"¿Qué es este lugar? ¿Dónde estoy?"

Eso fue lo primero que Zelda se preguntó cuando pisó tierra firme. Sabía que se hallaba en uno de sus sueños, pero estaba profundamente sorprendida por el apocalíptico paisaje que tenía delante de ella. Comenzó a caminar descalza por aquel lugar, sintiendo cómo sus pies dolían de pisar los escombros con su fina piel. Incluso contuvo un grito de dolor al sentir cómo se cortaba con un cristal. Pese a las ganas que tenía de detenerse, no podía. Había algo que la impulsaba a salir, sin importar el dolor. No se podía detener, sus pies iban adelante por mucho que los intentara frenar. Unos pasos más, y al fin pudo ver un desgarrador paisaje: el de un pueblecito arrasado por completo. Las llamas del fuego se resistían a desaparecer en cuanto la lluvia hizo acto de presencia. Aún así, ésta no mojaba a la joven, cosa que le sorprendía.

—¿Qué pasó aquí? –se atrevió a preguntar en voz alta. Como si alguien le respondiera, fue llevada hacia otro lugar. Ahora ya no estaba en el pueblo, sino que estaba en la entrada de un gran castillo consumido por la desgracia.

"Bienvenida. Entra y ponte cómoda", le susurró una terrible voz. La hyliana se estremeció, presa de un repentino frío que le congelaba las entrañas. No pudo detener sus pasos, los cuáles la llevaban a aquel misterioso lugar. Cuando entró, descubrió un salón destrozado, con restos de cristales y muebles como única decoración.

"Perdona el desorden. Sube arriba, cielo. Te estoy esperando".

—No, por favor... –rogaba con lágrimas en los ojos mientras obedecía, sin poder hacer nada para evitarlo. Subió aquellas escaleras, y cada vez el frío estaba más presente. Llegó un punto en el que sus dientes llegaron a castañetear. Una vez que se encontró arriba, abrió la única puerta que había.

—¡¿Madre?! –preguntó con asombro. La mujer, con la cabeza gacha, abrió sus brazos, y la princesa corrió a refugiarse en ellos. Sin embargo, su sueño no le permitió terminar de acercarse a ella, por lo que tuvo que guardar distancias. La mujer levantó la vista –¿Por qué lloras?

—¿Por qué nunca seguiste mi consejo? –le espetó ella con dolor. Zelda bajó la cabeza mientras apretaba los puños –Hija... es el amor. El amor es la solución. ¿Por qué...? ¿Por qué no me hiciste caso?

—Padre... Padre no... –trató de decir, pero su imaginación no lo permitió.

—Da igual. ¿Acaso no sabes dónde estamos? ¿Ni lo que pasó aquí? –preguntó. Como si recibiera un fuerte golpe, Zelda se quedó pálida al reconocer el lugar –Exacto. Estamos en el castillo de Hyrule. Pero este está devastado por el Cataclismo.

—¿Qué...? –trató de preguntar, profundamente impactada. Como respuesta, fue llevada a otro lugar. Su nariz se arrugó con el olor de hierba quemada –¡¿Eh?!

Ella se sorprendió al sentir un contacto. Una mano sujetaba con firmeza la suya y la arrastraba por los campos. Sus pies siguieron a ese extraño. En uno de sus intentos de saber de qué huía, llegó a ver su brazo lleno de suciedad. Miró hacia abajo, y contempló su túnica de rezar, la cuál estaba sucia y desgastada.

—Tengo que ponerte a salvo.

—¿Link? –preguntó al reconocer aquella voz. El elegido iba a decir algo, pero un pitido intermitente empezó a sonar. Tiró de ella hacia una roca, para que pudieran ver cómo un rayo impactaba en la hierba. Él emitió un jadeo, y ella observó con sorpresa al muchacho. Estaba malherido, y la Espada Maestra se encontraba algo desgastada.

—Te tengo que poner a salvo. Daruk, Revali, Mipha, Urbosa, Rhoam... ya no están... sólo quedamos tú y yo...

—Link... ¿q-qué haces? –cuestionó al sentir cómo él le acariciaba la mejilla mientras le secaba las lágrimas que le salían por la revelación. Para más sorpresa, los labios de él estaban cada vez más cerca. Zelda cerró los ojos, esperando el contacto sin poder protestar.

