Todo pertenece a Rick Riordan, yo sólo creo Oc's y los hago sufrir.

Este fic participa en el Reto #49: "Fandoms unidos, jamás serán vencidos" del foro Hogwarts a través de los años.


Amelie no estaba segura de cuándo había comenzado el problema.

Un día había vuelto de cazar junto a sus compañeras más cercanas cuando Artemisa les había presentado a la nueva cazadora. Bueno, no había sido del todo una presentación, sino más bien dejarlas apresuradamente a cargo de una muchacha que no dejaba de llorar y temblar envuelta en mantas. Amelie se había puesto en cuclillas junto a la desconocida obligándola a alzar la cabeza, encontrándose con un cabello rubio y unos ojos verdes que la desconcertaron.

Había reconocido el ataque de pánico que la joven estaba teniendo, por lo que se había apresurado a tomarla delicadamente por los hombros y alejarla un poco del campamento, lo suficiente para tener algo de privacidad.

–¿Cómo te llamas? –preguntó Amelie, ofreciéndole una botella de agua y acariciando su espalda en una caricia muy suave para no incomodarla tanto. La desconocida, luego de un momento de tomar agua e intentar calmar su respiración con ayuda de la cazadora, inspiró con fuerza y la miró a los ojos tímidamente.

–Delia.

Su voz era casi un susurro, pero Amelie la oyó perfectamente debido a la cercanía. Era quizás la voz más dulce que había oído jamás, y aquello la había intimidado un poco. No sabía por qué, pero la vulnerabilidad y el temor que Delia emanaba la hacía sentir como si fuera ella misma quien estaba vulnerable y temerosa.

En un intento por eliminar el sentimiento que se había asentado en su pecho, Amelie había comenzado a parlotear sobre tonterías sin sentido con la excusa de hacerla sentir mejor, y extrañamente había funcionado. Al final del discurso, Delia parecía un poco más calmada e incluso la miraba con curiosidad. Aquellos ojos verdes mirándola directamente la desarmaban un poco, pero la cazadora había decidido culpar el desayuno. O la falta de él.

Aquel día Delia parecía haberse encantado con Amelie, y durante el tiempo que lo siguió, la acompañaba a todos lados con un brillo peculiar en los ojos. Sin tener en cuenta los pocos momentos en los que su respiración se agitaba y sus manos comenzaban a temblar, Delia parecía un cachorrito. Observando todo a su alrededor con una curiosidad y una alegría infantiles. Sin embargo, a Amelie no le parecía molesto, sino todo lo contrario. La hacía sentir acompañada, incluso se contagiaba de su felicidad.

Con el pasar del tiempo, que parecía eterno siendo ambas Cazadoras de Artemisa, la mayor había comenzado a aprender a ayudar a Delia con sus ataques de pánico. No sabía qué era lo que los provocaba, al igual que la razón por la que se había unida a las Cazadoras siendo tan joven, pero por lo menos podría ayudarla a calmarlos. Una vez Delia se sentía mejor, miraba a los ojos oscuros de Amelie y le dedicaba una tímida sonrisa seguido por un quedo agradecimiento. Aquel sonido provocaba un leve escalofrío en la nuca de la mayor.

–Cuando crezca quiero ser como tú –soltó Delia un día mientras caminaban. Amelie ya se había cansado de pedirle silencio mientras les tocaba cazar la cena, por lo que se resignaba a oír sin molestarse en regañarla.

–Los votos con Artemisa nos dan juventud eterna, Delia, no podemos crecer –contestó la mayor, apenas dirigiéndole la mirada. Sólo por el ruido de sus pisadas sabía que debía estar corriendo para alcanzarla. Aunque Amelie solía ser bastante seria, le gustaba burlarse de la diferencia de alturas que tenía con la menor, quien era unos veinte centímetros más baja. Aquello significaba para Delia tener que correr mucho para mantenerse al ritmo de la caminata de Amelie.

–Lo sé... pero sabes a qué me refiero. Tú eres muy genial y usas muy bien el arco y las flechas. Eres la favorita de Artemisa. Y es por eso que siempre te roba de mí.

La mayor hizo una mueca ignorando el escalofrío que le recorrió la espalda. –¿Por qué hablas como si yo fuera una anciana? No tenemos tanta diferencia de edad.

