Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.


CAPÍTULO 21

Cuando Edward cerró la puerta del cuarto de baño, una ráfaga de aire recorrió el cuerpo húmedo de Bella, haciendo que se le pusiera la carne de gallina en los brazos y los hombros. Su jabón y todos los objetos que él utilizaba para afeitarse estaban en el lavabo junto a ella, y su perfume la envolvía; una mezcla bastante común de malagueta, bergamota y colonia de hombre, que ella sólo asociaba con él.

Eduardo.

Quedó muy afectado después de ver a su hermano aquella noche. Profundamente afectado. Y, por esto mismo, ella sabía que él la necesita como nunca en aquel momento. Si realmente le importaba su Edward, debería salir de la bañera, secarse con la toalla, ponerse el camisón e ir a buscarlo.

Y luego, ¿qué? Cuando se volviera hacia ella, cuando la estrechase entre sus brazos, ¿Qué haría si él quería que lo consolara de una manera en que ella no estaba dispuesta a hacerlo? Ya le había dicho claramente en varias ocasiones que quería estar con ella. En el estado de ánimo en que se encontró en aquel momento, podría presionarla para que lo complaciera.

Una terrible sensación resbaladiza se adueñó del estómago de Bella al pensar en eso, y comenzó a temblar de miedo. Después de ver a Anthony hacía apenas un momento, era imposible mantener a raya los recuerdos de lo que le había hecho. Imágenes de sus peores pesadillas se abalanzaron sobre ella tras salir de los rincones más oscuros de su mente. El dolor, la terrible sensación de impotencia y la vergüenza. Lágrimas ardientes empezaron a quemarle los ojos.

¿Cómo podía ir a la otra habitación, sabiendo de antemano que Edward quizá intentase hacer esas cosas? No estaba segura de sentirse capaz de pasar por esa experiencia. Ni tampoco de querer hacerlo. Lo quería mucho, sí. Y deseaba ser su amiga. Pero había ciertos límites, al menos para preservar la cordura.

Límites ... Parecía una palabra tan egoísta ... Bella se mordió el labio inferior y apretó los ojos con fuerza. Desde el primer momento, Edward le había dado todo lo que podía, sin reservas y sin exigir nada a cambio. ¿Cómo podría ella, en conciencia, impedirle acceder a una parte de sí?

Edward ... Bailando el vals con ella en el ático, seduciéndola con la música de su flauta, dándole un órgano, enseñándole a utilizar la lengua de signos. Al recordar los últimos meses, Bella se dio cuenta, no por primera vez, de que la relación que ellos tienen entablado era muy desigual: él siempre estaba dando, y ella recibiendo. Esto tenía que cambiar en algún momento, y de ella dependía que lo hiciera. Edward podía expresar su deseo de estar con ella, podía incluso presionarla para conseguir su objetivo, pero nunca la obligaría.

Se puso en pie, implementó el agua deslizándose por su cuerpo y cayendo en la bañera. La empapada toalla se le resbaló de las manos y cayó ruidosamente al agua. Silencio. No volvió a oírse el sonido de gotas cayendo al agua. Tampoco un acuoso plaf. Sólo la terrible nada que había sido la presencia dominante en su vida durante tanto tiempo que, hasta que conoció a Edward, había dejado de esperar nada distinto. Hora tras hora, día tras día, año tras año de silencio y soledad. Edward había cambiado todo esto.

Con una sonrisa triste, Bella recordó lo desilusionada que se sintió al enterarse de que se había casado y no había recibido regalo alguno. Qué equivocada estaba. Edward había llegado a su vida portando tantos regalos que hacía ya bastante tiempo que había perdido la cuenta, y cada UNO de ellos envuelto en abundante amor. Sin papeles bonitos ni cintas extravagantes. Las cosas que él le había dado no se podría meter en una caja. Pero no por ello eran menos maravillosas. ¿Cómo podía negarle algo a un hombre como él?

Miró fijamente la puerta cerrada. Luego, sin permitirse pensar en nada más, alargó la mano para coger una toalla con el fin de envolver su pelo mojado. En menos que canta un gallo —al menos así le pareció a ella - se había vuelto a poner el camisón y había abrochado todos los botones. Con mano trémula, cogió el pomo, lo hizo girar de manera resuelta y abrió la puerta.

