Hoy era un día como otro cualquiera. Las gentes del reino seguían inmersas en sus experimentos para frenar el tan esperado Cataclismo, y eso hacía que el rey Rhoam Bosphoramus Hyrule se sintiera orgulloso. A su lado, una joven y hermosa muchacha de rubia y larga cabellera, con dos vivas esmeraldas haciendo de ojos, observaba con fascinación todos los artefactos mágicos allí presentes. Los guardianes podían ser grandes aliados, y eso la princesa de Hyrule lo entendía a la perfección.

Hasta que una punzada de dolor cruzó su pecho. Ella, la pieza clave de esta guerra, por mucho que lo intentara, no era capaz de hacer que sus poderes salgan. Rezaba sin descanso, enfermaba a menudo por culpa de las heladas aguas de las fuentes y lloraba siempre al sentirse inútil. Además, si le sumaba la pérdida de su madre, quién le iba a enseñar a controlarlos, todo se volvía negro.

Apenas era feliz. Se pasó años sumida en una profunda depresión. E incluso, si cerraba los ojos, recordaba la última conversación que tuvo con su madre en su lecho de muerte:

"-Hija, yo estaba dispuesta a enseñarte a despertar tus poderes, pero me han pillado por sorpresa -decía la Reina con esfuerzo -lo único que puedo hacer por tí es desvelarte el secreto para hacer que afloren. ¿Estás lista?

-Mami... no te vayas -rogaba una pequeña Zelda de siete años mientras lloraba. La mujer acarició su mejilla con sus frías manos.

-No te preocupes... te estaré viendo desde el otro lado. Ahora... -la intentó calmar su madre, quien ya sentía cómo lentamente su cuerpo abandonaba la vida -el secreto para despertar tus poderes... es... el... amor.

-¿El amor? -preguntó la princesita. La mujer asintió con mucho esfuerzo.

-Llegará... el día... en el que... te encuentres... con el amor... de tu vida... Él... te hará... despertar... lo que tienes... en tu... interior... -ésas fueron sus últimas palabras. La Reina de Hyrule, madre de Zelda, había dejado la vida, acompañada de su hija, quién lloraba desconsoladamente.

-¡¡¡Mamáaaaaaa!!! -chilló, sumida en la tristeza. El ser que más quería en el mundo la había dejado. Los guardias la sacaron a la fuerza del cuarto, pues ella se resistía a abandonar a su progenitora para siempre. Su padre la mandó a rezar, y por mucho que ella le repitió las palabras de su esposa, Rhoam nunca la creyó."

Ante el recuerdo, Zelda resistió las lágrimas. Confiaba en su difunta madre, pero el hecho de estar esperando el Cataclismo y hablar de amor la hacía sentir ridícula, por eso acabó dándole la razón al Rey.

—... y es por eso por lo que debes espabilar y despertar lo antes posible todo lo que llevas dentro –decía Rhoam. Luego se giró hacia ella –¿Entendiste?

—Sí... –dijo Zelda, afligida. El rey le iba probablemente a echar la bronca, pero no le dio tiempo, porque uno de los guardianes de salió de control, sobresaltando a todo el mundo. Éste comenzó a echar rayos láser por los ojos. Los guardias trataban de esquivar lo más rápido posible sus golpes y debilitarlo, pero fue inútil.

Aunque no advirtieron una sombra que avanzaba con ligereza hacia allí. La gente lo notó al ver cómo cogía una tapa de cacerola que había y desvió todos los rayos que éste lanzaba, hasta que con toda la intención del mundo devolvió uno hacia el guardián, que dejó de volverse loco. Los presentes, impactados, miraron al joven que con seguridad había relajado su postura. Observaron su pelo rubio oscurecido que se recogía en una coleta, sus ojos azules, su nariz, su boca, su semblante sereno...

El barbudo rey, sin apartar la vista del hyliano, llamó al capitán de la Guardia Real, quién no tardó en aparecer. Señaló al joven.

—¿Quién es éste muchacho? –inquirió con gesto pensativo. El fornido hombre esbozó una mueca de sorpresa.

—Es el hijo del anterior capitán. Se llama Link, y no me extraña que se fije en él: es el mejor caballero que tenemos, con una habilidad increíble de la espada. Nos tienen llegado mensajes de gente que afirmaba que ya de pequeño podía vencer a adultos en duelos con una facilidad pasmante –informó el señor, con tono orgulloso. Su superior lo miró con seguridad.

