Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 22
Edward estaba desabrochando el camisón de su esposa y estaba buscando a tientas en la parte de abajo, cuando finalmente entró en razón y se dio cuenta de lo que estaba haciendo y con quién. Con Bella. Dejó de besarla. Con la cabeza febril de pasión y los pensamientos embrollados, parpadeó y miró a su alrededor. Poco a poco, volvió a la realidad. ¿En el suelo? ¡Por Dios! Cuando vio lo que había estado a punto de hacer, un escalofrío le recorrió el cuerpo, sacudiéndolo como si le hubieran echado un chorro de agua helada.
Respiraba entrecortadamente y trató con todas sus fuerzas de recobrar el dominio de sí mismo, tarea que en ese momento parecía le titánica. El deseo. Ardía en sus entrañas como un carbón caliente. En sus sienes, el pulso empezó a golpear como un martillo pilón Con cada latido, es decir cada martillazo, sintió un dolor detrás de los ojos parecido al de una puñalada. Parpadeó e intentó enfocar con claridad su pequeño rostro, concentrarse en ella y sólo en ella; una chica dulce, asustada y en avanzado estado de gestación, que no sólo se merecía que la trataran con suavidad, sino que también lo necesario.
De alguna manera, él la había puesto sobre su regazo. Su rodilla levantada servía de apoyo a la espalda de ella. El brazo alrededor de su vientre hinchado era el ancla que la sujetaba con firmeza. Bajando la vista, vio que le había subido el camisón hasta las rodillas, que había estado peligrosamente cerca de tocar tesoros prohibidos. Tragó saliva y llevó una mano trémula al desgreñado cabello de Bella. Bajo las yemas de sus dedos, el pelo de la muchacha parecía seda calentada por el sol. Sus ojos, grandes y recelosos, se apartaron rápidamente de la mano de Edward para posarse en su rostro. Era evidente que ella temía lo que él pudiera hacer después. Y con toda la razón, pensó Edward. Un par de segundos más y la tumbado boca arriba para abrir las puertas de su maravillosa intimidad.
—Bella —susurró Edward con voz vibrante—, lo siento. No quería asustarte, cariño. Es sólo que ... —Se interrumpió. No estaba muy seguro de lo que debería decir; no sabía si tenía que ser brutalmente sincero o mentirle para no asustarla aún más. Al final, optó por la sinceridad. La joven había sido alejada de la realidad durante muchos años, y él no podía seguir haciéndole lo mismo—. Te deseo terriblemente. Hace ya varias semanas que te deseo. Cuando un hombre está cerca de una mujer durante un período tan largo de tiempo, como yo lo he estado de ti, y nunca puede ... —Su voz se fue apagando—. Lo siento. El deseo me dominó durante un momento, eso es todo, y casi pierdo el control.
Edward a punto de prometerle que no estuvo permitido que esto volviera a pasar, pero se contuvo. La verdad era que podría suceder de nuevo. Era muy placentero abrazarla. Todo en ella le tentaba, desde el rosa translúcido de las pequeñas uñas de sus dedos hasta la brillante humedad de su carnoso labio inferior. Nunca había deseado tanto a una mujer.
Lentamente —demasiado lentamente para él—, el miedo desapareció de sus bellos ojos. Edward le sonrió, sintiéndose más que aliviado de que ella le devolviera la sonrisa. Bella aún estaba insegura y algo alterada, pero parecía dispuesta a otorgarle el beneficio de la duda. Gracias a Dios.
Se sintió como un vil canalla. Le acarició la mejilla y la miró fijamente a los ojos.
—Sin ninguna duda, ha sido el beso más dulce que me han dado en la vida. Siento mucho haberte acosado de esa manera. No te he hecho daño, ¿verdad?
Con algo de vacilación, ella negó con la cabeza. Él pudo ver que ella estaba temblando, y esta vez no podía echarle la culpa a Anthony. Acariciando su boca con extrema delicadeza, susurró:
—Sé muy bien que no me la merezco, pero ¿me darías otra oportunidad? Esta vez haré lo que es debido.
Los ojos de Bella se ensombrecieron, por causa del miedo o de la incertidumbre, no estaba seguro. Contuvo la respiración, esperando la respuesta. Cuando ella asintió con la cabeza de manera casi imperceptible, Edward estuvo a punto de soltar un grito de alivio, lo cual no habría sido apropiado en absoluto, teniendo en cuenta que a ella no le ilusionaba mucho aquella promesa.
—Gracias.
El marido acarició de nuevo la preciosa boca de la mujer con el pulgar. Se le hizo un nudo en el estómago al ver que su labio inferior parecía estar ligeramente hinchado. Era muy probable que él hubiera apretado su boca contra la de ella, aunque no recordaba claramente haber hecho tal cosa. ¡Qué era galante! Con un poco de estímulo, había ido a por ella como un oso en busca de miel.
Tenía muchas cosas que mejorar, sin duda alguna. Pero supo de una manera instintiva que no debe dejar esa tarea para más tarde. Si le daba mucho tiempo para reflexionar sobre el comportamiento que él había tenido, lo más probable era que la perspectiva de hacer el amor le inspirase mucho más miedo. Lo que menos necesita en aquel momento era tener otro obstáculo que saltar.