A primera vista, el dormitorio le pareció oscuro, pero luego sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Mientras salía del cuarto de baño, su silueta, proyectada por la lámpara que se encuentra detrás de ella, bailaba de manera inquietante sobre el suelo y las paredes. La luz irregular se movía y se reflejaba en la brillantísima caoba del armario y el tocador. Un poco antes, Bella no se había tomado el tiempo necesario para mirar detenidamente el dormitorio. En aquel momento vio que, como el hombre que lo habitaba, el aposento era austero, casi elegante en su sencillez: los muebles eran convencionales y sólidos, y las cortinas y colgaduras sobrias. No estaba muy segura, pero bajo la débil luz las paredes parecían de color crema, y las cortinas también, recordándole las camisas de seda de Edward. En efecto, bañado por la luz del fuego,

Estaba frente a la chimenea, con un brazo apoyado sobre la repisa, la cabeza inclinada, una de las botas descansando sobre un pequeño montón de leños que se encuentran en uno de los extremos del hogar de piedra. La mirada de Bella se posó en sus hombros y en sus anchas espaldas, donde la camisa, estirada por el brazo alzado, se amoldaba como una segunda piel a los músculos que conformaban el torso. Al observarlo, recordó su fuerza y la facilidad con la que podía dominarla. Pero, al tiempo que estos recuerdos se deslizaban en su mente, recordó también su dulzura, las muchas veces que la había tocado con una caricia tan suave que la dejaba sin respiración.

Como una mariposa atraída por la luz, se dirigió hacia él. El corazón le latía con tanta fuerza que chocaba contra sus costillas. Con cada paso que daba, una vocecita le susurraba dentro de la cabeza: «Una vez allí, no podrás volver atrás. Una vez allí, no podrás volver atrás ». Pero la decisión ya estaba tomada. Y entonces se preguntó por qué habría tardado tanto en decidirse. Algunas cosas eran inevitables, y ella sabía instintivamente que tener a aquel hombre en su vida era una de ellas.

Edward alzó la vista cuando la mujer se acercó a él. Como había hecho ya tantas veces, Bella lo miró a los ojos y pensó en la miel, en la luz, en el amor. Sus ojos eran de un cálido color castaño, tan intenso y claro que podría perderse en ellos. Como el caramelo que tanto le gustaba, aquellos ojos la llamaban de manera irresistible, tentándola, llenándola de un anhelo que, hasta entonces, había temido reconocer. Se detuvo justo cuando se encontró a unos pocos pasos de él, sabiendo perfectamente que la corta distancia que los separaba no sería suficiente para salvarla, no necesariamente de él, sino de ella misma.

Sus ojos ... Aquella noche, algo más que el calor habitual se reflejaba en aquellas profundidades de color ámbar. Se percibía una terrible y profunda tristeza. Esto hizo que ella se acercara un paso más, que se aferrara a él con fuerza. Tocó la manga de la camisa de Edward con sus trémulos dedos. Su corazón suspiraba por él. Moviendo el brazo sobre la repisa de la chimenea, el hombre se volvió completamente hacia ella. La camisa abierta dejaba ver su pecho velludo y su duro vientre, las superficies bien rellenas se veían claramente definidas por la luz de las llamas y las sombras. La piel relucía como si hubiera bañado su cuerpo en bronce. Bella tocarlo para sentir su piel, pero hacer esto equivaldría a saltar a un precipicio y temía demasiado las consecuencias como para tomarse semejantes confianzas.

Edward no tenía el mismo problema. Mientras la observaba, una de las comisuras de sus firmes labios se alzó ligeramente y alargó la mano para acariciarle la mejilla con los nudillos. En aquel instante, a Bella le pareció que el aire que había entre ellos se electrizó tanto que el roce de la piel de aquel hombre contra la suya produjo una descarga. Mientras los nudillos del amado bajaban con toda suavidad hacia el cuello, la joven aspiró profundamente, como si acabara de salir de debajo del agua.

La sonrisa de Edward se hizo más profunda y sus ojos adquirieron un brillo especial.

—Pareces una mártir cristiana a punto de enfrentarse a los leones.

