Rueda de la Fortuna
La baraja de cartas del tarot se había convertido en su compañera constante durante ese curso. Cada vez que se sentía angustiada, Sybill Trelawney las giraba entre sus dedos, buscando que la consolasen con algún mensaje de aliento.
Solo encontraba pesadillas.
Los estudiantes estaban desapareciendo. El primero había sido Neville Longbottom; una suerte para el pobre chico, ya que Sybil siempre tenía sensaciones negativas a su alrededor, y temía que los Carrow acabasen por matarlo. Luego fue Seamus Finnigan; otro chico con una nube negra tras la cabeza. Después, Michael Corner; por él se alegró, porque Sybill había intuido que no pasaría de verano, si bien no había contado con que esa predicción se refiriese a una desaparición.
Más habían seguido. Perder a Lavender le dolió, igual que a Padma Patil; ambas eran las únicas alumnas que todavía se tomaban sus advertencias con la seriedad que merecían.
Se le había acabado el licor de cocinar y, sin un trago que calmase la ansiedad que se acumulaba en su pecho, se sentía desesperada. Aquella tarde, salió de su despacho con la intención de usar el paseo para tranquilizarse un poco, siempre dando vueltas a las cartas entre sus manos.
—La sacerdotisa. —¿Esa carta representaba a sus alumnas perdidas?—. Cinco de copas… Oh, no. —Esa combinación advertía de una muerte física.
Se sobresaltó cuando escuchó algo que sonaba como un bloque de piedra siendo arrastrado por el suelo. Levantó la vista de las cartas y descubrió que sus pasos la habían llevado inconscientemente a la Torre del Director; no era la primera vez que le ocurría.
—Se acabó, Severus.
Con cuidado, Sybill se asomó a la esquina. La gárgola que custodiaba el despacho del director se había apartado, dejando a la vista las escaleras que conducían a la estancia; el profesor Snape y Minerva McGonagall se encontraban frente a ellas.
Sybill se escondió de nuevo tras la pared, agudizando el oído para seguir la conversación.
—No sé a qué te refieres, Minerva.
—Ah, es cierto, no has andado mucho por el colegio este año. Deben reclamarte asuntos muy urgentes ahí fuera, con tu amo. —La voz de Minerva destilaba desprecio; más que el que podía notar Sybill cuando predecía las desgracias que le acontecerían a ella—. Mis alumnos se están marchando de la escuela, sin duda huyendo de los Carrow, y no puedo permitirlo. Debo advertirte.
—¿Advertirme de qué?
—Llegará el día en que todo esto acabará y entonces tendréis que pagar por ello. Hogwarts no olvidará.
Minerva parecía muy convencida, pero Sybill no lo tenía tan claro. Ya no se trataba solo de los mensajes que le enviaban las cartas del tarot, o las llamas de velas, o la bola de cristal, incluso los posos del té; tenía la sensación de que todo se estaba precipitando hacia un final violento. Tras el asalto a Gringotts unas semanas atrás, los Carrow estaban llevando la vigilancia del colegio a un extremo insoportable. No era de extrañar que Minerva hubiese estallado al fin.
—No digas nada de lo que te puedas arrepentir, Minerva. —A Sybill le resultó imposible decir si el profesor Snape estaba amenazándola o aconsejándola.
—Jamás me he arrepentido de nada que haya dicho, Severus, ni de lo que hago. Detén a los Carrow o lo haremos nosotros.
Sybill escuchó unos pasos alejarse. Intentó retroceder y volver por donde había venido, pero no fue lo bastante rápida.
—Profesora Trelawney —la saludó Minerva, obviamente disgustada.
—Minerva… —Sybill intentó sonreírle—. ¿Una tirada? —Empezó a mover las cartas entre sus dedos; las manos le temblaban un poco, aunque eso era habitual desde que se le había acabado el licor.
—Puedo deducir qué me dirán. —Minerva echó a andar, alejándose del pasillo que conducía al despacho del director; Sybill la siguió por inercia.
—En realidad, puede que… puede que esta vez sean un poco más… alegres. —En ocasiones deseaba ganarse algo de respeto por parte de la jefa de Gryffindor. Nunca olvidaría lo que había hecho por ella cuando esa arpía de Umbridge había intentado expulsarla de la escuela, y quería merecer esa confianza.
—Eso sería toda una novedad…
De repente, Minerva se detuvo e inspiró profundamente. No llegó a derrumbarse del todo; no necesitó apoyarse en la pared ni se le humedecieron los ojos, pero Sybill vio su agotamiento y su pesar con la misma claridad que veía malos augurios en una bola de cristal.
Sybill volvió la primera carta en su mazo.
—La rueda de la fortuna —anunció, algo ufana.
—¿Y eso significa que…? —preguntó Minerva, un tanto distraída.
—Todo está a punto de cambiar, y los que están abajo pronto se encontrarán arriba.
—Gracias, Sybill. —Minerva reemprendió su camino.
—No hay que desesperarse, todo irá a mejor.
Cuando Minerva se volvió para mirarla, con una expresión de sorpresa en el rostro, Sybill enrojeció.
—¿Acabas de darme un mensaje positivo? —preguntó la profesora.
—Sí, creo que sí. Es decir…, todo esto no puede durar para siempre, sería absurdo. Incluso de Umbridge nos deshicimos. Tengo la impresión de que…, Hogwarts siempre gana… ¿Tú no?
Minerva le sonrió. Con un rubor de felicidad en el rostro, Sybill volvió otra carta, y entonces soltó una exclamación.
—¡El diablo! Habrá un cambio, pero este vendrá a costa de muertes crueles y…
—Olvídalo.
La sonrisa de Minerva desapareció; anduvo todavía más rápido, y no tardó en dejarla atrás.
Sybill se detuvo en medio del pasillo, algo desconcertada, preguntándose por qué nunca acababa de entenderse con Minerva. Decidió no continuar la tirada y volvió a barajar las cartas, no sin antes echarle un último vistazo a la rueda de la fortuna.
Esa carta fue en lo primero que pensó cuando, horas después, la conmoción en el castillo la despertó. Antes incluso de descubrir que estaban siendo atacados, que Snape había desaparecido o que Harry Potter había llegado a la escuela, pensó en esa rueda dorada que nunca paraba de dar vueltas, y que indicaba que los que estaban en el suelo pronto se alzarían de nuevo.
