Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 20
Un ruido hizo que Edward, sobresaltado, se despertara de lo que parecía ser un sueño profundo. Momentáneamente desorientado, se puso de costado y miró fijamente la oscuridad. Gracias a su magnífica vista, no le costaba mucho ver ni siquiera en una noche sin luna y, definitivamente, ése no era el caso en aquella ocasión. Una luz plateada bañaba su dormitorio, formando un foco de luz en el suelo frente al armario y proyectando bellas sombras sobre el tocador.
Bella ... Al recordar la conversación que tuve aquella tarde, tuvo la esperanza de que ella estuviese entrando a hurtadillas en su dormitorio. Se le cayó el alma a los pies cuando echó un vistazo a la puerta y vio que firmemente estaba cerrada. No era Bella. Frunció el ceño ligeramente y se incorporó sobre un codo, intentado adivinar la hora que era. Era medianoche, o quizás un poco más tarde, concluyó. Desde luego, se sintió como si no hubiera dormido mucho tiempo.
Oyó de nuevo el ruido que perturbó su sueño, un golpeteo sordo y estrepitoso que procedía de la planta baja. Tras bajarse de la cama, se puso pantalones y botas en el lugar de la bata. En caso de que tuviera que hacer frente a un intruso, quería estar vestido, aunque sólo era a medias. Pero no creía que nadie se hubiera atrevido a entrar en la casa. Había vivido en Cullen Hall desde su nacimiento, y en todos esos años nunca se había presentado problema alguno. La gente de Hooperville y sus alrededores era muy honrada y temerosa de Dios, y los delitos eran prácticamente inexistentes. Anthony había sido el más frecuente autor de crímenes en toda aquella zona, pero hacía tiempo que se había marchado de allí.
Anthony ... A Edward se le aceleró el pulso. Luego, desechó esa idea. Su hermano tendrá sus defectos, pero no era ningún tonto. No, probablemente fue uno de los criados, se dijo. Carlisle tenía problemas para dormir algunas veces y andaba de un lado para otro de la cocina haciendo ruido para calentarse un poco de leche a altas horas de la madrugada.
De camino a la planta baja, Edward se detuvo un momento en la habitación de los niños para cerciorarse de que Bella estuviese bien. Andando de puntillas, se acercó a su cama y se aseguró de que estaba profundamente dormida; luego, volvió sobre sus pasos y cerró la puerta con todo cuidado al salir al pasillo.
Los peldaños de la escalera crujían bajo su peso mientras procuraba bajar sigilosamente. Durante el día, Edward nunca había percibido este ruido, y tomó nota mentalmente de la necesidad de hacer que un carpintero revisara el entarimado de la escalera. Una casa del tamaño de Cullen Hall requería que se le hicieran obras de mantenimiento constantemente.
Al llegar al recibidor, Edward se quedó inmóvil. En aquel ruido había algo que hizo que se le pusiera la carne de gallina. No se trataba del sonido despreocupado que solía hacer un criado en la cocina. Era más bien un ruido subrepticio, como si alguien estuviese buscando algo y tuviera mucho miedo de ser descubierto. Edward siguió el ruido hasta llegar al comedor.
Abrió la puerta y entró. Penetraba suficiente luz de luna por las puertas acristaladas, las cortinas estaban parcialmente abiertas, para iluminar la habitación. No era necesario encender una lámpara. Un hombre se restablece agachado frente al aparador. Junto a él descansaba una bolsa blanca, en la que estaba metiendo los objetos que sacaba del mueble. Reconociéndolo enseguida por el tono leonado de su pelo, Edward no sabía qué sentimiento era más fuerte dentro de él: la ira o la tristeza. Después de haber querido tanto a su hermano, no era nada fácil despreciarlo del todo, independientemente de lo que hubo hecho.
—Anthony ofrece finalmente—, ¿Qué demonios estás haciendo?
Su hermano se retiró del aparador tan bruscamente que se dio un golpe en la cabeza. Maldiciendo en voz baja, se llevó una mano al lugar en que se había hecho daño.
-¡Eduardo!
—¿Quién creías que era? —Edward cruzó los brazos sobre su pecho desnudo—. Quizás debas envolver el cristal en algo. Las mantelerías pueden servirte. Algunas piezas podrían romperse en esa bolsa.
—¿Qué cristal? Sólo son unas pocas piezas. Y casi no hay nada de plata. De verdad, Edward, para ser un hombre de buena posición económica, gastas muy poco dinero en adornos y vajillas.
—Te pido perdón. Qué desconsiderado he sido.
Anthony se levantó. Después de quedarse inmóvil durante un segundo, con actitud desafiante, se restregó la nariz con la manga de la camisa.
—Como ya habrás imaginado, ha tenido algunas dificultades económicas.
Edward sintió una fuerte punzada en el pecho. Si su hermano le rogase que lo perdonara y le prometiera enmendarse y seguir por el buen camino ... Si al menos se mostrase arrepentido o ... Edward interrumpió sus pensamientos. Ya era un camino que había recorrido miles de veces, y sabía perfectamente adonde lo conduciría. Lo doloroso de aquella situación era que, a pesar de todo, él quería y necesitaba perdonarlo. Se trataba de su hermano, no de un desconocido. Le había contado cuentos a la hora de ir a dormir cuando era un niño pequeño, le había enseñado a montar a caballo, lo había visto crecer hasta convertirse en un hombre. Era imposible olvidar todo aquello, fingir que nunca había ocurrido.
—Si necesitas dinero, Anthony, tengo un poco en efectivo en la caja fuerte —le ofreció con brusquedad.
—¿Me lo darías? Cuando vi que cambiaste la caja fuerte ... bueno, pues pensé que era porque ...