–Es cierto. Supongo que me he acostumbrado a ello porque siempre me han dicho que parezco menor de lo que soy... –Amelie se giró al no oír sus pisadas ni su voz a sus espaldas. Delia se abrazaba a sí misma como si tuviera frío y sus manos habían comenzado a temblar. La mayor guardó la flecha en el carcaj y se acercó apresuradamente.

–¿Delia? –preguntó en un susurro, justo antes de que la mencionada se echara a llorar.

Jamás habían hablado acerca de lo que había ocurrido aquel día. Amelie comenzaba a sospechar sobre alguna de las cosas que debían haberle ocurrido a Delia, pero jamás se había atrevido a decirlo en voz alta. Al igual que muchas otras cosas, como la cálida sensación que aparecía en su pecho cada vez que Delia le sonreía, o lo mucho que deseaba ser "molestada" por la menor.

Amelie intentaba reprimir sus sentimientos obligándose a creer que simplemente había encontrado en Delia lo que había perdido años atrás junto a la muerte de su hermana menor y que las ganas por tenerla a su lado se debían a la necesidad de sentir que necesitaba cuidar de alguien para tener una excusa para ignorar su propio dolor. O eso es lo que Mina, su compañera cazadora más cercana, le había dicho al notar las largas miradas que le dedicaba a la menor.

Pero decirlo era mil veces más fácil que hacerlo. Sobre todo durante las largas noches de invierno en las que Delia se arrastraba silenciosamente con su bolsa de dormir para compartir el calor de Amelie. Inevitablemente sus cuerpos solían rozarse cada tanto, y tan sólo el aroma al rubio cabello de Delia eran la perdición para la cazadora mayor. Las ganas de estirar sus brazos y rodearla con ellos para calentarla eran cada vez más grandes, y le dolía mucho amar tanto ser parte de las Cazadoras como deseaba a la muchacha a su lado.

Aún así, durante mucho tiempo se permitió creer que sus sentimientos eran sólo un capricho. Delia era una muchacha preciosa y sus hormonas se habían vuelto un poco locas ante la idea de romper las reglas de las Cazadoras. Sólo hasta aquella noche de primavera en la que una pesadilla la despertó prohibiéndole volver a caer dormida. Había salido silenciosamente de la tienda que compartía con otras Cazadoras y había caminado un poco hasta llegar al borde del precipicio junto al que habían sentado el campamento. Se había detenido bruscamente al encontrar frente a ella la silueta curvilínea de la muchacha que había estado ocupando su mente desde que la había visto por primera vez.

Delia se giró al oírla y le sonrió al reconocerla. Las Cazadoras no se ponían pijama para dormir durante la noche, sino que se limitaban a dormir en camiseta sin mangas y el pantalón del uniforme. Amelie tragó al observar el brillo de la luna relucir en la piel y el cabello de la muchacha frente a sí.

–Justo estaba pensando en ti –soltó Delia de improvisto. Amelie alzó las cejas y se acercó al recibir la señal por parte de la rubia. Se acomodó torpemente el largo cabello negro detrás de las orejas. Solía despeinársele demasiado al dormir. Detuvo sus nerviosas manos al imaginar el serio rostro de Artemisa regañándola si llegaba enterarse de sus intenciones.

–¿Ah, sí? ¿Puedo saber...?

Delia ladeó la cabeza, mirando el horizonte. –No era nada en particular. Simplemente estabas en mi mente. Siempre lo estás, de hecho.

Amelie no contestó, limitándose a mirarla de reojo. No sabía qué contestar. Siendo una de las Cazadoras mayores y más antiguas sabía que tenía que dar el ejemplo, pero su corazón gritaba desesperado que rompiera las reglas, que se lanzara a Delia y la besara. Se limitó a darle un golpecito con el dedo en el hombro desnudo.

–Bueno, siempre estamos juntas. Supongo que es normal.

La menor la miró, con esa característica mirada de inocencia en sus ojos verdes. Al devolverle la mirada fijamente, Amelie descubrió algo de desilusión en su rostro.

–¿Eso crees?

Amelie inspiró con fuerza, sopesando las posibilidades. No. No podía arruinar toda su vida sólo por un poco de placer momentáneo con Delia. Menos aún si tenía en cuenta que quizás la otra cazadora sólo estaba intentando ser amable y no correspondía a sus sentimientos. Artemisa le había dado tantas cosas buenas en su vida después de haberlo perdido todo que no podía traicionarla así. Enderezó la espalda, encuadrando los hombros.

