¡YAHOI! Aquí vengo, resucitando para el fandom de InuYasha porque sí, porque me apetece, porque yo lo valgo y porque vengo a dejar un regalito para una amiga muy muy especial y muy muy importante *insertar voz de Effie".
¡Nuez, preciosa, esto va para ti! ¡Espero que te guste!
No sé si era lo que esperabas cuando hiciste el pedido en el forín, pero aun así espero de corazón que al menos pases un buen rato leyéndolo xD.
Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
¡A leer se ha dicho!
Reflexiones en el viento
Se detuvo en el claro escondido del bosque, donde tan solo los animales y las criaturas sobrenaturales como él y su acompañante podrían llegar. Aquel sería un buen sitio para hacer un alto en el camino. Aquella noche hacía algo de viento y, aunque el frío no era un problema, sí le resultaba molesto en cierta manera. Y no tenía por qué sufrir molestia alguna.
―¡Oh, es un sitio magnífico, Sesshōmaru-sama! ¡Enseguida- ―El pequeño ser verde que lo acompañaba a todas partes desde hacía varios siglos siguió parloteando sin parar, mientras él, sin prestarle atención ninguna, iba a acomodarse contra el tronco de un árbol.
Se sentó de forma que su estola no le estorbase, la punta rozando la tela de sus pantalones. No pudo evitar echar un vistazo fugaz y de reojo para aquella extensión de sus ropajes que muchos ya tomaban como algo inherente a su cuerpo; la humana de su hermano había insinuado, alguna vez, que podría tratarse de su cola, cosa que hizo que alzara una ceja, preguntándose de dónde sacaría InuYasha a sus mujeres.
Cada una era peor que la anterior…
Sin embargo, sus pensamientos estaban alejados de aquella insignificante anécdota. No, su mente evocaba otra imagen: la de un cuerpo pequeño y frágil, de cabello negro casi tan largo como su pequeña constitución, cuya anatomía siempre iba cubierta por un diminuto yukata en tonos anaranjados y amarillos.
Rin siempre se acurrucaba junto a él y hundía el rostro en la estola, respirando con fuerza antes de quedarse profundamente dormida con una sonrisa, como si estuviese segura de que nada ni nadie iba a perturbar su descanso.
Eso era cierto. Nunca lo admitiría en voz alta, pero Rin significaba mucho para él. A él le había costado hacerse a la idea. No así a su madre.
―Eres digno hijo de tu padre, Sesshōmaru. ―Aunque nunca llegó a saber si lo decía con sarcasmo o no. Su madre era incluso más hermética que él.
Sí, los demonios eran herméticos por naturaleza, irascibles y de pocas palabras. No se dejaban llevar por sentimientos tan mundanos como el cariño, la protección o el amor.
Él aún no había caído en el tercero, pero con Rin se había visto metido de lleno en los dos primeros. El amor no estaba… hecho para él. Nunca lo había sentido. O, al menos, no de la manera en que su hermano sentía cosas por la extraña sacerdotisa del futuro.
Clavó su vista en el despejado cielo nocturno, en el que las estrellas titilaban y bañaban con su tenue resplandor las sombras del bosque. Todo estaba en calma, la mar de tranquilo. Y eso le pareció… extraño.
Todo había cambiado en apenas unos días. La agitación que habían sufrido durante las últimas lunas parecía haber sido olvidada, desvanecida con el pasar de los días. Casi esperaba sentir de nuevo el putrefacto olor del veneno de Naraku, la energía demoníaca de alguno de sus horrendos esbirros o la presencia de una irritante medio demonio domadora de los vientos.
Cerró los ojos, no queriendo ahondar en aquellos pensamientos tan poco usuales en un demonio hecho y derecho como él. Puede que le hubiese tomado cariño a una humana, pero Rin no contaba realmente. Era una niña y, por tanto, era tolerable. Al fin y al cabo, los niños no saben lo que hacen la mayor parte del tiempo.
No obstante, sus pensamientos regresaron una vez más a aquella mujer cuya presencia lo había molestado e intrigado a partes iguales. En un principio pensó que podía utilizarla para llegar hasta Naraku y así poder destruirlo usando a una de sus propias creaciones contra él. Kagura estaba deseando librarse de él, de todas maneras, le daría igual quién fuese la mano ejecutora.
Sin embargo, recordar que la mujer había acudido a él en vez de a su medio hermano lo había hecho sentir… halagado, en cierta manera. Su padre no había querido confiarle su más preciada espada, su arma más poderosa, pero al menos había otros que sabían apreciar su poder, su astucia y su inteligencia. Kagura era consciente de que muy probablemente la rechazaría en su primera visita, pero aun así siguió viniendo y viniendo, dándole pistas e informándolo.
―¿Por qué vienes a mí?―Le había preguntado en una ocasión, en un tono totalmente desapasionado, como si el asunto ni le interesara ni tuviera que ver con él.
Kagura había sonreído, con esa mueca cínica y perversa que había llegado a distinguir como un gesto mezcla de diversión y amargura.
―Porque tú tienes muchas más posibilidades que InuYasha y su grupo. Él aún tiene cuentas pendientes, a ti no te ata nada y, además, me gustas más que ese medio demonio perruno. ―Sesshōmaru había alzado las cejas, entonces, secretamente complacido de que ella lo encontrase mejor partido que InuYasha.