—¿Porque tenía miedo de que tú entraras a hurtadillas y me lo robaras todo?
Anthony al menos tuvo la cortesía de parecer un poco avergonzado.
—Sólo habría cogido lo suficiente para arreglármelas.
Edward estuvo tentado de decir que también creía que los cerdos podían volar. Pero la falta de escrúpulos de su hermano no venía al caso. Aunque no estaba completamente seguro de las verdaderas razones de aquella apareció ni de cuál era la situación en aquel momento. Además del hecho de que él era un idiota, desde luego. En todo lo relacionado con Anthony, parecía que siempre lo sería. Desde el día de la muerte de su padre, Edward había tratado de compensar la pérdida, sin poder olvidar en ningún momento que él era el responsable. La culpa tenía una manera particular de apresar a un hombre y de no soltarlo nunca.
Dejó escapar un suspiro y pensó brevemente en Bella. El amor que sintió por ella era tan fuerte que no debería dedicarle ni un gramo de compasión a Anthony. Estaba mal que lo hiciera. Edward creía que, si ella llegaba a ver a su hermano en aquella casa, no lo perdonaría jamás, y con razón. Anthony la había violado, con crueldad, de manera desalmada. Ayudarlo de cualquier manera que fuera una traición terrible, y Edward lo sabía. Por otro lado, no podía odiar a su propio hermano hasta el punto de verlo convertido en un mendigo y muriéndose de hambre.
—Ven al estudio. Te daré algo de dinero y un check. Luego, quiero que te vayas de aquí, Anthony. —Al oír un débil sonido metálico, Edward se alejó de la puerta, sorprendido—. Deja esa plata, por el amor de Dios. Te he dicho que te daré dinero.
Rogando que Bella, que tenía la extraordinaria capacidad de percibir las vibraciones en el suelo, no se despertase y saliera al rellano para ver quién estaba allí, Edward condujo a su hermano a través del corredor y lo hizo entrar en el estudio a empujones. Tras cerrar la puerta, se dirigió a la caja fuerte sin perder ni un segundo. Mientras giraba el cuadrante, cuidando de ocultar su esfera, oyó el peso de Anthony dejándose caer en una de las sillas de piel.
—No te pongas cómodo.
Anthony se rio.
—Ah, claro. No creo que a tu mujercita le guste encontrarme aquí. Lo entiendo, Edward. Todos los hombres tienen sus propias prioridades. Es obvio resultados son las tuyas.
La puerta de la caja fuerte se abrió en ese preciso instante. Con el cuerpo súbitamente rígido, Edward se volvió y preguntó con voz aparentemente serena.
—¿Qué demonios significa eso?
—¡Nada! No hay yeguas de heno tan susceptibles. —Bajo la luz de la luna, el rostro de Anthony no parecía tener expresión alguna desde el otro extremo de la habitación. Se peinó el pelo con los dedos y se puso en pie. Dirigiéndose con toda tranquilidad hacia la repisa de la chimenea, encendió una lámpara, y luego se volvió para mirar detenidamente todo lo que lo rodeaba—. ¡Dios, cómo he echado de menos este estudio! He soñado con estar aquí docenas de veces. ¿Cuándo trajiste ese órgano?
—Hace poco.
Vio los demás instrumentos.
—No me digas que está empezando a interesarte la música.
—Se podría decir que sí.
Anthony pasó los dedos por la mesita que se encontraron entre las dos sillas situadas frente a la chimenea.
—¿Recuerdas cuántas veces te gané al ajedrez, sentados aquí mismo frente a esta chimenea?
—Recuerdo cuántas veces hiciste trampa.
Anthony se rio entre dientes.
-Es verdad. La única manera de que pudiera ganar era moviendo las fichas cuando volvías la cabeza. —Guardó silencio un momento. Luego, habló de nuevo—. Eran buenos tiempos, ya lo creo que eran buenos tiempos.
—Esos tiempos ya pasaron, y tú tienes toda la culpa de que sea así. —Edward sacó un pequeño sobre dinero de la caja fuerte. Se dirigió al escritorio—. Voy a hacerte un cheque por una suma considerable. Adminístralo con mucha prudencia. Cuando este dinero se acabe, no recibirás nada más. No quiero volver a verte aquí, ¿entiendes?
Estas palabras sonaron como un eco. Con despiadada claridad, Edward recordó habérselas dicho a Anthony en una ocasión anterior y haber creído que las decía de todo corazón. Pero lo cierto era que le estaba dando dinero una vez más. Eso no tenía sentido, ni siquiera para él, pero se sintió incapaz de hacer otra cosa. Se imaginaba a sí mismo, unos cuantos años más tarde, recreando aquella misma escena por enésima vez, mofándose de sí mismo por repetir las mismas palabras sin sentido.
Anthony apoyó un hombro en la pared de piedra de la chimenea.
—Por Dios, Edward, soy tu hermano. Sé que cometí un grave pecado al violar a esa chica. Si volviera atrás en el tiempo, no lo haría. Pero no puedo deshacer el pasado. ¿No podrás perdonarme nunca?
Edward alzó la vista del check que estaba firmando.
—Lamentablemente, sí. Pero siempre me he portado como un tonto en todo lo relacionado contigo, ¿no es verdad? ¿Sabes que a veces me quedo despierto hasta el amanecer, preguntándome qué error cometí al educarte? Me culpo a mí mismo de todo lo que ha sucedido. Si hubiera sido más severo, más estricto, si te hubiera dado unas cuantas patadas en el, ¿habrías sido un hombre diferente?
—Tú me criaste muy bien —le aseguró Anthony—. Yo hice una estupidez, eso es todo. No tienes la culpa de nada. Quizá yo tampoco. Estaba borracho. No podía pensar con claridad. Simplemente pasó eso, Edward. Yo no sabía lo que estaba haciendo. Conoces bien en qué clase de persona me convierto cuando bebo. Me vuelvo tan cruel como una víbora. Lo reconozco.
