Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 25
Tres semanas después, cuando Edward llevó a Bella ya Esme a la estación de Medford para despedirse de ellos, la mañana estaba fría, sombría y húmeda; un reflejo perfecto de su estado de ánimo, que era pésimo, por no decir otra cosa. Había estado temiendo aquel momento desde hacía más de dos meses; no enfrentarse a él, y pudo haber pensado en una docena de razones para dar media vuelta quería y llevarse a casa a su esposa ya su hijo.
—¿Tienes los billetes?
Haciendo una mueca, Edward cayó en la cuenta de que estaba gritando para que Bella pudiera oírle por encima del ruido de la locomotora. Metiendo la mano debajo de los gruesos pliegues de la capa de lana que ella llevaba, la cogió del brazo y la obligó a detenerse. Acto seguido, se inclinó para que ella pudiera verle la cara mientras le repetía la pregunta. Ella abrió un bolso de seda azul bordado con abalorios negros y empezó a rebuscar en su caótico interior. Edward alcanzó a ver algo pequeño y marrón moviéndose entre los papeles. Antes de que pudiera caer en la cuenta de lo que era o reaccionar, la criatura salió del bolso de un salto.
—¡Nooo! —Chilló Bella.
-¡Jesús! —Exclamó Edward.
—¡Un ratón! —Gritó una dama gorda.
A partir de ese instante, se armó la de Dios es Cristo. Las mujeres empezaron a chillar ya abalanzarse hacia los bancos, los hombres pisaban el suelo con fuerza para tratar de aplastar con los tacones de sus zapatos a la escurridiza criaturilla. Edward se metió en medio de la refriega, sin saber muy bien qué esperaba conseguir, además de quedar como un perfecto imbécil. Dudaba que el ratón pobre se quedara inmóvil para que él pudiera cogerlo en medio de aquel barullo. Pero con la mirada de adoración de Bella clavada en él y la expresión de su rostro aclamándolo como su héroe, no podía quedar allí sin hacer nada.
El ratón se refugió entre un cubo de basura y un poste. Y entonces una mujer, con la falda recogida sobre los tobillos, lanzó un ataque contra el escondrijo del ratón, haciendo oscilar su bolso con furia. Edward sólo pensó en que aquella mujer podría aporrear a la mascota de Bella hasta matarla ante sus propios ojos. Se lanzó entre la agresora y el cubo de basura, recibiendo la peor parte del castigo en sus hombros, y logrando así que los golpes no le hicieran daño alguno al animalito. Cuando las yemas de sus dedos tocaron un cuerpecito peludo unos dientes diminutos se clavaron en su dedo índice.
—¡Joder! ¡Desagradecido ratón de mierda!
—¡No diga palabrotas, señor!
Cataplum. El bolso de la mujer lo golpeó en una oreja. Mientras se levantaba, Edward alzó un brazo para protegerse la cara.
—¿Cómo se atreve usted a soltar un ratón en medio de un lugar público? —Gritó la dama—. ¡Casi me da un ataque al corazón!
A Edward le pareció que aquella bruja estaba perfectamente bien. Esquivó otro ataque de su bolso.
—Señora, tenga la amabilidad de dejar de atacarme con su bolso.
Por toda respuesta, lo golpeó en el hombro.
—¿Cómo se atreve a perturbar la paz, a aterrorizar a gente inocente? Y un hombre adulto, nada menos. Estas travesuras de chicos. ¿Pero usted? Tengo ganas de ir a denunciarlo. Los roedores transmiten enfermedades. ¡Tienen la rabia! ¡La peste! ¿Cómo se atreve a exponer a las demás personas a ...?
Edward apretó al ratón rescatado contra la solapa de su abrigo.
—Éste no es un ratón normal. Es un ... ofrecen las primeras palabras que se le vinieron a la mente— genus attica . Es un animal muy raro. Mi esposa no se desprendería de él, aunque le dieran mil dólares.
La mujer parpadeó.
—¿Dice usted que es un animal raro?
—Ni se imagina cuánto.
Ella frunció la boca. Este movimiento hizo que la punta de la nariz se le moviera nerviosamente y que las ventanas se le ensancharan.
—¿Y dice que vale mil dólares?
—E incluso más.