–Deberíamos ir a dormir, Delia. Es tarde.

La muchacha echó un último vistazo a la luna antes de volver a la tienda, minutos después que Delia. Debía mantenerse fuerte y no sucumbir antes sus tontos y volátiles pensamientos.

¿Pero cómo podía ser fuerte si la sonrisa de Delia al verla se volvía más grande con el pasar del tiempo? No podía crecer físicamente, pero la mirada de la menor se había vuelto levemente más madura y atractiva. Luego de un largo y tortuoso tiempo en el que ambas parecían haberse puesto tácitamente de acuerdo en que olvidarían sus sentimientos y, peor aún, la decisión de Artemisa a enviarlas a misiones separadas durante unos meses, Delia parecía haber vuelto a poner sus fichas en el juego, esta vez mucho más fuerte.

Sus ojos se quedaban fijos en ella un segundo más de lo necesario, observándola con una expresión que era desconocida para Amelie. El tinte ingenuo y juvenil había sido reemplazado por un claro deseo y atracción. Los abrazos amistosos eran ahora caricias menos recurrentes pero más cargadas de sentimiento, y Amelie perdía la cabeza cada vez que sentía la piel de Delia cuando se alcanzaban cosas o pasaban junto a la otra casualmente.

Por suerte, Delia parecía comprender las consecuencias de enamorarse siendo una Cazadora, por lo que ninguna de las dos había intentado nada. Se habían limitado a miradas y caricias aparentemente no intencionales, por lo menos hasta la noche en que la menor se había girado en su bolsa de dormir y había colocado una pequeña mano en su cintura acercándose disimuladamente más a ella. Amelie había dejado de respirar al sentirlo, deseando por los dioses que Delia realmente lo hubiese hecho dormida y sin querer.

Y aunque intentó olvidarlo, la sensación quedó ahí cuando Delia volvió a girarse en su lugar, y cuando se despertaron al día siguiente y cuando se levantaron para desayunar.

Seguía sintiendo la sombra de la mano de Delia cuando los monstruos se abalanzaron sobre el campamento destruyendo todo a su paso en un ataque que las había tomado a todas desarmadas y desprevenidas.

Había sido todo tan rápido que Amelie no había logrado ver qué clase de bichos eran, sólo estaba segura de que tenía que blandir su espada en dirección a cualquier manchón rojizo de pelaje sucio que se cruzara por su vista. Pero había algo que ocupaba aún más su mente, y que le heló la sangre cuando lo oyó gritar.

Fue un simple alarido a sus espaldas, pero fue suficiente para quitarle la fuerza de las piernas. Había reconocido perfectamente la voz, y tanto tenía miedo como deseaba ir hacia allí y salvarla.

Mina, su mejor amiga entre las cazadoras, fue lo que la devolvió a la realidad. Se atravesó en su camino deteniendo a una de las bestias que se había abalanzado a devorarla, empujándola y sacándola de su trance. Amelie le agradeció con algún ruido extraño que salió de su boca y se lanzó en la dirección contraria para buscarla a ella. Quería asegurarse de que lo había alucinado y que estaba bien, que aquel grito gutural y cargado del más profundo dolor no era de quien creía que era.

Pero todo era dolorosamente cierto.

Se lanzó al cuerpo de Delia, que yacía en un charco de su propia sangre y con la cabeza ladeada sobre uno de sus hombros. Amelie la alzó apresuradamente y la acunó en su regazo, olvidando la pelea que estaba llevándose a cabo a su alrededor. Una de aquellas bestias la había mordido, arrancando uno de sus brazos y lastimándole el torso. La sangre cubría el traje blanco de ambas y goteaba en el césped bajo sus pies. La mano de la mayor tembló cuando quitó un mechón rubio del rostro de Delia.

–Delia –susurró. Ni siquiera se molestó en pedir que se mantuviera con vida. No podía pedirle aquello. No podía ser tan egoísta.

Los brillantes ojos verdes de la rubia parecieron moverse una última vez en su dirección, como si la hubiera reconocido. Amelie se encorvó y dejó un rápido y leve beso en la comisura de los labios de Delia. Ya no le importaba mucho lo que aquello podía costarle, después de todo Delia ya estaba inerte en sus brazos y tenía la mirada perdida en dirección al cielo. Ya no había nadie de quien Amelie estuviera enamorada, pues la única persona que había ocupado su corazón ya estaba muerta.

