Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del libro "La canción de Annie" escrita por la autora Catherine Anderson .
EPÍLOGO
El sol entraba a raudales por la ventana del comedor, formando una aureola dorada en torno a Bella, que se encuentran sentados a la mesa, con la cabeza inclinada y la mirada fija en algo que tenía sobre el regazo. Incluso después de tres años de matrimonio, Edward no dejaba de agradecerle a Dios que hubiera bendecido su vida con alguien tan dulce, y vaciló un momento en la entrada para observarla durante un momento. A juzgar por el aspecto del plato, ella había vuelto a dejar su desayuno casi intacto por tercer día consecutivo.
Un poco preocupado, Edward cruzó la habitación a grandes zancadas. Gabby , el lanudo perro blanco que Edward le había regalado a Bella hacía ya dos años, debió de sentir los pasos de su amo vibrando a través del suelo, pues se despertó sobresaltado y comenzó a dar saltos en torno a la silla de la mujer, ladrando estridentemente. Al percibir este sonido, Bella apartó la vista de lo que Edward entonces pudo ver que era un bordado.
—Buenos días provisto ella con una cariñosa sonrisa.
—Buenos días.
Edward dirigió su mirada hacia el bullicioso perro. Puesto que el agudo ladrido del animal era uno de los pocos sonidos que su esposa podía oír, se abstuvo de quejarse por la escandalera. Aunque el perro no sirviera para nada más, siempre ladraba para alertar a Bella cuando Paul empezaba a llorar, y esto hacía que la peluda criatura valiese su peso en oro. Gabby , nombre que era perfecto para él, también ladraba para avisar a Bella de que alguien la estaba llamando a ella oa la puerta, permitiéndole a su ama responder ante ruidos que de otra manera no habría advertido.
Con una suave risa, Bella dejó a un lado sus labores y se inclinó para llevar a mano al hocico de Gabby .
—Ya basta —le dijo al perro dulcemente.
Gabby , que adoraba a su ama casi tanto como el marido, empezó a temblar ya girar en torno a ella, tan contento de que lo hubiera tocado que parecía haber vuelto loco de alegría. Edward entendía este sentimiento. Dejando escapar un suspiro, sacó una silla de la mesa y se sentó. Acto seguido, dirigió la mirada una vez más hacia el plato del desayuno de su esposa.
—Bella, mi amor, tienes que comer, últimamente nunca desayunas. ¿Te encuentras mal o qué?
Dirigiendo la mirada hacia su plato, ella arrugó la nariz y se llevó una mano a la cintura.
- No, es sólo que no quiero comer, estoy engordando.
—Ésas no son más que tonterías, si alguna vez ...
Edward se interrumpió. Bella había hinchado las mejillas, intentando que su cara pareciese rellenita. Este gesto le recordó tanto aquella inolvidable noche en que él comprendió por primera vez lo inteligente que era ella, que se le puso la carne de gallina. Miró profundamente sus cándidos ojos azules. No ... No era posible. Echó un vistazo a su cintura. ¿No era un poco más grande que de costumbre ?, se preguntó. ¿O se lo estaba imaginando? Cuando volvió a alzar la vista, habría podido jurar que había visto una sonrisa fugaz asomándose a la dulce boca de su esposa.
—¿Bella? Cariño, ¿estás ...?
Ella subió sus hermosas cejas. Sin duda había una sonrisa jugueteando en su boca, concluyó Edward. Una sonrisa pícara. Sintió como si el estómago se le hubiera caído al suelo. No era posible. Ya tenía todo lo que un hombre podría desear: una esposa absolutamente maravillosa y un hijo precioso. Desear más ... bueno, aunque Edward adoraba los niños, nunca se había permitido albergar la esperanza de tener más hijos, más que nada porque temía sufrir una decepción.
—Bella, no me tomes el pelo —le advirtió con aire de gravedad—. No bromees con algo así. ¿Estás embarazada?
Los ojos de Bella se iluminan de modo sospechoso mientras asentía lentamente con la cabeza. Edward no pudo contener la alegría repentina que estalló dentro de él. Sin pensarlo dos veces, se levantó de la silla y estrechó a Bella entre sus brazos. El bordado salió volando por el aire. Gabby se quitó de en medio rápidamente, mientras Edward arrastraba a su esposa por toda la habitación al compás de un vals imaginario.