—Ay, Dios ... —Se llevó una mano al cuello—. Ay, lo siento mucho. A primera vista, parecía un ratón común.
—Señora. —Edward recurrió a una sonrisa estudiada—, sólo un idiota redomado atravesaría corriendo una estación de tren para tratar de coger a un ratón común. Debe dar gracias al cielo por no haberle hecho daño.
La mujer levantó sus cejas pintadas y se inclinó para mirar detenidamente la mano ahuecada de Edward.
—¡No me diga! ¿Un genus attica ? ¿Sabe? Ahora que lo dice, ya había oído hablar de esos animales. De hecho, creo que he visto uno en la feria del año pasado. Sí, sí, estoy segura ... un genus attica . Sí, eso era. ¡Esto es absolutamente extraordinario!
—Le puedo asegurar que no encontrará usted a mucha gente que lleve uno en su bolso.
Ella le hizo señas a un hombrecito enjuto para que se acercara.
—Horace, ven a ver una cosa. Este hombre tiene un genus attica . ¿No te parece increíble? Vimos uno en la feria del año pasado, ¿recuerdas?
Retorciéndose el bigote y meciéndose hacia atrás sobre los tacones de sus zapatos, a Horace parecieron sorrenderle estas palabras.
—Esto ... Ah, sí. Un genus ... ¿qué has dicho?
—¡Un género attica ! Son sumamente valiosos. Claro que lo recuerdas.
—La señora se acercó a Edward—. ¿Puedo verlo?
Otras personas empezaban a congregarse en torno a ellos. Edward sujetó al ratón entre sus manos y separó los dedos pulgares para que la mujer pudiera echar una miradita. Ella adoptó la actitud de alguien muy entendido en el tema y asintió con la cabeza.
-Oh yes. Al examinarlo de cerca, puedo ver que, en efecto, no es un ratón común. Las orejas del genus attica son bastante peculiares, ¿no es verdad?
Un hombre bien vestido se inclinó hacia adelante para mirar al ratón por encima del hombro de la mujer.
—El hocico también es muy significativo. Dios mío, es un milagro que cualquier imbécil no lo haya aplastado.
—Ay, ¿no es una monada? —Gritó otra mujer—. Richard, me gustaría tener uno de esos animalitos. Sería un tema de conversación estupendo. ¿Dónde lo compró usted, señor?
—La verdad es que yo no lo compré —respondió Edward—. Se podría decir que lo conseguí a través de una relación especial. Ya sabe, contactos. Como le dije, no todo el mundo tiene uno.
Bella se acercó corriendo en aquel preciso instante. Edward le dio el ratón. Ella se lo llevó a la mejilla, con dulces nudillos arrulladores. Ninguno de los espectadores pareció pensar que esto era extraño, ahora que creían que el ratón era un raro y costoso genus attica .
Edward sabía cuándo era prudente retirarse. Cogió a Bella del brazo para alejarse de aquel lugar a toda prisa. Vio a Esme junto a la escalinata de un vagón y se dirigió hacia ella.
—¿Lograron coger a ese condenado ratón? —Preguntó al verlos acercarse.
—Baja la voz —susurró Edward—. La mujer que está allí estuvo a punto de llamar a las autoridades. Dijo que los ratones eran un riesgo para la salud, entre otros disparates.
—¡Pues, vaya! —Exclamó Esme.
—A partir de este momento, es un genus attica . Muy raro, muy valioso. De lo contrario, podrían encontrarlo más tarde y haceros bajar del tren.
Esme dirigió la mirada hacia Bella, que con todo cuidado estaba volviendo a guardar su mascota en el bolso.
—No podemos quedarnos con ese bicho.
—No, no podemos.
—Un género ática . —Esme asintió con la cabeza—. Suena bien. ¿Ya tienen los billetes?
A Edward le saltó el corazón al ver a Bella open the bolso de nuevo para sacar los billetes, pero esta vez cogió al ratón con una mano mientras los buscaba. Cuando ella finalmente los encontró, él estuvo a punto de dar un suspiro de alivio. Si Esme y ella perdían aquel tren, no podrían viajar a Albany hasta el día siguiente. Y, aunque le habría encantado que se quedaran en casa un día más, no creía poder soportar una nueva despedida. La noche anterior, al estrechar a Bella entre sus brazos sin saber cuánto tiempo pasaría antes de volver a verla, había sido un verdadero martirio.
