—Eh, Link... últimamente estás... muy serio. ¿Se puede saber qué es lo que te ocurre? –preguntó Mathieu. El aludido sólo se encogió de hombros.
—No sé a lo que te refieres. Estoy bien –se limitó a decir. Su amigo apretó los puños, con una mueca de desagrado.
—Ha pasado una maldita semana desde la ceremonia de presentación de los elegidos, y tú te has vuelto frío y distante. Parece que ya no confías en mí –se quejó. El muchacho lo miró. Debajo de su mirada seria, había una tristeza oculta que dejaba a Mathieu descolocado –te pasaste una semana entera entrenando, ajeno a la realidad. ¿Cómo quieres que no me preocupe?
—Es... más complejo de lo que piensas. No todo el mundo puede entenderlo, ¿vale? No quiero ser malo contigo, y lo recalco, pero por mucho que intentes comprenderlo no lo lograrás. Es algo que sólo los elegidos entendemos, o eso creo –le explicó, sin cambiar su expresión. El soldado se paró delante de la puerta del campo de entrenamiento, y negó con la cabeza. Link hizo otra vez lo mismo, se encogió de hombros, y comenzó a caminar por los pasillos que lo llevaban a su cuarto. Mathieu apretó los puños.
—Desde esa maldita ceremonia, has cambiado drásticamente, amigo. Ya no te entiendo –dijo él con frustración, pensando en qué era eso que lo atormentaba. La fría imagen de aquellos ojos azules le vino a la cabeza, y su expresión se entristeció.
oOoOoOo
—Al fin te encuentro –dijo la princesa Zelda a sus espaldas. Él la miró, y ésta forzó una sonrisa –debemos iniciar el primer viaje para enseñar a los elegidos a pilotar las bestias divinas. Iremos primero a la región de los orni, por lo que necesito que estés listo lo antes posible.
Link sólo asintió, y cuando ella desapareció, soltó un suspiro de resignación. No tenía ni idea de lo que había hecho mal, y, por desgracia, les tocaba ir a la región donde habitaba ese pájaro prepotente que lo despreciaba sin ningún motivo. Con rapidez, guardó ropa para el frío y se equipó con su fiel Espada. Poco tiempo después, ya estaba en los pasillos, caminando con expresión impasible mientras todos los soldados lo miraban acusadoramente.
—Elegido... pfff, al rey se le ha ido la olla asignando esa tarea a un crío. Pero si la Espada lo eligió, espero que nos saque de esta ruina –decía uno con toda la intención de que él lo escuchara. Link no dijo nada, ¿para qué? La gente esperaba demasiado, y expresarse podría meterlo en problemas. Con la mirada clavada en el horizonte y expresión firme avanzaba, aunque por dentro el peso de su decisión le comenzaba a quemar.
—Oh, ya estás aquí –dijo la princesa, ligeramente molesta. De nuevo, él se abstuvo de hablar, y asintió mientras guardaba sus pertenencias en la alforja de su caballo y se montaba sobre él. Esperó a que ella hiciera lo mismo, y salió justo detrás. Un golpe seco por parte de ambos cuando estuvieron fuera de la ciudadela bastó para que los caballos echaran a correr. Ambos no dijeron nada durante el trayecto, simplemente escucharon el trotar de sus animales y observaron el paisaje que se apreciaba en ellos. Pararon dos veces a descansar, pero sólo se comunicaban por lo esencial.
—Princesa, creo que es hora de que reiniciemos la marcha. Los orni deben de estar...
—Sí, lo sé, preocupados. No hace falta que lo digas –le interrumpió con altivez. Él se volvió a callar, aunque sólo cuando ella se estaba subiendo a su caballo fue cuando se atrevió a maldecir el comportamiento inmaduro que ella le estaba demostrando. "Que me perdonen las Diosas, pero su actitud me está hartando. Parece que todo lo que hago está mal. Y eso que confío en ella..." –¿No me has escuchado, verdad?
—Lo siento –se disculpó, notoriamente avergonzado. Ella resopló –decía que mañana, después de que termine con mis labores en la bestia, me retiraré a rezar.
—¿En un lugar de bajas temperaturas? –se le escapó. Ella le dedicó una mirada fría –Disculpe. Si no quiere que le moleste, sólo tiene que decírmelo, alteza.
—Es preferible –musitó sin que Link la pudiera oír. "Sobre todo porque quiero estar lejos de esa maldita espada", pensó –Gracias.