Con toda dulzura, Edward bajó la mano al cuello de Bella, posando las puntas de los dedos sobre su nuca. Tras llevar la yema del dedo pulgar debajo de su frágil mandíbula, le hizo alzar la cara. Inclinó la cabeza y rozó la boca de ella con su boca. Durante un instante, la muchacha se puso tensa, pero al ver que él no ejercía mayor presión ni tiraba de ella para estrecharla entre sus brazos de nuevo, empezó a relajarse por fin.
Lo estás haciendo bien. Pero no era tan sencillo como parecía. La deseaba. ¡Dios santo, cuánto la deseaba! Con febril urgencia. No había nada de delicadeza en su deseo, ni nada de caballerosidad en los pensamientos que le pasaban continuamente por la cabeza. Besar sus pechos hasta hacer perder el sentido. Probar la melosa humedad que anidaba entre sus muslos sedosos. Clavar la lanza en su superficie resbaladiza. Mordisquear suavemente su boca, cuando lo que realmente quería era devorar hasta el último centímetro de su cuerpo, no era lo más fácil que había hecho en su vida.
Sin embargo, obtuvimos una generosa recompensa por sus esfuerzos. La tensión fue desapareciendo lentamente del cuerpo de Bella y, como una niña en busca de calor, se apretó contra él. Edward se armó de valor para no ceder al fuerte deseo de aprovecharse de su aquiescencia. Aún no, se advirtió a sí mismo. Tenía que ganar terreno palmo a palmo, no a pasos agigantados. De lo contrario, volvería a asustarla. Si lo hacía, no podría alcanzar su objetivo final, que era hacer el amor. No mañana. Aquella misma noche.
De modo que la besó. Despacio. Dulcemente. Como si eso fuera todo lo que quisiera hacer en el mundo. Un minuto ... dos ... Besos tan suaves como un susurro y que solo sintió. Como el aterciopelado roce de las alas de una mariposa. Cuando Bella finalmente rodeó su cuello con los brazos, él apretó la cara contra su pelo durante un momento, inhalando su olor, sonriendo con ternura ante la forma confiada en que la mujer se amoldaba a su cuerpo. Con todo cuidado, Edward rodeó su cintura con un brazo, y abrió la mano sobre su costado, apretándola cada vez con más fuerza. La espalda de Bella se apoyó sobre el brazo de Edward, y ella echó la cabeza ligeramente hacia atrás. El hombre le besó el cuello, como si le tomase el pulso con la punta de la lengua. Y el latido era rápido e irregular. Sonrió de nuevo, deleitándose con aquel pequeño anticipo del sabor de su cuerpo, y pensando en los otros lugares que esperaba besar. Dio un paso hacia atrás para que ella pudiera verlo.
—No quiero que pases frío, cariño. Déjame echar un poco de leña al fuego.
Con una expresión algo recelosa en el rostro, ella parpadeó cuando la bajó de su regazo. Edward se puso en pie rápidamente y echó unos leños a la chimenea, empujándolos suavemente con una bota para ponerlos en su lugar. Unas chispas saltaron del tiro del hogar. Enseguida, las llamas se apoderaron de la leña. Edward se frotó las manos contra los pantalones, para limpiárselas, al tiempo que se volvía hacia su esposa, que se encontró arrodillada sobre la alfombrilla, con un aspecto demasiado inocente como para permitir que hubiera tranquilidad en su espíritu. Bañada por la luz dorada de la lumbre, con su camisón largo y suelto, y el pelo como una nube alrededor de sus hombros, ella parecía una figura religiosa. O un ángel. Tierno, increíblemente tierno. El sentimiento como si estuviese a punto de profanar algo sagrado, y no era ésta la sensación más adecuada cuando su conciencia estaba en guerra con la pasión contenida. Angelical o no, él tenía la intención de poseerla, ¡y al diablo con sus escrúpulos!
Él le extendió una mano.
—Ven aquí, Bella, cariño.
Bella le escrutó los ojos como si presintiese sus intenciones. Edward se inclinó ligeramente y la cogió de los brazos. Sin darle la oportunidad de elegir, tiró de ella para que se pusiera de pie.
—No quiero que tengas frío —le dijo mientras la acercaba al fuego.
Ojos azules que reflejaban el color dorado de la luz de la lumbre ... Al mirarlos, Edward aceptó que ella tenía toda la razón al no fiarse de él. Dado su comportamiento hacía unos minutos, tenía suerte de que la pobre no estuviese aterrorizada. Bella le había dado toda su confianza, lo cual no había sido nada fácil para ella, y él estuvo a punto de traicionarla. En aquel momento, aunque no se lo merecía en absoluto, estaba dispuesta a confiar en él una vez más.
Todo esto a Edward le pareció abrumador. La confianza era un regalo, y, viniendo de ella, uno que no tenía precio. La recorrió con la mirada. En medio de su arrebato de pasión de hacía un momento, le había desabrochado el camisón, lo cual le evitó la molestia de tener que hacerlo en aquel momento. Con una despreocupación que no sintió, le desabotonó uno de los puños, y comenzó a sacarle el brazo de la manga.
—Vamos a quitarte esto, ¿vale?
El codo quedó atascado en la sisa del camisón. Edward lo liberó rápidamente. Luego centró toda su atención en la otra manga. Con el rabillo del ojo, vio sus labios moviéndose y supo que, aunque quisiera, no podía ignorar sus protestas. Dejó lo que estaba haciendo para escrutar su mirada.
