Gracias a todos los que habéis dejado reviews :) Dos capítulos más.


Chispas


—Me gustaría ignorarlo.

—Eso te traería más problemas que enviarlo. —Minerva cogió la carta que Filius había recibido días atrás—. Hay gente que falsifica árboles genealógicos.

Filius Flitwick le sonrió, al tiempo que negaba con la cabeza.

—¿Alguna vez he ocultado mi sangre duende? Media escuela sabe que la tengo. —No se avergonzaba de ella, por mucho que el Ministerio ahora quisiera examinarlo a causa de sus raíces—. Enviarles mentiras solo puede perjudicarme; quizás sea la excusa que busquen para echarme de mi puesto. Aún me sorprende que permanezcamos en la escuela.

—Creo que Snape quiere el Libro de Admisión —apuntó Minerva. Filius evitó mirar hacia su escritorio, donde una pluma destacaba entre todas las demás por su color rojo intenso—. Cualquier día intentará arrancarme su localización.

El rencor en Minerva era patente y Filius sintió una punzada en el estómago. No podía mentir y decir que le caía bien el profesor Snape: demasiados alumnos de Ravenclaw que habían llegado llorosos a su despacho tras una clase de Pociones. Sin embargo, la traición que había cometido estaba por encima de herir los sentimientos de un estudiante; era tan repugnante que no podía mirarlo a la cara, por mucho que fuera su superior.

Minerva se levantó de la silla y fue a la chimenea, donde usó la varita para atizar las tenues ascuas entre la ceniza.

—Independientemente de cuántos sepan quiénes eran tus bisabuelos, no puedo permitir que te expulsen de la escuela. —La voz de Minerva sonó afectada, y sirvió para arrancarle a Filius unas lágrimas—, o algo peor… —La profesora movió la varita y un par de ramitas se introdujeron en la chimenea, ayudando a avivar el fuego.

Charity no había vuelto para el inicio de curso, substituida por Alecto Carrow, y no habían podido ponerse en contacto con ella, lo cual no auguraba nada bueno en esos tiempos que estaban viviendo.

—No estoy hablando solo por amistad —dijo Minerva, moviendo la varita otra vez. Un par de chispas saltaron de la chimenea, amenazando por escasos centímetros su túnica—, es competencia de Snape buscarte un substituto, y tampoco puedo dejar que más personas como Carrow se hagan cargo de las asignaturas. Por no hablar de… lo otro. —Nunca lo mencionaban por su nombre, pero Filius sabía exactamente de qué estaba hablando.

Lo que escondían en el bosque.

—Creo que estás intentando convencerme para que le escriba a un falsificador —respondió Filius, fingiendo bromear, aunque seguía sin aceptarlo. Su baja estatura era todo lo que tenía de su ancestro duende; había sido la causa de muchas burlas cuando era estudiante. Sobreponerse a ellas y aprender a mirarse al espejo sin ver ninguna falta en sí mismo era un motivo de orgullo personal.

—Te lo dije antes de empezar el curso y te lo repito ahora: cuento contigo para mantener esta escuela todo lo a salvo que pueda —dijo Minerva, todavía de espaldas a él, mirando el fuego—, los castigos en el Bosque Prohibido se acabarán algún día, lo sé. Así que piénsatelo.

—Se hace tarde. —Filius puso en pie—. Nos vemos mañana.

Minerva se limitó a asentir.

Cuando salió de su despacho, Filius se limpió los ojos con la punta de los dedos. Ya era de noche; a medida que andaba, las antorchas se encendían para él, ofreciéndole la suficiente claridad como para encontrar el camino de vuelta a su propio despacho. Algunos cuadros se quejaban a su paso, despertados por el brillo del fuego.

—¡Alto!

Sobresaltado, Filius sacó la varita.

Una antorcha en el piso inferior se encendió, permitiendo que viese una figura ataviada con lo que parecía una túnica estudiantil, y que se escabulló por una esquina, dirección a un pasillo que Filius sabía que no tenía salida.

La antorcha se apagó inmediatamente y volvió a encenderse para otra persona, apenas visible por la túnica negra que llevaba, y que iba directa al pasillo en el que se encontraría atrapado el alumno o alumna.

Filius levantó la varita y una multitud de chispas rojas aparecieron detrás del perseguidor, alertándolo.

—¡Alto! —repitió Amycus Carrow, cambiando su rumbo y corriendo tras las pequeñas luces rojas.

Filius esperó a que se perdiera de vista para acercarse al pasillo correcto.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, al tiempo que usaba su varita para iluminar la zona, ya que allí no había antorchas.

—Profesor. —Luna Lovegood salió de las sombras. En sus manos llevaba un pequeño frasco repleto de líquido rojo.

—¿Sabe que está infringiendo el toque de queda?

—Oh, sí. Eso pretendía. Esta es la mejor hora para… —A Luna le pudo la prudencia y se detuvo antes de acabar. Cogió con un dedo uno de los corchos que llevaba colgados al cuello y jugueteó con él—. Lo siento mucho, profesor.

—Ya lleva varios castigos, por lo que tengo entendido.

—Sí. —La señorita Lovegood esbozó una pequeña sonrisa—, pero no me molesta. Hagrid necesita ayuda en el bosque.

«Los castigos así no durarán eternamente», pensó Filius, recordando las palabras de Minerva.

—Lo dejaré pasar, por esta vez —dijo Filius, que en realidad no tenía otra opción—. Haga el favor de volver a la Sala Común. Pero, señorita Lovegood… —La detuvo antes de que echase a andar—. No siempre podré...

—Si va a pedirme que deje de hacer estas cosas, no puedo prometérselo, profesor —dijo Luna, algo entristecida—. Lo mejor para ambos es que no acabe la frase.

Se deslizó como un duendecillo hacia la salida del pasillo, perdiéndose de vista en segundos y dejando a Filius un tanto desconcertado.

A la mañana siguiente, decenas de paredes del castillo amanecieron con mensajes escritos en tinta roja.

«Fuera los Carrow». «Snape asesino». «El Ejército de Dumbledore sigue reclutando».

Algunos alumnos se reían al verlas, pero Filius solo sintió una aprensión que, minuto a minuto, fue devorando su orgullo personal.

Esa misma tarde procuró ir al Cabeza de Puerco, donde sabía que, con un poco de suerte, podría encontrar el contacto de un falsificador de árboles genealógicos.