Conocedor de las intenciones de su hermano, Edward le interrumpió.
—No sigas, Anthony. Esta vez tu palabrería no puede arreglar las cosas entre nosotros. Sólo lograrás empeorarlo todo.
—¿Empeorarlo? —Su hermano se alejó de la chimenea, alzando las manos de suplicante—. Al menos escúchame. Yo tampoco puedo dormir de noche. Me siento muy mal. No sólo por lo que le hice a esa chica, sino también por haberte desilusionado. Dame otra oportunidad, por favor. Sólo una más. He jurado dejar la bebida. No he bebido ni una sola gota desde que me marché.
-¿Oh si? ¿Y entonces a qué se debe el olor que percibí en tu aliento cuando estábamos en el comedor? ¿Es té?
—Hace mucho frío esta noche. Sólo eché un traguito para calentarme, eso es todo. Un traguito.
Edward negó con la cabeza.
—¿Acaso he sido tan tonto como para que ahora esperes que yo crea esas gilipolleces? —Se pasó una mano por el pelo—. Pero ¿sabes una cosa? Tienes razón. Creo que el alcohol constituye la mayor parte de tu problema; que, cuando bebes, haces cosas que normalmente no harías. Lamentablemente, otra parte de tu problema es que siempre podrás justificar la necesidad de echarte sólo un traguito. Y luego otro. Y otro más. Miéntete a ti mismo, si eso es lo que quieres, pero no me mientas a mí.
—Por favor, Edward. Dame otra oportunidad. Sólo una, y nunca volveré a suplicarte que lo hagas. Te juro que esta vez no lo echaré todo a perder. Ni siquiera tocaré una botella. No lo haré. Por ningún motivo. ¡Ni una sola vez!
Resuelto a no dejarse convencer, Edward siguió haciendo el check.
—No puedo hacer lo que me pides, Anthony, y lo sabes. Ya no puedo pensar sólo en mí. Tengo una esposa. Ante todo, le debo mi lealtad. Deja de beber, si puedes. Endereza tu vida, si puedes. Pero hazlo lejos de Cullen Hall.
Anthony se alisó la chaqueta, una gruesa prenda de lana que había visto mejores tiempos.
-Oh si. Tú esposa. Ella. Así se llama, ¿no es verdad?
—Bella.
—Sí, Bella. ¿Cómo he podido olvidarlo? Aunque debo reconocer que no la he olvidado del todo, sus piernas son difíciles de olvidar.
—No sigas —le advirtió Edward en voz baja—. Me quedan pocos buenos recuerdos tuyos. No los destruyas con tus ataques.
—¿Mis ataques? —Preguntó Anthony amargamente—. Me estás volviendo la espalda. Soy tu hermano, ¡por el amor de Dios!
A Edward se le revolvió el estómago. Terminó rápidamente de hacer el check, lo arrancó del talonario y se lo pasó a su hermano deslizándolo por la mesa.
—Aquí tienes. Cógelo y lárgate.
Anthony se dirigió lentamente al escritorio. Tomó el check, lo dobló con toda precisión en tres partes iguales y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Sus miradas se cruzaron, ámbar chocando contra ámbar. Edward ya había visto aquella mirada en los ojos de su hermano y sabía que anunciaba algún tipo de represalia. Esto no le sorprendía. Cuando Anthony no se salía con la suya, cuando Edward le negaba algo, él siempre tomaba represalias.
Anthony habló con una sonrisa fría en los labios.
—Bella ... Si mal no recuerdo, tiene un bonito culo. ¿Te lo estás pasando bien con tu pequeña idiota, Edward? Cuando yo me la follé, dijiste que era una violación. Cuando tú lo haces, supongo que es un noble sacrificio. El bueno de Edward, siempre enmendando los daños de su hermano. ¡Qué cruz tan pesada la tuya!
Edward apoyó todo su peso en sus manos, y cerró violentamente los puños. Las cosas siempre terminaron de aquella manera con Anthony, comprendió. Lo miraba fijamente, intentaba entenderlo y chocaba de bruces contra un muro. Había cosas que era imposible entender.
—No sigas —le dijo de nuevo. Mientras decía estas palabras, incluso sabía que Anthony cobraría la deuda insistentemente requerida antes de marcharse de allí. Así eran las cosas con él. Siempre lo he sido.
—¿Que no siga haciendo qué? ¿Haciéndote afrontar la verdad pura y simple? —Con los ojos despidiendo chispas, Anthony siguió—. Eres un pusilánime, ¿sabes? —Hizo un amplio movimiento de la mano para señalar el bien equipado estudio—. ¿Y si pare una niña, Edward? ¿Alguna vez lo has pensado? Dado que no eres más que un hombre a medias, ¿cómo podrías engendrar un hijo? ¿O acaso no quieres un heredero?
Edward no podía hablar. Y, aunque hubiera podido hacerlo, no tenía palabras que decir.
—Si yo viviera aquí, al menos podría hacer que ella te diera un par de mocosos más. O a lo mejor eres demasiado egoísta para compartir esa dulce olla de miel que ella tiene. Apuesto a que todas las noches mojas la nariz en ella.
Edward había empezado un temblar. Temblaba de forma horrible.
Anthony sonrió.
—¿O eres uno de esos hombres que prefieren las mujeres les presten ese servicio en particular? Puedo imaginarte con una copa de coñac en una mano, y cogiéndola del pelo con la otra para enseñarle cómo te gusta que ...
