Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.


CAPÍTULO 19

A lo largo de las siguientes semanas, la palabra cortejo adquirió un nuevo significado para Edward. En lugar de conquistar a Bella con palabras de amor dichas en susurros, hacía, por llamarlo de alguna manera. En vez de escribirle poemas románticos, le dibujaba letras y hacía un gran esfuerzo para intentar enseñarle el alfabeto de signos. En lugar de entretenerla con conversaciones brillantes, le metía una trompetilla en el oído y gritaba; o clavaba los ojos en un libro y, mientras leía, intentaba torpemente hacer señas según las instrucciones.

Al principio, Bella fue una alumna poco receptiva. A él le devoraba la ansiedad tratando de hacer las señas perfectamente, pero al alzar la vista descubría que ella había desviado su atención hacia la ventana que estaba detrás de él o que estaba mirando uno de sus «aparatos de ruido» con gran anhelo. De vez en cuando, la sorprendía incluso mirándolo con aquel vivo deseo que le alteraba los nervios. Desde el día aquel en la habitación de los niños, él no había vuelto a tratar de abrazarla, no porque no quisiese estrecharla entre sus brazos, sino porque temía perder el control si se excitaba demasiado.

Por lo visto, Bella no tenía una preocupación semejante. Para ella, los juegos preliminares han sido una experiencia sumamente placentera, y era evidente que no establecía relación alguna entre dichos juegos y el hecho de que Edward quisiera hacer más. Lamentablemente, sí había una relación, y bastante fuerte. No obstante, Edward estaba decidido a no tomar parte en actividades que pudiesen salirse de madre, hasta que estaba seguro de que Bella estaba lista para consumar el matrimonio.

Una mañana, mientras le daba una clase sobre la lengua de signos, Edward alzó la vista de la guía de enseñanza y vio a Bella apoyada sobre su escritorio. Su peso descansaba por partes iguales en los codos y en el vientre hinchado. La pícara y la mirada seductora sonrisa hicieron que su corazón empezara a latir con fuerza.

—Bella, se supone que deberíamos estar trabajando funciona él con voz severa.

Los hoyuelos de sus mejillas se hicieron más profundos y, mientras la mujer miraba fijamente su boca, a él le dio la impresión de que estaba pensando en cosas que no tenían nada que ver con la lectura de los labios. Llevándose una mano al canesú de su vestido, ella comenzó a juguetear con sus botones. Luego, alzó la mirada hacia la de él. Su sonrisa le formulaba una inconfundible invitación. Edward apartó la mirada enseguida y empezó a hojear desesperadamente las páginas del libro. La pequeña seductora se inclinó aún más hacia él.

—Bella corriente, alzando la vista—. Baja, por favor, de mi escritorio. Vas a desparramar los papeles por ...

Su mirada cayó como una roca para posarse en los delgados dedos de la joven, que ha pasado de los pequeños botones de su canesú a la cima de uno de sus senos. Ella se estaba acariciando suavemente a través de las capas de ropa. Edward podía ver su pezón palpitando con fuerza contra la tela, y era una tentación que lo atraía de manera irresistible.

—Bella, no hagas eso. No es ...

Ella sonrió y se mordió el labio inferior.

Edward se levantó de la silla y se dirigió hacia la ventana.

—No debes ...

No podía apartar la mirada de su mano y de lo que ella estaba haciendo. Se le hizo un doloroso nudo en el estómago ... y más abajo. Quiso decirle que aquel comportamiento era impropio de una dama, pero tenía que reconocer que, mientras ella hiciera aquellas cosas cuando estaban a solas, a él no le parecía censurable. Todo lo contrario.

—Nunca hagas esto frente a otras personas —le dijo con voz ronca—. Ni en presencia de Esme ni de nadie más. ¿Entiendes?

Ella asintió con la cabeza. Edward tomó aire, tembloroso.

—En cuanto a hacerlo delante de mí —prosiguió—, tienes que entender que, si decido aceptar tu ofrecimiento, querré hacer también las otras cosas de las que hemos hablado. La última vez, cuando lo intenté, tú te asustaste. A menos que tu actitud haya cambiado, te sugiero que dejes de ... —tragó saliva con gran esfuerzo— hacerme esa invitación.

