Los primeros rayos de sol despertaron a Kagome. Se había quedado dormida en el raso, cubierta por el hitoe de InuYasha, mientras él reposaba con la espalda apoyada en el tronco de un árbol.
Al abrir los ojos, la sacerdotisa agradeció ser la primera en desprenderse de su sueño. Pues así podría buscar algo de serenidad para cuando tuviera que tratar con aquel hombre que, por ese entonces, ya lucía su habitual cabellera plateada y sus orejas caninas.
El recuerdo de la noche anterior aceleraba su trémulo corazón. Tantas sensaciones y sentimientos concentrados en un solo momento, que debía ser el más memorable de toda su vida. Y lo fue. Pero tan pronto terminó, una profunda desolación la inundó, tras confesar aquellas sentidas palabras, que quedaron huérfanas de contestación.
Confiaba en que InuYasha la amaba. De no ser así, ¿Qué sentido tenía anhelar un futuro en común? Sin embargo, por más que quisiera obviarlo, la tristeza la asaltaba cuando, a esas alturas, él todavía no era capaz de profesar su amor a viva voz.
Apartó la túnica del muchacho y se acomodó las ropas. Incorporándose despacio, y con cuidado de no hacer ningún ruido innecesario.
—Buenos días.
Ella se exaltó al escuchar aquel saludo apagado. Fijando su mirada al frente, donde un InuYasha, de semblante circunspecto, ya se incorporaba en una pose relajada.
—Bu-buenos días… —Rehuyó el contacto visual, mientras se aferraba a la prenda del muchacho.
Estaba muy rara, pensó él. ¿Qué había ocurrido que la tuviera así? ¿Es que hizo algo mal anoche? No le daba esa impresión, pero, aun así, su expresión no rebosaba esa alegría que él tanto adoraba apreciar en ella.
—Iré a buscar algo para desayunar y…
—Preferiría regresar a casa. —Lo interrumpió con una voz cortante. Tratando de mantener la compostura, pese a que tenía las emociones a flor de piel.
Sí. Su comportamiento estaba resultando de lo más extraño, y eso preocupaba al joven híbrido.
—Kagome… —Nombró en un susurro, aproximándose a ella con cierta prudencia—. Oye, ¿Estás bien? ¿Te duele algo, o…?
—Estoy bien. —Le entregó el hitoe, dirigiendo su mirada al suelo—. Sólo tengo ganas de regresar a la aldea, eso es todo.
«No lo creo...»
—¿Es por lo de ayer? —Insistió sin rendirse a la primera de cambio—. Siento que, después de lo que pasó, has estado actuando distinto.
—No es cierto.
—Kagome…
—Abajo. —En el preciso instante que pronunció el sortilegio, el canino quedó estampado bocabajo contra el suelo—. ¡He dicho que estoy bien! Así que, o me llevas a casa, o yo sola me encargaré de regresar.
InuYasha blasfemó para sus adentros, luego enderezándose quejumbroso y con unas facciones más severas e impasibles. No quería hablar, pues bien, ¡Peor para ella! Eso sí, a partir de ahí, ya podía olvidarse de que le rogara.
—Como digas. —Se colocó la túnica y, con un humor de perros, se agachó con las manos extendidas hacia atrás—. Sube.
Ella no se molestó en contestar. Acomodándose sobre la espalda del muchacho, para que al cabo de un breve lapso, ambos emprendieran el trayecto de regreso al pueblo.
Estaban incómodos, cada uno por sus propios motivos. Por un lado, Kagome no lograba entender el por qué su hombre no se percataba de qué era lo que tanto la había molestado. ¿Es que acaso siempre tenía que darle una explicación? ¿Realmente no era capaz de verlo por sí mismo? Cuánto más pensaba, peor se sentía.
Por contrapartida, InuYasha estaba enfurruñado por el abajo que se había ganado sin razón. Él solo se preocupaba por ella, ¿Y cómo se lo agradecía? Dejándolo literalmente por los suelos. ¿Por qué no podía decirle directamente lo que le ocurría? ¿Tan difícil era hablar y buscar una solución conjunta?
Las incógnitas parecían multiplicarse en sus cabezas, así creando más tensión en su retorno a la aldea. Y es que no se dirigían en lo más mínimo la palabra. Únicamente se ofuscaban al sumergirse en aquellos pensamientos de desaliento y desesperación.
Pasaron un par de horas y, bendita fue su suerte, cuando al fin llegaron al pueblo. Sin llegar a avanzar un par de pasos, que Kagome se removió inquieta a espaldas del canino.
—¿Qué tanto haces, tonta? —Masculló él a regañadientes.
