Disclaimer: Todo pertenece a J. K. Rowling

Esta historia es para Natalie Annick Malfoy Granger en el amigo invisible del foro La noble y ancestral casa de los black.

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Todos los colores del arcoíris

Segunda parte

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Amarillo

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El segundo día que quedaron para hacer el trabajo Luna se presentó con una bufanda de Hufflepuff.

–Pensaba que eras Ravenclaw –comentó Theo.

Tenía perfectamente claro a qué casa pertenecía la chica, pero era una buena forma de iniciar una conversación y tenía curiosidad sobre el porqué de la bufanda amarilla. No obstante, Luna se limitó a contestar:

–Sí, soy de Ravenclaw.

–Entonces ¿por qué la bufanda?

–Tenía frío y Hannah me la prestó. Ella ya no va a salir hoy. Le gusta hacer sus tareas en la biblioteca.

Dijo esso último como si fuera una rareza encantadora por parte de su amiga y a Theo se le escapó una sonrisa. Él también prefería hacer sus deberes en la biblioteca, pero tenía que reconocer que no hubiera cambiado por nada esas tardes en los jardines en compañía de Luna.

–¿No te sientes rara llevando los colores de otra casa?

A él ni se le pasaría por la cabeza llevar una bufanda de Grifindor, Ravenclaw o Hufflepuff, desde luego.

–¿Por qué? No significa nada. Los colores son solo colores y las casas son solo casas.

Theo pensó que Luna tenía una forma muy peculiar de ver las cosas, pero también pensó que quizá las cosas irían mejor si todo el mundo las viera como ella.

Esa tarde hablaron de varias cosas, pero sí que les dio tiempo a acabar el trabajo. Theo casi se sintió decepcionado. Había disfrutado de su tiempo con ella, pero estaba seguro de que no se volvería a repetir.

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Verde

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Sin embargo, comenzaron a verse con frecuencia. No quedaban, pero se encontraban a menudo en los jardines y paseaban un rato mientras charlaban. Luna era quien más hablaba de los dos, siempre con sus teorías y sus historias. A Theo le gustaba escucharla y poco a poco se animó a contarle más cosas, recuerdos de su infancia o pensamientos que se le pasaban por la cabeza.

Le gustaba oír hablar a Luna con su expresión soñadora y su voz llena de pasión, pero también le gustaba que ella lo escuchara. Luna sabía escuchar y sobre todo sabía hacerle sentir que quería escucharlo. Lo miraba con atención y siempre recordaba todo lo que él le hubiera dicho alguna vez. Luna era una buena amiga, simpática e interesante. No obstante, en los últimos tiempos Theo había comenzado a soñar con la posibilidad de que ellos dos pudieran ser algo más.

Entonces llegó el baile de Navidad, una idea de la directora McGonagall para dar un poco de vida al colegio. Se celebraría el día antes de las vacaciones para que todos los alumnos pudieran asistir y todo el mundo recibió la noticia con alegría y expectación. El alboroto hubiera sido mayor en otros tiempos, antes de la guerra, pero aun así el ambiente empezó a llenarse de planes, cotilleos y citas.

A Theo le gustó la idea. Le apetecía pasar una noche divertida con sus amigos y pronto tuvo un aliciente más para desear que la noche llegara. La carta le llegó en el desayuno. Venía en un sobre verde brillante y Theo no tuvo dudas sobre de quién sería. Sonrió al leer su contenido. Llevaba toda la noche dándole vueltas a cómo pedirle a Luna que fuera al baile con él, pero ya no sería necesario.

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Azul

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Hacía mucho que Theo no bailaba, pero todavía recordaba las clases de baile a las que sus padres lo habían apuntado cuando era pequeño y era capaz de bailar casi cualquier cosa. No obstante, bailar con Luna era una experiencia completamente diferente. Luna no parecía seguir ninguna coreografía ni bailar ningún estilo que no fuese el suyo propio. Se dejaba llevar y Theo no tuvo problemas en seguirla. Estaba seguro de que el resultado no era nada elegante, ni siquiera coordinado, pero era divertido.

–Me gusta bailar así –le dijo a Luna.

Ella sonrió feliz. Estaba preciosa con su vestido azul cielo y el pelo recogido en dos trenzas.

–A mí también –contestó.

Después se quedó callada mirando fijamente a Theo, como esperando a que él dijera algo más y, en vista de que no lo hacía, siguió hablando:

–Ahora deberíamos besarnos.

–¿Qué?

No es que a Theo no le apeteciera la idea, pero no se esperaba que ella se lo propusiera de una manera tan directa.

–¿No quieres?

–Sí, claro que quiero.

Se quedó sin saber qué más decir, pero no hizo falta. A Luna le bastó oír eso para ponerse de puntillas y posar sus labios en los suyos. Fue un beso delicado, dulce y sencillo y Theo pensó que así era como deberían ser siempre las cosas, sencillas y dulces.