Ella se levantó de manera tan repentina que él estaba seguro de que su cabeza debió de empezar a darle vueltas. Al ver que la expresión de seducción que había en su rostro se transformaba en recelo, Edward esbozó una sonrisa poco entusiasta.

—No sé por qué, pero temía que reaccionaras de esta manera. —El dirigió la mirada hacia su canesú—. Es una pena. Hacerte el amor es una de las pocas actividades por las que merecería la pena interrumpir nuestras lecciones. Como ya te lo he dicho, es sumamente placentero.

Ella se sentó de inmediato y miró el libro de forma bastante significativa. Edward se rio y volvió a sentarse en su silla. Haciendo caso omiso de la expresión de resignación de la chica, él volvió a centrar toda su atención en el manual. Cinco minutos después, Bella de nuevo estaba bostezando y mirando por la ventana.

Edward comenzó a perder la esperanza de hacer entender alguna vez la importancia de lo que estaba tratando de enseñarle. No había manera de explicar a la muchacha que, si le prestase atención, un mundo nuevo se abriría para ella.

Una mañana, prácticamente por casualidad, se le ocurrió la estrategia de enseñarle señas que fuesen significativas para ella. A mitad de la clase, que hasta entonces no había hecho más que incitar a Bella a move inquieta, Edward alzó la vista y la vio mirando el órgano con vivo anhelo.

Atrayendo su atención con un gesto de la mano, le preguntó:

—¿Te gustaría tocar el órgano, Bella?

-¡Si! —La joven se levantó con evidente ilusión de su silla.

No tan rápido con Edward, sintiéndose un poco mal por lo que estaba haciendo—. Primero tienes que pedirme permiso.

- Por favor.

Él negó con la cabeza y dio un golpecito en el libro.

—Por señas.

Ella se encogió de hombros, en señal de impotencia.

- No conozco las señas.

Ya casi tan experto en leer los labios como ella, Edward puso un brazo sobre el respaldo de su silla y la miró de manera desafiante.

—Entonces tendrás que aprenderlas, ¿no es verdad? O lo haces o no podrás volver a tocar los instrumentos. A partir de este momento, a menos que me pidas permiso en la lengua de signos, no puedes volver a tocarlos.

Sus ojos se abrieron como platos, llenos de incredulidad. Edward le sonrió y comenzó a pasar las páginas del manual hasta encontrar la seña que estaba buscando. Hacer. Puso el puño derecho sobre el izquierdo e hizo un movimiento circular, como si estuviese desenroscando algo. Música. Movió la palma de la mano derecha de un lado a otro frente a la izquierda, orientada hacia la derecha. Por favor. Sonriendo, con la palma de la mano derecha hizo sobre su corazón un círculo en sentido contrario a las agujas del reloj.

—Eso es todo lo que tienes que aprender por el momento.

Haciendo las señas de nuevo, esta vez con mayor rapidez y sin vacilación, él repitió las palabras: ¿Hacer música, por favor? Acomodándose de nuevo en su silla, él la miró con indolente arrogancia.

—Ahora hazlo tú, o no tocarás el piano hoy. Tú decide.

Articulando la palabra hacer para que él le leyera los labios, Bella puso un puño sobre el otro e hizo un movimiento circular. Mientras decía música, Edward guio los movimientos de sus manos. El único error que cometió al hacer las señas de las palabras por favor, fue mover la mano en el sentido de las agujas del reloj al hacer el círculo sobre su corazón. Edward corrigió este error.

—Ahora hazlo sin mi ayuda.

Frunciendo el ceño para concentrarse, ella volvió a hacer las señas, pero esta vez no cometió ningún error y tampoco necesitó su ayuda.

—Muy bien, Bella, ¡perfecto! —Edward cerró el libro de un golpe y le echó un vistazo a su reloj—. Te mereces un descanso de diez minutos por lo que acabas de hacer.

Para su gran sorpresa, ella no se levantó de la silla de inmediato.

—¿No quieres tocar el órgano?

Ella asintió con la cabeza, pero la expresión de su rostro parecía decir lo contrario. Vio una especie de reserva en sus ojos, pero también vio un vivo deseo.

—¿Qué sucede, mi amor?

Ella inclinó la cabeza para señalar el libro.

