Pétalos de tinta


Forzar la cerradura le costó más de lo que había previsto; tuvo que empujar la puerta para abrirla y al hacerlo volvió a notar un dolor agudo en las costillas.

Hannah Abbott cerró la puerta y se apoyó contra la pared, doblándose en dos mientras ponía una mano en ese punto. Al recordar qué le había provocado la herida, contuvo un gemido; odiaba que ese momento todavía la persiguiese, más de una semana después.

Se enderezó y miró a su alrededor. La luz de la luna se colaba a través de los cristales del techo, permitiéndole ver con cierta claridad las flores que se acumulaban en las macetas y en los estantes.

El invernadero cinco era el de las plantas hermosas, aquellas que se consideraban tan poco peligrosas que la profesora Sprout ni siquiera se molestaba en hechizar la puerta para que evitar la entrada de alumnos. También era el lugar en el que se guardaban las flores que estaba buscando; las localizó en un extremo, casi ocultas por una enredadera que bajaba por la pared, y que se retiró por sí sola cuando Hannah colocó la mano entre sus hojas.

La flor tenía pétalos de color rojo brillante que, al tocarlos, dejaron un rastro en la punta de sus dedos muy parecido a la tinta. Abrió su bolso y sacó de él un sobre, que usó como recipiente para los pétalos que fue arrancando.

—¿Quién anda ahí?

Hannah se sobresaltó. Uno de los pétalos se le cayó al suelo; impactó sobre él como lo habría hecho un tintero, dejando una mancha que parecía demasiado extensa para lo pequeño que había sido.

La profesora Sprout apareció por una esquina, sujetando su varita en una mano y lo que parecía una planta carnívora en la otra. De su brazo colgaba lo que parecía una cesta de picnic.

—¡Lo siento! —exclamó Hannah.

—¿Señorita Abbott? —La profesora se relajó al instante—. ¿Qué estaba haciendo? —Dejó la maceta junto a otras; la planta enseguida empezó a devorar un par de florecitas que tenía justo al lado. La cesta la dejó en otra estantería.

—Yo sólo… sólo… —A pesar de que la profesora Sprout no le daba miedo, Hannah era incapaz de dejar de temblar—. No pretendía nada malo, profesora, se lo juro… —La mancha que había provocado el pétalo parecía de un color más escarlata que rojo, como la sangre.

—Ya, ya. No se altere. —La profesora Sprout se acercó a ella; Hannah dio un respingo cuando le tocó el brazo—. Estaba arrancando pétalos a las flores de tinta, no es para tanto. —Hannah se dejó guiar hacia uno de los taburetes que usaban los alumnos durante las clases—. ¿Para qué los quiere? ¿Alguna tarea atrasada para pociones? ¿Ya no puede comprar tinta?

Ambas cosas a duras penas justificaban entrar en un invernadero a escondidas, si bien la segunda era cierta; se habían quedado sin tinta roja y no había forma de conseguirla sin despertar la sospecha de los Carrow, que sabían muy bien de qué color eran los mensajes que aparecían en las paredes de la escuela. Habían considerado cambiarlo, pero también era complicado conseguir tinta de otros colores vistosos, y se negaban a usar negro.

La profesora le sonreía amablemente, y Hannah se dio cuenta de que le estaba ofreciendo dos excusas que aceptaría sin vacilar; pero no le gustaba mentir, y menos a su jefa de casa.

—No, profesora. —Hannah inspiró—. Lo siento mucho, no puedo… —Tampoco iba a revelar la verdad, de modo que estaba contra las cuerdas. Sin poder evitarlo, empezó a llorar.

—No se preocupe, vamos… —La profesora Sprout le acarició el brazo. Hannah sollozó y ese gesto le provocó un tirón en las costillas, que volvieron a dolerle; se puso una mano en ese punto—. ¿Qué le pasa?

—Los Carrow me castigaron... Dije algo sobre la ausencia de Luna Lovegood, y lo sospechosa que me resultaba. —El recuerdo de Luna solo sirvió para hacerla sollozar de nuevo. No había vuelto a la escuela tras las fiestas—. El profesor Carrow me oyó…

—Ese hombre no merece que lo llamen profesor —dijo la profesora Sprout, con contundencia

—En cualquier caso, me escuchó y me metió en un aula… —No pudo continuar. No era capaz de verbalizar lo que había ocurrido, aunque lo recordaba demasiado bien. Primero habían sido hechizos corrientes, golpeándola por todas partes, y después, una maldición imperdonable. Todavía sentía ganas de vomitar al recordarlo, y ni siquiera Susan había conseguido sacarle el relato completo.