Edward le plantó un puñetazo en la boca. Fulminante. Sin reflexión previa, sin intención. Simplemente le pegó, descargando el golpe con todas sus fuerzas. Con una expresión de sorpresa en el rostro, Anthony se tambaleó hacia atrás. Casi sin darse cuenta de que se estaba moviendo, Edward saltó por encima del escritorio para abalanzarse sobre él. En medio de un frenesí de movimientos, los dos hombres chocaron y cayeron al suelo rodando. Sacando ventaja, Edward se levantó enseguida, alzó una pierna y enterró una bota en el vientre de su. Luego, lo cogió por el pelo y le obligó a levantarse de un tirón.
Mientras le daba puñetazos en la cara, gritaba.
—¡Miserable saco de mierda! No eres digno ni siquiera de besarle los pies a esa chica, ¡y mucho menos de pronunciar su nombre!
Para Edward, el tiempo parecía estar pasando tan despacio como para una mosca que se arrastrase sobre un papel pegajoso. Cuando levantaba el puño, le parecía que se movía a cámara lenta. Estaba fuera de control, y lo sabía. La cara de su hermano se estaba convirtiendo en papilla sangrante bajo el castigo de sus nudillos. Si no se detenía, lo mataría. Pero parecía haber vuelto loco. Un momento después, inmovilizó a Anthony contra el suelo y empezó a estrangularlo. Como si se encontrara lejos de allí, él observaba sus manos apretando, observaba la cara de su hermano pasar de un color rojo apagado a un escarlata intenso.
Sin saber por qué, se detuvo al fin. ¿Acaso pensó fugazmente en Bella? ¿En lo que podría ocurrirle si terminaban colgándolo en la horca? No lo sabía. Sólo sabía que algo, quizás el Todopoderoso, hizo que le soltase el cuello a su hermano.
Anthony se puso de lado, llevándose las manos a la laringe y emitiendo horribles sonidos guturales mientras luchaba por respirar. Edward se levantó y se alejó de allí, sin importarle si su hermano moría asfixiado en aquel mismo lugar. No le importaba, y casi esperaba que fueron así. Apoyando las manos sobre el escritorio, dejó caer la cabeza y cerró los ojos. Cuando los sonidos ásperos empezaron a debilitarse, habló.
—Lárgate. Vete de aquí antes de que te mate.
Oyó a Anthony levantándose con gran dificultad. Pero no lo oyó correr hacia la puerta.
—Estoy hablando en serio, Anthony. Te mataré con mis propias manos.
Pasos tambaleantes. El chirriar de unos goznes. Ensordecedores portazos. Edward expulsó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta. Luego, sintiendo como si le hubieran arrancado los pulmones del pecho, empezó a sollozar. Un sollozo seco y terrible. Se le doblaron las rodillas y se dejó caer para apoyar su cabeza contra el escritorio.
Se trataba de la muerte. No de un hombre, sino del amor. Un final que no era fácil de aceptar.
Bella agarró con fuerza el pomo de la puerta que conducía al dormitorio de Edward. Durante un terrible instante pensó que estaba cerrada con llave. Medio cegada por la oscuridad del pasillo, dirigió su mirada llena de terror hacia el rellano. Aquí. Él está aquí. La puerta se abrió de repente, y ella irrumpió en la habitación. La luz de la luna, débil y variable, inundaba el cuarto. Corrió hacia la cama, con la respiración rasgándole el pecho, y dando saltitos por el pánico que experimentaba.
Eduardo. Como una loca, comenzó a dar palmaditas sobre las mantas arrugadas. No estaba allí. Se dio la vuelta y miró fijamente la puerta, con las manos sobre la boca para ahogar cualquier sonido que pudiese estar haciendo. Anthony está aquí. Si la oyera sollozar, quizás sea a buscarla. ¿Habría hecho algún ruido? Ay, Dios ... Tenía que esconderse. La desesperación la llevó a girar sobre sus talones varias veces en busca del lugar más adecuado. Luego, demasiado aterrorizada para quedarse allí sin protección alguna, se tiró a la cama de Edward, intentando meterse con dificultad bajo las mantas, encogerse en el colchón hasta convertirse en una criatura diminuta.
El olor de Edward la rodeaba. Eduardo. Temblando violentamente, Bella se rodeó el vientre con los brazos y se puso de rodillas. Aquel hombre estaba en la casa, y Edward había salido. Contuvo la respiración. No emitió sonido alguno. No podía emitir sonido alguno. Se quedaría allí. Se sintió una salva escondida en la cama de Edward. Él regresaría en algún momento. Tenía que hacerlo. Y, cuando lo hiciese, no permitiría que nadie le hiciera daño.
Edward entró en su dormitorio, cerró la puerta y durante un momento apoyó la espalda contra el panel de madera con los ojos cerrados ... Bella ... en aquel momento más que en ningún otro, ansiaba estrecharla entre sus brazos. Reprimiendo el deseo de ir a la habitación de los niños, imaginó su sonrisa, la forma tan dulce en que su boca describe una ligera curva ascendente; los hoyuelos que se hacían en sus mejillas; sus ojos preciosos, tan tiernamente azules y profundamente cándidos. Imaginársela hizo que se sintiera menos vacío por dentro.
Llevándose los magullados nudillos a la boca, Edward recordó una vez más lo gratificante que fue para él darle a su hermano puñetazos en la cara. El primer golpe marcó el final del compromiso que había durado toda una vida, y en aquel momento se sintió extrañamente liberado. Estaba triste, desde luego. Y se siente vacío. Pero libre, sin lugar a dudas. Por primera vez desde la muerte de su padre, la responsabilidad para con su hermano había llegado a su fin.