—¡Estás embarazada! —Gritó—. ¡No puedo creerlo!
Aferrándose a sus brazos, Bella le vendrá que la hiciera girar sin que sus pies tocaran el suelo. La joven soltó una estridente carcajada cuando él la estrechó contra su pecho para abrazarla.
- ¡Ten cuidado! —Le advirtió—. ¡No me aprietes con tanta fuerza!
Edward enseguida moderó su desmedido entusiasmo.
—Perdona, mi amor.
Se inclinó para besarla. En el instante mismo en que los labios se tocaron, ella se derritió en sus brazos, haciendo que Edward pensara en todas las veces en que empezado de esta manera y terminó cerrando las puertas del comedor con llave para poder hacer el amor.
-Te amo. ¡Dios santo, cuánto te amo! —Murmuró Edward.
Acababa de hacer esta declaración cuando oyó unos murmullos. Puso fin al beso abruptamente, miró por encima de la cabeza de Bella y vio que Carlisle, el mayordomo, se encontró en el comedor, llevando a Paul a caballo sobre sus hombros.
—¿Qué pasa, Carlisle?
Antes de que el mayordomo pudiera hablar, Esme asomó su roja cabeza por uno de los costados del cuerpo de Carlisle.
—¿Ya se lo ha dicho?
Edward sintió que Bella se movía y, al mirar hacia abajo, vio que ella estaba negando categóricamente con la cabeza y llevándose un dedo a la boca. En respuesta, Esme hizo una mueca. Para Edward estaba clarísimo que el ama de llaves y el mayordomo ya sabían que Bella estaba embarazada. Como siempre, el marido era el último en enterarse. Contrariado, frunció el ceño, pero la verdad era que no podía enfadarse. En sus tres años de matrimonio, Bella había llegado a considerar a Esme como una segunda madre. No podía reprocharle que hubiera compartido sus inquietudes íntimas con la mujer mayor. Lamentablemente, desde su matrimonio con Carlisle, hacía ya un año, Esme había adquirido la molesta costumbre de contárselo todo, aunque se tratase de un secreto.
—¡Bebé! Terminal riéndose el pequeño Paul. Luego, chasqueando la lengua como si estuviera fustigando un caballo, tiró del pelo de Carlisle y dio patadas con sus pequeños pies—. ¡Arre, Carlisle! ¡Arre!
Siempre dispuesto a complacer al joven amo de la casa, Carlisle comenzó a correr sin moverse del sitio, saltando tanto como podía para satisfacer a su intrépido jinete.
—Lo siento, señor, pero yo me enteré antes que usted sólo porque ...
—Yo se lo conté oferta Esme tras dejar escapar un resoplido—. Además, no es algo que haya que mantener en secreto, ¿no es verdad?
El ama de llaves dejó a Edward sin argumentos. No era ningún secreto, era más bien un regalo precioso, una noticia maravillosa que había que proclamar a los cuatro vientos. Volvió a estrechar a Bella en sus brazos, tan feliz que no podía expresarlo con palabras. Afortunadamente, ella pareció entender esto y le devolvió el abrazo. Con el rabillo del ojo, Edward vio al pequeño Paul saltando sobre los hombros de Carlisle. Esme sonreía con orgullo, como si aquel bebé que aún no había nacido era su nieto. Edward supuso que, dadas las circunstancias, eso era lo más apropiado. Esme era como una madre, tanto para su esposa como para él.
«Quiero una niña», pensó Edward. Ya tenía un hermoso hijo. Sí, quería una hija. Aunque en realidad no le importaba si era niño o niña, mientras estuviese sano. Pero, en el fondo, en lo más profundo de su corazón, quería una pequeña. Una niña de sedoso pelo azabache y enormes e increíblemente expresivos ojos azules. La feliz algarabía de voces pareció apagarse poco a poco mientras Edward miraba el rostro precioso de su esposa.
Sí, una niña idéntica a Bella ...
Y ahora sí... hemos llegado al fin... espero leernos en una próxima adaptación.
