Este fic participa en el Reto#50: "Enemigos, amigos, amantes" del foro Hogwarts a través de los años.

Me tocó enemigos… pero los enemigos pueden convertirse en amantes o amigos ¿Verdad? No lo he podido evitar, la historia ha salido sola… he conseguido que fueran 8000 palabras justas y me ha costado muchísimo, he tenido que recortar alguna cosa para no excederme del límite permitido.

Es un único capítulo dividido en varias escenas.

Hace años dejé de escribir aquí porque simplemente pensé que no tenía más para ofrecer, que se había agotado la inspiración, la pluma o la necesidad de continuar inventando historias que luego quizás apenas lleguen a gente que quiera compartirlas conmigo. Pero, aunque jamás lo habría pensado, volví para terminar algo que dejé inconcluso y he acabado encontrando, una vez más, esa chispa que me ayuda a evadirme, dejando que estos personajes a los que siempre he adorado, me hablen y me cuenten nuevas historias.

Saludos

AJ

Disclamer: Todo el mundo de HP pertenece a JK R. Yo solo lo tomo prestado para pasar el rato y jugar a hacer algo de magia.

Un camino hacia la libertad

El silencio era opresivo, sepulcral. En aquel lugar, el lugar que guardaba los secretos de todos los que en algún momento se habían internado allí, Draco sintió que la soledad era, posiblemente, el mayor tesoro que existía en aquella etapa de su vida.

Armonia Nectere Passus —susurró Draco apuntando con su varita hacia el armario evanescente.

Cuando abrió la puerta contempló el suelo vacío una vez más y cerró los ojos con fuerza, casi aliviado.

Se llevó una mano al pecho y apretó las mandíbulas y los puños intentando controlarse. ¿Qué estaba haciendo? Inspiró profundamente, una vez, dos. No era capaz de deshacer el nudo de angustia que se había alojado en la parte alta de su estómago. Se miró las manos temblorosas y con una maldición guardó su varita dentro de la túnica. Se sentó en un pequeño taburete que había cerca de una montaña de viejas escobas y hundió la cabeza entre sus manos. Se sentía tan cansado… vivía muerto de miedo desde que aquel verano le pusieron la marca y con cada día que pasaba aquella losa que tenía sobre sus hombros se hacía más y más pesada. Se arremangó la camisa y miró su antebrazo izquierdo con una mueca de asco. Los días en los que había ansiado aquella marca parecían lejanos en el tiempo, como si fueran los pensamientos de otra persona, de un sueño, de otra vida. ¿Cómo había estado tan ciego? Se había visto abocado a aquello y ni siquiera sabía cómo había sucedido. Él siempre quiso ser un jugador de quiddich profesional, quiso ser alguien importante y poderoso, sí, pero no de esa forma, no quería ser conocido como un mortífago asesino… ni siquiera pensaba que pudiera realmente asesinar a nadie.

Sintió ganas de vomitar y se levantó bruscamente sacando de nuevo la varita.

Era un Malfoy, no podía olvidarlo. Formaba parte de los Sagrados 28 y tenía una obligación para con su familia y su apellido.

Lumus

Salió de la Sala de los Menesteres con paso firme y decidido. No podía fallar, tenía que mantener la calma y salir adelante, tenía que proteger a su madre, que protegerse él mismo.

—Vamos vamos Hermione, piensa piensa

Nox —susurró Draco

La voz de Granger le hizo parar en seco y apoyó la espalda en la pared intentando camuflarse entre las sombras, en un pequeño entrante del muro cerca de una armadura.

—¿Hermione?

—¡Oh Merlín!

Quiso la mala suerte que la muchacha tuviera la misma idea que él y tratando de ocultarse a la desesperada prácticamente se lanzó tras la armadura del corredor.

Draco la oyó acercarse y se imaginó lo que ocurriría a continuación, de modo que estaba preparado cuando ella llegó. En el momento en que la vio aparecer tiró de su brazo y giró con ella hasta que la espalda de la joven chocó contra la pared, quedando aprisionada entre la piedra y el chico quien, tapándole la boca con una mano, se llevó un dedo a los labios pidiéndole que guardara silencio.

Hermione se quedó tan sorprendida que ni siquiera pudo gritar. Sintió el tirón en su brazo y todo fue confuso durante unas décimas de segundo, lo siguiente que supo fue que estaba aplastada contra el muro con la boca tapada y contemplando los ojos grises de Malfoy que le pedía que guardara silencio.

Estaba a punto de morderle la mano cuando escuchó a Cormac de nuevo.

—¿Hermione?

Abrió los ojos como platos y decidió que no mordería a Malfoy después de todo, al menos hasta estar segura de que aquel despreciable babuino se encontraba lo más lejos posible de ella.

El tiempo parecía pasar terriblemente lento. El pequeño hueco les hacía estar tan pegados que Hermione tenía miedo hasta de respirar, cualquier pequeño movimiento maximizaba el contacto ya de por sí excesivo. Siguió mirando aquellos ojos que parecían mercurio líquido, fríos y extraños y pensó que nunca había mirado a Draco Malfoy a los ojos, nunca desde lo suficientemente cerca como para darse cuenta de la forma en que brillaban llenos de emoción contenida, de la forma en que parecían mantener una lucha interior, como si guardaran cientos de secretos ¿Era posible ver todo aquello? Siempre había oído que los ojos eran el espejo del alma pero ¿Acaso Malfoy tenía siquiera un alma?

Él rompió el contacto visual con evidente incomodidad y Hermione parpadeó.

Es uno de ellos las palabras de Harry hicieron eco en su memoria es un mortífago.

¿Lo era?

Miró disimuladamente su brazo pero estaba completamente cubierto por la manga de la túnica.

—¿Hermione donde estás preciosa?

Tragó saliva y Malfoy volvió a mirarla arqueando una ceja interrogante. Ella puso los ojos en blanco y se pegó aun más a la pared al escuchar los pasos de Cormac cada vez más cerca.

