Qué difícil era todo. Eso pensaba Kagome cuando, aún pasados seis meses desde su regreso a la época feudal, veía como sus propósitos estaban siendo entorpecidos por ella misma y su indecisión.

Consiguió lo que tanto anhelaba: estar junto a InuYasha. No obstante, costaba que su relación arrancara.

Sí. Muestras de afecto no faltaban, tales como sutiles caricias y besos. Pero, aparte de eso, no lograban ir más allá.

Kagome temía ser demasiado atrevida y con ello entorpecer su situación. Y, a su vez, él también parecía no osar dar el paso, fuera por miedo a asustarla, o por falta de interés.

«No, no puede ser.»

—¿Kagome? ¿Estás bien?

La sacerdotisa viró el rostro al escuchar la voz de Sango llamándola; encontrándose así con su sonrisa y mirada curiosas.

Las dos se hallaban en la orilla del río limpiando varias prendas. Alejadas de los ojos curiosos de los aldeanos del pueblo.

—S-sí... Estoy bien. —Aseguró con una risita nerviosa, escurriendo una hakama de su cesto de la colada—. Sólo ando algo distraída...

—¿Algo distraída? —Inquirió la castaña con las cejas enarcadas—. Y... ¿Puedo saber con qué?

Kagome se mordió el labio inferior. Echando un vistazo hacia su compañera, mientras la duda se reflejaba en sus orbes color avellana.

—Es una... Tontería... —Musitó con las mejillas ruborizadas, regresando a su labor.

—Aun así, podría ayudarte... —Le quitó la prenda que con tanto empeño lavaba, captando así su atención—. Dime, ¿De qué se trata?

¿Qué iba a responder? ¿La verdad sin filtros? No, eso sería muy bochornoso. Sin embargo, tampoco podía andarse demasiado por las ramas, o no conseguiría una solución clara.

Fue así que Kagome se armó de valor. Inspirando profundo antes de romper su silencio.

—Es... ¿Una duda que tengo? —Se aclaró la garganta, no atreviéndose a plantarle cara a su amiga—. Y no tienes por qué contestarme, si no quieres...

—Kagome, ve al asunto.

Higurashi resopló con pesadez, luego jugueteando ansiosa con sus propios dedos.

—Pues, verás, yo... Me preguntaba... —Se relamió con incertidumbre y los latidos alborotándose bajo su pecho—. Entre Miroku y tú, cuando decidisteis intimar... ¿Cómo fue? —Levantó la mirada y enseguida pudo distinguir la sorpresa en el semblante de su amiga—. M-me refiero a... ¿Quién dio el primer paso? ¿Y cómo lo hizo? Tampoco es que necesite saber lo que ocurrió durante el proceso...

El silencio que siguió después, no fue de mucha ayuda. Provocando que la joven sacerdotisa se sintiera avergonzada de expresar a viva voz sus dilemas e inquietudes.

—Kagome... —Nombró la castaña en un tono recatado. Tratando mostrarse lo más natural posible, frente la actitud cohibida de su compañera—. Es que... InuYasha y tú... ¿Aún no habéis intimado?

«Ahora sí que quiero que el mundo me caiga encima.»

—¿Qu-qué? N-no, no... Nada de eso. —Rio mientras gesticulaba precipitada—. Sólo tenía curiosidad, pero... No porque a mí me afecte, ni nada por el estilo... ¡Porque no me afecta! Creo...

Sango rio divertida, lavando distractoramente unas telas de sus hijas.

—No importa quién empiece. —Explicó con voz sosegada—. Lo que importa, es que, en el momento de dar un paso más en vuestra relación, los dos estéis de acuerdo con ello.

Aquello hizo pensar a la sacerdotisa, quien agachó los hombros con una expresión reflexiva.

—Y... ¿Cómo se averigua si los dos están en el mismo punto?

—Hay varias maneras, pero la más efectiva, es que uno dé el paso. —Escurrió la ropa y la colocó en el cesto que traía consigo—. De esta manera, si el otro le sigue la corriente, es que los dos están bajo la misma sincronía.

—Oh...

«Entonces, debería ser más lanzada con él...»

—¿Regresamos? —La castaña cargó con su colada y se puso de pie—. Pronto se hará de noche y Miroku ya debe estar agotado de cuidar a los pequeños...

Amm... Sí, claro.

Las dos jóvenes se encaminaron de regreso al pueblo. Disfrutando de aquel bello paisaje, que se iba tornando más enigmático, con el juego de colores anaranjados que teñía el cielo.

Kagome ya tenía por donde empezar. Sin embargo, ¿Sería capaz?

—¡Kagome!

El corazón le dio un vuelco al oír esa voz. Fijando la mirada en el horizonte, donde un sonriente InuYasha se apresuraba en llegar a su encuentro.

—I-InuYasha... —Tragó grueso y se maldijo por lo perfecto que se veía. Provocando al instante que un subido carmesí pintara sus pómulos—. Ho-hola... ¿Cómo estás?

—Algo cansado, Miroku me obligó a ayudarlo con las gemelas... —Murmuró con un encogimiento de hombros—. Además, muero de hambre...

«Siempre pensando con el estómago...»

—Iré ya para casa. —Intervino Sango, fijándose en la joven pareja—. ¿Nos vemos mañana?

—Eh... Claro, Sango. —La azabache sonrió a su amiga, desviando la mirada—. Y... Gracias.

La castaña no respondió. Limitándose a asentir con una expresión pícara, al alejarse y dejar a sus amigos a solas.

—Hora de cenar. —Celebró el híbrido, desperezándose—. ¿Vamos, Kagome?