Alejándose de la puerta, Edward se dirigió despacio hacia su cama, con la mirada fija en la ventana y en las ramas del sauce que se mecían detrás del cristal bañado de plata por la luz de la luna. Las hojas, aplastadas contra la ventana por el viento de la noche, hacían sonidos espeluznantes, semejantes a los que producían las uñas al rozar una pizarra. Sonidos. Desde que conoció a Bella, Edward se había vuelto sumamente consciente de todo lo que oía, ya menudo se vio a sí mismo intentando percibir el mundo como ella debía hacerlo. Las hojas rozando el cristal, los pájaros en los árboles, el viento soplando; y todo ello sin sonido alguno. A pesar de sus esfuerzos, le parecía difícil imaginar el silencio absoluto. Ella se estaba perdiendo muchas cosas. Muchísimas.
Suspiró, se dejó caer en el borde de la cama y se inclinó para quitarse las botas. De repente, oyó un trémulo chillido detrás de él y por un momento pensó que provenía de la rama del árbol. Luego, se quedó paralizado. Sintiendo un picor en toda la piel, volvió la cabeza para mirar por encima de su hombro.
Bajo las mantas había un bulto. Un bulto tembloroso. Olvidándose de las botas, volvió todo su cuerpo, apoyando una pierna doblada sobre el colchón. Mientras alzaba el cobertor, oyó unos jadeos ahogados.
—Bella —susurró con incredulidad.
Tras soltar un débil gruñido, ella salió disparada hacia él, como un proyectil lanzado por un cañón, enseñándole los dientes y las uñas. Edward se quedó tan sorprendido que no pudo reaccionar antes de que ella lograra arañarle la mandíbula.
—¡Bella!
Él esquivaba sus golpes al tiempo que intentaba cogerla de las muñecas. Cuando finalmente logró apresar sus manos, ella soltó un gemido de terror. Sacando provecho de su fuerza y su peso, la sujetó contra la cama, inmovilizándole los brazos sobre la cabeza, y con un muslo doblado hizo lo mismo con sus inquietas piernas. Ella arqueó la espalda. Sus pulmones silbaban por falta de aire, mientras luchaba inútilmente por liberarse.
—Bella, cariño, soy yo. —Edward se echó levemente hacia atrás para que su cara quedara encima de la de Bella—. Soy yo, tesoro.
Bajo la luz de la luna, sus ojos parecían esferas enormes y luminosas, y sus largas pestañas proyectaban sombras sobre las mejillas. Sin poder moverse, alzó la vista hacia él. La expresión de su rostro pasó lentamente del pánico al alivio. Tras soltar un sollozo entrecortado, Bella relajó al fin completamente los músculos.
Edward le soltó los brazos y la estrechó contra su pecho. Como una niña aterrorizada, ella abrazó su cuello y se aferró a él. Todo su cuerpo comenzó a tener convulsiones con sus sollozos, y al cabo de unos instantes los espasmos se convirtieron en un espantoso temblor. Muy afectado, él apretó la cara contra su pelo, que despedía un olor dulce. Sabía, sin necesidad de preguntar, que ella había visto a Anthony en el recibidor. Había ido a su dormitorio buscando protección, pero no lo encontró allí.
Cuidando de no hacer daño, Edward se puso boca arriba, y llevó a Bella encima de él, sin soltarla ni un instante. Sólo podía imaginar el miedo que debió de sentir. Anthony, el hombre que la había violado, estaba dentro de la casa. La vergüenza hizo que se le encogiera el estómago. Él tenía la culpa de todo. Sosteniendo la nuca de la mujer con una mano, le dio un beso en la sien.
Olvidando momentáneamente que ella no podía oírle, susurró con voz ronca.
—Ay, Bella, perdóname. Lo siento. Lo siento mucho.
Su cuerpo no dejaba de temblar. Al pasar una mano por su espalda, sintió el frío filtrándose por su camisón de franela. Dado que se había escondido bajo las mantas, él sabía que en realidad ella no podía tener frío. No obstante, era innegable que estaba helada. A juzgar por la manera en que temblaba, estaba congelada hasta los huesos.
Se separó ligeramente para poder mirar a su esposa a la cara.
—Tranquila, Bella. Ya se ha marchado.
Ella asintió rápidamente con la cabeza y cerró los ojos, apretándolos con fuerza. Edward comenzó a acariciar enérgicamente su espalda y sus caderas para intentar restablecer su circulación de la única manera en que sabía hacerlo. A pesar de esto, los dientes de ella siguieron castañeteando. Cuando pasaron unos cuantos minutos y vio que no dejaba de temblar, empezó a alarmarse.
—Lo que necesitas, jovencita, es meterte en una bañera llena de agua caliente, y un poco de ese café irlandés que prepara Esme.
Ella se aferró con más fuerza a los hombros de Edward cuando él comenzó a moverse.
—Bella ... —Poniéndose de lado, Edward rozó con las yemas de los dedos una de las mejillas de la joven y esbozó una sonrisa forzada—. Sólo voy a bajar un momento para traer agua caliente. Volveré antes de que hayas terminado de contar hasta ... —Estuvo a punto de decir «cien», pero se contuvo—. Antes de que hayas terminado de contar hasta cuarenta. Aquí no corres peligro, te lo juro. ¿Acaso te he mentido alguna vez?
Ella negó levemente con la cabeza y le soltó el cuello. La expresión de su rostro le partió el alma, y tuvo que besarla con toda la delicadeza del mundo.
—Así me gusta. Vuelvo enseguida. Quédate aquí. No te quites las mantas, ¿vale?
Una vez más, su única respuesta fue un movimiento de cabeza. Edward se bajó de la cama. No le gustaba dejarla allí. Sin embargo, cuando se volvió para mirarla, el temblor del cobertor lo convenció de que no tenía otra alternativa.
