Unos rayos de sol se filtraron a través de la ventana del hogar, bañando de pleno el rostro de la joven sacerdotisa, quien remolona y con un ligero escozor en los ojos, se animó a despertar.
Sin el calor de InuYasha yaciendo a su lado se sentía desnuda. Como si algo le faltara. Así pues, no cumplió su palabra de regresar a casa y dormir con ella. Sus rasgos fueron ensombrecidos por la tristeza que aquello le provocaba, frunciendo los labios y perdiendo su mirada en un punto muerto en el suelo.
—¿Ya estás despierta?
Aquella voz proveniente de sus espaldas dejó a la muchacha completamente paralizada. ¿Había oído bien? ¿No se lo había imaginado?
Poco a poco, fue girándose en el futón, y sus ojos de avellana no tardaron en vislumbrar a su hombre. Lucía un circunspecto semblante, reposando con la espalda apoyada contra la pared y los codos cayendo sobre sus rodillas.
Por otro lado, Kagome se fue acomodando mejor en su humilde lecho, incorporándose levemente hasta quedar sentada bajo las sábanas.
—Inu… Yasha… —Sus gemas se empañaron, ya fuera por la alegría de verlo, o por la culpa que la acechaba en relación a lo acontecido durante la velada anterior.
—¿Qué ocurre, Kagome? —Se alarmó él, precipitándose donde se encontraba aquella chica de mirada rota—. ¿Te duele algo? ¿Tú estás…?
Calló tan pronto como los brazos de Kagome se aferraron alrededor de su cuerpo. Quedándose sorprendido, aunque también agradecido de aquel gesto espontáneo que lo colmaba de una paz indescriptible.
—Perdóname, InuYasha. —Lloriqueó contra su pecho, arrugando la tela del hitoe entre sus dedos—. Lo de ayer… Yo no quería… No quería decir lo de Kikyo… —Sollozó, cerrando los ojos con fuerza—. En serio, no sé ni por qué lo dije…
«Yo comienzo a pensar que sí lo sé...»
—Tranquila… Lo entiendo…
Aquella contestación desvencijó el cuadro que se había formado en la cabeza de la joven, apremiándose en alzar el rostro y ver a su hombre con confusión.
—¿Cómo es que…? —Sus palabras se esfumaron al discernir la compasión en las facciones del muchacho. Dudando unos instantes, pero sin desdecirse—. No, yo… No debí responder de esa manera. —Sus luceros brillaron por la fina capa de lágrimas que los cubría, distinguiéndose la pena que cargaba como a losa en su interior—. No quiero que pienses que dudo de tus sentimientos, o que… No he superado lo de Kikyo…
—Pero aún tienes dudas. —La interrumpió con firmeza, pero sin resultar demasiado hosco. Eso sí, con esa contundencia que él demostró al hablar, la sacerdotisa no pudo rebatir y guardó silencio—. Y comprendo que puedas tenerlas…
Kagome no sabía describir qué era aquello que él quería transmitirle. La miraba de una manera que no lograba interpretar. No era como si estuviera enojado, pero tampoco daba a entender que pudiera confiarse.
Ninguno de los dos dijo nada en los segundos que siguieron. Permitiendo que sus ojos fueran el espejo de su alma y la voz de su corazón. ¿Pero qué profesar cuando incluso ellos mismos dudaban?
InuYasha surcó una de las mejillas de su hermosa mujer, dedicándose más de lo necesario a deleitarse con el fino tacto de su piel, mientras ella no era más que una mera espectadora de las intenciones de su pareja.
No sabía qué podía esperar. Tampoco sabía cómo reaccionar, cuando esas gemas doradas la intimidaron con ese fulgor e intensidad, que bien podrían conducirla al delirio si él se lo propusiera.
Sin relleno de palabras y con sus impulsos tirando de sí, InuYasha hizo que Kagome reculara de espaldas contra el futón. Inmovilizando sus manos, al mismo tiempo que él ocupaba la posición dominante sobre ella.
