Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 18
A la mañana siguiente, un convoy de mercancías llegó a Cullen Hall, y todas eran para Bella. Edward se sintió como un niño en Navidad mientras conducía a los hombres a su estudio, el cual a partir de aquel momento se convertiría también en salón de música.
Al ver el órgano, Esme alzó las cejas para manifestar sus reservas.
—Señor, ¿está usted seguro de que quiere que lleven ese ruidoso aparato a su estudio? ¿Cómo podrá usted concentrarse?
Edward tenía la intención de concentrarse mucho, pero no necesariamente en sus cuentas. Hacía ya varias semanas que había decidido que la mejor manera de cortejar a su esposa era con sonidos. No permitiría que pusieran sus señuelos en otra habitación.
—¿Dónde está Bella ahora? —Le preguntó a Esme.
—En la habitación de los niños. Dibujando, creo.
Edward sonrió. Estaba tan ansioso de mostrarle a su esposa todo lo que le había comprado, que fue corriendo al carromato para llevar él mismo uno de los cajones.
—Nosotros podemos llevarlo, señor Cullen —le aseguró uno de los hombres—. Es nuestro trabajo.
—No me molesta ayudarlos.
Edward llevó la caja a su estudio y la puso sobre el escritorio. Sacó una navaja del bolsillo, cortó la cinta y las cuerdas, y luego abrió la tapa. Audífonos. Casi con veneración, Edward sacó uno de la caja y sonrió a Esme.
—¡Los audífonos de Bella! Ahora podré empezar a darle clases.
—¿Va usted a jugar a hacer de profesor? Recuerde las notas que sacaba en el colegio. ¡Será todo un espectáculo!
—Le voy a enseñar el alfabeto mímico y la lengua de signos —declaró Edward—. Espera y verás. Seré un profesor estupendo. No quería empezar hasta que llegaran estos aparatos. —Levantó una trompetilla—. Con un poco de suerte, Esme, podrá oír con estos artilugios. A lo mejor no con la mayor claridad, pero todo puede ayudar.
Esme se dirigió al escritorio y sacó de la caja un audífono de tamaño mediano. Tras quitarle el papel, introdujo el aparato en su oído. Edward se inclinó hacia adelante y dijo «hola» en el otro extremo. Ella se asustó, alejó el aparato de su cabeza bruscamente y gritó.
—¡Válgame Dios!
Edward se rio y le arrebató la trompetilla. Se la llevó al oído.
—Di algo.
—¡Me ha roto usted el tímpano! Oferta Esme casi a gritos.
—¡Por Dios! —Edward se frotó un lado de la cabeza con una mano y miró el audífono con renovado respeto—. Es asombroso. Completamente asombroso.
Una vez que los repartidores se hubieron marchado, Edward pasó cerca de media hora organizando todos los instrumentos de Bella en la habitación. Se abstuvo de intentar tocar alguno de ellos, pues temía que ella pudiera oír los sonidos y fuera al estudio antes de que él hubiera terminado de prepararlo todo.
Finalmente llegó el momento de la entrega de los regalos. Tan emocionado por ver su cara que apenas podía soportar la espera, Edward se sentó al órgano. Tras respirar hondo y rezar, probó los pedales. Acto seguido, empezó a tocar. Bueno, no precisamente a tocar, pues no tenía ni la menor idea de cómo hacer música con aquel condenado aparato. Pero el sonido que salía de él era maravilloso. Unos pocos minutos después, la puerta de su estudio se abrió con gran estrépito, y Bella entró con las manos cruzadas sobre su hinchado vientre y los ojos como platos.
Edward siguió llenando la habitación de sonidos, sonriendo a Bella por encima de su hombro. Como si estuviera hipnotizada, ella se dirigió hacia él con los ojos clavados en el órgano. Cuando finalmente estuvo cerca, alargó una mano para tocar la brillante madera de un modo casi reverencial. Luego, se acercó aún más, acariciando la superficie del órgano con las dos manos. La expresión de su rostro hizo que valiera la pena cada céntimo gastado en él. Felicidad, eso era lo que reflejaba su rostro. Sin despegar las manos de la madera, la muchacha cerró los ojos. Su embelesada sonrisa era tan dulce que él sintió un profundo dolor en el corazón.
Edward dejó de tocar, la cogió de la mano e hizo que se sentara en el banco.
—Ahora tócalo tú.
Ella cruzó las manos de nuevo y las apretó contra su canesú, como si tuviese miedo de tocar las teclas. Edward la cogió con fuerza de las muñecas, la obligó a bajar los brazos y llevó sus rígidos dedos a las piezas de marfil. Después de atraer su atención, insistió.
—Es tuyo, Bella. Lo he comprado para ti.
La joven le lanzó una mirada de incredulidad. Luego, volvió a mirar fijamente el órgano. Riéndose, Edward le enseñó cómo hacer funcionar el aparato. Unos pocos segundos después, estaba tocando a todo volumen, y él casi tuvo que salir de la habitación. Se quedó observándola. Comprendió que, entre todas las cosas que hubiera podido darle, la idea de los instrumentos musicales había sido una especie de inspiración divina.