Unos pocos minutos después, cuando regresó al dormitorio, traía dos cubos de casi veinte litros llenos de agua caliente. Después de llevarlos al servicio, encendió las lámparas y emprendió la tarea de prepararle un baño. Tras llenar una parte de la bañera con el agua fría del grifo, agregó el agua caliente de los cubos y probó la temperatura con la muñeca.
Cuando volvió a la cama, apartó el cobertor de la cara de Bella.
—Levántate. Vamos a meterte en la bañera.
Con los dientes castañeteándole y su pequeño cuerpo temblando, ella logró incorporarse y llevar sus esbeltas piernas a un lado del colchón. Edward la ayudó a ponerse en pie y caminar hacia el cuarto de baño. Temiendo que ella pensara que él quería desnudarla, se inclinó ligeramente para que Bella pudiera leerle los labios mientras le explicaba:
—Mientras te desvistes y te das un buen baño caliente, yo iré a la cocina a hacer un poco de café irlandés. Usaré la receta especial de Esme, que estoy seguro de que te calentará hasta la médula de los huesos.
Sentada en el borde de la bañera, la muchacha trató de desabrochar los pequeños botones del canesú de su camisón, pero sus manos y su cuerpo aún estaban temblando tanto, que los dedos no pudieron alcanzar su blanco. Edward le apartó el pelo de los hombros y se hizo cargo de esa tarea. Su inquietud aumentaba con cada botón que lograba soltar. Recordaba haber visto antes a dos individuos en estado de shock , y los dos temblaban de manera violenta. ¿Era tan fuerte el terror que Anthony le inspiraba a Bella que ella estaba en estado de shock ?
Edward no lo sabía. Sólo sabía que ella le pareció terriblemente frágil en aquel momento, con su vientre hinchado y todo. Sus delgadas manitas surcadas de huesos delicados. Sus hombros estrechos. Sus brazos, que él podía rodear con la mano. Quería estrecharla entre sus brazos y darle el calor de su cuerpo. Abrazarla hasta que todos los recuerdos de Anthony salieran de su cabeza.
Cuando él terminó de desabotonarle el camisón, ella tiró con mano temblorosa del puño de una de sus mangas. Era evidente que su intención era sacar el brazo de la prenda. Al mirarla, Edward entendió que ella nunca logróría desvestirse sola. ¡Mierda!
Agachándose para atraer su atención, Edward arqueó las cejas.
—¿Quieres que te ayude, cariño?
Bella negó con la cabeza, plantó el dorso de una mano en su hombro y lo empujó levemente. Él podía reconocer una invitación a salir de un lugar cuando alguien se la hacía. Sólo esperaba que ella pudiera arreglárselas sin él.
—Vuelvo enseguida, ¿vale? —Sacó una toalla de lino del estante y la puso en el borde de la alargada bañera—. Tápate con ella una vez que te hayas metido en el agua. No importa que la mojes. Así no te sentirás incómoda cuando yo regrese. ¿De acuerdo?
Ella asintió temblorosamente con la cabeza. Temeroso de que fuera un error, Edward giró sobre sus talones y, un instante después, cerró la puerta del cuarto de baño al salir. Una vez en el dormitorio, se detuvo un momento frente al armario para sacar una camisa. Se la puso, pero no la abotonó, mientras cruzaba el pasillo a grandes zancadas.
Una vez en la planta baja, se apresuró en encender un fuego en la cocina para calentar el café. Tras hacer esto, llenó parcialmente una taza, añadió una cucharada de nata y luego terminó con un poco de whisky. Después de añadirle azúcar, volvió a subir al primer piso, esperando encontrar a Bella sumergida en agua caliente. En cambio, la encontró sentada en la taza del inodoro, con el vestido aún puesto y los brazos alrededor del vientre.
—Bella ...
Edward dejó la taza de café irlandés en el lavabo y se agachó frente a ella. Nunca había visto a nadie temblar de aquella manera. Si el baño caliente y el café con whisky no la ayudaban, debería que hacer llamar al doctor Muir. Dado su embarazo, no estaba dispuesto a correr ningún riesgo.
Durante un breve instante, Edward consideró la posibilidad de despertar a Esme para que ayudara a Bella a entrar en la bañera, pero enseguida desechó esta idea. El ama de llaves debe estar profundamente dormida en la otra punta de la casa. Mientras ella se levantaba, buscaba una bata y unas zapatillas y llegaba a la habitación de Edward, el agua se enfriaría.
Resuelto, cogió una de las manos de Bella, la levantó para apartarla de sus costillas y desabrochó el botón del puño.
—Voy a ayudarte un poco —le dijo mientras desabotonaba la otra manga. Al ver la expresión de consternación que se dibujaba en su rostro, él esbozó una sonrisa—. Cariño, te quitaré ese camisón y te meteré en la bañera tan rápido, que no veré más que una imagen borrosa.
Ella no parecía muy conveniente, pero, preocupado por su salud, Edward no le dio la oportunidad de oponer resistencia. Cogiéndola de los hombros, hizo que se levantara del inodoro y enseguida echó las manos al camisón, todo ello de una sola vez.
—Alza los brazos.
No sabía muy bien si ella lo había complacido, o si él la había obligado a levantarlos mientras tiraba del camisón para hacerlo pasar por su cabeza. Eso no tenía ninguna importancia. En el instante mismo en que ella sintió que la parte inferior de la prenda empezaba a subir, intentó ayudarlo sacando los brazos de un tirón para poder taparse. Edward no pudo menos que sonreír levemente al ver lo que ella decidido había decidido. No cubrió sus pechos, como lo habrían hecho la mayoría de mujeres. En cambio, dobló un brazo sobre su prominente abdomen y puso su otra mano sobre el triángulo de oscuro vello situado en el vértice de sus muslos delgados. De esta manera, proporcionará el espectáculo agradable de sus senos, las puntas se han oscurecido debido a su avanzado estado de embarazo.
