose a su cuerpo como si estuviera en un punto de caer a un precipicio y él fuera su único asidero. Sus sollozos profundos y trémulos, que ahora ahogaba contra el hombro de Edward, no eran tan fuertes; pero aun así lograban sacudir sus cuerpos. A él le alegraba que ella no siguiera conteniendo la respiración.
—Ay, Dios, Bella ... —Con dulzura, Edward hizo que su mujer se apretara más contra él, si es que esto era posible, pues ella se había derretido en sus brazos como una porción de mantequilla sobre una rebanada de pan caliente -. Perdóname, cariño. Perdóname.
Dado que tenía el rostro apretado contra su hombro, Edward supo que ella no había oído lo que estaba diciendo, y quizás esto fuera lo mejor. Antes de intentar calmarla, él también tenía que tranquilizarse, y en aquel preciso instante no estaba tranquilo en absoluto. Él tenía la culpa de todo. Había tenido una oportunidad de sentarse con ella y explicarle el proceso del parto y, debido a una caballerosidad mal entendida, había eludido esa responsabilidad, diciéndose que la ignorancia era una bendición.
Qué equivocado estaba. Al no tratar el tema, había permitido que Bella era vulnerable de una manera en que ninguna mujer debía serlo. Por culpa suya y de su estupidez, ella estaba muerta de miedo y presa del pánico. Esto no tenía sentido y era completamente innecesario. Debió haber hablado con ella. Si hubiera hablado con ella, si hubiera sido sincero y le hubiera explicado las cosas tal y como eran, se hubiera podido evitar aquel desastre.
Desesperadamente deseosa de acercarse más a él, ella se puso de puntillas y se aferró con más fuerza al cuello de su esposo. Pesaba tan poco que Edward casi no sintió la presión sobre sus pies. Doblando un brazo debajo de su trasero, la alzó, apretada contra su cuerpo, sonriendo a través de las lágrimas al sentir toda su dulzura. Bella, con su enorme vientre, era la más preciosa carga que sus brazos llevado en toda su vida. El hombre apretó su rostro contra el pelo de Bella y ella lo soltó dejando escapar un grito terrible y desgarrador que salió de manera entrecortada de su pecho.
Para Edward, era un sonido lleno de dolor, no un grito estudiado que buscara compasión; tampoco un sollozo delicado, cuidadosamente calculado para parecer femenino. Aquel grito salió de su alma, crudo, lleno de dolor, desagradable en su extrema franqueza. Nada fue reprimido ni moderado. Aun así, Edward pensó que era el sonido más bello del mundo. El simple hecho de que ella se hubiera atrevido a proferirlo era un regalo, una muestra de confianza.
Al comprender esto, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Olvidando su delicado estado, olvidándolo todo, la estrechó con más fuerza entre sus brazos, plenamente consciente del frágil entramado de costillas que había bajo sus manos, de su estrecha espalda, de su levedad. Ella no era muy grande, pero, de una manera maravillosa, había llenado por completo su mundo. Estrecharla entre sus brazos ... Saber que ella confiaba en él como nunca había confiado en nadie ...
El regalo de Bella ... Estrechándola entre sus brazos como lo estaba haciendo en ese instante, Edward apenas podía creer que hubo un tiempo en el que clamó contra el destino, en el que vio su matrimonio como un sacrificio obligatorio para enmendar un error. Tenía errores que rectificar, desde luego, pero no era una obligación y mucho menos un sacrificio. Amar a aquella mujer, formar parte de su mundo, era una bendición del cielo.
Edward la levantó entre sus brazos y la llevó a la mecedora que se encontró en un rincón de la habitación. Tras sentarse en ella, tendió a Bella sobre su regazo, dejando que apoyara la cabeza en su brazo, no con la intención de que él pudiera ver su rostro, sino más bien para que ella pudiese ver el suyo. Los ojos de la joven, llenos de pánico, se aferraron casi desesperadamente a los suyos. Hasta aquel instante, Edward había tenido la intención de hablar con ella, explicarle con todo lujo de detalles lo que había visto en las caballerizas. Pero la mirada que vio en ella lo hizo callar. No era el momento de hablar. Al menos, de manera convencional.
Así que, en lugar de hablar, la estrechó contra su cuerpo, tal y como lo habría hecho con una niña, y empezó a acunarla. Mientras la mecía, susurraba palabras que sabía que ella no podía oír. Pero lo que decía no importaba. De todos modos, lo que Bella necesitaba en aquel momento eran mensajes que no podían ser expresados con palabras. Acarició su pelo con mano trémula. Luego, apretó la mejilla contra la cabeza de ella y cerró los ojos. No se sorprendió en absoluto cuando sintió más lágrimas corriendo por sus mejillas. Cada uno de sus sollozos lo atravesaba como un puñal.