Para Bella, el órgano era un sueño hecho realidad. Esto parecía lo justo, pues desde que la conoció, ella también había hecho que algunos sueños se hicieran realidad para él. Sueños imposibles. Encontrar a un ángel y casarse con él. Querer a alguien más que a sí mismo. Tener una verdadera razón para vivir.
Bella se quedó en el estudio hasta la hora de cenar. Aquella vez no lo hizo porque él insistiera, sino porque nada en el mundo habría podido sacarla de allí. Del órgano pasó a los cascabeles, y luego a otros instrumentos. La casa se llenó de ruidos. Ruidos más bien ensordecedores, horrorosos, pero había un hecho que los hacía hermosos para Edward: que Bella podía oír algunos acordes. No le importaba que ella sólo aprendió rápidamente cómo tocar las notas que podía oír mejor y las repitiera una y otra vez, una y otra vez. Se estaba divirtiendo como nunca.
A la hora de la cena, Edward logró hacer que dejara de tocar el tiempo suficiente para comer. Cuando empezaron con el primer plato, Esme entró con una tetera, que puso en el centro de la mesa con un fuerte golpe. Edward le lanzó una mirada inquisidora.
—¿Pasa algo, Esme?
—¿Cómo?
Edward repitió la pregunta.
Esme ladeó la cabeza.
—¿Qué está usted diciendo?
Persuadido de que ella estaba sarcástica debido al ruido que Bella les brindaba, Edward se recostó en su silla mirándola a los ojos.
—Esto no me parece gracioso, Esme.
Con una expresión de contrariedad en el rostro, el ama de llaves se metió un dedo en el oído, hurgó durante un momento y sacó un pedazo de algodón.
—Lo siento, señor. No he oído lo que ha dicho.
Edward se quedó mirando fijamente a la mujer durante un rato, luego echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Bella, atracándose afanosamente de comida para terminar la cena y regresar al estudio cuanto antes, no alzó la vista en ningún momento.
A la mañana siguiente, en cuanto se levantó de la cama, Edward pensó que ya era hora de empezar a darle clases a su esposa. Sin embargo, en el instante mismo en que intentó obrar en consecuencia con esta decisión, se encontró frente a una joven muy desdichada. Bella, fascinada con todos aquellos cacharros productores de ruido que él le había regalado, no quería hacer otra cosa que no podía jugar con ellos. Cuando Edward la llevó a su escritorio y la hizo sentarse en su silla, ella adoptó una expresión de rebeldía e hizo un mohín. Mohín inconfundible. Edward comprendió que su ángel se estaba volviendo algo mimada.
Acercó una silla, se sentó junto a ella y alargó la mano para coger las publicaciones que el doctor Muir le había conseguido: Un léxico de signos mudos, de James S. Brown, y El lenguaje de señas de los indios , de WP Clark. El segundo, para gran regocijo de Edward, tenía alrededor de mil entradas descritas verbalmente, y relacionaba cada una de ellas con su equivalente en la lengua de signos norteamericana. De esta manera, el libro se convertía en un diccionario, tanto de las señas indias como de las estadounidenses. Además de esas publicaciones, había dos copias en papel carbón de unos folletos recopilados especialmente para Edward por una mujer que vivía en Albany y trabajaba con sordos en un centro especializado.
—El trabajo va antes que el juego —le dijo a su esposa con voz firme—. Ya es hora de que empieces a llenar esa preciosa cabecita tuya con algunos conocimientos, cariño.
Abrió uno de los libros y comenzó a hojear las páginas para encontrar el alfabeto dactilológico. Cuando volvió a alzar la vista, Bella había cogido un audífono dé su escritorio y estaba soplando con todas sus fuerzas. Edward se quedó mirándola durante un momento con una sonrisa indulgente. Luego, le quitó el aparato de las manos y metió uno de los extremos del artefacto en su oído. Alzando su mano derecha, con los dedos doblados sobre su palma y el pulgar extendido sobre ellos, él se inclinó hacia adelante y gritó en el otro extremo del audífono:
" UNA "
Bella se sobresaltó como si la hubiera pinchado con un alfiler y, de un tirón, sacó la trompetilla de su oído para mirarlo fijamente. Tras unos instantes, volvió a metérselo en el oído con una expresión expectante en el rostro. Edward comprendió que ella pensaba que el audífono había hecho el ruido por sí mismo.
—No, no, Bella, cariño. He sido yo. —Eufórico porque ella parecía haberle oído, Edward se cercioró de que la joven mantuviera el artefacto en su oreja mientras él se usaba solemnemente a la boca el otro extremo—. He sido yo, Bella —gritó él.
La muchacha se sobresaltó de nuevo. Pero esta vez no se sacó el audífono del oído. En lugar de ello, cogió a Edward del pelo y metió la parte inferior de su cara en la campana. Edward comenzó a reír tan fuerte que, de haberlo querido, no habría podido pronunciar palabra. Cuando su alborozo decayó, la miró a los ojos por encima de la campana del audífono. En aquel instante lo abandonaron todas las ganas de reír. Los ojos de Bella reflejaban los sentimientos más intensos que él había visto en toda su vida. Esperanza contenida. Incredulidad. Alegría recelosa. Sintió una opresión en el pecho. Echando la cabeza hacia atrás para que ella pudiera ver su boca al hablar, se declaró a voz en grito:
-Te amo.
