Advertencia: Hay contenido violento en la siguiente viñeta.
Maldición
—No pareces tan valiente ahora.
Amycus movió la varita y un corte apareció en la espalda del chico, ya de por sí surcada de heridas; la sangre le había empapado la túnica, aunque solo resultaba visible a la altura del cuello, donde se mezclaba con el color azul de su casa.
Volvió a mover la varita y Michael Corner gimoteó. Había intentado sacar a un niño de primer año de las mazmorras, en uno de los actos más atrevidos que había visto Amycus hasta la fecha; pero ahora el chico estaba resultando decepcionante. Carecía de la fuerza con la que otros alumnos encaraban sus castigos.
Amycus reprimió una mueca. No soportaba la debilidad. Él mismo había sido un niño enfermizo. Durante esa etapa, su madre había sido todo preocupación, abrazos y besos de consuelo; su padre era el de las miradas que, sin necesidad de palabras, le hablaban de decepción.
Amycus había pasado gran parte de su adolescencia intentando enmendar cualquier pensamiento que hubiese tenido su padre con respecto a su valía. Se había esforzado en aquello que resultaba esperable de él: los estudios, el puesto de trabajo en el Ministerio, la elección de una sangre pura como prometida, aunque eso último solo hubiese durado unos meses. Y había superado las expectativas en algo que su padre únicamente se había atrevido a soñar: la marca oscura en su antebrazo lo demostraba. Al viejo Carrow se le había saltado alguna lágrima al ver el tatuaje por primera vez. Ese día, Amycus se había jurado que no volvería a sentirse inútil o necesitado.
Pero allí estaba, con un chico que había empezado a sollozar antes incluso de que Amycus usase la varita, pero que, al ayudar a escapar a un alumno, se las había arreglado para añadir su granito de arena al caos que ya imperaba en la escuela. La noche anterior habían aparecido nuevas pintadas en las paredes. Estaba seguro de que el Libro de Admisión continuaba en Hogwarts y que la mitad de los profesores ocultaban un secreto compartido entre ellos, pero daba igual cuánto veritaserum usara, estos nunca revelaban nada y, para acabar de complicar la situación, el jodido de Snape no quería reemplazarlos con docentes más adecuados.
Hogwarts lo estaba haciendo sentirse como un imbécil.
El siguiente golpe fue más fuerte que los anteriores; el chico aulló de dolor cuando lo recibió. Amycus no le dio tiempo a reponerse: un hechizo más impactó sobre él al instante.
«Decepcionaré a todo el mundo». Amycus movió la muñeca, invocando un hechizo que quemó la piel del chico, justo a la altura de una herida. El cuerpo del Ravenclaw empezó a temblar. «Me están ganando un montón de críos y viejos profesores».
Michael ya no parecía tener fuerzas ni para gritar, lo cual lo enfadó todavía más: parte de su frustración parecía desaparecer al escucharlos. Así que se agachó, cogió al chico de una pierna y empezó a quitarle el zapato, buscando piel que todavía estuviera intacta; la de la planta de los pies serviría.
—Amycus.
Alzó la cabeza. Su hermana estaba en la puerta, y traía consigo a un chico de Slytherin. «El hijo de Crabbe».
—Creo que hay que dejar algo a los demás, ¿no? —dijo su hermana, señalando con la cabeza a Crabbe. Amycus examinó al chico, buscando en él lo que veía en los alumnos a los cuales obligaba a bajar a las mazmorras: pánico, asco, un intento de indiferencia fracasado.
Todo lo que encontró en Crabbe fue anticipación.
Amycus soltó a Michael, que se encogió sobre sí mismo.
—Enséñaselo tú. Yo no estoy de humor —dijo Amycus. Él prefería a los alumnos que no eran como Crabbe; los que, obligados a conjurar maldiciones imperdonables, lloraban y suplicaban e incluso intentaban tirar su varita al suelo. En una ocasión memorable, un chico de Hufflepuff había partido la suya en dos antes de verse obligado a continuar.
Eran niños débiles, incapaces de salvar su pellejo a costa de los demás. Romperlos era la única satisfacción que Amycus podía encontrar en esa maldita escuela que, día tras día, parecía estar venciéndole.