—I-InuYasha… ¿Qué es lo que estás…? —Soltó un alarido en cuanto él apartó las sábanas que la cubrían, dejándola completamente a su merced.
Una minúscula camiseta de tirantes cubría su cuerpo de escándalo. Ese panorama era lo suficientemente tentador para el joven híbrido, quien sólo de ver la sensualidad que rebosaba de aquella diosa, sentía que su sangre hervía de deseo.
—He estado controlándome durante demasiado tiempo… —Escondió el rostro en el hueco de su cuello y sus fosas nasales enseguida se impregnaron de ese aroma que lo traía loco—. Así que… —Susurró con voz de súplica, dirigiéndose a su oído, mientras que por otro lado, su mano se encargaba de tantear su cintura por debajo de la camiseta—. Sólo dime si quieres que pare…
«¿Si quiero que pare? ¿A qué se…?»
La respuesta a sus pensamientos llegó al notar cómo InuYasha deslizó los dedos por encima de la fina prenda que cubría su intimidad. Aquello hizo que Kagome tuviera que contener la respiración, mientras se acostumbraba al cosquilleo que iba expandiéndose en la zona de su bajo vientre.
No podía ser. ¿En verdad estaba ocurriendo? ¿En verdad InuYasha estaba tocándola con semejante impudicia?
El vello de su piel se erizó y sus pezones se irguieron, cuando a esas pecaminosas acciones se sumó la mirada fiera de aquel hombre con esencia de demonio. Sí, entonces podía jurar que se encontraba bajo sus garras, y eso la tenía a la expectativa, y porqué no decirlo, también excitada.
No comprendía qué había incitado a InuYasha a actuar de esa manera. Aun así, y pese a las incógnitas que estaban en el aire, Kagome anhelaba ver esa cara salvaje que entonces él le estaba mostrando. Una cara salvaje corrompida por la lujuria y las ansias que por dentro consumían al muchacho.
Sin necesidad de decir o concretar una señal de aprobación, el peliplata se incorporó para deshacerse de sus ropas superiores, y en cuestión de segundos, su escultural torso quedó a la vista. Esa imagen produjo que el calor en el organismo de la novicia se incrementara. Y es que, ¿Cómo resistirse a InuYasha? Su cuerpo bien trabajado era el sueño de muchas, así como la suerte de poder tocarlo, se reducía a ella. Y por ello no iba a desperdiciar las oportunidades que le fueran concedidas.
Una sonrisa bravucona curvó los labios del canino y las mejillas de la sacerdotisa adquirieron un subido color carmesí.
—¿Empezamos…? —Sus garras rasgaron por la mitad la camiseta que ella llevaba, dejando sus senos al descubierto. Y por mil demonios, adoró esa visión—. Eres tan perfecta… —Su voz era ronca. Fotografiando mentalmente la belleza de aquella mujer; su mujer.
No pidió siquiera permiso, que InuYasha acercó la lengua hacia uno de los pezones de la muchacha. Rodeándolo e impregnándolo de saliva, a la vez que su mano emprendía el regreso hacia su monte de Venus. Todavía sin quitarle las bragas, notaba la calidez que desprendía, así como la humedad que mojaba la tela.
Kagome estaba muy excitada. Eso era evidente. Pero, ¿Y él? Si tan solo de verla, su lado feroz salió a la superficie, al darse el gusto de tocarla, se sintió sediento de ella. Sediento de ese fuego que, aunque pudiera reducirlo a cenizas, anhelaba que lo quemara.
No estaba para andarse con rodeos, por lo que trazó una senda de besos con sus labios, que iba desde el valle de sus montes hasta la orilla de su sexo.
—I-InuYasha… —Jadeó la azabache, notando sus pómulos arder, al vislumbrar el rostro del muchacho asomando desde su bragadura.
