Zelda despertó del sueño que la tenía apresada. Viendo por la ventana, se dio cuenta de que ya era de día. Se encerró en el baño para ducharse y quitar el sudor que la recorría después de aquella pesadilla en la que todo el mundo la llamaba inútil, la perseguía y la intentaba matar. Se abrazó a su desnudo cuerpo, repitiéndose a sí misma que sólo fue un sueño. Aún así, todo su ser se estremecía al recordar la autenticidad que le provocó el contacto de una horca de su piel.

Después de haber comprobado que su larga cabellera rubia estaba correctamente lavada, salió de allí envuelta en una toalla. Suspiró con pesar mientras cogía el vestido de princesa de su armario, y se miró en su reflejo al terminar de peinarse. Odiaba su vida real, puesto que se pasaba todo el día cumpliendo tareas encomendadas, o simplemente rezaba para que el poder que había en ella saliera al exterior.

Pero no todo era oscuridad. Intentaba cumplir lo antes posible con su cometido para tener tiempo libre y poder dedicarse a su verdadera pasión: investigar. Era simplemente fascinante encontrar respuestas universales saliendo de la razón y la experimentación. Le encantaba reunirse con Prunia en el laboratorio cercano a su cuarto e investigar sobre artefactos ancestrales. Se sentía útil.

Cuando cerraba la puerta de su habitación, lo vio. Era él, su escolta, con esa endiablada espada a su espalda. Él hizo una reverencia, y ella, apretando los puños, lo ignoró. Continuó caminando por los pasillos, y su indignación aumentó al sentirlo detrás. No podía creer que su padre le asignara una persona que la protegiera. Y sobre todo al tan aclamado portador de la Espada destructora del mal. A él nadie lo presionaba, nadie le decía que era un desastre. Él era perfecto, y ella una inútil.

—Gracias por la escolta, pero no hacía falta. El castillo es un lugar seguro –le dijo con altivez. Él no dijo nada, sólo la miró y la siguió hacia la sala del trono del rey Rhoam. Recordó que hoy era el día en el que se presentaban a los elegidos, cosa que confirmó al ver cómo él la pasaba y se colocaba en fila junto a los demás, enfrente de una hyliana que sostenía una prenda.

—Chicos, si estáis dispuestos a aceptar vuestro papel de en esta cruenta guerra, debéis vestir estas túnicas y llevarlas a todos lados –anunció el rey Rhoam, con su característica voz grave. Los elegidos extendieron los brazos, plumas y aletas para recibir aquellas especiales prendas. Link, como representante de los hylianos, se llevó también los mejores pantalones y las mejores botas que podía encontrar. Cuando les dieron acceso a la sala real, ya habían filas de soldados colocadas. El elegido vio a Mathieu, quien estaba en primera fila y completamente tieso, pero que relajó ligeramente su postura para observar de forma expectante a su amigo. También vio varios ejemplares de piedras sheikah, que pretendían grabar el evento con sus cámaras inteligentes y luego ser retransmitidas con los reproductores recientemente acoplados.

—Reino de Hyrule, estamos aquí para presentaros a los elegidos que aceptarán la titánica misión de salvarnos a todos. Son cinco elegidos de las distintas tribus que pueblan estas tierras –dijo el gran hombre con voz solemne –Para empezar, hemos ido a la Montaña de la Muerte y hemos seleccionado al mejor candidato de los goron: Daruk. ¿Estarías dispuesto a aceptar tu papel y pilotar a Vah Rudania?

El mencionado dio un paso adelante con su enorme cuerpo, y miró a su superior.

—Por supuesto, Majestad –una vez que su cavernosa voz dejó de oírse, todos los presentes aplaudieron, incluidos los soldados. El rey pronunció unas palabras en hyliano antiguo, sellando la promesa.

—Ahora es el turno de la región de los veloces orni. Entre ellos, el que más ha destacado fue Revali. ¿Estarías dispuesto a aceptar tu papel y controlar a Vah Medoh?

El orni se acercó al rey con solemnidad.