Que la encontrara aquel idiota sería malo, pero que la encontrara así con Draco Malfoy sería inconcebible. Él pareció pensar lo mismo porque dejó de tapar su boca, sabiendo que no gritaría y se pegó completamente a su cuerpo, apoyando las palmas de sus manos en la pared a ambos lados del rostro de Hermione. Por un instante, una milésima de segundo, ella pensó horrorizada que la besaría y se puso lívida, pero él no lo hizo. Rozó apenas con sus labios la mandíbula de la joven, lo justo para que cualquiera que les viera pensara que estaban ocultos en aquel recoveco compartiendo un íntimo abrazo prohibido.

—Merlín ¿Malfoy? — Cormac sonaba asqueado

—Lárgate —Murmuró el rubio arrastrando las palabras con brusquedad sin ni siquiera girarse.

Hermione sintió el aliento de Malfoy en su cuello y contuvo un escalofrío, dando gracias porque las sombras ocultaran tanto su presencia como su súbito sonrojo.

—Buscaros algo más de intimidad —gruño alejándose el Gryffindor.

Cuando se marchó Malfoy dio un paso atrás y Hermione soltó el aire que había estado conteniendo.

—Gracias… Creo —dijo en un susurro

Él no dijo nada, Frunció el ceño mirándola fijamente con una extraña mueca de desagrado en el rostro. Finalmente se apartó, sacudió su túnica como si quiera limpiarla de su contacto y salió al pasillo de nuevo sin pronunciar palabra alguna ni volver la vista atrás.

Aquello había sido muy raro, pensó Hermione apoyando los dedos sobre sus labios. Aun podía sentir en ellos el roce de la mano de Malfoy. Una mano cálida y no marmórea como siempre había pensado que sería. Ese año el slytherin estaba demasiado raro, demasiado callado y taciturno, demasiado misantrópico. Deambulaba solo por los pasillos sin la sempiterna compañía de Crabbe y Goyle, sin su séquito de serpientes. Iba a la biblioteca casi todos los días y ocupaba una mesa aislada, lejos de los demás, como si buscara la soledad que tanto parecía haber odiado antes. Además no se dedicaba a meterse en líos o molestar a los hijos de muggles y no había vuelto a encararse con Harry desde el primer día del curso.

Mortífago.

Las palabras de Harry volvieron de nuevo a su mente. Quizás Harry tuviera razón, aunque ella seguía pensando que Voldemort no necesitaba en su ejército a un mago adolescente y mediocre. Malfoy no era un mal estudiante o un mal mago, pero tampoco era el mejor y Hermione no pensaba que pudiera tener ninguna utilidad para Voldemort.

Sacudió la cabeza pensando que lo más apropiado sería olvidar todo lo que había ocurrido y huyó en dirección contraria a la que Malfoy había ido, hacia la torre de Gryffindor. Esperaba llegar a los dormitorios antes de que el pesado de Cormac la encontrara en la Sala Común.

…..

Draco pasó las páginas del libro de encantamientos mirándolas distraído. Habían pasado varias semanas y el armario no funcionaba, no se le ocurría nada para llevar a cabo su misión y no podía sacarse de la cabeza a la sangre sucia. Aquello era quizás lo peor de todo y, teniendo en cuenta que su vida era últimamente una mierda, era mucho decir.

Aquella noche un mes atrás, había luchado consigo mismo para evitar maldecirla. Durante un ínfimo instante la había odiado más que nunca, incluso más que cuando le dio un puñetazo en tercer año. Recordó la ira, la rabia cruda y visceral que le recorrió antes de largarse hacia las mazmorras y dejarla allí, en la oscuridad del pasillo del séptimo piso. Ni siquiera fue capaz de hablar, no fue capaz de responder porque las emociones bullían dentro de él, como un volcán latente cuyo magma burbujeaba ávido por escapar al exterior. Draco la odió como nunca había odiado antes. La odió porque allí, escondidos en el pequeño entrante del corredor, cuando intentaba ocultarla para que aquel estúpido Gryffindor no viera que estaba con ella, la deseó tan intensamente que tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para recordarse que Granger era, no solo una sangre sucia, si no la sangre sucia por antonomasia. Pero su cuerpo no entendía de sangre, ni de clase, no entendía de lo que era correcto o incorrecto. Su cuerpo únicamente despertó ante el olor a violetas que desprendía su piel, ante la suavidad de una guedeja de pelo desordenado que acarició su mejilla, ante el tacto suave que intuyó bajo sus labios al rozar su mandíbula.

Draco Malfoy, el adolescente, el chico que había bajo aquella marca, bajo aquella prepotencia y bajo aquel despotismo que cultivaba desde la niñez, deseó a la joven que tenía pegada a su cuerpo como si fuera una segunda piel. La deseó como jamás había deseado a nada o a nadie, la deseó tanto, que por un momento se olvidó de todo y en un instante de enajenación quiso besarla de verdad. Quiso devorar su boca y dejar que aquellos labios y aquel cuerpo sepultaran durante un rato todo su dolor, su miedo y su angustia. Y fue justamente eso, esa necesidad, lo que le hizo recuperar el control sobre sí mismo.

Un Malfoy jamás podría necesitar a nadie, mucho menos a un ser inferior como ella. Él era un sangre pura, la élite de los magos y ella no era nada, no era nadie. ¿Cómo podía desearla? Eran enemigos. Siempre lo habían sido y ahora, con aquella marca grabada en su piel lo eran más que nunca.

Es una mujer, le dijo una vocecita en su cabeza mientras garabateaba formas abstractas en el pergamino que tenía sobre la mesa. Es una sangre sucia respondió él mismo a aquella estúpida e inoportuna voz. ¿De verdad lo crees? No, no lo creía, de hecho aquel verano había dejado de creer en todo aquello que había promulgado durante años, había perdido la fe en todo lo que era, en todo lo que conocía, incluso había perdido la fe en su padre y cuanto representaba. Draco Malfoy había vuelto a Hogwarts con una misión y asqueado de sí mismo, por primera vez en su vida.