Era lo lógico, por supuesto, pero a veces hasta a los demonios milenarios como él les gustaba escuchar halagos de vez en cuando. Así como volverse introspectivos de siglo en siglo.
El viento sopló más fuerte, haciendo que las hojas de los árboles susurrasen a su alrededor. Su expresión facial no cambió, pero algo, una minúscula partícula de su ser, se agitó ante aquel feroz y a la vez suave acto invisible de la naturaleza.
Lo cierto es que le había molestado la desaparición de Kagura. La domadora de los vientos podía ser irritante y pesada a más no poder, pero, en cierta manera, Sesshōmaru había llegado a respetarla y, sí, puede que también a admirarla… en lo más profundo y hondo de un corazón que incluso a día de hoy negaba que tuviese.
No, él no era un blando y un sentimental como lo era InuYasha y como lo fue su padre en su día. Él era un poderoso demonio de sangre pura, el General Perro, título heredado de su fallecido progenitor, señor de las Tierras del Oeste. Todas las criaturas sobrenaturales temblaban ante su sola mención.
Pero había días, como aquel, en que se sentía… perdido, vacío, en cierta manera que no sabía explicar. Aquella sensación se había aplacado en gran manera mientras Rin viajaba con él, pero cuando finalmente decidió dejarla en la aldea humana que su hermano protegía, al cuidado de las dos sacerdotisas que allí habitaban, un anhelo creciente empezó a corroerle por dentro.
Lo había aplastado, por supuesto. Él no necesitaba a nada ni a nadie. Había vivido los últimos veinte mil años perfectamente él solito, sin más compañía que la de su sirviente, Jaken y, ocasionalmente, Ah-Un. Por supuesto, de vez en cuando se peleaba con su hermano, intentando hacer desaparecer su asquerosa existencia de la faz de la tierra.
Finalmente, había claudicado, puesto que el muy bastardo siempre lograba sobrevivir y resistirse, cuál insecto molesto. Y precisamente por eso había dejado que viviera. Si era un insecto, ¿por qué debería molestarse? Nadie, ni siquiera los propios insectos se preocupaban de los demás insectos.
Elevó la vista nuevamente al cielo estrellado, tratando de buscar respuestas en esa noche en que su mente no dejaba de ponerse filosófica. Se preguntó qué habría hecho Kagura de estar viva. Seguramente habría cogido a Kanna y se la habría llevado en su pluma, volando libres como el viento. Habrían viajado, sin amos, sin reglas, sin límites. A lo mejor incluso le habría hecho una visita de vez en cuando, aunque fuese solo para molestarlo, con esa sonrisa divertida en sus rojos labios.
Él nunca había pensado en tomar una mujer. Jamás. Era consciente de que en algún momento debería dejar un heredero para las tierras que sus antecesores habían conquistado y conservado, porque por nada del mundo dejaría en manos de ningún vástago de InuYasha la herencia de su padre. No. En él recaía tamaña responsabilidad.
Y en un pequeño resquicio de su mente, muchas lunas atrás, había pensado que, tal vez, Kagura habría sido una compañera excelente. No le exigiría nada, no lo atosigaría y, además, era fuerte, poderosa y ferozmente protectora con aquellos que quería. Su preocupación por Kanna había sido más que patente. Incluso con Kohaku había sido todo lo protectora que podía dadas las circunstancias.
Ella podía argumentar que era porque Kohaku tenía incrustado en su cuerpo un fragmento de la Joya y no quería que Naraku se hiciese con él, pero en el fondo le había cogido aprecio al chico, quizá puede que también un poco de cariño.
Cerró los ojos y se acomodó contra el tronco del árbol. No estaba cansado realmente, no necesitaba dormir. Solo... descansar.
Recordar era agotador. Analizar sus propios sentimientos y pensamientos también lo hacía querer hacer desaparecer aquellas molestas funciones que, de no haber sido quién era, estaba seguro de que no lo molestarían. Después de todo, los demonios no tienen conciencia. No la necesitan.
Un golpe de viento hizo levantar su estola e hizo que el flequillo se le metiera en los ojos, haciendo que estos le picaran. Las comisuras de sus finos labios se levantaron de manera imperceptible.
Tal vez… puede que sí fuera hijo de su padre, después de todo.
Porque lamentaba la muerte de Kagura más de lo que querría admitir, incluso ante sí mismo.
Más que nunca en aquella noche dónde el viento lo hacía desear cosas que un sanguinario y despiadado demonio como él no debería desear.
No obstante, no podía hacer nada al respecto.
Tal vez… sí fuera digno hijo de su padre, después de todo.
¿No tienes nada que proteger, Sesshōmaru?
Fin Reflexiones en el viento
¿Y? ¿Te ha gustado? Personalmente, se me hace difícil escribir de Sesshômaru. Soy muy de describir sentimientos y situaciones y pues... como que él es más del tipo de guardarse todo para sí, así que me cuesta un poco cogerle el tranquillo. Ojalá no me haya quedado muy OoC xD.
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Un review equivale a una sonrisa.
(Y lo mismo pa los demás, que no me olvido de vosotros, fantasmitas).
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
brui.