Después de coger los billetes, Edward se aseguró de que ella hubiera guardado bien el ratón.
—No lo saques en el tren —le advirtió—. No todo el mundo tiene debilidad por ... —bajó la voz — los ratones, ¿sabes? De hecho, algunas personas les desagradan terriblemente.
—¡Viajeros al tren! —Gritó el jefe de estación.
Edward cogió a Bella del brazo, tirando de ella para tratar de alcanzar a Esme, que estaba haciendo caso de las llamadas del empleado ferroviario.
—¡Viajeros al tren! ¡Viajeros al tren! —Volvió a gritar el hombre.
Cuando lograron alcanzar a Esme, Edward le metió los billetes en la mano y cogió al pequeño Paul para darle un último abrazo. Las lágrimas le inundaron los ojos mientras apartaba la manta y apretaba una mejilla contra el pelo sedoso del bebé. Después de devolver al niño a los brazos expectantes del ama de llaves, se volvió hacia Bella. Sus labios estaban temblando y tenía los ojos anegados de lágrimas.
—Te escribiré —le aseguró—. No será tan terrible, mi amor. Ya lo verás. Una vez que empieces a estudiar, te va a encantar.
Ella asintió con la cabeza. Tenía tal aire de tristeza y desamparo que se sintió tentado de suspender aquel viaje.
—Te amo, Bella. Te voy a echar de menos cada segundo de todos los días.
Edward se inclinó para besarla, y enseguida la estrechó entre sus brazos. Cerró los ojos, apretó la cara contra su pelo y respiró hondo, tratando de memorizar su aroma. Estaba temblando cuando la alejó de sus brazos.
—No quiero marcharme con ella.
Fingiendo no haber advertido que ella le había hablado, Edward la besó en la frente. Luego, se volvió hacia Esme.
—¿Me escribirás? ¡Al menos una vez a la semana!
—Desde luego. Ya le dije, señor, que le escribiré todas las semanas sin falta. —El ama le dio los billetes al cobrador. Luego, acunando al bebé en uno de sus brazos, cogió a Bella de la muñeca—. Vamos ya mujer. El tren va a salir sin nosotras.
—Si ocurre algo, envíame un telegrama. Llegaré allí enseguida.
—No se preocupe —le gritó Esme—. Le enviaré un telegrama si lo necesito.
Edward apretó los dientes y dirigió la mirada hacia Bella. Sus grandes ojos azules se aferraban a él. Mientras Esme empezaba a subir los escalones, Bella estiró el cuello para seguir mirándolo. Edward alzó una mano para decirle adiós. Un segundo después, ella ya había desaparecido.
Él echó a andar junto al tren para intentar ver su cara a través de una de las ventanillas. El convoy empezó a moverse. Él aceleró el paso, buscándola desesperadamente, resuelto a verla una vez más. Sólo una vez. Cuando el tren salió de la estación, se detuvo tambaleándose, mirándolo fijamente mientras se alejaba. Se sintió más desconsolado que en cualquier otro momento de su vida.
Cuando Edward regresó a Cullen Hall, la casa parecía estar sumida en un silencio absoluto. Sintiéndose inefablemente solo, empezó a recorrer todas las habitaciones de la vivienda. Veía a Bella y al bebé en todas partes. Se marchadodo. Al llegar a su estudio, se sentó frente a la chimenea, se quedó mirando fijamente la caja del fuego ennegrecida por el hollín, y pensó que la oscuridad era un presagio. Se marcha avanzado, y lo más probable era que nunca regresasen. Por difícil que fue, tenía que aceptarlo.
Carlisle llamó a la puerta del estudio.
—¿Quiere usted que le traiga algo, señor? ¿Una taza de café, tal vez? ¿Le pido a una de las criadas que le traiga la comida?
Edward dejó escapar un suspiro.
—En realidad, no tengo hambre, Carlisle. Gracias, de todos modos.
El mayordomo entró en la habitación. Al llegar a la chimenea, hizo algo sin precedentes: se sentó en la silla que se encontró frente a la de su amo.
—Sé que no es un consuelo, señor, pero ha hecho usted lo correcto. Es difícil, lo sé. Pero, al final, será lo mejor para ella y para el bebé.