Siempre había odiado a Potter, a Weasley y a Granger pero ese curso sus motivos para odiarles eran diferentes. Ese curso era la envidia lo que corroía el alma ennegrecida de Draco. Envidiaba a Potter porque lo había tenido todo fácil. Sí, Draco siempre había tenido a su familia, dinero y la magia para hacer su vida sencilla, pero ¿Qué era eso? Todo era vano y vacío. Su padre le había vendido a un mestizo loco que iba a conseguir que todos acabaran muertos y el dinero de los Malfoy terminaría valiendo lo mismo que su honor como Potter venciera aquella guerra. Envidiaba a Weasley porque, aunque le criticaba y se burlaba de él Draco veía el amor de esa familia y lo ansiaba más incluso de lo que había ansiado el poder, porque el pelirrojo había podido elegir, nadie le había marcado como a un cerdo sin preguntarle si es lo que quería o no. Además desde hacía una semana le envidiaba aún más porque sabía que sería él quien haría con Granger lo que Draco había querido hacer días atrás. Ultimamente pasaba tanto tiempo a solas que se había vuelto muy observador y había visto como Granger miraba a la comadreja cuando creía que nadie observaba.

El sonido de un libro al caer y el consiguiente siseo de Madame Pince para mostrar su disgusto hicieron que Malfoy mirara en derredor.

Allí estaba ella.

Granger recogía el libro del suelo, parecía sonrojada y nerviosa y Draco se dio cuenta de que le había estado observando.

En otro momento, en otra circunstancia, quizás en otra vida, se habría acercado para insultarla o incluso le habría lanzado un Rictusempra y se habría quedado allí, cruzado de brazos viendo a la estirada bibliotecaria cantarle las cuarenta. Pero aquel día Draco tenía demasiadas emociones contradictorias luchando dentro de sí mismo, demasiado miedo. Aquel día acababa de darse cuenta de que quizás ni siquiera acabara aquel curso vivo así que ¿Qué importaba todo lo demás si era posible que ni siquiera viera acabar aquella maldita guerra?

Se levantó y se acercó a la chica que al darse cuenta de que Malfoy se acercaba trastabilló en su prisa por alejarse y se metió por uno de los pasillos dispuesta a huir de él.

¿En qué había estado pensando? Se dijo intentando escabullirse entre las estanterías. Había estado tan distraída mirándole que dejó caer el libro y él se dio cuenta de la situación al primer vistazo. Maldita fuera su curiosidad y maldito fuera Harry por meterle ideas en la cabeza.

Se quedó allí, pensando en si llevaría la marca y en si ese sería el motivo para que estuviera tan solo e irradiara semejante tristeza. También, no iba a engañarse a sí misma, pensando en que si obviaba todo lo que hacía de Malfoy… bueno, Malfoy, fisicamente no estaba nada mal. Por supuesto eso no significaba absolutamente nada porque aunque Hermione pudiera haber pensado unas semanas atrás que era bastante guapo, seguía teniendo una personalidad que daba asco y eso era lo único importante. Ella odiaba a Draco Malfoy desde que tenía doce años y le seguiría odiando el resto de su vida. Bueno quizás odiar eternamente era algo horrible, pensó frunciendo el ceño, pero definitivamente serían enemigos siempre.

Cuando llego al final del pasillo se dio cuenta de que no había salida y, refunfuñando, se dio la vuelta para regresar por donde había llegado.

Allí estaba él.

Malfoy se encontraba en mitad del pasillo y la miraba con una intensidad que la puso nerviosa. Estaba terriblemente serio.

Hermione tragó saliva y maldijo en silencio al recordar que había dejado su varita encima de la mesa en la que estaba estudiando Alerta permanente pensó recordando a Ojoloco. No se fiaba un pelo de Draco Malfoy y menos ahora que era posible que formara parte de los secuaces de Voldemort. ¿Sería capaz de atacarla allí en la biblioteca del colegio?

Pero él no parecía llevar la varita en la mano, de hecho no la miraba con odio, asco o con cualquiera de las expresiones nada agradables con las que le había obsequiado durante aquellos años. La miraba de un modo que Hermione no supo catalogar porque nadie la había mirado nunca así antes ¿Qué le ocurría?

Avanzó hacia ella con aquellas maneras suaves y aristocráticas, sin romper el contacto visual en ningún momento.

Intentó recular hacia atrás pero se dio contra la estantería. Ya no podía seguir alejándose y él no parecía que fuera a parar.

Cuando quedó frente a ella, apenas a un palmo de distancia, Hermione tuvo que elevar la cabeza para mirarle y el fuego que vio allí, derritiendo el brillo argénteo de sus ojos, la hizo estremecerse.

—¿Malfoy? —Preguntó sintiéndose estúpida —¿Estás… Estás bien?

Tragó saliva porque se sentía como Alicia al otro lado del espejo ¿En qué realidad alternativa Hermione Jane Granger hacía semejante pregunta a Draco Lucius Malfoy? ¿Desde cuándo compartían el mismo espacio sin maldecirse o agredirse verbal o fisicamente?

—No —susurró él con voz ronca

Sintió como aquellos dedos largos rodeaban sus antebrazos y tiró de ella hacía su cuerpo. Ahogó una exclamación y sintió el aliento del chico sobre sus labios.

—Definitivamente no estoy bien.

Hermione sabía que debía empujarle, sabía que aquello no estaba bien. Ella quería a Ron. Hasta el olor de su amortentia se lo había recordado. Además ellos siempre se habían odiado, no se soportaban y llevaban años alimentando una animadversión que rayaba en la más absoluta enemistad. Pero Malfoy parecía presa de un imperius, la miraba hechizado, completamente absorto en ella y Hermione entrecerró los ojos cuando los labios del chico acariciaron levemente los suyos al hablar.

Sintió un pequeño clic en su cerebro, un interruptor que apagó algo, seguramente la cordura o la inteligencia y la parte más irracional de sí misma tomó el control cuando un cosquilleo, que nunca antes había sentido, nació en la parte baja de su estómago y ascendió por su cuerpo, como si una tea la hubiera prendido hasta convertirse en una antorcha que ardía por completo. Entonces, cuando sintió que el nudo de expectación que tenía en el pecho estaba a punto de ceder, él la besó.

Fue como si un relámpago les hubiera alcanzado. Draco la sujetó con más fuerza y Hermione se aferró a la pechera de su túnica para anclarse a algo que la mantuviera allí, de pie.

El roce se hizo más intenso y la vacilación de Draco se esfumó un segundo después cuando inhaló ese olor a violetas.

Presionó los labios contra los de ella y el tiempo se paró.