Él enseguida apartó la mirada e hizo el valeroso esfuerzo de evitar que sus ojos volvieran a posarse en aquella parte del cuerpo de la joven. Esto resultó ser algo difícil cuando intentó ayudarla a meterse en la bañera. Puesto que ella no dejaba de temblar, no se fiaba de su equilibrio ni de la fuerza de sus brazos para hacerlo sola. ¿Por dónde podía coger a una mujer desnuda y embarazada? Edward no quería tocarle la cintura, pues temía hacer daño a ella o al bebé. Era imposible sujetarla de las caderas. Demasiado tentador. Demasiado todo. Decidió entonces agarrarla debajo de los brazos.
Gran error. Apretó los dientes e hizo un heroico esfuerzo por pensar en partidos de béisbol mientras la ayudaba a meterse en el agua. Las palmas de sus manos parecían estar ardiendo y, en la posición en la que se hallaba, sólo podía poner los pulgares debajo de los pechos. Al rozar su sedosa piel con los nudillos aparecieron gotas de sudor en su frente. Con movimientos desgarbados y torpes, ella se arrodilló sin dejar de temblar. Edward siguió sosteniendo su peso mientras ella penetraba en el agua. ¿Partidos de béisbol? ¡Por Dios! Si ni siquiera recordaba los nombres de los equipos. Era inútil, sólo podía pensar en aquel cuerpo maravilloso.
-Ya esta. ¿Ves? No ha sido tan terrible después de todo.
El dolor que Edward sintió en los genitales le hizo pensar en la ocasión aquella en que un potro le dio una coz en la entrepierna, pero esto no parecía venir al caso. Decidió que debía tener un problema muy serio. A un hombre normal no le parecería atractiva una mujer embarazada. Pero para él, Bella estaba preciosa.
Se sentó en la tapa del inodoro y apoyó los codos sobre las rodillas, rogándole a Dios que ella no hubo advertido su excitación. Dirigió la mirada hacia la toalla que había sacado para Bella y deseó con todas sus fuerzas que ella alargara la mano para cogerla. En lugar de esto, temblando y estremeciéndose, apretó la espalda contra el extremo inclinado de la bañera y se hundió en el agua caliente, que rodeó sus pezones y mantuvo a flote los pechos. Dando gracias por los favores recibidos, aunque no eran muchos, Edward comprobó con alivio que desde aquella posición podía ver sus senos y la parte superior del vientre, pero nada más. No podría resistir ver algo más.
Echando la cabeza hacia atrás, ella cerró los ojos y apretó los dientes para impedir que siguieran castañeteando. Edward fijó la mirada en el suelo y pasó algunos momentos de tensión contando baldosas. Al poco tiempo, cuando esto se volvió tedioso, dirigió la mirada hacia las puntas de sus botas. Luego, pasó a concentrar su atención en sus uñas y, por último, en sus cutículas. Cuando volvió a mirar a Bella, le pareció que ya no estaba temblando tanto.
Se puso en pie. Al percibir este movimiento, lo cual seguramente hizo a través de las vibraciones del suelo, ella abrió los ojos.
—¿Te apetece ahora un poco del café de Esme?
Ella alargó el brazo para coger la toalla. La desdobló rápidamente, la extendió sobre el agua y se tapó del vientre hacia abajo, dejando sus pechos expuestos. Edward le pasó la taza, que, debido al temblor que recorría todo su cuerpo, cogió con las dos manos. En el instante mismo en que soltó la toalla, ésta se alejó del sitio que Bella quería tapar. Ella trató de cogerla, derramando café sobre la parte superior de su pecho.
—Trae fuera él con voz grave—. Deja que yo coja la taza. Ocúpate de la toalla.
Cuando él cogió la taza, ella enseguida volvió a poner el cuadrado de lino sobre su vientre y lo sujetó allí, cerrando con fuerza sus pequeños puños. Agachándose junto a la bañera, Edward intentó con gran dificultad contener la risa. Era evidente que, a pesar de su pudor y su recelo, a ella le preocupaba más que nada ocultar su vientre hinchado y aquello que se encontró enclavado entre sus preciosos muslos, y al diablo con los pechos.
Esto desconcertaba a Edward. Había conocido a unas cuantas mujeres a las que no les daba vergüenza exhibir sus encantos, pero nunca a nadie como Bella. Ella no estaba tratando de ser provocativa, eso estaba claro. No parecía darse cuenta de que era tan importante ocultar los pechos de la mirada admirativa de un hombre como todas las demás partes de su cuerpo. Era como si nadie se hubiera tomado nunca la molestia de explicarle que ...
Un recuerdo repentino se le vino a la mente. Tan claramente como si hubiera ocurrido ayer, recordaba haber ido de excursión cerca de las cataratas cuando era apenas un niño. Había algún tipo de festejo comunitario allí arriba, un picnic o algo por el estilo, con juegos al aire libre y comida en abundancia. En las horas de más calor de aquella tarde, se incluyó la mayoría de los chiquillos, bajo la supervisión de un adulto, chapotearan un rato en el agua. Tras quedarse en ropa interior, tanto niños como niñas retozaron en ella. Edward tenía unos cinco años en aquel entonces, pero también había en el riachuelo algunos pequeños de seis o siete años. A ninguna de las chiquillas pareció avergonzarles el hecho de que los chicos vieran sus pechos desnudos. En aquella etapa de su desarrollo, no había nada que pudiera causarles vergüenza.
Llevando la taza a los labios de Bella, Edward place with creciente ternura mientras tomaba con delicadeza un sorbo del potente remedio de Esme. Al sentir el sabor del alcohol, arrugó la nariz. Edward la convenció para que diera otro sorbo. Luego, alargó la mano para apartarle un mechón húmedo de pelo negro de la mejilla.