"¿Ahora lo entiendes? ¡Tu incompetencia ha sido lo que nos ha llevado a la ruina!", exclamó una voz anciana, perteneciente a alguien que no pudo ver. En sus brazos se hallaba un Link moribundo. "¡Incumpliste con tus deberes, y ahora estamos perdidos!"

Las lágrimas habían vuelto a los ojos de la muchacha. Bastó con mirar un poco más allá para descubrir con terror los cadáveres de los cuatro elegidos.

—¿Y Link? ¿Por qué está así? –preguntó con urgencia.

"Aún hay esperanza".

oOoOoOo

—¡Aaaaaah! –gritó ella mientras se despertaba bruscamente. Para su desgracia, su frente ardía y se tuvo que llevar una mano a la cabeza. Toda ella estaba empapada en sudor, y, cuando se sentó más cómodamente, advirtió un detalle –¿dónde estoy? Esto... no es mi cuarto.

—Está en el mío –habló la voz de su escolta mientras se acercaba a ella. Casi por impulso, ella se abrazó a él mientras lloraba aún más.

—Por las Diosas... estás bien –susurró contra su pecho. Los brazos de Link la envolvieron mientras acariciaba su espalda.

—¿Le ocurrió algo? –preguntó él, aún sorprendido por el repentino contacto. Zelda apretó los labios mientras negaba con suavidad –oh, entiendo. Aún así, no soy quién para preguntárselo.

—¿Cómo he acabado aquí? –cuestionó mientras trataba de calmarse. El joven le tocó la frente.

—Hoy se suponía que era el día en el que teníamos que ir al desierto de las gerudo. No obstante, no os encontrábais bien, y aún así os decidísteis a ir a rezar. Creo que pasasteis de vuestro límite y caísteis inconsciente. Para cuando era hora de partir se suponía que teníais que estar lista, mas no la encontré por ninguna parte. Llamé a la puerta, pero nadie respondió. Me decidí a entrar y os descubrí tumbada en el suelo, temblando. Os traje aquí porque estabais muy fría, y se podía poner peor si la llevaba a sus aposentos. Discúlpeme –explicó él con suavidad. La princesa negó con la cabeza, mientras una ola de culpabilidad la arrasaba.

Se acabó. Necesitaba pedirle disculpas por su comportamiento infantil. Él nunca mereció ese trato, y pese al constante rechazo, seguía ahí, cuidando de ella. Se separó un poco de él y lo miró a los ojos. El azul sereno de éstos le provoca mayor culpabilidad. ¿Y si ella fue la culpable de su cambio de actitud? Nunca se perdonaría haber provocado eso.

—Link, yo... –empezó a decir. Él la liberó un poco de su agarre, permitiéndole mayor libertad –sólo quiero decirte que... que... soy una imbécil... una inútil...

—No, no lo es –negó el elegido, reteniendo el impulso de acariciarle la mejilla. Zelda negó con la cabeza, la cuál tenía hecha un lío para saber cómo pedirle disculpas por su conducta. Link se separó de ella cuando la notó más tranquila y señaló una toalla. A su lado estaba la túnica que ella usaba para dormir, acompañada de los jabones especiales que usaba para lavarse –voy a notificar al rey del cambio de planes. Por ahora puede tomarse una ducha para sacarse el sudor, si es lo que quiere. En cuanto a lo que me iba a decir... mejor hágalo cuando esté recuperada.

—Gracias –dijo con una pequeña sonrisa. El muchacho se retiró, y Zelda salió de la cama. Comenzó a caminar, sintiendo el mareo que le provocaba la fiebre y tomó lo necesario. Se metió en el baño y comenzó a desnudarse –¿por qué? ¿Por qué no le he dicho "lo siento"? Si era más fácil...

Con cuidado de no resbalar, se metió en la ducha. Sus músculos se relajaron al sentir el refrescante contacto del agua sobre su piel. Cuando comenzó a enjabonarse, los recuerdos de la pesadilla llegaron a su mente.

Primero, su madre, luego Link, después la voz, los elegidos, otra vez Link...

Pensó primero en su progenitora, aquella mujer de indudable belleza en cuyos ojos hubo numerosas lágrimas. "¿El amor? ¿Dónde diablos voy a encontrar el amor?", se preguntó con impotencia. "Los tiempos del Cataclismo se acercan, y yo estoy en una lucha por quién creer. ¿A Padre, quien asegura que rezar es la clave? ¿O a Madre, quien me reveló en su lecho de muerte que el amor era la solución?"