—¿Hay una seña para la palabra amor?

A Edward se le oprimió el corazón.

—Claro, debe haberla. —Fingió una despreocupación que no sintió en absoluto y volvió a abrir el libro—. Déjame ver. Ah, sí la hay. —Cruzó las manos sobre el corazón, con las palmas orientadas hacia el pecho—. Amor. Ésta es muy sencilla.

Ella se inclinó ligeramente hacia adelante. Parecía estar descontenta.

—¿Hay señas para decir «te amo»?

—Eso también es muy sencillo. Para hablar por señas, no tienes más que hilar las cosas, tal y como haces con las palabras. —Para demostrárselo, dobló su mano sobre el esternón, con la palma orientada hacia la izquierda, el dedo pulgar tocando su pecho y el meñique hacia—. Luego, haces la seña para te. —Con una lenta sonrisa, la dijo con el dedo índice de su mano derecha—. Y, por último, la seña para amor que acabas de aprender. —Le enseñó la seña por segunda vez—. Yo te amo, por cierto.

Las mejillas de Bella se sonrojaron, y apartó la cara. Edward esperó, ilusionado, lleno de un ferviente deseo, queriendo que le dijera por señas que lo amaba más de lo que recordaba haber querido cualquier otra cosa en toda su vida. Esperó en vano. Después de un momento, Bella se levantó de la silla y se dirigió hacia el órgano. Unos pocos segundos después, la habitación se llenó de un ruido ensordecedor.

Sin embargo, los sonidos discordantes duraron sólo unos pocos minutos. Bella se levantó del banco y regresó al escritorio de Edward con su mirada llena de curiosidad clavada en el libro que se encontró junto a él. Jugueteando con el encaje de su escote, finalmente lo miró a los ojos.

—¿Cómo se dice «Edward»? —Preguntó ella.

Él apartó el libro de cuentas en el que intentaba trabajar.

—No hay señas para la mayoría de los nombres. Por lo general, es preciso deletrearlos. —Cogió otro libro y lo abrió por la parte que contenía el alfabeto dactilológico. Lentamente, de tal manera que ella pudiese observar las posiciones de su mano, deletreó su nombre. Decía cada letra en voz alta al tiempo que hacía la seña—. EDUARDO.

Bella se sentó frente a él. Su atención pasaba rápidamente de la mano a la boca de Edward, y la expresión de su rostro era de concentración absoluta. Luego comenzó a imitar los movimientos de la mano y sonrió al ver que podía hacerlo.

-¡Eduardo! —Exclamó. Parecía estar muy contenta—. ¿He deletreado tu nombre?

—¡Así es! Pero éste es sólo el comienzo. Con el alfabeto dactilológico, que simplemente es una serie de señas para representar el alfabeto tradicional, puedes aprender a deletrear todas las palabras de nuestro idioma. ¿Lo sabías? Una vez que hayas aprendido de memoria el alfabeto, podrás leer. —Al ver la expresión de perplejidad de su rostro, señaló las baldas de la estancia—. Libros, Bella. Podrás leer libros. Algunos de ellos contienen historias maravillosas sobre personas y lugares lejanos.

Ella miró las baldas llenas de libros.

- ¿Yo? ¿Puedo aprender a leer?

—Desde luego. Eres una chica muy inteligente.

Ella puso mala cara. Era obvio que no creía lo que él acababa de decirle.

- Estúpida externa ella—. Mamá dice que soy una estúpida.

Edward dejó escapar un suspiro.

—No eres ninguna estúpida. Créeme. Y tu madre no dice que lo seas. Ya no lo dice. No puedo asegurarte que será fácil, pero, si prestas atención durante las clases y estudias mucho, puedes aprender a leer, Bella. Y también a escribir.

Aparente y repentinamente convencida, ella cruzó los brazos y se sentó muy erguida.

- Entonces enséñame.

Edward soltó una risita feliz.

—Bueno, no lo lograremos en una sola mañana. Ahora sólo podemos empezar.

- ¡Enséñame! —Repitió ella—. Por favor.

Y, para gran alegría de Edward, hizo las señas de por favor al tiempo que articulaba esta palabra.

Tratando de disimular su satisfacción, Edward emprendió la tarea de enseñarle.

