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Felix felicis


En lo primero que se fijó Horace Slughorn al abrir el armario fue en la poción de color amarillo que reposaba sobre una de las estanterías, protegida por un cristal que rodeaba el pedestal. Era felix felicis, y Horacedeseó poder beber un poco de esa poción.

—Mmm, no. Vaya, por Merlín, no —dijo, intentando ignorar el sudor que resbalaba por su espalda—. Ni una gota.

—Qué extraño —replicó Amycus Carrow, en un tono glacial.

Horace fingió que rebuscaba entre la estantería.

—Sí, bueno, no es tan fácil conseguir ingredientes para pociones hoy en día. —A Horace le temblaban las manos mientras movía frascos; por un momento temió tirar alguno al suelo—. Están cerrando invernaderos y talleres en el país. Y el producto de fuera es…

—¿Le he pedido que me dé una charla sobre pociones?

Horace no pudo evitar encogerse un poco. Si las palabras fueran capaces de cortar, Carrow ya le habría hecho un par de heridas

—Lo único que quiero es un frasco de veritaserum. Simple, ¿verdad? —añadió el hombre.

—Pues… —Era simple. De hecho, Horace estaba viendo un frasco de veritaserum ahora mismo, prácticamente escondido entre un filtro de muertos en vida y una amortentia. El líquido era incoloro y extremadamente complicado de reconocer para quien no tuviera el ojo entrenado.

Horace quiso sacar el veritaserum del armario, dárselo a Amycus y ahorrarse problemas, pero entonces se recordó a sí mismo lo enfermo que se ponía cada vez que veía a un alumno con heridas. Los Carrow habían sido comedidos en los inicios del curso, pero a medida que se acercaba el invierno, la violencia de sus castigos había ido en aumento. Incluso los más pequeños aparecían de vez en cuando en su clase con las narices rotas o vendajes en el rostro. A Melinda Bobbin, una de sus eminencias, le habían roto un dedo por escribir una redacción sobre muggles demasiado favorable; no había podido cortar ingredientes durante semanas.

El veritaserum que quería Amycus probablemente iba a ser usado contra los alumnos cuando estos volviesen de las fiestas, tal vez para obligarlos a desvelar cualquier secreto que hubiesen aprendido de sus familias en Navidades; aunque también se rumoreaba que tenían razones para usarlo con los profesores. Se hablaba del Libro de Admisión y de algo relacionado con una lista de nacidos de muggles, si bien Horace no sabía mucho del tema, puesto que sus compañeros callaban cuando él entraba en la habitación.

«¡Ni que yo hubiera hecho algo!». Eran los viejos prejuicios contra los Slytherin asomando la cabeza de nuevo, y afectándolo a él nada menos, que siempre había incluido alumnos de todas las casas en su club…

Aunque sin duda cometería un error imperdonable si les entregaba la poción a los Carrow. Entonces sus compañeros no volverían a dirigirle la palabra y también se acabarían todos los tradicionales regalos que recibía de los demás profesores; era consciente de que se hubiese sentido un poco peor esas Navidades de no ser por la caja de chocolates de Filius.

—Eh… ya ve… —Se volvió hacia Carrow fingiendo la mejor de sus sonrisas, esas que normalmente solo reservaba para los alumnos que lo hacían sentirse orgulloso—. Quizás en un mes o dos, podría…

—Me decepciona usted —replicó Carrow.

Horace se apartó del armario. Su corazón latía con tanta fuerza que por un momento creyó que su ligero mareo se debía a que la sangre le corría con demasiada rapidez por el cuerpo.

—Supongo que el veritaserum puede conseguirse fuera de Hogwarts. —Carrow lo miraba atentamente; Horace se dio cuenta de que le estaba ofreciendo otra posibilidad: si le daba el nombre de un proveedor, entonces saldría de esa situación un tanto airoso.

A Horace se le ocurrían varios nombres; por un instante, los tuvo en la punta de la lengua. Algunos incluso habían sido antiguos alumnos suyos, lo cual los hacía decididamente excelentes.

Entonces recordó las lágrimas de Melinda cada vez que movía el dedo sin querer y volvía a dolerle, y las miradas asustadas de los alumnos de primero.