Comprender esto no era muy reconfortante. Edward no dijo nada.
—Esme le escribirá con frecuencia. Estoy seguro. Y, en muy poco tiempo, Bella empezará a escribir sus propias cartas.
Edward asintió con la cabeza.
—Supongo que todo será más fácil entonces. Pero pasará una buena temporada antes de que ella aprenda a leer ya escribir, Carlisle.
—Sí, señor, lo sé. —El hombre se quedó callado un momento, con las manos extendidas hacia la chimenea, como para calentarlas, aunque no hubo fuego en ella.
—Lo que usted necesita ahora es tener proyectos que lo mantengan ocupado. Una cosa que podríamos proponernos es hacer una jaula para ratones. No me gusta quejarme, pero desde que Bella hizo saltar todas las trampas del ático, estamos plagados de esos bichos. Encontré excremento en el suelo de la cocina esta mañana, ni más ni menos.
-¡Dios mio! Espero que lo hayas tirado.
—Bueno, señor, no exactamente. Dado que a esas criaturas parece encantarles, yo, esto ... lo llevé arriba. Pensé que a lo mejor ... bueno, pues si tienen comida allí, quizás no vuelvan a la cocina.
Edward gruñó y se frotó la frente. Luego, soltó una carcajada poco entusiasta.
—Carlisle, eso es un disparate. ¿Dar de comer a los ratones del ático? ¿Tienes alguna idea de lo rápido que se multiplican estos animales? No puedo recordar las cifras exactas que aprendí en la universidad, pero es increíble.
—Tiene usted razón, desde luego. Es un disparate dar de comer a los ratones. —Miró a Edward de soslayo—. Entonces, le pediré que tenga la amabilidad de volver a poner las trampas.
Edward gruñó de nuevo.
—No puedo hacerlo. Lo más seguro es que atrape a uno de sus favoritos. Tal vez tengas razón. Tendré que hacerles una jaula. —Recordó lo sucedido en la estación de trenes y le contó la historia a Carlisle—. A lo mejor podemos un negocio para vender esos indeseables bichos ofrecen en broma montar—. Quinientos dólares por cabeza. ¡Toda una ganga!
Carlisle sonrió.
—Yo me contentaría con regalarlos, señor.
—No hay problema. Esta mañana me habría podido deshacer con facilidad de dos docenas. Increíble, ¿verdad? Sólo tienes que decir a las personas que algo es muy raro y valioso para que enseguida lo quieran.
—Si quiere usted ayuda para hacer una jaula, yo soy muy hábil con el martillo y los clavos.
—Gracias, Carlisle. Te agradezco tu amable ofrecimiento.
—Cuando hayamos enjaulado a los amiguitos de Bella, quizás podamos volver a poner las trampas.
—Es una buena idea.
—En cuanto a la reproducción rápida de esos bichos, tal vez yo pueda ... —El mayordomo carraspeó y bajó la voz —... deshacerme discretamente de las crías no deseadas.
—Tendremos que hacer algo. —Edward asintió con cierta tristeza, y volvió a dirigir la mirada hacia la chimenea.
—Pero no se ponga así, señor. Usted puede ir a visitarla cuando quiera.
—No puedo ir a verla por el momento. Tengo que darle el tiempo necesario para que se adapte, o me suplicará que la traiga a casa, y para serte franco, no sé si podría negarme a hacerlo, tal y, como me siento ahora. En todos los rincones de la casa hay algo que me recuerda a Bella oa Paul. No dejo de pensar en todo lo que me perderé. El cambiará mucho entre una visita y otra. Es posible que no lo reconozca cuando vaya a verlo.
Lo que más molestaba a Edward era que sin duda al niño le pasaría lo mismo. Esta sola idea estuvo a punto de partirle el corazón. Finalmente tenía un hijo, pero no podía formar parte de sus primeros años de vida.
Carlisle suspiró y se puso en pie.
—Soy un buen jugador de ajedrez, si quiere usted tener algo de compañía de vez en cuando ...
Este ofrecimiento hizo sonreír a Edward.
—Tú pareces estar tan triste como yo.
—Sí, bueno ... Las cosas aquí no serán iguales para mí sin Esme ... ¿entiende usted?