Se había sentido culpable en distintas ocasiones a lo largo de su vida, pero nunca tanto como en aquel momento. Le llorar, pues sabía que ella lo necesitaba. Sólo Dios sabía cuánto merecía que la dejaran llorar. Cuando ella finalmente comenzó a tranquilizarse, él la acomodó en sus brazos de tal manera que sus caras quedaron a muy pocos centímetros de distancia.
—Bella. —Edward respiró hondo—. Creo que tenemos que hablar. Acerca del bebé y cómo serán las cosas cuando ...
Bella abrió los ojos para manifestar un inconfundible sentimiento de terror y negó violentamente con la cabeza.
—¡Noooo!
Edward la cogió de la barbilla para obligarla a mirarlo a la cara. Cuando ella finalmente se tranquilizó y él sintió que tenía toda su atención, habló.
—¿Alguna vez te he dicho una mentira?
Ella negó con la cabeza de manera casi imperceptible.
—Entonces puedes confiar en que no te voy a mentir ahora. Tener un bebé no es ... —Puso énfasis en la palabra no, diciéndola lentamente y con exagerada claridad—. No es como lo que has visto en las caballerizas.
La mirada de ella se aferró a la suya, llena de preguntas e incredulidad.
Edward tragó saliva. No deseaba aquella conversación, pero tenía que hacerse comprender de alguna manera. Sin saber por dónde empezar, decidió simplemente ponerse a hablar. No sabía qué le había dicho exactamente, sólo que le contó que el potrillo venía de nalgas y que luego le describió un parto normal. No le ocultó nada, y fue totalmente sincero. Le habló incluso de los dolores del parto. Cuando le explica cómo saldría el bebé por su cuerpo, el miedo ensombreció los ojos de Bella; lo cual le partió el alma, pero también le hizo sonreír.
—Bella, cariño, tu madre te dio a luz a ti. La mía me dio a luz a mí. Todas las criaturas vivas que vemos a nuestro alrededor tuvieron que nacer, y de una manera muy parecida a la que nacerá tu bebé. Quizá no sea una experiencia muy agradable, pero no te vas a morir, y yo estaré junto a ti para ayudarte, te lo prometo. —Acarició la mejilla de la chica con la yema de los dedos—. Va a ser hermoso, tesoro; no será horrible, ya lo verás. Confía en mí. Y, cuando todo haya terminado, vas a tener un bebé tuyo al cual podrás darle todo tu amor.
Ella pareció tener reservas acerca de estas últimas palabras. Edward no pudo menos que sonreír.
—¿Crees que te mentiría?
Siguió pareciéndole indecisa.
—Bueno, pues entonces me parece que lo más indicado es dar un paseo por las caballerizas. A pesar de haber sido un parto difícil, la yegua ya está bien. Y es la orgullosa madre del potro más bonito que hayas visto en tu vida. —Resuelto, Edward la hizo bajar de su regazo y se puso de pie—. Te demostraré que no estoy mintiendo.
Ella negó vehementemente con la cabeza. Era evidente que le asustaba la idea de regresar a las caballerizas.
Edward la cogió de la mano.
—Confía en mí, Bella. Tú has visto la peor escena que una futura mamá pueda presenciar. Ahora quiero que veas la más dulce.
Las caballerizas eran el último lugar al que quería ir Bella. Pero Edward insistió y, como él era mucho más grande, a ella no le quedó más remedio que acceder. Para su gran sorpresa, se había hecho de noche mientras permanecieron dentro de la casa. La luz de la luna y las sombras descendieron sobre ellos cuando salieron al jardín. Como si intuyera su nerviosismo, Edward le rodeó los hombros con un brazo y la atrajo hacia él mientras andaban.
Aquella desacostumbrada cercanía sirvió para distraerla de sus preocupaciones más que cualquier otra cosa que él hubiera podido hacer. En el punto en el que su hombro se apretaba contra el costado de Edward, ella sintió su cuerpo como si fuera de acero recubierto de una seda ligeramente acolchada. El brazo de él alrededor de sus hombros le resultaba maravillosamente fuerte y cálido. Mientras se movían al unísono a través del jardín oscuro, Bella pensó que él debía estar haciendo un esfuerzo por adaptar su paso al de ella, pues sus piernas eran mucho más largas que las suyas. La cadera de Edward chocaba contra su costado en un punto que se benefició mucho más arriba de su cintura.