Tuvo que tragar saliva antes de hablar:

—Me temo que la jubilación me pasó factura —le dijo a Carrow—. He perdido muchos contactos, y los que podría darle estarán tan oxidados como yo… —Se rio suavemente—. Le aconsejo que pregunte al director, él tendrá mejores referencias.

Carrow bufó y Horace supo que acababa de ganarse un puesto junto a los otros profesores díscolos.

—No podemos molestar al director, en estos momentos está muy ocupado —contestó Carrow, dándole la espalda—. Pero encontraremos la poción por nuestra cuenta.

Horace esperó unos minutos tras su salida del despacho y después se volvió hacia el armario. Cogió rápidamente el veritaserum y, tratando de no pensar en el malgasto de una buena poción que significaba el gesto, lo hizo desaparecer con la varita.

Tras eso se quedó quieto, intentando recuperarse de la impresión. «¿Y ahora qué hago?». De todos era conocido que había gente siendo enviada a Azkaban sin razón en estos días, y no creía que los profesores de Hogwarts estuvieran a salvo. «¿Me encerrarían solo por no darles una poción? ¡Qué absurdo!». Pero cosas más estúpidas se habían visto. Desde que Albus Dumbledore había muerto, el mundo era un caos.

«Con lo bien que estaría yo en mi casa». ¿Quién le mandaría regresar a la escuela?

Se volvió hacia el armario para cerrarlo, y entonces su vista recayó en el felix felicis.

«Si bien podría…».

Lo cogió.

Esperó unas horas antes de aventurarse a salir de su despacho. A la tenue luz del atardecer, que ya empezaba a envolver el castillo en sombras, atravesó los pasillos hasta llegar a otro despacho.

—Adelante —dijo la voz de la profesora McGonagall cuando él llamó.

Horace entró rápidamente y cerró la puerta todavía más deprisa, como si estuviera realizando un acto ilegal. Minerva apretó los labios cuando se sentó en la silla, algo que le dijo que no era del todo bienvenido.

—¿En qué puedo ayudarte? —Sin embargo, el tono de la profesora fue muy educado.

—¿Es cierto que has escondido el Libro de Admisión?

Minerva frunció el ceño.

—El Libro desapareció al acabar el verano. No tengo nada más que decir al respecto.

«A lo mejor piensa que he venido a sacarle información». Lo cierto era que Horace no estaba allí de forma totalmente desinteresada, pero tampoco de parte de los Carrow. «Si supiera lo que acabo de hacer…».

—Toma. —Horace dejó el frasco sobre la mesa.

—¿Qué es…?

Felix felicis. Si los Carrow aparecen preguntando por el libro, será mejor que te lo tomes discretamente. Tres gotas serán bastante… Creo que incluso podría contrarrestar los efectos del veritaserum, aunque no lo tengo comprobado.

—Ah… —Minerva no pareció muy confiada, pero aun así extendió la mano hacia el frasco—. Muy amable por tu parte.

—Es lo mínimo que puedo hacer. —Horace se enderezó en el asiento—. Tú sabes que yo no quiero a los Carrow aquí, ¿verdad? Aunque sea el jefe de la casa de Slytherin.

No estaba dispuesto a quedarse solo en medio de dos bandos que lo rechazaban, así que bien podía aliarse con el que más satisfacía su conciencia.

—Te entiendo, Horace —dijo Minerva, que ahora parecía sentirse un tanto culpable—. Aprecio mucho tu gesto.

Cuando cogió la poción, Horace se sintió aliviado.

—Procuraré no olvidarlo —añadió Minerva, moviendo el frasco entre sus dedos. Horace no supo si se refería a su consejo para la toma del felix felicis o al favor que acababa de hacerle.

Decidió no preguntar.

—Eso es todo, Minerva. —Se puso en pie, dispuesto a abandonar la estancia—. Si me disculpas, yo…

—Creo que hay algo que debería contarle —dijo Minerva, indicándole que se sentase de nuevo con un gesto.

—¿Sobre el Libro de Admisión?

—En parte. El libro guarda registros de todos los alumnos que han pisado la escuela, incluidos los nacidos de muggles —dijo Minerva—. No le contaré dónde está, pero sí le diré qué hemos hecho gracias a esa información.