Edward alzó la vista. Después de escrutar la mirada del mayordomo durante un buen rato, rio entre dientes.
—¡Vaya, vaya!
Carlisle se ruborizó.
—Espero que no le diga nada. No me declaró aún. Nuestra Esme es bastante ... quisquillosa.
—Mis labios están sellados.
El mayordomo se alisó la chaqueta negra y luego se quitó una pelusa imaginaria de la manga.
—Sólo lo mencioné porque ... —carraspeó—, bueno, como dice un antiguo refrán, señor: la compañía en la miseria hace a ésta más llevadera, y sin una dosis de humor irlandés, al menos una vez al día, para ponerle sal a mi vida, me sentiré algo triste.
—Cuando vaya a Albany a visitarlas, ¿te gustaría venir conmigo?
Carlisle se sorbió la nariz.
—No es una mala idea, si mi agenda me lo permite.
Cuando el mayordomo salió del estudio, Edward se levantó de la silla y deambuló por la habitación sin propósito alguno. Fue junto al órgano, pasó la mano sobre su brillante superficie. Luego, se detuvo junto a los cascabeles para tocar un par de notas. Finalmente, se dirigió a su escritorio. Uno de los audífonos de Bella se mantuvo sobre la carpeta. Lo cogió, se quedó mirándolo durante un momento y luego cerró los ojos al sentir que lo invadía un dolor tan fuerte que se sintió físicamente mal.
A partir de aquel día, el único interés en la vida de Edward eran las cartas de Esme. La primera llegó una semana y media después. Se encerró en su estudio y la abrió con manos trémulas.
«Bueno, ya estamos aquí —le escribía Esme—. A pesar de ser un pueblo pequeño, Bella estaba aterrorizada cuando llegamos, pero ya está empezando a adaptarse y parece que está disfrutando de sus clases ».
Edward tragó saliva. ¡Maldición! No quería que le gustara aquel lugar. Tras pensar esto, el sentimiento de culpa se adueñó de él. Se obligó a seguir leyendo.
«Los jugadores parecen ser muy amables y, desde el primer día, ella varios amigos. Quiere irse a casa, desde luego. Todas las tardes, cuando voy a buscarla a la escuela para llevarla a casa, el profesor me dice que Bella expresa constantemente su deseo de marcharse. Estoy segura de que esto se le pasará con el tiempo, pero en este momento es muy difícil para ella, y para mí también. No puedo menos que compadecer a la pobre chiquilla ».
Luego, Esme lo ponía al corriente de todo lo relacionado con Paul, y también le describió el pequeño pueblo de Albany y la casa donde vivían. Edward leyó la carta, volvió a leerla, y luego la leyó una vez más. Era una misiva corta, y poco después ya se había aprendido de memoria hasta la última palabra allí escrita.
Noticias de Bella. Crónicas sobre Paul. Edward sabía que era una locura, pero de verdad sintió que no le quedaba nada más por lo que vivir. Renee Swan pasó una tarde por su casa. Edward le enseñó la carta de Esme. Después de leerla, ella alzó la vista y sonrió tímidamente.
—Me imagino cuánto debes echarlos de menos oferta.
Edward lo dudaba. No era sólo que echara de menos a su esposa ya su hijo. Sentía como si le hubieran arrancado el corazón del pecho.
—Es muy ... difícil. Hay momentos en los que no estoy seguro de haber tomado la decisión correcta.
Renee se acercó para tocarle la mano.
—No lo dudes, ni por un instante. Este es el regalo más valioso que le hayas podido dar, Edward. Ella no lo entiende ahora, pero lo hará. Después de un tiempo, lo hará.
Edward sólo podía esperar que así fuera.
Una semana después llegó otra carta de Esme. Bella se verificaba bien, decía, y Paul estaba creciendo a pasos agigantados. Hacía un calor anormal para la época del año en que estaban y las flores ya se abrió en el jardín. Respecto a la escuela, sólo había surgido una dificultad hasta el momento: cuando Bella usaba la lengua de signos, muchos de los movimientos que hacía con las manos eran incorrectos. No era nada grave, sólo ligeras variaciones. El profesor de Bella decía que, dada la situación, Edward había hecho un trabajo excelente. Que sencillamente había interpretado mal las instrucciones de los manuales, cosa bastante frecuente y muy fácil de corregir. Sin embargo, Bella se negaba a cooperar, y le decía a su profesor, una y otra vez, que, si hacía las señas de una manera diferente, Edward no podría entenderle.