La joven miró con disimulo su perfil moreno, turbada como nunca antes lo había estado. Sintió una especie de revoloteo en el estómago y, al mismo tiempo, una extraña emoción. Como si hubiera advertido su mirada, él bajó la vista, la miró a los ojos, y esbozó una de esas sonrisas suaves y deliciosamente torcida, tan propias de él.
—Nunca habíamos caminado juntos bajo la luz de la luna, ¿no es verdad?
Bella asintió con la cabeza.
Sus dedos largos se movieron en el lugar en que se doblaban sobre el hombro de Bella, y esta leve caricia hizo que ella sintiera un hormigueo en la piel.
—Tenemos que hacerlo más a menudo. Estás preciosa bajo la luz de la luna. Absolutamente preciosa.
Bella dudaba que eso fuera cierto. Aunque no le daban ataques de llanto con mucha frecuencia, las pocas veces en que esto sucedía, se ponía horrorosa, con los ojos hinchados y la cara roja.
Como si había adivinado sus pensamientos, él se rio. La débil risa vibró a través de los hombros de Bella y se irradió a lo largo de su brazo.
—Eres guapa, Bella, cariño. Créeme. Sin lugar a dudas, eres una de las chicas más hermosas sobre las que he tenido el placer de posar los ojos.
Una sensación ardiente subió despacio por la garganta de Bella y se transformó en fuego en sus mejillas. Ella enseguida apartó la mirada. Un instante después, sintió que el cuerpo de Edward se movía y, casi sin que se diera cuenta, el hombre se agachó para que su rostro quedara frente al de la muchacha. Ella retrocedió asustada, lo cual hizo que él volviera a reírse.
—Te estoy hablando, tonta. ¿Cómo puedes saber lo que te estoy diciendo si no me miras?
Bella lo siguió con la mirada mientras él se enderezaba. Estaba a punto de sonreír, muy a su pesar. El hecho de que lo que menos quisiera hacer hasta hacía unos pocos minutos era sonreír la hizo vacilar.
—Así está mejor oferta él—. Me sentí como un completo tonto, andando en medio de la oscuridad y hablando solo.
Una de las comisuras de la boca de Bella comenzó a temblar. Él tocó el hoyuelo de su mejilla con la yema de un dedo.
—Por cierto, también tienes la sonrisa más maravillosa que haya visto jamás. La clase de sonrisa que hace que un hombre adulto haga el ridículo.
Bella negó con la cabeza. El asintió enfáticamente. Conteniendo una risita, Bella movió la cabeza con más fuerza para seguir negándolo.
Edward se hizo el enfadado y adoptó una expresión cómicamente contrariada.
—¡Dios santo, nuestra primera discusión!
Al oír estas palabras, Bella perdió el control. La risa que había estado conteniendo estalló en su garganta. Al oír este sonido, Edward se paró en seco. La chica pensó instintivamente que él iba a reprenderla. Pero la luz de la luna le verás un brillo pícaro en sus ojos.
—¿De verdad acabo de oír una carcajada? —Apretó sus hombros con más fuerza y la atrajo dulcemente hacia su cuerpo—. ¡Noooo! No, mi Bella no se ríe. —La está detenidamente durante un momento—. Pobre chiquilla, tienes hipo, ¿verdad? La cruz de la existencia de toda futura mamá es la indigestión crónica.
Bella volvió a reírse. No parecía poder parar. Y cuando finalmente lo hizo, sucedió algo increíble. A Edward se le borró la sonrisa del rostro y, después de mirarla fijamente durante interminables segundos, o al menos así le parecieron a ella, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Gracias salida él.
Sólo eso, sólo un simple «gracias». Pero para Bella, esta era la palabra más maravillosa que jamás había oído pronunciar y significaba mucho más que cualquier otra. Con esta única palabra, él le estaba diciendo infinidad de cosas, y concretamente que todo lo que le había dicho en el ático era verdad, que no sólo no la castigaría por hacer ruido, sino que además quería que lo hiciese.
Una extraordinaria sensación de libertad la invadió, una sensación de levedad, casi como si pudiera flotar en el aire. Comprendió que podía confiar en aquel hombre. En todo. Y con su mirada dándole valor, se atrevió a articular dos palabras para que él las leyera en sus labios.
- De nada.
Aunque pareciese increíble, él logró leer sus labios a la primera, pues su sonrisa se hizo más profunda. Cogiendo la barbilla de ella con la mano, hizo que alzase la cara para que la luz de la luna cayera sobre ella.