La sacerdotisa regresó el punto de mira dónde aquel rebelde le sonreía con ese carisma natural que poseía. Asintiendo en silencio, para así emprender el trayecto hacia su casa. Sí, su casa.

Al principio, la joven pareja vivió bajo el mismo techo que la anciana Kaede. Pero, al segundo mes, InuYasha la sorprendió al decirle que había construido un hogar para solo ellos dos.

Aquello la llenó de felicidad y, al gozar de mayor privacidad, la relación entre ambos proliferaría sin complicaciones. Eso pensó ella, pero por desgracia, hasta la fecha, esos pensamientos no podían estar más equivocados.

En la intimidad, poco había que contar. Conversaban y se avenían bien. Aparte de aquello, de bien poco podían presumir.

El momento en que se besaban, aún parecía que la vergüenza los inundaba. No yendo más allá, de lo que el contacto tímido de sus labios les permitía. Y es que daba la sensación de que eran un par de adolescentes enamorados en su primer e inocente noviazgo.

—Podríamos cenar el pescado que traje esta mañana... —Comentó el muchacho, adentrándose a su hogar, en compañía de su bella novia—. ¿Qué te parece?

Ella pestañeó fuera de sí. Tratando centrarse en el presente, por tal de mostrar su mejor sonrisa.

—Por mí está bien.

—¡Estupendo! —Encendió el fuego para verse en la penumbra, creando un cálido ambiente—. Después del día que llevo, no hay nada que me apetezca más que una buena cena...

Kagome lo vio reflexiva. Fijándose abstraída, en cómo él preparaba el pescado.

Sango se lo había dejado claro. Si quería avanzar en su relación, uno de los dos tenía que atreverse a arriesgar, y dado que InuYasha no parecía decidirse, en ella recaía la iniciativa.

Poco a poco, y vigilando de no hacer ningún ruido, se arrimó a él por detrás. Abrazándose sutilmente a sus espaldas, de tal manera, que lo dejó paralizado en su posición.

—¿Kagome...?

La azabache se humedeció los labios, apoyando la cabeza contra los omóplatos de su hombre.

—¿Seguro que... No hay nada más que te apetezca...? —Preguntó en un hilo de voz, con las mejillas llameando y su corazón acelerándose sin control.

Él se tensó al escuchar sus palabras, pero no se apartó. Notando como si la adrenalina se disparara en su interior, al acercar su mano, donde las de ella se aferraban contra su torso.

Era tan cálida, pensó él. Su aroma lo volvía loco, y cada vez que la besaba, sentía que podría enloquecer y disfrutar de ello. Aun así, se limitaba. Ella era su dulce flor. La mujer que amaba y que no ansiaba ahuyentar, al mostrar esa faceta oculta que tenía.

Sin embargo, en ocasiones como aquella, no sabía por dónde tirar. ¿Tal vez era la ocasión? ¿Podía dejarse llevar y simplemente hacer realidad lo que tanto anhelaba?

Fue volteándose sin prisas, no tardando en interceptar esa mirada avellana que calaba en lo más profundo de su ser, y que le hacía dudar de su razón. Era preciosa. Su bella Kagome.

En sus ojos podía distinguir la curiosidad, la duda y... ¿Temor? No, no era eso. Era algo que, alguna que otra vez logró descubrir en ella, pero jamás pudo del todo descifrar.

—Kagome... —Susurró embelesado. Dirigiendo una caricia por el contorno de su faz, mientras ella se estremecía al mínimo roce.

Uno y otro se miraban fijamente. Sin apenas pestañear. Esperando una aprobación a esa súplica muda a la que no sabían poner palabras. Menos reaccionar.

«¿Qué hago? ¿Por qué me mira así? ¿Es que tiene miedo...?»

Esas preguntas no estaban haciéndole ningún favor a Kagome. Notando como los nervios ocupaban la boca de su estómago y la desquiciaban al perderse en las gemas doradas de su pareja.

Ella acercó una mano a su torso, intentando ignorar el temblor de sus dedos, al recorrer paulatinamente la tela que cubría su pecho. Estaba al borde de la desesperación. Espantándose al imaginar que él pudiera rechazarla, si es que ella terminaba por arrojarse a sus brazos.

—¿N-no te apetecería...? —Susurró entrecortada. Tragando duro, confundida—. ¿N-no te apetecería ir a tomarte un baño? —Acabó diciendo con una risita nerviosa, apartando la mano y colocándose un mechón detrás de la oreja—. Así podrías estar más relajado y, cuando regresaras, ya te tendría lista la cena...

Aquella ocurrencia rompió los esquemas del medio demonio. El cual pareció quedar con la mandíbula desencajada, por esa impensable proposición.

—Un baño. —Repitió él en un tono neutro—. Esto... ¿Estás segura de que eso era lo que querías decirme?

—Oh-eh... Pues claro que sí. —Enredó los dedos entre su melena—. ¿Qué sino iba a ser?

InuYasha la analizó no teniéndolas todas consigo. Finalmente soltando un largo suspiro y esbozando una tierna sonrisa.

—Nada. —Se inclinó para depositar un casto beso sobre sus labios, y luego se alejó hacia la salida—. No tardaré.

—Te estaré esperando...

Él se marchó sin volver a cruzar palabra, dejando a Kagome a solas, y con una expresión desencajada por la frustración.

—¿Por qué? ¿Por qué soy así? —Lamentó para sí, llevándose las manos a la cabeza—. De esta manera, nunca conseguiré nada...

...

Continuará!

Y hasta aquí el primer capítulo de esta historia!

Ya podéis ver un poco por dónde va... Nuestra Kagome indecisa tendrá que ponerse las pilas... ¿A ver si lo consigue?

Espero que os haya gustado y aguardo por vuestros comentarios!

Un besoo!