Bella frunció el ceño levemente, pues no entendía muy bien lo que él había querido decirle.

—Hace ya mucho tiempo, los cristianos eran condenados a muerte por sus convicciones religiosas —le dijo Edward—. En este momento pareces una mártir que tiene miedo de ser devorada en cualquier instante. —Rozó el labio inferior de Bella con su dedo pulgar—. ¿Acaso estás resuelta a sacrificarte por una causa, cariño? ¿Por qué tengo la sensación de que yo soy esa causa?

Avergonzada de que él pudiera interpretar sus gestos con tanta facilidad, Bella bajó la vista. Cuando volvió a alzarla, la sonrisa de Edward se había desvanecido y los músculos de su cara se puesto tensos. La miró fijamente durante varios segundos, que se hicieron interminables para la muchacha.

—Estás temblando de nuevo, y sé perfectamente que no es de frío.

Bella no podía negar lo que era evidente. Estaba temblando, y, efectivamente, no porque tuviese frío. Estaba nerviosa. Terriblemente nerviosa. Y tenía algo más que un poco de miedo. Aunque sabía que Edward nunca le haría daño a propósito, esto no le servía de consuelo cuando recordó el terrible dolor que sintió con Anthony.

De repente, notó la boca tan seca como la hierba quemada por el sol.

- Me pediste que pensara en la posibilidad de ... —Las palabras que quería decir se le escaparon de la mente. ¿Cómo se hacía referencia a un acto semejante? Edward lo había llamado «intimidad especial» y «hacer el amor», pero estos términos le parecían demasiado explícitos para repetirlos—. Ya lo pensó en ello. —Remató la frase sin mucha convicción, rogando que él entendiera lo que significaba «ello» -. ¿Recuerdas? Esta tarde me pediste que lo pensara.

Sin apartar la mano de su cuello, él comenzó a acariciarla con delicada suavidad bajo una oreja. La piel de la joven era tan sensible en aquel punto, que cada roce de las yemas de sus dedos prendía fuego a sus terminaciones nerviosas. Tragó saliva, dándose cuenta demasiado tarde de que su dedo pulgar le estaba apretando ligeramente la laringe.

—Y, como sabes que estoy triste, has decidido concederme lo que te pido ...

Bella quiso negar con la cabeza, pero él se lo impidió cogiéndola la barbilla. La mirada de Edward brazos se encuentran aferrada a la suya, con tanta fuerza como la que guardaba en sus.

—Al menos seamos sinceros. Si empiezas a disfrazar la verdad para no herir mis sentimientos, y yo hago lo mismo para no herir los tuyos, cuando nos demos cuenta, tendremos una montaña de mentiras piadosas irguiéndose entre nosotros.

- Pero yo quiero ...

El la interrumpió una vez más, esta vez llevando un dedo a sus labios.

—No, Bella, no quieres. Es la pura verdad. —Bajo la luz de las llamas, sus ojos, normalmente tan claros, se volvieron opacos—. Después de lo que te pasó, no espero en absoluto que quieras consumar la unión física. Esta tarde te pedí que considera la posibilidad y que confiaras en mí lo suficiente como para darme la oportunidad de enseñarte lo maravilloso que puede ser eso entre nosotros. Eso es todo. Sólo una oportunidad. Nunca he esperado que vinieras a buscarme ardiendo de deseo o queriendo estar conmigo en este mismo instante.

Como si esta idea le pareciese graciosa, él siguió mirándola, curvando ligeramente una de las comisuras de su boca.

- Bueno, ¡ya lo he pensado! —Estaba algo ofendida, pues él parecía estar riéndose a sus expensas—. Y he decidido darte la oportunidad de enseñármelo.

—¿Por qué?

- Bueno, pues ... —Bella lamió los labios y fijó la mirada en la depresión de la base de su cuello—. Porque yo ... —Se interrumpió y volvió a mirarlo a los ojos.

—¿Por qué sabes que yo estoy muy disgustado? ¿Y porque te sientes obligada a hacerlo? —Negó con la cabeza—. Bella, tesoro, ha tomado la decisión correcta, pero por motivos errados. —Con una sonrisa que no alteró la intensidad de su mirada, alargó la mano para quitarle la toalla de la cabeza—. Creo que esperaré hasta que vengas a buscarme por los motivos apropiados. Por lo pronto, vamos a secarte el pelo antes de que te resfríes. —Le hizo señas para que se sentara en la alfombrilla frente a la chimenea. Luego, fue a buscar un cepillo del tocador. Cuando volvió a su lado, bromeó—. Sin frunzas el ceño. Se te arrugará la frente.