—Tengo algo que quizás le sirva, espere aquí —dijo la profesora Sprout.

La dejó sola, llevándose consigo la bolsa de picnic; Hannah se preguntó qué llevaría en ella.

Permaneció con la vista clavada en la mesa mientras esperaba, intentando evitar a toda costa la mancha de color sangre en el suelo, pero incluso la madera podía evocar cosas en ella; los arañazos en la superficie, provocados por tijeras que habían errado o macetas arrastradas, la hicieron pensar en uñas rasgando la piel y en hechizos que cortaban; en marcas sobre el suelo frío y risas.

Se abrazó a sí misma para controlar su temblor.

Al volver, la profesora Sprout le puso una mano en el hombro y lo apretó cariñosamente, en un gesto que a Hannah le pareció reconfortante.

—Quédeselo. —La profesora Sprout puso un frasco sobre la mesa—. Es poción calmante. Si la coloca sobre su piel, disminuirá el dolor que siente. Madame Pomfrey me lo dio para los alumnos. —Los Carrow nunca dejaban que fueran a la enfermería tras un castigo.

—Gracias. —Hannah cogió el frasco.

—¿Quiere que la acompañe a la sala común?

—No. —Lo último que quería era poner en problemas a la profesora—. Estaré bien.

—Cuídese, señorita Abbot.

—Lo haré.

No volvió a la sala común tras salir de los invernaderos. Moviéndose con un sigilo que había aprendido a emplear durante esos meses, llegó hasta un aula vacía del primer piso.

—¿Lo tienes? —Neville estaba donde lo había dejado, sentado en el suelo y frente a un jarrón repleto de agua, que les servía para la mezcla de la tinta.

—Sí. —La llegada de la profesora Sprout había impedido que recogiese tantos pétalos como había querido, pero tenían suficientes para un mensaje o dos—. También te he traído algo.

Se sentó al lado de Neville. A ella le dolían las costillas; a él debía arderle todo el rostro, repleto de cortes y arañazos como estaba. Al reunirse horas antes, Hannah no había preguntado qué le había ocurrido, porque no era necesario; tal vez lo más triste de todo era que ya no necesitaban palabras para contarse lo que vivían a manos de los Carrow.

—Se supone que calmará tu herida —explicó Hannah, al tiempo que abría el frasco. Desprendía un ligero aroma floral muy agradable—. Me lo ha dado la profesora Sprout.

—¿Te has encontrado con ella?

—Sí.

Hannah le contó el breve intercambio que había mantenido con la jefa de su casa, al tiempo que usaba los dedos para untarle algo de crema en el rostro. El efecto pareció ser inmediato, porque la expresión de Neville se relajó bastante.

—Podría haberte atrapado cualquier otro profesor —apuntó él, una vez Hannah hubo acabado su relato.

—Es un riesgo que asumimos.

—Lo sé. —Tenía un corte en la mejilla, y Hannah pasó algo de poción sobre él. Los ojos de Neville eran marrones; Hannah no se había dado cuenta hasta ese momento que, bajo cierta luz, parecían tener un toque avellana.

También había descubierto que estaban llenos de determinación. Jamás lo había visto antes; de hecho, no había sido capaz de considerar al chico hasta ese año. Entonces, era solo un compañero del Ejército de Dumbledore más, otro alumno en las mesas de Encantamientos o Transformaciones; ahora lo consideraba una especie de líder, alguien en quién confiar y seguir. Nunca habría sido capaz de adivinarlo.

—Pero no sé cuánto podremos aguantar —añadió Neville—. Ya se han llevado a Luna, Ginny no sé si acabará marchándose, yo…

—Contigo guiándonos, todo lo que podamos —dijo Hannah, sin pensar.

El chico enrojeció. Hannah pensó en la mancha sobre el suelo, en todos los colores rojos que imperaban ahora en la escuela; por lo menos el toque en la piel de Neville era agradable, e hizo que también ella notase cierto calor en su cuerpo, una mezcla reconfortante entre cariño hacia una persona que se mostraba tan valiente y algo que todavía no sabía definir.