Ella se quedó mirándolo durante un momento. Sus ojos azules se le llenaron de lágrimas, que lanzaban destellos como si fueran diamantes. Luego, para gran consternación de Edward, las lágrimas pasaron a sus pestañas y empezaron a correr por las mejillas en forma de gotas brillantes. Mientras la observaba, le pareció que toda su cara se echaba a temblar: primero la boca, luego la barbilla y por último los pequeños músculos situados debajo de sus ojos. Edward se apartó del audífono.
—No llores, cariño. Pensé que esto te haría feliz.
La trompetilla voló por los aires cuando ella se lanzó a sus brazos. Conmocionado por su reacción, Edward le apretó la espalda con una mano y con la otra le acarició el pelo. Sintió su cuerpo sacudirse a causa de los sollozos. Luego, como si se le estuviese partiendo el corazón, ella apartó sus brazos con dificultad y salió corriendo del estudio.
Preocupado, Edward la siguió a su habitación, sólo para descubrir que ella había vuelto a cerrar la puerta poniendo una silla bajo el pomo, a manera de cuña. Y, en aquella ocasión, hiciese lo que hiciese para intentar convencerla, no la abriría.
Bella se sentó en el centro de la cama, meciéndose hacia adelante y hacia atrás con las manos sobre el rostro. Conteniendo inútilmente la respiración para sofocar los sollozos, lloraba desconsoladamente. Él la amaba. Ya se lo había dicho hacía dos noches. Pero hasta hacía apenas unos instantes, cuando lo miró a los ojos mientras decía estas palabras, no había pensado en las consecuencias que debería un sentimiento semejante: no para ella, sino para él.
Él la amaba. Al ver la expresión de su rostro al decir estas palabras ... ¡Ay, Dios! Bella se atragantó con su propia saliva al recordar la sensación de impotencia que la invadió cuando no pudo responderle.
Una persona a medias, eso era ella. Una sorda. Nada de lo que él hiciera, nada de lo que le diera podría cambiar eso. Nada. Las personas normales la oferta rechazado toda la vida. Era una marginada de la sociedad allí donde fue. Una persona que no podía hacer amigos ni ir a la iglesia, ya quien también le prohibían acercarse al pueblo. Aunque en realidad no quería hacer ninguna de estas cosas, pues hacerlas sólo le traía dolor. No era divertido en absoluto que las demás personas la miraran boquiabiertas o la martirizaran, ni tampoco que hablasen de ella en susurros, pensando que no sabía qué estaban diciendo. Ella lo sabía perfectamente, pues, aunque hablaran en voz muy baja, ella podía leerles los labios. Allí está la tal Bella Swan, la idiota. Pobrecita. Bella, la idiota. Bella, la idiota.
¿Sería éste el regalo que le daría a Edward? ¿Nada más que dolor? ¿Era lo que ella quería aportarle a su vida? Para evitar que le hicieran daño, ella se había contentado con apartarse de la gente, se había conformado con vivir la vida a medias. Había entendido desde hacía ya muchos años que una vida a medias era todo lo que podía esperar. Pero Edward podía tener mucho más. Los ojos de Bella volvieron a llenarse de lágrimas, prendiendo fuego al fondo de su garganta. Edward era un hombre maravilloso. No sólo era apuesto, sino también dulce y amable. Podría tener a cualquier mujer que quisiera. Bella estaba segura de que a todas las damas bonitas del pueblo les encantaría estar en su lugar, ser la única destinataria de toda su atención. ¿Por qué tendría que conformarse con una mujer sorda?
No sólo con una mujer sorda, sino que además no podía decirle siquiera que lo amaba.
Bella sabía lo que pasaría si permitió que aquella situación continuara. En poco tiempo la gente empezaría a rechazar a Edward, no porque hubiera hecho algo, sino porque se había relacionado con ella. Antes de que se diera cuenta, se quedaría sin amigos. Nadie lo invitaría a su casa. Y nadie querría ir a visitarlo mientras ella viviera allí. Bella, la idiota. Para lo único que servía, para lo único que serviría siempre, era para que las demás personas tuvieran algo que mirar.
Bella nunca había conocido a nadie como Edward. Desde que llegó a Cullen Hall, él le había cambiado la vida. Nunca había querido a nadie como a él. No podría soportar ver que empezaban a pasarle cosas malas por su culpa. Él tenía que enamorarse de otra persona. De alguien que pudiera hacerlo feliz, y no al revés.
Tras tomar esta decisión, Bella lloró hasta quedar completamente agotada y sin más lágrimas que derramar. Luego, reflexionó acerca de cuál sería la mejor manera de comunicarle a Edward sus sentimientos. Él aún no era lo suficientemente bueno leyendo los labios como para que ella le contase todo eso, y tratar de representar que quería decirle sería imposible. Mientras reflexionaba sobre este problema, recordó de repente la noche en que él le había hecho un dibujo para decirle que estaba esperando un bebé.