Aprender el lenguaje de signos era la tarea más difícil que Bella había intentado llevar a cabo en su vida, pero también era la más fascinante. Cumpliendo las órdenes de Edward, su madre y todos los residentes de Cullen Hall empezaron a aprender el alfabeto dactilológico para que Bella pudiera comunicarse con ellos en un futuro cercano. Con este fin, todos ellos estudian el alfabeto al menos una hora diaria. Henry y Deiter, que no sabían leer ni escribir, eran los únicos empleados de la casa que estaban dispensados de esta obligación.

Dos semanas después, Renee Swan, Bella y todos los que vivían en Cullen Hall se aprendió de memoria el alfabeto dactilológico. Una vez que se consiguió este objetivo, Edward hizo una lista de palabras que insistió en que Bella aprendió a deletrear antes de proseguir con las clases: enferma, ayuda, calor, frío, beber, comer y Edward; la última porque sólo él podía leer los labios y, si lo llamaban, podría entender lo que ella necesita en caso de que nadie más lograse hacerlo.

La primera vez que Bella entró en la cocina y pudo pedir una bebida, fue para ella un momento muy emocionante. La criada a la que le deletreó la palabra enseguida le entendió y le dio un vaso de agua. Fue la primera vez en más de catorce años en que Bella pudo pedirle algo a alguien. Después de beber el agua, salió de la cocina, buscó la privacidad de su habitación y se puso a llorar. Hablar, aunque fuere con las manos, era para ella un don inestimable.

Al remontarse a sus primeros días en Cullen Hall, Bella recordó cuánta rabia le dio cuando se enteró de que estaba casada. En aquel momento pensó que no había recibido regalo alguno el día de la boda, y se sintió engañada. Ahora comprendía que había recibido un regalo que no tenía precio: un hombre alto y de pelo leonado, con ojos de color ámbar y sonrisa seductora. Él era, sin lugar a dudas, un hacedor de milagros. El hecho de conocerlo había cambiado su mundo de tantas maneras que ella ya ni siquiera podía contarlas.

Amarlo de la manera en que lo hacía la ponía en una situación muy difícil. En tres ocasiones diferentes, él le había expresado con toda claridad su deseo de estar con ella, no sólo besando y acariciando sus pechos, lo que a ella le parecía muy placentero, sino también abajo, como una vez lo hiciera su hermano Anthony. Bella no podía soportar la idea de que alguien volviera a hacer eso, ni siquiera Edward.

Pero él quería. Últimamente, pensaba esto cada vez que estaba junto a él. Este mensaje estaba en sus ojos cuando la miraba, en sus manos cuando la tocaba y hasta en el aire que los rodeaba; era una sensación pesada y expectante.

Lo más difícil de todo aquello era que Bella no se sintió completamente segura de que estar con Edward fue algo terrible. Las caricias y besos que le dio en la habitación de los niños fueron maravillosos y, debido a esto, ella no podía menos que preguntarse si las otras cosas que él quería hacer también placenteras. Según Edward, sí lo están, y que Bella supiera, él nunca le había mentido.

Qué dilema ... Quería hacer a Edward tan feliz como él la había hecho a ella, y sentó que él sería muy feliz si ella le permitía meter la mano debajo de su falda. Pero la pregunta que debía plantearse era: ¿podría ella soportarlo si llegase a permitírselo? Bella no lo sabía, y esto le hacía postergar su decisión.

Septiembre cedió el paso a octubre, octubre a noviembre —Bella sabía ahora los nombres de los meses porque Edward la había obligado a memorizarlos—, y los días eran cada vez más fríos. Cuando se hizo el último fardo de heno, Edward empezó a pasar menos tiempo working y más junto a Bella. Algunas tardes la abrigaba con una capa que había mandado hacer y la llevaba a dar largos paseos por el bosque. Otras tardes, se quedaban en el estudio frente a un agradable fuego y se entretenían con algún pasatiempo, algunas veces se dedicaban a juegos de mesa y otras simplemente charlaban. Él se había convertido en todo un experto en leer los labios, y los dos empezaban a dominar la lengua de signos con fluidez.

Una tarde, él le preguntó:

—Si tuvieras que elegir algo que te gustaría tener más que cualquier otra cosa, Bella, ¿qué escogerías?