Edward habló ahora con voz curiosamente débil.
—Mi amor, si tienes miedo y quieres que me detenga, sólo tienes que decírmelo.
Estaba casi seguro de que esto era precisamente lo que ella le había estado diciendo, hasta el momento en que la miró a los ojos. Pero entonces no dijo nada. Él esperó, en medio de la angustia y de la incertidumbre, resuelto a volver a meterle el brazo en la manga, abrocharle el puño y accept su rechazo de buen grado. En lugar de esto, ella alzó la barbilla levemente, respiró hondo y se puso derecha. - No, no te detengas.
Edward sabía cuánto le había costado decir estas palabras. Para él, hacer el amor con ella era la culminación natural de su deseo, pero seguramente ella no sintió lo mismo.
—No lo lamentarás. Te lo juro.
No queriendo prolongar aquel momento de tortura, rápidamente le sacó el otro brazo de la manga del camisón.
-Ya esta.
Se inclinó, cogió el camisón con las manos y, evitando deliberadamente mirarla a los ojos, empezó a alzarle la falda. En el último segundo, el valor la abandonó. Sabiendo lo asustada que debía de estar ella, Edward esperaba que le opusiera al menos una resistencia instintiva. Y cuando Bella intentó rechazarlo y cogió la falda con todas sus fuerzas, dio un tirón a la tela y logró que ella la soltara. Con un movimiento suave, le pasó el vestido por la cabeza y se lo quitó.
Al volverse, a Edward le dio un vuelco el corazón. Aunque ella hizo el valeroso intento de ocultar su cuerpo con los brazos cruzados y las manos abiertas, poco pudo cubrir. Su visión era como un sueño, con el cuerpo desnudo bañado por la luz dorada de la lumbre. Sus pezones de color rosa se asomaban a través de las cascadas de pelo azabache que caían sobre los senos. Incapaz de resistirse, Edward alargó una mano para rozar con sus nudillos la sensible cima de los senos. Al sentir su caricia, ella se sobresaltó como si le hubieran clavado un alfiler.
Él bajó la vista, dominado por la ternura que le producía ver sus desesperados intentos por ocultar más territorio del que sus dos manos podían cubrir. Por la manera en que ella se rodeaba el cuerpo con los brazos, supuso que la inocente muchacha no sabía qué parte era más importante ocultar: su prominente vientre, su ombligo o el tentador triángulo de pelo negro que asomaba en el vértice de los muslos.
Al final, se rodeó el vientre con un brazo y puso la otra mano sobre el ombligo; decisión que no dejaba de ser embarazosa para él. Pero no desaprobó el resultado. Ningún hombre en su sano juicio deseaba ver el ombligo de una mujer cuando tenía una vista perfecta de ...
No encontró la palabra adecuada para designar aquella tentadora mata de rizos negros. En el pasado, Edward, como la mayoría de los hombres, se había referido a aquella parte del cuerpo de la mujer con poco respeto. La lista de nombres que se le daban era tan abyecta como larga. Atreverse siquiera a pensar que una sola de esas palabras pudiera tener alguna relación con Bella, le pareció un sacrilegio.
Alzó la vista hacia su vientre hinchado. Una perversa curiosidad se despertó en él mientras observaba la mano que ella se había puesto sobre el ombligo. Estaba clarísimo que se empeñaba en ocultar algo, pero él no sabía qué. Todo ombligo era muy parecido a los demás. Muñéndose de ganas de saber qué le avergonzaba tanto como para querer ocultárselo, sentó la tentación de apartarle las manos.
Pero, dado el banquete que ella le estaba dando a sus ojos, decidió que podía dejar que la chica tuviera al menos un secreto. Por el momento, en todo caso. Después no habría lugar para secretos entre ellos.
Aun rodeando su cuerpo con los brazos de la manera en que lo estaba haciendo, una gran parte de su piel quedaba al descubierto. De color crema, parecía luminiscente bajo la luz proyectada por el fuego. Pura seda reluciente. O una hoja temblorosa ...
Edward se sobresaltó al caer en la cuenta de que su amada estaba temblando. Dirigiendo enseguida la mirada hacia la de Bella, vio en las profundidades de sus ojos que estaba a punto de salir corriendo. Y con toda la razón. Él la estaba mirando boquiabierto, como un condenado idiota. ¡Por Dios! Desde el principio, él no había podido manejar bien la situación, y, a juzgar por la expresión de su rostro, las cosas iban de mal en peor a pasos agigantados.
A pesar de toda su experiencia con mujeres a lo largo de aquellos años, de repente se sintió como un zoquete. Terriblemente nervioso. Con una voz que no era más que un vibrante susurro, trató de excusarse.
—Perdóname por ... haberme quedado mirándote, mi amor. Es sólo que ... Dios mío, Bella, eres tan hermosa ... Apenas puedo ...
El pequeño rostro de la joven se puso de color rojo escarlata. Edward lanzó una mirada a su prominente vientre ya sus delgados brazos, que en vano intentaban ocultarlo. ¡Imbécil! ¡Mil veces imbécil! Estuvo a punto de golpearse en la frente con el dorso de la mano. Bella estaba en avanzado estado de gestación. Era de lo más natural que no se sintiera bonita.