—Dilo de nuevo.
Bella lo complació. Mientras ella volvía a articular las palabras, él recorría sus labios con el dedo pulgar. Sus ojos se llenaron de regocijo mientras exploraban los de ella.
—Así son todas las mujeres. Las animas a hablar y, antes de que te des cuenta, se han convertido en unas cotorras.
Después de hacer esta afirmación, negó con la cabeza y la instó a seguir andando. Clavando la mirada en las caballerizas, Bella cayó en la cuenta de que ya no tenía miedo de entrar allí y ver a la yegua. Aunque Edward estaba equivocado y la bestia se encontrase en un estado lamentable, ella podía afrontar la situación.
Pensaba que mientras Edward estaba a su lado, podía enfrentarse casi a cualquier cosa.
Cuando entraron en las caballerizas, el valor de Bella flaqueó. El interior de la edificación estaba muy oscuro, y totalmente silencioso. Era así como ella se imaginaba la muerte: la negra nada. Durante unos pocos instantes, Edward la dejó sola en medio del vacío. No sabía por qué. Sólo sabía que la había dejado allí, y ella sintió como si la piel fuera a volvérsele del revés.
Luego regresó a su lado. Grande, musculoso y cariñoso. Cogió sus manos y las puso sobre algo hecho de metal y cristal. Bella exploró sus contornos con los dedos y reconoció la forma de un farol. Aquel despliegue de cortesía y consideración la hizo sonreír ligeramente. Al permitirle tocar la lámpara, le estaba explicando por qué la había dejado sola durante un minuto.
Le agarró firmemente el brazo y se apoyó en él mientras seguían andando. Deseaba que Edward decidiera que no era necesario hacer aquello después de todo. Pero no tuvo esa suerte. El la instó a seguir adelante, tirando de ella para que se mantuviera a su lado en medio de la oscuridad. Cuando doblaron a la izquierda, la joven supo que enfilado el corredor que se cruzaba con el primero y que la cuadra de la yegua estaba un poco más adelante. Escrutando inútilmente la oscuridad, intentó ver el rostro de Edward. Quería verlo. No quería, necesitaba verlo.
Tras detenerse un instante, él volvió a alejarse de ella. En la vida le había molestado tanto su sordera. Le parecía que el silencio se había convertido en una criatura viva, con dedos gélidos y garras que se doblaban en torno a su cuerpo. ¿Eduardo? Ay, Dios, la había dejado sola. Completamente sola. Anduvo a tientas como una loca. La palma de su mano tropezó con una superficie de madera áspera.
Al instante, una luz estalló junto a ella. Asustada, Bella dio un salto hacia atrás. Luego, vio que Edward simplemente había encendido una cerilla. Un color ámbar parpadeó sobre su rostro moreno, haciendo que sus ojos brillaran de manera extraña e inquietante. Alzando el farol, llevó la llama al interior de la lámpara y estalló una deslumbrante blancura. Sacudió la cerilla y antes de tirarla se metió su extremo caliente en la boca, para cerciorarse de que estaba completamente apagada. Después de hacer girar la válvula del combustible para regular la luz, colgó la lámpara de un clavo largo que sobresalía de una pared, encima de él.
Le dijo algo a Bella. Luego, cuando vio que ella no reaccionaba, se llevó las manos a las caderas, inclinó ligeramente una pierna, y descansó el peso de su cuerpo sobre el otro pie. Apretando la cerilla entre sus dientes, volvió a hablar. Dado que estaba hablando entre dientes, Bella no tenía ni la menor idea de qué estaba diciendo; sólo notaba que él empezaba a exasperarse porque ella no accedía a su solicitud. Cuando él volvió a hablar, ella rápidamente dio un paso adelante y le sacó la cerilla de la boca de un tirón.
Edward pareció quedarse desconcertado durante un segundo y luego sonrió.
-Lo siento.
Bella levantó las cejas.
—Te estaba diciendo que echaras un vistazo y lo comprobaras con tus propios ojos. —Edward Dijera el compartimiento con la cabeza—. La madre y el bebé, sanos y salvos.
Bella se volvió para echar un vistazo por encima de la puerta, él se le acercó por detrás y rodeó la cintura de la joven con sus fuertes brazos. Luego, puso una de sus grandes manos sobre su vientre hinchado y lo acarició suavemente con las yemas de los dedos. Durante un instante, la futura madre se puso tensa, turbada por el exceso de familiaridad. Pero luego sintió que la tensión desaparecía bajo las dulces caricias de sus manos. Eduardo. Se recostó contra él y cerró los ojos, imaginando que sintió toda su fuerza entrando en ella. Sintió los constantes y fuertes latidos de su corazón contra su hombro, un ritmo férreo y tranquilizador que curiosamente parecía estar en armonía con los latidos de su propio pulso.