—Te quitará los escalofríos —le aseguró cuando ella le lanzó otra mirada para mostrar su repugnancia.
Bella jugueteaba con la toalla, cuyo extremo suelto se dirigía constantemente hacia un lado por el aire, dejando al descubierto sus partes pudendas. Mientras la observaba, Edward recordó la mañana de la boda, cómo se han encontrado sentada en el rellano del primer piso, aparentemente sin importarle lo que él podría ver debajo de su vestido. ¿Y el día aquel en el cuarto de los niños en que besó sus pechos? Entonces temió que ella se asustara; pero, en cambio, ella lo miró mientras fracasaba en sus torpes intentos de desnudarla, con curiosidad, pero sin miedo. Hasta que él intentó meter una mano debajo de su falda, ella no pareció darse cuenta de que había una relación entre los besos que daba a sus senos y lo que Anthony le había hecho.
Bella ... privada de la capacidad auditiva a los seis años y obligada a ocultarse en las sombras, donde la mantenida alejada de la gente e ignorante de las más elementales nociones de urbanidad. Las normas de la sociedad tampoco tenían mucho sentido para Edward la mayoría de las veces. Casi era lógico que aquella chiquilla no se tapara los pechos con la toalla. ¿Qué tenía que ocultar? Las niñas de seis años se cubrían la parte inferior del cuerpo porque se les enseñaba a hacerlo desde una edad temprana. La vergüenza por la parte superior de sus cuerpos llegaba después, y era una actitud que les inculcaban sus madres más o menos un año antes de que se les desarrollasen los pechos. Cuando Bella alcanzó la pubertad, ya era una paria; su círculo social había sido restringido a la familia más cercana ya los criados de confianza,
Edward volvió a ofrecerle un poco de café irlandés.
—Bella, cariño, bebe dos tragos grandes esta vez. —Al ver que le obedecía, sonrió—. ¡Qué chica tan buena! Venga, un poco más.
La embarazada bebió dos tragos más.
- No me gusta.
—Supuse que no te gustaría —reconoció él—. Está bastante fuerte. —Contento al ver que ya había dejado de temblar, la miró profundamente a los ojos—. Siento mucho todo esto, Bella. —Apartando la mirada, tragó saliva—. Yo, esto ... —La miró de nuevo—. Si nunca me perdonas, te entendé perfectamente.
Ella lo miró fijamente. Parecía algo desconcertada.
- ¿Por qué debo perdonarte? Tú no tienes la culpa de nada.
Durante un breve instante, Edward consideró la posibilidad de optar por una salida fácil. Pero la amaba demasiado como para mentirle, aunque la verdad hiciese que ella lo estimara menos.
—Por ser tan ... En lo que a Anthony se refiere, soy muy débil. Siempre lo he sido. Debí echarlo a patadas de la casa de inmediato. Cuando no lo hice, supe que era un error, que estaba traicionando tu confianza. Pero yo ...
Volvió a poner la taza en el lavabo, rehuyendo su mirada.
—Créeme que antes de que todo terminara, me arrepentí de no haberle enseñado la puerta de la calle.
Ella alargó la mano de repente, rozando con trémulos dedos sus rotos nudillos. El alzó la vista, mirando fijamente los ojos más azules y honestos que hubiera visto jamás. Durante interminables segundos, ninguno de los dos se movió. Él tuvo la terrible sensación de que ella le estaba mirando el alma y que estaba viendo mucho más de lo que él quería.
- Ay, Edward.
—Lo siento —balbuceó Edward una vez más—. Nunca sabrás cuánto lo siento. Anthony es un hombre cruel y abominable. No merece nada de lo que reciben. Pero le di dinero. Sé que debe parecerte una locura. Y quizás todos piensen lo mismo.
Ella se merecía una explicación más detallada, y Edward lo sabía. Pero no parecía ser el momento adecuado para hablar de ello. Y no sabía si alguna vez se presentaría ese momento.
Como si intuyera su confusión, los ojos de ella se ensombrecieron por causa de la inquietud. Él apartó la mirada enseguida, sabiendo que, si no lo hacía, podría terminar contándoselo todo. De repente, le pareció que el aire del cuarto de baño estaba enrarecido. Tenía que salir de allí. Para poder recobrarse del golpe. Para poder aclarar sus sentimientos.
Se esforzó en volver a mirarla.
—No regresará, Bella. Lo que ha sucedido esta noche ... todo ha terminado entre nosotros, de una vez por todas. No volveremos a verlo.
Ella asintió con la cabeza de manera casi imperceptible, con la mirada llena de preguntas. Preguntas que Edward no podía responder en aquel momento. Él se puso en pie y se pasó una mano por el pelo.
La mirada de ella volvió a posarse en los heridos nudillos de su mano derecha. Una expresión de terror se adueñó de repente de su rostro, indicio de que finalmente había comprendido cómo se había hecho aquellas magulladuras.
—El agua ya debe de estar fría dijo Edward, aferrándose a cualquier excusa que pudiera ocurrírsele para marcharse de allí—. Deberías salir de la bañera antes de que empieces a temblar de nuevo. Si puedes arreglártelas sola, iré a la otra habitación y encenderé la chimenea para que puedas secarte el pelo.
- Puedo arreglármelas sola.
-Muy bien. Yo ... el fuego calentará la habitación.
Alargó la mano para coger el pomo de la puerta, lo hizo con brusquedad y estuvo a punto de tropezar con sus propios pies al salir de aquel cuarto.
Hola ... y cuantas se esperaban la aparición de Anthony ... Edward al fin le plantó cara ... y ahora es libre de la responsabilidad de su hermano.