Edward andaba de un lado para otro del pasillo. Subía y bajaba las escaleras. Iba a la habitación de los niños. Luego volvía sobre sus pasos. Una y otra vez. Y vuelta a empezar. Poco tiempo después, perdió la cuenta de cuántas veces había subido las escaleras. Algo terrible estaba pasando. Lo había visto en los ojos de Bella. Pero no alcanzaba a imaginar de qué se trataba. Había creído que los audífonos la harían absolutamente feliz. Pero, en lugar de esto, se había puesto a llorar. ¿Por qué? A pesar de darle vueltas al asunto una y otra vez, no pudo encontrar una respuesta.
Cuando finalmente oyó el revelador chirrido de los goznes de una puerta, se pudo subiendo las escaleras. Aquélla debía de ser la milésima vez que lo hacía. El leve sonido de la puerta abriéndose hizo que subiera volando el resto de los escalones. Tras correr a lo largo del pasillo, se detuvo frente a su puerta. Bella estaba dentro de la habitación, con su pequeña mano aferrada al pomo de la puerta y el rostro tan blanco como la leche. Por la mancha roja que se veía alrededor de sus ojos, supo que la muchacha había estado llorando.
Ella dio un paso hacia atrás y con un gesto le indicó que entrara. Edward tuvo un mal presentimiento. Bella esquivó su mirada mientras él entraba en la habitación. Luego, con un resuelto ruidito seco, cerró la puerta. Sin mirarlo, se dirigió rápidamente a la mesa, donde cogió una hoja de papel y se la ofreció.
—¿Qué es esto? —Edward salvó la distancia que los separaba y cogió el papel con mano tensa. Después de estudiar el dibujo que ella había hecho, se pronunció—. Bella, esto es extraordinario. Tienes mucho talento.
Había hecho sus retratos, y su atención al detalle era increíble. Salvo en el trabajo de los artistas profesionales, Edward nunca había visto tal dominio de la técnica. Le había dado vida al dibujo sólo con el carboncillo y el papel. Sonrió ligeramente al advertir la expresión que ella había captado en su rostro. ¿Sería cierto que él la miraba de aquella manera? ¿Con una sonrisa desenfadada y un destello lascivo en los ojos? Supuso que debía ser así, y no le quedó más remedio que maravillarse de que ella no le hubiera dado un par de bofetadas por tal afrenta. Aunque la verdad era que Bella no reconocería la lascivia, aunque la tuviera frente a sus narices.
Su mirada se posó en la imagen de Bella, y le pareció que ésta no se ajustaba del todo a la realidad. Después de estudiar atentamente el retrato, comprendió que ella probablemente se había reproducido a sí misma en el papel de una manera muy similar a como se veía en el espejo: adusta, sin indicio alguno de la inocente dulzura ni de las expresiones cándidas que le robaron el corazón. Los ojos no reflejaban ningún sentimiento ni mostraban brillo alguno. No había hoyuelos en sus mejillas. Era Bella, pero sin su luminoso resplandor. Aunque no dejaba de ser hermosa, era sólo un rostro sin alma.
Le pareció que había algo más que no estaba del todo bien. Que hacía falta algo más. Pero durante unos instantes no pudo saber con exactitud de qué se trataba. Después de estudiar el dibujo un rato, Edward finalmente advirtió cuál era el error y, con el corazón en la garganta, alzó la vista para mirarla.
Bella se había dibujado sin orejas.
Un poco tembloroso, Edward dejó el dibujo sobre la mesa. Estaba a punto de hablar, pero ella rápidamente cogió otro y se lo puso en las manos. El hombre bajó la vista y vio otro dibujo perfectamente ejecutado del rostro de Bella; pero a éste, además de las orejas, también le faltaba la boca.
Edward quiso romper el dibujo en pedacitos y decirle que no fuera ridícula. Pero la expresión de dolor que vio en sus ojos se lo impidió. Estaba claro que era un asunto muy serio para ella y, a juzgar por la fuerza con la que apretaba la boca, el hecho de atraer la atención hacia lo que obviamente consideraba sus ineptitudes le resultaba muy doloroso. Sumamente doloroso.
Dejando caer el dibujo, Edward se sentó en una de las sillas. Se dio palmaditas en una rodilla para llamarla.
—Ven aquí, cariño.
Ella cruzó los brazos bajo los pechos y negó con la cabeza. Su obstinada resistencia la hizo parecer más adorable que cualquier otra cosa. Edward no pudo menos que advertir que la posición de sus brazos delgados realzaba ciertas partes de su anatomía. La modista, siguiendo sus explícitas instrucciones, había hecho los escotes de los vestidos ligeramente pronunciados. Nada indecente, sólo lo bastante pronunciado como para permitirle lucir de una manera encantadora sus atributos femeninos, los cuales se han hecho más generosos debido a su avanzado embarazo. Al modo de ver de Edward, si le prohibían comer, se merecía por lo menos que de vez en cuando le permitieran echarle un vistazo a la carta.