Bella se mordió los labios. Edward le había dado tanto ... le había dado muchísimo. Le parecía que sería una gratitud por su parte reconocer que aún había algo que deseaba.

—Venga, Bella, ya es hora de que seamos honestos el uno con el otro. —Sentado junto al fuego, la luz dorada de las llamas retozaba sobre su rostro moreno y parpadeaba en forma de sombras sobre su camisa de seda de color crema, que tan bien le sentaba a sus hombros anchos. Su mirada buscó la de Bella—. ¿Joyas?

Ella se rio y negó con la cabeza.

- No, joyas no. ¿Para qué las querría? Yo no voy a ningún lado.

—¿Te gustaría ir al pueblo? —Cuando ella negó con la cabeza, hizo otro intento—. Entonces, ¿a un baile?

- En realidad, no quiero nada —mintió ella.

—Bella ... —Ahora usaba un tono de reproche—. Dime qué querrías.

Amando ya al niño que crecía en sus entrañas, Bella apretó su vientre con sus manos y se encogió de hombros.

- Es muy posible que cuando el bebé llegue ya no quiera nada.

—¿Seguro? Dímelo.

- Un perro.

Edward arrugó el ceño.

—¿Un perro? Los perros son grandes, peludos, babosos y maleducados. ¿Para qué demonios quieres un perro?

Ella se encogió de hombros de nuevo.

- No lo sé. Siempre he querido tener uno.

Él negó con la cabeza y se quedó mirando fijamente el fuego durante un momento. Cuando volvió a mirarla, ella le preguntó:

- ¿Y tú? Si pudieras elegir algo que te gustaría tener mucho, muchísimo, ¿qué escogerías?

Los ojos de Edward la escrutaron.

—No te gustará mi respuesta.

Ella puso los ojos en blanco.

- Eso no es justo. Yo te he dicho lo que quería.

Él no dejó de mirarla ni por un instante.

—Te quiero a ti.

Bella sintió el rubor subiendo por su cuello.

—En mis brazos, en mi cama oferta él—. Quiero hacerte amor, Bella. Lo quiero más que cualquier otra cosa en el mundo. —Su mirada se posó en su vientre hinchado, y luego volvió a clavarse en sus ojos—. Te amo. Y amo a nuestro bebé. Quiero que seamos una verdadera familia. —Los ojos le ardían de deseo—. He estado solo toda la vida. No me había dado cuenta, hasta que tú llegaste, de lo muy vacío que me sentí. Ahora el bebé y tú habéis traído muchos cambios a mi vida. Cambios positivos. Quizá sea insaciable, pero me siento como un niño en una tienda de caramelos. Lo quiero todo. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? Un matrimonio de verdad, estrecharte entre mis brazos mientras me duermo por las noches y al despertarme en las mañanas.

Ella finalmente logró apartar la mirada y se quedó mirando fijamente las llamas. Se sobresaltó cuando él le tocó la mejilla para hacer volver la cabeza.

—Sé que tienes miedo —susurró Edward—. Y con toda la razón. Pero creo que al menos me he ganado tu confianza. De modo que te pido que lo pienses.

Ella se sintió sofocada.

—Te haré una promesa oferta el marido—. Si confías en mí lo suficiente como para dejarme intentarlo, no te haré nada que tú no quieras. Y si me pides que pare, te juro que lo haré.

Bella apenas podía soportar mirarlo a los ojos. Todo lo que veía en ellos era el amor que Edward sintió por ella. ¿Cómo podría negarle la única cosa que él le había pedido jamás?

—Como he dicho antes, sólo piénsalo. No es necesario que me des una respuesta ahora. ¿Lo harás? ¿Lo pensarás?

Ella asintió con la cabeza.

Él la recompensó con una dulce sonrisa.

—Cuando lo estés pensando, recuerda lo agradable que fue lo que pasó aquel día en la habitación de los niños. Te garantizo que lo que viene después es aún mejor.

Bella deseaba poder estar segura de ello. ¡Ah, cuánto deseaba poder estar segura!


Bella al fin tomó la decisión de aprender el lenguaje de señas y la emoción que sintió el poderse comunicar con otras personas.

¿Será que Bella se anima a cumplir el deseo de Edward?