—¿Es que no es evidente? —Protestó en un tono desganado—. Ya hemos llegado y yo puedo andar, así que… Déjame en el suelo.
—Todavía no estamos en casa.
—Lo sé, por eso mismo quiero que me bajes.
InuYasha respiró profundo. Cumpliendo con la voluntad de la joven y dejándola con los pies en el suelo. Eso sí, en cuanto vio sus intenciones de marchar en dirección contraria, la sujetó de la muñeca y la retuvo con una expresión consternada.
—¡¿De verdad vas a estar así todo el rato?! —Expresó él, sin poder seguir controlando su temperamento—. ¡Di de una vez qué es lo que te pasa!
—¡No! —Se negó rotundamente y luego se zafó de su agarre—. Lo que me pase o deje de pasar, es cosa mía, y si tú tienes la culpa… ¡No tienes que esperar a que sea yo quien te lo diga, pedazo de tonto!
Él frunció el ceño, clavando su mirada en esos orbes avellana que lo contemplaban con furia.
—¿Qué me acabas de llamar?
—¡Agh! Olvídalo… —Se giró en redondo, en una pose vanidosa—. No pienso perder el tiempo hablando contigo.
—¿Hablando? ¡Apenas me has dicho qué es lo que te…!
—¡Abajo! —Cualquier pretexto o reclamo fueron silenciados con aquel sortilegio, el cual, como era de suponer, dejó al joven híbrido totalmente fuera de combate. Otra vez—. Y ya deja de insistir.
Sin ánimos de continuar con aquella discusión, Kagome se retiró con firmes andares mientras InuYasha se recomponía quejumbroso. ¿¡Pero cómo podía ser tan terca!? ¿¡Tanto le costaba poner un poco de su parte!?
—InuYasha…
El canino movió las orejas al reconocer aquella voz amistosa, finalmente cruzando su mirada con la de su amigo y compañero fiel.
—Miroku. —Sacudió sus ropas mientras intentaba serenarse. Lastimosamente, su cara hablaba por sí sola.
—¿Qué fue lo que te ocurrió con la señorita Kagome? —Se interesó con una mueca en los labios—. No parecía muy contenta…
InuYasha se acomodó la tela del hitoe, echando un rápido vistazo al monje. ¿Qué podía decirle? Ni él mismo sabía qué provocó que su mujer lo castigara de aquella manera.
—Está rara… —Metió las manos en sus mangas y soltó un bufido—. He tratado averiguar qué es lo que la tiene así, pero, tan pronto abro la boca, me manda al suelo.
—Pues sí que la hiciste enojar… —Dedujo su camarada, frotándose la barbilla.
—Yo pensaba que después de lo de anoche las cosas mejorarían y…
—Lo de anoche. —Lo interrumpió el monje con una sonrisa pilluela. Reposando una de sus manos, sobre el hombro de su amigo—. Entonces… ¿Pasó lo que imagino en las aguas termales?
Las mejillas del peliplata adquirieron un subido rubor tras oír aquella afirmación. Desviando el foco de sus luceros al suelo, con un talante más inquieto.
—N-no pienso que deba hablar de esto contigo…
Miroku lo estudió con un semblante granuja y una postura relajada.
—Así que he acertado.
—¡Miroku!
—No te exaltes de esta manera. Al fin de cuentas, fuiste tú quien nos pidió consejo a Sango y a mí… ¿O es que acaso lo has olvidado?
«No, pero me gustaría hacerlo...»
—Como sea. —No quería mirarlo directamente a los ojos, pues realmente se sentía abochornado—. Lo que pasara entre Kagome y yo, es algo que nos concierne solo a nosotros dos…
—Humm… —Observó a su opuesto con incertidumbre. Se veía preocupado, más de lo que estaba dispuesto a admitir—. ¿Quieres acompañarme a casa? Puede que yo no sirva para darte consejos, pero Sango podría darte su punto de vista como mujer.
InuYasha dudaba. Suficiente había involucrado a sus amigos en aquel asunto, y de seguir haciéndolo, cabía la posibilidad de que Kagome se enterara y lo crucificara por ello. Aunque, por otro lado, ella era una cabezota de campeonato que no daba la más mínima pista de lo que podía estar atormentándola.
¿Qué era lo correcto? ¿Cuál debía ser su elección? Él solo quería estar bien con Kagome.
—Vamos.
La decisión ya fue tomada y el monje asintió en silencio. Luego ambos caminando por la aldea, mientras que en la mente del joven híbrido, la confusión seguía obcecándolo.
«¿Quizás sí le hice daño? No, no puede ser...»