Al final optó por tranquilizarse. Seguramente su cabeza le estaba diciendo de una manera cruel qué pasaría si no despertaba sus poderes, todo a raíz de su miedo al fracaso. Aún así, fue tan real que hasta podía sentir el dolor tan agonizante que la recorrió durante todo el sueño.

Cuando al fin salió del baño, en mejor estado y más despejada, se volvió a sentar en la cama de Link. Si se lo proponía, podía volver a sentir el calor del abrazo que él le proporcionó.

Aunque...

—¡¿Me he abrazado a él?! –se preguntó, sorprendida. La vergüenza se apoderó del color de su cara mientras se la tapaba con las manos –además, me ha visto llorar. Qué deshonra... ahora pensará que soy una llorona debilucha con una baja autoestima. Diosas...

No, ahora sí que no podría ni mirarle a la cara. Prunia, Impa y Urbosa siempre fueron sus mejores amigas, casi madres para ella. Sin embargo, nunca compartieron un abrazo, incluso ella los rehuía. Prefería pasar sus ratos tristes en soledad, llorando con (habitualmente) la luna como única compañera. Desde que estaba obsesionada con su poder, se privó de los gestos afectuosos, pensando que así no se podría despistar en su único cometido. Abrazar a Link había roto numerosas barreras que ella misma se había impuesto, y eso la aterraba.

"Nunca más", se dijo a sí misma con los puños apretados. "Nunca más lloraré delante de alguien. Tengo que ser fuerte".

De repente, tres golpes resonaron en la puerta. El corazón de la princesa se aceleró, rogando porque no fuera él.

—¿Zelda? –al escuchar la voz de Prunia, su cuerpo abandonó la inconsciente tensión a la que lo sometió. Dio la orden de pasar, y se refugió un poco más en las mantas de la cama de su escolta. La investigadora traía consigo a Impa, quién le ofreció una bandeja de comida –Link nos dijo que te habías desmayado. ¿Te encuentras bien?

—Sí, sí. Sólo es fiebre –se apresuró a decir mientras tomaba el primer bocado de arroz –¿Novedades?

—En efecto –afirmó la sheikah. Sacó su cuaderno de investigaciones y le dio a la princesa el suyo propio, junto con una pluma para que anotara los descubrimientos –las expediciones llevadas a cabo por los sheikah están dando sus frutos. Hoy mismo, el grupo encargado de registrar la Meseta de los Albores nos ha comunicado el descubrimiento de una cámara especial. Tal y como supuse, este lugar fue un lugar concebido como un punto de atención médica. Posee poderes curativos, y parece ser un lugar donde poner a un paciente en letargo. La verdad es que me interesa descubrir más acerca de esto y de sus funciones, para de paso comprobar si mis teorías son ciertas. Cuando vuelvas del desierto, quizás podemos arrastrar a tu escolta hacia allí. El rey no nos va a poder decir nada si nos ve con Link.

—Interesante... –susurró la hyliana mientras tomaba nota y comía a la vez. Una vez terminó, se paró a reflexionar –bueno... no suena demasiado bien eso de poner a alguien en letargo. Sólo espero no tener que llegar a recurrir a él.

—Ojalá no tengamos que usarlo. No sabemos cuánta información tendremos sobre él cuando llegue el Cataclismo. Porque seguro que tiene efectos secundarios. Y no quiero meter a alguien ahí sin saber qué riesgos puede implicar. Aunque si es de vital importancia... no nos quedará más remedio –reflexionó la sheikah.

—Bueno, seamos positivas. Con suerte, acabaremos con esto y no la necesitaremos para nada –la alentó la princesa. Las dos se miraron, y un destello de duda se podía adivinar en sus ojos –en fin, hablaremos mañana. Buenas noches.

—¿Noches? –preguntó Zelda con sorpresa. Prunia rió.

—¿Qué esperabas? Llevas durmiendo la mayor parte de la tarde. Anda, relájate y descansa, que mañana será otro día.

Con estas palabras, la investigadora abandonó la habitación. La joven decidió quedarse a oscuras mientras trataba de conciliar el sueño.

"El amor. El amor es la solución", las palabras de su madre volvieron a sonar en su mente. Zelda ya se estaba quedando dormida, aunque le dio tiempo a susurrar:

—¿Y dónde diablos lo voy a encontrar?