Pese a todo, Bella no pudo menos que fruncir el ceño. Aunque sabía que era una testarudez, estaba irritada y algo herida. Por motivos errados, le había dicho él. ¿Y entonces razones consideraría que eran las correspondientes? Lo quería y se preocupaba por él. Edward se sintió triste aquella noche, y ella quería aliviar sus penas. ¿Qué mejores motivos podría tener?

Le puso una mano en el hombro, la obligó a sentarse en la alfombrilla y luego se sentó a su lado. Se colocó de tal manera que el camisón quedó atrapado bajo uno de sus pies, lo que hizo que sintiera una incómoda tirantez en los hombros. Tardó un momento intentando desenredarse. Cuando finalmente logró ponerse cómoda y volvió a alzar la vista, Edward emprendió la tarea de cepillarle el pelo. Esperando que tropezara con obstáculos inesperados e hiciera que se le saltaran las lágrimas por los tirones, como siempre ocurría con su madre, Bella se puso tensa al principio. Pero la delicadeza de aquel hombre pronto logró que se suavizara la rigidez de su cuello y sus hombros.

La peinaba con movimientos largos y lentos, con sus manos grandes y callosas. El calor emanaba tanto del fuego como de él. Bella entornó los ojos, y su cuerpo, completamente relajado, se movía al cadencioso ritmo del cepillo. Cuando las húmedas puntas de su pelo empezaron a secarse, Edward procuró levantar el cepillo cada vez que lo pasaba por su cabello, separando los pelos Y dejando que volvieran a caer lentamente sobre los hombros. Bella miraba la luz del fuego a través de un velo azabache en constante transformación, sintiéndose extrañamente somnolienta Y alejada de la realidad.

Cuando él finalmente dejó de cepillarle el pelo, sintió tal pereza que no quería moverse. Un trozo de leña rodó hacia adelante, lanzando una rociada de chispas. Ella casi podía oír el chasquido de la resina Y el chisporroteo de las llamas. Apoyando su peso sobre una mano, Edward le apartó el pelo de la cara Y le buscó los ojos. Bella sintió que había algo que él quería —o, mejor dicho, necesitar — decir. Lo veía en la rigidez de sus rasgos, en el firme marco de su boca, en su ceño ligeramente fruncido.

- ¿Qué sucede? —Preguntó ella finalmente.

La mirada de Edward se apartó. Durante varios segundos, él se quedó mirando fijamente el fuego. El anguloso rostro se iluminaba con la luz ámbar, Y sus firmes rasgos parecían grabados por las sombras. Apretó la boca Y tragó saliva varias veces, como si estuviese a punto de hablar. Pero una y otra vez, al final, guardaba silencio.

Bella se inclinó hacia adelante para cogerle la mano. En ese momento, él cerró los ojos apretándolos con fuerza.

—Necesito ... —Su garganta se movía como si las palabras se le hubieran atorado en la laringe—. En cuanto a lo que pasó esta noche ... con Anthony Y todo lo demás ... necesito explicártelo. No quiero que pienses que, para mí, él podría ser más importante que tú, Y sé que eso es lo que pudiste haber creído esta noche.

Él la había cogido de la barbilla por lo menos unas cien veces para hacer que lo mirara a la cara. Bella hizo lo mismo en aquel instante. Al sentir su mano, él abrió los ojos, aparentemente sorprendido. Su mirada, ensombrecida con sentimientos que ella no podría definir exactamente, se cruzó con la de Bella Y hurgó a fondo.

- Lo quieres exterior ella—. El hecho de que haga cosas malas no quiere decir que ya no te importe. Yo lo entiendo perfectamente.

—Él no se merece mi afecto, de ninguna manera.

- Mi padre tampoco se merece el mío, pero yo lo quiero de todos modos.

Mientras ella terminaba de hablar, él dirigió su mirada hacia la de Bella, con una ligera expresión de desconcierto en el rostro, como si hubiera oído las palabras, pero no pudiera entenderlas del todo.