Cuando al fin llegaron, era noche cerrada. Uno de los ornis vigilantes llevó sus caballos a los establos que tenían disponibles, y el otro los guió hacia las habitaciones de la posada. Una vez allí, y sin ni siquiera darse las buenas noches, ambos se encerraron en el cuarto de cada uno.
—En parte tiene razón –se dijo ella cuando estaba sola –¿quién es el loco o la loca que va a rezar con estas bajas temperaturas? La inútil cuyos poderes ya tendrían que haber despertado.
Antes de dormir, miró de reojo la túnica que usaba en las fuentes mientras una lágrima silenciosa descendía sobre su mejilla. "El tiempo va en tu contra. Tienes que despertar tus poderes lo antes posible", se recriminó antes de caer rendida en sueños.
oOoOoOo
Unos golpes en la puerta resonaron por la silenciosa estancia. Zelda, molesta, abrió los ojos y emitió un suspiro. Odiaba que la noche pasara tan rápido, ya que durante el día no tenía oportunidad de pensar en lo que le gustaba, y eso desembocaba en un constante estado de tristeza. Abrió la puerta de su habitación, y descubrió a su escolta allí, que la miraba impasible. En sus manos estaba la bandeja con el desayuno.
—Tome. Revali está esperando en la cima del poblado –anunció. Después de esto, desapareció rápidamente por el pasillo. La princesa, ligeramente sorprendida por la fugaz conversación, se encerró en su cuarto y comenzó a degustar los platos que había en la bandeja. Cuando terminó, se cambió con rapidez a sus ropas de viaje y se enfundó en el abrigo de lana que había traído. Salió de allí a paso ligero, y tuvo que reprimir un escalofrío cuando el frío aire del poblado impactó contra su caliente piel. Avanzó por el lugar, saludando a todos los presentes, quienes se mostraban sorprendidos de que la princesa de Hyrule viniera hasta allí. Cuando al fin alcanzó su destino, se quedó callada viendo cómo el elegido orni preparaba una de sus piruetas especiales. Se encontraba allí, de rodillas en el suelo. Su cara reflejaba concentración. Sus alas se acercaron más a la madera, y, como por arte de magia, invocó una corriente de aire que lo llevó hacia arriba. Revali dio un salto y desplegó las alas en un majestuoso y grácil movimiento que dejó a la joven con la boca abierta. Una mueca de preocupación se asomó por su rostro al ver que la corriente tomaba un rumbo inesperado, mas el orni supo manejarse y logró su objetivo: tener el control sobre la corriente. Al verla allí, él rápidamente descendió, y la miró con una sonrisa orgullosa.
—Es de mala educación presentarse sin avisar, alteza –dijo con una mueca de diversión. Ella rió discretamente.
—Perdona si te desconcentré –se diaculpó con sinceridad. Él negó con la cabeza, y Zelda volvió a esbozar la sonrisa que adornaba su cara desde que él había logrado controlar aquella pirueta casi imposible –Lo has hecho muy bien. Se nota que tienes talento para eso.
—¿A que sí? –dijo con una sonrisa orgullosa –al menos no soy como otros niñatos orgullosos que van por ahí presumiendo.
De repente, la princesa dejó de sonreír. Era obvio que Revali se refería a Link, a su escolta. Incluso miraba con desdén y altivez el lugar donde él se encontraba entrenando con una espada que los pueblerinos le habían prestado. Se paró a observar cada uno de los movimientos que hacía: unas estocadas hacia delante, ataques laterales, circulares, por la espalda...
"Tiene talento y cumple con las expectativas. En definitiva, él es perfecto", pensó mientras el dolor de la comparación pesaba sobre ella.
—... y ni siquiera sabe volar. Por obvios motivos yo soy mejor candidato para escoltarte que él, ¿no crees? –preguntó. Zelda, que se había perdido gran parte del diálogo de su compañero observando el duelo amistoso que Link mantenía con uno de los espadachines, se encogió de hombros sin saber qué decir. Para su desgracia, él se dio cuenta, por lo que emitió un "Bah" –creo que no vienes para eso. Quieres acceder a la bestia, ¿cierto? Porque de ser así, vas a poder gozar de una de las principales ventajas que tengo sobre ése hyliano. ¿Estás lista?