—Me encanta escucharte así… —Expresó en un susurro, regocijándose al bajar la prenda que cubría su intimidad para imprimir cortos besos en su desnudez—. Y tu olor… —Ahogó un gruñido en su garganta, hundiendo la nariz en aquel rincón cálido y embriagador—. Hueles delicioso… Kagome…
Su respiración acarició la vulva de la jovenzuela, haciéndola maldecir para sus adentros, por las gratas sensaciones que florecían en su interior. Quería más. No, no lo quería. Lo exigía. La paciencia no era una de sus mejores virtudes, y en esos instantes, cada partícula de su ser clamaba por su inmediata saciedad.
—Por favor… InuYasha… —Pidió con las pupilas dilatadas y los labios humedecidos por su propia saliva.
Aquello era un aliciente para él. Sin molestarse en ocultar esa expresión de lujuria que se plasmaba en su rostro, al apartar la tela que entorpecía sus cometidos, para lamer los labios menores de aquella Afrodita. Su osadía fue recompensada con un jadeo. Un jadeo que sonó como a música celestial a oídos del canino, y que lo animó a continuar con sus propósitos perversos.
Separó los pliegues que privaban su visión, contemplando así aquel manjar exquisito que no dudó ni medio segundo en volver a catar. Era pura ambrosía. Una dulce tentación. Oírla acezar producía que todo él entrara en tensión, y que sin poder hacer nada, su hakama comenzara a ser un estorbo. Pero aguantaría.
Esa mujer era su talón de Aquiles. La protagonista de sus más codiciadas fantasías, a la cual con locura ansiaba poseer, y la única que en su vida había sabido abrazar su corazón. Kagome era su fuente de deseo y el amor que desde siempre anheló.
Resbaló las yemas de sus dedos por el camino de su humedad, observando como al hacerlo toda ella se removía ansiosa y jadeaba de placer.
—Te ves tan hermosa… —Expresó con los labios pegados en sus ninfas, localizando aquel punto hinchado en su sexo, para después presionarlo con el pulgar—. Y estás tan excitada… —Jaló avariento de ella, empapándose de sus jugos vaginales, mientras a su vez exploraba las paredes de su hendidura.
—Ah-ah… InuYasha, esto es… Increíble… —Su voz sonaba entrecortada. Experimentando un éxtasis demoledor, que detonaba en su interior, a causa de esos agasajos que recibía. Tenía más calor que nunca y su respiración se tornaba irregular con el transcurso del tiempo.
Kagome se sentía abrumada por esas nuevas sensaciones que la invadían. Estremeciéndose cuando él recorría su vulva con la lengua, a la par que estimulaba su clítoris con dedicación. Estaba en el cielo.
Hundió los dedos entre las guedejas plateadas de su hombre, haciéndole saber cuán estaba disfrutando, y lo mucho que ambicionaba que no se detuviera. Dando rienda suelta a lo que sus cuerpos reclamaban con vehemencia.
—¿Cómo puedes estar tan mojada…? —Colocó los muslos de la joven alrededor de su cuello, así teniendo un mejor acceso a su intimidad, que le ayudó a explorar la cavidad con largas lameduras y atrevidas fricciones—. ¿Tanto deseabas esto… Kagome…? —Sus ojos se adhirieron a los de ella, mirándola con concupiscencia—. ¿Tanto me deseas…?
Ella sintió cómo su sexo se contrajo al interceptar esa mirada afanosa que él manifestaba, provocando que la adrenalina se disparara en su interior y el calor fuera se volviera más insoportable.
Sí. Kagome estuvo deseando aquel momento desde hace días. ¿Días? No, años. Cuántas veces fantaseó con que InuYasha la contemplara de esa manera. Cuántas veces ansió experimentar las sensaciones que entonces aquellas acciones pecaminosas estaban provocando en ella.
—S-sí… —Su pecho se llenó de aire, expulsándolo con pesadez—. Te deseo… InuYasha...
Tiró levemente de sus mechones y lo observó corrompida por el deseo. Respirando más audiblemente al sentir cómo él se hundía de nuevo en su sexo, mientras mismamente estimulaba aquel punto sensible y pulposo de ella, con insistentes frotes de sus yemas.