No sé por qué, pero siempre supuse que querías a tu padre porque no te quedaba más remedio.

Bella abrazó sus rodillas y sonrió. Esta confesión, en lugar de contrariarla, le hizo gracia.

- Soy sorda, no estúpida.

Él le respondió con una sonrisa. La admiración que se reflejaba en sus ojos era incondicional.

—Me alegro de que empieces a entenderlo.

- Estás cambiando de tema.

—Es verdad, no se te escapa una.

- Me ibas a explicar algo acerca de Anthony y lo que ocurrió esta noche.

—Sólo quería que supieras que, aunque pareciese todo lo contrario, él nunca será para mí más importante que tú. Por ningún motivo. Pero creo que por esta noche ya hemos hablado lo suficiente sobre ese tema. Te alteraste tanto al verlo, que no creo que hablar de él sea BUENO NI para ti ni para el bebé.

- El bebé y yo estamos perfectamente bien. Tú estás disgustado y yo quiero ayudarte. ¿Hay algo de malo en eso?

—No, desde luego que no.

- Bien, ¿y entonces? Yo me he ofrecido a ... —Se interrumpió e hizo gestos difíciles de interpretar—. A estar contigo, y mis motivos no te parecen sólidos. Ahora te niegas a hablar de lo que te preocupa. ¿Cómo puedo ayudarte si no me lo permites?

Edward sonrió levemente.

—Te parece que estoy poco dispuesto a cooperar, ¿verdad?

- Muy poco dispuesto.

—Te pido perdón. —Pareció reflexionar acerca de la acusación. Luego, su sonrisa se hizo más profunda—. Supongo que te estoy causando problemas, ¿no es verdad?

Ella asintió con la cabeza.

—Al fin y al cabo, todo se reduce a decidir entre estar juntos físicamente y hablar. ¿Estoy en lo cierto? —Levantó las leonadas cejas—. Al verme frente a este ultimátum, escojo lo primero.

Bella frunció el ceño.

- ¿Cómo?

—Escojo lo primero —repitió—. No tengo ganas de hablar de mi hermano. La única alternativa que queda, entonces, es estar juntos, lo cual es algo que siempre tengo ganas de hacer. No hay ningún problema.

Bella arrugó la frente. Al ver la expresión de su rostro, los hombros de Edward hicieron un movimiento brusco por la carcajada que soltó, y un brillo pícaro apareció en sus ojos.

—Corrígeme si me equivoco, pero creo que tu entusiasmo está menguando. Pensé que querías hacer que me sintiera mejor. Créeme, Bella, estar contigo es la mejor manera de lograrlo.

- Cobarde.

Se rodeó con un brazo la rodilla que tenía levantada.

—En ese caso, creo que el término se aplica a los dos. Quizás debamos cogernos de las manos y enfrentarnos juntos a nuestros fantasmas, ¿no?

Bella cogió la mano que pendía sobre la rodilla de Edward.

- Tú primero.

Edward echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. De alguna manera, ella supo que éste era un sonido fuerte y profundo, la clase de risa que la habría animado plenamente si hubiera podido oírla. Cuando su alborozo decayó, el hombre puso su mano boca arriba para entrelazar los dedos de ella con los suyos.

—Yo primero, ¿eh? Eres fantástica, Bella. Hace dos horas me sentí como si alguien me hubiera hecho pedazos las tripas con un puñal, y ahora me estás haciendo reír.

- No lo he dicho en broma.

Él se puso serio de repente.

—No, supongo que no. —La miró un momento—. En realidad, lo estás diciendo en serio, ¿no es verdad? Si te tomo la palabra, ¿estás preparada para permitir que yo te haga el amor?

- No precisamente preparada, pero sí estoy dispuesta.

El estrechó su mano con fuerza.

—Eso significa mucho para mí. El hecho de que confíes en mí hasta el punto de correr un riesgo como ése, significa mucho más de lo que puedo expresar con palabras.

Bella sintió un dolor intenso en la garganta, como si la tuviera totalmente cerrada.

- Me gustaría que tú también confiaras en mí, al menos un poco.

El suspiró profundamente y cerró los ojos.