Pero lo era. La criatura más hermosa sobre la que él había posado los ojos, sin excepción alguna. Entonces, díselo, maldito imbécil. Edward trató de humedecerse los labios con una lengua que estaba tan seca como un trozo de cecina de ternera. No era muy hábil con los halagos. Nunca lo había sido. Por alguna razón siempre se había sentido un poco tonto cuando intentaba ser romántico.
—Bella, no te acomplejes por tu vientre. A mí me parece ... bonito.
Los grandes ojos azules de la embarazada se pusieron brillantes a causa de las lágrimas. Edward no podía sentir la alfombrilla bajo sus pies. ¡Jesús! Al menos él podía verse los pies.
—Cariño, tu vientre es hermoso. De verdad. De hecho, ahora que podía observar su tamaño, se daba cuenta de que también era extraordinario. Ella parecía estar a punto de estallar. Bajo la mano que tenía sobre el ombligo, una línea de vello negro descendía hacia la pelvis.
—Bella ...
Él se acercó aún más. Con manos repentinamente trémulas, le secó las lágrimas que corrían por sus mejillas, deseando de todo corazón saber qué decirle. No se podía negar el hecho de que estaba deforme y desproporcionada. Pero esto no lograba apagar su deseo. Por el contrario, lo aumentaba, si es que esto era posible. Su esposa llevaba un bebé en el vientre. Para él, aquello era un milagro inconmensurable. Si le daba una oportunidad, él besaría reverencialmente hasta el último centímetro de su cuerpo. Pero no sabía cómo convencerla de ello.
Edward pensó que quizás estuviese haciendo las cosas mal. Bella no era estúpida. Sabía que su figura femenina se había deformado temporalmente, y las palabras bonitas no lograrían convencerla de lo contrario. Podría ser más provechoso que tratara la situación como un asunto insignificante y le tomara el pelo para sacarle una sonrisa. Si él pareciese tomarse su embarazo con calma, quizás ella también lograse relajarse al respecto.
Se inclinó para darle un beso en la punta de la nariz y esbozó una suave sonrisa.
—Acabo de darme cuenta de que hay algo que se interpone entre nosotros.
Ella abrió los ojos con alarma. Luego parpadeó, derramando más lágrimas sobre sus pestañas. Casi sin que Edward se diera cuenta, Bella le puso una mano en el centro del pecho y lo empujó con sorprendente fuerza. Desprevenido, se tambaleó. La muchacha, sin dejar de rodear su vientre con un brazo, se lanzó a coger su camisón. Edward la agarró de la muñeca justo antes de que recuperara la prenda.
—No hagas eso, mi amor —le dijo, obligándola a enderezarse—. Por favor.
Intentó soltarse de un tirón. Cuidando de no hacer daño, Edward la sujetó con firmeza.
—Bella ... Te estás portando como una tonta. Como si yo nunca hubiera visto a una mujer embarazada desnuda. —Esta era una de las mentiras más grandes que había dicho en su vida—. Y, aunque no me creas, pienso que estás preciosa. ¡De verdad!
Los labios de Bella empezaron a temblar. Un instante después, el espasmo se extendió a su pequeña barbilla. Edward estuvo a punto de dejar escapar un gruñido. Soltándole la muñeca, le cogió la cara entre sus manos y emprendió la tarea de besarla para hacer desaparecer las lágrimas. En medio de los besos, dio un paso hacia atrás para que ella pudiera leerle los labios.
—Lo siento, cariño. ¿Me perdonas? No quise herir tus sentimientos. Creo que estás muy guapa. Te lo juro.
Ella quiso liberar su rostro de las manos de Edward.
- No estoy guapa. Fea. Estoy fea.
—¿Fea? No, cariño. Las mujeres embarazadas son ... especiales. —Edward estuvo a punto de hacer una mueca tras decir estas palabras. ¿Especiales? Un verdadero genio con las palabras, eso era él—. Para mí, verte en ese estado es ...
- ¡No has visto mi ombligo!
Edward recorrió el arco de sus cejas con los labios. Y luego se echó hacia atrás.
—Estoy seguro de que tu ombligo es precioso.
- Sobresale.
-¿What?
- ¡Sobresale!
Músculos diminutos empezaron a debajo de sus ojos, claro indicio para Edward de que ella estaba a punto de llorar. Era evidente que su ombligo le molestaba. A él le parecía que, teniendo en cuenta la impresionante circunferencia de su vientre, no era más que un pequeño punto.
—¿Sobresale? ¿Qué quieres decir con eso?
- ¡Que sale hacia fuera!
—¿Cómo?
- ¡Se sale hacia fuera! —Repitió ella.
Edward bajó la vista para mirar entre sus cuerpos. Seguro de que su complejo le hacía exagerar las cosas, le apartó la mano para poder ver el ombligo en cuestión. Con la boca y la barbilla temblando, Bella bajó la vista hacia la protuberancia. A él se le cayó el alma a los pies al ver la angustia que se reflejaba en su rostro.
—No es tan terrible, cariño.
- ¡Feo, feo, feo!
-¡No! ¿Cómo puede ser feo un ombligo? Creo que en cierto modo es ... —Se interrumpió, buscando la palabra adecuada—: Adorable. Eso es, sin duda; el ombligo más hermoso que he visto en toda mi vida.