—Acepto, Majestad – los presentes volvieron a aplaudir, emocionados por la positividad que derrochan sus palabras. El hombre profirió las mismas palabras, para dejar que Revali retrocediera.

—Viajando a la región de los zora, nos hemos hecho con una gran aliada: Mipha. ¿Estarías dispuesta a asumir tu rol y tomar el mando de Vah Ruta?

—Sí, Majestad –le dijo ella con una mano en el pecho. Se volvieron a producir los aplausos y la promesa volvió a ser sellada. Cuando acabó, la zora volvió a su posición inicial.

—Adentrándonos por los secos desiertos gerudo, hemos seleccionado a una fiera guerrera: Urbosa. ¿Querrías aceptar la misión y pilotar a Vah Naboris?

—Sin ninguna duda, Majestad –le dijo la mujer con una voz cargada de respeto. Se volvieron a escuchar los aplausos, para que el rey terminara de sellar el juramento.

—Y por último, pero no por menos importante, llega el momento de presentaros al elegido hyliano. No pilotará ninguna bestia, pero que posea la legendaria Espada destructora del Mal indicará que será una pieza clave en esta batalla. Su misión será proteger a mi hija como escolta personal. ¿Estás dispuesto, Link? –en aquel momento, con las miradas de todos los presentes encima de él, dudó ligeramente. Sabía que podía echarse atrás, que aún estaba a tiempo. Pero su instinto le ordenaba que aceptara. No sólo lo haría para proteger al reino, sino por aquella muchacha cuya alma le parecía ligeramente familiar.

—Sí, acepto –dijo al final con una reverencia. Rhoam, sonriendo por lo bajo, profirió aquellas palabras que sellaban su pacto con las Diosas. Aún así, en lugar de aplaudir, la gente cuchicheaba, mirándolo y haciéndolo sentir ligeramente incómodo.

—Estas prendas que portáis son las túnicas que certificarán vuestro papel. Aseguraos de llevarlas a dónde lo necesitéis. Han sido tejidas por mi hija, que aceptará su papel de líder del grupo. ¿No es así, Zelda?

—Sí –dijo ella simplemente, mientras un dorado rayo de luz atravesaba su rostro. Y, tras unas breves palabras del rey, la ceremonia terminó.

oOoOoOo

Al salir de allí, los cinco nombrados y la princesa se reunieron en el jardín privado. Sintieron unos pasos detrás de ellos, y vieron a una joven peliblanca.

—Chicos, ¿hacemos una foto? –preguntó.

—Diosas, Prunia, esto es una ceremonia de nombramiento de elegidos, no un desfile de moda. De todas maneras, creo que la foto la dejaremos para otro día –le contestó la hyliana. La sheikah no dijo nada, sólo se retiró –Os doy las gracias a todos por aceptar esta increíblemente difícil misión: salvar Hyrule. Aún así, debéis empezar a aprender a pilotar a las bestias divinas, puesto que poseen mecanismos muy complejos. Y Link... tendrás que ejercer tu labor de escolta llevándome a las regiones o a cualquier lugar fuera del castillo...

Las últimas palabras que ella pronunció estaban cargadas de pena. A él le molestó un poco ese tono. ¿Por qué le hacía eso? ¿Qué culpa tenía él de cumplir las órdenes de su rey?

Sin embargo, decidió no darle más vueltas. Se dijo a sí mismo que a lo mejor ella tenía motivos de peso para estar así, o incluso haberla incomodado.

—Alteza –le dijo una vez que estuvieron solos –Lamento mucho haberla incomodado. No quería...

—No es eso –le dijo ella secamente, dirigiéndose a la salida. Después se giró –ven al altar ceremonial en diez minutos.

Cuando se quedó solo, se paró a reflexionar. En todo el rato en el que él la adelantó, sentía su mirada en su espalda, concretamente en la Espada. ¿Acaso le parecía un indigno portador, como muchos le decían?