—Ah, Bella. No es que no confíe en ti. Es sólo que ... bueno, que no sabes lo que me estás pidiendo. —Abrió los ojos para mirarla—. Hablar ... parece muy sencillo. Pero no lo es. Mis sentimientos hacia Anthony no son nada sencillos y, en parte, ellos son producto de algo que pasó hace muchos años.

- ¿Qué?

Un músculo de su mandíbula se movió nerviosamente, y estrechó la mano de Bella con tanta fuerza que le produjo una sensación casi dolorosa.

—Yo mate a nuestros padres. A mi padre ya la madre de Anthony, Alicia. Yo los maté. Yo tengo la culpa de que Anthony se quedara huérfano cuando tenía apenas seis años. Tengo la culpa de todo.

Bella no esperaba una confesión semejante. Se quedó mirándolo con incredulidad, anonadada, convencida de que seguramente había leído mal sus palabras. La expresión de aflicción de su rostro le manifestó todo lo contrario.

- Ay, Edward ...

Edward apretó su mano con más fuerza aún.

—No lo hice adrede. Fue un accidente. Pero el resultado fue el mismo que si le hubiera apuntado a la cabeza con una pistola y hubiera apretado el gatillo: los dos murieron. La culpa me abrumó ... —Respiró hondo y luego soltó el aire lentamente—. ¡Por Dios! Nunca me dejó libre. He pasado los últimos catorce años de mi vida tratando de resarcir a Anthony de todo eso, y mirando las cosas ahora, con distancia, creo que en realidad le hice mucho daño.

Bella no trató de soltar su mano de la de Edward. A pesar de todo el dolor que le causaba la fuerza con que él la estaba apretando, temía distraer su atención al moverse y que por ello dejara de hablar. Como si finalmente se hubiera roto un dique, toda la amargura comenzó a salir a borbotones de su interior. Apenas hacía pausas entre las frases para tomar aire mientras le hablaba del accidente en que estaba muerto su padre y su madrastra.

—Yo tenía dieciséis años cuando el accidente. Acababa de empezar mis estudios universitarios en Portland y había vuelto a casa durante el verano para trabajar con mi padre en la cantera. —Se quedó callado un momento. Los recuerdos hacían que su mirada pareciese cada vez más ausente—. Los chicos de esa edad ... bueno, yo me sentía muy seguro de mí mismo aquel verano. Todo aquello era embriagador para mí: regresar a casa de la universidad, trabajar junto a hombres adultos, el hecho de que mi padre pidiera mi opinión acerca de asuntos de negocios. —Sonrió ligeramente y movió tristemente la cabeza—. Era la primera vez que él me trataba como un adulto. Yo tomaba parte en todo. Estaba en un equipo de trabajo. Ayudaba a hacer pedidos. Quería demostrar mi valía. ¿Entiendes? Veía todo aquello como una especie de prueba que aprobaría o suspendería,

Bella no entendía plenamente, pero captó lo esencial de lo que él estaba diciendo y asintió con la cabeza, deseando de todo corazón que la sonrisa de Edward se extendiera a sus ojos. Pero lo único que veía en aquellas profundidades de color ámbar era dolor. Un terrible dolor que lo acompañaba desde hacía mucho tiempo.

—Hacia finales de junio —prosiguió Edward—, todos estaban muy entusiasmados porque se acercaba el Día de la Independencia y por los festejos que iban a tener lugar en el pueblo. En la cantera teníamos acceso a explosivos de todo tipo, y algunos hombres empezaron a experimentar con la intención de fabricar sus propios petardos. —Al ver una expresión de desconcierto en el rostro de Bella, le detallado rápidamente qué eran los petardos, describiendo la fuerte explosión que uno de ellos podía ocasionar—. Bueno, una cosa llevó a la otra y, como los hombres somos como somos, empezaron las bromas en la cantera. Un día, cuando yo estaba en el retrete, mi padre encendió un petardo casero y lo tiró a través de la puerta. Explotó justo a mis pies y el susto hizo que me ...

Su cara adquirió un color rojo apagado y se rio con pena. Imaginándose lo que debió de haber pasado, Bella no pudo menos que sonreír. Ya hacía bastante tiempo que un sonido fuerte no la asustaba, pero aún podía recordar la sensación que producía.