En su boca se dibujó una sonrisa y, abriendo los ojos, dirigió la mirada hacia el cubículo. La yegua se encuentra en el centro del cercado. Sus ojos marrones acuosos se posaron con curiosidad sobre los dos humanos que han importunado su tranquilidad. Junto a ella, con las patas largas y desgarbadas abiertas para intentar mantener el equilibrio, estaba el potro. Con la cabeza debajo del vientre de su madre, mamaba con impaciencia. Tenía la pequeña cola alzada, y la hacía girar rápidamente en círculos pequeños.
Edward se inclinó hacia adelante para que ella pudiera verlo.
—¿Le ves la cola? Es la manivela de su bomba. Sube y baja cada vez que él mama. Bella se rio alegremente.
—Me alegro de que te guste. Antes de que termine el invierno, él ya parecerá parte de la familia. Nació fuera de temporada. La mayoría de los potros nacen en primavera, lo que les da tiempo de sobra para desarrollarse antes de que llegue el mal tiempo. Tendremos que mimar a este pequeñuelo.
Tras decir estas palabras, Edward agachó los hombros para apoyar la barbilla junto a la oreja de Bella. Ella sintió el ligero roce de sus patillas. El perfume de bergamota de la crema de afeitar que él usaba inundó sus sentidos.
De repente, como si le molestase el poco habitual peso de sus manos, el bebé se movió dentro de ella. No fue un movimiento ligero, como los que la joven solía sentir, sino más bien bastante fuerte. Se llevó un susto, y sentó el pecho de Edward sacudirse de la risa, sus profundas vibraciones recorrieron todo su cuerpo como rayos de sol. Reacomodando sus manos, él palpó dulcemente su dura redondez. El bebé se movió para intentar escapar de la molesta presión. Bella sintió que un ardiente rubor le subía por el cuello.
Edward debió de sentir en su mejilla el calor que invadía el rostro de la chica, pues se inclinó para mirarla a la cara con sus centelleantes ojos de color ámbar.
—No seas tímida, Bella, amor. Este es mi bebé. Y tú eres mía. Sentir la vida que crece dentro de ti es como tocar un milagro.
Bella cogió las manos a Edward y dejó que sus ojos se cerraran de nuevo. Por razones que ella no alcanzaba a comprender, se sintió sumamente bien entre sus brazos. Maravillosamente bien. No quería moverse, no quería que él jamás apartara sus manos de allí. Su bebé. La dulzura de estas palabras estuvo a punto de hacer que los ojos volvieran a llenársele de lágrimas, pero esta vez fueron lágrimas de alegría.
Permanecieron así durante largo tiempo: Bella recostada contra su cuerpo, y él holding su peso. La sensación que la invadió fue muy similar a aquella que se adueñaba de ella cuando contemplaba la salida del sol: sintió como si Dios le hubiera regalado una canción.
Cuando salieron de la caballeriza, los pensamientos de Edward estaban completamente centrados en la chica que andaba junto a él, al amparo de su brazo. No puso ninguna objeción cuando él le dijo que aquel bebé era suyo, que ella era suya. Había rogado a Dios por qué no tuviera ninguna objeción. Ya se había involucrado demasiado y le costaría mucho volverse atrás. Estaba locamente enamorado, y eso era irrevocable. Ella había llevado alegría a su vida, una alegría que superaba en mucho todos sus sueños; un dulce y maravilloso júbilo que le había hecho sentir que la existencia valía la pena. Ver el mundo a través de sus ojos le enseñó a apreciarlo de otra manera. Potrillos recién nacidos. Ratones en el ático. Bailes al compás de melodías silenciosas. El insuperable sabor de un té inexistente. Ella era niña y mujer a la vez, en un solo cuerpo,
Perderla en aquel momento ... La sola idea le causaba a Edward un profundo dolor, de modo que la apartó de su mente. Ella le pertenecía, a ojos de Dios y de los hombres. El bebé que estaba esperando era suyo. Nada podría cambiar eso. Él no lo permitiría, pues perderla, ahora que la había encontrado, sería como morir por dentro.
Hola... un nuevo capitulo... ¿Qué les parece la interacción de Edward con Bella?, que trauma para Bella enterarse de esa forma sobre los partos...
Disculpen si encuentran errores, FF no está guardando los cambios.