Fue un beso inseguro al principio, desacompasado y extraño, como si buscaran la forma de acoplarse el uno al otro. Se entremezclaron sus alientos y Draco lamió tentativo el labio inferior de Hermione, ella dejó escapar un sonido suave, parecido a un gemido y él soltó sus brazos y sujetó sus mejillas, acarició con los pulgares la línea fina de su mandíbula hasta llegar a la barbilla y la instó con suavidad a abrir la boca levemente para hundirse en ella como un sediento se hundiría en un oasis de cristalinas aguas.

Poco a poco el beso fue cambiando, sus lenguas se entremezclaron, primero en tentativas caricias que se fueron haciendo más intrépidas y decididas. Hermione le rodeó el cuello con los brazos y se pegó a él intensificando el beso. Primero le aceptó con sumisión, permitiéndole devastar su boca hasta tenerla rendida pero, como siempre, aprendía pronto y el beso rápidamente se volvió una lucha de poder. Hermione mordió el labio inferior del chico y se adentró en su húmeda cavidad provocándole, tentándole . Ambos gimieron cuando sus lenguas volvieron a enredarse, devorándose los labios, hambrientos y enfebrecidos, hasta que Draco creyó que perdería la cabeza allí, en medio de un pasillo perdido en la enorme biblioteca.

Aquel pensamiento hizo que la cordura volviera y se apartó de golpe, molesto por aquella falta de control tan absoluta.

Ella abrió los ojos despacio, lentamente, como si le costara salir de las brumas de aquel extraño mundo onírico en el que parecían haber caído los dos. Parpadeó y dio un paso atrás repentinamente asustada de todo aquello.

—Esto no ha ocurrido —dijo él con brusquedad apartándola —¿Está claro Granger?

Hermione le miró furiosa ¿Qué se creía aquel bárbaro mononeuronal? ¡Había sido él quien había ido tras ella, la había acorralado y prácticamente se le había echado encima! Y ahora la miraba con ese aire de suficiencia y le daba ordenes como si fuera su elfo doméstico.

—¿Crees que se me ocurriría hablar de esto?—dijo mirándole con ojos entrecerrados —por supuesto que no ha ocurrido. Ha sido una aberración, un error con mayúscula y subrayado, de hecho ya lo he olvidado —se colocó un mechón de pelo tras la oreja y le rodeó para marcharse, murmurando en voz baja —Maldito idiota.

—No —Dijo Malfoy agarrándole la muñeca para impedir que se marchara

—¿Cómo dices?

De nuevo aquella mirada intensa y extraña se asentó en sus ojos de plata.

—No lo has olvidado —dijo arrastrado las palabras. Se inclinó hasta que sus labios rozaron su oreja y lamió ligeramente el lóbulo —Y no lo harás. —dijo con dureza.

Se marchó dejándola temblorosa y asustada. Estaba completamente furiosa con él sí, pero sobre todo con ella misma por haber dejado que aquella odiosa serpiente le hubiera dado su primer beso.

—Se le pasará

Hermione estaba sentada tras una enorme piedra cerca del campo de quiddich. Sus amigos iban a empezar el entrenamiento y había pensado en acompañarles hasta que vio a Lavender besuqueando a Ron para desearle suerte en campo. Pensar en sentarse con ella durante dos horas le parecía el infierno así que se sentó allí desde donde podía ver, más o menos el campo, sin que la vieran a ella.

Pensó que estaba sola, pero al escuchar la voz de Malfoy se dio cuenta de que casi habría sido mejor pasar aquellas dos horas con Lavender Brown.

No había vuelto a verle en las últimas semanas fuera de las clases que compartían. Desde el beso que no debe ser nombrado había tenido mucho cuidado de no coincidir con él por los pasillos y había empezado a estudiar en la Sala Común o en su dormitorio.

—¿Cómo dices? —Preguntó con su mejor tono de marisabidilla repelente.

—A Weasley —dijo sin mirarla —se le pasará toda esa tontería de Brown

—No se de qué me hablas —respondió con la voz más tensa de lo que había pretendido.

Él compuso una mueca y se encogió levemente de hombros

—Cualquier persona con ojos en la cara sabrá lo que sientes por la comadreja, Granger. Puede que menos él, lo sepa todo el maldito colegio.

Hermione se puso colorada y se cruzó de brazos ¿Qué demonios hacía Draco Malfoy hablando con ella? Si verdaderamente era un mortífago era uno muy muy malo.

—¿Por qué has venido a hablar conmigo Malfoy? —dijo ella enfrentando la situación de frente, valiente como buena leona

—Obviamente no he venido a hablar contigo —dijo recuperando su tono de voz acostumbrado, lento y cortante — solo he pasado por aquí a tiempo de verte llorando por la comadreja.

—¿Quién está llorando? —Preguntó ella mirándole furibunda

—Estás aquí escondida mirándole como un niño miraría los escaparates de Honey Ducks —puso una mueca de desagrado —es asqueroso.

—Lárgate, Malfoy —dijo mientras recogía sus cosas para irse ella misma. Había tenido bastante ya.

—Siempre pensé que te quedarías con Potter —murmuró justo cuando el chico pasaba por encima de ellos persiguiendo la snich —por lo menos él parece tener algo de cerebro.

Hermione se levantó, ignorándole. Tomó los libros que había llevado consigo y pasó al lado de Malfoy, empujándole con el hombro al pasar a su lado.

Pero él la sujetó de la muñeca y tiró de ella casi arrastrándola bajo el cobijo de unos árboles que les tapaban de la vista.

—¡Suéltame! —masculló Hermione forcejeando hasta que se le cayeron los libros.

—No —murmuró Draco atrayéndola hacia sí con brusquedad.

Hermione dejó de luchar en el momento en el que su cuerpo entendió que él no estaba siendo violento, en el momento en el que comprendió que no buscaba herirla. Draco la aferró de los hombros y bajó su rostro hasta que bañó los labios de Hermione con su cálido aliento mentolado.

—Maldita seas —aquel susurro brusco sonó como una caricia

—Maldito s…. mmhfp

No dejó que terminara la frase, se abalanzó sobre su boca con hambre voraz. No había podido dejar de pensar en aquel condenado beso, en esos labios que le habían vuelto loco. En aquella ocasión no fue suave, ni titubeante, ni lento. En aquella ocasión avasalló su boca con desesperación, arremetiendo contra su lengua húmeda y expeditiva que le salía al encuentro con la misma ansía que sentía él.