Kagome sentía que se perdía a sí misma. Sin callar esos gemidos que brotaban cada vez con más intensidad de sus labios, al irse acercando a una sensación que hacía sombra a todas las experimentadas hasta entonces.
Un hormigueo se expandió por sus extremidades, así como el calor se concentró en su sexo, acompañado de intermitentes espasmos vaticinando lo inevitable. Y así ocurrió. Sin ya más demora, fue llevada hasta el límite y su espalda se arqueó hacia atrás, con su voz dando la nota más alta, al alcanzar un placer asolador que la despojó de sus fuerzas y la arrastró al delirio.
Jamás pensó que podría llegar a sentirse así. Jamás pensó que un placer como aquel pudiera existir, y ahora que podía asegurarlo, no quería tener que renunciar. Más bien, anhelaba más.
Su respiración se fue regularizando y una sonrisa taimada se dibujó en sus labios, observando a InuYasha incorporarse con cuidado y colocarse a su lado sobre el futón. Estaba distinto. Su expresión era dulce, pero también perversa. Siendo toda una provocación para la joven sacerdotisa, quien sin lugar a duda, adoraba esa faceta granuja en su pareja.
—¿Cómo es que has hecho eso…? —Articuló la azabache con voz entrecortada y las mejillas sonrojadas.
Él paseó los dedos por la piel de su escote, estudiando hasta el más mínimo detalle de su cuerpo.
—Era lo que querías, ¿No? —Inquirió en un tenue susurro, después fijando sus orbes dorados en los achocolatados de ella—. Quiero que sepas cuánto me gustas, Kagome; hacerte ver que eres la única para mí… —Redujo la distancia entre ambos, acechando sus labios, aún sin besarlos—. Es por eso que, a partir de ahora, haré todo aquello que esté en mi mano para demostrártelo...
—InuYasha… —Lo miró con asombro. Notando como su corazón brincaba dichoso bajo su pecho, y ahuyentaba cualquier rastro de inquietud y preocupación—. Gracias…
La dulzura con la que pronunció aquella palabra, provocó que un discreto rubor tiñera los pómulos del joven híbrido, haciendo que desviara su atención a otro lado.
—Tonta, no tienes por qué agradecerme… —Se puso de pie y localizó las ropas de su mujer en el suelo. Ofreciéndoselas mientras intentaba no ser víctima de aquellos nervios repentinos—. Será mejor que te vistas… —Se enfundó su kosode, manteniendo la compostura—. De mientras, iré a buscar el desayuno...
La sacerdotisa asintió en silencio, tomando sus prendas, al mismo tiempo que se fijaba en la camiseta que llevaba puesta y que estaba rasgada de arriba a abajo.
—Lamento lo de tu ropa. —Se disculpó él, como si hubiera podido leer sus pensamientos al volver a verla—. Yo… Supongo que no pude controlarme.
—Tranquilo. —Sus miradas conectaron y ella simuló una dulce sonrisa—. Está bien.
InuYasha correspondió al también sonreír, luego dándose la vuelta y saliendo de su hogar, mientras que Kagome se abrazaba a sus prendas con una expresión soñadora que no había modo de disimular.
...
Continuará!
Y... Nuestro Inu tomó la decisión de complacer a su chica n_n ¿Será que así ella conseguirá quitarse de encima ese estado de celo provocado por la flor?
Todo dependerá de cómo se vaya dando la historia, pero por el momento, se puede decir que Kagome está un poco más contenta jajaja
Miles de gracias por vuestros comentarios! Mientras os vaya gustando, seguiré escribiendo n_n
Por otro lado, estaba pensando en escribir un Fanfic AU de estos dos, pero hasta que no termine esta historia, me frenaré los impulsos... Aunque me tienta la idea xD
Dicho esto, me despido hasta la siguiente actualización. Un abrazo y un beso!