...

Amelie siguió a Artemisa alejándose unos metros del resto de cazadoras. La ropa de la muchacha estaba aún cubierta de sangre y apenas si levantaba la vista. Se sentía avergonzada, estúpida, inútil.

–Mírame, Amelie Leclair.

La joven obedeció. Artemisa se veía como una muchacha menor que ella, y su rostro demostraba todo lo que pasaba por su mente. Tenía el ceño fruncido hacia abajo, pero su expresión no era de enojo sino de decepción. Y eso era lo que más le dolía a Amelie. Deseaba que Artemisa estuviese enojada y le gritara, que la convirtiera en un pájaro y la utilizara de blanco para practicar con el arco, que la enviara a lo más profundo del Inframundo. Pero su señora estaba limitándose a mirarla sin decirle nada. Había creído en ella y Amelie la había decepcionado.

–¿Crees que soy tonta?

El corazón de Amelie se detuvo un segundo. El miedo le recorrió las venas en un latigazo frío. Se apresuró a negar con la cabeza. –Lo siento mucho, mi señora. Yo no...

Artemisa alzó la mano, haciendo callar efectivamente a la cazadora. –Eras de mis mejores cazadoras, Amelie. Te tenía mucha estima.

Las piernas de la joven comenzaron a temblarle. El piso parecía estar en cualquier sitio menos debajo de sus pies. En cualquier momento caería de bruces en el suelo y debería aceptar su destino allí, por debajo de los pies de los demás. Artemisa pareció notarlo, por lo que se acercó y extendió un poco los brazos preparada para atraparla si caía. Por suerte, no ocurrió.

–He intentado borrar mis sentimientos, le juro que no he roto mis votos y que ni Delia ni yo hemos hecho nada... –su voz se quebró al pronunciar su nombre, impidiéndole continuar. El rostro de Artemisa se relajó un poco, mirándola con un poco más de comprensión. Sin embargo, aún estaba allí la expresión severa que la caracterizaba. No quería ver sufrir a una de sus cazadoras, pero aquello no la libraría de su castigo.

–¿Realmente la amabas? –preguntó la diosa, desconcertando a Amelie. Ella dudó un momento, para finalmente asentir. No podía mentir a su señora.

–Eso creo, jamás lo había sentido con nadie. –Llevó las manos a su pecho–. Pero le prometo, mi señora, a pesar de mis sentimientos...

–No necesitas decirme nada al respecto, Amelie –contestó Artemisa. Luego de unos segundos observando el adolorido rostro de la joven, suspiró–. Necesitarás mantenerte lejos de nosotras. Irás a pasar un tiempo en el Campamento Mestizo como la semidiosa que eres. Podrán ser unos días, quizás unos meses, unos años o lo que yo crea necesario para ti.

Aquellas palabras fueron como un respiro de aire fresco para Amelie. Se había esperado lo peor, encontrándose con que quizás Artemisa no la despreciaba tanto como parecía. La diosa pareció entender lo que Amelie estaba pensando, por lo que se apresuró a continuar.

–No conserves muchas esperanzas, Amelie. Ninguna de las dos sabe si tu camino y el de las Cazadoras volverán a cruzarse, pero como no has realmente roto tus votos no quiero tener que castigarte. A partir de hoy y hasta que lo considere pertinente, tú, Amelie Leclaire ya no perteneces a las Cazadoras.

La joven se dejó caer de rodillas, sintiéndose incapaz de volver a levantarse jamás. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, descargándose por fin de los sentimientos que habían estado ocupando su mente desde que aquella muchacha rubia se había unido a las cazadoras.

Le dolía perder su puesto, le dolía haber perdido a Delia, pero le había dolido aún más estar al borde de romper sus votos cada vez que estaba cerca de la menor, le dolía tener que aguantar el deseo de besarla o de simplemente acariciarla.

–No puedo expresar en palabras cuánto agradezco su misericordia, mi señora. Le prometo que no la decepcionaré otra vez, si es que llega a considerar volver a permitirme cazar a su lado.

Artemisa asintió, alejándose de ella en dirección al resto de cazadoras y hablándole por última vez. –Ya lo veremos, Leclaire. Primero sana, luego lo consideraré.


Me quedó MUCHO más largo de lo que planeaba, ¿dónde está este tipo de inspiración para mis historias originales? xD

Gracias por leer :)

Vicky