Sin pensar en cómo podría Bella percibir el paso que estaba dando, la acercó hacia él y apretó su cara contra el pelo de ella. Pasó una mano por su sedosa espalda, reconociendo su columna con las inquisitivas yemas de los dedos. Cerró los ojos al ser invadido por una oleada de satisfacción. Estrecharla entre sus brazos de aquella manera, sentir la suavidad de su cuerpo apretándose firmemente contra él, era lo más cerca del cielo que esperaba llegar.
—No llores, Bella, cariño.
Edward cayó de repente en la cuenta de que estaba susurrando al oído de una sorda. La frustración se adueñó de él, y dio un paso hacia atrás para que su mujer pudiera verle la cara. Al sentir un movimiento entre ellos, bajó la vista y vio que la chica estaba presionando su protuberante ombligo con la yema de un dedo, intentado sin éxito volver a meterlo en su lugar. Temeroso de que se hiciera daño, Edward le apartó la mano y cubrió aquel sitio con la suya. La ternura lo inundó al mirarla a los ojos.
—Cuando llegue el bebé, tu cuerpo recuperará su forma habitual —le aseguró—. Hasta entonces, cariño, créeme cuando te digo que estás preciosa. Con tu enorme vientre, el ombligo hacia fuera y todo —le acarició el pelo con una mano—. Yo no te cambiaría por nada. Ni cambiaría nada de tu figura actual. Lo único que haría sería ponerte una sonrisa en el rostro.
Bella le lanzó una mirada de incredulidad. A todas luces, sus palabras no acababan de convencerla.
—Eres absolutamente perfecta —le aseguró.
Ella arrugó la nariz y negó con la cabeza de nuevo. Edward la soltó y dio un paso hacia atrás y la retó.
—Enséñame una sola parte de tu cuerpo que no sea perfecta.
Ella quiso rodear su propio cuerpo con los brazos una vez más, pero él se lo impidió cogiéndola de las muñecas y haciéndole bajar los brazos. Luego, con el corazón doliéndole de tanto amor como sintió, caminó ostentosamente en torno a ella para observarla desde todos los ángulos. Cuando volvió al punto de partida y se quedó de nuevo frente a ella, se puso en jarras, desafiante, posó la mirada en la cara sonrojada de Bella y dijo con absoluta franqueza:
—Eres, sin lugar a dudas, la chica más guapa y encantadora que he visto en toda mi vida.
Bella puso una mano sobre su vientre hinchado, apartando la mirada. Edward se inclinó hacia ella, de tal manera que volvieran a quedar frente a frente.
—Ponte junto a cuarenta mujeres flacas, dame la posibilidad de elegir a una, y sin ninguna duda te escogeré a ti.
Ella se sorbió la nariz y se recogió con la mano una lágrima antes de que cayera. A Edward le interesaba más coger otra lágrima que ya había caído y había dejado una brillante estela sobre uno de sus pechos hasta alcanzar el pezón.
—Lo digo en serio, Bella, cariño. —Las oscuras sombras que cubrían sus ojos le hicieron desear tener mayor facilidad de palabra—. Te quiero a ti, y solo a ti, tal y como estás en este mismo momento.
La joven dejó escapar un débil sonido que salió de lo más profundo de su garganta. Edward le tendió una mano.
—Ven aquí, mi amor.
Bella se quedó mirando fijamente la palma de su mano durante largos segundos. Luego, finalmente la cruzó con sus dedos delicados. Edward no podía hablar y, aunque hubiera podido hacerlo, dudaba de que lograse expresar las emociones que lo embargaban. Tras tirar de ella para acercarla a su cuerpo, la envolvió en un abrazo. Durante largo tiempo la estrechó de aquella manera. Sabía de forma instintiva que ella necesita tiempo para acostumbrarse a la cercanía física, que necesita saber que él quería mucho de ella más que sólo su cuerpo.
Y así era ... Necesitaba muchísimo más.
Cuando notó que Bella empezaba a relajarse un poco, le acarició un pecho. Ella gimió y contuvo la respiración. Suavemente, con toda dulzura, Edwardó con el pezón, que aún estaba húmedo por las lágrimas que se deslizado hasta él. La idea de estar tocándole el pecho, mojado por sus propias lágrimas, incrementó su excitación al máximo. La abrazó aún con más fuerza.
—¡Dios santo! Eres increíblemente preciosa.
Sabía que ella no podía oírle, pero, por un momento, su habitual sensación de frustración dio paso a un vago alivio. Al tenerla entre sus brazos de aquella manera, casi no podía pensar, y mucho menos medir sus palabras. Comprendió que hacer el amor a una sorda también tenía sus ventajas.
—¡Dios, ¡cómo te deseo! Quizás sea una bendición que no sepas cuánto me excitas, mi amor.
Bella se acurrucó contra él, ignorante de lo que decía. Edward sonrió al pensar que si su amada pudiera oírle saldría disparada de inmediato hacia la puerta. Luego suspiró y mordisqueó de forma juguetona la oreja de su esposa, que volvió a gemir de placer.
—Ah, te gusta, ¿no es verdad? —Ahora se dedicaba a besarla en el cuello—. Estupendo, pues voy a amarte ya saborear cada centímetro de tu cuerpo de esta misma manera. —Cerró los ojos y se dedicó a degustar aquella piel suave, levemente salada, enloquecedora—. Ah, Bella, mi amor ...
