Panfletos


Cuando Alecto Carrow repartió los panfletos en clase, a Daphne se le removió el estómago. Los papeles, que tenían el tamaño de un libro grande, mostraban a todo color a un hijo de muggles de rostro retorcido y decididamente malvado, que había pasado una cuerda alrededor del cuello de un mago y tiraba de ella en un intento de asfixiarlo.

—Así es cómo nos roban la magia —dijo la profesora, mientras se paseaba entre las mesas de los alumnos—. Se os acercarán por la espalda y, cuando menos lo esperéis, os habrán arrebatado la varita y la vida.

«No puede ser cierto». Daphne miró a su alrededor, buscando más caras escépticas, pero algunos de sus compañeros en Slytherin observaban a la profesora con una expresión de convencimiento en sus rostros; otros mantenían la mirada fija en los panfletos y muchos Gryffindor parecían decididamente enfadados. Neville Longbottom estaba apretando el papel en un puño.

—¿Cómo no iban a hacerlo? ¿Habéis visto las ciudades muggles? —Alecto seguía paseándose mientras hablaba, en un gesto que a Daphne siempre le había parecido controlador—, son sucias. Apestan a recursos que algún día se extinguirán… electricidad, petróleo… nada perdura como la magia.

Electricidad, petróleo; Daphne recordaba esos nombres de clases anteriores, las que había impartido Charity Burbage. A su madre le había parecido bien que escogiese esa asignatura, aunque su padre había necesitado un poco de insistencia, ya que no consideraba el mundo muggle demasiado digno de ser estudiado, mucho menos por una sangre limpia que supuestamente jamás lo pisaría.

—Los nacidos de muggles quieren apoderarse de lo que es nuestro para hacer perdurar la asquerosa raza de sus padres, y la suya propia. No debemos permitirlo; no lo haremos. Abrid los libros por la página cincuenta. —Alecto movió la varita, apuntando la pizarra—. Capítulo cinco: sobre los muggles y su naturaleza violenta.

Daphne también odiaba el libro que les habían entregado a principio de curso. Lo había escrito un mago del siglo pasado cuyas ideas, a su parecer, deberían estar tan muertas como él. Lo abrió a desgana, buscando la página adecuada y reprimiendo una mueca cuando vio otra caricatura impresa en el papel, mostrando a un muggle con un cuchillo en la mano.

Se oyó un murmullo en la clase. Daphne levantó la cabeza y vio a Neville Longbottom alzar la mano, primero lentamente y luego con más firmeza.

Alecto también pareció sorprenderse.

—¿Sí? —inquirió con suspicacia.

—¿Cómo podrían robarnos la magia? —preguntó Neville—. Todo el mundo sabe que las varitas solo responden ante aquellos que pueden usarla. Así que… ¿Cómo se supone que nos roban?

—Eso no es algo que le concierna —respondió la profesora.

—A mí me interesaría saberlo.

—Abra el libro por…

—A menos que esté usted mintiendo. Eso explicaría muchas cosas.

La profesora Carrow movió la varita. El rostro de Neville se volvió hacia la derecha, como si algo invisible lo hubiese golpeado en la mejilla; el color rojo que no tardó en aparecer en su piel le indicó a Daphne que así había sido.

Se estremeció, comprendiendo que acababa de contemplar el momento exacto en que una línea se cruzaba.

—¿Tiene algo más que decir, señor Longbottom? —preguntó la profesora.

El chico tenía lágrimas en los ojos, pero su rostro no mostraba miedo.

—Si lo único que se le ocurre es pegarme, es que algo de razón tenía —añadió.

La profesora Carrow volvió a mover la varita. Daphne cerró los ojos, pero de todas formas escuchó el impacto, mucho más intenso que el anterior. Neville soltó un quejido.

—Fuera de mi clase. Al despacho del director, ahora.

Daphne oyó la silla de Neville arañar el suelo. Había bajado la cabeza y, al abrir los ojos, lo primero que vio fue el panfleto frente a ella, con su dibujo de un hombre retorciéndole el cuello a otro.

La puerta se cerró y alguien se rio por lo bajo: Daphne comprobó que se trataba de Goyle. Su diversión pareció contagiosa, porque otros compañeros esbozaron sonrisas por las que se ganaron miradas de odio por parte de los Gryffindor.

Daphne cruzó la vista con Seamus Finnigan, alguien con el que nunca había hablado, y se mordió el labio al comprobar que esa ira también se extendía a ella. Como había hecho Neville, retorció el panfleto entre sus dedos.

—Señorita Parkinson, empiece a leer el capítulo.

Daphne cogió una pluma y un trozo de pergamino, y dedicó el resto de la clase a dibujar pequeñas figuras en el margen, tratando de ahogar la voz de sus compañeros recitando del libro.

Se levantó nada más anunciar la profesora el final de la clase; guardó sus cosas tan rápidamente que volcó sin querer el tintero en el interior de la bolsa, pero no se molestó en limpiarlo.

Al salir, comprobó que Neville no había obedecido la última orden de Carrow. Estaba en el pasillo, con la mejilla más roja que antes y la nariz hinchada; todavía le quedaba algo de sangre seca sobre el labio.

—Lo siento —murmuró Daphne.

—¿Qué? —preguntó Neville, enarcando una ceja.

—Que lo siento —repitió Daphne, sin saber exactamente por qué pronunciaba esas palabras. Bien podía ser por los colores de su túnica, el apellido que llevaba o por no haber hecho más que cerrar los ojos en la clase.

No se quedó a escuchar la respuesta de Neville; se alejó a grandes zancadas, preguntándose si algún día sería lo bastante valiente para hacer algo más que susurrar disculpas.