Volvió a darse palmaditas en la rodilla.
—Ven, cariño. Sólo quiero hablar contigo. —Sin lugar a dudas, ésta era la mayor falsedad que había dicho en su vida.
Ella negó con la cabeza y dijo articulando para que él le leyera los labios:
- Quiero irme a casa.
La práctica cotidiana había hecho que las aptitudes de Edward para leer los labios hubieran mejorado bastante; lo suficiente para, con gran esfuerzo, entender frases sencillas.
—¿Una casa? ¿Quieres decir a casa de tus padres?
- Sí.
Él sólo tenía una respuesta para esto.
-No.
Inclinándose hacia adelante, Edward la cogió de las muñecas y la atrajo hacia él. Haciendo caso omiso de sus protestas, lo cual no era muy difícil, pues no podía expresarlas en voz alta, tiró de ella para que se sentara sobre sus rodillas y la rodeó con el brazo.
—Ésta es tu casa ahora. Es aquí donde debes estar, a mi lado.
Ella apartó la mirada de sus labios y miró resueltamente la ventana. Comprendiendo enseguida cuál era su juego, él tiró dulcemente de uno de los rizos que caían sobre su sien. Al ver que ella se empeñaba en no mirarlo, las comisuras de su boca se torcieron. Cogiéndola de la barbilla, la obligó a volver la cabeza hacia él.
—Bella, a mí no me importa que seas sorda. Eres muy guapa, cariñosa y divertida. Estar junto a ti me hace tan feliz como no lo he sido en mucho ... —Edward vio que ella estaba mirando fijamente su nariz. Él se rio muy a su pesar—. Qué picara eres. De modo que piensas ignorarme, ¿no es verdad?
Logró atraer su atención pellizcándole la punta de la nariz.
—Te amo —susurró con voz ronca—. Si te vas, Bella, me partirás el corazón. ¿Es eso lo que quieres, causarme tristeza?
Sombras de dolor se asomaron a sus preciosos ojos. Llevando su pequeña mano a la mandíbula de Edward, habló, modulando los labios muy despacio.
- Quiero que seas feliz. No podrás serlo con alguien como yo. Debes encontrar a una mujer que pueda oír y hablar.
A Edward le costó darle sentido a las pocas palabras que había podido entender. Este esfuerzo le hizo apreciar la inteligencia de Bella. Muchas de las posiciones de la boca que formaban determinados sonidos eran muy similares a aquellas que formaban otros. No obstante, Bella lograba leer los labios con sorprendente destreza. Él sabía que, para lograrlo, ella no sólo tenía que seguirle el ritmo a la persona que hablaba, sino que además muchas veces tenía que adivinar para lograr entender las palabras confusas.
—Ninguna otra mujer puede hacerme feliz. —Finalmente había logrado entender lo que ella había dicho—. Sólo tú, Bella. ¿Entiendes? No puedes dejarme. Si lo haces, nunca más volveré a ser feliz.
- No puedo oír. No puedo hablar. La gente piensa que soy idiota, y me odian. Si me quedo contigo, también te odiarán a ti. —Hizo un gesto de frustración con las manos—. Quiero que seas feliz. Déjame ir a casa.
Edward pudo interpretar con facilidad las últimas cuatro palabras.
-¡No! Nunca. Si te vas, Bella, cariño, yo me voy contigo. No hay más que hablar.
Un destello húmedo apareció en los ojos luminosos de Bella. Ella lo miró fijamente durante unos interminables segundos, antes de que una sonrisa empezara a asomarse a las comisuras de sus labios.
- Tú eres el idiota, no yo.
Tras descifrar con dificultad esta frase, Edward sonrió.
—Sí, soy un idiota. Un gran zoquete sin sentido común. Creo que tendrás que quedarte aquí para cuidarme.
Ella puso los ojos en blanco, a todas luces exasperada con su lógica. O quizás con su falta de lógica.
- No puedo quedarme aquí.
Él tenía otras ideas y, deslizando una mano alrededor de su nuca, obró en consecuencia con ellas. Las palabras no eran la única manera en que un hombre y una mujer podía comunicarse, y él estaba resuelto a enseñarle esta lección en aquel preciso instante. ¿Que no tenía boca? La joven tenía una boca que haría que muchos hombres se mataran por ella.
Sospechando que tal vez se resistiera a sus besos, Edward le sujetó con fuerza la espalda, preparado para controlarla hasta que empezara a relajarse. Pero, para su sorpresa, maravillosa sorpresa, la mujer accedió. Permitió que él le abriera los labios y metiera su lengua en los húmedos recovecos de su boca.
Dios santo. Edward enseguida entró en éxtasis. Nunca un beso había sido tan maravillosamente dulce. Ella se entregó a él como una flor a la luz del sol, abriéndose, buscándolo, tan suave y delicadamente fragante que él se sintió embriagado. Su corazón se puso a latir con fuerza imparable. Empezó a respirar de forma entrecortada. Apretándola firmemente con el brazo, deslizó sus labios desde la boca hasta el cuello de su amada. La deseaba. Como brasas avivadas de repente para propagar el fuego, la pasión que había reprimido sin misericordia durante las últimas semanas se incendió dentro de él.