Cuando ella echó la cabeza hacia atrás, la besó. Bella emitió un ruidillo parecido a un lamento, y su dulce aliento se derramó sobre los labios de Edward. El hombre metió la lengua en la húmeda boca de la amada, y luego la retiró, una y otra vez, emulando el ritmo de las relaciones sexuales, imaginando qué sentiría al introducirse de verdad dentro de ella. Los músculos de sus muslos se tensaron al acariciarla con irrefrenable deseo, gozando de su suavidad, de la aterciopelada textura de su piel. Sin poder contenerse, agarró las nalgas de Bella y la atrajo hacia sí. Ante esa inesperada maniobra, ella se puso tensa y apartó la boca, dejando de besarle.
Edward alzó la cabeza, deslizando una mano desde la cadera de Bella hasta su espalda, para estrecharla contra su cuerpo, en caso de que ella perdiera el control. Por la expresión de su rostro y las fuertes pulsaciones que percibía en su cuello, sabía que la muchacha se estaba alterando, que quizás rememoraba lo ocurrido en las cataratas. No era de extrañar, ya él no le sorprendía.
La enormidad de lo que estaba a punto de hacer lo dejó perplejo. Un movimiento equivocado, una palabra equivocada ...
—Bella, cariño, no te haré daño. Te lo prometo.
La mirada llena de miedo de la muchacha se clavó en sus ojos. Edward se sintió como si se estaba ahogando. Tragó saliva, y el ruido de esa simple acción retumbó en sus oídos, lo que era clara muestra de su estado de nervios. Quería que fue una experiencia hermosa para ella. Quería borrar todos los malos recuerdos de su mente y remplazarlos con otros, maravillosos.
Se inclinó, la alzó en sus brazos y la llevó a la cama. Después de acostarla con todo cuidado se quitó la camisa y las botas. Ella tiró de la punta del arrugado cubrecama para ocultar la parte inferior de su cuerpo. Edward sonrió y colocó una rodilla junto a su cadera. Plantó las manos a ambos lados de su cuerpo y se inclinó para cerrar los ojos con un delicado beso. Luego, empezó a besarla todo el rostro, suavemente, despacio. Quería que ella se sintiera admirada, amada. Sentía que Dios le había enviado un ángel y tenía que comunicarle ese sentimiento. Bella gruñía de placer y sonreía.
Edward también sonrió, pues advirtió que ella seguía aferrándose desesperadamente al cubrecama que tapaba la parte inferior de su cuerpo. La habló en susurros, con la boca sobre sus párpados cerrados.
—Cierra los puños con fuerza y no sueltes el cobertor. Me conviene que tengas las manos ocupadas. —Paseó la boca por la maravillosa mejilla, luego bajó a los labios y después al cuello—. Cuando haya terminado, te habrás olvidado por completo de ese cubrecama, te lo prometo.
Siguió su camino descendente. Le lamía suavemente la piel, acercándose cada vez más a los senos, a los pezones que desde hacía semanas poblaban sus sueños, sus deseos. Llegó a uno de ellos. La areola, hinchada y pulsando con fuerza con cada latido, le pareció de terciopelo al entrar en su boca. Al sentir el primer movimiento de la lengua masculina, el cuerpo de Bella se estremeció de arriba abajo. Le agarró el pelo, como queriendo apartarlo. Edward comprendió que la joven era mucho más sensible de lo que había imaginado, y redobló sus delicados lametones, dispuso a llevarla a la más alta cima de la excitación. Cuando consideró que ella ya estaba lista, la acometió con más fuerza. Ella dio un grito ahogado y arqueó el cuerpo, entregándose a él. Gemidos de deseo brotaban de su garganta.
Esta vez a Edward no le importaba que su esposa soltara cuantos gritos de pasión quisiera. La puerta estaba cerrada con llave, y todos los criados, incluyendo a Esme, dormían en el otro extremo de la casa. A él no sólo no le importaba, sino que prefería que gritase, pues sus chillidos le excitaban. Cogiendo la palpitante punta de un pezón entre sus dientes, le dio un pequeño tirón. Ella empezó a jadear de inmediato. Jadeos agudos y suaves que eran para Edward un poderoso afrodisíaco. Enseguida, como para no darle tiempo a que se enfriara, centró toda su atención en el otro pecho y le dio el mismo tratamiento.
Cuando ella finalmente cogió las orejas de Edward, él supo que había logrado su primer propósito. Ella estaba tan excitada, que él dudaba que pudiese pensar con claridad, y mucho menos sentir miedo. Entonces, y sólo entonces, se arriesgó a meter una mano debajo del cubrecama.
Para gran sorpresa de Edward, Bella abrió los muslos, acogiendo las caricias de su mano. El hombre buscó con toda cautela el dulce centro de su cuerpo, sonriendo al oírla gemir de placer. Como virutas de metal atraídas por un imán, las yemas de sus dedos localizaron el objetivo y se dirigieron hacia los rizos de la entrepierna femenina. Con toda dulzura y cuidado, abrió los sedosos pliegues. Sexo ardiente. Humedad resbaladiza. Al sentir la invasión de sus dedos, ella sacudió las caderas y le soltó las orejas para incorporarse sobre los codos. Delicadamente, Edward la obligó a volver a apoyar la espalda sobre la cama. Con su cara a escasos centímetros de la de ella, sostuvo su mirada, que ahora volvía a ser de miedo.