—Tráemelo a la sala del trono. Y tú, Zelda, acompáñame.

oOoOoOo

No había pasado demasiado tiempo desde que se sentó en el trono cuando sintió unos golpes en la puerta. Dio la orden de pasar, y allí aparecieron maestro y aprendiz. El primero se retiró, y el joven dejó sus armas y aguardó pacientemente a que Rhoam comenzase a hablar, pues éste se quedó sin voz cuando reconoció la espada que Link había traído.

—Muchacho –dijo con la voz grave que siempre le caracterizó, pero esta vez teñida de sorpresa –¿Dónde conseguiste la espada que portas?

—En un bosque –respondió con seguridad –fue extraño. Estuve caminando por el campo cuando una... voz que me pedía entrar en un sitio. Yo la seguí, y antes de que me diera cuenta, ya estaba rodeado de niebla. Y un rato más tarde ésta desapareció, dejándome con un pedestal y un gran árbol que me pedía que la sacara. Yo le hice caso.

Ante todo este diálogo, la princesa se sobresaltó. ¿Podría ser él el aclamadísimo héroe de la leyenda? Aunque decidió callar y escuchar:

—Sin duda ésto no me parece casualidad. La valía que demuestras, la espada y lo que hiciste antes me valen para saber lo que debo hacer contigo: contarte sobre nuestros planes.

El temido Cataclismo se acerca, y hace poco descubrimos unas reliquias antiguas: los guardianes y las bestias divinas. Hemos seleccionado a un representante por tribu para que controlen a cada una de las cuatro: Mipha dirigirá a Vah Ruta, bestia de los zora; Urbosa lo hará con Vah Naboris, bestia de las gerudo; Daruk controlará a Vah Rudania, bestia de los goron y Revali es el que controlará a Vah Medoh, bestia de los orni. Ellos son los "elegidos", y gente de confianza. Pero nos falta un elegido hyliano, y tú tienes las cualidades necesarias para hacerlo. ¿Serías capaz?

—Por supuesto, Majestad –dijo rápidamente y con suma seguridad.

—Bien, bien. Me alegro, Link. Pero... –repuso Rhoam, mirando a Zelda –eso no es todo. Mi hija necesita protección, puesto que la quieren matar. Y es por eso por lo que directamente te nombro su escolta personal. Dejarás los entrenamientos de soldado y se te asignarán unos aposentos más cercanos a nosotros. Puedes retirarte.

—Gracias, Majestad. No sé qué decir... –dijo, haciendo una reverencia. Luego miró a la muchacha, y con la mirada trató de decirle "lo siento". Ella negó con la cabeza, forzando su sonrisa, para luego observar cómo se marchaba.

oOoOoOo

—¿El rey te ha echado la bronca? –preguntaba uno de sus amigos, sin entender por qué él estaba recogiendo sus cosas. Link detuvo su misión y le dio un abrazo.

—Nos vemos, Mathieu –le dijo el joven, con una mirada cargada de seguridad –He dejado los entrenamientos para ser el elegido por las Diosas, representando a los hylianos y ayudando a frenar el Cataclismo. También me han nombrado escolta personal de la princesa.

Mientras empaquetada, no se esperó que el chico le diera unas palmadas en la espalda.

—¡Guau, felicidades! Seguro que es una carga muy pero que muy dura, pero me alegro por tí. Supongo que... nos veremos puntualmente –ante eso, Link asintió, jurándole que se seguirían viendo. De repente, una sonrisa traviesa adornó el rostro del soldado, quién acercó a Link –y, quién sabe, a lo mejor consigues meterte entre sus piernas...

Fue callado con un pequeño golpe de parte de su amigo. No era la primera vez que se lo hacía, puesto que muchas veces Mathieu se había puesto a decir obscenidades acerca de lo que hacían los reyes por las noches, y Link, como buen amigo que era, le callaba la boca a la vez que le recordaba las consecuencias de sus palabras.

Así que tuvo que disculparse, y a la vez despedirse de su amigo, quién siguió a su rey y se acomodó en su nueva habitación, dejando atrás su vida de caballero y empezando otra muy distinta.