Hermione se soltó de su agarre y le rodeó el cuello con los brazos, enredado los dedos en aquel pelo suave y platinado.

Draco gruñó con aprobación y la abrazó, atrayéndola hacia él hasta que pudo sentir sus pechos aplastados contra su torso. La chica gimió, rompiendo el beso durante una centésima de segundo en la que se miraron incrédulos y confusos.

En aquella ocasión fue Hermione quien retomó el beso. Cerró los párpados y volvió a hundirse en aquellos labios finos e hinchados, que se abrieron a ella sin dudarlo un instante.

—El próximo partido es contra Hufflepuff

Las voces que se acercaban hicieron que se separaran de golpe, como si fueran imanes que hubieran cambiado de pronto su polaridad y se vieran repelidos a alejarse el uno del otro.

Se observaron, agitados y jadeantes. Draco estaba despeinado y Hermiones sonrojada y con los labios inflamados por aquellos besos desesperados y bruscos.

Se contemplaron tensos, como dos enemigos a punto de batirse en duelo, dos contrincantes que se medían uno a otro en silencio.

Y eso eran. Se dijo Hermione recogiendo sus libros muy despacio, como si temiera que un movimiento en falso fuera a hacer que el chico volviera abalanzarse sobre ella.

—Pensé que jugarían con Slytherin —cuando se acercaron lo suficiente, Hermione reconoció la voz de Hannah y Ernie y corrió hacia ellos alejándose de Draco Malfoy y de todo lo que aquel beso le había hecho sentir. Una vez más.

….

Draco se apoyó en la pared del baño y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo.

Había conseguido hacer funcionar aquel maldito armario. Por fin.

¿Por fin? Se dijo sintiéndose el ser más miserable y mezquino del mundo. ¿Qué había hecho? ¿Qué iba a ocurrir? Iba a abrir las puertas el colegio a la desquiciada de su tía. Sintió nauseas y apoyó la cabeza en el muro frío y húmedo ahogando un sollozo.

Las últimas semanas habían sido un infierno. Sus notas habían bajado porque apenas dormía por las noches y durante el día estaba demasiado cansado y demasiado asustado para ponerse a estudiar o para atender siquiera en ninguna de las clases. No ayudaba tampoco que no pudiera sacarse de la cabeza los momentos que había compartido con Granger. Maldita fuera por tener aquel sabor adictivo, por devolverle los besos con una pasión que igualaba la de él y por evitarle de la forma en que lo estaba haciendo desde el día del campo de quiddich.

Sabía que era lo mejor, de hecho daba gracias de que uno de los dos hubiera podido poner freno a aquella aberración, a aquel sin sentido.

Pero se sentía tan solo, tan perdido, tan malditamente asustado que, muy en el fondo, se reconocía ante sí mismo, que habría agradecido poder repetir alguno de esos momentos, para perderse en ella y olvidar la mierda que le rodeaba, aunque fuera durante unas pocas horas. Habría deseado que no fuera Granger, que hubiera sido otra quien le hubiese hecho burbujear su sangre y despertar sus sentidos, porque así, con otra chica, habría dado rienda a suelta a ese deseo visceral sin pensarlo siquiera.

Se frotó los ojos sintiendo, horrorizado, la humedad que parecía querer desprenderse de ellos.

¿Qué pasaría con Granger cuando todo ocurriera? Se preguntó acongojado cuando volvió a pensar en el armario y en el pequeño pájaro muerto . Ella era una sangre sucia, el destino de los sangre sucia era espeluznante en ese nuevo mundo que proclamaba el Señor Oscuro. En el mejor de los casos serían relegados a elfos domésticos, si es que sobrevivían para contarlo.

Recordó al ave una vez más y otro sollozo pugnó por escaparse de su garganta. En aquella ocasión no trató de contenerlo. Necesitaba dejarlo salir, necesitaba soltar todo aquello que se había ido acumulando día tras día dentro de él. Hundió el rostro entre sus manos y dejó que todo el dolor, el miedo, a rabia, la desesperación y la frustración que le embargaba saliera en forma de lamentos bruscos, de sollozos acongojados.

No quería pensar en nada de aquello pero no podía evitar hacerlo a cada minuto del día.

Hermione le oyó llorar y y se llevó la mano a la boca en un acto reflejo, porque la angustia y la desesperación que denotaban aquellos sollozos hicieron que los suyos propios se humedecieran. Jamás habría esperado encontrarse a Malfoy así y aquella humanidad que vio en él tambaleó los cimientos sobre los que se construía todo cuanto sabía de aquel chico.

Ya había vislumbrado cosas en los últimos meses, le había observado e intuido que algo no iba bien. Sabía, porque no le cabía ya ninguna duda al respecto, que Harry tenía razón y que era un mortífago, pero había algo en él, en el halo de tristeza que le acompañaba cada día, en la mueca tensa de su rostro y en la desesperanza de sus ojos, que hacían que Hermione supiera que aquel chico no había elegido la marca ni el bando por voluntad propia. No se engañaba, Malfoy era un idiota, pero no un asesino.

Le contempló a escondidas sintiéndose una intrusa, quería acercarse y consolarle, como haría con Harry o Ron, le daba pena que no tuviera un buen amigo allí, con él, acompañándole en su tristeza. Pero a la vez quería irse porque sabía que no le agradecería la ayuda. Pensó en moverse pero le daba miedo hacer ruido, no quería, pese a que Merlín sabía que se lo merecía, herirle más aún.

Intentó darse la vuelta muy despacio pero se resbaló y al sujetarse en un acto reflejo, de la puerta del aseo que tenía más a mano, Malfoy la oyó.

No le dio tiempo a escabullirse, en el momento en el que había escuchado el ruido, el chico se había levantado como un rayo y antes de poder solar incluso la puerta, estaba a su lado apuntándola con la varita.

—¿Granger? —Preguntó con voz ronca.

Tenía la cara congestionada del llanto y un gesto de sorpresa que no pudo disimular y cruzó su rostro durante un segundo.