Qué complicado era hallar el motivo de aquellos desplantes injustificados. Y es que no había nada que lo frustrara más que la obstinación de su mujer. Pese a que cabía decir, que si bien ese era su peor defecto, al mismo tiempo era su mejor cualidad.
Después de unos minutos, llegaron al hogar donde el monje y su familia habitaban. Nada más entrar, se encontraron con las gemelas correteando tras Kirara, mientras que Sango sostenía a un durmiente Hisui entre sus brazos.
—¿InuYasha? —Dudó la antigua exterminadora de demonios—. ¿Kagome y tú ya regresasteis de las termas? —Él no respondió, sino que en vez de eso, miró a un lado con los labios y el ceño fruncidos—. Deduciré que sí.
—Al parecer, la escapada no ha resultado demasiado bien.
—Monje… —Advirtió el híbrido con voz tensa.
—¿Cómo es posible? Pero si era el escenario ideal… —Se extrañó la muchacha.
—¡Mamiii! —Exclamó Gyokuto, tomada de la mano de su hermana—. ¿Podemos salir a jugar con Kirara?
—¡Por favor! —Añadió Kin'u con ojos suplicantes.
Sango miró a su hombre durante un breve lapso y después sonrió hacia sus hijas.
—Pero no marchéis muy lejos, ¿Sí?
—¡Bien! —Las dos pequeñas lo celebraron al unísono y, sin andarse más por las ramas, corrieron hacia afuera seguidas por Kirara.
Ya con un poco más privacidad en aquellas cuatro paredes, los tres amigos se sentaron en el suelo, de tal manera que, unos y otros estuvieran a la vista entre sí.
—Ahora… ¿Vas a explicarnos qué fue lo que pasó?
Sango era directa. Y aunque quizás sonara algo tajante, la mejor forma de tratar con InuYasha era así. O de lo contrario, no se sacaría nada claro de aquel encuentro.
—No pasó nada. —Las miradas juiciosas de la pareja lo acusaron sin necesidad de hablar. De nuevo el canino se sonrojó—. Es decir, sí pasó, pero después… No comprendo qué ocurrió para que ella se enfadara.
—Tal vez, no supo satisfacerla…
—¡Deja de tomarte tantas confianzas al hablar! —InuYasha apoyó las manos en sus rodillas, y sus facciones se desencajaron molestas—. Todo fue bien, yo… Sentí que así fue… —El calor se apoderó de él al evocar imágenes de la velada anterior—. Pero cuando terminamos, ella cambió de comportamiento y… ¡Agh! ¡No lo sé!
Su amiga se quedó pensativa. Intentando descubrir qué podía haber ocurrido si es que, aparentemente, todo estaba bien. Aun así, tratar de averiguarlo, era como buscar una aguja en un pajar.
—¿Seguro que no hiciste nada raro? —Curioseó el monje—. Piensa que no a todas las chicas les gustan depende qué fetiches…
—¡Po-por supuesto que no...! —Se exaltó el híbrido de lo más malhumorado.
—Calmaros los dos. —Intervino Sango en un tono impositivo. Dejando a su infante sobre el futón, y después incorporándose—. Lo mejor será no perder los nervios ni sacar conclusiones precipitadas. —Observó a su hombre con una expresión serena, al mismo tiempo que se dirigía hacia la salida—. ¿Puedes hacerte cargo de los pequeños?
—Claro, pero… ¿Adónde vas?
—Intentaré hablar con Kagome…
—¿Hablar? —Se jactó el muchacho de cabellos plateados—. Dudo que esa tonta vaya a decirte nada… —La forma en cómo ella lo miró, hizo que el medio demonio se estremeciera temeroso. Bajando la cabeza en una pose más sumisa—. Que tengas suerte.
Sin intercambiar más palabras, la muchacha abandonó su hogar, mientras Miroku e InuYasha aguardaban en casa por su regreso. Seguro que algo había pasado, pero si no trataba el tema con su amiga, seguramente no daría con una respuesta certera.
...
Continuará!
Y... Nuestra Kagome está muy enfadada e InuYasha muy confundido... ¿No tienen remedio?
Ahora falta ver si Sango averigua qué es lo que le ocurre a su amiga y, si a partir de aquí, se soluciona algo? O empeora más?
Esta historia es cortita, por lo que no tardará en llegar a su fin. Eso sí, aún le quedan unos pocos capítulos jeje
Espero que os haya gustado y muy agradecida de vuestros comentarios! n_n
En cuanto a comentarios de invitados:
Moroha uwu: muchas gracias! se agradece el apoyo, preciosa!!
Moroha: se intenta mantener la intriga como se puede, qué bien se valore cbhfjfjd muchas gracias por tus palabras, linda!
Hasta aquí la actualización de hoy! n_n
Un beso!!