Esto hizo que a Edward se le saltaran las lágrimas. Enseguida le contestó a Esme, pidiéndole que le dijera a Bella que no debía preocuparse de que él no le entendiera. Mientras ella se encuentra en la escuela, él le pediría a Irene Small que le mandara el material didáctico apropiado para aprender a usar correctamente la lengua de signos. Inmediatamente después de cerrar el sobre dirigido a Esme, escribió una nota a la señora Small para llevar a cabo su promesa.
Hacia mediados de abril, Edward recibió una carta que, de acuerdo con el matasellos, se había desviado y había ido a parar a San Francisco. Cuando leyó detenidamente las letras torpemente escritas en el sobre, no le sorprendió que esto hubiera pasado. Hopevile Orgen . Y, además, no había remite. No pudo reconocer la letra. Rasgó el sobre y sacó una hoja de papel rayado que se alteró doblada. Mientras extendía el papel, el cierre de la carta atrajo su atención. Un avraso, Ani. Se le cayó el alma a los pies. Incrédulo, hizo un gran esfuerzo para tratar de entender las frases toscamente redactadas, maravillándose de todo lo que ella había aprendido en tan poco tiempo. Te esho de menos, kiero ir a kasa. Por fabor.
En la última línea escribió: Te esho de menos mucho. Edward leyó estas últimas palabras a través de las lágrimas que empañaban sus ojos. Se dejó caer en el borde de su escritorio y se llevó el papel a la nariz. El leve perfume de rosas se aferró a ella. Cerró los ojos, imaginando lo que sentiría en aquel momento al estrecharla entre sus brazos, al ocultar la cabeza en la dulce curva de su cuello. El deseo que se adueñó de él era tan fuerte, que todo su cuerpo se puso a temblar.
Cuando logró recobrar la compostura mínimamente, redactó una carta de respuesta, escribiendo las palabras con letra de imprenta y haciendo frases cortas y sencillas. Una nota alentadora, animándola a trabajar mucho en la escuela y disfrutar de las actividades sociales.
Aquellas cortas frases fueron las más difíciles que escribió en toda su vida.
Con la puntualidad de un reloj, las cartas de Esme empezaron a llegar una vez a la semana a partir de entonces. Ella mantenía a Edward al corriente de todo lo que pasaba, pero no era mucho. A Bella le estaba yendo bien en la escuela. El bebé estaba creciendo. Los tres se encontraban bien.
El 1 de mayo, Edward recibió otra carta de Bella. Esta vez, además de suplicarle que la dejara volver a casa, ella escribió tres frases que hicieron que se le helara la sangre en las venas. Tengo un nuebo amigo. Es sordo. Nos reimos musho.
La primera reacción de Edward, un profundo miedo, finalmente cedió el paso a un conformismo fatalista. Si Bella encontraba a otra persona, si se enamoraba, entonces esto significaba que aquel matrimonio no estaba destinado a durar. A lo largo de toda su vida, a ella le habían negado todo lo que las demás personas daban por sentado. Si él la amaba, si realmente la amaba, no permitiría que sus deseos egoístas la privaran de aquella oportunidad de tener una vida normal.
Poco después, llegó otra carta de Esme. Describía al nuevo amigo de Bella, Jacob, como un joven simpático y apuesto. «Es evidente que la adora, y es increíblemente amable con el bebé, lo cual le granjea el cariño de ella». Después de leer la carta, Edward permaneció sentado en su estudio, con la mirada perdida en el vacío. ¿Estaría Esme haciéndole una advertencia? La idea le produjo un profundo dolor. Jacob ... Aunque nunca había visto a ese hombre, Edward lo detestaba. Conque increíblemente amable con el bebé, ¿verdad? Canalla despreciable. Estaba utilizando al niño para ganarse el afecto de Bella. Era el truco más antiguo del mundo. Lo que asustaba a Edward era que pudiera surtir efecto.
¿Estaría a punto de perder a Bella? Sin ella ni el bebé, no estaba seguro de que mereciera la pena vivir.