Al sentir los labios de Edward rozando su cuello, Bella echó la cabeza hacia atrás y gimió débilmente, apoyada en su pecho. El hombre llevó la mano que tenía libre al canesú de su vestido. La tentadora blandura de uno de los senos llenó la palma de su mano. Evidentemente excitada, ella comenzó a respirar de manera ruidosa y acelerada, emitiendo ruidos que evocaban a los gemidos. Lo que faltaba para enloquecer a Edward. De manera estudiada, rozó con un dedo la punta de su pecho, deleitándose con el inmediato endurecimiento de su pezón. Pero había demasiadas capas de ropa. El ardía en deseos de sentir la sedosa calidez de su piel.
Los botones de su canesú eran demasiado pequeños. Torpemente, Edward intentó desabrocharlos, logrando soltar uno, luego dos, pero su prisa era cada vez mayor. En el fondo de su mente, seguía esperando que Bella empezara a oponer resistencia, y estaba dispuesto a detenerse si lo hacía. Pero en lugar de esto, ella metió sus pequeñas manos en el pelo de él. Su respiración era aún tan rápida e irregular como la de Edward. Finalmente, él logró soltar el último botón. Con gran cuidado, y los sentidos electrizados por la excitación, abrió la prenda y se encontró con ... una camisa interior.
—¡Mierda!
Él se echó hacia atrás para examinar la prenda, plenamente consciente de los ojos azules de Bella, grandes y febriles, clavados sobre su rostro. Alegrándose al descubrir que su camisa interior tenía un escote fruncido con un cordón en el lugar de los detestables botones, cogió la cinta y tiró de ella bruscamente. En lugar de soltarse, las hebras de satén se hicieron un nudo. Edward apretó los dientes para no soltar otra palabrota. Sabía, incluso mientras empezaba a desenredar el cordón, que Bella podría recobrar la razón si se retrasaba y dejarse llevar por el pánico antes de que él siquiera pudiese desnudar sus pechos.
Edward respiró hondo, intentó sonreír tranquilizadoramente y se echó un poco más hacia atrás para ver mejor. Luego, arremetió contra el cordón, sintiéndose tan frustrado que necesitó toda su compostura para no arrancarle la camisa interior. Sonríe. Después de todo, no era más que un nudo, se dijo. Sintió que su frente empezaba a cubrirse de gotas de sudor. Un puñetero nudo rebelde. Apenas podía creer su mala suerte. La mujer más hermosa que había visto en toda su vida estaba sentada en sus rodillas, no sólo deseando que le quitara la ropa, sino también esperando con paciencia a que lo hiciera, y él, hombre hecho y derecho, estaba luchando torpemente con una cinta , ¡Como un imbécil redomado!
Edward alzó la vista para descubrir que Bella le miraba las manos, con sus preciosos ojos llenos de perpleja curiosidad y con la boca fruncida. No parecía tener miedo en absoluto, y él estaba muy agradecido por ello. Por otro lado, no estaba seguro de que ella tuviera la menor idea de lo que él quería hacer. No sabía cómo la había agredido Anthony, pero era evidente que no le había tocado siquiera el torso. Por lo menos parecía que Bella no había sufrido trauma alguno que impidiera que la tocaran en esa parte de su cuerpo.
Finalmente pudo soltar el nudo y sintió una remota sensación de culpa. Pero la ahuyentó. Bella estaba sorda, no muerta de las cejas hacia abajo. Y, con veinte años, ya no era una niña. Además, era su esposa. Otro hombre, dadas las oportunidades que Edward había tenido, habría consumado el matrimonio mucho antes. Por otra parte, ella no estaba oponiendo resistencia alguna. Tampoco parecía asustada. Sólo manifestaba curiosidad por saber qué podía haber de fascinante para él debajo de su camisa interior.
Y Edward estaba dispuesto a satisfacer su curiosidad.
El corazón, como una máquina de trillar, golpeaba con fuerza dentro de su pecho mientras soltaba el fruncido cordón del escote de la camisa interior. La tela blanca cayó para dejar ver los senos. Eran globos tan blancos como la leche, con hinchadas cumbres de color rosa. De forma reverencial, Edward rozó su piel con la yema de los dedos. Estaba caliente y sedosa, tal y como había imaginado. Siguió acariciándola suavemente hasta llegar a uno de los pezones. Vio hincharse la fascinante aureola. Bella se sobresaltó cuando él apresó la sensible protuberancia entre sus dedos pulgar e índice. Su mirada asustada enseguida buscó la del hombre. Mientras él acariciaba su piel dulcemente, ella agarró con fuerza el pelo de Edward, y sus ojos se oscurecieron hasta adquirir un tono azul tempestuoso. Al mismo tiempo,
Inclinando la cabeza, Edward azotó con su lengua el otro pezón. Ella dejó escapar un gritito ahogado y arqueó la espalda para entregarse más a él. Su repentino deseo le habló en un lenguaje tan antiguo como la propia naturaleza. A Edward le alegraba —no, le hacía feliz — poder satisfacer sus necesidades. De hecho, no podía creer del todo que ella se le había entregado con tal facilidad y que estuviese reaccionando de aquella manera, acercando todo su cuerpo hacia él, deseosa de sus caricias y de las atenciones de su boca.