Empezó a caminar hacia la salida del jardín. No le era un lugar cómodo, y mucho menos después de lo ocurrido. Aunque tenía la certeza de que volvería. Aprovechó el tiempo dirigiéndose a la entrada principal del castillo, también sintiendo cómo varios pares de ojos se posaban sobre él acusadoramente. Se sintió incómodo, pero mantuvo la compostura.

oOoOoOo

Al llegar, las miradas de los elegidos lo recorrieron entero. Observaban cada detalle con curiosidad, hasta entristecerse al ver a la Espada Maestra. Zelda apretó los puños. "¿Es que nunca se va a separar de ella? Me está agobiando".

—Ponte ahí –le indicó, tratando de no sonar brusca y señalándole la Trifuerza del suelo –Arrodíllate y así comenzaremos.

Él hizo caso. Se arrodilló y bajó la cabeza, mientras ella empezaba a hablar lentamente, pero con respeto hacia la Diosa, sin olvidar también aquel destello de pena que oscurecía sus hermosos ojos verdes.

—Me aburro –dijo Revali a lo lejos –estoy cansado, y además... ¿Cuál es el objetivo de esta "ceremonia"? Ella no lo soporta, ni tampoco yo.

—Ni yo lo sé, orni –respondió Urbosa –aún así, no me gusta nada. Aunque Link no tenga la culpa, Zelda le echa en cara cosas que desconoce. Entre ellas, el significado de la Espada para ella.

—Me dan pena –dijo Mipha, sin apartar los ojos del hyliano –ambos están sufriendo por lo mismo sin saber que el otro está igual. Su estas cosas se solucionan, la princesa se arrepentirá enormemente de haberlo rechazado.

—Es cierto –asintió la gerudo –pero por el momento, si el muchacho anda cerca, la princesa no podrá evitar sentirse inferior.

Cuando Zelda dejó de hablar, los cuatro se giraron para verla. La joven miraba su mano con inseguridad, como si temiera que esto no le sirviera de nada. Un "por favor, os ruego que me escuchéis" pudieron leer de sus labios. Y después, miró al elegido hyliano, apenada y preguntándose a sí misma si en realidad merecía ese trato. Ella misma conocía la respuesta: no.

"Al menos él no es un inútil, como lo eres tú", fueron las palabras que la volvieron a hundir. Le dio la espalda, y se marchó.

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Link siguió caminando por los pasillos del castillo. En estos momentos la princesa estaba rezando en una fuente privada del castillo, y no necesitaba escolta. Y justo ahora, él tenía curiosidad por un tema: si ha dejado de ser soldado, ¿cómo se ve todo desde la perspectiva de un entrenador?

Una vez llegó al final de aquel gran pasillo, miró con firmeza a los guardias. Desde esta mañana, en sus momentos libres podía gozar de los privilegios de ser elegido: podía entrar a dónde quisiera cuando quisiera, exceptuando las salas reservadas a la Familia Real. Es por eso que uno de los guardias que custodiaban el portón le abrió, dándole suficiente espacio para que pasara, viendo así el patio de entrenamiento que él usó hasta hace muy poco. Observó cómo todos los soldados peleaban con espadas de madera y protecciones, hasta que sintió a alguien arrodillarse a su lado.

—Bienvenido sea, elegido hyliano –se sorprendió a identificar a su entrenador –Lo lamento, pero a partir de ahora y por órdenes del rey, los elegidos deberán ser tratados con el sumo respeto que les corresponde. ¿Qué le parece la visión en ojos de un antiguo soldado?

—Diferente, supongo... –respondió Link, confuso. El hombre posó sus manos sobre los hombros del muchacho y le sonrió.

—Estoy muy orgulloso, elegido. Ha logrado obtener un puesto que todos sueñan. ¡Seguro que con usted el Cataclismo no gana la guerra!

El espadachín iba a decir algo, pero se contuvo. Odiaba que le repitieran "seguro" a cada rato, puesto que le ponían una gran y detestable carga sobre sus hombros.

Pero en el fondo de su ser, brillaba la confianza, sobre todo en aquella frustrada joven cuyos ojos destilaban inseguridad.