Muy preocupado por esta noticia, se dirigió a la caballeriza y se puso a trabajar hasta altas horas de la noche, obligándose a seguir hasta prácticamente desplomarse de agotamiento para poder dormir. Cuando finalmente se dejó caer en la cama, los sueños empezaron a atormentarlo. Soñó con Bella ... bailando el vals en los brazos de otro hombre.
El 15 de mayo llegó a otra carta de Bella. Después de la sutil advertencia que Esme le hizo acerca del bueno de Jacob, Edward tenía miedo de abrir el sobre. Dentro de él sólo había un dibujo. Mientras lo desdoblaba sobre el escritorio para mirarlo, frunció el ceño. Tal y como hiciera un día ya remoto en la habitación de los niños, Bella había dibujado los rostros de ellos dos. Pero, en este dibujo, Bella tenía orejas y Edward no. No había ningún mensaje. Nada que explicara los dibujos. Sólo un retrato de él sin orejas.
Edward representa el dibujo hasta la saciedad, sin saber qué pensar. Luego, como si una mula le hubiera dado una coz en medio de los ojos, finalmente entendió lo que ella estaba tratando de decirle.
Kiero ira kasa, había escrito. Te esho de menos mucho. Y él había hecho caso omiso de sus súplicas. Le escribió como si nunca hubiera leído su mensaje, animándola a seguir estudiando y disfrutar de las actividades sociales. En su determinación de hacer lo que consideraba mejor para ella, había hecho oídos sordos a lo que ella pensaba y quería, como si sus sentimientos y deseos no contaran en absoluto.
Había tratado de poner el mundo a sus pies y, en el intento, le había quitado lo más importante de todo: el derecho a elegir.
—Santo Dios, Bella, amor mío ...
El arrepentimiento se adueñó de él y cerró los ojos. Nunca debió hacer caso al doctor Denali ni a Renee Swan. Nadie conocía a Bella mejor que Edward. Nadie la entendía como él. Nadie la quería más.
En un abrir y cerrar de ojos, se vio a sí mismo junto a ella en el ático, una ya remota tarde, recogiendo los fragmentos rotos de la porcelana, pensando para sus adentros que el té había terminado, pero que la vida de Bella acababa de empezar. En aquel momento, juró hacer todo lo que estaba en sus manos para que todas sus fantasías se volvieran realidad. Mirando hacia atrás, reconstruyó la escena mentalmente. Un salón acogedor. Bella, sirviendo el té en tazas de porcelana desiguales. Bella, bailando en los brazos del hombre de sus sueños, al compás de una música imaginaria. Sin gruesos libros. Sin salones de clase. Sin una multitud de desconocidos en torno a ella. Sólo un mundo pequeño y sencillo, arreglado a su gusto, habitado por personas que le permitían ser alguien.
Una vida normal ... Ése era su sueño. Ser reconocida como una persona con deseos, pensamientos y sentimientos. Ser amada. Ser aceptada como era. En lugar de darle todo esto, él había tratado de cambiarla. Por qué lo había hecho era un misterio para él, pues amaba a Bella tal y como era.
Imágenes de ella pasaron rápidamente por su cabeza, y todas hicieron aflorar una sonrisa a sus labios. Bella, buscando un huevo entre la ropa de la cama. Bella sentada sobre sus rodillas, con la boca fruncida y los ojos llenos de perplejidad, mientras él le desabrochaba la camisa interior. Bella, tocando una y otra vez la misma nota en el órgano, con una expresión de gran felicidad en el rostro. Bella, tumbada de forma poco elegante sobre la mesa del comedor, con la falda por encima de la cintura y una servilleta en la boca para que nadie oyera sus gritos mientras él la llevaba al orgasmo. Bella, ahíta de sexo, con un mouse acomodado en el hombro. Bella, con sus ojos luminosos y su dulce sonrisa.
Perfecta, tal y como era. Absolutamente perfecta.
Hola a todos... En este capítulo podemos observar el amor de Edward por Bella, Se imaginan en esa época corriendo persiguiendo un ratón en una estación de tren... Plop... Bella está aprendiendo y es terca también, pero al final creo que Edward logró captar el mensaje que le estaba diciendo en cada una de las cartas enviadas por ella.
Nos leeremos pronto.