Cuidando de no hacer daño, pues supuso que estaban muy sensibles, mordisqueó los hinchados capullos de los pezones. Cuando vio que se dilataban y se endurecían los apresó entre sus dientes, y luego empezó a excitarlos despiadadamente con la lengua. Sabía exactamente con cuánta fuerza debía mordisquear aquellas sensibles puntas de endurecida, con cuánta fuerza tenía que chuparlas para hacer que ella perdiera la razón. Frotaba uno y otro con rápidos e incesantes movimientos de su lengua, haciéndola hincharse hasta palpitar al ritmo de los latidos de su corazón. Entonces, y sólo entonces, le dio el golpe mortal a sus sentidos, tirando de uno de los pezones con los dientes.
Al sentir el primer tirón, Bella soltó un chillido. No un gimoteo suave. Un impresionante y ensordecedor chillido. Desprevenido, Edward se sorprendió tanto que se echó hacia atrás de repente y estuvo a punto de tirarla al suelo. Ella tuvo que agarrarse a sus orejas para no caer.
—¡Calla, Bella!
Ella tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, de manera que no podía verlo hablar.
—Bella, sin quejas. —Edward lanzó una mirada a la puerta, que no estaba cerrada con llave. A todas luces frustradas, la mujer le retorció las orejas y arqueó su cuerpo hacia arriba, ofreciéndole de nuevo el pecho de manera resuelta—. Esme irrumpirá en la habitación y con toda seguridad ...
Su pezón rozó los labios de Edward. Ante este contacto, ella gimió con arrollador deseo y, tirándole de las orejas, le hizo inclinar la cabeza.
—¡Ahhh! —Aulló la excitada joven.
—¡Por Dios!
Con movimientos fluidos, Edward la levantó de la silla, la acostó de espaldas sobre la mesa, haciendo volar por los aires el papel y el carboncillo, y le tapó la boca con una mano. Y entonces le dio lo que ella quería. Era la primera vez en su vida que se reía mientras se llevaba a la boca el pezón de una mujer.
Al sentir el primer roce de la lengua de Edward, Bella soltó un chillido dentro de la palma de su mano y volvió a retorcerle las orejas. Edward decidió que podría soportar el castigo. En todo caso, después de unos pocos segundos ni siquiera podía ya sentirlas.
Bella era como un milagro abriéndose en sus brazos. Tan increíblemente dulce, tan absolutamente cándida. Conociendo bien a las mujeres y las diversas maneras de complacerlas, Edward sabía exactamente dónde y cómo tocarla, y ella respondía a cada nueva sensación con ávido deseo y entera confianza.
Cuando ella estaba jadeando y temblando de excitación, él metió la mano que tenía libre bajo su falda. Se imaginaba su objetivo, el vértice de los muslos, mientras buscaba a tientas la hendidura dentro de sus calzones. Se sintió tan ansioso de recorrer con las yemas de los dedos su cálida humedad, que estaba a punto de perder la razón. Tanto era así que tardó varios segundos en darse cuenta de que Bella se había puesto rígida y empujaba sus hombros con fuerza. Él se echó hacia atrás y clavó sus ojos enloquecidos de pasión en los de ella, llenos de miedo.
La miró a los ojos y cayó en la cuenta de la causa de su reacción. Se quedó paralizado y respiró hondo para tratar de controlarse. Luego, con gran renuencia, sacó la mano de debajo de la falda. Parecía que después de todo el fantasma de Anthony sí los perseguiría.
—Tranquila, cariño. —Edward se apoyó en un codo, recostó la cadera contra la mesa e inclinó la cabeza para besar su boca hinchada—. No tengas miedo. No te haré daño.
La tensión desapareció lentamente de su cuerpo. El miedo se esfumó de sus ojos. Acostada sobre aquella mesa, con sus preciosos pechos desnudos ya muy poca distancia de los labios de Edward, ella lo tentaba de una forma en que ninguna mujer lo había hecho nunca, y se felicitó por su dominio de sí mismo, casi propio de un santo . Recordando que aquella picarilla había estado a punto de arrancarle las orejas, esbozó una sutil sonrisa de satisfacción, seguro de que llegaría el momento, y pronto, en que ella le dejaría hacer el amor sin poner ninguna traba. Todo lo que se necesita era paciencia y que llegaran otras oportunidades para excitarla.
Él quiso levantarse. Al advertir este movimiento, Bella agarró la pechera de su camisa y se resistió con fuerza. Edward levantó las cejas.
—¿Qué quieres, amor?
Ella susurró algo en silencio, pero, en el febril estado de pasión insatisfecha en el que él se encontró, tuvo dificultades para concentrarse en los movimientos de los labios.
-¿What?