—Digamos simplemente que el susto me puso de mal genio oferta él—. Después de esto, no podía pensar más que en gastarle una broma a mi padre para vengarme de él; de ser posible, quería gastarle una mayor. —La sonrisa se le borró de la cara de repente y la tristeza volvió a adueñarse de sus ojos—. Unos días después de este suceso, uno de los hombres que trabajaba para mi padre se volvió muy ingenioso con el polvo negro y creó un diminuto explosivo que metió en medio de un pequeño montón de papeles. Después de hacer explotar varios de esta manera, hizo uno que metió en el extremo del cigarro de uno de sus compañeros de trabajo. Más tarde, cuando el hombre encendió el puro, no alcanzó a dar más que unas pocas caladas antes de que le estallara en la cara. Esto me pareció increíblemente divertido, y como mi padre solía fumar cigarros, decidí meter uno de estos explosivos en uno de ellos. Era una broma inocente. No pensaba hacer daño. Todo lo que quería era darle un buen susto.

Bella sintió que se le paraba el corazón al ver la expresión de angustia que se adueñó de su rostro.

—Como quería cogerlo completamente desprevenido, esperé hasta llegar a casa para meter el explosivo en uno de los cigarros que guardaba en su estudio. Supuse que una tarde, mientras estaba llevando la contabilidad, encendería un cigarro y éste explotaría de inmediato. —La miró a los ojos, sin moverse ni hablar—. Pero no fue así como sucedieron las cosas. Él recibió un nuevo pedido de cigarros y los guardó en su cigarrera. Como yo no sabía que él los reorganizaba cada vez que recibía un encargo, poniendo los cigarros nuevos debajo de los viejos, creí que el que tenía el explosivo debía encontrarse en el fondo de la caja. Pasaron unos cuantos días y olvidé todo lo relacionado con la broma. Una tarde, un amigo de la familia invitó a mi padre y Alicia a ir a su casa. Mi padre pidió que le trajeran la calesa. Ellos se montaron en el vehículo.

La angustia se iba apoderando del rostro de Edward. Bella podía adivinar lo que él estaba a punto de decirle, y no quería más que estrecharlo entre sus brazos para aliviar su dolor. Pero, si lo hacía, no podría leerle los labios, de modo que tuvo que contentarse con cogerlo de la mano.

—Justo antes de que alargara las manos para coger las riendas, mi padre encendió un cigarro. Le dio una larga calada. De repente, se oyó una fuerte explosión y los caballos se desbocaron. Cuando todo terminó, tanto él como mi madrastra estaba muerto. —Soltándole las manos, puso las suyas boca arriba y miró fijamente sus palmas, como si pudiera encontrar alguna respuesta en ellas—. Yo los maté.

Ella volvió a cogerle las manos.

- Fue un accidente.

Edward negó con la cabeza.

—Los accidentes no pueden evitarse. Eso sí pudo evitarse. Si yo no hubiera sido tan tonto, tan desconsiderado, nada habría pasado.

- No era tu querer hacer daño a nadie.

—Pero lo cierto es que ellos murieron. —Se quedó mirando el fuego durante largo tiempo. Cuando volvió a dirigir la mirada hacia ella finalmente, había una especie de postigos sobre sus ojos, como si hubiera encerrado sus sentimientos dentro de él—. No te lo he contado para que sientas compasión por mí, Bella. Sólo quería que ... que pudieras entender mejor las cosas. Todo lo relacionado con Anthony. Con el hecho de que le hubiera dado dinero esta noche. Quería mandarlo a freír espárragos. De verdad. Pero no pude —negó con la cabeza—. Siempre me pasa lo mismo. Nunca puedo decirle que no. Porque me siento culpable. Quizás si no lo hubo consentido tanto, él no sería el hombre que es.

Bella apretó los labios contra los nudillos de Edward y cerró los ojos, deseando de todo corazón poder hacer retroceder el tiempo y cambiar las cosas para que todo fue mejor. Cuando volvió a mirarlo, vio en sus ojos una expresión ausente, y supo que Edward se fue lejos de ella, sumido en sus recuerdos.