—Confía en mí, Bella —le susurró con voz ronca—. ¿Lo harás? Sólo unos pocos minutos. Luego, si quieres que me detenga, lo haré. Te lo prometo.
Ella juntó sus delicadas cejas para fruncir el ceño. Pero, al final, asintió con la cabeza para dar su consentimiento.
Atenazado por los nervios, Edward encontró las sensibles carnes femeninas. Con suaves caricias, consiguió excitarla, observando los sutiles cambios de la expresión de su rostro. Complacerla era su único interés. Bella era lo primero. Con él, ella siempre estaría en primer lugar.
La mujer ni siquiera pestañeó cuando él le quitó el cubrecama. Siendo un hombre que no dejaba pasar ninguna oportunidad, Edward se aprovechó de su enajenamiento. Puso en juego la boca y lanzó un suave pero implacable ataque sensual para tomar posesión de su tesoro erótico.
Con el primer movimiento de su lengua sobre sus sensibles terminaciones nerviosas, ella dejó escapar un grito. Con el segundo, gimió desde lo más profundo de su garganta. Con el tercero, aferró la sábana que se encontró debajo de su cuerpo, clavó los talones en el colchón y arqueó las caderas para que él tuviera fácil acceso a su cuerpo. Sus agudos jadeos y guturales gemidos eran los sonidos más dulces que Edward había oído en toda su vida.
—Sí, sí, Bella —susurró con la voz entrecortada—. Entrégate a mí.
—¡Ahhh! —Ella alzó aún más sus caderas, ofreciéndole lo que estaba buscando. Su respiración era cada vez más acelerada y superficial—. ¡Ahhh! ¡Ahhh!
Edward comenzó a hacer girar la lengua, con lentitud y firmeza. Ella lo cogió del pelo y empujó hacia arriba, excitada hasta un extremo inimaginable. Acelerando el ritmo, la hizo alcanzar su primer orgasmo, y se maravilló de lo sensible y desinhibida que había resultado aquella excitante criatura.
Cuando ella finalmente apoyó todo su cuerpo en el colchón, agotada y temblorosa, Edward se alejó sólo el tiempo suficiente para quitarse los pantalones. Acto seguido, se apostó entre sus muslos y le agarró las caderas con fuerza, abriéndola con los suaves golpes de su miembro viril. Bella lo miró con una sonrisa placentera, medio inconsciente, con los ojos aún ensombrecidos de placer. Rápidamente, sin darle tiempo de darse cuenta de sus intenciones, entró en ella con toda suavidad.
Edward vio sus ojos abrirse aún más de asombro. Luego, durante varios segundos, sólo fue consciente de la maravillosa sensación de estar dentro de su cuerpo. Bella estaba preparada para él. Ardientes y humectadas por el deseo, las paredes de su útero ciñeron su pene sin ningún retraimiento a causa del reciente orgasmo. Requirió de un gran dominio de sí mismo para no eyacular en aquel mismo instante.
Sus ojos volvieron a enfocar el pequeño rostro de Bella, y recordó que era el placer de ella el que debía importarle, no el suyo. Cuidando de no aplastarla con su peso, se apoyó sobre los brazos y logró esbozar una tranquilizadora sonrisa. Acto seguido, se retiró ligeramente para volver a entrar en lo más profundo de su cuerpo. Ella dio un grito ahogado y una vez más agarró con fuerza la sábana. Edward se regocijó con su reacción, y aceleró el ritmo lentamente, penetrándola cada vez más hondo y con mayor fuerza. No quería alcanzar el orgasmo hasta cerciorarse de que ella también lo alcanzó.
La tensión se fue acrecentando lentamente. Los movimientos de Edward adoptaron un ritmo constante, retirándose para luego volver a penetrar en sus profundidades, siempre atento a la expresión de su rostro, para evitar hacer daño. No había necesidad de que se inquietara tanto. Con la despreocupación natural que lo cautivó desde el principio, Bella arqueó la nuca, gimió de placer, y con sus esbeltas piernas rodeó las caderas de Edward para moverse de forma circular e intensificar el placer de la penetración. El deseo de Edward se convirtió en un dolor insoportable.
Las cosas mejor planeadas no siempre ... A pesar de su decisión de mantener el control, cuando ella gritó y lo apretó con sus piernas, el deseo dentro de él estalló en un placer alucinante que no se parecía a nada de lo que había experimentado antes, que no había imaginado siquiera que podía existir.
Bella ... Sus jadeantes gritos revelaron a Edward que estaba alcanzando el orgasmo con él. Luego, las paredes de su útero se contrajeron espasmódicamente. Una luz roja se encendió dentro de su cabeza. Sin poder ver, ni tampoco pensar, se entregó al deseo y se hundió con ella en un remolino de sensaciones.
Bella ... Fuego y oscuridad. En algún distante rincón de su mente, Edward percibió sus agudos gritos liberadores. Luego, totalmente desprovisto de energía y de fuerzas, se sumergió con ella en la oscuridad de la inconsciencia.