Un asentimiento de cabeza bastó para que el orni le indicara con la cabeza que debía montar sobre su espalda. Ella accedió, y, agarrándose fuertemente, disfrutó de las sensaciones que le causaban el constante roce del aire en su cara.
"Es tan adorable cuando sonríe", pensaba Revali, con una estúpida felicidad gracias al contacto que ambos mantenían. Le dolió enormemente tener que abandonarlo al pisar la superficie del interior de Medoh, pero no le quedó más remedio.
—Bien, empecemos –anunció la hyliana –las bestias son estructuras gigantescas e inteligentes que funcionan automáticamente, pero también pueden ser manipulados de manera artificial. Gracias a los descubrimientos que Prunia y yo hicimos, sabemos que su funcionamiento se concentra en el terminal central, que es como su corazón. Para evitar que toda la energía se centre en un sólo punto, nuestros ancestros diseñaron varios terminales más pequeños y los repartieron por toda la bestia, aunque también sirve como método de protección. Sólo aquel que consiga llenar de su energía los pequeños terminales podrá activar el grande y así acceder al control de la bestia. Por ahora, la energía que las hace funcionar es manipulable para tí y para el resto. Gracias a ello podréis acceder al cuadro de mandos de ésta, el cuál te voy a mostrar ahora.
Mientras hablaba, aparte de escuchar, Revali no podía evitar sonreír. La joven era de una indudable belleza, y verla tan feliz y apasionada como ahora era difícil. Por su parte, Zelda le dio todas las instrucciones necesarias, y cuando ya terminaron con las explicaciones, era por la tarde. Se sentaron sobre Medoh para observar el lejano poblado.
—Ahora que ya terminamos... me gustaría saber una cosa –intervino él, disimulando el tono molesto que le causaba la petición –cuando indirectamente mencioné al mocoso... ¿por qué te pusiste tan triste?
Ante la pregunta, la expresión de la muchacha se tornó apagada, como si se tratara de una rosa marchita.
—Me porté muy mal con él anteayer:
Me encontraba enfrente de uno de los misteriosos santuarios que padre me prohibía visitar. Estaba investigando la manera de entrar pero, como me suponía, éste estaba reservado para el elegido de la Espada. Si soy sincera, mis investigaciones no estaban dando sus frutos, y mi poder no despertaba, lo que desembocaba en un constante estado depresivo, pero también de frustración. Y cuando estaba dispuesta a marcharme de allí, el relincho de un caballo me sorprendió. Cuando pude saber de quién se trataba, me enfadé mucho, ya que él era la última persona a la que deseaba ver. Le había recalcado a padre que no necesitaba escolta, pero él, como era tan insistente, me lo mandó sin mi consentimiento. Le ordené que se marchara, pero él ni me hizo caso. Me siguió, observándome con esa mirada vacía que últimamente estaba adoptando. Harta de que se pegara tanto a mí, le grité, descargando toda la ira y la frustración que tenía. Pese a ello, me miró igual, como si nada hubiera ocurrido.
Odio esa actitud suya.
—Se lo mereció –dijo Revali con indignación cuando ella terminó su relato –si no querías que te siguiera, debería haberte hecho caso. Si yo fuera tu escolta, lo respetaría.
—No, no lo mereció –musitó, apretando los puños en su abrigo –él seguía órdenes del rey, que son más poderosas que las mías. Tampoco tenía que cargar con mi frustración. Me siento como una persona horrible. Además, que tú lo envidies no quiere decir que se merezca lo que le hice.
Ante lo último, el orni se quedó de piedra. Iba a empezar con un "yo no...", pero se calló al ver lo mal que ella se encontraba. Bufando, la invitó de nuevo a subirse a su espalda, y juntos descendieron al poblado orni. Aterrizaron delante de la posada.
—Las fuentes están congeladas. Además, si rezas aquí vas a acabar con un resfriado de campeonato. Lo mejor es que te retires a tu habitación –aconsejó con amabilidad. Ella le dedicó una sonrisa forzada, y empezó a caminar hacia su habitación a paso ligero –mocoso, la próxima vez procura obedecer las órdenes de tu princesa, porque si no te las vas a ver conmigo, ¿entendido?
Al escuchar esto, Zelda se dio la vuelta. Sus ojos dieron con los de Link, que la miraban interrogante. Ella negó con la cabeza, como quitándole importancia al asunto, y entró en su habitación para no salir en lo que quedaba de día.
