Este fic está escrito enteramente para el "Amigo Invisible navideño 2020/2021" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black". La persona a la que me tocó regalarle estas palabras fue Crislu, que pidió, entre otras cosas, "Un fic en el que se cuente lo que pasaba en Hogwarts mientras el trío calavera buscaba los horrucruxes. Mcgonagall tiene que salir bastante". Sin embargo, por cosas de la vida, me he decantado por acabar entregándole el regalo a Roxy Scamander, que pidió algo en el año de los Carrow con profesores. Espero que lo disfrute.

Disclaimer: Todo pertenece a JK Rowling.

Beta: Miss Lefroy Fraser. Muchas gracias a ella.


Libro a pluma


Llegaron poco después del amanecer.

Los vio desde la ventana de su despacho; dos pequeñas motas negras atravesando los terrenos, apenas visibles a causa de la espesa niebla con la que había despertado el día. Incluso en la distancia, a Minerva McGonagall le pareció que avanzaban con la rapidez y el nerviosismo de dos hombres que buscaban cumplir órdenes, y comprendió que no se trataban de unos funcionarios del Ministerio cualquiera.

Se apartó de la ventana y volvió a su escritorio. Allí, en perfecto montículo distribuido por orden alfabético, descansaban las cartas que había redactado la noche anterior, listas para ser colocadas en sus respectivos sobres y enviadas a los alumnos que empezarían el curso en septiembre. Al otro lado se encontraba el Libro de Admisión, junto a un conjunto de pergaminos en los que debía escribir la carta para los niños de once años que entrarían en la escuela por primera vez.

Se sentó en la silla, apretó las manos en su regazo y esperó. No había nadie más en la escuela durante esas fechas; solo ella, dedicada a la tarea de informar a los alumnos, y Hagrid. Ni siquiera había un nuevo director al que pudiera visitar tras las largas horas de escritura, deseando una taza de té caliente sobre la que posar sus manos doloridas y tal vez un caramelo de limón para acompañar…

«Lo último que quieres es que te encuentren con los ojos llorosos». Minerva cogió una pluma y un pergamino, y empezó a escribir.

«Estimada señorita Wheeler: nos complace informarle que ha sido usted aceptada…».

La puerta se abrió de un portazo.

—Les agradecería que tuvieran la amabilidad de llamar la próxima vez —dijo Minerva, sin levantar la vista de la carta; una mancha negra se extendió sobre el pergamino cuando presionó la pluma con demasiada fuerza.

Uno de ellos era alto, con el cabello oscuro y piel muy pálida, y había sido alumno suyo unos quince años atrás. «Jugson», pensó Minerva, relacionando ese nombre con cientos de castigos por hechizos mal intencionados lanzados a sus compañeros. El otro era Selwyn, el chico rubio que siempre andaba a malas con el equipo de Gryffindor; Minerva no recordaba que hubiera estado metido en líos, pero ahí lo tenía, vestido con una túnica negra que auguraba lo peor.

Al miedo que hizo que su corazón empezara a latir con fuerza se le unió la lástima. «Estuvieron en mi aula y no supe ver en lo que se convertirían».

—Venimos a requisar el Libro de Admisión. —Selwyn sacudió la cabeza hacia el objeto.

Eso sorprendió a Minerva; había creído que venían para llevársela a ella. Echó un vistazo al enorme volumen recubierto de piel de dragón y luego negó con la cabeza.

—No puede salir de Hogwarts, de hecho… —Con la varita, Minerva procuró que el libro se cerrase—. Nadie puede consultarlo, excepto el director de la escuela o la subdirectora…

—Ahora que lo menciona… —intervino Jugson, sacando una carta de su bolsillo y lanzándola con algo de desprecio sobre el escritorio. Llevaba el sello del Ministerio—, si bien conservará el puesto de profesora, queda usted relevada del cargo de subdirectora.

—Ah. —Por mucho que esperase algo así, a Minerva le dolió—. Eso no significa que puedan llevarse el libro.

—Lo necesitamos —dijo Selwyn, con un toque de ansiedad en su voz.

—Solo contiene nombres de niños y sus direcciones —contestó Minerva—. No veo qué interés pueda tener para ustedes.

Todos los nacidos de muggles de once años aparecían en estas páginas. Ella solía escribir una lista que luego enviaba a los funcionarios que se encargarían de revelar la magia a las familias; ese año únicamente había enviado una nota indicando que, debido a la prohibición para niños muggles de asistir a la escuela, no se había molestado en recopilar sus datos. Había esperado que eso fuera suficiente para que el Ministerio se olvidase de esos niños.

A juzgar por la presencia de esos dos hombres en su despacho, no lo habían hecho.

El miedo por sí misma se vio rápidamente substituido por uno dedicado a niños que todavía no conocía.

—Nos lo llevaremos —insistió Jugson, colocando una mano sobre el Libro de Admisión; inmediatamente soltó un gemido y retrocedió un paso, apretándose la palma—. ¡Me ha quemado!

—Ya le he dicho que no podría consultarlo —replicó Minerva, con el mismo tono exasperado que usaba para esos alumnos que nunca aprendían de sus tropelías.

—¡Pues retire el hechizo!

—No puedo. Han entrado en mi despacho buscando llevarse un objeto que pertenece al mismo Hogwarts, ¿acaso esperaban que no estuviera protegido por magia ancestral? Si esto es cierto —Minerva tocó la carta del Ministerio—, entonces llamen al nuevo subdirector del colegio y que él o ella se encargue del libro… si es que lo encuentra.

—¿Cómo? —preguntó Jugson, todavía agarrándose la mano.

—Suele desaparecer una vez acabo de redactar las cartas —improvisó Minerva—. Hasta el siguiente año.

Ninguno de los dos pareció desconfiar de su historia; todo el mundo sabía que Hogwarts tenía sus peculiaridades. Selwyn miró a Jugson, disimulando su miedo como lo haría un niño atrapado tras el toque de queda, y luego se encogió levemente de hombros. «No es culpa nuestra», pareció decir este gesto.

—Haremos lo que nos ha indicado —dijo Selwyn, con una amabilidad repentinamente exquisita. Minerva contuvo una mueca.

Solo cuando hubieron transcurrido cinco minutos de su marcha, Minerva se atrevió a moverse. Las manos le temblaban un poco cuando sacó la varita, pero mantuvo el agarre firme.

Alguien sabría que lo que había dicho era mentira, que el libro permanecía guardado en una habitación donde inscribía nombres durante todo el año. Entonces Minerva tendría que responder por su desaparición, pero poco le importaba lo que pudiera pasarle a ella.

Murmuró un hechizo y el Libro de Admisión se encogió. Sus tapas se volvieron de color rojo y luego adquirieron una textura suave, antes de convertirse del todo en una larga pluma, acabada en una punta cortada para la escritura.

Por un instante temió que el hechizo que mantenía el libro lejos de las manos de aquellos que no tenían cargos de importancia en Hogwarts la afectase también a ella, ahora que la habían echado de su puesto, y por ello se sintió aliviada cuando pudo tocar la pluma. Fue como si el mismo colegio le dijese que todavía la quería en el cargo.

Minerva McGonagall siempre había luchado por mantener a sus alumnos a salvo. Había cometido errores, como Selwyn y Jugson evidenciaban, pero dejar que los mortífagos conociesen los nombres de los nacidos de muggles no sería uno de ellos. Los mantendría a salvo mientras durase la pesadilla.

Minerva guardó la pluma entre las demás que poseía y cogió otra al azar. Debía escribir cartas, pero no dirigidas a alumnos. Mentalmente, hizo una lista de profesores en los que sabía que podía confiar.