Los ojos de Bella se oscurecieron hasta adquirir un tono turbio azul grisáceo. Luego, acarició sus propios pezones con las yemas de los dedos y le sonrió enseñando los hoyuelos de sus mejillas. Edward les lanzó una mirada a sus pechos. Mientras la miraba excitar sus propios pezones hasta ponerlos erectos, sintió que cierta parte de su cuerpo también experimentaba una dolorosa erección.
—No, Bella oferta él con voz ronca.
Ella tiró con vehemencia de su camisa.
—No puedo —insistió con una risa entrecortada—. No sabes lo que me estás pidiendo.
Ella hizo un mohín con la boca y rodeó su cuello con los brazos.
- Por favor.
Cogiéndola un poco más arriba de los codos, Edward la obligó a sentarse, fingiendo que no entendía. Era mentira, por supuesto. Pero a su modo de ver, todo pecado era relativo, y era preferible que le mintiera por omisión a correr el riesgo de excitarse tanto que perdiese el control. Sería imperdonable hacer que ella se someiera a su voluntad, y podría causar un daño irreparable. Bella apenas estaba empezando a confiar en él.
Con manos trémulas, Edward intentó coger las cintas de su camisa interior, lo cual no fue una tarea fácil, pues Bella trató de impedírselo con sus delgados dedos. Él bajó la vista para ver lo que ella estaba haciendo y estuvo a punto de soltar un gruñido cuando se dio cuenta de que se estaba pellizcando suavemente, de nuevo, los hinchados picos de sus pechos. Volviendo a dirigir la mirada hacia su rostro, el trabajo atentamente y la vio tensa de deseo, con los párpados entornados a causa de su apremiante necesidad.
—¡Dios!
La cogió de las muñecas y le apartó las manos de los pechos. Concluyó que era evidente que había abierto la caja de Pandora, y emprendió la tarea de volver a guardar sus tesoros donde los había encontrado. Mientras anudaba el cordón de su camisa interior y le hacía un lazo, suspiró con resignación.
—Te ha gustado, ¿verdad?
Ella esbozó una sonrisa angelical y asintió con la cabeza. Edward le cerró el canesú y empezó a abrocharle los botones como si su vida pendiera de un hilo.
—Bueno, pues tendremos que hacerlo de nuevo un día de estos. —Hablaba con voz inusualmente nerviosa. Ella asintió de nuevo. Él sonrió y la miró a los ojos mientras abrochaba el último botón—. La próxima vez no me pidas que pare y te enseñaré lo placenteras que pueden ser las demás cosas.
Un gesto de preocupación se dibujó en su frente, haciendo que las delicadas cejas se juntaran. Edward se inclinó para hacer desaparecer sus arrugas con un beso. Cuando se enderezó, rozó el labio inferior de ella con los nudillos.
—Créeme, Bella. Si no me hubieses detenido, te habría hecho cosas que te parecerían cien veces más agradables. —Al ver que ella no parecía estar muy convencida de esto, insistió—. A lo mejor incluso mil veces más placenteras. —Ella parecía seguir teniendo reservas. Su esposo la ejecución durante largo tiempo y luego volvió a hablar con voz suave—. No puedes contar nada.
Ella susurró.
- ¡Sí puedo! —Enseguida alzó una mano cerrada y empezó a abrir sus dedos, de uno en uno—. Uno, dos, tres.
Edward la detuvo, riéndose a pesar de no ser esta su intención.
-All Right. Me ha convencido. ¿Hasta qué número puedes contar?
- Hasta cuarenta —le dijo con orgullo—. Sin errores.
—¿Hasta cuarenta? ¿Tanto? —Reflexionó por un momento. Luego, resuelto a explicarle las cosas en términos que ella pudiera entender, siguió—. Lo que acabamos de hacer fue ... —Alzó un dedo—: Una sensación placentera. Pero lo que pudimos haber hecho ... —Alzó los diez dedos. Luego, los abrió y los cerró tres veces seguidas—. Lo que pudimos haber hecho si tú no me hubieras mandado parar, habría sido como cuarenta sensaciones placenteras.
Ella entrecerró los ojos con recelo.
—De verdad. Muchísimas sensaciones placenteras. —Apoyando las manos sobre la mesa a ambos lados de Bella, él acercó la cara al rostro de la joven—. Y déjame decirte, mi amor, que, si alguna vez quieres más de eso, yo te complaceré a cualquier hora y en cualquier lugar.
Ella arrugó la nariz, lo que hizo que él se echara a reír de nuevo. Luego, la cogió delicadamente de la barbilla y la hizo alzar la cabeza.
—En cuanto a volver a casa de tus padres, será mejor que lo olvides. Te amo, Bella. No me importa que no puedas oír. No me importa nada. ¿Entiendes? Y, además, te enseñaré a hablar.
A ella pareció inquietarle esta declaración.
—Entretanto —susurró él—, tienes una boca preciosa, y se me ocurre muchas cosas para las que podrían servir, además de hablar.
Tras decir estas palabras, posó sus labios sobre los de ella para reforzar el efecto de ese argumento.
Waooo... si que avanzó esta vez rápido... Bella feliz con sus regalos y ya comprendió la magnitud del sentimiento de Edward.