Draco sujetaba la varita contra el cuello de la chica intentando tomar el control de las descontroladas emociones que sentía. ¿Cuánto tiempo llevaba allí aquella condenada? ¿Qué pretendía? La vergüenza cayó sobre él tornándose poco a poco en rabia.

—¿Qué haces aquí estúpida sangre sucia? —escupió las palabras dejando que toda aquella tristeza, aquella soledad y aquel miedo se transformaran en ira —¿Me estás espiando?

Hermione tragó saliva. Sabía que reaccionaría así, por un fugaz instante vio cómo se abochornaba por haber sido descubierto, vio el enfado y supo lo que vendría a continuación.

Negó con la cabeza.

—¡Maldita seas!

Tenía ganas de lanzarle un maleficio que la mandara al infierno. Odiaba que le hubiera visto así, de la forma más miserable. Y odiaba aún más que le mirara con lágrimas contenidas, sintiendo lástima de él, pensó con asco.

Hermione le vio apretar las mandíbulas y, dejando que su intuición, su empatía y su valiente espíritu de leona tomaran el control, se abalanzó sobre él y le abrazó.

Draco se quedó absolutamente inmóvil. Como si un petrificus totalus le hubiera alcanzado de pleno.

Tembló.

Hermione le abrazó más fuerte, sabía que él necesitaba consuelo y, aunque sabía que ella era la última persona en el mundo que Malfoy querría allí, era la única que estaba.

No habló, le notaba tan extremadamente tenso que pensó que cualquier ruido le sacaría de aquel extraño estupor que parecía haberse apoderado de él, así que solamente permaneció así, rodeándole con sus brazos.

Draco sintió el calor de Granger a través de las túnicas, sintió su aliento en el cuello y su pelo desordenado acariciarle la mejilla. Ella olía a violetas, un olor dulce y delicado que nunca habría relacionado con ella antes. Hacía tanto tiempo que nadie le abrazaba de ese modo que se había olvidado de cómo se sentía. Maldita fuera una y mil veces por ser tan estúpida, por hacerle sentir de ese modo que no entendía y no quería entender.

Estaba tan solo… tan cansado… que ironía que fuera precisamente Granger quien intentara brindarle algo de consuelo.

Luchó contra sí mismo, intentó con todas sus fuerzas controlarse, recuperar la dignidad y la ira que había sentido, pero fue en vano.

Hermione sintió una pequeña sacudida seguida de otra más. Cerró los ojos con fuerza y tragó saliva mientras una solitaria lágrima se deslizaba por su mejilla.

Hermione miró entre lágrimas su antebrazo. Estaba tirada en el suelo de la sala de dibujo de la mansión Malfoy, aun temblando. Se mordió los labios para ahogar un gemido, le dolía todo el cuerpo, pero el brazo le ardía y le palpitaba de una forma horrible. Una gota de sangre resbaló por su piel mientras una lágrima lo hacía por su mejilla.

Bellatrix Lestrange la había torturado y había apuñalado su brazo hasta grabarle las palabras sangre sucia. Nunca había pasado tanto miedo, realmente pensó que la mataría… Aunque aún podía hacerlo.

Miró a Malfoy que la observaba desde el otro lado de la sala con una expresión de abyecto horror. No le había vuelto a ver desde aquella tarde en los baños de prefectos, desde aquel abrazo compartido. Cuando la tormenta amainó, él simplemente había apoyado su frente en la suya durante un instante y se había marchado sin volver la vista atrás. Unos días después Dumbledore estaba muerto y Malfoy y Snape habían huido de Hogwarts.

Entonces los carroñeros les habían atrapado y llevado allí, donde estaba él. Malfoy había intentado negarlos, Hermione sabía que había sido la única forma en la que podía ayudarlos. Pero tenía miedo, se veía tan asustado como lo había estado aquella tarde en Hogwarts y ahora entendía por qué.

—¡Hermione!

¡Desmaius!

Escuchó la voz de Ron llamándola y la de Harry lanzando un hechizo. Mientras se levantaba contempló cómo Malfoy se giraba y levantaba la varita al lado de su madre.

¡Expelliarmus! —gritó Harry mientras Ron les protegía y corría hacia ella.

Todo fue confuso y extraño. Quizás fuera porque estaba dolorida y cansada, pero se dejó ayudar por sus amigos, rechazó un par de hechizos de forma inconsciente y se agarró a Harry cuando Dobby les sacó de allí.

Lo último que vio fue el rostro de Malfoy que la miraba directamente a ella. Hermione creyó ver un atisbo de alivio en sus ojos, pero fue tan fugaz que pensó que lo había imaginado. Su rostro era duro, impasible. Dio un paso hacia sus padres y ella se dio cuenta de que allí estaba su lealtad. Quizás habían compartido algunos besos prohibidos en Hogwarts, puede ser que se hubiera dejado consolar por sus brazos en un momento de debilidad… pero aquello era una guerra y ellos eran enemigos.

….

—Avada Kedavra —Gritó Crabbe

Malfoy le empujó lo justo para que la maldición se desviara aunque Hermione ya se había apartado del rayo verde. Maldito fuera aquel gorila estúpido, pensó Draco arrepintiéndose de haberle ayudado unos segundos atrás.

Estaba harto de vivir rodeado de subnormales ¿Qué le pasaba a todo el mundo? Crabbe esquivó un hechizo y le golpeó el brazo haciendo que su varita saliera volando por los aires.

—¡No lo matéis! —gritó cuando aquellos estúpidos volvieron arremeter contra Potter.

¡Expelliarmus!

Malfoy gateó tras un armario al darse cuenta de que las maldiciones iban y venían de un lado a otro y sin varita no tenía como defenderse.

Estaba ahí metido pensando en como diablos salir y terminar con aquella locura cuando un olor a quemado y humo le llegó a la nariz. Miró entre las sillas y libros que cubrían uno de los laterales de su escondite y abrió los ojos como platos al ver la lengua de fuego que salía de la varita de Crabbe.

No iban a salir vivos de ahí.

—¡CORRED! —gritó tirando de Goyle y empujando a Granger que parecía haberse quedado paralizada.

Empezó a correr cuando vio que los demás se movían y giró a la derecha dejando a un lado aquel armario que le había destrozado la vida y se volvió lo justo para ver que Crabbe y Goyle le seguían ¿Dónde se habían metido Granger y los otros dos?

