Bosque
—¿En qué estabais pensando? —preguntó Hagrid—. ¿La espada de Gryffindor?
—Pertenece a Harry —replicó Ginny, desafiante.
—¿Y cómo pensabais hacérsela llegar? ¿Por lechuza, tal vez? —contestó Hagrid.
—Algo se nos hubiese ocurrido —refunfuñó ella.
—Estas pisando unas bayas multicolores —dijo Luna, provocando que Ginny levantase el pie; unas pequeñas plantas habían quedado aplastadas en su suela.
—¿La idea fue tuya, Ginny? —inquirió Hagrid.
—Fue de Neville. —Ginny restregó su zapato contra la hierba.
Neville levantó la vista; hasta ese instante había estado concentrado en no tropezarse con alguna raíz que pudiera mandarlo al suelo. Su corazón dio un vuelco cuando comprobó que la expresión de Hagrid mostraba algo de admiración. Cuando una persona crecía sin mucho respeto alrededor, como le había ocurrido a Neville, siempre resultaba chocante encontrarlo en los ojos de los demás.
—Es una suerte que el profesor Snape haya decidido castigaros a la antigua usanza —dijo Hagrid, prescindiendo de llamarlo «director».
—Creía que la antigua usanza era colgar de los tobillos a los alumnos y torturarlos —intervino Luna, hablando con la tranquilidad propia de alguien que comentaba qué habría para desayunar.
—Apuesto a que esos serán los castigos de ahora —dijo Ginny. Los Carrow, dos hermanos que se habían apropiado de las asignaturas de Defensa Contra las Artes Oscuras y Estudios Muggles, tenían un mal genio que auguraba duros castigos para aquellos que se atreviesen a cruzar la línea.
Ellos habían sido los primeros que se habían atrevido a cometer una tropelía, si es que intentar robar la Espada de Gryffindor podía considerarse tal. Habían logrado entrar en el despacho de Dumbledore y hacerse con la espada, pero a la salida Snape los había atrapado. Neville había creído que el resultado sería la expulsión, pero solo los había mandado al Bosque Prohibido.
—¿Conocéis las bayas de invisibilidad? —preguntó Hagrid. Tanto Ginny como Neville negaron con la cabeza, pero Luna asintió—. Son estas. —Hagrid les indicó un arbusto cercano, en el que crecían unas pequeñas plantas de algo traslúcido—. Forman parte de la dieta de los demiguise, así que las necesito para la clase de la semana que viene. Recogedme unas veinte.
Las chicas se adelantaron; a Neville no se le pasó por alto que el profesor se estaba rezagando para quedar a su altura.
Cuando Ginny y Luna estuvieron un tanto lejos, Hagrid le habló.
—Entiendo lo que pretendías, y fue muy valiente.
—Puedo consolarme con eso, teniendo en cuenta que a duras penas soy un Gryffindor —contestó Neville, desanimado. Había vivido con miedo gran parte de su vida, reptando por su interior como una serpiente a la que era imposible echar de su nido.
—No digas tonterías. Sé lo que hiciste en el Departamento de Misterios —apuntó Hagrid, al tiempo que se agachaba para comprobar un arbusto—, y el año pasado, cuando… —Se detuvo antes de poder mencionar la batalla ocurrida la noche de la muerte de Dumbledore—, y lo veía en mis clases, especialmente en las últimas a las que atendiste. —En esas palabras Neville notó un ligero tono de reproche; eran muchos los alumnos que habían dejado Cuidado de Criaturas Mágicas tras los TIMOs.
—Puede, pero tiene razón: lo de la espada ha sido absurdo y no volveré a hacer algo así —repuso Neville, mirando a Ginny y Luna, que hablaban en voz baja mientras buscaban las bayas.
—¿Estás seguro de eso?
Hagrid se enderezó y volvió a mirarlo.
Fue en ese instante en el que Neville se dio cuenta de que nunca le había tenido miedo al profesor. Lo cual era curioso, porque sí le daba pavor muchas de las cosas que rodeaban al hombre. No le gustaban sus animales, y menos aquellos que podían quemar sus dedos o arrancarlos de un mordisco; el Bosque Prohibido le había dado pesadillas cuando era pequeño e incluso la cabaña en la que vivía tenía algo de lúgubre, que le hacía pensar en peligros escondidos. Sobre todas esas cosas Hagrid únicamente mostraba entusiasmo y eso debería haberlo puesto en su lista de personas a las que evitar, pero nunca había sido así.
—No —admitió Neville—. Me cuesta quedarme de brazos cruzados. —Sus propias palabras lo sorprendieron; no se habría creído capaz de decir que, entre la seguridad o el peligro, escogería eso último.
Hagrid meneó la cabeza; Neville no supo si aprobaba o rechazaba su decisión hasta que una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Tú solo procura que nunca te castiguen a la vieja usanza —dijo, con un tono algo jovial—. Allí hay una baya.
Volvieron al castillo al amanecer. Neville debería haberse sentido agotado tras una noche en vela, pero sus sentidos estaban en alerta y su cuerpo parecía movido por una extraña energía, muy semejante al entusiasmo.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Ginny, cuando llegaron al pasillo que conducía a sus respectivas torres.
Ni ella ni Luna parecían asustadas, y eso lo motivó todavía más.
—Buscad las monedas del Ejército de Dumbledore —les dijo a ambas—. Necesitaré ayuda para transformar la mía en la moneda maestra, como la que tenía Harry. Creo que el resto todavía debe guardar las suyas. Hannah, Michael Corner, Padma y…
—¿En qué estás pensando? —lo interrumpió Ginny, ligeramente entusiasmada.
—Este castillo es nuestro. No van a arrebatárnoslo.
Era hora de reunir el ejército.