Bella volvió a la como si saliera de un sueño, cayendo poco a poco en la cuenta de lo que había ocurrido y de dónde se encuentran. Advirtió primero el parpadeo de una luz ámbar, luego el tejido de la sábana que se encuentra debajo de ella, el calor del cuerpo de Edward apretado contra el suyo, el calor del aliento contra su pelo, el peso de su brazo sobre su cintura. Un instante después, pestañeó y se despertó por completo, sintiéndose totalmente tranquila y más feliz que nunca.
Eduardo. Estaba acostada con la espalda apoyada sobre el pecho de él, con el trasero perfectamente acoplado en la concavidad de su cuerpo; y sentí sus muslos, ásperos por el vello que los cubría, firmemente apretados contra la parte posterior de las piernas de ella. Bella aspiró hondamente, con deleite, los perfumes del cuerpo de su hombre: débiles vestigios de jabón y colonia, el olor penetrante de las prendas de piel y su masculino aroma de almizcle. Sintió el ruido sordo del corazón viril, latiendo con fuerza y de forma regular. Se maravillosamente bien allí acostada, acurrucada contra él, con el cuerpo completamente relajado y los pensamientos en dulce desorden.
Eduardo. Deseaba poder oír su nombre al menos una vez, disfrutar de su sonido en ese momento. Lo amaba. Lo amaba enormemente.
Un rubor intenso subió a las mejillas de Bella al recordar lo que él le había hecho a su cuerpo. Una extraña sensación de dolor y hormigueo se extendió por su bajo vientre. Una sonrisa se abrió paso en sus labios, y no pudo menos que desear que su amante se despertara y volviera a hacer todo aquello.
Con este propósito, se dio la vuelta para quedarse frente a él. Bajo la luz de la lumbre, le pareció que nunca había visto a un hombre tan apuesto como él. Su pelo dorado caía en ondas desordenadas sobre la frente, y sus finas puntas atrapaban la luz. Durmiendo de aquella manera, sus rasgos delicadamente esculpidos parecían casi infantiles; las pestañas proyectaban sombras sobre las mejillas bronceadas, el labio inferior estaba relajado y temblaba ligeramente con cada una de sus suaves respiraciones. La cabezaba sobre uno de sus brazos doblados, cuya parte interna era ligeramente más blanca, debido a que casi no se exponía al sol. Los grandes músculos y tendones de esta parte de su cuerpo hacían que la piel se extendiera tensa sobre ellos. Llena de curiosidad, le puso una mano en el pecho y le acarició el recio vello. Luego se dedicó a explorar con cautela una de sus tetillas, que eran pequeñas y de color cobrizo. Al tocar una vio que se endurecía ligeramente; y, sin saber muy bien por qué, pensó que él no debía de sentir lo mismo que ella.
La joven se sobresaltó cuando alzó la vista y descubrió que sus ojos dorados se encontraban abiertos. Las miradas se cruzaron. Edward esbozó una maravillosa sonrisa.
—¿Por qué tengo la sensación de que mi esposa se siente como nueva y está dispuesta a hacerlo de nuevo?
Bella sonrió, enseñando sus hoyuelos, volvió a tocar la tetilla de Edward y su sonrisa se hizo más profunda.
—¿Me estás pidiendo que te devuelva el favor? —Le preguntó él.
Bella se le acercó hasta que las puntas de sus pezones rozaron el pecho de su marido. Ante este contacto, se endurecieron de inmediato.
—¡Qué desvergonzada eres!
Edward retiró el brazo que en ese momento envolvía la cintura de Bella y le tocó el pecho. Con una caricia logró que los pezones se pusieran más erectos. Luego, acercó la cabeza a los pezones para chuparlos. Bella cerró los ojos. El placer que sintió era tan intenso, que habría podido quedarse allí tendida eternamente, dejando que él la besara.
Pero Edward tenía otras ideas. Después de darle unos cuantos besos, se dejó caer en la almohada y la miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa lúbrica.
—Si quieres más, tráelo aquí. Estoy cansado.
Bella sabía que él no estaba tan cansado. El brillo de sus ojos le decía algo muy distinto. Algo cohibida de repente, miró con deseo la boca de su esposo. Al advertir su mirada, los hombros de Edward se sacudieron a causa de la risa, y la cogió del brazo para doblegarla.
—Ven aquí —le dijo—. Yo no muerdo.
Como para contradecir estas palabras, se levantó de repente y la atrapó con cuidado enseñando los dientes. Un movimiento de la lengua fue todo lo que se necesitó para lograr que Bella se acercara. Con los brazos apoyados a ambos lados de la cabeza de Edward, bajó los pechos para que él tuviera fácil acceso. Con perezosa lentitud, la complació hasta que la mujer empezó a temblar. De pronto, Bella se soltó para besarlo apasionadamente.
Edward la abrazó y se dio la vuelta con ella pegada a su cuerpo, cuidando de no aplastarla. Una vez que quedó boca arriba, Bella entrelazó sus piernas con las de él, pensando que le haría el amor de nuevo.
—Ah, no… No tan pronto, Bella. Tenemos el resto de nuestras vidas por delante, ¿a qué viene tanta prisa?
El resto de sus vidas ... A Bella le gustaba esa idea. Noche tras noche en los brazos de Edward.
Promesa cumplida: indudablemente esto había sido mucho mejor que lo que estaba hecho aquel día remoto en la habitación de los niños.
Ay! que emoción, Bella se entregó a Edward, confió en el y al parecer le quedó gustando.