—Vamos, vamos —gritó a sus compañeros —subamos ahí.

Escalaron como pudieron sobre una precaria torre de pupitres medio podridos, antes de llegar al final Goyle murmuró algo y se quedó inmovil, a medio camino de la siguiente mesa. Maldiciendo Draco le sujetó como pudo y tiró de él hacia la parte más alta, intentando que el peso del muchacho no les hiciera caer a los dos. Tenía los ojos llorosos y tosió al darse cuenta de que le costaba respirar, Seguramente Goyle había inhalado demasiado de ese humo denso y por eso había perdido el conocimiento. Si no les mataba el maldito fuego sin duda lo aquello lo haría más pronto que tarde.

—¡Malfoy!

Miró en todas direcciones intentando encontrar a Potter que era quien le había llamado y vio a los tres Gryffindor aparecer en tres destartaladas escobas.

Levantó el brazo para hacerse ver y Potter intentó cogerle pero el peso muerto de Goyle hacía imposible que pudiera hacerlo.

—¡Si morimos por ellos te mataré, Harry! —gritó el pelirrojo.

Pero se acercó a su amigo y entre los dos cogieron a Goyle y lo elevaron sobre una de las escobas mientras Granger se acercaba a Malfoy.

Él se tiró contra ella y se subió a su espalda agarrando el palo de la escoba justo sobre las manos de la joven. Sabía que era considerada la bruja más portentosa de su generación, pero sabía también que distaba mucho de ser la mejor voladora. Se pegó a su cuerpo y le ayudó a dirigir el vuelo para que pudiera equilibrar el peso de ambos sin acabar cayendo en picado contra el fuego.

—Tenemos que ir hacia la puerta Granger! —murmuró en su oido inhalando aquel aroma a violetas que tanto le había atormentado los últimos meses.

Ella estaba rígida al principio pero poco a poco se relajó contra él.

Vio a Potter con Goyle y a Weasley gritar algo desde su escoba señalando algún puto a su derecha.

La puerta.

Viró hacía allí siguiendo a los Gryffindor y salieron de la Sala un segundo después de Potter.

Cayeron al suelo rodando entre toses y lamentos.

Miró a Granger que se tocaba un lado de la cabeza mientras cogía la varita y, sin saber muy bien por qué le tocó el brazo, aquel brazo que sabía que estaba lleno de cicatrices, mirándola interrogante.

Ella entendió y asintió con una especie de sonrisa antes de ir corriendo hacia sus amigos.

Draco reptó hacia Goyle que estaba aun medio inconsciente y tragó saliva.

—¿Crabbe? —preguntó sabiendo cuál era la respuesta.

—Está muerto —escuchó decir a Weasley.

Se apoyó en el muro y cerró los ojos. Tenía ganas de gritar. Crabbe era un idiota, quizá su único pecado había sido ser tan idiota como él mismo y dejarse convencer por sus familias y sus estúpidas creencias, haberse dejado llevar por aquellas malditas ideas que les habían abocado a una guerra en la que había niños y jóvenes muriendo. ¿Sangre? Malditos fueran todos ellos que iban a conseguir que todos los magos y brujas de Londres acabaran extinguiéndose por aquel bastardo mestizo.

Cuando se tranquilizó lo bastante como para abrir los ojos de nuevo, los tres Gryffindor se habían marchado. Draco miró hacia el pasillo y apretó los dientes. Realmente esperaba que Potter lo lograra y que Granger estuviera a salvo.

Se alejó cuánto pudo de las explosiones que había a su alrededor y cogió una varita que encontró en su camino al lado de la mano laxa y helada de un alumno de Ravenclaw. No supo quien era porque su rostro estaba cubierto de sangre y mugre. Trago saliva y se levantó dispuesto a sobrevivir un día más.

No podía creer que Harry estuviera muerto.

Hermione miraba el cuerpo inerte sobre los brazos de Hagrid con incredulidad. Aquello era una pesadilla. Toda la noche lo había sido y ese amanecer se había convertido en un completo infierno.

Neville hablaba pero ella ni siquiera podía escuchar sus palabras, estaba entumecida, rota de dolor. Tomó la mano de Ginny y apartó la mirada de su mejor amigo. Contempló en derredor, frente a ellos un enorme grupo de mortífagos reían y bromeaban coreando como estúpidos las palabras de Voldemort. Por el contrario, al otro lado, los estudiantes de Hogwarts, profesores y supervivientes de la Orden, se veían tristes, sucios y estoicos. Entre la multitud vio a Malfoy y recordó lo ocurrido en la Sala de los Menesteres unas horas atrás, el modo en que su cercanía le había hecho recordar aquellos momentos prohibidos un año atrás. Él también los recordaba, lo sabía por la forma en que la había mirado, por cómo le había preguntado sin palabras si estaba bien, el modo en que se había apoyado en ella subidos en aquella escoba, como si fuera, una vez más, el consuelo que necesitaba en medio de la tormenta. Era una persona peculiar, ni bueno ni malo, ni luz ni oscuridad, él estaba lleno de grises, como sus ojos.

—Draco

Escuchó la voz susurrante y ronca de Voldemort y parpadeó confusa cuando, tras vacilar, mucho más de lo que nadie seguramente esperaría, se acercó al mago que le abrazó.

Hermione se fijó en el cuerpo de Malfoy, tenso, con los puños apretados, se alejaba tanto como podía de aquel tétrico abrazo. Sacudió la cabeza con tristeza al verle ir hacia su madre y entendió los motivos del rubio para cambiar de bando, una vez más… si es que alguna vez habían dejado de ser enemigos.

Ginny lloraba y apretaba su mano con desesperación, como si necesitara de su agarra para no ir hacia Harry y abalanzarse sobre él.

Entonces Hagrid exclamó y todos miraron hacia el semigigante que dejó caer a Harry al suelo.

Hermione se llevó las manos a la boca cuando vio rodar a su amigo y entonces, muchas cosas ocurrieron a la vez.