—Desde el día de la muerte de nuestros padres, no hice más que pensar en compensar a Anthony. Él era un niño asustado, un huérfano, y yo tenía la culpa de todo. Nunca podía olvidar esto, ni tampoco perdonarme a mí mismo. Años después, cuando él creció y comenzó a hacer travesuras cada vez más graves, me sentí culpable de que mi padre no estuviese allí para disciplinarlo y darle ejemplo. De manera que también traté de compensar esta ausencia. Le daba todo lo que quería. Le permitía hacer todo lo que le apetecía. Lo sacaba de apuros cada vez que se metía en líos. En pocas palabras, maté a sus padres y luego lo eché a perder. Anthony es lo que es hoy en día, porque yo he complacido hasta sus más mínimos caprichos durante casi toda su vida.

No pudiendo soportar verlo en aquel estado, Bella cogió su rostro entre sus manos.

- ¡No! —Exclamó la joven— . Siéntete culpable de lo que les ocurrió a tus padres, si te empeñas en ello, pero no del carácter de Anthony. El hecho de que una persona sea consentida no la convierte en alguien tan cruel como él.

—Me siento culpable de que él te haya hecho daño —confesó él—. Para entonces, ya estaba empezando a sospechar lo malvado que era, especialmente cuando bebía, pero me negué a afrontarlo. Si lo hubiera hecho, quizás hubieran podido impedir lo que pasó en las cataratas aquel día.

Puesto que las palabras no parecían alcanzarlo, Bella rodeó el cuello de Edward con sus brazos. Él la estrechó contra su cuerpo, con tal fuerza que aquel abrazo se volvió casi doloroso. Ella sintió el pecho de él vibrar contra el suyo. Supo, sin ver sus labios, que le estaba diciendo: «Lo siento». Una y otra vez. Ella no quería que él se hiciera tanto daño a sí mismo. Lo que Anthony había hecho ... lo que le pasó a ella ... nada de esto era culpa suya.

Al sentir que él seguía hablando, Bella se apartó levemente y cogió su rostro entre las manos para poder verlo. Lágrimas, brillando con el reflejo dorado de la luz de la lumbre, rodaban por sus mejillas.

—Cada vez que pienso en él haciéndote daño, me dan ganas de vomitar. El solo hecho de pensar en él tocándote con sus asquerosas manos hace que quiera ...

Bella no le llegará a terminar la frase. No pudo soportarlo. Sin medir las posibles consecuencias, le cubrió la boca con su boca y lo besó con una intensidad que la sorprendió casi tanto como a él. Todas las demás palabras que él quiso decirle se derramaron dentro de ella, con su aliento. Edward tenía un sabor dulce y fresco. Sus labios eran como seda húmeda. Recordando cómo la besó el día aquel en la habitación de los niños, ella buscó el contacto de las lenguas. No necesito oír para saber que él había soltado un gemido. Áspero y entrecortado, salió de él con tal fuerza que sus vibraciones recorrieron todo su cuerpo. Subiendo una mano por la espalda de ella, le agarró el pelo. Con la fuerza de su mano, él le hizo echar la cabeza hacia atrás y volvió a poner su boca sobre la de ella.

Bella supo que el control había pasado a manos de Edward en el momento en que el beso se hizo más profundo. La repentina rigidez de su cuerpo la puso muy nerviosa. Bajo sus manos, ella sintió que se tensaba la carne que cubría los hombros de Edward. Los músculos de sus brazos también se pusieron tensos, su cerco formaba una banda irrompible en torno a ella. Acero y fuego, deseo y apremio, posesión y determinación, todo esto se puso de manifiesto a través de los cambios que experimentaba el cuerpo masculino.

Apretó su boca contra la de ella, y de repente sus manos parecieron estar en todas partes. Las caricias eran febriles y atrevidas. No había nada delicado en ellas. Bella tuvo la terrible sensación de que él había dejado de verla como una persona, de que, en un abrir y cerrar de ojos, ella se había convertido únicamente en un cuerpo. Un cuerpo que él quería poseer.

Aquél no era el Edward que ella conocía. Un desconocido había ocupado su lugar.


Hola a todos, en este capítulo conocemos la historia de la muerte de los padres de Edward y como se abrió a Bella y está tomó una decisión... será la acertada...

nos leemos en un próximo capítulo.