Malfoy estaba a punto de girarse e irse con su madre, incapaz de ver cómo acabaría todo. Sabía que era un cobarde pero no creía poder vivir con la imagen de la derrota de aquellos junto a los que había luchado, deseando, sin demasiada esperanza, que Potter acabara con el horror que estaban viviendo. Entonces escuchó la exclamación de su antiguo profesor de cuidado de criaturas mágicas y vio a Harry caer, pero no cayó como un peso muerto, sino con cuidado, como alguien que trata de protegerse para no hacerse daño.

Estaba vivo.

No podía creer que hubiera vuelto a hacerlo. El niño que sobrevivió acababa de reivindicar el apodo que le había acompañado durante toda su vida.

Ahora sí que tenían una posibilidad de terminar con aquella pesadilla, con aquel reino de terror.

Miró a Granger que observaba a Potter con feliz incredulidad y aferró su varita con fuerza, entonces Hermione se giró, sus miradas se encontraron y algo se desgarró dentro de él. Aquellos ojos oscuros del color del otoño, fueron el detonante, el último empujón que Draco necesitaba. Harry Potter le había salvado en la Sala de los Menesteres, eran enemigos desde el primer día de colegio, seguramente desde el día en que nacieron, pero aun así no le dejó morir allí, Draco tampoco le dejaría morir ahora. Con un arrojo y una valentía que ignoraba tener, rompió las filas de los mortífagos y corrió hacia Harry.

—¡Potter! —gritó

Como si hubieran estado sincronizados como si ambos hubieran esperado aquel momento, Malfoy lanzó a Harry su varita a la carrera y el moreno la cogió en el aire, rodó esquivando un hechizo de Voldemort y se levantó con un protego. Saltó tras un muro y huyó, sabiendo que Voldemort le seguiría.

Con un rugido de odio, el Señor Oscuro se desapareció.

Draco corrió hacia la entrada del castillo. Hermione le protegió en dos ocasiones mientras él trataba de cruzar las puertas.

—¡Eh, Malfoy!

Ron sacó una varita de entre los pliegues de su túnica y se la tiró con una mueca de aceptación. Draco la tomó con una medio sonrisa y asintió en agradecimiento.

Los dos se giraron, espalda contra espalda para repeler el ataque de dos mortífagos que habían entrado al hall del castillo.

—¡Detrás de ti Granger!

Ella se volvió al oír su voz y envió un hechizo aturdidor a Dolohov aunque este lo esquivó e intentó maldecir a la chica. El profesor Flitwick se interpuso entre ellos y se enzarzaron en un duelo atroz.

Draco fue hacia Hermione y tocó su brazo, una vez más.

—¡Cuidado!

Hermione tiró de él y ambos cayeron al suelo mientras un rayo verde volaba sobre ellos. Draco se golpeó la cabeza contra la piedra y sintió el cuerpo de la joven rebotar contra el suyo, notó sus labios en el cuello y el aliento cálido y suave acariciarle la piel.

—Si querías abrazarme Granger solo tenías que pedirlo —susurró con la voz algo ronca.

Ella se incorporó lo justo para mirarle con reprobación y el sonrió, con una sonrisa real que iluminó sus ojos.

—Vamos serpiente —dijo ayudándole a incorporarse —tenemos una guerra que ganar.

Hermione apoyó la cabeza en el muro y suspiró sintiendo sus labios besar sutilmente el sensible hueco tras su oreja, un escalofrío la recorrió cuando aquella lengua húmeda y traviesa jugueteó con su lóbulo. Hundió los dedos en sus cabellos y le empujó contra su cuerpo, ahogando un gemido de sorpresa cuando la mordió.

Él sembró un reguero de pequeños besos por su mandíbula con agónica lentitud hasta llegar a sus labios.

—Shhhh —susurró contra su boca —nos pillarán.

Ella se removió contra él y le sintió sonreír mientras deslizaba las manos por sus hombros, descendiendo lentamente hasta rodearle las muñecas con sus dedos largos y delicados. La obligó a elevar los brazos por encima de su cabeza se acercó hasta que ella sintió sus pechos aplastarse contra su torso.

—Draco…

—Abre los ojos Granger —murmuró lamiendo su labio inferior

Cuando ella lo hizo y sus miradas se encontraron, ambos sintieron una descarga recorrerlos de arriba abajo. Eran como dos imanes con polaridad contraria que se atraían con una fuerza magnética incontrolable. Dónde Hermione era dulzura, Draco era frialdad, dureza. Tan distintos que aún en aquel instante, meses después de que volvieran a encontrarse en Hogwarts, él seguía sin entender cómo había sido tan malditamente afortunado de que aquella mujer, no solo le perdonara años de insultos y enemistad sino que además, le hubiera dejado compartir su vida. Hermione era calidez, desde el color tostado de su piel al chocolate de sus ojos y él necesitaba ese calor y esa ternura más incluso de lo que necesitaba respirar.

Sin dejar de perderse en sus ojos buscó su lengua con la propia y la incitó a jugar con la suya en una batalla húmeda y erótica que los tuvo pronto jadeando, deseando un poco más.

Hermione volvió a gemir sutilmente su nombre y él se frotó inconscientemente contra ella profundizando en su boca con envites cada vez más desesperados. Le soltó las manos y las suyas resbalaron y se colaron dentro de su túnica, buscando aquella piel dorada que le volvía completamente loco.

—¡Draco!

Él volvió a sonreír porque, aunque ella sonaba reprobadora, sus palabras se había roto con un gemido y le había abrazado, buscando sus labios una y otra vez.

Dejó que sus manos exploraran el borde de sus pechos sobre aquel casto sujetador y la mordió suavemente, rozando con los pulgares sus enhiestos pezones que se erguían endurecidos bajo el algodón.

—Vámonos —dijo en un murmullo enronquecido

Ella asintió sabiendo que no podían acabar allí lo que habían empezado. Salieron de la mano, entre risas, de ese hueco en mitad del pasillo del séptimo piso y corrieron la Sala de los Menesteres que había aparecido de nuevo.

Como todos, Hogwarts había curado sus heridas y, poco a poco, empezaban a sanar sus cicatrices.

Como el mejor mago de todos los tiempo había dicho una vez, las personas no se dividen en buenos y malos, todos tienen luz y oscuridad en su corazón, lo importante es qué parte deciden potenciar.

Por suerte, Draco finalmente había podido elegir y, por primera vez, sabía que estaba donde debía estar.